Las cartas

(fragmento)

Por Vicente Zito Lema


(Trata de las cartas, que intercambian una joven médica psiquiátra –que toca el violoncello y ama Bach- y un escritor –el Visitante- interesado profundamente por el tema de la locura.

Las cartas traen el eco de una desgracia a coro en el humo y el fuego, ocurrida en un hospicio de provincia, y por la que nadie responde, como si fuera un castigo divino.

La primera carta es de la joven médica, quien nos la dice desde un espacio en las alturas.

A la par vemos al Visitante, que escucha la carta desde su espacio cotidiano, mientras se afeita, y después prepara su valija, introduciendo con orden ropas y libros.)

MEDICA: (Sentada. Enmarcada como una figura del Renacimiento. Dentro de un estuche está su violoncello)

Así me presento: estoy triste. Le escribo desde la tristeza, aunque aquí no haya lluvias y una deba guarecerse del sol. No me conoce. Yo sí lo conozco, he leído sus trabajos y acepto que el alma está en el lenguaje. Por eso le pido ayuda. Soy una médica psiquiatra que recurre a un escritor. ¿Recuerda cuando dijo: Día a día, del entierro de la emoción y el asombro, y de una situación de injusticia generalizada, emerge el loco del hospicio como ofrenda humana, única y sensible?

(La Médica ahora recorre el hospital en penumbras. Lleva una pequeña luz. Los Internos están acostados en el piso, dentro de bolsas de basura de plástico.)

En este hospital, imagino que en otros también, es difícil cambiar la historia de los días, pareciera que todo está organizado para que cada jornada sea la repetición de la anterior...

Me recibí de psiquiatra con muchas ilusiones y venciendo grandes miedos, y desde hace dos años enfrento con todas mis fuerzas la enfermedad y la pobreza, que aquí van de la mano y más de una vez desembocan en una violencia que aterra, paraliza.

Han pasado seis meses y todavía –y acaso por el resto de mi vida– escucho los gritos de los quince internados que se quemaron vivos en el pabellón del fondo del hospital. Alguien dio la orden. Los encerraron como castigo. Ellos prendieron fuego a los colchones como protesta: sus cuerpos puestos en peligro de agonía fue la protesta. Los enfermeros dicen que no encontraban la llave. Que la puerta es de hierro y no pudieron forzarla. Todos culpan a todos. Yo escucho los gritos. Son aullidos, son las risas del espanto... alguien cantó, cantó y cantó... Pienso en lo que oí y en lo que ví y mi alma se desgarra... Por las noches sollozo contra la almohada, a veces sueño que vuelo por un cielo muy blanco convertida en humo de alquitrán... Cosas de mujeres, dirá alguno, pero es así: sollozo y sollozo y tengo pesadillas y todo lo que estudié me sirve de poco... La música es mi único consuelo. Toco el violoncello, una aprendiz que se pregunta sobre el sentido de la belleza en semejante mundo...

Sería importante para mí, y para otros que trabajan aquí, en el San Francisco de Asís, que no hemos clausurado el corazón y que también nos asombramos ante la desmesura del espíritu humano –como usted dice–, hablarle, hacerle saber personalmente lo que sentimos en estos tiempos tan difíciles que se viven en el hospital.

Usted mira la locura con otros ojos, los de la poesía, por más que a veces –y permita que me queje– nos castigue y pida demasiado de nosotros, que apenas somos psiquiatras, no lo olvide, y que también necesitamos ayuda. "Ese helado estupor que denuncia la vida", que tan bien describe, muchas veces se cuela por mi ventana...

La mirada distinta que yo reconozco en usted, insisto, puede sernos muy útil en este momento en que todos los caminos se nos cierran.

Si viene, también podría recorrer el hospital y hablar con los internados. Ellos, extrañamente, pareciera que han cicatrizado con mayor rapidez sus heridas, aunque es muy difícil saber, se cuidan de nosotros, los doctores. "Son peores que la peste", dicen, y acaso tengan razón...

Sin duda le interesará conocer a una pareja, internados desde hace poco tiempo. Los une un crimen, muy violento, y un amor que pocas veces he visto en el hospital, tampoco afuera. Sé que usted se apasiona por estos temas. (Es evidente que quiero convencerlo, perdón...)

Habría mucho más para decirle, para interesarlo, pero tampoco quiero forzar su visita. Espero su respuesta. De los gastos del pasaje y de su estadía nos ocuparemos nosotros, puede ser en el mismo hospital –hay un lugar reservado, tranquilo– o en un hotel de gente amiga, no muy lejos de aquí.

