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Año II - Nº 10
Octubre - Noviembre 2003

Editorial

Entrevistas
Juan José Hernández
Por Conrado Yasenza
El Damero
Breve historia de la tortura en Argentina
Por Marcelo Benítez
Los jefes de la nada
Por Alfredo Grande
El Gaucho en la tinta Parte I
Eduardo Gutiérrez: Con acento a rebeldía Por Marcelo Luna
Charla con Alfredo Moffatt
Por Marcelo Rebón
Ajo y Limones:
zona literaria y misceláneas
Diálogo del Poeta y la Parca:
Por Vicente Zito Lema
Mafalda
Por Marcelo Luna
Cuento:
"Estar en lo cierto"
Por Carola Chaparro
"El día de la Esperanza"
Fragmento
Por Mariano Carril
"Apropiación de las primeras necesidades"
Por José REPISO MOYANO
El ojo plástico
Presentación del libro de Augusto C. Ferrari
Por Conrado Yasenza
Batea
Libros:
"El Inquitante día de la vida"
de Abel Posse

por Carola Chaparro

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El Damero

El gaucho en la tinta
(Parte I
)

Eduardo Gutiérrez:
Con acento a rebeldía

Por Marcelo Luna


Portada "El gaucho solitario"
JC Rovira Editor - Junio de 1933

 

El gaucho en la tinta

¿Cuántas maneras hay para nombrar al olvido? ¿Cuántos silencios fundan un recuerdo? El gaucho en Argentina ha tenido un curso paradójico en la conformación del estado: fue el sujeto propio de la «barbarie» y, por tanto, objeto de persecución y exterminio para cimentar las bases de un desarrollo capitalista. Y fue, también, símbolo de identidad nacional para ese mismo estado. Es decir que la construcción discursiva en torno al gaucho tuvo un recorrido, una historicidad particular, que «nace» tomándolo como elemento perjudicial y nocivo a la sociedad, y culmina consagrándolo en paradigma de una nación. Ese derrotero fue signando «lo gauchesco», abriendo un espacio intelectual y literario complejo y heterogéneo que ocupó la pluma de distintos escritores del siglo XIX y del XX. Eduardo Gutiérrez (1851-1889) fue un exponente singular en esta secuencia de gauchos en la tinta.


Eduardo Gutiérrez: con acento de rebeldía <arriba>

La máquina de escribir

Porteño,de cuna liberal y con una familia vinculada al periodismo y las letras (Ricardo y Juan María Gutiérrez eran sus hermanos), su obra se consagró en múltiples presencias: fue el primer novelista popular de Argentina. El primer novelista de América, al decir de Rubén Darío. Fue quien se animó a escribir para los paisanos de la campaña y los habitantes de los barrios orilleros de Buenos Aires, relegados como lectores en los diarios. Fue también quien ofreció una versión dinámica y enérgica de personajes reales y héroes románticos que potenciaban las modalidades tradicionales del pueblo, a contrapelo de los aires progresisitas y «civilizadores» de finales del siglo XIX. Fue polémico y polemista. Calificado de vulgar, pernicioso y malsano por sus contemporáneos. Escritor realista, según Jorge Luis Borges.

"Jamás pensaba lo que iba a escribir -relató su hermano Carlos-. Escribía mientras tenía pluma, tinta y papel, sin detenerse, con una fecundidad extraordinaria. Y después de sus folletines, su artículo y sus notas humorísticas, si el regente decía faltarle un par de columnas, a las dos de la mañana, con la misma frescura con que empezó la tarde, hacía esas columnas con rapidez asombrosa. Jamás releyó sus originales, ni corrigió sus pruebas."

Vivió 38 años, y había escrito 31 libros en una década. Eduardo Gutiérrez era una verdadera máquina de escribir.

Sus pasos en el periodismo los había iniciado cuando tenía 15 años, en el diario La Nación Argentina, bajo el pseudónimo de Benigno Pinchuleta, y haciendo una columna ligera de humor. Cuatro años más tarde ingresó a la vida de soldado en el fuerte sureño "General Paz", participando en algunas batallas contras las fuerzas del cacique Namuncurá. Su desempeño militar transcurrió durante uno de los momentos más intensos en la lucha contra el indio, ese otro sujeto de la «barbarie». Diez años duró esa experiencia en la milicia. Allí conoció de cerca la vida y las miserias de la población rural: asimiló uno a uno los saberes y memorias que daban cuenta de personajes resistiendo el abuso de las autoridades, condenados por "vagos" al servicio de armas en la frontera, o a conchabarse como peón de estancia. Esos personajes tenían un fondo de leyenda e historia, así como de arrojo y aventura, violencia y crimen. Hacia noviembre de 1879 -año de la llamada "Conquista del Desierto" y de la segunda parte del "Martín Fierro" de José Hernández-, Eduardo Gutiérrez publicó Antonio Larrea, su primer folletín.


