Siguiendo
el precepto de Roger Bacon, Raúl Scalabrini Ortíz
contempló el mundo y el tiempo en que vivió.
Es cierto, contempló su época y dio cuenta
de ella. Scalabrini fue un hombre de letras, pero también
un hombre de acción; un ser que, a través
de su obra literario-periodística y sus producciones
teórico-políticas, procuró la transformación
de la realidad.
A su vez,
también es cierto que sus sueños de cambio
fueron desafiados por los propios devaneos intelectuales,
los cuales estuvieron marcados por la búsqueda de
una identidad individual y colectiva junto a la necesidad
de escudriñar ciertas cuestiones vinculadas a la
realidad político-económica del país.
Una línea
de fuerza parece condensar el afán de Scalabrini
por entender su época: indagar acerca de quiénes
somos y de dónde provenimos. Estas son las preguntas
que canalizan los movimientos intelectuales y espirituales
que van modelando el espacio urbano-arquitectónico
(cuerpo y alma) en Raúl Scalabrini Ortíz.
"Atreverse
a erigir en creencia los sentimientos arraigados en cada
uno, por mucho que contraríen la rutina de creencias
extintas, he allí todo el arte de la vida",
sentenciará Scalabrini. Y esta sentencia encuentra
su marca de hierro candente en un niño que va creciendo
bajo la influencia de perfiles familiares contradictorios:
este niño nacido en la provincia de Corrientes el
14 de abril de 1898 es hijo de Pedro Scalabrini, un positivista
convencido de lo central de la ciencia para el entendimiento
del universo, y amigo de Florentino Ameghino y de Ernestina
Ortíz (los Ortíz de Paraná) de abolengo
patricio y acendrada creencia católica.
Por otro
lado, Raúl tiene un hermano mayor, Pedro, que se
reúne asiduamente con sus primos Manuel Gálvez
y Evaristo Carriego. "La Brasileña" o "Los
Inmortales" serán los lugares donde Pedro y
sus primos vivirán noches en las que, como dice Norberto
Galasso " alternan las imprecaciones de Florencio
Sánchez con las bromas de José Ingenieros,
o los versos arrebatados de Alberto Ghiraldo; la escuela
de la calle y sus verdades ríspidas, mezclando los
invertebrados y los rectángulos con el dolor del
arrabal, la tragedia del desocupado y la carga represora
de los cosacos". Esta será otra de las influencias
familiares que irá marcando el espíritu y
las ideas de Raúl Scalabrini Ortíz.
Anteriormente
habíamos mencionado el interés de Scalabrini
por las letras. La guerra del14, "La Gran
Guerra", lo encuentra sumergido en la avidez de
la lectura: Guy de Maupassant, Edgar Alan Poe y Oscar Wilde,
en una etapa inicial; luego Gogol, Tolstoi, Gorki y Dostoievski.
Llega el
tiempo de la facultad y con ella el tránsito por
una fugaz experiencia política que, sin embargo,
lo marcará en el futuro. Scalabrini recordará
esa época con estas palabras:
"Todos
sabíamos que el pueblo ruso se debatía bajo
la férula de una clase dirigente egoísta y
rapaz, que contra la voluntad popular se imponía
con el apoyo del capitalismo extranjero, francés
en su mayor parte. El tiempo de la Revolución (de
octubre de 1917) conmovió al mundo...".
El impacto
de la Revolución Rusa lo acerca al marxismo y es
así como lee fervientemente los textos de Marx, Engels,
Lenin y Plejanov. Comprende, a través de estas lecturas,
la importancia de los factores económicos (estructura)
sobre los acontecimientos sociales, políticos, culturales
e ideológicos (superestructura).
El acercamiento
al socialismo revolucionario y la formación del grupo
"Insurrexit" más la suma de las
lecturas habituales, marcarán en Scalabrini la fuerte
interpretación de los sucesos económicos como
sustrato o basamento de ciertas condiciones de dominación
social y cultural.
Scalabrini
Ortíz se recibirá, finalmente, de agrimensor
y en busca del sustento económico obtiene un trabajo
en la Dirección de Puertos.
La inquietud
literaria sigue siendo una cuenca inagotable. Frecuenta
la librería editorial de Manuel Gleizer, a través
de quien publica en 1923 un libro de cuentos titulado "La
Manga". Ingresa, por esos años, al grupo
Florida.
