Anécdotas con historia

La importacia del café en la vida social

Por Alejandra Pérez Berguero


En el siglo IX, en Persia, se comenzó a emplear el café. En aquella época era aún una bebida rarísima, apenas una decocción de granos traídos por caravanas desde el Alto Egipto y Nubia, que procedían de una región aún más lejana: Abisina.

Sólo los altos dignatarios árabes lo consumían como tónico. El primer europeo que menciona el café es Próspero Alpino, de Padua; en 1580 escribió "los turcos tienen un brebaje de color negro que beben a grandes tragos, no durante las comidas, sino después, como un dulce y a sorbos, para entretenerse a gusto en compañía de amigos; y no hay reunión entre ellos en la que no se beba."

"Que durante el verano resulta muy refrescante, mientras que en invierno calienta mucho, sin cambiar no obstante la naturaleza y bebiéndose en ambos casos caliente. Con este fin se mantiene encendido un gran fuego al lado del cual están preparadas unas tacitas de porcelana, llenas de este líquido, y cuando está bastante caliente hay hombres dedicados exclusivamente a servirlo, lo más caliente posible, a todos los presentes, dando a cada cual también unas pepitas de melón para que se entretenga en masticarlos. Y con las pepitas y este brebaje, al que llaman Cahué, se distraen conversando".

En Constantinopla, también en la Meca, en el Cairo, en Damasco y en todas las capitales del Islam, se abrían establecimientos cuyos clientes acudían en tropel a saborear el oscuro brebaje, mientras charlaban de asuntos públicos y privados.

Para hacer callar a los contestatarios que se atrevían a cuestionar las políticas del Estado, el sultán mandó cerrar los establecimientos de Constantinopla, no sin antes haber ordenado que se torturara a sus propietarios: el café fue proclamado indeseable.

Hubo que esperar a los tiempos del sultán Mehme IV para que los cafés volvieran a ser numerosos. Pero como quien gobernaba era un primer ministro temeroso de las críticas, ordenó el cierre de todos los establecimientos públicos. Esas crueles medidas no desanimaron, sin embargo, a los seguidores del café.

En 1669 Solimán Aga presentó el café ante el rey Luis XIV, quien lo ofrecía en minúsculas tazas. La moda se impuso con furia: todo el mundo quería café, pero pocos lo encontraban. Había que tener contactos en Marsella, único puerto autorizado para su tránsito.

Por otra parte, una vez conseguido un medio para procurarse el grano de café, preparar una taza no era nada sencillo.

Había que tener los granos, que se dejaban secar (porque los granos se vendían frescos para que pesaran más) se pelaban, se saltaban, sin que se quemaran demasiado, se trituraban y se procedía a su decocción a la turca, haciéndolos hervir varias veces.

El camino europeo

El café llegó a Venecia en 1615, y en 1644 un comerciante de Marsella trajo los primeros granos a su ciudad, junto a valiosas tazas y cafeteras. En 1643 la nueva droga aparecía en París, y hacia 1651 en Londres.

El granizado de café se tomaba desde mediados de siglo con mucho entusiasmo. Pero el helado en realidad es una invención veneciana, heredera de los sorbetes romanos, aunque tuvo gran éxito en París.

En Inglaterra, a finales del siglo XVII, Carlos II (comenzó como los turcos) a perseguir los "coffee houses" y a sus rivales, las "ale-houses" (cervecerías), bajo el pretexto, totalmente justificado, de que dichos lugares eran focos de sedición y un nido de elementos subversivos.

Los médicos ingleses cayeron en las redes del café, al menos para disertar sobre él. Los doctores declararon que se trataba de una verdadera panacea, adecuada para curar la tisis, el catarro oftálmico, la hidropesía, la gota, el escorbuto y la varicela, aunque mezclado con leche, podía producir lepra.

Pero el café solo provocó la ira de los fabricantes de cerveza, que consideraban a Inglaterra como una propiedad personal. Organizaron un escándalo, denunciaron a las cafeteras pues, al fabricarlo, molestaban a los vecinos con los malos olores y ponían en peligro, por el fuego, a todo el barrio.

Como los vasallos de su Majestad, el café y las casas de café resistieron contra viento y marea, se autorizó de modo definitivo la costumbre de tomar café en público. En 1730 la manía por el café desapareció, sumergida por la moda, del té.

También en Alemania el café tuvo grandes dificultades con la cerveza, considerada de mejor calidad. El príncipe –obispo de Paderhorn - castigaba su consumo no sólo con fuertes multas, sino también con una buena tanda de palos.

