"Si uno
pudiera liberarse de la memoria quizá sería posible vivir
como los pájaros y también morir como ellos, convertir
a la muerte en un hecho natural, en una mansa entrega a la tierra. Pero
yo tengo mi mente perjudicada por la filosofía; me resulta imposible
dejar de pensar en las cosas que dejo o los que necesitan de mí,
y me cuesta aceptar que después de todo la muerte es una aventura
hermosa. Siempre me acuerdo de una copla de Castilla que decía:
Cuando la muerte venga no le ei de poner asiento/ así no vuelve
a venir/ y le sirve de escarmiento."
Estas son palabras de Leguizamón. En alguna de las tantas entrevistas
que le realizaron, dejó deslizar estos pensamientos y muchos
otros que revelan inmediatamente el complejo mundo cultural y musical
de este hombre. Siempre con su oído alerta a los sonidos de la
naturaleza, a las voces ancestrales como las de la Eulogia Tapia, quien
sin saberlo, cedió su nombre a una de las zambas más conocidas
del músico-precisamente La Pomeña- y a las aventuras musicales
contemporáneas (como Schoënberg y Erik Satie). Leguizamón
fue uno de los esfuerzos intelectuales y artísticos más
interesantes de este país por conjugar las viejas culturas, -aquellos
espectros de la tierra- y las vanguardias musicales.
Este salteño nacido el 29
de Septiembre de 1917 se colocó en medio del mito de viejas culturas
y la más moderna poesía de la soledad. Con sus músicas,
tejió un universo de sonidos y de melodías absolutamente
novedoso en el cual las voces antiguas entraban en diálogo amoroso
y artístico con la sonoridad universal. El Cuchi, tal
es su apodo y por medio del cual se lo conoce, fue un filósofo
de los sonidos, del mito y del humor.
Ante su obra, queda siempre la sensación
que el folklore, si bien tiene sonidos lejanos, infinitamente arcaicos,
respira, al mismo tiempo, la complejidad del mundo presente. Había
una suerte de ecos del surrealismo en sus conversaciones, en sus formas
de vivir en donde una humorada interrumpía siempre la lógica
de las acciones y la superficie esmaltada del mundo. Efectivamente carcajada,
diablura, coqueteo con la muerte y desvelo filosófico por el
paso del tiempo quizás sean los elementos que lo contengan, lo
constituyan y nos ayuden a comprender algo de él.
El periodista tucumano Roberto Espinosa
le ha realizado numerosas entrevistas; en una de las últimas
lo describe "sentado en su sillón, agitando el tiempo en un gesto
e intentando recordar viejos acordes. La bolsa de los años se
le ha subido al hombro. El Cuchi confiesa con dolorosa ironía
que se ha olvidado de tocar el piano y luego de un silencio, agrega
que está dispuesto a aprender de nuevo". A partir de 1994 Leguizamón
padece una afección cerebral que le provoca la pérdida
total de la memoria, hasta el punto que él mismo no sabe quién
es, hasta el final de sus días que ocurre el 27 de septiembre
del 2000.
Es muy escasa la bibliografía
sobre Leguizamón así como también su discografía.
Existen numerosas entrevistas realizadas en diarios que han sabido darle
la importancia y la jerarquía artística al hombre que,
desde Salta, revolucionó la música folklórica.
De ellas es necesario recordar las que le ha realizado el periodista
Roberto Espinosa del diario La Gaceta de Tucumán
aunque no todas han sido publicadas por el entrevistador. Otra larga
conversación con el compositor está registrada en el libro
de Humberto Echechurre del año 1955 que se llama "A
solas con el Cuchi Leguizamón".
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En relación a
su discografía es mínimo lo que se ha grabado
pese a la abundante obra que realizó entre los años
1954 y 1991. Existe una grabación de un concierto
realizado en el Auditorio de la Asociación Médica
de Rosario en 1984, editada luego por el Sello Melopea del músico
Litto Nebbia y una antigua grabación en la que
se lo registra cantando y acompañándose con la
guitarra, absolutamente inconseguible. Como es público,
dos de sus hijos afincados en Buenos Aires, el antropólogo
Juan Martín Leguizamón y el psicoanalista Delfín
Leguizamón, están realizando una intensa tarea
de recuperación de grabaciones musicales y de entrevistas
con el propósito de una publicación completa.
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Esta tarea es sumamente valiosa
puesto que Leguizamón realizó por ejemplo durante tres
días en 1987 sucesivos conciertos en la Sala Casacuberta del
Teatro San Martín de Buenos Aires y todos ellos fueron grabados,
de manera que la recuperación de ese material podrá dar
testimonio de muchas canciones que nunca quedaron grabadas siendo ejecutadas
por el propio autor.