Querer
saber quiénes somos, de dónde provenimos y
hacia dónde vamos es la fuerza que lo guía
en su experiencia y, también, en el confuso camino
hacia la construcción de una identidad; hacia la
fe o el espíritu que de forma y supere al cuerpo
de ese hombre que sufre y espera. La búsqueda de
una tarea mayor y colectiva, que franquee la conformación
dialéctica de su carácter; algo que trasvase
los límites de su individualismo y que supere aquellas
contradictorias influencias que lo marcaron en su niñez.
En síntesis, crisis espiritual, escepticismo que
se halla reflejado en su libro de cuentos y desorientación.
Acercamientos a la literatura y a la filosofía; viajes
por el interior del país. "Días de
sufrir, días de esperar", dirá Scalabrini.
Entre los
años 1924 y 1930 realiza el clásico viaje
a París, el cual caracteriza el desplazamiento o
movimiento que un escritor debe realizar para la consolidación
oligárquica de la exquisitez (Scalabrini tiene ahora,
otros amigos: Borges, Gainza Paz, Enrique Mallea, etc.)
y su posterior consagración. Pero el resultado de
este viaje se transforma en la desviación del camino
trazado y en la dilución de un esperado cierre del
círculo tradicional del escritor argentino. Apunta
Scalabrini:
"Yo
llevaba una estima reverente, conjeturaba que los europeos
eran con relación a sus obras lo mismo que nosotros
en relación a las nuestras: infinitamente superiores
a sus realizaciones. Me equivoqué. Di con técnicos.
Técnicos del saborear. Técnicos de la escritura...
Cada hombre está íntegramente en su órbita.
El labriego es el mejor labriego, y el historiador el mejor
historiador, nada más. Pero no sentí en ellos
esa congestión de posibilidades, esa desorientación
de solicitudes; ese afán de inhallables que había
sentido palpitar en la entraña joven de mi tierra...
Comprendí que nosotros éramos más fértiles
y posibles porque estábamos más cerca de lo
elemental. La revisión fue brusca y profunda. Hasta
la historia de los hombres de mi tierra se abrió
ante mí como si sus hechos fueran las radículas
procuradas de la savia del futuro... Desde entonces mi fe
es la que los hombres de esta tierra poseen el secreto de
una fermentación nueva del espíritu".
El espíritu
de la tierra comienza a erigirse en esa suerte de fe, de
empresa superior que lo orienta en el entendimiento de su
crisis tanto espiritual como política. Comienza así
a tomar forma el sentido de aquellas preguntas iniciales:
saber quiénes somos, de dónde provenimos y
hacia dónde vamos. Sus ojos se han vuelto hacia la
Argentina: la tierra y su espíritu; la energía
de una pampa casi esotérica, indómita, en
su inmensidad. Inicia, guiado por este vuelco en su visión
del mundo, sus viajes por el interior del país. Conoce
el verdadero rostro de esta tierra: "cepos en una estancia
perteneciente a una sociedad inglesa en Salta, con el que
se castigaba a los peones; jornaleros de la selva "montoliera"
cuya comida depende de incalculables azares; la lucha junto
a las laderas de la Sierra del Alto, para intentar construir
un ferrocarril estatal...". En fin, el resultado de
esos viajes constituye la apertura definitiva del camino
hacia la lucha antiimperialista.
Otro hecho
de importancia que marcará su radical alejamiento
del rol del intelectual consustanciado con la escritura
colonial del vasallaje oligárquico, lo constituye
la relación que entabla con el escritor y metafísico
Macedonio Fernández, el hombre que se automargina
del mundillo literario y filosofa en una habitación
de pensión. El primer metafísico argentino
que desprecia "la celebridad fabricada del poder dominante".
Scalabrini afirma y consolida su visión del país
y de los países centrales; afina el análisis
de las relaciones estructurales entre Argentina y Europa.
Hacia los
últimos años de la década del veinte,
Scalabrini toma contacto con un grupo nacionalista oligárquico
(nuevamente aflora en él la contradicción
dialéctica, marcada por la influencia del modelo
dual de familia), que publica "La Nueva República".
Pero los valores vertidos por su padre se imponen y pronto
se aleja de lo que para él representa "un
nacionalismo reaccionario nacido, no en la lucha contra
el imperialismo, sino para combatir a los obreros extranjeros
y a sus ideas internacionalistas".
Hace periodismo
escribiendo para La Nación, El Hogar y El Diario,
mientras busca esa tarea mayor, esa empresa colectiva, esa
"tarea irrealizable", que podía
ser realizada en cualquier momento. Para ser yo mismo -
dice Scalabrini - "quería fundirme en algo
más grande que yo mismo". La muchedumbre
innúmera: el espíritu de lo que será
el hombre que está solo y espera.
