Historia
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Cuando pensamos en el té, nos hacemos a la
idea de un grupo de señoras muy inglesas tomando el "five
o´clock tea" o el té de las 5 en punto, en un salón
de típico estilo inglés.
Nada más lejano a la verdad sobre esta infusión,
porque sus orígenes se remontan a ancestrales y orientales
tiempos de la historia.
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Mary Cassat: Tea, 1879/80
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Esta misma "dice" que fue alrededor de 2737
a. C., que el emperador SHEN NUNG – quien tenía la costumbre
de beber solamente agua hervida para saciar su sed -, mientras descansaba
debajo de un árbol silvestre de té vio como la brisa accidentalmente
arrojaba algunas hojas secas dentro del recipiente. Sorprendido ante
el cambio de color del agua, decidió probar la infusión,
cautivado por el aroma que esta producía.
Ahora bien, la historia "escrita", nos cuenta
que las primeras referencias fehacientes que se saben sobre el té,
surgieron a la luz a través de una receta redactada por un cirujano
chino del siglo III a. C., quien prescribió té para aumentar
la capacidad de concentración de su paciente. También,
se han encontrado escritos chinos del siglo I a. C.
Sin embargo, se sabe que hasta la Dinastía TANG
(618-907 a. C.), la bebida en sí no hizo su eclosión popular,
manteniéndose hasta ese momento como medicina. Fue entonces,
que comenzó a establecerse dentro de la corte y ambientes aristocráticos
de la sociedad china, creando para ello todo un sistema de tratamiento
de la planta, tiempos de siembra y cosecha, como así también
procesos de manufacturación para su consumo. Todo esto quedó
registrado en un tratado realizado por encargo a LU YU (733-804 a. C.),
quien además incorporó a sus páginas todo lo concerniente
a tradiciones y costumbres a tener en cuenta a la hora de tomar el té.
Este libro fue conocido como "CHA CHANG" o "El clásico
del té".
Con el tiempo la tradición diría que "la
taza de té es el espejo del alma".
La isla
que se enamoró del té
Fue un monje budista llamado DHARMA, quien luego de
una peregrinación desde la India, pasando por china llega a Japón,
trayendo consigo esta infusión.

Según cuenta la leyenda, este monje había
jurado no dormir durante su vida para lograr una mejor "iluminación";
pero sucedió que se quedó dormido nomás, y al despertar,
ante su consternación se quito los párpados y los enterró
allí mismo. Al día siguiente en el lugar se encontraba
una planta cuyas hojas tenían la habilidad de ayudar a mantener
los ojos abiertos.
Según otras creencias más históricas,
otro monje de nombre DENGYO DAISHI, llevo consigo semillas del té,
y a su regreso del viaje a China (805 a. C.) las plantó en los
jardines del monasterio. Años más tarde este mismo monje
sirvió una taza de té al emperador SAGA, quién
inmediatamente mando cultivar esta planta en cinco de las provincias
más cercanas a la capital.
Pero el idilio nipón no se concretó hasta
después del siglo XII, luego de dos siglos de malas relaciones
diplomáticas entre ambos países, donde otro monje budista
de nombre ELISAI, trajo consigo nuevas semillas y la moda del té
verde en polvo, que con el tiempo se transformo en lo que hoy conocemos
como ceremonia del té o "CHA NO YU", asociando sus
orígenes al budismo zen.
Tan importante a sido su influencia en la cultura japonesa,
que incluso las formas de cortesía cotidiana de la mayoría
de los japoneses se deben a los formalismos de la ceremonia del CHA
NO YU.
Del
otro lado del mundo
Occidente también vio la venida del té con
cierto entusiasmo, aunque no se sabe a ciencia cierta quien lo introdujo
primero. Podemos en todo caso, dar el beneficio tanto a portugueses
como a holandeses quienes a través de sus rutas marítimas
hacia oriente trajeron la materia prima de esta infusión.
Aún así, la primera noticia "escrita"
que se tiene del té aparece publicada en un libro, en Venecia,
en 1559 por Giambattista Ramusio. Lo que no quita el merito de los navegantes
antes mencionados, quienes, lo hicieron desde la isla de Macao en 1557
y los otros directamente desde Japón y luego China n 1610.
Gran
Bretaña, un clásico del té
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Por favor, de pie, hemos llegado al país
europeo que ha dado la fama necesaria al té en el mundo
occidental. Si bien muchos de nosotros no somos súbditos
de su majestad, tenemos que darle el gusto. Una agradable taza
de té, ha sido capaz de superar a la cerveza y la ginebra
y sustituirlas durante el siglo XVIII. Si bien, la primera fecha
documentada de la existencia del té en Inglaterra es
de 1658, de seguro muchos Ingleses deben haber probado esta
delicia con anterioridad.
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Imágen: Mary Cassat
The Cup of Tea. (Portrait of Lydia), 1879
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Pero hemos de rescatar aquí un anuncio publicado
en el periódico de época "Mercurius Politicus",
en la edición del 23 al 30 de septiembre de 1658, por Thomas
Garraway, comerciante propietario de una tienda ubicada en el centro
de Londres, que decía así: "la excelente bebida de
China aprobada por todos los médicos y llamada "Tcha"
por los chinos, "Tay" por otras naciones, o más conocida
como té, de venta en Sultanes Head, café situado en Sweetings
Rebts, cerca del Royal Exchange, Londres".