La música para Leguizamón
tiene una dimensión eminentemente vital y alegre, es el horizonte
necesario en el que la vida debe vivirse, es algo que no le alcanza
para vivir pero que le hace vivir. El paisaje constituye el elemento
primordial, incluso llega a formular esa frase socarrona no podemos
ser empleados públicos del paisaje. El Cuchi le escribe
a su paisaje, se inspira en él así como en un profundo
trato con los animales, fuente de inspiración mimética,
melódica y rítmica. En ese sentido la música logra
que cada uno se reconozca y quiera más sus propias cosas. No
hay un espíritu pedagógico en Leguizamón, hay un
clima geográfico, cultural y político que expresa aspectos
de la problemática identidad nacional y que las personas que
lo escuchen podrán reconocer. Esa escucha, no siendo entonces
pedagógica, debe ser catártica, pero de una catarsis a
través del humor. Solo por la vía de la risa hedónica
se abre a la contemplación del espíritu esos trozos astillados
que en su rara conjunción podríamos llamar -entonces-
"identidad cultural".
Cuchi era, asimismo,
un gran lector, un "moderno" en Salta, un hombre culto e ilustrado que
provenía de la cepa interior del criollismo. Si cabe insistir
aún más, prestó gran atención a las manifestaciones
de todas las vanguardias artísticas, en la literatura, en la
música, en la pintura y en el teatro que eran sus notables pasiones,
al mismo tiempo que mantuvo el oído sumamente atento a las formas
anónimas y populares de la música del noroeste y realizó-
aunque escasamente conocido por ello, una amplia tarea de recopilación.
Su fuerza andariega, vital y juguetona,
lo llevó a una inmersión exuberante en la vida popular,
en sus fiestas y coplas. Su trato y amistad con los poetas debe destacarse
como una de las pasiones decisivas de Gustavo Leguizamón. De
todos ellos, Manuel Castilla fue su gran compañero artístico
y de correrías nocturnas -y, dígase, etílicas-
que conforman un anecdotario sutil e hilarante. Castilla al igual que
Leguizamón enarbolaba sus obsesiones alrededor de la gente del
pueblo, sus leyendas, los oficios, los paisajes. Tanto en Castilla como
en Leguizamón hay un fuerte pensamiento filosófico, una
filosofía arraigada y universal al mismo tiempo. Sus poesías
condensan un enorme diálogo con la condición humana, con
la finitud humana -desvelo de todas las filosofías-, al mismo
tiempo que una geografía y un territorio al que no renuncian,
que conocen profundamente y que los inspira infatigablemente para pensar
"en la espera de lo que somos".
Leguizamón defendía
insistentemente en la formación musical recostada en todo tipo
de audición. Escuchaba jazz, especialmente a las cantantes negras
como Billye Holliday, Sarah Vaughan, al pianista de jazz Art Tatum a
quien consideraba un pianista de gran categoría, al igual que
Duke Ellington quien no tenía nada que envidiarle a Toscanini.
Sumamente estimulado por las músicas de Alban Berg y Schönberg,
(sostenía que él no hubiera podido escribir la Chacarera
de la muerte si no hubiera escuchado a Schönberg) consideraba
que las recetas de la música con ellos habían estallado
pero que ese hecho no debía ser considerado una línea
negativa en la cultura. Para Leguizamón no habría líneas
negativas en la constitución de la identidad, por el contrario
proponía solazarse con esas audiciones para pensar con más
libertad la música argentina. A esa libertad la formulaba así:
cada artista puede ser un héroe; está obligado a ser
un héroe porque es una causa que te puede llevar a pelear por
todos emparentándose en esa afirmación con los filósofos
románticos europeos del siglo XIX.
Respecto del folklore asediaba
duramente a los que creían que es música documental y
más aún los que basados en esa idea deducen que no es
posible la innovación. En la música popular todos tendrían
derecho a cualquier innovación y la validez de ella estaría
en el talento. Para él como compositor la medida de una buena
canción es si se puede cantar porque la música es fundamentalmente
canto pero para que el canto fluya necesitamos libertad. Es con el dogma
que se ha pensado la identidad nacional.
El músico, finalmente debe,
según Leguizamón encontrar el paisaje, debe encontrar
la razón de su música, olvidarse del mercado, de la industria
cultural que constriñe la composición y embrutece, no
contribuir a la consolidación de los privilegios, hacer el esfuerzo
heroico de salir de la miseria espiritual en la que el hombre y la humanidad
han seguido insistiendo y construyendo privilegios a través de
esa miseria. ¿Se quiere más aporte de la música a la identidad
nacional, cualquiera sea el alcance que le demos a este concepto?
No hubo en este país un cuidado sobre su obra. No es nuestro
país un ámbito cultural que se caracterice propiamente
por ello y el reclamo a las instituciones culturales argentinas debe
ser persistente en este punto, pues a pesar de las dificultades harto
conocidas, nada justifica la pérdida, el abandono y la
desidia en torno de los soportes materiales de la memoria.
Por Liliana Herrero