Estalla
la crisis de 1929, conocida como "Jueves Negro"
y el país ve resquebrajar su economía agraria
semi-colonial. Al disminuir los derechos aduaneros por la
caída del comercio exterior, el Estado paraliza las
obras públicas y cesantea a miles de agentes. La
desocupación es desesperante.
La oligarquía
agrícola-ganadera se encuentra aterrorizada.
Yrigoyen y el juego de la apertura de un proceso democrático,
ya no le son útiles a los dueños de la tierra.
El 6 de septiembre de 1930, el general Uriburu (títere
del poder hegemónico) derroca al gobierno de Yrigoyen,
elegido en forma popular.
Nuevamente
aparece un Scalabrini Ortíz todavía políticamente
inexperto, inmaduro, apoyando el golpe contra el gobierno
de Yrigoyen.
Llega a
sus manos, de modo inesperado, un volante que denuncia a
los nuevos ministros del gobierno de Uriburu. Estos son
directivos de empresas extranjeras. Scalabrini comprende
su error y empieza así a revalorizar la figura de
Yrigoyen.
Decide abandonar
el diario La Nación, donde había llegado a
alcanzar el título de redactor, uno de los cargos
más altos y de mayor prestigio según Scalabrini,
para pelear desde el llano en defensa de la voluntad popular.
Pasa entonces,
a atacar a la dictadura de Uriburu desde Noticias Gráficas,
mientras prepara el emblemático ensayo El Hombre
que está solo y espera en el cual intenta plasmar
su visión sobre la importancia de descubrir en esa
muchedumbre innúmera, identificada en el hombre de
Corrientes y Esmeralda, las resonancias del espíritu
de una tierra que no cesa en su clamor de reconocimiento.
Luego, desarrollaremos más este punto de una obra
literaria clave.
Teniendo
en cuenta este relato podemos sí agregar ahora que
Scalabrini Ortíz, además de ser un hombre
de letras fue un hombre de acción. Un hombre que
entendió el lenguaje como acto y como arma.
Desde el
año 1930, Scalabrini desarrolla una fuerte acción
de denuncia y crítica. Investiga aspectos de la coyuntura
nacional. Investiga, con gran interés, el desarrollo
de la economía del país. Denuncia y critica
el golpe de Uriburu, el gobierno de la Concordancia, el
Fraude Patriótico.
Hacia el
año 1933 Scalabrini se encuentra profundamente inmerso
en la investigación económica. Denuncia el
pacto Roca-Runciman (1-5-1933), pacto que establece el estatuto
legal de coloniaje en Argentina. Este pacto establecía,
por un lado, la seguridad de la colocación de las
carnes argentinas en el mercado británico, y por
el otro (o como consecuencia de dicha seguridad) obligaba
al país a cederlo todo: "el 85% de la cuota
en favor del polo extranjero, el compromiso de que no habrá
de crearse en la Argentina ningún nuevo frigorífico
nacional privado, la exención de tarifas para la
importación de carbón inglés, la contratación
de un empréstito, con el fin de que las empresas
inglesas en la Argentina puedan girar sus dividendos a la
City, e incluso, pacta secretamente otras concesiones gravísimas
tales como la creación del Banco Central Mixto y
la Coordinación de transportes, que ponen en manos
británicas el control de la moneda, el crédito
y el transporte". Desde "Ultima Hora"
Scalabrini dirá: "Se dice que los ferrocarriles
tienen poder suficiente para hacer y deshacer gobiernos".
El 28 de
diciembre de 1933, Scalabrini participó activamente
del levantamiento cívico-militar (de corte yrigoyenista)
de Paso de los Libres. Este levantamiento fue sofocado rápidamente,
lo cual le valió, en primer lugar, la reclusión
en la Isla Martín García, y luego, el exilio
en Europa. Hacia 1934, con el cambio de mando en el gobierno
hacia el general Justo, Scalabrini regresa al país.
En el año
1935, y a raíz del silencio y la connivencia del
gobierno dictatorial de Justo con el poder oligárquico,
de acendrada inclinación anglófila, Scalabrini
Ortiz, desde el semanario "Señales",
desarrolla sus denuncias en torno a la creación del
Banco Central Mixto, " que transfería el
crédito y la moneda del Estado a la banca extranjera".
Pero Señales es apenas una pequeña
isla dentro del gran archipiélago de los medios hegemónicos.
Scalabrini apuntará: "El periodismo está
en su totalidad supeditado a esas enormes potencias económicas
y financieras. La opinión pública argentina
es la opinión de los ferrocarriles y del Banco Central."