Juan Moreira - "Jinetes Rebeldes" de Hugo Chumbita - Vergara Feb.2000
Desde entonces y hasta su muerte el éxito del género y la popularidad de su autor se unieron a los personajes novelados: Juan Moreira, Santos Vega, Juan Cuello, El Jorobado, El Tigre de Quequén, Hormiga Negra, Juan Sin Patria, Pastor Luna, El Chacho.

Novelas gauchescas, crónicas históricas, relatos policiales. La prosa de Gutiérrez destiñe voces rurales, la tinta se vuelve sangre, el miedo a la hoja en blanco se devela como miedo al silencio. Entonces el relato se cuela por los flancos, ágil, en fuga.

"La vieja Ramona no esperaba tan pronto la visita de Hormiga. Pensaba arreglar sus cosas para ir a prevenir lo que sucedía a su amigo, el padre de Hormiga Negra, y esconderse para que el hijo no la hallara a la hora de la cita con la hermosa Marta. Hormiga Negra se dejó caer del caballo, diciendo de una manera agresiva:

-Buenos días, lechuzón del infierno, ¿cuándo revienta?

-¿Y a qué viene esa manera de saludar a la gente? ¿Hemos hecho tan temprano la mañana?

-¿Qué, es acaso gente usted? Quien va a hacer la mañana es usted, vieja condenada, y no con ginebra sino con otra bebida más agradable. ¿Dónde está Marta?

-¿Y a qué viene ese afán? ¿Qué se yo dónde está Marta?

-Vas a contarme ahora mismo dónde está Marta, o te voy a cortar a pedacitos.

-Marta ha salido a pasear esta mañana y todavía no ha vuelto.

-Marta no ha salido a pasear, vieja maldita, sino que las has mandado donde yo no pueda verla; pero me vas a decir dónde está antes que te haga picadillo.

La vieja se consideró perdida. Por lo visto Hormiga lo sabía todo y venía dispuesto a vengarse. No había concluido la última palabra cuando Hormiga Negra se le fue al humo y le sacudió dos rebencazos de mano maestra. La vieja soltó un alarido de dolor y agarrando el arreador quiso responder. Pero al ver esto Hormiga dio vuelta su rebenque y le dio con el cabo tal golpe en la huesosa mano, que le hizo soltar el arreador a dos varas de distancia.

-¿Dónde está Marta, vieja maldita? -preguntó volviendo a sacudir la lonja-. ¿Dónde está Marta, vieja endiablada?"

(De "Hormiga Negra", 1881)


Libros que novelan (y no velan) lo popular <arriba>

Gutiérrez conocía el éxito masivo del folletín y de las crónicas históricas que en Europa atraían lectores de escasas exigencias y que, hasta cierto punto, habían estado relegados de la oferta literaria. Entonces el asunto fue dar letra a los sectores comúnmente iletrados. Rastrear tradiciones rurales, anécdotas, sumarios judiciales, dichos, silencios. Escribir como quien habla. Novelar a partir de un cúmulo de preposiciones: de, desde, hacia, para y según lo popular. Gutiérrez dio a luz a personajes ya muertos, para verlos realizar aquellos episodios que los condenarían a ser recordados para la letra de la ley, y olvidados para las letras. Es decir, los mal-ditos.

