LA PESTE
En ciertas ocasiones, cuando una peste se instalaba
en una ciudad, esta podía socavar en pocos días su organización
y relajar de tal forma sus instituciones que fácilmente se precipitaba
en una danza de locura por la cual se liberaban los peores impulsos
animales. Incestos impúdicos, asesinatos descabellados, robos,
muerte y desenfreno que, al ceder los controles normales de la ciudad,
agitaban las calles como monstruos desconocidos para el género
humano. Pero otras veces, el caos que significaba la peste era enfrentado
por un concierto de discursos en los que el poder, alocadamente, ensayaba
sutiles controles sobre las poblaciones generando así técnicas
de vigilancia y exhibiciones de autoridad que, una vez concluida la
emergencia de la enfermedad, permanecían en el repertorio represivo.
Esta nota busca indagar, en un breve pantallazo, cómo en el año
1871, en la ciudad de Buenos Aires, ese bullanguero concierto de políticos
médicos y curas, zamarrean y castigan a una población
enferma hasta imponer, mediante nuevas normas de higiene, otro giro
sobre el proceso de disciplinación moderna.
Ya desde las primeras luces del día el rostro
se presenta rubicundo, los ojos inyectados, de color rojo vivo; los
labios y los párpados ligeramente hinchados. Hay sensación
de destemplanza. Duele la cabeza, pero sobre todo la espalda y los miembros.
El cuerpo tirita, la fiebre aumenta rápidamente. La piel se siente
caliente y seca.
El enfermo vomita: primero los contenidos del estómago,
dos días después expide un líquido grisáceo,
acompañado de sangre alterada que también da nombre a
la enfermedad: "vómito negro". Las hemorragias se propagan,
lo que trae petequias cutáneas, pequeñas manchitas como
cabecitas de alfiler por trastornos de la coagulación.
La garganta se irrita, se hinchan los ganglios del
cuello y las axilas. Hay estreñimiento. La piel se torna de color
amarillento.
El paciente a veces delira, pero la mayor parte del
tiempo mantiene una despierta atención muy particular que lo
hace reparar en todo, con inusual lucidez. Pide agua, suplica. Repara
en los rostros, en los gestos, en cualquier movimiento. Se le cierran
los ojos. Siente debilitarse hora tras hora. Al tercer día, ya
sin poder controlar los vómitos ni las hemorragias, el hombre
fallece. Es el 6 de enero de 1871, fecha en la que supuestamente se
declaró el primer caso de fiebre amarilla en Buenos Aires. La
causa es un virus filtrable que trasmite un mosquito, el Aedes Aegypti.
Pero esto los médicos de entonces lo ignoraban.
A la creencia generalizada de que la peste provino
del exterior, los médicos enfrentan el argumento que, aun siendo
esto cierto, existieron causas y con-causas locales, reduciéndose
ambas a la falta de higiene de la ciudad.
En efecto, Buenos Aires se había ido convirtiendo,
por un lado en una ciudad chica: al aumento normal de la población
criolla se le había sumado la inmigración, principalmente
italiana, que fue hacinándose en los conventillos de San Telmo,
por aquellos años a pocas cuadras de las mansiones de las clases
acomodadas.

Pero Buenos Aires era también una cuidad sucia.
Las casas se construían como en el sur de España, vale
decir, con una terraza, aprovechando el agua de lluvia a través
de cisternas ubicadas en los patios, al estilo romano.
Los retretes eran pozos y su profundidad alcanzaba
en la mayoría de los casos las capas de agua subterránea
que luego sería consumida por la población.
Las calles eran de tierra, casi siempre fangosas,
ya sea por las lluvias, ya sea por las aguas servidas que arrojaban
los habitantes displicentemente y que recorriendo las principales arterias,
siguiendo la pendiente, quedaban estancadas en algún punto.
Con todo, lo que más llamaba la atención
de los extranjeros era el mal olor que invadía el aire y que
la población no parecía percibir. Este hedor provenía
de tres fuentes:
- de la industria de los saladeros, situados casi en el centro de
la urbe y cuyos desperdicios( carne putrefacta), eran arrojados
al riachuelo de Barracas, corrompiendo el agua que luego era recogida
por los aguateros y vendida a la población, en especial cuando
las lluvias escaseaban. Era frecuente, incluso, que el agua que
se compraba contuviera hojas y restos de basura.
.
- El segundo factor del mal olor era el sistema de inhumaciones:
ya en el interior del cementerio, el sepulturero recibía
una boleta del conductor del carro fúnebre. Luego de leerla,
tomaba el cuerpo y lo llevaba hasta el lugar en que lo iba a enterrar;
cavaba allí una fosa tan poco profunda que, finalizada su
labor, aún se observaba la vestimenta del cadáver.
Los muertos se pudrían prácticamente a la vista del
transeúnte y sus miasmas pronto se mezclaban con la hediondez
que despedían los saladeros.