Scalabrini
tiene 37 años y se siente pleno y políticamente
maduro. Señales no lo conforma y, en junio
de 1935, se vuelca a la acción militante incorporándose
a F.O.R.J.A. (Fuerza de Orientación Radical de la
Joven Argentina). Este nuevo espacio político estaba
formado por antiguos militantes del radicalismo, como Luis
Dellepiane y Juan Fleitas, y por grupos de jóvenes
que se sumaban al proyecto de la recuperación de
la conciencia nacional. Dentro de este grupo se encontraba
la figura de Arturo Jauretche y Homero Manzi, quien militaba
con su nombre original: Homero Manzzione. Scalabrini Ortíz
se suma al grupo y se convierte en su principal teórico.
Es desde
este espacio que Scalabrini iniciará un proceso que
podríamos definir como "revisionismo histórico".
Es decir, un enfoque de análisis de tipo estructural-
histórico, el cual intenta rastrear cierto
hilo de continuidad histórica, situado en la esfera
de la política rosista, que pueda ofrecer una explicación
de la situación actual de vasallaje e imperialismo
en que se hallaba sumergido, por esos años, el país.
El abanico
de este proceso, y sus resultantes investigaciones, son
reunidas y editadas bajo la forma y el nombre de los Cuadernos
de FORJA. Algunas de las investigaciones más
importantes son Política Británica en el
Río de la Plata e Historia de los Ferrocarriles
Argentinos. Es interesante destacar que Scalabrini Ortíz
era quien desarrollaba las investigaciones y elaboraba el
marco teórico-político de F.O.R.J.A., mientras
que Arturo Jauretche - quien luego sería uno de sus
más grandes amigos - era el difusor de las ideas
diseñadas por Scalabrini.
FORJA seguirá,
entonces, con su campaña de promoción para
la recuperación de la conciencia nacional, antiimperialista;
debatiendo en un sótano de la calle Lavalle, produciendo
sus textos a mimeógrafo y realizando pegatinas de
folletos de neto corte denunciativo.
1940 es
el año en el que FORJA siente sus primeros cimbronazos
internos, debido a que los sectores más jóvenes
y pujantes, desean extender la agrupación hacia sectores
más vastos y para ello es necesario reformular el
estatuto original, anulando la cláusula que pone
como condición para integrarse a FORJA, la afiliación
obligatoria a la Unión Cívica Radical ( línea
yrigoyenista). La tensión entre las fracciones de
FORJA va creciendo, y en una de esas noches del frío
invierno de 1940 se produce una fuerte discusión
entre Scalabrini Ortíz y Dellepiane, presidente de
FORJA en ese momento.
Se realiza
una Asamblea Extraordinaria, hacia el mes de septiembre
del 40 y se sanciona el nuevo estatuto que elimina
el requisito de la afiliación obligatoria al partido
radical. Como consecuencia, Dellepiane presenta su renuncia
indeclinable. (La semilla que originó el cisma interno
quedó sembrada desde una antigua posición
que FORJA tuvo frente al gobierno de la Concordancia, la
postura de la abstención revolucionaria, la cual
generó un choque de posiciones con la corriente de
los galeristas de Alvear).
Hacia 1943
se produce la Revolución de los Coroneles
debido al proyecto de sustituir al candidato a presidente
para las futuras elecciones, Castillo, por Patrón
Costas, quien era el candidato del partido Demócrata
Conservador y que, además, tenía una fuerte
inclinación hacia la anglofilia. FORJA apoya la revolución
de los coroneles.
Dentro
de esta estructura militar, en la que estaba incluido el
entonces coronel Juan Domingo Perón, y en el marco
de la Segunda Guerra Mundial, se produjo una situación
de crisis interna debido a las diferencias de postura con
relación a la neutralidad o no frente a la guerra.
Desde 1939,
FORJA, y principalmente Scalabrini Ortíz, había
manifestado la necesidad de mantener la neutralidad para
evitar caer en la trampa que proponían los imperialismos
en pugna. En un acto público, organizado y costeado
económicamente por Scalabrini, en 1939 y bajo la
presidencia de Ortíz, el mismo Scalabrini pronunció:
"La guerra es inminente. Las llamadas potencias
totalitarias, imperialismos insatisfechos, disputan a las
llamadas grandes potencias democráticas, imperialismos
realizados, la hegemonía que éstas detentan.
La lucha es por el dominio material del mundo...".
El resultado
de estos dos enfoques que Scalabrini se plantea en simultaneidad
- uno, la neutralidad, el otro, afianzar el proceso de concientización
nacional - es el nacimiento del diario Reconquista.
