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El sexo fuera de la ley

Por Marcelo Manuel Benítez

Hace muy pocos meses se estrenó en Buenos Aires una película francesa que me dejó pensando, me refiero a “ La profesora de piano”, protagonizada por Isabel Huppert. Expone el drama de una mujer que ha creado una forma de goce bastante personal y que le permite transitar por el submundo erótico, si no ilegal, al menos non sancto. A través de una actividad sexual oculta, la profesora de piano crea un punto de fuga para su deseo. A su vez, esto le impide aceptar el complejo entretejido de convencionalismos del amor romántico que le ofrece uno de sus alumnos. No es la primera vez que el cine francés hurga en las penumbras del sexo clandestino; ya muchas escenas de “las noches salvajes” estrenada hace varios años atrás o “Inmoralmente joven” advierten acerca de la elevada intensidad que ofrece el sexo fuera de la ley. El pensador George Bataille, en su libro “El erotismo”, define el éxtasis como un “salir de sí”, instante supremo del goce vital que se halla, paradójicamente, al lado de la muerte. Porque éxtasis y muerte se encuentran, para Bataille, peligrosamente juntos. Uno de los caminos que conducen al éxtasis es el encuentro de los cuerpos, lo que nosotros conocemos como actividad sexual. Pero es común observar que, desde siempre, la mayor intensidad del deseo se logra con el sexo clandestino, ese sexo que se lleva a cabo en las zonas oscuras de la sociedad. Michel Foucault escribió una vez que a él, más que las grandes experiencias individuales de la sexualidad como fueron Sade o Casanova, le resultan más interesantes aquellos episodios anónimos, no siempre heroicos, muchas veces mínimos, fugaces y sorprendidos apenas porque por descuido o por azar cayó luz en el preciso instante en que sucedían. La mayor intensidad del deseo parece manifestarse ahí, dentro de los intersticios que se forman en la siempre vigilada y controlada estructura social. Las crónicas policiales están plagadas de estas minúsculas historias anónimas, de estas breves iluminaciones que se llevan a cabo una y otra vez: En cierta ocasión, un homosexual le obsequió a su joven amante una medalla para que colgara de su cuello. Unos días después este joven, acompañado de un cómplice, mata a un anciano para robarle. Las sombras de la noche hubieran impedido establecer la identidad de estos asesinos, si no fuera porque un vecino reconoció la medalla que colgaba del cuello del joven y que la luz de la luna iluminó por un segundo. En otra ocasión, en la cárcel de Olmos ingresaron alrededor de catorce o quince travestis, Una banda famosa del penal conocida como “Los Pitufos” abrió boquete tras boquete hasta ingresar al pabellón donde los habían alojado y los obligaron a tener sexo con ellos. La maniobra finalmente se descubrió y la banda fue desarticulada trasladando a sus miembros a diversos penales. Con todo, la investigación judicial descubrió que la actividad sexual de esta banda era de larga data y había transformado al penal en un verdadero queso gruyere. A las víctimas carcelarias de estos reclusos se las bautizó como las “pitufinas”.

Es hora de reconocer que siempre hubo, que hay y que siempre habrá una actividad sexual oculta, porque la clandestinidad, el secreto, la oscuridad, eleva la intensidad del deseo. Dentro de las grietas sin vigilancia que deja a su paso la máquina capitalista infinidad de criaturas gozan y matan, aman y se traicionan, disfrutan ese instante pleno en que el punto máximo de placer se acerca al punto máximo de muerte. Las peripecias eróticas que el escritor inglés Joe Orton volcó en su diario (por momentos escrito en taquigrafía) son un testimonio vívido del momento de mayor intensidad alcanzado por la llamada Revolución Sexual de los años ’60 y que fue precisamente el momento de la clandestinidad (Joe Orton, quién tuvo un final trágico es autor de exitosísimas obras de teatro como “Bienvenido señor Sloan” y “Éxodo”. Basándose en su diario se realizó el film “Susurros en tus oídos”).

