Principal

Correo de lectores

Diarios

Cartelera

Titulares

Foros

Clima

-

Año II - Nº 7
Marzo-Abril 2003

Entrevistas

León Rozitchner

Alberto Morlachetti

El Damero
Identidades empetroladas.
Dr. Alfredo Grande
Entrevista a Mary Castillo-Amigo (Filósofa)
Manuel Mujica Lainez: El hombre del sombrero gris
Enrique "Jarito" Walker
Realidad y virtualidad
Dossier
La Peste
Ajo y Limones
La Señorita Wilson, de Pedro Orgambide
Tres héroes, de José Martí
El té, una bebida para el alma
El ojo plástico
Estampa Popular, el arte de ser Juez y parte
Galería de Kenti
Batea
Psicoanálisis Implicado
del Dr. Alfredo Grande

Un crimen argentino
de Reynaldo Sietecase

Números anteriores

Distinciones


Staff

_______________

Diseño y Arte de Web

Icaro Digital

Registro de la propiedad intelectual en trámite.

Todos los derechos reservados.

Queda hecho el depósito que marca la ley.

Copyright © 2001

Buenos Aires

Argentina

Recomiende esta publicación.

Si desea publicitar y apoyar este emprendimiento cultural, escribanos

EL DAMERO

Manuel Mujica Lainez

El Hombre del sombrero gris

Por Rubén Daniel Fernández Lisso

Manucho de perfil

"Y así, toda mi vida, harto lo sabes, fue averiguar de la Ciudad Encantada, entre viajeros y frailes de Misión. Desde niño..."

Manuel Mujica Láinez nació en la ciudad de Buenos Aires en 1910. A los trece años se fue a París, a estudiar a la Ecole Descartes. Vivió en Londres, volvió a Francia y después a la Argentina. "Siempre me atrajo la historia, contaba Manucho, el pasado, para entender el presente. Primero el de mi país, luego el del mundo".

"Si los indios no hubieran metido fuego a los carros, si no se hubiera perdido todo, seguro estoy de que hubieran avistado la ciudad y entrado en ella..."

A los 22 años Mujica Láinez empezó a trabajar como periodista en el diario La Nación. Cubrió un viaje en el Gran Zeppelin. Su trabajo lo llevó por China, Corea y Manchukuo. Después por Japón, Alemania, Suecia y Finlandia. También conoció Bolivia, Ecuador, Perú, Grecia, Turquía, Israel e Italia.

El mundo estaba cambiando. Y si bien no existía el Concorde, Manucho mismo era una persona muy diferente a sus abuelos; por muy viajados que estos hayan sido, les hubiese resultado imposible emprender semejantes raídes. "Es obvio que mi nieto viva una vida diferente a la nuestra", decía respecto al paso del tiempo, "Recuerdo a propósito que fui el primero dentro de la sociedad argentina, que salió con su novia sin que ésta fuera acompañada por una institutriz. Como se vé, soy pionero en algunas cosas".

"No hay nada más triste y sin sustancia; nada más distante de mi condición. Me sofoca, me abruma; la grosería de mis compañeros me desespera. Veinte años he sufrido así, aunque nunca te lo dije. Si no tuviera a mi Ciudad, no sé qué haría"... "Oro y plata la pavimentan y piedras azules y rojas. La gobierna un patriarca emperador".

Tantos viajes no significaron un obstáculo para que Manucho tallara una impresionante producción literaria, por el contrario parecían potenciar las posibilidades del artista: Glosas Castellanas, Don Galaz de Buenos Aires, Canto a Buenos Aires, Vida de Aniceto el Gallo, Estampas de Buenos Aires, Vida de Anastacio el Pollo, Aquí vivieron, y Misteriosa Buenos Aires, fueron sus trabajos hasta 1950. "Escribo, comentaba el hombre de la capa gris, para gente que tiene tiempo, calma para saborear el idioma, para gustarlo. Menester es pues que le diga, que escribo para gente que no cree que la literatura está dada por los que hacen crónicas de revistas apuradas".

