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"Me gustan los
hombres desesperados, hombres con los dientes
rotos y los destinos rotos. También
me gustan las mujeres viles, las perras borrachas,
con las medias caídas y arrugadas y
las caras pringosas de maquillaje barato.
Me gustan más los pervertidos que los
santos. Me encuentro bien entre marginados
porque soy un marginado. No me gustan las
leyes, ni morales, religiones o reglas. No
me gusta ser modelado por la sociedad".
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Así se autodefine Charles Bukowski,
el escritor de los bajos fondos de Los Angeles, norteamericano
nacido en Alemania en 1920, uno de los mejores cuentistas
de cualquier época y de los más fecundos
autores contemporáneos, comparado a veces con
Hemingway por el rigor de su estilo y su narración
directa y desalambicada (ese estilo "casual"
con que a ratos parece inclusive superar al maestro),
y con Celine y Henry Miller por sus preferencias temáticas.
Rudo, cochino, tierno, despiadado,
humano, denunciante, sexual, violento, no figura sin
embargo entre los best-sellers de la narrativa de
hoy, y es explicable: su literatura duele, nada tiene
de complaciente, le dice a mucha gente cosas duras
que ésta no quiere oír, prefiere olvidar
o prodigarles una olímpica verónica.
Sus personajes son reventados física y moralmente:
prostitutas baratas en tiempo de descuento, borrachos
sin remedio, jugadores delirantes y de suerte pésima,
violadores de niñitas inocentes, delincuentes
despiadados, tipos todos que sirven para trazar un
gran fresco de la descomposición moral de un
mundo donde los valores andan volando bajo, por las
alcantarillas. "La suya es la voz de los sin
trabajo, mujer ni domicilio- sugiere Juan Carlos Kreimer-,
de los que se pagan un cuarto por varias noches en
una pensión de décima y lo usan para
dormir de día las resacas que se agarran de
noche". Por su parte, Carlos Olivares, cuentista
chileno de los sesenta y bukowskiano fanático,
dice que se trata de un "escritos- droga: si
se lee una vez se adquiere el vicio de perseguir sus
libros". Sin embargo, soy más bien de
la opinión de que se trata de un escritor que
genera reacciones extremas: o gusta a morir, o produce
verdaderas náuseas. Hace algún tiempo,
antes de conocer a Bukowski personalmente, cuando
acababa de descubrirlo y lo incursionaba por primera
vez, se me ocurrió empezar a leerle en voz
alta uno de los cuentos de La maquina de follar a
una escritora que me visitaba en Cuernavaca en México,
donde viví algunos años. Antes de dos
páginas, mi amiga se levantó, me dijo
con cierta indignación que no siguiera y se
dirigió al baño, a vomitar. Así
es. Sus editores lo presentan como alguien que abandonó
durante diez años la literatura para dedicarse
exclusivamente a beber. También sostienen que
Celine o Miller son dulces monaguillos comparados
con Bukowski.
Llegué a casa de los Bukowski en San Pedro
(el puerto de Los Angeles) con el poeta David Valjalo,
amigo común que había concertado la
cita. Eran cerca de las nueve de la noche y nos abrió
la linda Linda Lee, su compañera, siglos más
jóvenes, risueña, jovial y aficionada
a las comidas naturistas. Le entregué las botellas
de vino que llevaba y al entrar en el living de la
casa, entraba también, desde otro lado, Bukowski,
delgado, greñudo, con la camisa afuera, cordial,
con algunas copas ya en su haber. Venía de
su cuarto de trabajo, una especie de antioasis; dentro
de una casa bien tenida, perfectamente clase media,
limpia y ordenada, un cuarto donde el escritor reproduce
su hábitat de toda la vida: el desorden, puchos
apagados y tarros de cerveza vacíos por todo
el suelo. "Necesito trabajar en un ambiente así",
asegura Bukowski. "Me estimula". Pronto
nos pusimos manos a la obra con el vino, y la conversación
se fue por muchas rutas, perdió a ratos su
norte, quedaron cabos sueltos, ideas inconclusas,
pero de algún modo las preguntas y las respuestas
están ahí. Después de todo, fueron
las tres botellas que yo llevé y tres más,
y la noche se prolongó hasta la madrugada.
En un momento pregunté si a un cuento "Los
asesinos" lo había titulado así
por un cuento homónimo de Hemingway. Dijo que
sí, que por supuesto, aunque consideraba que
el suyo era superior al del viejo Ernest. No lo dijo
con pedantería, sino más bien con una
sonrisa, como si él mismo no creyera lo que
estaba diciendo. Y es posible, mirando bien las cosas,
que tenga razón: que su texto sea más
doloroso, más intenso y hasta más perfecto
que aquel magistral relato de los gangsters que van
en busca de un boxeador sueco al que tienen que mandar
a mejor mundo. Pensando en los autores a quienes alude
para bien o para mal en varios cuentos- "G.B.
