EL ESPEJO
ROTO
1.
Al erguir sobre una misma montaña los fantasmas
del exilio y de la muerte, los antiguos griegos dieron
cuenta de una refinada crueldad. Más todavía,
de su devota visión teatral de la criatura
humana, movida sin pausas, al antojo del viento del
destino. Que el condenado optara entre el naufragio
de su alma en la lejanía no buscada, y como
tal irredenta, o la entrega del cuerpo al tan ávido
como demoledor pico de las aves de carroña.
2.
Conocí el exilio, doy fe que el alma en su
dolor se estremece, y su música es un violín
de lata bajo un cielo siempre en nieblas que decae.
Soy testigo: el cuerpo se aleja del alma, a quien
diera refugio, y vaga en una soledad sin tiempo ni
huellas.
La única estrategia del sobreviviente es el
delirio continuo de reconstruir el paraíso
perdido. La sed nunca saciada es una llaga. A ese
madero en llamas me aferré con uñas
y dientes. Viví para contarlo. Mis palabras
son las marcas de una pobre hazaña.
3.
El escenario donde prosigo es un país del confín
en ruinas. Tierras bajo las aguas, agónicas,
cada vez más turbias...
Materia que abunda: el excremento.
Olor que persiste: vómitos del desamparo.
Color que reina: amarillo de la peste y el marrón
piel de ratas del engaño, aún a coro.
Ciénaga. Piélagos...
Estado de ánimo: sobrecogido ante el horror
de estos días. He visto como la muerte devora
las últimas carnes del hambriento. (¡Oh,
niños, esos ojos...!)
¿Cómo estamos por casa? Aterido en la
lluvia. Extenuado. La lluvia es un acero que me golpea
en la nuca.
Lo denuncio: ¡Me han robado el delirio de mi
paraíso perdido!
¿La impunidad es anterior a la conciencia,
o es el fruto venenoso y postrero de quien subido
al cadáver ajeno se siente impune?
No más preguntas ante la eternidad: los muertos
están solos y desnudos.
Apenas besaré una sombra...
4.
¿Podemos hablar de un cristal que estalla en
nuestras manos?
¿Qué fue de la verdad amorosa en esos
labios dulces que no podían mentir porque los
hijos perdidos en el tiempo más amargo eran
los ojos y los oídos y la alegría del
cielo sin mácula que se quiso construir sobre
la tierra, sin mácula...
...Yo escucho ahora de esos mismos labios la realidad
fingida, opaca... O peor todavía: el grito
oscuro, sin misericordia, que profana un gran sueño,
sin misericordia...
¿Dónde está la armonía
de aquella voz creída como luz en las orillas...?
¿Habrá que proteger la historia con
usuras del alma, aunque aquella voz creída
no brille más...?
5.
Esas hojas, como un primor de adioses cruzan el aire.
Y después, sentado frente a la ventana que
da al pequeño jardín que abunda en sombras,
pero no agota el verdor de las plantas que te dejó
tu madre, fijas la atención en los gatos que
ronronean sobre la mesa, y tu escuchas, como si fueran
palabras del amado Nietzche, o del amado Artaud; allí,
en ese instante, tan frágil que hiere, como
un rocío, te abres al recuerdo de amargas sentencias:
"Hacéte amigo del juez"...
"Del árbol caído buena es la leña"...
La saña de lo real es tan vulgar que te duele
sin consuelo...
Nunca saciado, insistes en tu manía en preguntar
a viva voz lo que de antaño supiste en secreto...
¿Por qué aquellos que te abrazaron junto
a las fogatas, en la inhóspita mar que acechaba
en sus bajeles, disputan hoy a boca de perro quién
te causa la mejor herida...?
¿Ha sido la inocencia la cuna de tus pecados?
¿O sólo fue la arrogancia del poeta
que abre todas las puertas convencido - locamente
convencido - que desde las escondrijos de la verdad
asoma en puntas de pies la belleza...
¿Es esa belleza sin tapujos... es esa verdad
como la rosa revolcada en el chiquero lo que te aterra...?
...Y a la hora de rendir cuentas, qué me dices
de tu alma: ¿habrás cuidado las plantas
de tu madre lo suficiente...?
6.
Hay lenguas de lo perverso; hay silencios sumisos,
susurros sinuosos, y medio tonos eficaces como dagas...
El barco había encallado y el espejo estaba
roto para mí; ya no tendría dónde
mirar para encontrar las sombras de mi paraíso
perdido... La historia tocaba fin.
Así navegaba yo los ríos de mis sentimientos
en estos días en que volví a los Países
Bajos de mi exilio. (Veinte años después;
no es nada, me dije, entre músicas de infancia,
sólo los amores, las heridas...)
