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Perón en caricaturas
Por Marcelo Luna
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Breve, ágil
y mordaz, la caricatura política expresa una línea
ideológica tan clara -y a la vez siempre tan creativa-
como un manifiesto o una proclama. Es que afinando el lápiz
para los dibujos se cargan tintas sobre lo criticable que
tiene todo régimen, y que no se reduce solamente
a los presidentes o a los personajes destacables del momento:
ensayan una visión de la realidad, un criterio de
diferenciación política, que llega a ser también
social y cultural. La caricatura política durante
los años de gobierno de Juan Domingo Perón
en Argentina (1946-1955) fue ejemplo de ello, y a través
de esas manifestaciones -generalmente de un recuadro, y
acompañado de pequeños diálogos-, se
deja entrever la ironía, la mirada burlona y ridiculizante
hacia ese sistema populista. Es decir, se construye una
valoración subjetiva de quienes se critica, una representación
de ellos. Justamente este lado de la caricatura
política mueve estas líneas, aunque de seguro
sin la soltura de quienes intentaron -mediante esbozos mejores
que otros-, simbolizar un momento político: pensar
en chanza. ¿O acaso mofarse de la política no es
hacer política de veras?
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El peronismo se enrola en los movimientos
populistas del siglo XX, cuya filiación ideológica
contiene elementos diversos: van del socialismo, el nacionalismo
económico, hasta la Doctrina Social de la Iglesia
católica. Cuando asumió la presidencia en
1946, Juan Domingo Perón contaba con una breve pero
intensa carrera política: sólo tres años
antes había ingresado al gobierno de facto
de ese entonces desde el relegado Departamento Nacional
de Trabajo.
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Juan Domingo Perón (1895-1974)
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En ese poco tiempo había alcanzado
mucho: un ministerio renovado (la memorable «Secretaría
de Trabajo y Previsión»), el apoyo incondicional
de centrales sindicales, el ministerio de guerra y la vicepresidencia.
Los sucesos del 17 de Octubre de 1945 (la movilización
de los obreros a la Plaza de Mayo exigiendo el rescate de
Perón, preso por una crisis de gobierno) le dieron
un protagonismo único en el país por treinta
años, hasta su muerte de 1974.
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PERONISMO
CON OLOR A GRASA
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Era lógico que su doble condición
de militar y líder obrero fuera asociado inmediatamente
a la experiencia nazi-fascista europea. O
al menos eso fue lo recurrente en las caricaturas. Así,
el dibujante Riva refleja aquel momento donde se
evaluarían las cualidades políticas del flamante
presidente. En una caricatura de la publicación «Cascabel»
en 1946, aparece Perón iniciando un camino de dos
sendas, cuyos nombres son «dictadura» y «democracia», sobre
las que apoya esforzadamente un pie en cada una. «Por
ahora vas bien» es el título, y tal parece
ser el comentario del personaje de bigotes blancos -Hortensio
Quijano-, el vicepresidente.

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Otras caricaturas evidencian el clima político
del momento y se tiñen de una ironía muy particular,
pues sus mensajes nos ponen «en sintonía» con el
ánimo del dibujante. Tal es el caso de Flax,
uno de los eminentes del humor gráfico en Argentina.
Comentaremos apenas dos dibujos de él, ambos del
lapso en que Perón estaba en campaña electoral
para la presidencia. En el primer dibujo, dos hombres realizan
una pintada partidaria; uno escribió «Perón»
sobre una columna cuando debió pintar el apellido
del candidato opositor, José Tamborini. En el otro
dibujo, por su parte, aparecen dos hombres, uno de pie y
el otro sentado en una silla de playa, en donde éste
último informa que no trabaja más porque es
«laborista».