"Sus novelas, ahora -anotó Jorge Luis Borges en 1937-, pueden parecer un infinito juego de variaciones sobre los dos temas de Hernández «pelea de Martín Fierro con la partida» y «pelea de Martín Fierro y de un negro». Cuando se publicaron, sin embargo, nadie imaginó que esos temas fueran privativos de Hernández; todos conocían la pública realidad que los abastecía a los dos. Además, ciertas peleas de Gutiérrez son admirables. Recuerdo una, creo que la de Juan Moreira y Leguizamón. Las palabras de Gutiérrez se me han borrado; queda la escena. A puñaladas pelean dos paisanos en una esquina de una calle en Navarro. Ante los hachazos del otro, uno de los dos retrocede. Paso a paso, callados, aborreciéndose, pelean toda la cuadra. En la otra esquina, el primero hace espalda en la pared rosada del almacén. Ahí el otro, lo mata. Un sargento de la policía provincial ha visto ese duelo. El paisano, desde el caballo, le ruega que le alcance el facón que se le ha olvidado. El sargento, humilde, tiene que forcejear para arrancarlo del vientre muerto... Descontada la bravata final, que es como una rúbrica inútil, ¿no es memorable esa invención de una pelea caminada y callada? ¿No parece imaginada para el cinematógrafo?"

Juan Moreira fue, acaso, la figura emblemática del gaucho bravo en la pluma de Gutiérrez. Un bandido para las partidas policiales; un héroe para los paisanos. Éstos se identificaban en los atropellos que las autoridades ejercían en la población rural, despertando un singular acercamiento al personaje maldito. Ciertamente, Gutiérrez imprimió el mismo tono acusatorio que José Hernández en el "Martín Fierro" a la hora de defender los avatares del gaucho, denunciar los criterios "civilizadores" de su tiempo, y exponer las conductas y valoraciones de la gente rural. Así, entre esta población y el estado, entre la tradición y la modernidad, se dio una tensión especial que dio lugar a una doble legalidad: porque lo lícito no siempre era (es) lo justo. Y ésto, a su vez, era la razón del bandidismo.

"El gaucho viene a ser un paria en su propia tierra: marcha a la frontera enviado por vago (no encuentra trabajo), por falta de papeleta (no votó con el comandante sino con el patrón), o simplemente porque su mujer es una paisanita hermosa y codiciada. Sus caballos y sus animalitos se los han repartido como botín de guerra los que han saqueado su rancho; su mujer, sitiada por hambre, vive con el mismo alcalde o teniente alcalde que lo envió a la frontera; sus pobres hijitos han sido regalados a diferentes familias, a quienes servirán de criados. Aquel hombre tiene que vivir huyendo como un bandido: tiene que robar para llenar sus necesidades de la vida; empieza por matar defendiendo su cabeza y concluye matando por costumbre y por placer." (De "Juan Moreira", 1879)

Eduardo Gutiérrez compuso varios ciclos gauchescos, policiales unos, ficcionales otros, populares todos. "Los grandes ladrones", "Dramas policiales", "Dramas del terror", "Los montoneros" eran algunos de los títulos que agrupaban los distintos folletines. Si bien se nutrió con elementos de la tradición y del género folletinesco -como el sugerente "continuará en el próximo número", fórmula exitosa de retención-, Gutiérrez supo darle sesgos particulares a su narrativa. No eran héroes o figuras inventadas los protagonistas de las novelas, sino personas reales y largamente conocidas por la gente del campo. Moreira había sido guardaespaldas de Adolfo Alsina y cuchillero de Bartolomé Mitre, ambos prominentes políticos de Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX. El Chacho fue uno de últimos caudillos rurales de esa etapa, sangrientamente acallado. Hormiga Negra, un famoso delincuente de San Nicolás de los Arroyos. Juan Cuello, un bandolero de los tiempos de Juan Manuel de Rosas. Santos Vega, un gaucho legendario. Gutiérrez noveló biografías de ellos que, como en el caso de Juan Moreira, adquirieron una sustantividad propia hasta convertirse en «personajes» literarios. Todos reunían ciertas cualidades específicas de la vida rural, a modo de «reflejo» con la población de la campaña.

"Moreira era como la generación de nuestros gauchos, dotado de un alma fuerte y un corazón generoso. Tenía los sentimientos tiernos e hidalgos que acompañan siempre al hombre realmente bravo. El gaucho de corazón y de prendas de carácter no necesita hablar para ser comprendido por otro gaucho; dotados de una sensibilidad delicada, llegan al corazón con una mirada. Y el gaucho es así: toma cariño a una persona siguiendo un impulso del corazón. Quiere porque sí, sin darse cuenta de su cariño, entregándose por completo a la persona que se lo ha inspirado y llegando por ella hasta el sacrificio de la vida." (De "Juan Moreira", 1879)

Muchas situaciones eran recurrentes en los protagonistas de las novelas de Gutiérrez. Se trataba de gauchos que habían matado en «buena» y «mala» ley, que habían tenido escenas de pelea y de sangre contra la autoridad, perseguidos y, por eso mismo, admirados por el paisanaje.

