Principal

Correo de lectores

Diarios

Cartelera

Titulares

Foros

Clima

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-

Año II - Nº 10
Octubre - Noviembre 2003

Editorial

Entrevistas
Juan José Hernández
Por Conrado Yasenza
El Damero
Breve historia de la tortura en Argentina
Por Marcelo Benítez
Los jefes de la nada
Por Alfredo Grande
El Gaucho en la tinta Parte I
Eduardo Gutiérrez: Con acento a rebeldía Por Marcelo Luna
Charla con Alfredo Moffatt
Por Marcelo Rebón
Ajo y Limones:
zona literaria y misceláneas
Diálogo del Poeta y la Parca:
Por Vicente Zito Lema
Mafalda
Por Marcelo Luna
Cuento:
"Estar en lo cierto"
Por Carola Chaparro
"El día de la Esperanza"
Fragmento
Por Mariano Carril
"Apropiación de las primeras necesidades"
Por José REPISO MOYANO
El ojo plástico
Presentación del libro de Augusto C. Ferrari
Por Conrado Yasenza
Batea
Libros:
"El Inquitante día de la vida"
de Abel Posse

por Carola Chaparro

Gacetillas de Prensa

Números anteriores

Distinciones

Biblioteca del Congreso de la Nación

Biblioteca del Congreso de la Nación


Propietarios y Directores

Marcelo D. Luna
Conrado A. Yasenza
José A. Borré

Diseño y Arte de Web

Icaro Digital

Registro de la Propiedad Intelectual 267822
Todos los derechos reservados
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Copyright ©
2001- 2003

Buenos Aires
República Argentina

Recomiende esta publicación.

Si desea publicitar y apoyar este emprendimiento cultural, escribanos

El Damero

Breve Historia de la Tortura en la Argentina

Una temporada en el infierno

Por Marcelo Benítez

     “...Una vez desnuda la diciente fue tirada sobre el elástico más cercano a la puerta; en los otros dos estaban desnudas dos jóvenes mujeres. Rosa Melgarejo (de unos 17 años) y su hermana, Ángela Melgarejo (de unos 22 años), a las que reconoció por haberlas visto en ocasión de sus conferencias comunitarias: vivían en el barrio de Saladillo. La diciente fue amarrada con las piernas y brazos abiertos sobre el elástico, como estaban las hermanas Melgarejo; le pusieron en un dedo del pie un cable. Pudo ver también que de pie, esposados a las espaldas y tenidos por los antebrazos por dos hombres cada uno, estaban un hombre que trabajaba en el puerto, de nombre Mario, compañero de Ángela Melgarejo y un joven de unos 17 años de nombre Horacio Lucero, del mismo barrio, al que los torturadores le dijeron ese día es: “A tu hermano Eduardo los de la Jefatura lo tiraron por montonero de la terraza; nosotros no te vamos a hacer eso
.“ En el lugar había, además de los cuatro individuos que sujetaban a Mario y Horacio, un quinto encargado del pasacintas, uno de los comandos y dos de los que habían llevado a la declarante...; en el momento en que a la diciente la tiraron y ataron al elástico le dijeron: “A ésta la vamos a ablandar”, mientras tanto estaban aplicando la picana eléctrica a Ángela, que gritaba mucho. Con otra picana empezaron a recorrerle el cuerpo a la diciente, comenzando por la cabeza, los ojos, los brazos, los pechos, los genitales y el ano; en fin, todo el cuerpo: al mismo tiempo le decían “cada vez somos más duros”. Las descargas eran repetidas pero aparentemente de poca intensidad todavía. A pesar de ello la declarante perdió el conocimiento. En ese momento los torturadores insistieron en que serían más duros, y comenzaron a aplicarle la picana a Rosa Melgarejo, ante lo cual recibieron insultos de Ángela y los muchachos prisioneros, que gritaban. Ante esto los torturadores pusieron música en alto volumen y gritaban, a su vez: “Sigan gritando que ni siquiera hemos empezado, y no se los oye”. Esta situación con torturas con picana alternativamente para los tres siguió un largo rato, hasta que los torturadores dijeron “ahora empieza lo divertido, lo mejor” y comenzaron a aplicarle a la declarante la picana eléctrica subiendo el voltaje hasta provocar que se arqueara su cuerpo. De inmediato violaron a Rosita Melgarejo, luego a Ángela y a la declarante, haciéndolo sucesivamente todos los torturadores y custodios que estaban presentes, los cuales se llamaban entre sí por apodos tales como “Flaco”, “Negro”, etc.; detalle que cuidaron mucho. Aclara la diciente que la violaron también por la vía anal, para lo cual previamente le introdujeron un palo en el ano diciendo que así sería mejor y podría notar las diferencias con sus penes. Ante la violación colectiva los dos prisioneros gritaban, y Mario le dio un puntapié a uno de sus custodios, con el resultado de que le aplicaron un culatazo con un arma corta en la cabeza y cayó desmayado al piso. Esta sesión de violación y tortura no sabe con precisión cuánto duró, porque la declarante perdió el conocimiento reiteradamente; vagamente sabe que fue transportada nuevamente en un automotor y apareció en la misma celda que antes tenía asignada. Advirtió que la habían vestido con ropa que no era la suya. Al día siguiente, sin haber comido ni bebido, nuevamente fue llevada al lugar de tortura. Al llegar estaba Ángela Melgarejo: no estaban los prisioneros ni sus custodios y sí sólo los encargados del pasacintas, los controles y la aplicación de picana y los dos custodios de la declarante. Los tres primeros dijeron: “A Rosita, que estaba muy buena, la regalamos al Batallón de Infantería”.