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La mirada sutil de esas caricaturas nos
muestra, primero, lo brutal del personaje de la pintada
(había escrito «Perón» porque «Tamborini»
era muy largo), asociado al nombre de la pared. Ésta
relación brutalidad-peronismo aparecerá
en varias caricaturas contrarias al régimen, como
veremos más abajo. Y, en segundo término,
el otro dibujo: aquí el ánimo burlón
está centrado en el «laborista», que pasó
de trabajador a legislador, es decir, a «no trabajar». Perón,
precisamente, había sido el candidato del Partido
Laborista (disuelto al poco tiempo). Y entonces la humorada
del líder obrero que no hace trabajar a su gente
es sugestivamente ideológica. En efecto, en ella
se expresa lo nuevo como algo
extraño o contrario a lo que se espera de un legislador.
Los nuevos que ingresan a la política no pertenecen,
en realidad, a ella. «Los laboristas no laboran», sería
la paradoja. Y los «laboristas» eran peronistas. En una
palabra: parásitos.
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Estas visiones hacia los peronistas como ellos,
esto es, ser estereotipos de un grupo social y culturalmente
distinto y distante, es notoria en la figura del «descamisado».
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Éste es una suerte de sans-culotte
del peronismo, o al menos es lo que sugiere la caricatura
de «Cascabel», donde dos personas «bien» comentan
del siniestro personaje que enarbola una camisa, cuchillo
en mano: «-Y esa bandera, ¿a qué Estado representa?
-Al estado de sitio.» Ellos
son brutales, feos e ignorantes en las caricaturas. «Invadieron»
la casa y la tomaron, como el cuento que Julio Cortázar
escribe para la misma época: «casa tomada».
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Las imágenes del peronismo en las caricaturas
de los años '40 y '50 fueron desglosando los aspectos
del régimen más irritables para los grupos
críticos al gobierno. En el caso de los socialistas,
desde la publicación «La Vanguardia»
-censurada y después editada en Uruguay a partir
de 1951-, fueron comunes las que denunciaban la falta de
mérito del peronismo como propuesta obrera. Así,
en la titulada «Viejo truco», un burro hipnotizado
y atolondrado persigue una zanahoria -atada al extremo de
un palo que tiene en su lomo-, sin notar que se dirige hacia
un barranco donde una fiera, sigilosa, sale de su cueva
a esperar la presa. El autor se llamó José
Antonio Ginzo (1900-¿?), y usaba el seudónimo de
Tristán. La caricatura tiene inscripciones
bien precisas: «trabajadores incoscientes» sobre el burro,
«promesas» cerca de la zanahoria, y cruces esvásticas
en el cuerpo de la fiera. No está aquí la
ironía de Flax, sino más bien una alegoría
al fenómeno de masas que venía gestándose
en Argentina, cargado de una impronta ideológica
de denuncia: el obrerismo peronista es una trampa.
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Podemos destacar dos aspectos de esa construcción,
a través de los dibujos de los animales. Primero,
el burro: animal que socialmente se asocia
a la torpeza, lo bestial e irracional, y que aquí
refiere a los trabajadores. Justamente era un argumento
de los socialistas la demagogia que Perón ejercía
sobre los migrantes internos, sin representación
política ni militancia sindical alguna. Nada de conceptos
como «lucha de clases» o «internacionalismo proletario»
en ellos : simplemente son «inconscientes»
que se dejan engañar con «promesas» del gobierno.
Y lo segundo, la fiera nazi, es decir, el
viejo truco que había resultado con
los obreros de la Alemania de Hitler, luego de la frustrante
experiencia en la república de Weimar. (La acusación
al peronismo como régimen «nazi-fascista»
fue común en todo el arco político opositor
del momento)
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En varios dibujos se tocó también
el otro tema sobre el que pesaron las críticas al
gobierno peronista: la falta de libertad de pensamiento,
en especial en el ámbito universitario. En efecto,
en «Alpargatas sí, libros no» Tristán
alude nuevamente a una categorización ideológica
del régimen, utilizando el recurso de las inscripciones
y de determinadas referencias dibujadas. Por ejemplo, el
personaje semi-humano, con orejas de burro y lentes con
esvásticas, que hojea un manual de doctrina peronista,
pisoteando la ley; los retratos de Perón y Evita
(el primero esquematizado en algo parecido a una boca de
pato, y la segunda con atuendos de reina).