"El Chacho se había trenzado con el mismo alcalde, mientras los compañeros vapuleaban a los milicos con su garrote de algarrobo. El Chacho no tardó mucho en avasallar al alcalde; le sacudió el garrotazo de gracia y lo echó al suelo desmayándolo sobre tablas, acudiendo en auxilio de sus amigos, dos de los cuales habían recibido contusiones serias. La justicia quedó completamente en derrota y mal parada sobre el campo de batalla. En vano el alcalde pedía favor a los vecinos que miraban; todos habían rodeado al Chacho, complacidos de que hubiera acogido a aquel trompeta." (De "Los Montoneros", 1884)

Eran singulares los retratos hacia las personas que detentaban el poder estatal en la campaña, ya fueran Jueces de Paz, Alcaldes o comandantes militares, donde Gutiérrez destacó sus vicios, desprolijidades y arbitrariedades. Una visión, en suma, donde la presencia de los agentes del estado era resistida por la población rural.

"El juez de paz no aparecía por parte alguna, a pesar de ser un poco tarde, pero esto no llamaba la atención porque no era la primera vez que andaba de jarana toda la noche y que quedaba dormido en algún ranchito hasta la siesta. Ya aparecería pagando su mal humor con los empleados de la policía, como había sucedido otras veces. Todos hablaban que el juez de paz había sido muerto por Monges en buena y leal pelea, y en la mayor parte de los semblantes podía leerse claramente la satisfacción con que la noticia era recibida. El cadáver del juez fue federalmente velado en la policía, adonde concurrió toda la Federación de Goya, que era escasa, pero que fue aumentada por los unitarios que eran tenidos por federales y a quienes no convenía ponerse mal con la autoridad. Otro juez había de venir, que empezaría a robar y matar unitarios para acreditarse." (De "El gaucho solitario", 1880)

También una historia pasional tenía lugar: la joven que había conquistado el corazón gaucho, signaba un destino para el protagonista. Algunas veces, como en "Hormiga Negra", la familia negaba ese amor. En esos casos el rapto de la amante era la única alternativa, motivando la huída y la persecución de la justicia. Otras veces, la ternura femenina hacía ablandar al criminal.

"-Quiero que nos vayamos de aquí -dijo fríamente Larrea-; haré lo que tú quieras. Me he resuelto a todo menos a perderte. Estoy convencido de que el único amor que se abriga para mí sobre la Tierra es el de tu corazón, y es recién anoche que lo he aprendido en su justo valor. Vámonos de Buenos Aires.

-Ahora es imposible -respondió ella-; yo misma estoy vigilada por la policía, a quien te delaté el mismo día que saliste de la Curia renegando de mí, que tanto te amaba, que te consagré mi vida hasta el extremo de hacerme cómplice de tus crímenes, puesto que los callaba, y en cambio de tanto amor y tanto sacrificio, sólo te pedía tu cariño que me has retirado delante de una muñeca que no serviría ni para que jugara un hijo mío. Mátame, Larrea, mátame -concluyó aquella mujer sobrenatural que lloraba, y Larrea, al oirla, temblaba todo-." (De "Antonio Larrea", 1879)

El realismo literario de Gutiérrez prescindió mayormente de descripciones que ambientaran las escenas, debido a su preocupación eminentemente narrativa en base a líneas de veracidad y verosimilitud surgida de los expedientes y sumarios policiales. A tal punto que muchas biografías salían publicadas mientras los mismos protagonistas seguían prófugos de la justicia. Era parte de una estrategia del diario La Patria Argentina, donde Gutiérrez escribía, a modo de «hacer dialogar» la parte informativa y la folletinesca. Así, en un mismo día, se publicaron estos párrafos sobre Julio Barrientos:

"Este gaucho que ha escapado a todas las persecuciones que le ha hecho la policía de la provincia, ha pasado a Entre Ríos, créese que por frente a Campana. Oficiales de policía han andado por los departamentos de Gualeguay y Gualeguaychú, en su perseguimiento, pero no han podido tomarlo. Indudablemente, Barrientos irá a los montes de La Zelmira al otro lado de Gualeguaychú y se unirá a los matreros que acompañaban generalmente al Boyero, a quien no se sabe cuál lo haya reemplazado como jefe de las cuadrillas."