     “Ese día le aplicaron a la declarante una especie de auriculares en ambos oídos, a través de los cuales se oía un zumbido permanente y muy agudo: esa tortura le hacía perder el conocimiento casi de inmediato; resultaba muy dolorosa y producía fuertes dolores de cabeza...”

     “...También en este período de su detención clandestina, a la diciente la sacaron en varias oportunidades- calcula que siete u ocho- al patio interior del edificio donde estaba presa y la obligaron a ponerse de espaldas a la pared con otros prisioneros y desde una distancia de unos 10 ó 15 metros, cuatro o cinco individuos con uniforme de fajina, hacían disparos con pistolas hacia donde estaban los prisioneros, sintiéndose que las balas pasaban alrededor de su cuerpos...” “... El que conoció como “Teniente Machado” ordenó que llevarán al lugar a tres hombres prisioneros diciendo “Traigan a los Colombo”. Fueron introducidos por una puerta distante de la del acceso por la que fue entrada la declarante a la sala. Cuando estuvieron los tres prisioneros, el aludido “Machado” mostró una sevillana y unas muescas que tenía el mango de la misma y dijo:

"Esto es para que aprendan cómo somos aquí: con esta navaja he capado muchos subversivos y vamos a caparlos a todos": Y ordenó que los presos se bajaran los pantalones y mostraran sus partes pudendas para verificar lo dicho: los tres prisioneros estaban muy flacos, con los ojos ausentes, sin dientes, con los cabellos mortecinos..." (Testimonio de Ana María Moreyra ante la Comisión Argentina de Derechos Humanos, publicado por "Siete días" N° 848, Año XV, 1983).
"Se juraron amor eterno"
Cuadro de Carlos Alonso