.
- Un tercer factor era la basura que permanecía muchas horas
sin ser recogida, y que era usada para rellenar zanjas, tapar pantanos,
nivelar veredas, porque era más barato.
.
Por entonces, el discurso médico era, ante todo, un discurso
higienista. Facultativos como Wilde y Rawson hacía tiempo venían
insistiendo en la necesidad de construir desagües y organizar
la limpieza de la ciudad, sin obtener en ningún momento la
atención de las autoridades.
En 1871, el poder médico en su relación
con la salud se concentraba en dos corporaciones: el Consejo de
Higiene Pública, creado un año antes por Ley 648;
y la Junta de Sanidad del Puerto Central, cuya finalidad era la
inspección sanitaria de los buques que llegaban del exterior.
Al declararse la epidemia, los médicos
reunidos en la Universidad dan forma al discurso higienista que
les permitirá enfrentar los acontecimientos, sin desprestigiarse,
y disimulando su ignorancia de la verdadera causa de la enfermedad.
El mal, dijeron, se hallaba en el aire, al que envenenaba la suciedad
reinante y los restos animales y humanos en descomposición.
En el hedor se detectaba la presencia maligna del agente causante
de la enfermedad: las miasmas, o sea, los vapores que despedía
la podredumbre reinante, y que penetraba dentro del cuerpo al respirarse.
El tratamiento consistió, pues, en lograr que el paciente
expulse de su interior el mencionado agente maligno, mediante vomitivos
(como epicacuana), purgantes (como aceite de castor o limonada de
Royé), y sudoraciones ( provocadas por bebidas calientes
como infusiones de borraja) ("El Nacional", 10/3/1871).
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Hoy sabemos que este procedimiento no pudo conducir
a curación alguna. Cabe preguntarse, entonces, qué
otra cosa se hizo con este discurso, aplicado severamente durante
los seis meses que duró la epidemia.
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En primer lugar, y por primera vez, se ensaya
una vigilancia y un control extremos de los hábitos de la
vida cotidiana de la población. Como las diarias inspecciones
del Consejo de Higiene no fueran suficientes, se promueve la delación
generalizada. El 27 de febrero, y en medio del éxodo de la
lata y mediana burguesía, la prensa da a conocer la siguiente
resolución: "La Comisión de Higiene de la Parroquia
( de Monserrat) suplica a los vecinos se sirvan de dar aviso a cualquiera
de los miembros de la misma, de toda casa cuyo estado sea por desaseo,
sea por demasiada aglomeración, o sea por otras circunstancias,
pueda perjudicar la salud pública y ser un incentivo a la
epidemia que tantos estragos hace entre nuestros vecinos de San
Telmo y de otras parroquias..." Y así, día tras
día, se suceden las denuncias: "Llamamos la atención
del Comisario de la Sección 1° de la Comisión de Higiene
de la Catedral al Norte sobre un depósito de papas podridas
que hay en la casa del Sr. Lavallol, sito en la calle Julio esquina
Cuyo. Es tan fuerte el olor que exhalan esas inmundicias que a ciento
cincuenta varas de distancia es imposible pasar" ("El
Nacional" 3/3/1871); o esta otra: ""...Señor
Director de La prensa:...En nombre de muchos vecinos de esta localidad
(Almagro) me dirijo a Ud. rogándole sea intérprete
de los deseos de este vecindario para que la autoridad respectiva
haga salir de aquí, del paraje denominado Mirador de Léxica
en el corazón de la ya muy numerosa población de este
punto, a 200 cerdos que tienen alarmado a este vecindario, puesto
que es una amenaza a la salud de todos los que aquí vivimos..."
( "La Prensa" 11/3/1871); o esta última: "...Al
pasar hoy a las 11 por la calle Victoria en dirección a esta
imprenta, hemos presenciado el repugnante espectáculo que
presentan los cajones de basura tendidos en líneas de batalla
en el cordón de la vereda. Las diferentes materias que contenían;
descompuestas por la acción de los rayos solares, exhalaban
un olor indefinible que espantaba a los transeúntes, a la
vez atraía a las moscas, ofreciéndoles un opíparo
festín...¡Cuándo se ahorrará a los transeúntes
el repugnante espectáculo que presentan los cajones de basura
expuestos en el cordón de la vereda un día entero"
("El Nacional" 9/3/1871).
El primer foco de infección que señalan
los médicos y hacia el cual se dirigen las diatribas de la
prensa liberal, que hace suyo ese higienismo, son los Saladeros,
a los cuales exige la inmediata suspensión de sus faenas:
"Si- grita El Nacional del 7 de febrero- los Saladeros con
sus miasmas pestilentes y sus residuos arrojados al riachuelo que
mezcla sus aguas cenagosas y corrompidas con las del estuario que
bebemos, es la causa de que la epidemia aparezca siempre en la parte
Sud del Municipio, como punto más inmediato a los focos de
infección...". Pero este reclamado cierre provisorio
de los Saladeros choca de inmediato con los intereses económicos
de los hacendados de la provincia, más que con los propietarios
mismos de esta industria ligada directamente a la existencia de
esclavos, por lo tanto al sector burgués más retrógrado.
