|
|
| El
Damero |
|
|
La
argentina que viene
Por
Horacio González
|

|
¿Corte o continuidad? Como
problema general del ser político, esta pregunta
siempre aparece con distintos revestimientos, desde
los más triviales a los más refinados.
Bajo su aspecto trivial, se muestra en expresiones
como "corte con el pasado" o "ya fuiste".
Bajo su aspecto más exigente, la podemos encontrar
en las clásicas reflexiones de Maquiavelo sobre
el deber de todo príncipe nuevo, que es "procurar
la dispersión de la memoria del príncipe
anterior".
Por otro lado, el sentimiento de que hay un camino
nuevo a transitar, con el resguardo de toda clase
de prudencia en las expectativas, puede percibirse
en las distintas manifestaciones públicas o
visibles en torno al próximo gobierno de Kirchner.
Estas "expectativas" son desde luego sentimientos
visibles de índole ciudadana y que se exponen
sobre cierta superficie meramente cutánea de
los hechos. Se trata de formas "optimistas"
de la comprensión del presente, que siempre
pueden ser refutadas o desdeñadas por los que
cultivan otro tipo de razón histórica
y otros tipos de temporalidad. Quienes piensen que
el patrón general de dominio y acumulación
económica (y las consiguientes formas de apropiación
de la riqueza colectiva) no van a variar sustancialmente,
es lógico que consideren el "sentimiento
esperanzado" como los espasmos de vulgar optimismo
que en ciertos sectores frágiles del pensamiento
político acuden como forma de taparse los ojos
frente a los graves reclamos de la actualidad.
Y aún quienes no piensan la historia como un
monodrama que se sitúa exclusivamente a la
altura del modo productivo capitalista, en el caso
que nos ocupa también podrían sentir
cierto escepticismo frente a las proclamas de "corte
con el pasado" si se tiene en cuenta que el gobierno
de Kirchner surge de una confusa confrontación
de fuerzas en el peronismo y una transferencia de
votos conjugados del clásico "homo peronista",
y de no pocos sectores que expresan el "homo
progresista" convocado a la modesta épica
de impedir que se abra paso "lo peor".
Lo cierto es que la periodización de la historia
según los cambios de gobierno suele generar
un interregno que provoca una suerte de "vacío
de Estado" en el cual se pueden decir cosas un
tanto ingrávidas, más "programáticas"
y sin la exigencia inmediata de que se transformen
en la palabra impregnada de dilemas del ejercicio
del poder público. En este período,
semejante a un limbo, Kirchner se preocupó
de dejar claro que la institución presidencial
iba a preservar su autonomía frente a las fuerzas
económicas y aludió repetidas veces
a ideales juveniles que establecerían una continuidad
con las sucesivas generaciones que se propusieron
cambiar las injusticias reinantes en el país.
Las polémicas que de inmediato se sucedieron
sirvieron para trazar un mapa de las tensiones a las
que se va a ver sometido el futuro gobierno. Su destino
probable, en el caso que desarrolle con más
potencia esas prefiguraciones, va a ser la de recrear
el programa tantas veces formulado y tantas veces
sucumbido del progresismo argentino. Nadie desconoce
los dilemas de este programa que ya lleva un largo
ciclo elaborando un tibio pero no por eso fácil
programa de cambio en el país, tanto en el
régimen asfixiante bajo el que se ejerce su
vida institucional como en el injusto modo acumulativo
de la vida económica, causante de infinitas
pérdidas de derechos y posibilidades de vida
en el mundo del trabajo.
Ahora se agregaría un nuevo dilema en el caso
que Kirchner no fuera presa fácil de los mecanismos
al acecho que en las fuerzas políticas y económicas
rozan la "continuidad profunda" de estas
últimas décadas. Es el dilema que a
diferencia del fallido intento anterior, el del Frepaso,
hace que este "progresismo" se realice dentro
y hacia las fronteras del peronismo, con un tipo de
funcionario peronista de lenguaje argumentativo y
democrático (lo que habitualmente se denomina
"presentable") como Bielsa o Filmus. Según
los gustos, también Béliz. Y siguiendo
siempre la cadena caprichosa del gusto, también
Lavagna y Ginés García.
¿Pero no es ésta una continuidad? Sí,
lo es, pero se trata de un paso del peronismo de rostro
"aceptable" en el interjuego de las ideas
argentinas (tan acatador como las demás corrientes
políticas a los condicionamientos de la realidad,
pero con rasgos de franco apartamiento de las consignas
oscuras, corporativas y mafiosas del período
anterior), hacia un peronismo de frontera, preparatorio
de una nueva época que alumbre un trazado de
ideas y prácticas capaces de redefinir los
nombres de los colectivos identificatorios. Si esta
redefinición ocurre, es evidente que los rituales
de interferencia en la vida pública que mantienen
los grupos internos partidarios (que perciben rentas
visibles o invisibles por formar parte de esas entrañas
adobadas de las corroídas instituciones políticas),
pueden cesar de tejer en la escena las marcas brutales
de la apropiación probada de los bienes públicos.
Hablar de lo que va a ocurrir se hace más difícil
cuánto más nos acercamos a la idea de
que los nombres y los hombres inmediatos de la política
tienen real aunque relativa autodeterminación
en la historia. Al contrario, sería fácil
si todo lo alojáramos en una trama capitalista
que hace inútiles los esfuerzos de los hombres
ambiguos, tensos y demudados que toman las decisiones
políticas.