En el editorial del primer número, Reconquista,
define su posición neutralista, como así
también continúa con su línea antiinglesa
en relación a la defensa de los límites y
de los intereses nacionales. También define su posición
frente al peligro alemán, concebido como uno de los
dos imperialismos afectados en la guerra por el dominio
del mundo. Reconquista dura, apenas, 41 días.
Scalabrini
Ortíz y Perón.___<Arriba>
Desde dentro
de la estructura militar, Perón va accediendo a diferentes
cargos. Es Secretario de Trabajo y Previsión, y Ministro
de Guerra. Entre los años 1943 y 1944, Arturo Jauretche
mantiene periódicas reuniones con el coronel Juan
Domingo Perón. Estas reuniones simbolizan el traspaso
de las banderas nacionales de FORJA hacia el hombre que
habrá de concretarlas políticamente. Perón
había leído los Cuadernos de FORJA y los libros
de Scalabrini Ortíz. De esta manera incorporó
las ideas del nacionalismo democrático combinándolas
con las reivindicaciones obreras que, desde la Secretaría
de Trabajo, iba apoyando paulatinamente.
En junio
de 1944, Scalabrini toma contacto, por primera vez y durante
una conferencia en La Plata, con Perón. En su discurso,
el coronel se pronunció en contra del capital extranjero
y se definió en favor de la creación "de
una industria propia y pesada". Durante la cena
realizada al terminar la conferencia, Scalabrini le envió
a Perón la tarjeta del menú en la cual escribió:
Coronel, le vamos a pedir los trencitos, y la firmó.
Al despedirse, Perón le aseguró que los tendría.
En 1945,
Argentina le declara la guerra al Eje. El embajador Braden,
de orientación aliadófila, intenta eliminar
del gobierno a la fracción militar nacionalista encabezada
por Perón. A los pocos días Perón es
detenido y los antiguos dueños de la tierra reclaman
la entrega del gobierno a la Corte.
Pero el
17 de Octubre de 1945, por la mañana, comienza a
escucharse por todos los rincones, un rumor que pone nerviosa
a la ciudad; una vibración que hace entrar en tensión
al país. Es la muchedumbre que se dirige hacia el
centro de la ciudad. Ese día vivirá por siempre
en el recuerdo de Scalabrini. Escribe: "Aquel día
yo vi el rostro de la historia en toda su esplendorosa plenitud.
Yo era uno cualquiera que sabía que era uno cualquiera
y sin embargo, como un tremendo vendaval, me acudía
el orgullo de estar abriendo el cauce de los tiempos venideros.".
El 4 de
junio de 1946 Perón accede al poder. La revolución
Nacional adquiere dinamismo: después de haber nacionalizado
el Banco Central la batalla es por los ferrocarriles. Las
fuerzas de Scalabrini se orientan hacia ese frente. Funda
la Unión Ferroviaria y luego La Comisión Pro-Nacionalización
de los Ferrocarriles.
En febrero
de 1947 la batalla contra el dominio inglés sobre
los ferrocarriles concluye con la firma del contrato de
compra-venta de los ferrocarriles por parte del Estado Nacional.
El 1º de marzo de 1948 el Estado toma posesión de
los ferrocarriles.
Entre 1948
y 1951 se produce un desplazamiento hacia la izquierda en
el pensamiento de Scalabrini, hacia lo que podríamos
definir como socialismo nacional. Proyecta la construcción
de un partido revolucionario prestando especial atención
al hecho de que la declaración de la independencia
económica (1949) no significa "un punto final
sino uno de partida, porque la oligarquía está
aún viva.". Sostiene la "necesidad
de la Patria Grande de Latinoamérica".
La revolución
Nacional se empantana y comienza a manifestarse una regresión
en la esfera política del gobierno: burocracia obsecuente,
la Confederación General de los Trabajadores entrega
su independencia; en el plano económico se abren
paso las soluciones monetaristas y los hombres de FORJA
van siendo marginados.
Scalabrini
capta que este sector burócrata creciente, que acumula
cada vez mayor poder e influencia, quiere silenciar su voz,
dejarlo sin tribunas donde expresar su visión crítica
del proceso. La revista Sexto Continente publica
un artículo suyo y dejar de salir al siguiente número.