La tardanza de la medida gubernamental acalora los ánimos
de los diarios progresistas: "...Si esto continuase – expresa
La Tribuna del 11 de febrero- repetiríamos lo que tantas
veces, es decir, el pueblo tiene derecho de defenderse , y debe
prender fuego a los Saladeros, antes que la peste se vaya, porque
yéndose todo vuelve a quedar como estaba". El control
de los Saladeros se alcanzará recién a partir del
1 de marzo de ese año.
Pero el discurso médico también
se inscribe dentro de la polémica entre laicos y católicos.
Para la tradición católica que modeló la cultura
argentina, las epidemias, cualquier enfermedad, no pueden ser otra
cosa que un castigo divino por los pecados de los hombres, y si
el hombre no ha pecado nunca (lo cual siempre es dudoso, ya que
el pecado se halla también en el secreto del pensamiento),
debe pagar de todos modos el pecado original que permanece, y permanecerá
in aeternum, susceptible de sanción. Lo único salvable
es el alma, si previamente hay un reconocimiento de la culpa y el
consabido arrepentimiento. Esto no significa que, frente a la realidad
de una epidemia, la Iglesia no ofreciera remedios: durante las dramáticas
circunstancias de la peste de 1871, no cesó de organizar
procesiones, misas y rogativas a todas horas. Hasta no olvidó
sacar a la calle la imagen de San Roque, el santo de las epidemias,
a los efectos de bendecir a los moribundos. Pero para la nueva mentalidad
que se desarrollaba en las clases gobernantes, estas creencias comienzan
a ser vistas como lacras del pasado, supersticiones que estorbaban
el camino de las transformaciones que reclamaban los nuevos tiempos.
En especial, porque las almas que con tanto arrobamiento interesaban
a la Iglesia eran demasiado etéreas como para ser utilizadas
como fuerza de trabajo en el sistema de producción vigente.
Lo aprovechable era el cuerpo, justamente el objeto de la medicina.
En 1871, los médicos aprovechan la epidemia para robarle
el cuerpo humano a la religión, robo que no se llevó
a cabo sin ciertos forcejeos. Con fecha 17 de febrero, un diario
católico expone sus argumentos: "...El mundo físico
y el mundo moral reconocen leyes que no pueden violarse impunemente
... El pueblo se preocupa en estos momentos de adoptar todas las
medidas higiénicas tendientes a combatir la epidemia!...Tratándose
de un pueblo que no ha renunciado a la fe en una providencia superior
que todo lo dispone, es fácil comprender que faltan otros
remedios conducentes al objeto que se desea conseguir.
"Consecuentes con esas creencias, es menester combatir al flagelo
en las dos causas que reconoce...La otra causa que reconoce un origen
superior a las fuerzas humanas se ha de combatir con medios proporcionados.
"Para ello tenemos la oración. Los templos son casa de oración,
a ellos debe acudir el pueblo a orar por el remedio de las presentes
necesidades..." (citado por El Nacional del 17/2/1871).

Holbein: Médico (Grabado)
La prensa liberal no tarda en salir en defensa
de la medicina, y lo hace en estos términos "...Hoy,
la desgraciada situación del país (era sólo
Buenos Aires la afectada por la enfermedad) nos impone deberes a
los cuales no podemos ni debemos faltar sin menoscabo de nuestra
dignidad de periodistas, y entre esos deberes, uno de los primeros
es señalar al pueblo quiénes son los que le compadecen
y le ayudan para que les tribute gratitud, y quiénes los
que le contemplan con desdeñosa frialdad, o le abandona con
refinado egoísmo, para que a su turno les retire su protección
y su favor.
"Frente a la abnegación de la mayor parte
de los profesores de medicina que desafían la muerte bajo todas
sus formas, por arrancar a la epidemia sus víctimas; frente a
los caritativos servicios de los vecinos de cada Parroquia que, constituidos
en comisiones, visitan y auxilian a los atacados de peste; frente a
esa sublime concepción del espíritu cristiano llamada
hermana de caridad que cuida de los hospitales, curando con sus puras
y blancas manos las llagas del pobre y del desamparado; ¡qué
triste y vergonzoso contraste es el que ofrecen esos frailes rollizos
y mofletudos que, encerrados en su egoísmo, ven correr las horas
en criminal ociosidad...! ¡qué contraste el que ofrecen nuestro
galeno clero, que envuelto en su ancho manto, cruza indiferente y sin
cuidado una de las épocas más tristes por las que haya
atravesado Buenos Aires!.

"¿Y son estos los discípulos de Cristo?...
