Perfil de Pedro Orgambide
La vida prestada
Porteño, nacido un 9 de agosto de 1929. Pedro
Orgambide practicó desde muy joven diversas formas literarias.
Abordó la poesía en 1948 con Mitología de la adolescencia.
Luego experimentó el ensayo crítico-biográfico
en Horacio Quiroga, el hombre y su obra (1954). El teatro también
fue otra de sus pasiones y de ella nacieron obras como La vida prestada,
La buena familia, Concierto para caballeros( publicada en 1963 y elogiada
como una de sus mejores obras dramáticas), Un tren o cualquier
otra cosa. Las obras teatrales escritas por Orgambide alternan fluidamente
lo dramático y lo humorístico. Pero, según la crítica
literaria, su labor más efectiva consistió en el desarrollo
de textos narrativos. Ejemplo de este género son sus novelas
El encuentro (1957), Las hermanas(1957), Memorias de un hombre de bien(1964,
por la cual recibió el segundo Premio Municipal de Literatura),
El páramo (1965, premio del Fondo Nacional de las Artes) y Los
inquisidores (1967). Publicó los volúmenes de relatos
Historias cotidianas, y un texto de difícil encasillamiento:
Yo, argentino (1968.
Orgambide se desempeñó también como redactor creativo
de publicidad y guionista de cine y televisión, y en los años
sesenta publicó el libro de poemas Diez tangos y una milonga.
En 1976, la Casa de las Américas de Cuba le otorgó el
Primer Premio a su libro de cuentos Historias con tangos y corridos,
y ese mismo año recibió la mención del Premio Nacional
de Novela de México por Aventuras de Edmund Ziller en tierras
del Nuevo Mundo.
Por razones políticas, debió abandonar la Argentina y
sus años de exilio (1976-1983) transcurrieron en México,
donde fundó la revista Cambio junto con los escritores Juan Rulfo,
José Revueltas, Heraclio Zepeda, Miguel Donoso Pareja y Julio
Cortázar. Con el regreso de la democracia, Orgambide volvió
a Buenos Aires natal y recibió el Premio Municipal Gregorio de
Laferrère, otorgado en 1995 por su obra de teatro Don Fausto.
Ciudadano Ilustre de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 2002,
Orgambide es un personaje querido del ámbito literario y cultural
argentino por su compromiso estético y político. Simón
Rodríguez: El maestro de Bolívar y El diario de la crisis,
sus dos últimos libros publicados, engrosan una larga lista de
producciones que suman más de cuarenta textos literarios, teatrales,
ensayos y artículos periodísticos.
La Señorita Wilson
- (Cuento)
Los vecinos dicen que es una vergüenza. No es
posible, dicen, tener esa pieza de madera en la terraza, sobre todo
ahora que vamos a comprar los departamentos en propiedad horizontal.
Es como tener una mancha de grasa en el smoking. Así piensa Luchini,
el importador de géneros, aunque es poco probable que haya usado
smoking alguna vez. Pero lo dice y los vecinos asienten. Sí,
es una verdadera vergüenza, opina la señora de Guzmán,
y también Magda (no lo hubiera creído) esa chica que pasa
avisos por televisión. Estamos reunidos en el departamento del
arquitecto y hablamos de una pieza de madera. Estamos todos o casi todos
los vecinos de la casa. Todos menos la señorita Wilson. No la
hemos invitado. Ella no va a comprar su departamento. Y además,¿se
puede llamar departamento a esa pieza de madera? La señorita
Wilson vive allí desde hace quince años. "Es inconcebible-
dice el arquitecto- que en una casa como esta se haya permitido edificar
una covacha solo para beneficiar a esa mujer" Pero parece que el
dueño tenía buen corazón o quería ganar
un poco más. Vaya uno a saber. Lo cierto es que la señorita
Wilson vive allí, entre nosotros y el cielo.
"¡Oh, no, es imposible tener ese adefesio allí!",
o0pina Ruiz, el muchacho del cuarto piso. Se acaba de casar y escucha
hermosos conciertos en su tocadiscos. ¿Cómo? ¿También
él? Yo he visto a la señorita Wilson en la terraza, escuchando
una sinfonía de Mozart que se empinaba por las paredes grises
y subía hasta los cables tendidos y las antenas de televisión
y las nubes de un atardecer en Buenos Aires. Y me pareció que
la señorita Wilson sonreía. No con la sonrisa de sus sesenta
años, sino-¿cómo decirlo?- con una sonrisa joven,
la que tendría cuando estudiaba, cuando leía a Marlowe
sin entenderlo o cuando veía cruzar, por la pradera inglesa,
a uno de esos jinetes como los que tiene en los cuadritos. Pero Ruiz
dice que es un adefesio (ella o su casa, ya es lo mismo) y apenas si
oigo lo que dice Magda.
Ah, sí, las medias. La señorita Wilson no respeta la ordenanza
municipal. Tiene un perrito. Y el perro, dice Magda, un día le
destrozó las medias que había colgado en la terraza. Luchini
la mira. Magda tiene hermosas piernas. Cada vez que pasa un aviso por
televisión la cámara las enfoca. Deben estar aseguradas
en un millón de pesos, por lo menos. Claro, ahora no cuelga más
sus ropas en la terraza. Las manda al lavadero.¡Hay tanto trabajo
en la TV! Y, según dice, muy poca gente de confianza para el
servicio doméstico. Las mujeres asienten. Se han olvidado del
perro de la señorita Wilson.¿Qué importancia tiene
un perro comparado con la TV?