Aún así, el destino final del té,
comenzó con un casamiento real en 1662, cuando el Rey Carlos
II contrajo nupcias con la princesa portuguesa Catalina de Braganza.
Esta, asidua consumidora de la infusión nombrada,
trajo consigo una caja que compartió con sus amistades y amigos
en las reuniones reales y aristocráticas que organizaba. Lo demás,
podríamos decir que fue producto del efecto dominó.
Con el tiempo las damas disfrutaron del té en sus
casas, mientras los hombres lo hacían en los cafés que
proliferaban por la ciudad de Londres.
Fue en 1706, que Thomas Twinning, fundador de la famosa
compañía de té, abrió el "Tom´s Coffe
House" cerca de Strand, fuera de las murallas de la antigua ciudad
de Londres, el mismo sitio que once años después cambio
su nombre por "The Golden Lyon", el cual se hizo famoso por
servir té tanto a hombres como a mujeres, ya que estas últimas
tenían prohibida la entrada a los cafés.
El tiempo siguió su curso y los londinenses tomaron
té tanto en sus casas como en los jardines alrededor de Londres,
donde disfrutaban al aire libre de atracciones diversas. A fines de
siglo XIX, con la expansión de la ciudad, estos lugares se fueron
cerrando, dejando sólo para el hogar el disfrute del té.
No por mucho tiempo claro, pues es la directoria de la
sucursal de London Bridge de la Aerated Bread Company, quién
inauguró un salón de té en el fondo de su local,
permitiendo a personas de distinta clase social y económica poder
disfrutar de este deleite. Este hecho fue copiado con entusiasmo por
otras compañías.
Luego de la segunda guerra mundial decreció la
moda de salir a tomar el té, por lo menos hasta fines de 1980,
cuando se inicio el ataque publicitario hacia las tiendas de comida
rápida, que dieron pie a volver a la tradición.
Arrojad
el té del rey al mar y seréis libres
Por lo menos eso fue lo que deben haber pensado los colonos
americanos en la ciudad de Boston, cansados de los abusos de la Corona.
El conflicto en sí mismo se formó por la constante presión
ejercida por los aranceles impuestos a los colonos en la venta del té
por parte de la Compañía Británica de las Indias
Orientales, la cual era la única autorizada a vender determinados
productos a las colonias, entre ellos el té.
Al cabo de dos años, los puertos no permitían
el acceso de los barcos de la Compañía, por lo que en
Boston sucedió que un grupo de rebeldes disfrazados de indios
nativos tomó los barcos por sorpresa y tiraron la preciada carga
al mar.
Como consecuencia de este acto, el puerto fue cerrado
y el pronto desembarco de los casacas rojas dio comienzo a la guerra
de la independencia norteamericana y su tradición por el café.
Clases,
usos y costumbres del Té
Para hablar bien del té en sí mismo, deberíamos
viajar nuevamente en el tiempo y escribir de cómo los chinos
procesaban el té para poder consumirlo.
La primera clase de té que se consumía –
que hoy es el ingrediente de la ceremonia japonesa del té –,
es el té verde. Este existió como única variante
hasta la dinastía Ming, donde surgió la variedad del té
negro.
Su procesamiento consistía en recolectar las hojas
tiernas y hervirlas al vapor, machacarlas y mezclarlas con jugo de ciruela,
para luego colocarlas en unos moldes redondos que eran horneados hasta
secar; dando forma de pastilla a la mezcla. De esta manera se conservaba
por mucho tiempo e incluso se utilizaba como moneda para el comercio.
Para prepararlo, se rascaba la pastilla y el polvo obtenido
se hervía en agua.
Por otra parte, durante la dinastía Ming, surgió
el té negro, que fue consecuencia de la perdida del aroma en
el té de hojas sueltas, que se estilaba en esa época.
Para lograr mantener su fragancia, los chinos desarrollaron una técnica
que constaba en fermentar las hojas hasta que obtenían un color
rojizo, horneándolas después para detener este proceso.
Durante este período, de esta variante había dos clases:
el té negro y el té aromatizado con flores.
El tiempo, dio paso a una tercera variante – intermedia
entre la vede y la negra –, denominada "Oolong", que se caracteriza
porque las hojas son quemadas parcialmente al horno y luego tratadas
con vapor.
La
preparación
Para obtener una buena elaboración de la infusión
debemos tener en cuenta que hay ciertas claves para el éxito
seguro. Por lo pronto es menester tener siempre té de alta calidad,
ya que esto define un sabor de excelencia.
Hay que utilizar siempre la tetera enjuagada con agua
sin usar detergente alguno, ya que esto produce un cambio en el sabor
del té. Precalentar la misma, con agua caliente para que a la
hora de colocar el líquido, este no pierda el punto de ebullición
que da el "sabor" al té.
Obviamente, utilizar siempre las proporciones de la Abuela
– que vaya uno a saber de dónde salieron, pero son siempre efectivas
–, una cucharadita o saquito por comensal y uno extra para la tetera.
Verter el agua a punto de ebullición y dejar descansar de 3 a
5 minutos.
Y por último el toque ancestral: girar la tetera
sobre sí misma una vuelta antes de servir.
Nos quedaría hablar de la ceremonia del té
japonesa, pero creo que eso merece una nota en si misma, ya que posee
aspectos que cambiaron radicalmente una cultura completa. Por eso me
despido aquí, deseándoles que disfruten de una exquisita
tasa de té y quien sabe, quizás vean en ella el espejo
del alma que mencionaban los chinos.
Por María Alejandra López
Bergero
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