"...Oh! no, mentira!
"Jesucristo enseñaba el martirio,
estos sólo se aman a sí mismos, y por el más
digno de los hombres no se dejarían cortar un cabello de
su cabeza...
" Los que visten el traje de la Iglesia con
el único objeto de proporcionarse el bienestar, sin recurrir
al trabajo, esos no son sacerdotes, son los zánganos de la
colmena" (El Nacional, 11/3/1871).
Pero airadamente ,loa prensa católica insiste,
esta vez desde las páginas del Eco del Plata que en su edición
del 16 de marzo recuerda que "el sentimiento religioso en el
mundo católico es, ha sido y será siempre el principio
regenerador de las sociedades, y si alguna vez este sentimiento
se extravía por la prédica incesante y fascinadora
de la filosofía materialista de los innovadores e ideólogos,
él vuelve luego con más fervor, con más ahínco,
con más convicción; retemplado en el fuego sagrado
de la razón, base inconmovible de su poder..." (Transcripto
por El Nacional del 16/3/1871).
Y El Nacional responde: "Ningún ser
racional puede dudarlo; la sociedad no puede existir sin religión...Por
eso los pueblos que aspiran a separarse del pasado sangriento y
sombrío se dedican a regenerar su religión, como nos
esforzaríamos en arrancar la impureza que alterase nuestra
savia de vida.
"Por eso buscan en las claras enseñanzas
del racionalismo, la clave de las verdades futuras que han de borrar
los errores del pasado... Así el catolicismo, adulterado
en sus principios sublimes con falsas interpretaciones, es desechado
por la humanidad que camina ante todo a su fin anhelado.
"Todo lo que concibe la razón humana
es factible; se ha ideado purificar la atmósfera religiosa,
alterada por el humo viciado del catolicismo ilegítimo, y
en tan noble tarea proseguirá sin cesar hasta el día
del triunfo. El mundo marcha." (El Nacional, 18/3/1871).
Pero, más allá de esta polémica,
lo que nos ubica claramente en ese forcejeo entre médicos
y sacerdotes, es una de las tantas anécdotas que figuran
en la sección "Sueltos" de El Nacional: "-En
San Isidro acaba de ocurrir un suceso que ha puesto en agitación
a la gente fanática de ese pueblo.
"El caso es el siguiente.
"Un joven, educado a la moderna, es decir,
que sujetaba sus actos a todo aquello que creía justo y razonable,
estaba en los últimos momentos, como vulgarmente se dice.
"La fiebre amarilla lo había conducido
a ese extremo, no había esperanza de salvarlo; algunas personas,
altamente católicas, en vez de buscar algún remedio
que pudiera evitarle la muerte, fueron en busca de un sacerdote.
"El joven en cuestión se resiste en
recibir los auxilios de la Iglesia, manifestando que sus creencias
religiosas le obligan a considerar esas disposiciones como de ninguna
utilidad.
"Al poco rato el joven expira, encomendando
su alma al Dios Omnipotente.
"En esos momentos empieza a declararse una
tormenta desencadenada; la lluvia se desprende copiosamente; de
pronto, en medio de los fuertísimos truenos, un rayo cae
en la misma casa donde había muerto el desgraciado joven.
"¡Admiración! ¡Consternación
en algunas familias!
"Es la ira del cielo –exclaman en medio de
un susto espantoso.
"Desde ese día, en algunas casas de
San Isidro no se hace otra cosa que regar con agua bendita y entonar
cánticos sagrados": (1/4/1871).
Ya a comienzos de marzo, Buenos Aires era un pueblo
fantasma. Segura la burguesía en sus estancias, cerrado el
comercio, paralizada la administración pública, el
discurso higienista seguía actuando como una gran nariz,
un Cyrano ciego que sin bastón ni lazarillo recorría
las calles descubriendo el cuerpo de un caballo putrefacto, una
bolsa de papas en descomposición, un charquito. Y ya olvidado
el Riachuelo, cerrados provisoriamente los Saladeros, los médicos
acusan rápidamente a las clases pobres:"...¡Se ha pensado
en los criaderos de cerdos?
"¿Conocen nuestros diputados lo que son esos
bañados del Sud en Barracas, entre este punto y las Lomas?
" En lugar de hombres y animales, pastores
y rebaños son todo uno, a juzgar por el traje, por el aspecto
y por el género de vida que hacen...Aparte de ese complemento
de los saladeros, queda el de sus propias peonadas, gente medio
desnuda que vive en condiciones semejantes a su mismo ejercicio.
"Siempre su cutis cubierto de sangre seca
o grasa.
"¿Es esto tolerado por la higiene?
"¿Habría bastantes agentes químicos
para allanar todos estos inconvenientes que conspiran contra la
salubridad general?..." (La Prensa 23/3/1871).
