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Año II - Nº 9
Agosto - Septiembre 2003

Editorial

El Damero
Seminario
"Lo traumático en la cultura"
La Mujer moderna - Parte II.
por Marcelo Benítez
Uníos los proletarios que quedan: por Alfredo Grande
Un día de protestas en la ciudad:
por Marcelo Rebón
Raúl Scalabrini Ortiz por Conrado Yasenza
Rauol Wallenberg por José Antonio Borré
Ajo y Limones
La fusilación del Piquetero: por Vicente Zito Lema
Hombre-Perro. Cuento de Antonio Di Bendetto
Húmeda al tacto
por Carola Chaparro
El ojo plástico
Miguel Diomede: Naranjas sí... Palabras No
por Kenti
Miradas Goyescas
por Marcelo Luna
Batea
"El secreto de los flamencos" de Federico Andahazi / Editorial Planeta
por Carola Chaparro

Música:
Pez
por Gonzalo Yasenza

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Ajo y Limones

Húmeda al tacto

Por Carola Chaparro

Para romper con la racha de mala suerte, a Octavio no le quedaba más remedio que vencer su temor al agua, que abarcaba el amplio espectro que iba desde la pureza del agua mineral hasta su tibia transformación en sopa. Los derivados del líquido elemento, por más inodoros, insípidos e incoloros que fueran, le resultaban igual de insoportables; él se imaginaba que toda superficie acuosa ocultaba una infinidad de batracios. Y nada le daba más asco que el tacto húmedo y baboso de la piel de un sapo. Como casi todas las cosas de su vida se ligaban, de alguna misteriosa manera, con el agua, entendió que tenia que aprender a nadar para empezar a oponer una resistencia activa a las circunstancias. Por eso cada tarde, cuando no quedaba casi nadie en la playa, se acercaba tímidamente con su toallón a cuadros. Primero metía el pie izquierdo, después se tapaba la nariz, suspiraba hondo, y entraba como un mártir que decide acabar con sus penas. Desde luego, no perecía en el intento dado que no era su intención morir mojado; nadaba torpemente, como un insecto con las alas húmedas.

Al revés de los pingüinos, toda su gracia masculina se desplegaba recién al tocar tierra firme, aliviado. Cuando volvía a estar seco y vestido, se dirigía a su casa con la sensación de haber cumplido con la parte de castigo que le corresponde a cada hombre.

Hubo una época en la que Octavio era tan chico que cabía en la panza de su madre y la peor anécdota de su esbozo de existencia también tuvo que ver con agua. María, que tenía el vientre tan redondo como podría imaginarse, empezó a perder el líquido azul en el que nadaba, extrañamente a gusto, su hijo primogénito. La sensación de flotar se acabó de pronto para él, y todo lo que siguió fue un cúmulo de padecimientos indescriptibles. De ahí se desprendía su inicial aversión acuática, no por el exceso sino por la falta de ella. Nunca quiso beberla, y lavarlo era una tortura para quienes lo intentaron. Solo aceptaba la higiene si se agregaba aceite perfumado en la bañera.

Octavio pensaba mucho sobre su fobia, y por eso se empeñaba en la lucha cotidiana en la playa. Allí, el contoneo de las bikinis le era indiferente: demasiadas curvas, arena pegada a la piel, demasiado sol.

La tarde de primavera en la que por primera vez dio vuelta la cabeza para ver a una mujer marcó el inicio del final de su temor líquido. Soplaba un viento tibio y suave, y él estaba acostado en el suelo en una posición anatómica tan perfecta que la idea de moverse era impracticable. Boca arriba, manos detrás de la nuca, ojos cerrados, músculos relajados y respiración profunda. Era casi como estar soñando, pero sin dormir. Cuando abrió un ojo, la multitud playera se retiraba con su estela de pan lactal y bolsas de plástico. El momento perfecto para abrir el otro ojo.

Por algún motivo, una figura femenina se recortaba a lo lejos como si estuviera sentada dentro de un pozo. Octavio pensó que la visión era fruto de un novio desconsiderado, que dejaba a su amada tapada de arena sin desenterrarla para llevársela. O quizás era una estrategia masculina para quitar el objeto de deseo de los ojos del posible competidor, mientras el dueño se ausentaba por un rato. Como fuera la cuestión, un largo pelo rojizo ondulaba en el aire, como indicando mar peligroso, y unos ojos verdes se detuvieron sobre Octavio, que se levantó atraído por la fuerza de ese imán.

Uno, dos, tres, cuatro, diez, eran los pasos que lo separaban de la chica. A medida que se acercaba, ella parecía alejarse. Seguramente era una visión, porque nada la detenía en su lugar. Por más que lo intentó, no pudo llegar hasta ella. Una neblina le oscurecía el panorama, y las piernas se le cansaban de caminar descalzo por la arena.

Los días subsiguientes su vida solo tuvo sentido para volver al mismo sitio, pero en vano. La dama en el pozo no aparecía, o peor, muchos novios celosos tomaron la costumbre de enterrar a sus mujeres en la arena hasta la mitad del torso, obligando a Octavio a la dolorosa constatación de su error, y a la huida obligada ante cada identificación errónea.

Unos cuantos meses pasaron, y la vida siguió siendo parecida en todo, incluso en la ausencia de los cabellos rojizos en el viento. A Octavio se le ocurrió que si cavaba un pozo perfecto en el lugar aproximado en el que la había visto por única vez, posiblemente volvería a encontrarla.

Con todo el vigor de su deseo, excavó el más profundo de los pozos que viera esa playa. Dos hombres altos entrarían parados uno encima del otro. Sin embargo, una vez más se aplazó la cita inaplazable, y la dama no apareció hundida hasta la cintura, como en la primera visión. En pocos meses, su habilidad y experiencia en los pozos playeros lo transformaron en el consultor obligado de los constructores de castillos. Octavio se acercaba con aire de conocedor a la efímera arquitectura humana, y opinaba con frases cortas pero muy específicas.

- Acá falta arena, no tiene puente, está muy cerca del mar - les decía casi entre dientes.

Una sola e inolvidable vez llegó, sin buscarlo, al objeto de sus pensamientos. Fue cuando caminaba sin rumbo por la extensión infinita de playa, hacia el lado en que cae el sol. La vio como aquella vez, enterrada hasta la cintura, con el pelo al viento y los ojos verdes fijos en él.

Se acercó tan despacio como se lo permitió su ansiedad, y por fin llegó a su lado. Sin decirle nada, se sentó junto a ella. Solo una gaviota volando en círculos, el horizonte azul, y toda esa agua, llena de batracios.

-Yo vengo de allá- y señaló con un dedo blanco de uña rosada hacia el mar.

Octavio supo que ella diría eso, dado que cuanto más se empeña alguien en alejarse de una cosa, menos lo logra. Y si su condena era el agua, seguramente los mayores retos de su vida nacerían ahí.

No le preguntó nada más, y empezó la lenta tarea de desenterrarla. Ella lo dejó, sin abandonar su posición de diosa, animándolo incluso con la insistencia de su mirada verde, llena de promesas. Cuando por fin llegó al lugar en el que debería estar el ombligo, se encontró con la primera escama.

Ya había oscurecido, por eso pocos se fían de los que vieron en la playa a una dama de extraña silueta legendaria. Octavio se ríe a carcajadas de la incredulidad popular y nada le parece más estimulante que pasar la mano, muy despacio, por la piel sedosa y húmeda que podría ser de un batracio, pero es la de la más hermosa mujer marina que haya tenido a su lado un hombre que le teme al agua.

Por Carola Chaparro

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