"Julio Barrientos logró montar a caballo y pudo hacer un par de atropelladas, daga en mano, antes de ponerse en fuga cediendo a la superioridad numérica y a la ventaja tremenda de las armas de precisión. Las partida de policía lo persiguió sin descanso y con creciente deseo de tomarlo por espacio de dos días. Pero aquella persecución fue tan estéril como las anteriores, pues todavía no se han tenido noticias de Julio Barrientos. Tal vez no tardemos mucho en tenerlas, anunciando algún nuevo triunfo sobre la policía o alguna nueva y traviesa escapada."

(De "Hormiga Negra", 1881)

Son evidentes los tonos distintos de los fragmentos: en el informativo triunfa la autoridad; en el folletinesco -con la pluma de Gutiérrez- lo hace la valentía gaucha. Dos modos de registros para los lectores de entonces, del que éste último perduraría en el tiempo cuando se pasó del folletín al libro, con muy pocas correciones. Era función primordial de la novela popular amenizar la lectura, en especial para los sectores bajos; en Gutiérrez se agregó el acento puesto en la rebeldía contra las normas que relegaban a ese sector social.

"Para la justicia de campaña una muerte siempre es un asesinato. El hombre del pueblo que se bate a cuchillo es siempre un homicida. No sucede lo mismo con el que se bate a pistola o sable en el bosque de Palermo. Porque para nuestro gaucho, tan azotado por la autoridad, no hay más justicia que la que quiere imponerle el último alcalde de campaña. Mientras que para el gaucho no haya otra justicia que la que él mismo puede hacerse, el bandalaje no concluirá en nuestra campaña".(De "Hormiga Negra", 1881)

Finalmente había en Gutiérrez una apelación a los finales trágicos, a contrapelo de la básica novela popular, de conclusión abierta y con un «héroe» invencible que «renacía de las cenizas». Por el contrario, en la escritura de Gutiérrez muchas figuras eran traicionadas y entregadas a la justicia. El punto final lo era también para la vida narrativa del protagonista.

"Así murió ese hombre. Tuvo el coraje de rebelarse contra el poder de Rosas burlando la más temible policía que haya existido jamás en Buenos Aires." (De "Juan Cuello", 1878)


La vida gaucha según Gutiérrez <arriba>

La imagen del gaucho como personaje errante y solitario no se corresponde más que a los grupos marginales de la vida rural pampeana, según la investigación erudita (1). El gaucho en la tinta de Gutiérrez se desenvolvía en un escenario que incluía a la familia campesina y su autonomía económica, la pulpería como centro societal, y los diversos recreos típicos.

"Con la guitarra en la mano, el joven parecía otro hombre. Estos dos rasgos solos bastan para que Cuello adquiera un gran prestigio y ascendiente sobre todos los soldados, paisanos en su mayor parte, cuya leal y profunda amistad se conquista con estas dos prendas: un valor a toda prueba y una voz hermosa. A la pulpería concurría asiduamente un negro Sanes, muy payador y guitarrero, con quien Cuello cantaba con cifra con gran placer de los concurrentes." (De "Juan Cuello", 1878)

A las cualidades de ser bravo, se agregaba la de cantor y músico magistrales. Y toda la fama de los protagonistas residía en la pulpería, sitio de sociabilidad característico de la campaña.

"Un día Hormiga Negra abandonaba su casa de Arroyo del Medio y se iba a la pulpería. Pocas horas después repercutía en todas las estancias y puestos la noticia de que Hormiga Negra había peleado con este o aquel gaucho." (De "Hormiga Negra", 1881)

Hacia éstos personajes el paisanje sentía admiración y también solía recurrir en auxilio, en especial cuando se tenía conflictos con la autoridad.

"Sucedió una vez que por asunto de mujeres un joven dio unos trompis al alcalde, por lo que éste resolvió secarlo en el cepo de cabeza. El preso se mandó empeñar con el Chacho, y éste puso en juego todos sus recursos y todas sus mulas para sacarlo en libertad, pero esta vez se estrelló con el rencor del alcalde y la venganza que quería ejercer a todo trance." (De "Los Montoneros", 1880)

De la campaña el gaucho obtenía recursos para remediar las urgencias de la economía doméstica. Así, como trabajador rural tenía la cualidad especial de entrar y salir periódicamente del mercado laboral.