Si realmente la política conserva cuotas de
autonomía (que es una forma de leer lúcidamente
los límites del mundo y del lenguaje) se abre
un período que podríamos considerar
de luchas clásicas: habrá una derecha
corporativa (y quizás conspirativa) y un movimiento
social reivindicativo que seguirá recorriendo
las ciudades argentinas. El gobierno será un
"tercero en discordia", y su éxito
depende de interpretar la discordia como una duro
y perseverante esfuerzo para inclinar las decisiones
públicas hacia la zona que condensan las expectativas
de los más castigados y desfavorecidos. Y eso,
sin "cooptaciones" ni ofrecimiento de prebendas
sino inspirándose realmente en esas luchas
que signan la memoria social.
Pero lo que estamos diciendo lo escribimos a unos
días de asumir el futuro gobierno. En el halo
inmaterial que consagran estos días (donde
la fuerza pegajosa de los hechos aún no se
hizo totalmente presente), lo que ahora decimos puede
ser triturado como un texto que participó incautamente
de las delicias del limbo. Es decir, periodizar la
historia por nuestras firmes pero volátiles
esperanzas ciudadanas y no por nuestras cautelas esenciales
de quienes suelen no ver nada nuevo bajo el sol de
la explotación humana, pero en este caso con
el riesgo también de hacerse etéreo
aunque abstractamente verdadero.
Ya el lector futuro tendrá tiempo de reírse
de esto párrafos, porque esa risa, al final,
es el modo en que la historia se revela más
pesada y tortuosa de lo que nuestras esperanzas saben
conjeturar. Pero para reírnos de nuestras ilusiones
tenemos toda la vida. Y una pequeña fisura
por donde se cuela el tiempo de la conjetura candorosa,
siempre pasa quedamente como una centella que es posible
detener un minuto junto a nuestra sencilla expectativa.
|
|
|
Esta
vez, hagámoslo bien
Por
Marcelo Manuel Benítez
|
 |
Una profunda y dolorosa crisis parece
resolverse en Argentina a través de una solución
institucional, ya que se acaba de establecer quién
será nuestro presidente por los próximos
cuatro años.
Es innegable que se trata de una de las mejores elecciones
en la historia del país, porque la enorme diversidad
de candidatos nos permitió hallar alivio en
pequeñas venganzas, pequeños desahogos,
sutiles satisfacciones como, por ejemplo, votar a
Elisa Carrio para votar contra Menem, o votar a López
Murphy para no votar al radicalismo, o votar a Kirchner
para apoyar a Duhalde. Es decir, fueron elecciones
que nos permitieron algo que transcurre en el orden
del desquite. Pero de ningún modo borrará
los años pasados. No nos podremos olvidar de
los niños muertos por desnutrición,
ni de los miles de pobres que suplican comida a las
puertas de los supermercados. Ni olvidaremos el asalto
a las montañas de comestibles que los habitantes
de los Barrios de Emergencia recogían con palas
del suelo, después que algún camión
volcaba en la ruta. Y siempre, pero siempre, tendremos
presente en la memoria (todos los habitantes que votamos
el 27 de abril del año 2003), la imagen de
un centenar de pobres que carneaban vivas a unas pocas
vacas, escapadas del camión que las transportaba,
para calmar el hambre.
Porque los argentinos que votamos en las elecciones
pasadas, no podremos olvidar la degradación
moral que castigó al país porque un
grupo de políticos corruptos, pero también
ineptos y cobardes, nos precipitaron a un estado de
indefensión sin antecedentes.
Sin embargo, con una mano en el corazón, es
preciso reconocer que también deberemos atravesar
el proceso doloroso en el cual, por ejemplo, la clase
media prescinda del voto cuota, y que los humildes
se olviden de la limosna de los subsidios gubernamentales
y vuelvan al trabajo, y que las clases poderosas se
vuelvan productivas y sensibles a las necesidades
de una nación.
La riqueza no se crea especulando con la plata fácil,
con el dólar uno a uno o con los favores políticos.
La riqueza se logra trabajando. Más tarde,
cada uno verá su conveniencia, pero después
de participar en una genuina producción, con
eficiencia y buena fe.
Claro que costará volver a creer en nosotros
mismos, y sin duda nos costará levantarnos
de esta piña en plena cara que todavía
nos mantiene en el suelo. Y nos costará probablemente
alcanzar esa dichosa prosperidad que vemos que disfrutan
otros pueblos desde hace décadas.
Néstor Kirchner podrá gobernar bien
o podrá gobernar mal, pero lo que es indudable
es que los argentinos ya poseemos esa sabiduría
que sólo da el dolor, esa inteligencia que
sólo dan las lágrimas, la lucidez que
sólo da la carencia, y la escasez, y la necesidad.
Pero, en definitiva porque poseemos (y esto nadie
lo podrá robar) estas ganas de vivir que sólo
alcanzan los que ya han estado muertos.
|
|
|
No
hay que hacerse ilusiones
Por
Osvaldo Bayer
|
 |
-No hay que hacerse ilusiones. Kirchner
tendrá que cumplir con las obligaciones de
la maffia partidaria. Cuando fue gobernador no se
desvió en nada del programa globalizado que
impuso Menem. Como entra en condiciones de minoría
se someterá a Duhalde, sin ninguna duda. Tendrá
que pagar la deuda externa y se arreglará con
la mezquindad del Plan Trabajar para evitar levantamientos.
Creo que los piqueteros y otros movimientos autónomos
seguirán con sus petitorios, cada vez con más
fuerza. Ya en las primeras elecciones de legisladores
Kirchner va a perder un porcentaje de votos por la
decepción de la gente ante sus primeras medidas.
Lo que necesita la Argentina es limpiar el nido de
víboras de su organización político-partidario
y promover nuevos movimientos que pasen la escoba
por un pasado así llamado democrático
que ayudó a crear el clima para tener las 14
dictaduras militares que soportamos desde que se implantó
la democracia.
|
|
|
|
|