Otra revista, Latitud 34 le hace un reportaje en
primera página y también debe cerrar al siguiente
número. Con posterioridad, da unas clases en la Universidad
de Cuyo, y el Ministro Mendé le envía una
misiva al rector de la universidad en la cual expresa su
descontento por haber invitado a Scalabrini. Escribirá,
entonces, las siguientes palabras:
"Durante
la época de Perón me tuvieron con la boca
cerrada. Ni un diario me abrió sus columnas. Ni una
revista... Sólo alcancé a dar tres conferencias
en un centro obrero y Borlenghi lo hizo clausurar... Tengo
una gran capacidad de aguante y un natural optimismo, pero
ese aislamiento silencioso parecía destinado a quebrarme
definitivamente... Es claro que mi obre tenía un
precio o: el precio que yo siempre pongo, la absoluta
libertad para escribir y el gobierno de Perón hubiera
sido constantemente hostigado por mí, para bien de
Perón y del país. No le critico siquiera haberse
rodeado de adulones... Pero debió haber dejado un
resquicio, una trinchera, algo desde donde hubiéramos
podido continuar adoctrinando y enseñando."
A partir
de este momento, Scalabrini se repliega y se llama a silencio
ya que sabe con exactitud que, si no tiene una tribuna para
construir desde la crítica, la salida es el choque
frontal, y esto, entiende, será aprovechado por la
oligarquía y el imperialismo.
En 1955
se produce el golpe contra el gobierno de Perón,
conocido como "Revolución Libertadora".
Perón renuncia y se asila en Paraguay. Scalabrini
ve reaparecer, desde las sombras, la figura de la infamia,
y se prepara a actuar.
En octubre
del55, el gobierno de Lonardi le encomienda al economista
Raúl Prebisch un informe de la situación económica.
Scalabrini lanza "El Líder" desde
donde critica la designación de Prebisch como asesor,
recordando su pasado cargado de antecedentes entreguistas.
El lema
engañoso de Lonardi "ni vencedores ni vencidos"
se transformará en una sangrienta persecución
y represión del movimiento popular. Se producirán
en el año 1956, y como consecuencia de la proscripción
del peronismo y el levantamiento liderado por el general
Valle, los sangrientos hechos conocidos como los fusilamientos
de José León Suárez, denunciados luego
por Rodolfo Walsh en su magistral investigación de
los hechos que se conoció, primero en artículos
y luego ya en forma de libro, como Operación Masacre.
En la publicación
De Frente, dirigida por John Wiliam Cook, escribirá
su última denuncia:
"
...Otra vez Prebisch, Taylor, Vicchi, Noble, Fassi... Otra
vez Bunge y Born reinando soberano en el comercio de exportación...
Otra vez La Nación adoctrinando contra las administraciones
nacionales de los ferrocarriles... Otra vez la CADE y las
amenazas a YPF...Otra vez los empréstitos... Otra
vez los ingleses infiltrándose en los resquicios
de la economía... Otra vez los cañones y las
bayonetas apuntando al revés... Han vuelto. ¡Son
los mismos!.".
Scalabrini,
Frondizi y "Qué".___<Arriba>
La sangrienta
represión desatada sobre el movimiento popular desencadena
en Scalabrini Ortíz una fuerte afección tanto
física como espiritual. Sabe que el camino de la
insurrección está bloqueado y sigue, entonces,
el consejo que desde el exilio, su amigo Arturo Jauretche
le sugiere: articular la salida en torno a la figura de
un hombre que pueda retomar las banderas nacionales sin
ser marcado de peronista. Scalabrini entiende que ese hombre
puede ser Arturo Frondizi. Y lo será.
Scalabrini
se acercará a la revista Qué, dirigida
por Rogelio Frigerio, quien le ofrecerá las páginas
de la misma como tribuna. Scalabrini acepta y retoma su
defensa de los intereses nacionales. "La carta de
Scalabrini Ortíz" aparece todas las semanas
desde Qué, en una manifiesta actitud de denuncia:
"Hacia la reconstrucción de la antigua estructura
colonial", "Un plan maestro contra el desarrollo
argentino", "El enemigo nos aconseja desmantelar
nuestra defensa".
En 1957,
en el marco de las elecciones para convencionales constituyentes,
Scalabrini manifiesta su apoyo al voto por los partidarios
de Frondizi. Esto le vale enfrentamientos con los peronistas
ortodoxos que, siguiendo las órdenes de Perón,
están por el voto en blanco.
Scalabrini
Ortíz se aleja transitoriamente de la revista Qué,
debido al elogio que Frigerio brinda a las recetas elaboradas
por Alvaro Alsogaray (radicación en el país
de capitales extranjeros), posición que encuentra
plasmada en un artículo de la revista.