Otra vez los canales en círculos de Amsterdam
y sus aguas ateridas para el chapoteo de los patos
de pecho azul; otra vez los bares marrones de inauditas
maderas y tufo de cerveza; y las cien ferias de quesos
y pescados que se comen crudos con cebolla. Otra vez
las cien lenguas cruzadas con beatífica armonía
en el delirio de Central Station o bajo la fina lluvia
en el Nieuwmarkt. (a pocos pasos mi hija Aimée,
la que nació en la Calle del Arbol, pinta y
siente que la belleza del mundo se inicia en ese día,
y vende helados en Toffani y gana para su comida).
Otra vez mis diálogos secretos con las muchachas
eternas de Vermeer en el Rijksmuseum, o mis secretos
poemas para las muchachas desnudas en las vidrieras
sin flores del barrio rojo; otra vez los pobres sin
misterio para la pobreza, que comen papas y huelen
a papas en la casa de Van Gogh...
Todo parecía igual. Nada era igual. Mi alma
no sonaba junto a las campanadas del Oude Kerk.
Ya no me perseguía la muerte con la cuchilla
de la dictadura. El nuevo enemigo era sutil en su
crueldad y como una sombra profunda se metía
en mi cama por la noche y hasta en mis sueños
de la vigilia. Era una tristeza envuelta en sábanas
de hielo. Una sensación horrible, por áspera
y opaca, que perforaba los labios hasta inundar de
aire amargo la garganta. Era la derrota de una ilusión,
un paraíso perdido que se deshacía sin
deseo como migas de pan entre las aguas altas.
7.
Me desperté con el cansancio que nos deja haber
vivido un sueño profundo. Sin dejar la cama
escribí el poema del sueño, lo necesitaba
para calmar la angustia de un conocimiento: pronto
sería una sombra más persiguiendo la
vida, en reclamo del desprecio de una ilusión.
Días más tarde estaba vestido de negro
sobre el escenario de la biblioteca de Rótterdam.
Leí mis poemas de antes y de ahora frente a
mis viejos compañeros del exilio, los que habían
echado raíces en las tierras exultantes de
lirios de los Países Bajos, y sentí
el desgarro por mi hija que se quedaba allí,
buscando la belleza, pero también tuve una
percepción profunda que me calmó: debía
volver a mis tierras inundadas, ahogadas en el saqueo,
aunque estuviera roto, sin reparo, el espejo de aquellas
mujeres dolientes donde yo me había mirado
en anhelo de la verdad. Sabiendo también que
aunque ya no me devolvieran la imagen de esa verdad,
seguiría amando el relato de sus años
inocentes.
Los muertos no tienen dueños. Apenas soledad
en el cementerio de la memoria, me dije, y pensé
en Rodolfo y en su carta, antes que lo secuestraran,
contándonos la muerte de su hija Victoria.
Al día siguiente tomé el avión
a Buenos Aires. Mi hija Aimée me despidió
en el aeropuerto de Schiphol. Una foto amarillenta
de cuando era muy pequeña y yo la sostenía
en brazos, la había convertido en el centro
de un cuadro que resplandecía en la armonía
de sus dorados. Fue su presencia que arrimó
a mi alma con delicadeza y dijo: los veré en
el verano. Sus palabras tuvieron el mismo aire que
estremece las cañas de bambú.
8.
La tormenta que sacudió el avión no
perturbó mi sueño.
Bajé medio dormido. Había llovido en
Buenos Aires y una neblina de plata hacía flotar
los árboles en el camino a casa.
Escribí con letra temblorosa por la impaciencia
en el dorso de mi pasaje:
¿Sabían los antiguos griegos que entre
las sombras del exilio nacen ramilletes de luz...?
¿Sabía yo que desde el estupor ante
la vida la inocencia nos inicia en la precaria felicidad
humana?
¿Habrá que tener piadoso olvido por
el que nos hiere, cuando no tiene conciencia que nos
hirió...?
¿Desde los árboles del paraíso
perdido, quién me habló del corazón
desnudo...?
9.
Rodeado de sombras, ante el anuncio de mi propia sombra
que me persigue, admito que menguan mis deseos para
construir otra vez el paraíso perdido. Y sin
embargo anoche en un sueño, una niña
se plantó frente a la mesa donde escribo. No
tenía carnes, solo huesos, mendrugos de huesos.
Me tomó de la mano y me introdujo en una caverna.
Los perros mastines se abalanzaron sobre nosotros,
sentí que me desgarraban. En mi desesperación
subí a la niña sobre mi espalda. Di
un último aliento a mi cuerpo ya torpe y maltratado
en las derrotas, y me animé a mirar la frágil
luz que titilaba en el fondo de la caverna. Los perros
se quedaron con algo más de mi cuerpo, pero
igual caminé hacia la estrella. Sentí
que la niña se reía.
Vicente Zito Lema
Buenos Aires / Amsterdam. Mayo de 2003