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Año II - Nº 9
Agosto - Septiembre 2003

Editorial

El Damero
Seminario
"Lo traumático en la cultura"
La Mujer moderna - Parte II.
por Marcelo Benítez
Uníos los proletarios que quedan: por Alfredo Grande
Un día de protestas en la ciudad:
por Marcelo Rebón
Raúl Scalabrini Ortiz por Conrado Yasenza
Rauol Wallenberg por José Antonio Borré
Ajo y Limones
La fusilación del Piquetero: por Vicente Zito Lema
Hombre-Perro. Cuento de Antonio Di Bendetto
Húmeda al tacto
por Carola Chaparro
El ojo plástico
Miguel Diomede: Naranjas sí... Palabras No
por Kenti
Miradas Goyescas
por Marcelo Luna
Batea
"El secreto de los flamencos" de Federico Andahazi / Editorial Planeta
por Carola Chaparro

Música:
Pez
por Gonzalo Yasenza

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El Damero

La cultura del malestar o el hacha de Aristóteles

Disertaciones en torno al seminario
"Lo traumático en la cultura"

Panelistas:

Gladys Hadamson: Argentina y el surgimiento de un nuevo sujeto político

Yo me baso en la teoría de Cornelius Castoriadis, Pierre Bourdieu y Enrique Pichón Rivière. Sería importante dar comienzo a esta ponencia tratando de entender qué es la sociedad. Para Castoriadis, la sociedad se mantiene unida porque comparte una urdimbre de significaciones sociales más o menos consensuada. Estas urdimbres sociales van a delimitar qué es un hombre, qué es una virtud.

Tanto para Bourdieu como para Enrique Pichón Rivière, la sociedad es un territorio básicamente relacional, vincular.

Lo Traumático sería aquello que desgarra, fractura el entramado social. Las heridas en ese entramado.

En la Argentina existieron una serie de hechos desgarrantes: la Dictadura militar, los 30.000 desaparecidos, la Guerra de las Malvinas, la catástrofe del neoliberalismo que produjo emigraciones forzosas, ausencias, desgarros familiares e institucionales. El neoliberalismo marca un quiebre en el posicionamiento social que implica tener trabajo. La última fractura sería la que se instaló entre la ciudadanía y la clase política, expresada en la frase "que se vayan todos".

Pero también existe, con relación a lo expresado anteriormente, una capacidad de restañar las heridas que tiene este entramado, este colectivo social. Lo creado no es creado por nadie en especial y es creado por todos.

Desde mi punto de vista, la Argentina tiene una enorme capacidad de recuperación frente a las fracturas, lo cual sería un buen ejemplo para restituir el tejido social. La Argentina ha podido reposicionarse en lo que sería una nueva subjetividad política.

Esa subjetividad política no es algo que la Argentina ha podido crear por sí sola: implica una creación singular con apoyatura en diversos movimientos planetarios que conforman el nuevo sujeto político. Existen antecedentes de movimientos indigenistas, movimientos zapatistas, entre otros. Es un proceso singular, creativo que se da en nuestro país pero que tiene antecedentes planetarios.

Este nuevo sujeto político tiene una serie de características:

    • Es un movimiento ciudadano plural.
    • No intenta la toma de poder, pero sí el control del poder.
    • Aspira a la paz.
    • Es no violento.

Argentina hizo un gran aprendizaje social, que para Enrique Pichón Rivière implica poder posicionarse frente a una determinada realidad. En el ’83, con la apertura democrática, la Argentina dijo: "nunca más" un muerto político. Con la hiperinflación dijo: "nunca más" una hiperinflación, que se controló en diciembre del 2001. Recientemente dijo: "nunca más" un mesías, un liderazgo, un único conductor de la Patria.

La confianza en el futuro está puesta en el colectivo social; la vigilancia está puesta en la ciudadanía, que es mejor garantía que depositar el liderazgo en un mesías

Estos han sido saltos cualitativos. Creo que estamos reposicionándonos frente a un nuevo sujeto político. Hay un surgimiento de un nuevo sujeto social. Últimamente, a nivel mundial, hay un aumento de violencia, y a partir de los ’80 un modelo que lidera Estados Unidos, quien intenta crear un poder unipolar.

Hoy se aspira, por el contrario, a un mundo plural. Argentina vive ese movimiento que hoy puede consonar con otros movimientos de América Latina.


Alfredo Grande:
La reparación en la cultura del malestar.