Referir la historia de la tortura en la argentina es internarse en una selva de horrores, sin duda, en un lugar donde los hombres se convierten en salvajes. Donde reina la insensatez y la infamia. La degradación de la especie en una exaltación atroz de la barbarie.
El panorama inaudito que se nos presenta, en cualquier país, durante cualquier gobierno, cuestiona la ser humano al presentarlo como un juguete de su propio furor y de su propia debacle.
Muchos fueron los autores que indagaron el origen de esa destructividad. Freud nos habla de la existencia de un Instinto de Vida y de un Instinto de Muerte. Lo ideal para el padre del psicoanálisis es que predomine el primero, pero casi siempre se presentan amalgamados y, en muchas ocasiones, actúa la agresividad, conduciendo a la humanidad a su exterminio.
El sentido último del tormento es un misterio. Nada lo justifica pero siempre, legal o ilegalmente, ha existido. Hay acuerdo en ubicar su origen en el Derecho Romano, sustentado en la violencia probatorio o confesión. El capítulo 18 del Libro LVIII del Digesto de Justiniano "De questionibus" establecía con claridad las reglas a las que se someterían los jueces para torturar a los presos.
Desmembrado el Imperio Romano, el suplicio perduraría en los pueblos más romanizados. Por ejemplo, merovingios y carolingios lo abandonan, no bien rompen los lazos con esa cultura. Pero los visigodos lo restablecen al asentarse en España, la región que más influencia recibió de Roma. El brillante trabajo del investigador Ricardo Rodríguez Molas, publicado con valentía en "Todo es historia" N°. 192, refiere que el rey visigodo Chindasvinto, que reinara entre el 642
Y el 653, autoriza a torturar personas libres, de cualquier clase social, por un período no mayor de tres días y en presencia de un juez; asimismo, castiga la homosexualidad con el corte de los testículos. Más tarde se introduce la ordalía del agua caliente (llamada caldaria) para determinar la culpabilidad o inocencia del acusado. Eran frecuentes entre los visigodos los azotes y las mutilaciones, la descalvación (desprendimiento del cuero cabelludo), la amputación del pulgar derecho y la castración. Por su parte el XVI Concilio español confirma el mencionado castigo a la homosexualidad y lo extiende a sacerdotes y diáconos.
Años más tarde, y siempre en España, hallamos que en "Las siete partidas", continuadoras del Digesto romano, Alfonso X recuerda que "los prudentes antiguos han considerado bueno atormentar a los hombres para sacar de ellos la verdad (VII, 30, "De los tormentos").Sin embargo, en la práctica, la tortura era aplicada sólo a los desposeídos de títulos nobiliarios.
1- La Edad Media es el período histórico en el cual se desarrolla precisamente toda una nueva concepción de la Justicia Penal, que luego los grandes juristas del Renacimiento darán forma definitiva. Antiguamente, los métodos de la ordalía del agua o sus similares, dejaban librado al azar o eventualmente a los "dioses" la determinación de la inocencia o culpabilidad del reo. Es recién en los siglos centrales del medioevo que se impone la necesidad de establecer la verdad de lo ocurrido, dando como resultado la investigación penal. Ante la evidencia de un delito, surge un problema a resolver: el misterio de quién lo cometió. La necesidad de revelarlo ponía en marcha la máquina de la investigación, que adoptaba la forma secreta y escrita. El acusado no podía tener acceso a los autos, ni conocer la identidad de los denunciantes; le estaba vedado interiorizarse, incluso, del sentido de las declaraciones antes de enfrentar a los testigos. No tenía derecho a un abogado. Por su parte, el juez podía recibir denuncias anónimas, ocultar al acusado la causa de la detención, interrogarlo capciosamente. El secreto que rodeaba las indagaciones parece originarse en el temor del soberano a los tumultos y la gritería de la multitud, su posible violencia contra las partes y aun contra los magistrados; "ante la justicia del soberano- explica Michel Foulcault- todas las voces deben callar". Era, pues, una exhibición más del poder del soberano ante la impávida docilidad del súbdito. Con todo, esta inclinación a conocer la verdad y castigar al auténtico culpable, definió un modelo riguroso de demostración penal. La sentencia exigía siempre la presentación de las pruebas. Todavía en el siglo XVIII, se encontraba vigente una amplia clasificación:
1- Pruebas ciertas, directas o legítimas (Ej. Testimonios).
2- Pruebas indirectas, conjeturales.