"Monges no sólo atendía a su carpintería en la ciudad de Goya, sino que cuando lo necesitaban en los establecimientos de la campaña se trasladaba a ellos con las herramientas necesarias y allí permanecía hasta que se terminaba el trabajo, regresando a su casa con ganancia, que poca o mucha entregaba íntegramente a su buena madre." (De "El gaucho solitario", 1880)

"Otras veces el capataz de la estancia lo ocupaba en domar algunos potros. Permanecía allí hasta que terminaba su trabajo, y regresaba a su puesto cobrando su tarea en capones o en algunos terneros que hacía bueyes más tarde y vendía con gran utilidad." (De "Hormiga Negra", 1881)

Las relaciones con las autoridades, como anotamos, eran resistidas ya que éstas despojaban a las familias campesinas de su autonomía económica, bajo la figura delictiva de la vagancia.

"Vago es entonces el paisano que se encuentra incidentalmente sin conchabo, aunque tenga un rodeo de cincuenta vacas, que no falta al gaucho más pobre; el que tiene buenos parejeros que no ha querido regalar al comandante militar, como vago es el que tiene una mujer hermosa, varios hijos, o mucha hacienda para comprarse su libertad." (De "Hormiga Negra", 1881)

Esa situación -legal pero ilegítima- daba la pauta acerca de la nueva lógica que el estado pretendía aplicar hacia la población rural: la vida no era gratis; tenía precio.


"Así el Chacho, con su sagacidad asombrosa, comprendía el manejo, y aunque nada decía, había concluido por cobrar un profundo desprecio por todo lo que se llama justicia. -La mejor y más sana de las justicias -decía- son los pesos y las mulas. Tenga unos reales disponibles y podrá hacer todo aquello que le dé la gana." (De "Los Montoneros", 1884)


Gutiérrez releído: el caso "Hormiga Negra" <arriba>

"Ya sabemos lo que son novelas... y lo que son cuentos. Ustedes, los hombres de pluma, le meten nomás, inventando cosas que interesen, y que resulten lindas. Y el gaucho se presta pa' todo. Mire, mi amigo, la verdad de las cosas sería muy poco, pues no es lo mismo matar a un hombre en de veras que matarlo en el papel cuando se escribe, ¡creamé! Luego, no se expone a cada rato el cuero porque sí, por puro gasto de hacerse ver ante la paisanada. Eso de las peleas con una partida de cincuenta hombres... ¡es un bolazo de mi flor...! Lindo cuento pa' los mocitos de la ciudá, pero no para contarlo en la campaña, porque lo pueden dejar a uno por embustero."

Esas fueron palabras de Guillermo Hoyo, alias "Hormiga Negra", en un reportaje a la revista Caras y Caretas de 1912. Hablaba sobre la novela -«su» novela-, que lo tenía de personaje central, escrita hacía tres décadas atrás. Es que el éxito y la masiva difusión de los textos populares de Gutiérrez habían dado lugar a otro juego de lecturas, que tocaba el límite del género: hasta dónde la literatura verosímil se confundía con el relato cierto, la verdad novelesca con la histórica.

La valoración hacia la veracidad de esta novela en particular, y de la escritura de Gutiérrez en general, tomó varios sentidos. Uno de los protagonistas novelados -Hormiga Negra- se limitó a salvar su dignidad personal para no pasar por un embustero. Los contemporáneos al escritor, por su parte, le achacaron también las exageraciones que contenían los relatos, en especial su manera de vulgarizar la literatura mediante un lenguaje tosco e inelegante. En efecto, el narrador omnisciente de las novelas de Gutiérrez graficaba las situaciones con expresiones del tipo "venir al humo", "fue tal el julepe", "romper la crisma", "bailar como un salta perico", junto a otras que denotaban voces populares ("a la que te criaste", "pior" "pintado", "amuchar"). Hasta llegaron a insinuar una apología delictiva en su escritura de reseñar las hazañas gauchas contra la autoridad. El propio Gutiérrez se encargó de aclarar este asunto:

"La causa de la criminalidad en la campaña no serán los folletines de La Patria Argentina, como lo han asegurado los diarios palaciegos, sino los actos de justicia aplicados por la misma autoridad, las palizas atracadas a los que anden mañeriando y con istorias, en cumplimiento de hórdenes recividas. Ésta es la llaga donde hay que poner el dedo. Mientras no se cure y se la deje convertirse en cáncer, de nada valdrán los sargentos Miranda, por más bravos y expertos que ellos sean, ni el mismo remington aplicado a la policía rural." (De "Hormiga Negra", 1881)