La ponencia anterior me recordó que la diferencia entre un optimista y un pesimista es que el pesimista tiene más información. De ahí que mi intervención va a ser mucho menos optimista.

Para poder introducir el tema de lo traumático en lo social, que es una técnica que yo utilizo con frecuencia, voy a contar un chiste: Un señor va a comprar un par de zapatos, su número es 44 pero pide un número 42, y de ser posible 40.El vendedor se sorprende, pero como el cliente siempre tiene razón, le da lo que le pide. El señor se los prueba, se los calza con mucho esfuerzo, camina con dificultad, se ve que le duelen los pies, pero dice me llevo éstos. El vendedor insiste, que tiene el número que a él le corresponde y que tienen el mismo precio, pero el cliente dice que se lleva puestos esos. Sale caminando con dificultad, cuando está en la vereda el vendedor con curiosidad le pregunta ¿por qué se lleva esos zapatos, si se ve que le incomodan?.El señor brevemente le responde que vive lejos, que viaja tomando tres colectivos, que tiene problemas con su mujer, que conviven con la suegra, en el trabajo no tiene buena relación con el jefe, no le alcanza el dinero, tiene grandes deudas, y el único placer es llegar a la noche y sacarse los zapatos.

Es decir que el chiste habilita a una cuestión de lo traumático para enfrentar otros traumas. El centro de la reflexión es cómo lo traumático se constituye no ya como un problema sino como una solución. Es lo que se llama la cultura del malestar, que es un salto cualitativo donde enfrentamos el trauma mayor con microtraumas, a los cuales suponemos que nos acostumbramos como el señor a los zapatos. Esto equivale a decir: el microtrauma en función al macrotrauma. Por ejemplo: la democracia de 1983 en adelante, generó multiplicidad de microtraumas. Uno de ellos: las leyes de obediencia debida y punto final, que frente al macrotrauma del genocidio se constituyeron en traumas menores.

Esa filosofía de mejor microtrauma en casa que macrotrauma volando, lleva a una especie de anestesia y de resignación que finalmente explotó el 19 y 20 de diciembre del 2001, situación que generó otros macrotaumas que terminaron con asesinatos de muchos ciudadanos. Se sabe: cuando el Estado sale a matar se hace llamar Patria.

En ese sentido, yo creo que el asesinato llegó para quedarse, no es ya contingente, ocasional, sino que es permanente. Recuerdo una vez que me estaba yendo del Hospital y una paciente llegó para que la atendiese, porque hacía treinta años que estaba en crisis. Treinta años en crisis ya no es una crisis, es un estado crónico de crisis pero hay que llamarlo de otra manera. Porque crisis, trauma, catástrofe, son todos primos hermanos

Si el trauma llegó para quedarse, tenemos que repensar la categoría de trauma. Trauma siempre aparecía como un exceso de estímulo para lo cual no había defensas preparadas, y entonces se inundaba el aparato mental, el sujeto entraba en un estado de angustia, que ahora se llama ataque de pánico.

Freud plantea un concepto muy importante porque ubica lo social desde la perspectiva de clase. Él dice placer para un sistema displacer para otro. El placer y el displacer no es para todos o para ninguno, es para unos y no es para otros. Por lo tanto yo digo, trauma para un sistema y no trauma para otro. El hambre para nosotros es un trauma y es un problema, pero para el Fondo Monetario el hambre es la solución y no se negocia. En ese sentido creo que la perspectiva de lo traumático y lo no traumático, lo que es solución y lo que es problema, siempre tiene que ser atravesado por la perspectiva de clase. Cuando se hundió el Titanic, éste, en realidad, no se hundió para todos: murieron los de tercera clase; los de primera clase casi ninguno y los de clase media, como de costumbre, algunos sí y otros no. Cuando se dice que el menemismo fue una catástrofe, lo fue para unos, pero también se enriquecieron muchas personas. En ese sentido, creo que no se puede absolutizar ningún término. Lo traumático puede producir desgarros tremendos en un momento para algunos, pero otros, en el mismo instante, están especulando, refinanciando su dinero, o viajando. Por eso todo análisis tiene que estar siempre atravesado por la perspectiva de clase. Cuando digo perspectiva de clase no digo solamente burguesía-proletariado, sino también gobernantes-gobernados, representantes- representados.