3- Pruebas imperfectas o leves.
4- Pruebas "urgentes o necesarias", que eran "plenas" (Ej. El testimonio de testigos irreprochables).
5- Pruebas "semiplenas" o indicios próximos, que el acusado podía destruir con una prueba contraria.
6- Indicios lejanos o "adminículos". (Ej: el rumor público, la huida del sospechoso, etc.).
Pruebas que, en su conjunto, tenían una función operatoria. La obtención de una prueba plena condenaba al acusado a muerte (casi por cualquier delito), en tanto que una "semiplena" impedía la juez este castigo máximo. Un complicado mecanismo convertía a la investigación penal en un arte sólo para especialistas y un método para establecer la verdad sin el acusado. Y la prueba máxima era la confesión, por la cual la Justicia eludía la trabajosa combinación de los indicios, al tiempo que despojaba al procedimiento penal de lo que podía significar arbitrariedad de la autoridad, ya que por ese acto el acusado mismo reconocía su triunfo.
Pero si hablamos de obtención de una confesión, hablamos naturalmente de tortura, que era el método por el que se la lograba. Cabe enfatizar, sin embargo, que durante todo este período el tormento se aplicaba con crueldad, pero de ninguna manera con salvajismo. Estaba minuciosamente reglamentado: ni podía ser demasiado débil que permitiera al acusado resistirlo, ni debía ser excesivo que provocara la muerte. Se regulaba el momento, la duración, los instrumentos utilizados, la longitud de las cuerdas, las intervenciones del magistrado, etc. Era por sobre todas las cosas un desafío, una lucha, entre el magistrado y el supliciado (que recibía el nombre de "paciente"); si éste último resistía, no podía ya ser condenado a muerte.
Paralelamente a su función de método de investigación, la tortura era también un semicastigo. En el preciso instante de la acusación, el individuo era considerado semiculpable. No era mantenido en la categoría de inocente hasta que se demostrara su culpabilidad; antes bien, los indicios y semipruebas que se iban acumulando lo transformaba en cada vez más culpable. Resultaba lógico, entonces, imaginar que en un determinado momento de la investigación, el reo comenzara a merecer cierta cuota de castigo (Michael Foulcault, "Vigilar y Castigar", Ed. Siglo XXI, 1981).
El ejemplo más acabado de toda esta concepción penal lo constituye, sin duda, la Inquisición. Herrera Puga, al comentar el manuscrito de quién fuera capellán de la cárcel de Sevilla entre los años 1578 y 1616, el jesuita Pedro de León, refiere que para lograr una confesión plena y detallada, no se ponía límite a ningún tipo de procedimiento. Con este fin, se aplicaban hierros candentes y se cortaban manos, a lo que se le sumaban las deplorables condiciones de las cárceles: suciedad, falta de luz y aire, humedad, insectos, hambre. Realidades que llevaban, muchas veces, a los condenados al suicidio.
Los instrumentos utilizados en esa época, y que pasarían sin variantes al Virreinato del Río de la Plata, eran:
l- El potro o burro, que ya conocían los romanos, consistente en una tabla de dos metros de longitud y 50 cm. de ancho, acanalada, conformando una mesa sobre la cual se extendía el cuerpo del supliciado y, mediante correas, un gato de hierro y un torniquete, se estiraban los miembros del acusado. Solía agregarse pesos colgantes a los extremos inferiores de la víctima para aumentar el dolor.
2- El tormento del agua, que con frecuencia acompañaba al potro. Se aplicaba un lienzo muy fino sobre el rostro y sobre él se vertía lentamente agua, que adhería a la nariz y boca, provocando asfixia.
3- La garrucha. Se suspendía al reo hasta cierta altura del techo ( a veces con pesas en los pies) y se lo dejaba caer con violencia.
4- Estaban muy difundidos, igualmente, el cepo, los azotes, las mutilaciones, las castraciones. Respecto a éstas últimas resulta ilustrativo lo acontecido a bordo de la nave que comandaba Jaime Rasquín. Cuenta un miembro de esa frustrada expedición al Río de la Plata, Alonso Gómez de Santoya, cómo, ante un caso de homosexualidad, se ejecutó a un contramaestre y se castró a dos grumetes: "Aconteció un caso nefasto y harto estupendo, que en la nave capitana se halló al contramaestre que era puto, que se echaba con un muchacho y con otro, pasaba un caso horrendo; y al contramaestre dieron garrote y echaron a la mar, y alos muchachos azotaron, por ser sin edad les quemaron los rabos; cosa que dio alteración harta en ambos naos". (Ricardo Rodríguez Molas, op.cit.).