Pero la violencia mayor se dirigió contra
los italianos, porque amén de pobres eran extranjeros, y
la realidad los impulsaba a hacinarse en conventillos, sufriendo
la desocupación y obligados a soportar las condiciones de
la miseria: "...Guerra a muerte a los conventillos y focos
de infección que existen en la ciudad...", grita El
Nacional del 8 de marzo: "...¡Guerra a la inmundicia!
"¡Si!, guerra a todos los focos de infección,
a la podredumbre que nos cerca y nos ahoga convirtiéndose
en fiebre amarilla, en cólera y en cuanto azote castiga a
los pueblos que han olvidado las leyes de la higiene...
"¡Tenemos en cada conventillo o casa de hospedaje
un foco de infección y la autoridad no los desaloja, pues,
¡manos a la obra!. Reúnanse los vecinos cuyas vidas están
más amenazadas por el foco de infección y desalójenlo
por su propia cuenta y en nombre de primer derecho!
"¡Nada de contemplaciones!...
"Energía es lo que pedimos al pueblo,
ya que las autoridades no la tienen" (ídem 9/3/1871).
Y allí se dirigieron los médicos,
acompañados por la policía. Pero tampoco en este caso
su misión fue curar. Los miembros de las comisiones parroquiales
expulsaban a los italianos de los conventillos sin dejarles otra
salida que dormir a la intemperie, generalmente en plazas. Tampoco
era precisamente la persuasión el método implementado
a juzgar por las advertencias que siguen: "...La violencia-
aconseja El Nacional del 9 de febrero- es un recurso de que nunca
debe echar mano las autoridades, ni aún en los casos más
apremiantes y extremos; porque el abuso del poder, la ostentación
de la fuerza subleva la resistencia de parte de la persona que se
ve agredida en su libertad o en su derecho..."
De pronto, por unos meses, el proyecto burgués
de poblar el país llamando a la inmigración es replanteado.
Los inmigrantes que hasta hacía unos meses eran vistos como
la esperanza en un futuro de riqueza constante, ahora son la causa
de la peste. Precisamente por constituir las tres cuartas partes
de los muertos son los más culpables. Pero más que
ellos mismos, son sus costumbres promiscuas y el estilo de vida
que los caracteriza.
En su edición del 22 de marzo, "El
Nacional" expresa: "- Existe realmente un foco mil veces
más terrible que el Riachuelo, más terrible que los
Saladeros, más terrible en fin que cuanto paraje mortífero
se ha denunciado hasta ahora... Ese foco es la estupidez...Soñáis
en alcanzar una modificación práctica sobre esas gentes
que les señaláis el mal, y que sin embargo se arriman
a él creyendo que vuestras palabras son el eco del egoísmo,
la expresión del odio, la manifestación de la perversidad!...Se
ha repetido hasta el fastidio que en los conventillos muere la gente,
tanto como en ello habita. Id un momento a esos alojamientos, y
allí os dirán: existen veinte enfermos, y han muerto
ya otros tantos... Aconsejad a los estúpidos que no se embriaguen,
que no pasen las horas de su vida en saturnales y en orgías
y los veréis entonces llevando la existencia corrompida de
los crápulas...De ahí que los estúpidos caigan
y sucumban. De ahí que la mortalidad aumente. De ahí
por fin la prolongación de una epidemia fatal..."
Una vez más, para la medicina las víctimas
son los victimarios y reflota, fortalecido el mismo concepto católico
que se pretende superar: el hombre enferma por sus pecados. Igual
explicación darán los médicos para las enfermedades
venéreas, lo que enferma son los hábitos promiscuos,
la transgresión de las normas morales, aún hoy, la
medicina ensiste en salvar las almas en vez de curar el cuerpo;
esta vez alrededor del tema del SIDA: La Doctora Scaglione comentaba
a Clarín del 16/8/1985: "...después de los años’70-dice-
en que las enfermedades venéreas son controladas por los
antibióticos y la existencia de métodos anticonceptivos
protege a aquellos que prefieren esperar para procrear, se estaba
empezando a dejar "pagar peaje" para obtener placer..."
Con todo, este odio desmedido al inmigrante respondía
igualmente a otras razones quizás más irritativas:
los italianos fueron quienes con mayor encarnizamiento resistieron
el poder médico, por entonces no del todo estabilizado, como
agente de control social, lo que queda documentado en el artículo
"Observación curiosa" aparecido en "el Nacional
del 4 de marzo: "...A los italianos se les ha ocurrido que
la peste la echan los frailes a los médicos para concluir
con ellos. Participando de tan absurda creencia, bien se comprende
que aquel de ellos que cae enfermo se guarda muy bien de llamar
al médico. ¿Qué sucede entonces?.Algunos amigos o
parientes del enfermo, tan estúpidos y supersticiosos como
él rodean el lecho y celebran sus consultas. Cada uno da
su opinión y receta según su ciencia y conciencia.