"Quisiera con toda el alma irme a la Ciudad Encantada, a rendirla para el Rey Nuestro Señor"... "De lo que pueda obtenerse en metales y joyas, recibirás la parte justa. Más aún, te daré de la mía lo que quieras; me conoces y sabes lo poco que me importa el dinero. Lo que sí me importa es llegar a la Ciudad de los Césares, probarme que mi vida no ha sido vana".

Después vinieron Los Idolos, La casa y Los viajeros. A partir de 1955 fue nombrado Director General de Relaciones Exteriores, Miembro de la Academia Argentina de Letras y de la Melville Society de los Estados Unidos de Norteamérica. Publicó Invitados al Paraíso, Los cincuenta sonetos de W. Shakespeare, y la novela Bomarzo, con la que obtuvo el Primer Premio Nacional de Literatura. "Creo que estamos rodeados y penetrados, decía Mujica Láinez, por fuerzas que no conocemos y los llamados elementales son parte de esas fuerzas. Personalmente no descarto la posibilidad de que yo mismo sea, como dije, la reencarnación del Duque de Bomarzo"

.

Bomarzo fue adaptada por Alberto Ginastera al formato de ópera y la obra obtuvo un éxito inmediato en Washington, Nueva York, Los Angeles, Roma, Zurich y Alemania, mientras que en la Argentina fue censurada.

El hombre del sombrero gris, definió así su crecimiento como escritor: "Decir que soy un marginado de la literatura argentina es, sencillamente, un disparate ¿Quién escribió la historia de aquella quinta de San Isidro desde sus orígenes hasta hoy? ¿Quién relató la vida de la mítica calle Florida? ¿Quién se ocupó de la biografía de los poetas gauchescos? Lo que pasa es que yo puedo escribir una novela del Renacimiento, si se me antoja. Entiendo que ello proyecta a la literatura argentina hacia un plano más universal. Bomarzo, significa para mí, el pasaje del tema nacional al tema universal".

"Esta vez la voluntad que desde la infancia me mueve, ha avasallado mi discreción. Perdona a quien todo lo espera de ti. La Ciudad Encantada está ahí, al alcance de nuestras manos"

En esos tiempos, su producción literaria cobra nuevo impulso y edita El unicornio, Los laberintos, Cuentos Reales, y De milagros y melancolías. En 1969, se jubila de su trabajo en el diario La Nación, donde ocupaba el puesto de crítico de arte, y compra la vivienda El Paraíso, en Cruz Chica, Córdoba. "En este lugar prosigo con mi obra literaria y está todo lo que realmente amo", comentó.

Ahí vivió 15 años de continua creación: Cecil, la traducción de Fedra de Recine, El viaje de los siete demonios, Sergio, Los cisnes, Letra e imagen de Buenos Aires, El brazalete, El gran teatro, Los porteños, El escarabajo, Placeres y fatigas de los viajes, Vida y gloria del Teatro Colón -con fotografías de Aldo Sessa, y Un novelista en el Museo del Prado, además de varios tomos de obras completas, fueron el legado, junto a las maravillas expuestas en El Paraíso, que el sofisticado, elegante y excéntrico Manucho, nos dejó de su paso por este mundo.

Manucho decía: "Estoy absolutamente seguro que voy a vivir otra vida, cosa que representa, sin lugar a dudas, un alivio ante la pavorosa idea de la muerte. Soy muy supersticioso y cabalístico, lo que de manera alguna quiere decir que renuncie a cualquiera de mis otras creencias. Me considero católico, pero en lo hondo de mi subjetividad, ello no me parece irreconciliable con una cosmovisión esotérica".

"¿Y si tuviera razón? ¿Si la ciudad se hallara ahí? La ve crecer en el vaho de oro que cubre el horizonte con su neblina. Ve su espejismo de torres, los tapices deslumbrantes volcados en las murallas, los centinelas cuyas corazas relampaguean ¿Y si tuviera razón? ¿Si la conquistara?".