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En cuanto a las inscripciones que aparecen,
algunas eran de uso oficial en la radio e integraban la
propaganda oficial («Perón cumple. Evita dignifica»).
Otras reflejan el clima de prejuicios del momento: «Haga
patria, mate un estudiante» -por ejemplo-, junto
a la consigna antinómica que da título a la
caricatura («¡Alpargatas sí, libros no!»).
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Casualmente -o nada casualmente- hallamos
otra caricatura con el mismo título, publicada en
«Antinazi» -todo un sello ideológico-,
donde los recursos son más irónicos: en una
vidriera se exponen «libros», que son en realidad botas,
alpargatas estropeadas y pies desnudos y peludos, con los
nombres de algunos literatos y ensayistas nacionalistas
del momento, a la sazón, afines al peronismo para
el dibujante (Manuel Gálvez, Pedro Echagüe,
Carlos Ibarguren, Gustavo Martínez Zuviría).
La desopilante «librería» lleva el logotipo de un
pie con una pluma entre los dedos.
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Ciertamente, el valor de la cultura letrada
fue el rasgo que pretendía «separar aguas» entre
lo peronista y lo no-peronista. Era una distinción
no sólo política sino también cultural
que, al estilo del pensador Domingo Faustino Sarmiento,
buscaba revalidar la antinomia de la «civilización»
y la «barbarie», provenientes del planteo
ideológico liberal del siglo XIX. Para Sarmiento
el primer concepto equivalía al «progreso»,
y abarcaba una serie de medidas liberales (fortalecimiento
de la autoridad estatal, apertura al mercado externo, inversiones
extranjeras, inmigración, secularización,
entre otras). La «barbarie» era, por el contrario,
el «atraso», que culturalmente se presentaba como «lo hispánico»:
el caudillismo rural, el fetichismo religioso, la vida monótona
que se desenvolvía en el «desierto».
Es en el peronismo donde reaparece ahora, para los caricaturistas,
la «barbarie». En efecto, fue siguiendo esa
línea que Tristán anotó en el
anterior dibujo, sobre el lomo de su personaje, « !Biba
Rosas¡ » -con errores de ortografía y los
signos de exclamación mal ubicados-, para destacar
la filiación histórica del peronismo (de la
que no renegaron -ni reniegan- los peronistas): los tiempos
de Juan Manuel de Rosas, caudillo y gobernador de la provincia
de Buenos Aires, que manejó el poder entre 1829 y
1852, apelando incluso a una dictadura plesbiscitaria.
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Las otras caricaturas que refieren a la falta
de libertades bajo el peronismo son de Oski y Tristán.
La primera apareció en la publicación «Cascabel»,
y refleja el ambiente común durante los años
'45 y '46 de las ocupaciones estudiantiles en las universidades.
Allí, un hombre que lee un libro en su balcón
arroja a la cabeza de un vigilante un pan, éste rebota
y va a parar a las manos de una señora, que lo recibe
un piso arriba. Abajo y arriba de los personajes hay inscripciones
que aluden a Perón: «Muera el que te dije».
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La de Tristán muestra a un Perón
representado como jinete militar, con laureles en la cabeza,
mirada dura y distintivos nazis. Tiene también
una lanza con una cruz en un extremo, y está arremetiendo
a tres mujeres que intentan detenerlo. Son ellas «universidad»,
«libertad sindical» y «prensa libre». A un lado yace moribunda
otra mujer («ley 1420»), que simboliza la ley de educación
gratuita, obligatoria y laica sancionada en 1882. La fuerza,
lo clerical y lo nazi de un lado; las libertades
individuales, del otro.
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Pese a esta interpretación típicamente
decimonónica -donde el «enemigo de
las ideas» era el clero- tiempo después, y previo
al golpe de estado contra Perón en 1955, sería
la Iglesia Católica la que algutinaría a todo
el arco anti-peronista, cuando las relaciones con el estado
se rompieron de manera irreconciliable. Socialistas, comunistas
y católicos desfilaron juntos en ese momento contra
el peronismo. Para completar la paradoja, digamos que si
bien durante los años del peronismo «clásico»
(1946-1955) los universitarios fueron opositores al régimen,
será ese mismo ámbito el que dará origen,
al calor de los convulsionados '60 y '70, a una nueva generación
que levantará consignas populistas y revolucionarias
en torno al '73, esto es, cuando el retorno de Perón
a Argentina luego de dieciocho años de proscripción
y exilio.