Una última referencia: la violencia es traumática. La violencia es la partera de la historia, y yo creo que la violencia como partera de la historia lleva al hecho revolucionario. El cambio social siempre es revolucionario. Pero hay que hacer una diferenciación entre violencia y crueldad. La revolución es violenta pero no es cruel; la crueldad es siempre contrarrevolucionaria porque la crueldad es el emblema de los sistemas represores, de los cuales es paradigma la tortura. Matar no es lo mismo que asesinar y ser violento no es lo mismo que ser cruel. Los sistemas fascistas son crueles. Por supuesto que el cruel es violento, pero uno puede ser violento sin ser cruel. La crueldad es la del gato maula que juega con el mísero ratón. Los colectivos revolucionarios muchas veces son violentos; los colectivos contrarrevolucionarios siempre son crueles, como la crueldad que causa que un niño se muera de hambre en el granero del mundo. Hay que ser refinadamente cruel para que en la Argentina muera un chico de hambre.

Una de las tragedias que nos atraviesan actualmente es ver qué pasa cuando en los colectivos revolucionarios aparece la crueldad. Qué pasa cuándo en esa discriminación, que para mí es fundante, entre violencia y crueldad, vemos que aparece en un colectivo revolucionario una actitud cruel contra otros integrantes de ese mismo colectivo revolucionario. Es decir, ¿qué hacemos con la crueldad que habita en nosotros a pesar de nosotros mismos?. Si bien la crueldad no es inmanente, es una contingencia muy frecuente y tiene su expresión, por ejemplo, en lo que se llama violencia familiar. La violencia familiar no es violencia sino crueldad porque no está a favor de ningún cambio, de ninguna superación.

La crueldad familiar es, además, un reflejo de la crueldad de un sistema capitalista, de un sistema de producción, de explotación, que es esencialmente cruel. Por eso la represión es inmanente al sistema capitalista; no es contingente. Darío Santillán y Maximiliano Kosteki no mueren por un accidente: fue una acción planificada que estaba fríamente calculada. Diferenciar crueldad y violencia es para mí fundante para no tener horror a lo traumático. Porque hay traumas, y todos lo sabemos, inclusive en nuestra experiencia vital, que son dolorosos pero nos ayudan a seguir hacia adelante, y hay traumatismos que son innecesariamente crueles y nos destruyen.

Creo que la sociedad es cruel porque permite otra de las cosas que es inmanente a la criatura humana, que es la ganancia de poder: la obsesión por territorializar, que es ejercer un poder en un territorio, ya sea el más pequeño, o en un territorio simbólico, o un territorio político.

Yo discrimino culturas eróticas y culturas tanáticas en éste sentido: es cierto que en el origen ha hay un desgarro, el trauma de nacimiento, pero para mí la cultura no aparece con el trauma, sino con la respuesta al trauma, con la sutura. Yo discrimino dos tipos de suturas: las que repiten el trauma y las que reparan el trauma, es decir las que lo atan con alambres y las que realmente construyen consistencias. Creo que en principio, las culturas represoras, tanáticas, fascistas, sostienen las suturas como repetición del desgarro, es decir: Nunca te olvides que tu esencia es la desocupación, el hambre y la muerte. Yo te doy el Plan Trabajar, Jefes y Jefas de Familia, Copa de leche, pero no te olvides del desgarro. En cambio, en la cultura erótica, la reparación es la fábrica recuperada. Las dos son suturas, pero no es lo mismo la sutura que repara el desgarro en una apuesta colectiva, autogestiva y erótica.

Por eso es importante, a partir de esa diferenciación, tener una especie de antena para pesquisar la crueldad. La crueldad es destructiva, disuelve totalmente los vínculos sociales, es cultivo puro de pulsión de muerte. Freud dice que el super-yo es un amo cruel, tiránico, despótico, y esta instancia intrapsíquica e inconsciente se prolonga en el Estado, la Iglesia, el Ejército y el Fondo Monetario Internacional.

En ese sentido una reflexión sobre lo traumático en lo social se complementa con una especie de advertencia colectiva: no seamos promotores de la violencia, tampoco le tengamos miedo, pero sí seamos sumamente rigurosos y decididos a combatir toda forma de crueldad, inclusive la crueldad bien entendida que empieza por casa y termina destruyendo todo intento de recuperación social.


Vicente Zito Lema
El trauma como esencia de la cultura.

A lo largo de la vida uno intenta elaborar definiciones para acotar el campo del misterio, enfilando con pasión no exenta de temor hacia lo desconocido, y es en es sentido que osé acuñar una frágil y acaso nueva definición de lo que entiendo hoy por "cultura".