Puede que Manuel Mujica Láinez esté viviendo otra vida. Ahora, para Manucho, la muerte no es una pavorosa idea. Y quizás su nueva vida esté contenida en la increíble experiencia de los que pasamos por El Paraíso, aun sin haber sido invitados.

Los textos que separan cada párrafo pertenecen a La ciudad encantada, cuento de Manuel Mujica Láinez.

Invitados al Paraíso

En el Valle de Punilla, en Cruz Chica, está la casa donde vivió los últimos años de su vida Manuel Mujica Lainez. La llaman museo. Pero cuando uno penetra en la dimensión Manucho, descubre que la casona estilo colonial, es un sitio donde la naturaleza, la magia y la historia se combinan en dosis extraordinarias.

Ya tenía éxito, reconocimiento y dinero. Tenía esposa y dos hijos. Era distinguido y elegante. Hablaba varios idiomas y conocía mil historias. Sus pies habían pisado los más recónditos y majestuosos lugares del planeta. Era un gran artista y un habitante de los más sofisticados ambientes. Lo tenía todo.

¿Lo tenía todo? No. Llegaba acelerando fuerte, como siempre, la hora de la jubilación. Llegaba la hora de apaciguarse y ordenar recuerdos, historias, miedos y alegrías. Llegaba la hora de la recapitulación, pero... ¿dónde?

Conocía la zona porque el lugar se había ganado un importante espacio entre los veraneantes de la aristocracia porteña. Caminaban con Anita por Cruz Chica, buscando un refugio simple, algo rústico, un lugar ideal para descansar, aunque es difícil pensar que Mujica Lainez entendiera el significado de la palabra descansar.

Caminaban despacio, como hay que caminar en las sierras si uno no pretende terminar abrumado. Pasaron por varios lugares, que no los terminaban de convencer, cuando en una de las vueltas del camino, El Paraíso les salió al paso.

El monte con sus árboles y enredaderas se había tragado la casona estilo colonial. El mismo monte que se abrió cuando pasaban Manucho y Anita.

Y parece que como tantas veces, lo que debía suceder, se escondió en casualidad.

El flechazo entre el hombre de mundo y la casona, que apenas se insinuaba bajo el manto verde, fue fulminante. Cuando el supersticioso y cabalístico hombre de letras descubrió que la casa tenía por nombre El Paraíso, su propia historia comenzó a correr como torrente en su interior.

"Descubrí esta casa por azar, contaba Manuel Mujica Lainez. Un cartel unía su nombre a la información que estaba en venta, y quizá, en mi subconciente, la magia de ese nombre operó de inmediato, pues ella hacía espejar la posibilidad de "Invitados al Paraíso" convirtiese en realidad lo creado misteriosamente por la imaginación".

Y la imaginación tomó vida en El Paraíso de Manucho. Una construcción principal rodeada por otras cuatro viviendas, permitía la constante presencia de visitas con la posibilidad, al mismo tiempo, de mantener una gran intimidad.

Cuentan que a Manucho lo veían caminar mucho, siempre elegante, con su sombrerito, con su bastoncito. Todas las mañanas iba a tomar unos mates a la casa de unos amigos. Debía ser un gesto de cordialidad, porque Manucho prefería el té.

Comentan que El Paraíso parece haber removido los cimientos del escritor, ya que en 16 años escribió el 40 por ciento de su obra (o sea, más de una decena de libros). La máquina de escribir Woodstock, que todavía habita el escritorio, mecanografiada con precisión, derramó la documentación literaria con fluidez de manantial. Sin descartar la ayuda que puede haber recibido de la tinta de escribir Pelikan 4001, con la cual la marca promete que «la escritura es de duración ilimitada».