Uno cierra las puertas y ventanas y tapa hasta las junturas de éstas
para que los frailes no puedan arrojar adentro los polvos de la
peste. Otro pronuncia algunos exorcismos haciendo cruces al enfermo
para conjurar el espíritu maléfico que cree se le
ha metido en el cuerpo. Quien le aplica en el estómago un
pollo negro abierto en canal...La fiebre sigue más rápidamente
su curso en razón de no encontrar obstáculo que se
le oponga; y el enfermo abandonado de los auxilios de la ciencia,
marcha al sepulcro conducido por su ignorancia misma. Ha habido
médicos a quienes algunos enfermos italianos le suplicaban
con el acento más desgarrador que no los envenenase, y aún
después de amonestarlos y parecer convencerlos con razones
del caso, no se ha podido conseguir que tomasen las medicinas recetadas.
Cuando tratando de combatir su fanatismo y sacarlos del error se
les dice que vean que los médicos mueren también de
la peste, entonces no hallando salida donde escaparse, citan una
matanza de médicos y frailes que, dicen, hizo el pueblo de
Palermo durante una peste, agregando que desde ese día empezó
a declinar y desapareció completamente la peste..."Siendo
el médico una figura novedosa en las clases populares, no
sólo actuaba la extrañeza en esta resistencia; ocurría
que, en esta etapa de la ciencia médica, sus métodos
(vomitivos, sudoraciones y purgantes) no eran precisamente más
eficaces que una misa o el pollo negro que recomendaba el curanderismo.
Pero las clases gobernantes ya habían apostado a ella en
su tarea de disciplinar los hábitos de la vida cotidiana
de la población. Y la burguesía se compromete en la
lucha que finalmente impondrá al discurso médico y
perseguirá otras prácticas inmanejables: "...No
es ya el contagio lo que amenaza a cada momento (a los médicos);
son ahora las bárbaras preocupaciones del pueblo bajo, las
que traidoramente tienden una celada a la existencia de muchos médicos...Es
necesario que nos preocupemos de prestigiar al médico entre
el vulgo. Que diariamente y a cada momento ensalcemos su apostolado
y pintemos con tales colores lo alto y benéfico de su misión
en estas emergencias, para que las bárbaras preocupaciones
que se estimulan con el terror, desaparezcan y se hagan fáciles
sus esfuerzos, encontrando humildad y simpatía en la inteligencia
inculta de la ignorancia desgraciada..." (La Prensa, 13/3/1871).
Pero en esta búsqueda ciega aún
restaba un último culpable, quizás el máximo
foco de infección: el enfermo mismo, el febrífugo,
sobre el cual comenzaron a caer todas las maldiciones. Lo que dejan
traslucir estas palabras publicadas el 9 de marzo: "...Cada
puerta que se abre...deja ver a un enfermo que con el contacto de
su abrasada mano, con el roce de sus ropas, con el aliento de sus
labios, envía la peste y, con la peste, la muerte..."
(El Nacional).
En el doloroso padecer de su enfermedad, torturado
por los vomitivos que se le administraban, las sudoraciones a que lo
obligaban. Desalojado de su hogar, quemadas ya sus ropas, sus muebles,
hasta la última de sus pertenencias, el enfermo pobre de recursos
moría en el lazareto completamente solo. Si era el principal
responsable de la epidemia, preciso fue deshacerse de él lo antes
posible. Ya desde el 8 de febrero regía la disposición
municipal que obligaba a enterrar el cadáver antes de las seis
horas de ocurrido el fallecimiento. Pero no siempre se esperaba hasta
entonces, que ya el carro fúnebre recogía por la fuerza
el cuerpo. Incluso, no siempre se esperaba el fallecimiento, siendo
innumerables las inhumaciones en vida autorizadas por los médicos.
De las cada vez más frecuentes denuncias que realiza la prensa
sobre este terrible hecho, transcribimos una, aparecida en El Nacional
del 14 de marzo, en su sección "Boletín del Día":
"Es digna de llamar la atención de las autoridades la noticia
que damos a continuación. En la Parroquia de San Cristóbal
iba a ser llevado a la sepultura un cajón conteniendo a un individuo
que el Dr. Piñero había declarado en su certificado muerto
de inanición, cuando abierto el cajón , se encontró
a dicho individuo con los ojos abiertos y haciendo algunos movimientos...,
como entre médicos siempre se llega a un acuerdo, la nota termina
refiriendo la siguiente conclusión del entuerto: ":::El
certificado del Dr. Piñero está en poder de la Comisión
de aquella Parroquia, que a su pie a puesto "Resucitó"..."