Shaw no me produce más que bostezos... El Hemingway
joven era bueno... Gingsberg a veces"-le pregunto
por sus lecturas del momento, que autores le gustan,
de cuáles abomina.
La verdad - contesta- es que hace treinta años
que no leo nada.

La respuesta es sorprendente, aunque
no inverosímil, si pensamos que Bukowski escribe
como un desaforado y bebe todos los días hasta
que el alcohol ocupe el escenario central de la cabeza.
Cuando deja la pluma, no hay lugar ya para la lectura.
Sin embargo, podría tratarse también
de una respuesta un tanto publicitaria, porque la
verdad es que en cuentos y novelas menciona a escritores
y tiene ideas muy definidas acerca de ellos: "Dejando
a un lado a Dreiser, Thomas Wolfe es el peor escritor
norteamericano, Burroughs es terriblemente aburrido,
Faulkner una nulidad. Saroyan sería bueno si
no fuera tan optimista."
-¿Por qué siendo tan bueno - le pregunto
sin ironía- tus libros no salen de las editoriales
marginales como Black Sparrow o City Lights?
-No me gustan las ediciones millonarias. Pueden dar
mucho dinero y uno
corre el riesgo de volverse rico. Detesto a los ricos.
Y me mantengo leal
Black Sparrow. Cuando yo andaba muerto de hambre,
ellos me pagaron cien dólares por una serie
de relatos y además los publicaron.
En la conversación, Bukowski va respondiendo
preguntas, expresando ideas, manifestando su visión
del mundo y de las cosas más íntimas
y cotidianas. Lo que dice lo hemos leído y
releído en sus cuentos y novelas, antes o después
de esta noche cordial; es decir, hay una comunión
estrecha y dinámica entre lo que este autor
escribe y lo que la vida le va deparando en cada esquina.
-Te han acusado de machista-le digo.
La respuesta que me da podría ser la misma
que da el "gran poeta" de su cuento a su
joven entrevistador, cuando le pregunta qué
piensa sobre la liberación femenina: "en
cuanto ellas se dispongan a lavar el auto, a empujar
el arado, a perseguir a los dos tipos que acaban de
asaltar la tienda de licores o a limpiar alcantarillas,
en cuanto a ellas se dispongan a que les vuelen las
tetas de un balazo en el ejército, yo estaré
listo para quedarme en casa y lavar los platos y aburrirme
recogiendo hilachas de la alfombra".
En su novela Mujeres (tema en el que ha investigado
mucho, según me pone en la dedicatoria), el
protagonista, Henry Chinaski (autobiográfico,
apodado Hank y personaje de otros cuentos y novelas
del autor) está sentado, solo, bebiendo en
un bar. Llega una dama que se presenta como profesora
de literatura, acompañada de una de sus alumnas.
Le piden al escritor que le responda algunas preguntas
para la clase. La primera de ellas indaga sobre quién
es su escritor favorito. Chinaski menciona a John
Fante (el propio Bukowski me dijo que Fante era su
mayor influencia), autor de Pregúntale al polvo.
¿La razón? "Emoción total.
Un hombre muy valiente". ¿Quién
le sigue a Fante? Insiste la profesora. Celine, dice
Chinaski. ¿Razones? "Lew sacaron las entrañas
y pudo reír y los hizo reír a ellos
además. Un hombre muy valiente". ¿Cree
Ud. en la valentía? "Me gusta verla en
cualquier parte", dice el escritor, "en
los animales, en las aves, en los reptiles, en los
humanos. ¿Razones? "Me hace sentir bien.
Es asunto de estilo frente a ninguna oportunidad".
La frase desde luego recuerda el concepto hemingwayano
de "gracia bajo la presión"que acaso
ha sido mejor traducido como "elegancia en el
sufrimiento". La siguiente pregunta de la maestra
cae por su propio peso. ¿Hemingway? "No",
dice Chinaski a secas ¿Razones? "Muy torvo,
demasiado serio. Buen escritor, frases magníficas.
Pero la vida para él siempre fue una guerra
total. Nunca se soltaba, no bailaba nunca." La
maestra y su alumna guardaron sus cuadernos y se esfumaron.
Chinaski se lamenta de no haber alcanzado a decirles
que sus verdaderas influencias eran Gable, Cagney,
Bogart y Errol Flynn. En otro momento de la misma
novela, Henry Chinaski se halla en casa de Sara (que
por algunos rasgos y situaciones parece corresponder
a Linda Lee) cuando llega un joven de barba negra
y pelo largo que se presenta como poeta y le pregunta
cómo logra un autor publicar sus obras. Se
produce el siguiente diálogo, de absoluta elocuencia:
"_Se le entrega a los editores.