Entonces, cabe preguntarse, ¿el sexo, para ser atractivo debe estar prohibido? : La realidad parece llevarnos a la conclusión de que sí. Porque observamos que a medida que las fronteras de lo permitido se van ampliando, paradójicamente el sexo se torna más insípido. Primero fue el matrimonio heterosexual: antiguamente la mujer estaba tan vedada y el matrimonio se rodeaba de condiciones tan complicadas que la idea misma de casarse excitaba tanto a hombres como a mujeres. Más tarde, cuando el matrimonio se tornó más libre, interesaban más las relaciones pre  ó extramatrimoniales. Posteriormente las relaciones con el mismo sexo provocaban mayor intensidad y desde hace unos años, el comercio sexual con travestis. Incluso ha aumentado peligrosamente el comercio sexual con niños o las relaciones sadomasoquistas con la inclusión de la muerte del partenaire, etc. Y a ello contribuye en gran medida este proceso de trivialización de la sexualidad que avanza paralelamente a la legalización de ciertas formas del deseo, que se convierten así en los  nuevos modos de la  respetabilidad.
Un breve repaso a la historia de la práctica homosexual, que durante siglos permaneció en la ilegalidad, puede servirnos de ejemplo: Las relaciones homosexuales son tan viejas como la civilización y sufrieron diversos destinos. En Grecia se constituyó en el modelo masculino del “ amor verdadero”. El Cristianismo terminó considerándolo un crimen “nefando”, condenando a la hoguera a quienes lo practicaban. El Renacimiento lo volvió a considerar una forma de refinamiento. Los siglos XVII y XVIII lo volvieron a condenar. Hasta que al fin llegamos al siglo XIX en el que ocurre un fenómeno particular. Es un lugar común considerar la época victoriana como la gran era de la persecución a toda forma de sexualidad que no se diera dentro de la familia burguesa. Sin embargo, si observamos con mayor perspicacia descubriremos que, lejos de reprimir las formas ilegales del deseo se limitaron a asignarles un lugar en el que no molestaran. Es así que para la sociedad del siglo XIX, todo gentleman, con su fachada de respetabilidad, se hacía sospechoso de llevar una doble vida. Por un lado se cumplía con todas las formalidades que la sociedad disponía y por las noches se podía escapar a todo un submundo secreto pero no reprimido policialmente, de cafetines, prostíbulos, fumaderos de opio en los que muchas veces toda la burguesía se encontraba, pero en donde la discreción y el secreto eran las leyes convenidas por todos. No se trataba de un acto de hipocresía, sino más bien de instalar la diversidad de las modalidades del deseo en una zona oscura en la cual no perturbara Las vidas privadas de Oscar Wilde o Marcel Proust ilustran acerca de la existencia de estos dos mundos por el que el gentleman transitaba sin conflicto. Este sistema permaneció hasta que el movimiento nazi en los años treinta comienza a atacar y desarticular el mundo que se desarrollaba en la penumbra. Y es, pues, a partir de este derrumbe de la doble vida victoriana por la incursión policial, que los homosexuales comienzan a pensar en una lucha para que la sociedad los integre como personas normales. Asumiendo íntegramente la identidad creada por el saber psiquiátrico, los homosexuales desde los años ’60 del siglo pasado están intentando llegar a un acuerdo con la sociedad en general. De este acuerdo ha surgido la cultura gay, vale decir, la higienización de las prácticas homosexuales con miras a la creación de una imagen decente, tolerable para la zona iluminada en la cual pretenden ingresar. El surgimiento del travesti como personaje social se comprende por esta misma encrucijada. Porque los homosexuales, ante la necesidad de integrarse a la sociedad encaran dos estrategias: a) o logran que la sociedad acepte como normal las relaciones sexuales entre varones, ó b) estos mismos varones se transforman por medio de la vestimenta o a través de una intervención quirúrgica en “mujeres heterosexuales”. Y lo hacen sacrificando toda posibilidad de orgasmo, porque lo que les importa es integrarse a la sociedad como mujeres normales. Pero ocurre que tanto las relaciones entre varones como con travestis ya no atraen tanto como en décadas anteriores a la sociedad en general porque a medida que estas relaciones, antes consideradas escabrosas, se vuelven legales en la misma medida se tornan insípidas. Y esto porque en la legalidad, la práctica sexual deja de producir intensidad. Aquel goce que procuraba la Revolución sexual de los ’60, terminó en un mero alarde gimnástico, por le cual la proeza es ahora lograr el orgasmo en condiciones aburridas. No fue el SIDA el único responsable del fin de las libertades sexuales en Occidente, su declinación comenzó más bien con este proceso de legalización por el cual se intercambió intensidad del deseo por aceptación social. Cabe preguntarse, pues, ¿qué tiene la zona oscura para que el deseo se expanda y el placer se vuelva intenso? Nada menos que libertad y autopermiso. Se trata del constante choque entre el “ars erótica” y la “scientia sexualis”. O se desanudan las fuerzas del eros con el único objeto del goce, o se permite una acumulación de conocimientos y saberes para definir cuál es la sexualidad adecuada a la convivencia social. Entonces, ¿qué busca la profesora de piano al deambular por los intersticios del sexo oculto? El psicoanálisis dirá que sólo huye de una madre castradora. Sin embargo, si bien esta madre puede servirle de excusa, lo que verdaderamente busca esta mujer es el intenso placer que encuentra fuera de la ley. Si huye de algo es del complejo entretejido de convencionalismos modernos que le ofrece su alumno. Nadie pretende, (nunca está de más subrayarlo) una promoción de las formas clandestinas del deseo, ni tampoco restarle valor a lo alcanzado por las luchas de los homosexuales para ser aceptados socialmente; pero sí cabe advertirnos a nosotros mismos que al lograr un avance sobre el terreno de la legalidad del erotismo, éste no se deshaga en un proceso de trivialización y frivolización de las prácticas sociales. Reafirmado la condena hacia todo aquello que realmente implique formas criminales (por ejemplo, la violación jamás podrá ser aceptada), es preciso atender a los términos de esa negociación con el mundo legal para que la vitalidad y la creatividad no sean nuevamente el factor de ajuste.

Por Marcelo Manuel Benitez.
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