Scalabrini
se refugia en su casa de Olivos y desde allí analiza
las primeras medidas tomadas por Frondizi: aumento general
de sueldos, ley de amnistía con exclusión
de Perón, levantamiento de las intervenciones a los
sindicatos. Pero hay algo más: Frondizi envía
al Congreso un proyecto que promueve el ascenso de Rojas
y Aramburu. Vuelve, en 1958, a la revista Qué
como director, y condena severamente el ascenso de Rojas
y Aramburu.
El 24 de
julio, Frondizi larga su "batalla del petróleo"
con la colaboración del capital privado. El gobierno
ha firmado convenios y cartas de intención con Panamerican
Internacional, Banco Loeb, Sea Drilling y el grupo estadounidense,
además de la existencia de una oferta de la Unión
Soviética. Scalabrini analiza los contratos y se
decepciona profundamente. En agosto publica su último
artículo en Qué. El título del
artículo evidencia el agudo y crítico análisis
que hace de la situación: Aplicar al petróleo
la experiencia ferroviaria".
Al abandonar
la revista Scalabrini no se encuentra bien de salud. Desde
hace ya un año lo aqueja una afección pulmonar.
Se aísla en su biblioteca y continúa observando
el desarrollo del proceso político.
La confirmación
de su enfermedad, cáncer, y noticias como el tratado
que Frondizi firma con el Fondo Monetario Internacional,
lo doblegan física y emocionalmente.
En el otoño
del año 1959, en su biblioteca, junto a sus viejos
compañeros, los libros, Raúl Scalabrini Ortíz
muere sin poder ver realizado su sueño de una Nación
libre y soberana.
Finalmente
la muerte venció al hombre que concibió "el
espíritu de la tierra" y al que le dio un
cuerpo arquetípico, el del hombre de Corrientes
y Esmeralda, ese hombre que está solo y espera.
Breve
análisis: El Hombre que está solo y espera.___
<Arriba>
 |
Indagando
sobre las causas de la conformación digamos
material del país, Scalabrini Ortíz
trata de explicar el concepto de angustia, de soledad,
podríamos decir, esa suerte de metafísica
del espíritu de la tierra, concepto éste,
que recorre de forma central el libro.
Ese espíritu
es un espíritu agredido, invadido en su conformación.
Una espiritualidad de llanuras (la pampa) que se encuentra,
de pronto, habitada por florecientes ferrocarriles
que crearán pueblos engrilletados al dominio
del centro sobre el interior. Pueblos que verán
la luz condicionados a los intereses de la metrópoli.
En una palabra: imperialismo.
|
Estos pueblos
responden al interés foráneo. Se desarrollan,
van creciendo, conciben sus pulperías supeditados
al trazado de las líneas férreas. Pueblos
y pulperías que, al desmantelarse el ferrocarril,
se perderán bajo la inmensidad sobrecogedora de las
pampas y su cielo. Ferrocarriles que, en definitiva, no
podrán con el espíritu de la tierra.
Ferrocarriles
y Civilización. Civilizaciones que le darán
un cuerpo a la pampa pero que no la doblegarán en
su aglutinante omnipresencia. De esta manera estamos introduciéndonos
en el concepto fundamental del libro. Libro que en alguna
ocasión, el otrora reconocido y multifacético
periodista Bernardo Neustad, definiría como un libro
de literatura menor.
El Hombre
que está solo y espera es el material literario
y sociológico más importante en la producción
de Raúl Scalabrini Ortíz. Surge, entonces,
la pregunta pertinente: por qué. Bueno, podríamos
decir que en este libro se encuentra la noción de
identificación de un ser sumado al conjunto, a un
espíritu colectivo y subyacente - el de la tierra
- que se hace presente más allá de la categoría
temporal.
Scalabrini
instala al espíritu de la tierra en una especie de
hombre arquetípico. Ese hombre es el hombre de Corrientes
y Esmeralda. Es el ser que encarna el espíritu y
no por centralismo porteño, sino por la característica
peculiar de una Buenos Aires universal y universalizante;
un Buenos Aires que agrupa, engloba, que reúne en
un conjunto a todos los hombres y les ofrece su espíritu:
el de la tierra.
El hombre
de Corrientes y Esmeralda es como un gigante compuesto por
una multitud, una muchedumbre, y que al mismo tiempo, de
tan extenso que es, nos cuesta reconocerlo. Es el que alberga
la vastedad de la llanura pampeana en su extensión.
La Pampa, con su cielo profundo instalando en el hombre
la noción de tiempo; la idea de que el tiempo es
pasajero, es devenir, y de que ese cielo - como el tiempo
- contiene en su vacuidad la palabra que angustia: muerte.