Era el propio estado quien creaba a los bandidos de la campaña; y en su escritura Eduardo Gutiérrez había adoptado una mirada nueva, dirigiéndose a un público nuevo. Pensó en los valores tradicionales que contenían los protagonistas y supo, también, a quiénes no les dirigía la palabra. Miguel Cané contó esta anécdota, cuando "Juan Moreira" creaba su fama literaria:

"Un día lo encontré en la calle y después del buen apretón de manos, le reproché no haberme enviado a Viena los dos o tres volúmenes que había publicado. Se puso rojo como una amapola e inclinándose me dijo al oído: «eso no es para usted; prométame no leerlos nunca». Comprendí y me alejé deplorando una vez más que esta atmósfera de nuestro país, tan contraria al desarrollo de las altas facultades intelectuales, sea tan propicia para desviarlas, viciarlas y aniquilarlas."

Con todo, las novelas de Gutiérrez trascendieron al escritor en el tiempo, al igual que las lecturas que lo criticaban. En efecto, y volviendo al caso de "Hormiga Negra", cuando en los años cincuenta las editoriales argentinas Tor y El Boyero relanzaron esa novela al mercado, Prudencia Hoyo, la hija nonagenaria de "Hormiga Negra", pidió y obtuvo de la justicia la prohibición de la tirada, tras una demanda a las empresas por calumnias y perjuicios.

"Era un hombre honrado y trabajador, todo lo contrario de lo que afirma injustamente la leyenda" -afirmó al diario Crítica de Buenos Aires.

Como las andanzas de los gauchos malos que resucitaban en los folletines, la polémica por las novelas de Gutiérrez seguía en pleno siglo XX, cuando ya no quedaba ningún paisanaje que pudiera convertirse maldito por inspiración de ellas. Es que no sucedía por entonces lo que para nosotros ahora resulta evidente: más allá de la "realidad" del texto, lo esencial estaba en la recreación fidedigna de la vida rural, es decir, en concebir "lo gauchesco" verosímilmente. Al decir de Jorge Luis Borges:

"No sé si el «verdadero» Guillermo Hoyo fue el hombre de viaraza y de puñaladas que describe Gutiérrez; sé que el Guillermo Hoyo de Gutiérrez es verdadero. Eduardo Gutiérrez, autor de folletines lacrimosos y ensangrentados, dedicó buena parte de sus años a novelar el gaucho según las exigencias románticas de los compadritos porteños. Un día, fatigado de esas ficciones, compuso un libro real, el Hormiga Negra. Es, desde luego, una obra ingrata. Su prosa es de una imcomparable trivialidad. La salva un solo hecho, un hecho que la inmortalidad suele preferir: se parece a la vida."

Ese sabor de la veracidad mantiene vigente a Eduardo Gutiérrez como promotor del gaucho en la tinta.


(1)Una nueva imagen de la vida rural bonaerense es el resultado de la innovación historiográfica que desde mediados de 1980 iniciaron Samuel Amaral, Juan Carlos Garavaglia, Jorge Gelman, Raúl Fradkin y Carlos Mayo.

Bibliografía: <arriba>

Eduardo Gutiérrez, Hormiga Negra, Buenos Aires, Libros Perfil,1999.

La muerte de Buenos Aires, Buenos Aires, Hachette, 1959.

Historia de Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Maucci, 1895.

Juan Moreira, Buenos Aires, Libros Perfil, 1999.

Los Montoneros, Buenos Aires, Hachette, 1961.

El gaucho solitario, Buenos Aires, J.C.Rovira Editor, 1933.

Antonio Larrea, Buenos Aires, J.C.Rovira Editor, 1933.

Jorge Luis Borges, Eduardo Gutiérrez, escritor realista (1937), prólogo a "Hormiga Negra", op. cit.

Josefina Ludmer, Los escándalos de Juan Moreira, prólogo a "Juan Moreira", op. cit.

Alejandra Laera, Hormiga Negra: la autonomía del folletín, posfacio a "Hormiga Negra", op. cit.

Susana Zanetti, El caso Eduardo Gutiérrez, Buenos Aires, C.E.A.L. 1968.

Pedro Orgambide (compilador) Gauchos y soldados, Buenos Aires, Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 1994.

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Por Marcelo Luna

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