Puede que le ayudaran las cartas de tarot pintadas a mano que le regaló una amiga o el atardecer serrano que entra suave y amarillo por la ventana del escritorio. Puede que fuera el jardín en varios niveles diseñado por el paisajista Carlos Thays, el mismo que se encargó del Jardín Botánico de Buenos Aires.

Dicen que en las noches de carnaval, el salón principal cobijaba sobre su piso de mármoles blancos y negros, unas fantásticas fiestas de disfraces, con máscaras preparadas para la ocasión. Una de las cientos de obras de arte que habitan la casa, es un retrato de Manucho con el atuendo y la máscara de unicornio que uso en una ocasión.

Dicen que también se disfrazó de Bomarzo, en honor a la obra que le otorgó el Premio Nacional de Literatura en 1963. Obra que Ginastera convirtió en ópera y fue un éxito mundial, pero un escándalo en la Argentina.

La ópera Bomarzo fue estrenada en Buenos Aires y censurada por considerársela inmoral. Aparecía una mujer semi desnuda. Llegaron a decir que era pornográfica. Dolor interminable de esta tierra, donde se prefiere cerrar los ojos a expresiones que son aplaudidas y disfrutadas por seres humanos de todo el mundo.

Por la misma razón que fue censurado en la Argentina, Manucho fue condecorado con una orden de mérito en Italia. Fue aplaudido en Nueva York, Washington, Los Angeles. Fue reconocido en Francia. También en Bolivia y en otros muchos sitios del mundo. Ante el escándalo público, Manuel Mujica Lainez dijo: «Caperucita Roja es inmoral, allí una niña se acuesta con un lobo vestido de mujer, un lobo que se la termina comiendo».

Pero el hombre no solo caminaba, visitaba amigos y organizaba las mejores fiestas de disfraces que se tenga memoria en la zona. El hombre parece haber sido un excéntrico coleccionista que atesoraba con obsesión todo lo que iba obteniendo en sus viajes por el mundo. Y parece haber sido un historiador documentalista de primera línea.

El Paraíso está poblado de pinturas (una carta natal hecha por Xul Solar, Victorica, Soldi, Basaldúa, Centurión, entre muchos otros), esculturas (Yrurtía, Fioravanti, Zuhur, entre otros), manuscritos (Rubén Darío, García Lorca, Marcel Proust, Miguel Cané, Sarmiento, Juan de Garay, Florencio Varela, entre otros), caricaturas, piezas precolombinas, piedras con maldiciones obtenidas en China, bastones de monjes de distintos lugares, mesas con incrustaciones de nácar, estatuillas de lapislazul, santos de vestir. Uuuuoooooouuuuu.

Uno se pregunta si también hará falta decir que hay muebles de campaña que pertenecieron a San Martín, que está el anillo de oro con una incrustación de lapislázuli que representa un escarabajo. Un escarabajo que aparece simbolizado varias veces en distintos rincones de la casona y que el autor quizás haya inmortalizado con su obra homónima. Sobre el anillo, dicen que estaba en el fondo del mar Egeo, desde antiquísimos años. Y que un día llegó hasta un autor latinoamericano, y que con él se quedó. Y cuando el autor sudamericano se fue, el escarabajo se quedó con todo.

Uno se pregunta si habrá que contar que hay un esqueletito de unos 60 centímetros de alto, que Manucho colgaba de una lámpara para impedir que sus inquietos nietos ingresaran a toquetear el mundo mágico que le había llevado una vida construir. Un mundo con más de 20.000 libros, con fotos dedicadas, con dibujos de Manucho, con dibujos que otros hicieron de Manucho. Con originales de sus obras. Con increíbles manuscritos. Con libros llenos de firmas y dedicatorias de los invitados al Paraíso.

Será necesario contar que hay una pérgola cubierta por una parra que todavía derrama las mismas uvas rosadas que comía Mujica Láinez al final del verano. Habrá que contar que le gustaba fumar y tomar vino blanco? Que tres empleadas se encargaban de la cocina francesa, que era su preferida? Que tomaban el té todas las tardes? Que Anita amaba las plantas y que trabajando en el jardín perdió un valiosísimo anillo de diamantes? Que Manucho venía de una familia de periodistas y bohemios? Que Anita de Alvear pertenecía a la aristocracia porteña?