El hombre
de Corrientes y Esmeralda es la cuenca hidrográfica,
sentimental y espiritual de la República. Alguien,
dirá Scalabrini, escupe en Jujuy y esa corriente
de ríos que confluyen en Buenos Aires, lo hacen llegar.
El hombre de Corrientes y Esmeralda es patrón
de sí mismo, es egocéntrico. Siempre para
juzgar a un hombre lo compara consigo mismo y si éste
lo supera, lo acepta. Este hombre es sentimental, pero su
decir no lo expresa, sí sus ojos, su mirada. Es como
la música de un tango, no su letra. Tiene incorporado
el sentimiento de soledad, de estar constituido como un
ser pasajero, fugaz, y es por ello que no es definitivo
en sus juicios. Busca siempre el por qué,
el cómo, los atenuantes de un hecho, porque
en el fondo continuamente se pregunta cómo habría
actuado él mismo. Es, en este sentido, algo paternalista.
El hombre
de Corrientes y Esmeralda echa sus raíces en la tierra
para florecer en el mundo. Es el individuo que se busca,
que se espera e identifica en la muchedumbre innúmera.
Es aquel hombre que confía en sus pálpitos
y por ello es la desgracia de los políticos que no
lo pueden predecir. Admira la sagacidad, la rapidez mental
y esto deviene de aquella potestad que ejerce la presencia
de la llanura sobre él, sitio en el que se encuentra
solo y debe subsistir en base a su propia capacidad para
la creación de soluciones.
Ama la
letra viva, la letra extraída de la vivencia, de
la experiencia. Aborrece las abstracciones de las conceptualizaciones;
lo ofusca el hecho de encerrar algo vivo, permeable, móvil
y sentimental, dentro del concepto de un libro.
El hombre
de Corrientes y Esmeralda tiene en sí incorporada
la fuerte presencia de esa pampa sobrecogedora. Tiene metido
en la entraña del alma el sentimiento de fragilidad
- en cuanto a la existencia-. Se sabe efímero, y
es por ello que es benigno con sus juicios. Necesita de
la amistad, que acepta vía presentación (un
otro conocido, amigo) y que desarrolla en la afinidad personal.
Necesita, también, ídolos que representen
en su conjunto un hecho. Por ejemplo, no idolatra a un jugador
de fútbol fuera del marco del equipo.
Este hombre
está solo, pero solo dentro del conjunto, dentro
de las raíces globales del espíritu de la
tierra. Rehumaniza la vida en el lenguaje íntimo
de una charla de café. En la calle se siente desprotegido,
camina por Corrientes, llega a Maipú; cruza y ya
está en Esmeralda. Entra a un bar, y es aquí
donde se encuentra ya más tranquilo, más seguro.
Se halla en su cubil que lo protege de la crueldad de la
vida. Toma un café. Prende un cigarrillo. Charla
en la intimidad con un amigo y tiene la certeza de que está
solo, pero el humo del cigarrillo y el café junto
al amigo y la charla que mantienen, lo serena, aplaca su
angustia.
El concepto
de espíritu de la tierra es la contrapropuesta
de Scalabrini Ortíz al individualismo positivista
de Ortega y Gassett. Este no ha podido respirar el aire
suspendido en la vasta llanura, no ha percibido su espíritu.
Uno podría
especular pensando que Scalabrini vio realizado su concepto
de espíritu de la tierra en el movimiento
popular del 17 de Octubre de 1945. Aquella muchedumbre
innúmera. La misma tierra, una idéntica
llanura, el mismo espíritu al que Leopoldo Marechal
apeló en su gran banquete; el espíritu
de Maipú con su fragancia a glicinas.
Scalabrini
Ortíz transfundió su idea de hombre arquetípico
en la figura de José de San Martín. Aquel
que fue débil para consigo, el opiómano. El
mismo que fue justo con otros hombres y benigno para juzgarlos.
El que ofreció a los hombres y a la historia de los
mismos, una sentencia a recordar: "Serás
lo que debas ser o no serás nada.".
Por
Conrado Yasenza.
BIBLIOGRAFIA.
- Scalabrini
Ortíz, Raúl, "El Hombre que está
solo y espera", Buenos Aires, Plus Ultra, 1991.
- Galasso
Norberto, "Scalabrini Ortíz", Cuadernos
de Crisis Nº.22, Edit. Crisis, Buenos Aires, 1975.
- Romero,
Luis Alberto, "Los golpes militares, 1812-1955, Buenos
Aires, Carlos Pérez Editor, 1969.
- Material facilitado por
la Profesora de Historia Marcela Roberts.