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Año II - Nº 8
Mayo - Junio 2003

Entrevistas

Rubén Dri
El Damero
Guerra y Paz: Lógicas de una estrategia racional. Escriben:
- Contra la guerra, por la humanidad
por Mery Castillo-Amigo
  Bagdad Café.
por Conrado Yasenza
  La bella paz y la bestia guerra.
por Dr. Alfredo Grande
  Guerra como Inversión.
por Marcelo Luna
La Mujer moderna.
por Marcelo Benítez
El espejo roto y poema inédito.
por Vicenten Zito Lema (desde Holanda)
Jorge Ricardo Masetti: Un rebelde integral. Prólogo de Rodolfo Walsh al libro "Los que luchan, los que lloran"
por Conrado Yasenza
Elecciones 2003:
Opinan:
Osvaldo Bayer.
Marcelo Benítez.
Horacio González
Ajo y Limones
Entrevista a Charles Bukowski:
El grito de los marginados,
de Poli Délano
Charles Bukowski:
Poemas
Informe:
Sadomasoquismo en Buenos Aires
por Marcelo Rebón
Cuentos con receta.
por Carola Chaparro
El ojo plástico
Galería:
Esculturas y cuadros.
Pablo Patza
Batea
La Cocina como patrimonio (in)tangible.
por Carola Chaparro

Fixionarios
por Carola Chaparro

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Ajo y Limones

Charles Bukowski

Poemas

El escritor
El hotel de los desamparados
La soledad del trabajador
El escritor

Cuando pienso en las cosas que
soporté tratando de ser un
escritor- todas esas habitaciones
en esas ciudades,
mordisqueando pedacitos de
comida que
no mantendrían con vida
ni a una
rata.

Estaba tan flaco que podía
cortar pan
con el hombro, sólo que rara
vez tenía
pan...
mientras tanto, escribía cosas
sin parar
sobre pedazos de papel.

y cuando me mudaba de un
lugar a
otro
mi valija de cartón era
simplemente eso:
papel por afuera lleno de
papel por adentro.

cada nueva casera me
preguntaba:
"¿ a qué se dedica?"
"soy escritor".

"oh..."

yo me acomodaba en pequeñas
habitaciones para conjurar mi
arte
las caseras se apiadaban de mí,
me daban bocadillos como
manzanas, nueces, duraznos...
lo que no sabían era que eso
era todo
lo que yo comía.

pero su piedad terminaba
cuando
encontraban botellas de vino
barato en mi
habitación.

está bien ser un escritor
hambriento
pero no
un escritor hambriento que
toma.
los borrachos nunca
son perdonados.


La soledad del trabajador

agarrás dos paquetes de cerveza
de seis
después del trabajo
al carajo con la cena
vas al departamento
te ponés los pantalones cortos
tirás tu ropa
en el piso
te trepás a la cama
sin ducharte
te sentás con la almohada
en tu espalda
y abriendo la primera lata
encendés un cigarrillo
nada para hacer
nadie con quien hablar
mirás el empapelado
los platos de ayer
apilados en la cocina
mirás por la ventana
la habitación se pone más
oscura
abrís la segunda lata
de cerveza
no hay esposa
no hay tv
no hay chicos
te sentás
en calzoncillos
a tomar cerveza
solo

todo desapareció
el capataz
el reloj
los empleados de la tienda
el diario
los cafés

el teléfono suena
escuchás
y escuchás y
escuchás

hasta que para

otra cerveza

escuchás el sonido
de tu respiración al salir
por tu nariz

movés el dedo gordo del pie

lo mirás.

El hotel de los desamparados.

no viviste
hasta que no pasaste la noche
en un hotel de los
desamparados
con nada salvo
una lamparita
y 56 hombres
apretados uno contra otro
sobre las frazadas
todo el mundo
roncando
a la vez
y algunos de esos
ronquidos
son tan
profundos y
graves tan
increíbles-
oscuras
tristes
graves
respiraciones
subhumanas
que parecen emanar
del mismo
infierno.

tu mente
a punto de romperse
bajo esos
sonidos
letales
y los olores
mezclados:
zoquetes
sucios duros
calzoncillos
meados
cagados

y sobre todo eso
un aire que circula
muy lento
como el que sale
del tacho de basura
cuando levantás la tapa.

y esos
cuerpos
en lo oscuro

gordos y
flacos
y encorvados

algunos
sin piernas
sin brazos

algunos
sin mente

y lo peor de
todo:
la total
ausencia de
esperanza

los envuelve
los cubre
enteros.

es insoportable.

te levantás

salís

vas a las
calles

caminás por las
veredas
entre los edificios

doblás la
esquina

y estás de vuelta
en la misma calle

pensando

esos hombres
fueron niños
una vez

¿qué les pasó?

¿y qué me pasó
a mí?

está oscuro
y frío
por acá.

 

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