Me atrevería a decir que cultura es el conjunto o red de nuestros sueños materiales, cuyo destino es reparar la angustia de la finitud, satisfaciendo los deseos y necesidades, en la búsqueda de una realidad social de esencia amorosa, como estadio superior de la eterna lucha entre la luz y las tinieblas. Desde lo más simple percibo la cultura como un estricto producido humano y acepto que toda la creación del hombre –en especial la materialidad que se da en el trabajo y el arte– integra la cultura de su tiempo, incluso a través de subculturas enfrentadas, en tanto responden a ordenamientos de percepciones e intereses económicos, ideológicos, éticos, estéticos y finalmente políticos diferentes.

Mi punto de partida es, insisto, que el ser humano está movido por la angustia de la finitud y todo lo que hace, aún lo más cruel y perverso, de una forma u otra se corresponde con ese vacío absoluto que nos cerca, del que no podemos escapar y a partir del cual se construyen las religiones, la ciencia y el arte, y entre otros fenómenos fundacionales también el poder. Hablo de un poder visto no como un intento poético de reparar lo irreparable, sino de una meditada estrategia para cristalizar el pavor que provoca la muerte con fines disciplinarios. Diría, en consecuencia, que toda la apropiación de la cultura desde los institutos del poder –sea cultura de masas o cultura de elite– está sujeta a sospechas, es un discurso que en realidad aspira al silencio. Ante ello nos queda enunciar como desafío una cultura de la trasgresión, ética y estética.

Quiero introducir en esta breve exposición a Aristóteles, a quien no amo pero sí temo. Él me permite la ilusión de descubrir una pizca de luz en la rotunda oscuridad que me rodea. Intuyo que todo concepto para ser socialmente operativo, desde el vínculo y la significación, merece ser definido a partir de su esencia, aquello que excluyendo temporariamente el resto de los elementos o signos concurrentes, nos quedaría como identidad diferenciadora de la cosa. Con respeto a la esencia, Aristóteles se plantea una pregunta por caso, y con absoluta pertinencia simbólica: "¿cuál es la esencia del hacha"? Su respuesta es categórica y desafiante: el filo.

En cuanto a la relación que nos convoca: trauma y cultura, se me ocurre que el filo hace al hacha como el trauma a la cultura. Son sus respectivos dadores de esencia, en mi lenguaje más habitual su razón poética.

Apelando a la retórica, el filo del hacha, la esencia de la cultura podríamos adjudicárselo –siguiendo acaso un desvarío– a la existencia del trauma, como naturaleza de un pecado original: la conciencia de la muerte. Desgarro y dolor que angustia y moviliza, provoca la huella que inscribe el paso "del otro", abre el silencio para la palabra nueva, desencadena la creación.

Pienso que el trauma, como eco de un horror instituyente, también está ligado –paradójicamente– al fetiche que se nos presenta desde el poder como "cultura"; a la mentira como existencia de la cultura, su ley.

Tendríamos entonces el trauma como esencia de una cultura de legitimidad, y el trauma como símbolo de una cultura de fetiche legalizada desde el poder por fuera de la realidad de la verdad.

Dentro del marco concreto y cotidiano de nuestra vida como relato histórico y social, somos en lo que se acepta como ámbito del saber, descendientes obligados de la cultura greco romano. El poder siempre nos recuerda la calidad de hijos de dicha cultura, nutridos en su moral política, su lógica formal y su estética apolínea.

El teatro de la antigua Grecia, por ejemplo, nos hace sentir que fuimos paridos desde un desgarro terrible, de tan esencialmente injusta y morbígena que resulta una sociedad basada en la esclavitud. Sólo una minoría gozaba del rol del ciudadano, estaba habilitada para la producción de la cultura. El teatro de Sófocles o Aristófanes era un derecho y también obligación para esa minoría; la contemplación y la práctica filosófica, como rango mayor de la vida no era un destino para el conjunto, como tampoco la valorización de las profecías y los ideales del universo de Platón. La marca del saber ligado a la injusticia no ha dejado de acompañar nuestra cultura, de allí que Nietzche haya podido afirmar trágicamente que la existencia de los artistas y de los intelectuales en estas épocas más cercanas, está ligada a la subsistencia de la esclavitud, aunque cambien los ropajes.

Por supuesto que existen las culturas originarias de este territorio que habitamos, sin embargo de ellas muy poco damos cuenta, en nuestro sistema de reproducción material de la existencia, salvo dentro del campo de la antropología o del folklore. No marcan en sentido profundo nuestra subjetividad, tampoco el modo de los vínculos culturales de presencia inmediata.