Pero el febrífugo también fue visto
como un consumidor. Ya desde sus inicios la epidemia había
sido aprovechada por varias compañías que ofrecían
eliminar la basura o desinfectar el Riachuelo. En este período
preindustrial, el enfermo fue un negocio para boticarios y farmacéuticos;
un germen de lo que será más adelante la industria
de la enfermedad; Los laboratorios y otros aliados. Pocas veces
se ofrecieron tantos remedios milagrosos como en esta epidemia de
1871. En la sección reservada a la publicidad del diario
"l Nacional y bajo el título "Prevención
contra la fiebre amarilla (testimonial del general Nye y el Capitán
Shannon)", se expone el siguiente relato: "el General
Nye, abogado distinguido de la ciudad de Yaso, dice:"...En
el mismo momento en que sentía calofríos, o dolores
de cabeza, cansancio en las piernas y otros síntomas de la
fiebre amarilla tomaba una cucharada de Pronto Alivio de Radway
y una buena dosis de las píldoras y baños con el Pronto
Alivio, y dentro de pocas horas quedaba ya libre de estos síntomas
desgraciados y me sentía seguro contra la epidemia y otros
males..."
"El Capitán Shannon (dice): Durante
mi permanencia en el puerto de Cuba, seis de mis marinos cayeron
enfermos con la fiebre amarilla. Ambos mis pilotos y yo mismo estábamos
cansados de tratarlos. Un día, mientras que estaba sentado
a la mesa comiendo, fui atacado de repente con dolores de cabeza
y en los ojos, me dolían los nervios, y sentí calofríos;
los dolores eran terribles, precursores ciertos de fiebre amarilla.
Cada momento me sentía más débil hasta ya no
poder levantarme de la silla. Entonces me acordé que siempre
llevo conmigo el Pronto Alivio de Radway y que este podía
serme de alguna utilidad. Tomé una cucharada de dicha medicina,
y mis oficiales me frotaron todo el cuerpo con él, 15 minutos
después tomé otra cucharada y así continué
durante seis horas. Viendo el milagro que en mí estaba operando
el Pronto Alivio, hicieron mis pilotos tomar dosis semejantes
a todos mis marinos enfermos; seis horas después de haber
tomado Pronto Alivio tomamos unas fuertes dosis de sus "Píldoras
Reguladoras"; alternándolas con el Pronto Alivio
y nos salvamos todos. Después de esto he aplicado el Pronto
Alivio y las "Píldoras Reguladoras" a veinte
y siete hombres atacados de fiebre amarilla, y afortunadamente con
el mismo éxito "; Wilson Shannon, Capitán del
barco "Jane Shore" Nueva Orleáns, 7 de mayo de
1856. Únicos agentes en el Río de la Plata: Juan Eastman
e hijo. Calle Defensa 9 y 11".
El 21 de junio de 1871 se declara oficialmente
la total extinción de la epidemia. Si misteriosamente había
hecho su entrada en la ciudad, igualmente misteriosa e invisible
se retiraba. De una población de 60.000 personas, murieron
13.000 de esta enfermedad, al margen de las víctimas que
provocó la de viruela declarada paralelamente a partir de
abril. Si los fallecimientos fueron explicados como consecuencia
de las malas costumbres de la población, las mejorías
no pudieron ser vistas más que como la obra abnegada de los
médicos. La tarea médica fue presentada, en todo momento,
por la prensa como una misión filantrópica; en especial
porque a la filantropía y a la abnegación del médico
correspondía el agradecimiento eterno del paciente, sus familiares
, o sus amigos. Ya Hugo Vezzetti en su obra "La locura en
la Argentina", señala esta filantropía como
una novedosa técnica de sujeción de las masas, particularmente
de los sectores de menores recursos: "...al mismo tiempo- dice-
estableció una lógica paradojal y perdurable de la
asistencia pública: el necesitado tiene derecho a la asistencia-...-
en la medida en que renuncie a considerarlo como un derecho. En
tanto el marginal- prosigue Vezzetti- no puede pagar con dinero
o trabajo, al menos con su agradecimiento ante la caridad de los
que pueden dar, devuelve la imagen tranquilizadora de una relación
de tutela, en la que el asistido –enfermo, mendigo o loco- es asimilado
a un estatuto de minoridad jurídica...":Al respecto
manifiesta El Nacional del 9 de marzo en su artículo "Premio
a la abnegación": "...No es el gobierno quién
deberá eterno agradecimiento a los médicos que exponiendo
su vida diariamente van a cuidar febrífugos, son los febrífugos
mismos, son sus amigos los que deben darles gratos y rendirles el
homenaje debido a la más grande y sublime de las abnegaciones.
Morir en defensa de una idea –continúa el redactor del artículo-
o de una pasión a las cuales están vinculados los
propios intereses, sucumbir al pie de sus banderas que despierta
fogoso entusiasmo, enardeciendo la sangre, es cosa que cualquier
hombre puede realizar sin grandes esfuerzos, pero morir por salvar
de la muerte a otros sin alcanzar la gloria del héroe, ni
la apoteosis del mártir, morir en cumplimiento de un deber,
sacrificar una existencia feliz, llena de comodidades y de halagüeñas
promesas por salvar la vida de un ser desconocido y quizás
indigno de la consideración de la sociedad, que no puede
invocar otro título que el de ser hombre al exigir tanta
abnegación y desprendimiento, es casi sobrehumano y se requiere
para realizarlo estar animado por el espíritu que ilumina
la frente del Redentor de la humanidad en la hora dolorosa de su
agonía..."