En uno de sus Laberintos, Manucho escribió: "Puesto que el amor de las plantas, sigue siendo uno de los mejores testimonios de la admirable calidad humana, dibujo este árbol para Anita", Manucho (1965).

¿Habrá que decir que la casa la construyó en 1916, un arquitecto francés de apellido Dourges? Que la puerta principal es una maravillosa obra de herrería que simboliza a Adán y Eva en el Paraíso? Que Manucho compró una casa que incluía un fantasma? Que le gustaba tomar whisky, acostarse temprano y levantarse temprano? Que tenía una colección de puños y manos de madera ordenadamente colgados en las paredes del baño personal? Que se autodefinía como un católico esotérico? Hará falta comentar que el autor dijo antes de morir: "espero que Dios me perdone todo lo que yo ya me he perdonado".

El Paraíso es un documento. Entrar en él es bucear en la historia de nuestra tierra, en las historias de cuando no había letras, en las historias de cuando empezaron a existir los documentos. La casona colonial sintetiza la pasión del autor por el mundo comprobable, la pasión del autor por la magia.

Los números y las palabras comienzan a perder sentido en la dimensión Manucho. Harían falta varios volúmenes para contar que la magia y la ciencia, se abrazan y separan a cada instante, en cada rincón del Paraíso de Manucho. Harían falta varios volúmenes, que quizás alguien, alguna vez, tenga ganas de escribir. Por el momento, es una maravillosa idea visitar El Paraíso para escribir una buena página en la historia personal.

Por Rubén D. Fernández Lisso

mail@icarodigital.com.ar


Referencias:

Cruz Chica
“El Paraíso”: Casa de Manuel Mujica Lainez - 45-1160.
En el jardín hay una escultura de un Aquiles del año 1615, de la cual hay sólo dos ejemplares en el mundo. La casona cuenta con 33 ambientes, de los cuales 12 están abiertos al público.
En la vivienda se encuentran pinturas de Soldi, Victorica, Basaldúa, Emilio Centurión, Raúl Russo, Miguel Ocampo, Mantegari y bronces de Yrurtia y Fioravanti.
También pueden observarse tallas, íconos, porcelanas y piezas arqueológicas y referenciales de sus obras, tales como escarabajos, unicornios, personajes de sus escritos, etc.

La biblioteca personal del escritor está conservada con sus quince mil volúmenes aproximadamente, incluyendo algunos manuscritos de Rubén Darío, Federico García Lorca y Proust.
Paralelamente, se pueden ver en la casa objetos personales de Manucho como el anillo del escarabajo, su lapicera, monóculo, bastones, boinas y sombrero inglés.
Horarios: Enero y febrero: todos los días de 10 a 14 y de 16 a 20; Semana Santa y julio: lunes a domingo de 10 a 18; Resto del año: sábados, domingos y feriados de 15 a 18h. Las visitas son guiadas -cada hora- y duran entre treinta y cuarenta minutos. Para las visitas de delegaciones es recomendable hacer las reservas por teléfono (sin restricción de días u horarios).
Otros servicios: Galería de Arte (muestras periódicas de pintura, escultura, fotografía, grabados, etc.). Librería. Casa de té. Venta de artesanías.

http://www.escritoresarg.com.ar/articulos%20mujica%20lainez.htm


Su opinión sobre esta nota
........................................
E-mail From
Nombre y Apellido...........
Ciudad ............................

Entrevistas - El Damero - Dossier - Ajo y Limones - El ojo plástico-Batea
Soporte y Administración de Web: aborre@icarodigital.com.ar
Copyright © 2001 www.icarodigital.com.ar
Todos los derechos reservados


Bannerlandia