Fue Enrique Pichón Rivière, quien a través de sus experiencias de vida, me hizo revalorizar la cultura guaraní, me develó la función de sus mitos y la extrema poética que anidaba en esa cosmovisión. Tal vez en dichos mitos, como en el conjunto creativo de las civilizaciones originarias americanas, podamos encontrar los impulsos para refundar una cultura menos injusta, violenta y degradada que esta, presente y omnipotente, de la que seguimos siendo contribuyentes y producto alienado.

Lo que digo puede ser castigado por pecar de romanticismo, también puede direccionarnos hacia el campo donde habitan la magia, la sin razón poética y la desmesura, y ello no estaría mal, porque el orden vigente es tan castrador que ha vuelto aburrida la vida. La vida cotidiana es cruel y opaca, por tanta reiteración de la mortificación, por tanta obstinación en la renegación, esa práctica enferma de la cual nos alerta Freud, pero también Marx: la de vivir en sociedades y en culturas basadas en la mentira, lo cual nos obliga a descalificar nuestra existencia y participación, con el agregado doloroso de que luego negaremos que estamos negando. Y eso también está grabado a fuego en el propio origen del país. Es difícil el compromiso ético del intelectual, del artista, en la medida que aceptamos la reproducción de las mentiras como base del consenso social. Aceptamos por ejemplo la caracterización de nuestro país como República, o aceptamos que vivimos en democracia, sin preocuparnos cuán lejos estamos de una ética social y del poder de los pobres en el manejo de las relaciones fundamentales. Muchas veces transitamos las categorías políticas más desde el deseo o la angustia que desde la realidad de los hechos. Aquí entra en juego un fenómeno complejo: la esperanza. Desde allí creemos en que se está organizando una nueva trama vincular, un inédito sujeto político. No cuestiono la esperanza, pero debemos advertir sobre el equívoco de identificarla con una virtud teologal. La esperanza de cambio requiere un proyecto a realizar. Pichón Rivière también hablaba de la esperanza planificada, y ese el tema de fondo. ¿Cómo se planifica una esperanza? ¿Cómo se convierte una esperanza en un estímulo, en un programa de cambio, en una construcción creativa, en un desafío a esa muerte que nos persigue obstinadamente en este país que fue fundado desde la violencia del poder y la segregación social? No olvidemos que en el primer Cabildo Patrio las decisiones no las formularon el conjunto de la sociedad; hoy una remisión a la voluntad de militares, comerciantes, profesionales y los que pudieran demostrar ser dueños de propiedades. Y este conjunto era una minoría en la sociedad argentina, lo que nos lleva a pensar que, desde el comienzo, el pueblo en el sentido de las mayorías, estuvo alejado del poder. De esto no se habla cuando abordamos la historia argentina, como tampoco lo hacemos del fusilamiento de Dorrego, del envenenamiento de Moreno, del asesinato de Facundo Quiroga o las reales causas del exilio de San Martín. Tampoco hablamos de que lo que se califica como civilización, se instaló y creció a partir de la persecución, el desgarro y la muerte: la Conquista del Desierto, símbolo del exterminio de las culturas originarias; la Semana Trágica, que marca la destrucción de grandes sueños obreros; los casi 500 muertos en el Bombardeo de la Plaza de Mayo de 1955; los fusilados de Trelew; los 30.000 desaparecidos durante el Terrorismo de Estado. Toda esa muerte pesa. El tema es que no se puede construir la vida solamente desde una herencia traumática, pero los que aspiramos a una construcción dialéctica tenemos que animarnos a entender que la vida y la muerte son instancias de un proceso y que todo proceso dialéctico las necesita integrar como constituyentes de la verdad, o si se prefiere de lo verdadero histórico, con conciencia de que sólo lo que es realmente conocido podrá ser transformado. Se construye la vida con todo, y muchas veces más con el desgarro, porque es "el otro" (sea desde el amor o el odio) lo que da sentido a lo que somos; es lo que no tenemos lo que despierta el deseo de construir. En este país si no tenemos república habrá que construirla, si no tenemos democracia real habrá que construirla y si no tenemos vida que merezca ser vivida con felicidad habrá que construirla. Porque como dice el poeta Dylan Thomas: la muerte es poderosa pero la vida le gana la partida. Habrá que obstinarnos en el deseo –agrego yo–, hasta que ese deseo se cruce de una vez y para siempre con la historia.

Producción y edición: Conrado Yasenza
Fotos: Efraín Dávila

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