Siempre vale la pena ser honrado. Siempre vale la pena
ser honesto. No sólo en lo que hace al dinero sino también
en la conducta cívica. El que se calla la boca ante un atropello
del poder, es un deshonesto. La Argentina es una sociedad deshonesta
principalmente porque soportó y hasta aplaudió a sus dictadores.
Y no sólo el pueblo en general cometió esa deshonestidad
con los principios éticos sino también sus intelectuales,
sus hombres de la justicia, sus políticos, sus militares, las
iglesias. Hemos visto impasibles cómo ministros, funcionarios
y jueces de la dictadura pasaron a ocupar los mismos cargos en los dos
gobiernos elegidos, en 1983 y en 1989.
Soportamos mirando hacia el costado que sigan siendo parlamentarios
quienes votaron leyes de perdón a criminales de la peor especie
que practicaron o permitieron la tortura, el robo de niños y
la muerte de prisioneros, la violación, la humillación
extrema de embarazadas. Esos brutales asesinos están libres y
cobran jubilaciones- más, hasta son electos gobernador e intendente
- y sus perdonadores siguen siendo representantes de la sociedad. Si
así son sus representantes, cómo será esa sociedad.
Los negociados marcan como viruela al orden establecido. No sólo
se venden armas a pueblos amigos para matar pueblos amigos sino también
se engaña hasta en concursos para televisión. Todos quieren
ganar, ganar, ganar sin tener en cuenta que allí donde se gana,
pierden las mayorías.
Ser deshonesto es hacerse construir un palacio mientras hay familias
de seis hijos que sólo tienen un techo de paja lleno de vinchucas
y ni siquiera agua para beber.
Eso es deshonestidad. Es deshonesto un gobernante o un empresario que
vive en una sociedad de éstas características y no hace
nada por terminar con ese estado de cosas. Además, los argentinos
somos deshonestos porque le catalogamos una nacionalidad al trabajo:
los que nacieron un centímetro más allá de las
fronteras ficticias, no tienen derecho a ganar el pan para sus hijos,
a pesar que la naturaleza no tiene fronteras ni los frutos tienen nacionalidad.
Los que hicieron grandes fortunas durante las dictaduras siguen gozando
de ellas mientras las cárceles están repletas de ladrones
de gallinas. Esa es la conciencia argentina, nuestra manera de ser,
nuestra característica. Somos severos con los débiles
pero se nos cae la baba cuando los que tienen la manija nos saludan
apenas, mientras nosotros les respondemos con la venia y el golpe de
tacos.
Ser honesto no es sólo parecerlo sino ser protagonistas para
que la sociedad sea honesta. Sino pagaremos nuestra debilidad o, lo
peor, la pagarán nuestros hijos y nuestros nietos.
Por Osvaldo Bayer
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