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Los modelos económicos ensayados bajo
la administración peronista también recibieron
la mirada caricaturesca. No había pasado mucho tiempo
del estreno en Argentina de la planificación estatal
(los primeros planes datan de los años '30); y fue
con la asunción de Perón que esta preocupación
adquirió una precisión temporal: los planes
debían ser «quinquenales». Así,
existieron dos planes quinquenales entre los años
1946-1955, profusamente difundidos por los medios oficiales.
El primero tuvo un marcado signo industrialista, con una
fuerte intervención del estado como empresario. Fueron
los años dorados del peronismo, con
una redistribución de las riquezas -acumuladas durante
la Segunda Guerra Mundial- en favor de los sectores populares.
El segundo plan quinquenal, en cambio, fue más austero
y volvió a darle importancia a las producciones tradicionales
(agro-ganaderas), a la vez que demostró los límites
de la industrialización sustitutiva, demasiado dependiente
de los insumos importados, con subsidios que eliminaban
la competencia y, por tanto, la modernización tecnológica.
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Es nuevamente Tristán el que nos muestra una visión
del tema en «La Vanguardia»: Perón,
de pie sobre el coche presidencial y secundado por una escolta
de motos, transita por una avenida de fachadas industriales
donde cuelgan carteles de «Perón cumple».
Por detrás de estas hay vacas y campos abiertos;
incluso, en un costado, se ve a un hombre que introduce
troncos en un fogón para crear humo en la chimenea,
y simular la marcha de la «fábrica».
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El mismo Tristán también nos anuncia
el final de la euforia económica para el régimen:
el Perón de laureles en la cabeza está ahora
ordeñado una vaca que lleva la inscripción
«1947», al tiempo que se vienen otras notoriamente
flacas de los años sucesivos.
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Otras dos caricaturas aparecidas en «Cascabel»
refieren humorísticamente los problemas de abastecimiento:
en la primera de ellas aparecen personajes de galera y cigarros
que observan desde un telescopio los productos de primera
necesidad; en la otra, un inmigrante comenta que se fue
de su país por la escasez de comida, mientras aguarda
obtener papas en una larga fila.
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"-Sí, nos vinimos
de Italia porque allí escaseaba la comida."
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Es que hubo improvisación y mala suerte
en los efectos de los planes peronistas. Por un lado, los
aumentos salariales intensificaron explosivamente el consumo,
lo que produjo desabastecimiento. A su vez, desde el año
'49 y hasta el '53 una prolongada sequía redujo la
producción agraria y las exportaciones, con las consecuencias
para los productos de consumo masivo (donde llegó
a ofrecerse hasta pan negro en los comercios). De modo que
la alusión de Tristán a la fachada
industrial puede servirnos para simplificar -exageradamente-
la cuestión: en Argentina, el capitalismo agrario-dependiente
siempre estuvo por detrás de la industria.
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Como corolario de este tema, y con el tono satírico de
las caricaturas de la época, nada mejor que la particular
«opinión» de Cesar Bruto, en un personaje
imposible: un chabacano, vestido con sobretodo y bastón,
anotando sus impresiones sobre los precios en un estilo
ridículo. Un grasita con lenguaje tilingo
(para los no habituados a los argentinismos: alguien vulgar
que se expresa en forma extravagante).
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Esta fragmentaria muestra, y sus comentarios,
no pretende agotar el tema, sino abrir un panorama vastísimo
para el análisis de la caricatura política
y sus relaciones con las imágenes sociales durante
el peronismo. A la vez, nos invita a agradecer aquellos
dibujantes que, bajo censura, se tomaron la libertad de
jugar con caricaturas (Pero jugar en serio).
Por Marcelo Luna
luna@icarodigital.com.ar
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