-Pero yo soy desconocido.
-Todos empezamos desconocidos.
-Doy tres lecturas por semana. Y como soy actor, leo
muy bien. Me imagino que si leyera más mis
propias cosas, alguien podría querer publicarlas.
-No es imposible.
-El problema es que cuando leo no aparece nadie.
-No sé que decirle.
-Voy a editar mi propio libro,
-Así lo hizo Whitman.
-¿Quiere leer algunos de mis poemas?
-Por ningún motivo.
-¿Por qué no?
-Sólo quiero beber".

Sin comentarios. Mujeres es una novela deliciosa en
la que el protagonista narra su vida erótica
a partir de los cincuenta años, con un realismo
bastante crudo que a ratos podría confundirse
con la pornografía. Ágil, divertido,
despiadado, va entregando paso a paso una verdadera
galería de personajes femeninos que atentan
un poco violentamente contra los postulados feministas.
"Me acusan mucho por mis personajes favoritos",
me dijo Bukowski aquella noche. "Si pinto a una
mujer que es basura, las feministas se me echan encima,
mientras que si pinto un hombre que es basura, no
me dicen nada". Injusticia sexual, si se quiere.
Si abrimos cualquiera de las ediciones recientes en
Bukowski y leemos las listas de sus obras, no podemos
dejar de lanzar una exclamación de sorpresa:¡alrededor
de cuarenta títulos! Y eso que empezó
a publicar después de los cincuenta años.
Cientos de cuentos (reunidos en español bajo
los títulos de La máquina de follar,
Se busca una mujer, Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones
y Escritos de un viejo indecente, varias novelas (Factótum,
Cartero, Mujeres y La senda del perdedor), y un sin
fin de poemas que han recorrido buena parte de las
universidades norteamericanas en los recitales que
Bukowski suele dar por el pago de quinientos dólares.
Que sepamos, sólo un volumen de su poesía
ha aparecido en traducción al español,
Soy de la orilla de un vaso que corta, soy sangre,
publicado en México. Sus poemas se parecen
a sus cuentos; son de clara tendencia narrativa. Comentándolos,
el escritor uruguayo Saúl Ibargoyen señaló:
"Al igual que en sus relatos, Bukowski atrapa
seres marginados, distorsionados, alienados, confusos,
declinantes. Quizá por extraña solidaridad
o por una ternura inconfesable; o simplemente porque
su desgarrada historia de penuria, desempleo, ánimos
de escritor tardío, de alcohólico destructivo
y de mujeriego fatalista, lo puso en el único
rumbo que podía elegir. Aún así,
esta poética contiene una fuerza dramática,
una intensidad vital y un propósito inclaudicable
que obligan a estudiarla con detención y desprejuicio.
Tal vez los poetas "puros" que tanto abundan
todavía por estos mundos de mero papel, queden
horrorizados. Bukowski, sencillamente, se reirá
de todos. Nosotros también".
Maestro indiscutible del cuento, Bukowski ha dado
también un campanazo fuerte en la novela, con
uno de sus libros más recientes, La senda del
perdedor, que muestra una diferencia básica
con casi todo el resto de su obra narrativa: se aleja
del obsesivo tema sexual que lo persigue para centrarse
autobiográficamente en la vida de un niño
Chinaski-Bukowski - hijo de un padre brutal, mediocre
y violento que lo azota con una correa de cuero- que
avanza a través de una adolescencia dura y
desolada de la época de la Depresión
hasta los primeros años de la juventud. La
mirada del autor es oblicuamente compasiva y le otorga
una alta dosis de humanidad al personaje, verdadero
sobreviviente que vive y se desvive aplicando el ya
citado lema hemingwayano de "elegancia en el
sufrimiento". La misma mirada compasiva que enfoca
a toda la corte de seres marginales que pueblan su
obra y que se pasan la vida jugando a perdedor. Conociendo
la infancia y la adolescencia de Henri Chinaski, entendemos
mejor las raíces de la violencia bukowskiana
que tanto ha incomodado a los sectores más
burgueses y puritanos del público lector, que
se niegan a ver más allá de sus narices
y escudriñar un poco en la basura. Dice Stephen
Kessler que Bukowski escribe con un sentido de la
verdad típico de quién no tiene nada
que perder, y que "el ataque moralista- filosófico
de Henry Miller contra las convenciones sociales y
literarias, parece trascendentalmente ingenuo frente
a la mirada que desde más abajo del bien y
el mal ejerce Bukowski". Sin embargo, apuntamos
para terminar, que entre la angustia, el escepticismo
que sobrepasa lo cínico, la amargura de residir
en un mundo que al parecer no tuviera soluciones,
Bukowski es capaz de sacar la sonrisa, cierta dosis
de generosidad humana que hace que, después
de todo, no se pierdan las esperanzas.