INDIOS Y ESCLAVOS <arriba>

Las reales motivaciones que impulsaron la conquista de América por parte de España no pueden ser otras que las ambiciones de extender el poder y el dominio (incluyendo muy especialmente el económico) de la Corona, con el consabido sojuzgamiento de las civilizaciones que se hallaran. La polémica giró, no alrededor de los derechos de la realeza española a ejercer ese poder, sino en las excusas más apropiadas para justificar los genocidios y torturas que la empresa, sin duda, requeriría.

"¡Cambarangá!"
Pintura de Juan Carlos Castagnino


El almirante Cristóbal Colón fue el primero en enviar a la península un grupo de indios para que fueran vendidos en subasta pública. La reina Isabel, sin embargo, dudó acerca de la legitimidad de dicha venta y ordenó depositar el dinero recaudado y dilatar la entrega de los indios a efectos de reflexionar sobre la cuestión. Finalmente, a mediados del año 1500, resuelve ponerlos en libertad y restituirlos a su lugar de origen. Contemporáneamente a esta medida, en América se comenzaron a repartir las tierras entre los conquistadores. Una repartición que no satisfacía si no se acompañaba de una repartición de indígenas, que la hiciera productiva. Surge pues la discusión de la conveniencia de considerarlos libres o esclavos. Juristas y teólogos debatieron por años estas cuestiones, intentando compatibilizar los intereses económicos de quienes llevaban adelante la conquista y el antiguo derecho de gentes. La controversia se resuelve por bula del papa Pablo III, del 2 de junio de 1537, que declara a los naturales de América seres racionales y, por lo tanto, susceptibles de conversión al cristianismo. A su vez, y por influencia de las denuncias dominicas, el rey Fernando reúne una Junta de Teólogos y Juristas, la cual dicta las "Leyes de Burgos", a fines de 1512. por estas leyes se establece la legalidad del sometimiento de los indígenas al trabajo pero en condiciones humanas y siempre que no se obstaculice su conversión. Pero más adelante, el mismo rey, encomienda al jurista Dr. Juan López de Palacios Rubios, la creación de una fórmula jurídica que otorgara legalidad al sometimiento. El resultado es desconcertante para cualquier ser racional pero desenmascara, con exceso de claridad, los oscuros mecanismos por los cuales se justificó la conquista. Se resuelve que, antes de atacar una ciudad o una aldea nativa, debía leerse en presencia de sus habitantes un escrito conteniendo el origen de la raza humana, y el dominio espiritual del papado, así como el justo título de los reyes de Castilla (jefes en la propagación de la fe y señores indiscutibles de las tierras descubiertas). Una vez informados los indígenas, estaban obligados a aceptar el dominio español; y si se resistían era legal y hasta necesario iniciar una guerra "justa" contra ellos.
Aliviadas las conciencias por esta concepción, se da comienzo a uno de los períodos más devastadores de la historia de la humanidad. La Iglesia Católica aliada con la nobleza española lleva a cabo el próspero negocio de la depredación. En 1578, el provincial jesuita en el Perú, en su obra " De procuranda indorum salute", aconseja poner a los indios el "freno y el cabestro". Justifica la servidumbre indígena porque deriva de sus " acciones bestiales" y de " sus perdidas costumbres, que no obedecen más que al apetito de su vientre o lujuria". A lo que agrega: "Aprieta el jumento las quijadas con el cabestro y el freno, imponle cargos convenientes, echa mano si es preciso al látigo; y si da coces, no por eso te enfurezcas ni lo abandones... la índole de los bárbaros es servil, y si no se hace uso del miedo y se les obliga con fuerza como a los niños, rehúsan obedecer". El mismo criterio sustentó, en la segunda mitad del siglo XVI, el virrey Francisco de Toledo al organizar la servidumbre en el Perú, atendiendo los intereses de los grandes propietarios y encomenderos. En carta a Felipe II, justifica la brutalidad contra los indios: "...puede Vuestra Majestad ordenarles a los indios leyes para su buena conservación... y gobernarles con algún temor porque de otra manera no harán nada". Por entonces era común marcar con un hierro al rojo el cuerpo de los esclavos, insumisos y delincuentes. El jurista Solórzano Pereyra sostuvo hacia 1770 que: " En siendo esclavos legítimos, el mismo derecho introdujo la costumbre de poderlos herrar en el cuerpo o en la cara, a voluntad de sus amos, o ya para castigarlos por sus hechos y excesos, o ya para tenerlos más seguros de que no huyesen". (Juan de Solórzano Pereyra, " Política indiana", Madrid, B.A.E., 1972). Y en nuestro territorio, el gobernador del Río de la Plata, Francisco de Céspedes, en 1629 solicita al rey autorización para herrar a los indios de Buenos Aires en los siguientes términos: "Conviene... señalarlos en el rostro... para enfrenar su furia y venderlos, y es tanta verdad esto que teme más el indio que lo embarquen desterrándolo a Brasil, que si lo sentenciaran a muerte".
Con todo, las atrocidades cometidas contra los indios no estuvieron exentas de voces de denuncia. En 1510 desembarcaron en Santo Domingo los primeros sacerdotes dominicos que no tardaron en reaccionar ante la conmovedora situación de los naturales. Así, a los sermones de Fray Antonio de Montesinos se le sumará la acción de Fray Bartolomé de las Casas y de Francisco de Vitoria. Las Casas describe de este modo los tormentos aplicados a los indígenas: (Respecto a un gobernador particularmente sanguinario, refiere) "Entre infinitas maldades que éste hizo y consintió hacer el tiempo que gobernó fue, que dándolo un cacique o señor de su voluntad, o por miedo ( como más es verdad), nueve mil castellanos, no contentos con esto, prendieron al dicho señor, y átanlo a un palo sentado en el suelo, y, extendidos los pies pónenle fuego a ellos porque diese más oro, y él envió a su casa y trajeron otros tres mil castellano; tórnanle a dar tormentos, y él no dando más oro porque no lo tenía o porque no lo quería dar. Tuviéronle de aquella manera hasta que los tuétanos le salieron por las plantas y así murió" ( De " Brevísima relación de la destrucción de Las Indias ", por Fray B. De Las Casas).
La tortura y la muerte fueron, pues, los medios de imponer los intereses económicos de los conquistadores en nombre de la civilización occidental y cristiana ( hoy exaltada por las Fuerzas Armadas argentinas), despojando a los naturales de su propia cultura. Prueban este argumento, una vez más, las palabras del jesuita Acosta: " Es necesario- dice- que la condición de los bárbaros de este Nuevo Mundo por lo común es tal que como fieras, si no se les hace alguna fuerza, nunca llegarán a vestirse de la libertad y naturaleza de hijos de Dios" (R. Rodríguez Molas, op. Cit.).