Pero para la señorita Wilson tal vez el perro sea una de las
pocas cosas que importan en su vida. La señorita Wilson le dice:"¡Tony!
¡Tony! ¡Come here, Tony!" Y el perro va hacia ella,
deja de jugar y de mover la cola y siente la caricia de unos dedos demasiado
finos, una caricia que pareciera volver sobre sí misma.
"Podríamos comprar el departamento entre todos y buscarle
una comodidad a la inglesa".¿Quién dice eso? No lo
sé. Alguien opina que en una pensión estaría mejor
que en esta casa. Hay una señora que habla de pensiones para
señoritas. Son lugares "correctos".Pero también
son "correctos" los asilos y son tristes. Lo digo y los demás
me miran como a un loco.
"No nos trate de desalmados", se defiende el arquitecto y
se acerca para despejar el malentendido. "Vamos, vamos, somos vecinos,
nunca hubo una palabra más alta que otra entre nosotros. ¿Es
así o no? Nadie quiere mal a esa mujer. Pero a usted mismo, a
usted que le gustan las cosas buenas de la vida, le tiene que molestar
esa covacha encima de su departamento. Porque no puede negar que la
señorita Wilson tiene costumbres raras. Es espiritista o algo
parecido. Y hay días en que viene gente muy rara a visitarla,
gente que canta salmos o cosas por el estilo; en fin, gente que no es
como nosotros.". Le explico que la señorita Wilson es evangelista.
Y que la oí predicar en una plaza. Los vecinos callan, divertidos.
¡Eso sí que no lo sabían!. La inglesa predicando
en una plaza. Nunca lo hubieran imaginado. Sí: un grupo de hombres
y mujeres canta, y de pronto uno dice que la hermana Wilson (no sé
si la llaman por su apellido o le dicen simplemente hermana) hablará
para todos.
-¿Y qué dice? ¿Qué dice?- pregunta Magda,
curiosa. Porque al fin es casi colega suya. También la señorita
Wilson tiene su público: conscriptos aburridos que no encuentran
muchachas en el parque, un matrimonio "haciendo tiempo" antes
de entrar en el cine, algún ocioso como yo, y unos cuantos viejos,
más preocupados que nosotros por las cosas del cielo.
¿Y qué dice la señorita Wilson? Habla de la bondad,
de Jesús, de los pescadores, del pan, de la sal y del vino, habla
con los ojos fijos en el cielo. Y dice: "Yo he sido pecadora."
-¿Dice eso?- interrumpe Magda-
- Dice eso.
Es imposible imaginar a la señorita Wilson pecadora. Y menos
en los pecados de la carne, que son los primeros en los que pensamos.
Quizá la señorita Wilson se refiera a sus años
de mujer joven, cuando trabajaba como institutriz en casas de familias
importantes, en algún vago amor con el padre de un alumno. O
en la avaricia. En un tiempo ganaba su dinero con placer. O en la gula.
Hubo una época en que comía dulces y bombones hasta el
hartazgo. Es cómico. Después tuvo diabetes y el médico
la condenó a un régimen frugal. Ahora es delgada, ascética
y, como dicen las mujeres, nada femenina. Me parece verla en el parque:
lata, con el cabello recogido sobre la nuca, el cuello emergiendo de
una blusa monacal, la pollera lisa contra las piernas. Unos ridículos
botines. Y esa voz, esa voz de pájaro que hace reír a
Magda.
-¿Y qué dice? ¿Qué dice?- preguntan los
vecinos.
La señorita Wilson, con toda su voz y ante las risas sofocadas
de algún intruso, dice:
Los que confían en sus haciendas, y de sus riquezas se jactan.
Ninguno de ellos podrá de manera alguna redimir al hermano y
dar a Dios su rescate.
- No entendí nada- comenta Magda. -¿Pero qué hora
es?
Es tarde, sí, y tiene que ir al estudio. Es una lástima
que no pueda quedarse. ¡Se ha divertido tanto con el cuento de
la inglesa! Me lo agradece como si yo hubiera inventado a la señorita
Wilson.
-¿Miren que ponerse a hablar en la plaza! ¡Es rarísima!
"Habría que ayudar de alguna forma a esa pobre mujer",
comenta alguien. Y todos estamos de acuerdo. Hay que ayudar a la señorita
Wilson. Los buenos vecinos proponemos una indemnización si ella
se va. Una parte el dueño y ora nosotros. Tal vez la señorita
pueda vivir en un templo evangelista. Pero algún entendido explica
que no hay que confundir esos templos con los albergues del Ejército
de Salvación. Allí sí tienen camas. No, no vamos
a discutir eso. La señorita Wilson ya va a encontrar un lugar.
Lo importante es que acepte. ¿De acuerdo? La generosidad, como
la risa, es contagiosa. No, yo no estoy de acuerdo.¿Pero cómo
explicarles? ¿Cómo decirles que la señorita Wilson
no puede llevar a cualquier parte sus muebles viejos, las mantelerías
que no usa, la caja de los remedios, las manías, los hábitos,
los cuadritos con los jinetes que corren por la pradera inglesa? Y Tony
¿O no han pensado en Tony?
La muerte vino en ayuda de la señorita Wilson. Magda se llevó
a Tony. Le rompe las medias pero la divierte. Los demás vivimos
sin zozobras. El mundo está lleno de pequeños e inocentes
asesinos como nosotros. La señorita Wilson fue la elegida. Por
eso su corazón, al enterarse de nuestros proyectos, tuvo la delicadeza
de dejarse morir.
* "La señorita Wilson" pertenece
al libro de relatos La Buena gente (1970), Buenos Aires, Sudamericana.