Los médicos devolvieron a la burguesía
una ciudad ordenada, limpia y sin hacinamiento; pero sobre todo
alcanzaron una redimensión de su profesión que los
ubico definitivamente en una situación de privilegio dentro
de una sociedad fuertemente estratificada. Logrado un lugar de poder,
el médico hará su aparición, no ya únicamente
como compendio de saber, sino como autoridad social, que puede tomar
decisiones a nivel de una ciudad, de una parroquia, de una institución,
sin consultar previamente con funcionario alguno. En una carta dirigida
al Comandante en Jefe de la Plaza de Paraná (Entre Ríos),
Cnel. Francisco Borjes, se pone de manifiesto la soltura con que
ya, a mediados de enero de 1871, se manejaban los facultativos:
"Los médicos que suscriben han acordado a Ud. por la
presente , pidiéndole la pronta ejecución de las medidas
higiénicas que enumeran. Tal vez el Coronel no se crea suficientemente
autorizado por el Supremo Gobierno para hacer las erogaciones que
demanda la postura en vigencia de estas medidas y tema ultrapasar
las facultades de que está investido; pero debe asistirle
el convencimiento que nosotros tenemos de la inminencia del peligro
que tratamos de conjurar , y la confianza que abrigamos en la ilustración
de nuestro Gobierno que, vista la exigente necesidad de tales medidas,
no las dejará de aprobar por el fin a que van ellas encaminadas
para determinarse a cabo...Apoyados en el testimonio de la ciencia
y en la práctica de las naciones más adelantadas y
cuidadosas de la salud pública, podemos asegurarle que de
la pronta ejecución de las medidas que proponemos, dependerá
la invasión a esta localidad de la peste que del Norte ahora
viene...,que por el estado antihigiénico de la población
predispone a todo mal..." (citado por Leandro Ruiz Moreno-
La peste histórica de 1871-1949).
A partir de 1871, los médicos tuvieron
ocasión de hacer otra cosa que curar, abarcaron nuevos campos:
desde entonces pasó a ser de su competencia el aire, los
desagües, los cementerios, el estilo de vida mismo del enfermo
(M Foucault –Medicina e historia.-1978) y se prestigiarían
determinadas individualidades que más tarde las clases en
el poder tendrían muy en cuenta llegada la hora de promocionar
personalidades en elevados puestos de poder. Así encontramos
a los doctores Eduardo Wilde y a Rawson, de destacada participación
durante la epidemia, como ministros de Justicia e Instrucción
Pública y de Interior respectivamente. Y esto ya lo prevé
El Nacional del 27 de marzo, cuando expresa, luego de solicitar
a toda la prensa que señale, con nombre y apellido, a los
médicos abnegados: "...Así sabrá el pueblo
a quiénes ha de apreciar y quiénes merecen su más
profundo desprecio, para que lo cargue en cuenta para momentos más
felices, y sepa cerrar las puertas de la legislatura y de los puestos
públicos en general, a que por lo común aspiran más
los que menos títulos tienen para granjearse la estimación
de sus conciudadanos..." Junto a la abnegación que obliga
al agradecimiento coexistió un interés personal ante
la posibilidad de escalar posiciones, y aun cobrar durante la peste
dos y hasta tres sueldos aquellos que lograron obtener nombramiento
paralelos en municipalidad, provincia y nación.
Más adelante, el discurso higienista se
complementará con el darwinismo a los efectos de abarcar
mayores campos de acción, como el que posibilitaría
el concepto psicopatológico de la criminalidad, aplicada
sin pérdida de tiempo a la inmigración anarquista
y socialista de las primeras décadas de este siglo; o el
concepto de razas inferiores y razas superiores que expondrá
el doctor José Ingeniero en sus Crónicas de Viajes,
publicada en 1906 .
Si a lo largo de toda la segunda mitad del siglo
XIX, la medicina se concentró, mal o bien, en el tema de
la salud y la fortaleza del cuerpo, imprescindibles en un mercado
de mano de obra siempre en aumento, qué rol le cabrá
actualmente, cuando el problema es precisamente el exceso de dicha
mano de obra, el aumento mundial de la desocupación:¿Se volverá
a las teorías de Malthus?.
Hemos visto cómo se desenvolvió la medicina argentina
durante la verdadera epidemia, y en momentos en que la vida humana tenía
un valor especial para la sociedad, quedará para el futuro descubrir
cuál será su rol ahora que la vida humana comienza a ser
un estorbo.
Por Marcelo Manuel Benítez
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