LA TORTURA Y EL VIRREINATO DEL RIO DE LA PLATA
<arriba>

Ya a mediados del siglo XVIII, al tiempo que en Europa daba comienzo la prédica de reformadores como Beccaria, Voltaire y otros, que repudiaron el tormento, el cabildo de Santiago del Estero aconseja no torturar, por razones de conveniencia táctica, a los alcaldes indígenas y caciques que contribuyeran a conservar el dominio, pero la decisión no se hacía extensiva a los demás naturales. Es más, en 1785, la Real Audiencia autoriza a castigar físicamente a reos considerados de "baja suerte", es decir, de condición humilde. Y en 1789, los cabildantes de Córdoba informan al mismo organismo que era práctica frecuente flagelar a negros e indios sin juicio previo. Y señalan con euforia en 1795: " Se ha observado por remedio usar de azotes con los reos de esta naturaleza, pues con este castigo se ha experimentado ya alguna enmienda en años antes, gozando los vecinos de paz y quietud". (Archivo General de la Nación, Tribunales, legajo 210, expediente 5; legajo 196, expediente 12: Citado por Rodríguez Molas). Toda una mentalidad que explica, sin más comentarios, el célebre suplicio de Tupác Amaru, descuartizado por cuatro caballos. Violencia que pronto invade otros ámbitos. En 1805, el "Semanario de Agricultura, Industria y Comercio", editado en Buenos Aires, denuncia el castigo corporal a niños aplicado en las escuelas y en la propia casa paterna.

HACIA LA ABOLICION DE LOS INSTRUMENTOS DE TORTURA, 1813. <arriba>

Es por influencia del Iluminismo que se irá creando, a partir del inicio del siglo pasado, una concepción contraria a esta clase de violencia penal. Si bien es cierto que los escritos de Beccaria, en particular el "De los delitos y las penas" (1764), recién serán analizados hacia 1820 y sólo en los círculos cercanos a Rivadavia, desde 1810 se impone cierto repudio a la tortura; lo que justificará su abolición como práctica legal en 1813. En esa ocasión, la Asamblea General Constituyente sostiene que "el hombre ha sido siempre el mayor enemigo de su especie y por un exceso de barbarie ha querido demostrar que él podía ser tan cruel como insensible al grito de sus semejantes", por lo que aconseja eliminar de todos los códigos "esa ley de sangre".