Camino a América

En 1727 se introdujo la primera planta de café en Brasil desde Guayana.

Desde entonces, la historia de ese inmenso país se ha escrito en torno a ese producto. Contrariamente al caucho, el café ha podido superar diversas crisis económicas, pues es inimitable e insustituible.

Hasta finales del siglo XIX, la economía cafetera estará íntimamente ligada a la esclavitud. Los propietarios de haciendas pronto se inclinaron por la explotación del café, ya que sólo les exigía instalaciones rudimentarias y mucho menos capital que los molinos de azúcar. Lo que fundamentalmente se necesitaba era una mano de obra abundante, que se logró con el enorme flujo de esclavos de los siglos XVIII y XIX.

La leyenda

En Arabia, en la cima de las colinas del litoral del Yemen del Sur, había un convento de religiosos musulmanes, que obtenía sus principales recursos de un rebaño de cabras.

Un día, un pastor se quejó con el Imán de que a veces los animales saltaban toda la noche, en contra de lo que acostumbraban.

El prior sospechó que ello sólo podía deberse a lo que comían.

Para asegurarse, fue al lugar donde pastaban. Allí había unos arbustos de hojas duras y brillantes que los animales habían destrozado, comiéndose el fruto: unas pequeñas cerezas rojas y poco carnosas, con un hueso importante. El religioso cortó una rama llena de bayas, y buscó en la biblioteca un tratado de botánica. No encontró referencia alguna, pero, al reflexionar, recordó que los arbustos parecían crecer en hileras regulares, como si, en un principio, la mano del hombre los hubiera plantado.

Se demostró que en otra época allí se había establecido una colonia de un pueblo negro, del que se afirmaba que provenía de Kaffa, en Abisinia. Era probable que los habitantes hubieran traído de su patria africana las plantas que les gustaban.

Suponiendo que el pueblo de Balkis, o sus descendientes, los hubieran plantado, ¿tenían los arbustos que habían vuelto locas a las cabras una utilidad?

Para saberlo, el Imán decidió probarlas. Las bayas rojas, comidas crudas y triturados los huesos, tenían un gusto verdaderamente desagradable.

Por eso el Imán mandó cocer los frutos machacados, pues, aparte de los huesos, lo demás no era gran cosa.

Acordándose de repente que a veces se tostaban los cereales para hacerlos más apetitosos, puso entre las brasas los granos, que desprendieron un aroma exquisito.

Los molió con una piedra y, por último, hizo una papilla líquida, parecida al betún, que endulzó con miel porque seguía siendo amarga.

Instantes después, el corazón le latía de tal modo que tuvo que acostarse, pero en vez de dormirse se sentía extraordinariamente lúcido. El cerebro se había vuelto tan activo como cuando era joven. Este hombre ya notable, se volvía más inteligente. No se sintió fatigado y cuando sonó la hora de la oración de medianoche, él era el único que se encontraba realmente despierto.

Repartió entre ellos la decocción y el milagro se llevó a cabo para todos.

Más tarde se dieron cuenta que poseía propiedades terapéuticas contra los accesos de fiebre.

Se decía en el pasado que el cafeto era quizá originario de Persia, y más probablemente de Etiopía. Hacia 1450, se bebía café en el Adén.

Llega a la Meca antes de finales de siglo, pero en 1511 se prohíbe su consumo, así como, una vez más, en 1524. En 1510, se señala su presencia en el Cairo.

Lo encontramos en Estambul en 1555; desde entonces, a intervalos regulares, será tan pronto prohibido como autorizado.

Mientras tanto se va extendiendo por todo el Imperio Turco, llega a Damasco y a Argel.

Antes de acabar el siglo, el café está muy arraigado en casi todo el mundo musulmán.

Una pequeña receta

INGREDIENTES:

1/2 litro de café negro fuerte

8 cucharaditas de azúcar

8 cucharadas de whisky irlandés

1 vasito de nata líquida

canela en polvo para adornar

PREPARACIÓN:

Calentar las copas, llenándolas de agua caliente. Dejarlas así un momento y tirar el agua.

Repartir en ellas el café bien caliente y el azúcar, revolviendo hasta que se disuelva.

Luego verter 2 cucharadas de whisky en cada copa. Batir un poco la nata hasta que se ponga ligeramente espumosa. Colocarla en las copas, sobre el café, dejándola resbalar por el dorso de una cuchara para que quede flotando en la superficie. Espolvorear con la canela.


Por Alejandra Pérez Berguero

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