Tengo marcada una frase suya: descubrí la belleza en los patios del hospicio. Acaso pueda ayudarnos a que otros la descubramos.

(La joven Médica termina de decir su carta. Hay un cambio del luz. Es ahora el Visitante quien cerrando su valija nos dice fragmentos de su carta de respuesta.

La joven Médica -desde su espacio inicial- comienza suavemente a tocar con su violoncello música de Bach).

VISITANTE: ...Prometo ir. Dentro de dos semanas estaré allí.

...Dormiré en el hospital, será una buena experiencia...

...Me pregunto cómo ser útil, siento que estoy a medio camino entre la ciencia y el arte, y encajado en ese medio del camino, y a veces tironeado por caballos que se enfrentan, si es que me gana el pesimismo.

...La muerte dejó una huella profunda en el hospital. Su relato me conmovió y trajo a luz recuerdos mal olvidados...

...Es cierto, no he dejado de buscar en mi vida la belleza, quizá porque no soporto que la sordidez y no las pasiones muevan nuestro destino...

...Con la ilusión de encontrar algún sentido a una realidad que ya no lo tiene, ansioso todavía por encontrar perlas en el mar oscuro, y agradecido por su llamado, voy hacia el hospital que no conozco.

...Me pregunto si también allí soplará el helado estupor que anuncia la vida...

(Texto completo de la carta del Visitante:...Prometo ir. Dentro de dos semanas estaré allí. Viajaré en tren, si es que todavía andan, o en ómnibus, dormiré en el hospital, será una buena experiencia, me enfrentaré al fin con uno de mis miedos más antiguos, y además deseo evitarles gastos.

...Me pregunto cómo ser útil, siento que estoy a medio camino entre la ciencia y el arte, y encajado en ese medio del camino, y a veces tironeado por caballos que se enfrentan, si es que me gana el pesimismo.

...La muerte dejó una huella profunda en el hospital. Su relato me conmovió y trajo a luz recuerdos mal olvidados. Sólo de niño la muerte y la locura estuvieron tan juntos en mi corazón. Tenía diez años y acompañé a la salida de la escuela a un amigo cuyo madre se había ahorcado. Temblábamos los dos cuando entramos en la casa. ¡Se volvió loca, se volvió loca, tenía espuma en la boca y se ahorcó! , decían los vecinos como única explicación.

...Es cierto, no he dejado de buscar en mi vida la belleza, quizá porque no soporto que la sordidez y no las pasiones muevan nuestro destino. Y cuando dije que había encontrado esa belleza en los patios del hospicio, para nada exageraba. Allí, en ese espacio señalado por el poder como vaciadero de los temores más ocultos y negados, yo escuché, de labios de hombres y mujeres sin rostro y sin nombre, la verdadera voz humana. La voz exasperada del amor sin límites, de la divinidad que se hace carne lastimada. La voz humana, esa línea frágil, ese levísimo aleteo que separa –en la eternidad del instante– la música del horror de nuestros días.

...Con la ilusión de encontrar algún sentido a una realidad que ya no lo tiene, ansioso todavía por encontrar perlas en el mar oscuro, y agradecido por su llamado, voy hacia el hospital que no conozco.

Me pregunto si también allí soplará el helado estupor que anuncia la vida...)

 

(El Visitante termina de decir los fragmentos de su carta, toma la valija y se va.

La joven Médica permanece en su espacio tocando el violoncello Es muy tenue la luz que ahora cae sobre ella.

La atención girará hacia la gran sala del hospicio; húmeda, en vías de destrucción.

En la penumbra inquieta que precede al día los internos salen de sus bolsas de basura, dejan atrás sus celestes pesadillas y comienzan la rutina de levantarse, descifrar el rostro en el espejo, dar las gracias y las maldiciones a los Dioses y a los ángeles, preparar el mate, lavarse la cara, pintarse los labios, rojos, muy rojos...

Cesa la música. Cae la oscuridad mientras se escuchan las palabras de un interno; es el viejo poeta, que avanza hacia nosotros. Junto a él también se acerca la Interna Celeste, con vestido blanco y antiguo y con un sombrero de luces en la cabeza. Ambos tienen la sonrisa de los que aceptado cargar con la soledad

INTERNA CELESTE (con vestido blanco y sombrero con luces): Hoy voy a inventar un nuevo día... por eso estoy vestida de fiesta.

INTERNO: (Viejo Poeta. Acercándose al público) El alma es un infinito silencio que se afina...

No lo olviden: el camino hacia la muerte se inicia con el primer paso...

(Con dulzura, el viejo poeta apaga con un suplido las luces del sombrero de la mujer con vestido blanco)

(Breve oscuridad)


Por Vicente Zito Lema

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