Pero ¿ podemos confiar en su eliminación efectiva? La investigación histórica parece confirmar lo contrario. Ya en 1812, un año antes de la abolición definitiva, la Comisión de Justicia de Buenos Aires impone una diferenciación sustancial: penas corporales a los hombres de color; y penas pecuniarias a los blancos. Y en 1817, sabemos que el alguacil mayor de la ciudad pide la "recomposición urgente" del potro para dar "castigos en la cárcel"; días más tarde se entrega el temible instrumento en condiciones óptimas para ser usado. Los azotes y demás castigos corporales a los niños se prohíben el 9 de octubre de 1813; sin embargo, ya en 1815 la Junta de Observación autoriza nuevamente la flagelación a escolares. Ese mismo año, inclusive, con fecha 22 de mayo, "El Americano" comenta la reimplantación de esta costumbre en la escuela del Convento de San Francisco.
Con todo, un incremento de esta práctica aberrante de la tortura lo constituye el período de Rosas (gobernador de Buenos Aires entre 1829- 1832 y 1835-1852). En 1830, un peón relata en el pasquín "El Gaucho", que Rosas lo condenó a un día de cepo por beber demasiado. Pero toda la etapa del Restaurador de las Leyes ostenta el signo de la violencia. Se implanta la pena de muerte y la confiscación de bienes por razones políticas. El fraile José Félix Aldao, a su vez, sacerdote que se plegó a la milicia a fin de dar satisfacción a su extrema crueldad, y que gobernó Mendoza a partir de 1842, fue responsable, por ejemplo, de la muerte de Francisco N. Laprida (quien fuera presidente del Congreso de Tucumán al declararse la independencia), en una feroz matanza que ordenó el mencionado clérigo para castigar la muerte accidental de su hermano Francisco, y de la que fuera responsable el propio Aldao. O su decreto por el cual declaraba "locos" a los unitarios, inhabilitándolos para testar, heredar o dar testimonios en los juicios.
Respecto al tormento, dan cuenta de él las memorias del general Paz, cautivo en santa Fe. En esas páginas narra cómo el ayudante Echagüe mortificaba a las indias cautivas exhibiendo las manos seccionadas y sangrantes de sus compañeros o sus cabezas. En 1846, en Jujuy, se da autorización para azotar a los reos sin juicios previos. Y en 1851, en la misma provincia, los jueces pueden condenar a muerte con un " breve sumario".
Pero el testimonio más elocuente de este período, en el que muchos autores descubren características prefascistas, lo hallamos en el poema "La refalosa" de Hilario Ascasubi. He aquí, para finalizar esta primera etapa de la investigación, algunos versos de ese poema: "Unitario que agarramos / lo estiramos; / o paradito nomás / por atrás, / lo amarran los compañeros / por supuesto, mazorqueros /... lo tenemos clamoriando; / y como medio chanciando / lo pinchamos, / y lo que grita, cantamos / la refalosa y tin tin, / sin violín... / Cuando algunos en camisa / se empiezan a revolcar, / y a llorar, / que es lo que más nos divierte; / de igual suerte / que el Presidente le agrada, / y larga la carcajada / de alegría... / lo agarra uno de las mechas, / mientras otro / lo sujeta como a un potro / y de las patas... / Entretanto... / con un puñal bien templao / y afilao, / que se llama el quita penas, /le atravesamos las venas / del pescuezo..."

En la segunda entrega de este trabajo se abordará El período liberal, etapa política que sienta las bases para el golpe de 1930, el cual derivará hacia la generación de las condiciones de posibilidad para la implementación de la más cruel de las dictaduras que nuestro país haya sufrido; dictadura en la que utilizaron atroces métodos de tortura y desaparición de personas, y a la que perversamente se denominó PROCESO DE REORGANIZACIÓN NACIONAL.

Por Marcelo Manuel Benítez


FUENTES CONSULTADAS <arriba>

- "Todo es historia" N° 192 (Ricardo Rodríguez Molas, Tortura, suplicios y otras violencias) Mayo 1983.
- "Vigilar y castigar" de Michael Foulcault ( Ed. Siglo XXI, 1981).
- "Historia económica y social argentina" de Fernando L. Sabsay. Bibliográfica Omega, 1967, Tomo I.
- "Cuadernos de Marcha" N° 44, 1970.
- "Nueva Presencia" ( ediciones varias)
- Diario "Clarín" ( ediciones varias)
- Revista "Siete Días" N° 848; semana del 14-9-83 al 20-9-83.

Su Opinión sobre esta nota:
E-mail F
Nombre y apellido:
Ciudad:
País:

Soporte y Administración de Web: aborre@icarodigital.com.ar
Copyright © 2001- 2003 www.icarodigital.com.ar

Todos los derechos reservados


Bannerlandia