Después de Malvinas, los veteranos luchan
por el reconocimiento. Un grupo de ex-combatientes lomenses nos cuenta
cómo se vivía en las islas durante la guerra, y cómo
se vive en sociedad en los tiempos de paz. Hablan de la bronca y del
orgullo que resulta ser veterano de guerra, más allá de
los lugares comunes del recuerdo por estos veinte años.
"Tumbas sin nombre en el árido suelo
de Malvinas" - Foto Revista Noticias abril de 1992
Los
tiempos de paz
La otra
guerra
Cuando la guerra de Malvinas tuvo su final en
aquel otoño de 1982, los soldados de entonces ignoraban
el inicio de una lucha nueva y distinta en tiempos de paz: la
del reconocimiento. Ya van veinte años que la pelean. Esta
vez no fueron convocados por nadie sino por ellos mismos y, como
en la otra guerra que duró setenta y cuatro días,
vienen ofreciendo lo propio.
En Lomas de Zamora (provincia de Buenos Aires, Argentina) hoy
hay testimonios de los que partieron aquella vez hacia la guerra
en las islas. Placas en algunas esquinas (como en la Av. Alsina
y Maipú, por ejemplo), un monolito en la plaza Grigera,
un mural en uno de los lados del edificio municipal, una plazoleta
en Banfield -sobre la calle Vergara- con el nombre de un ex-combatiente,
así como calles y pasajes del distrito. Todos recordando
a los muertos, desde los vivos, desde los que tuvieron la suerte
de regresar. Son los veteranos. Nuestros. Y nos ofrecen retazos
de una historia apolillada en el olvido social pero, por esa manía
recordatoria que aparece solamente en los años redondos,
hoy desempolva recuerdos tras veinte años de la guerra.
¿La autocrítica social? Bien, gracias...
Nos acercamos a conocer sobre los veteranos de Malvinas, quienes
siempre buscan acercarse. Nos cuentan algunas vivencias, sus certezas
y, también, proyectos propios. Porque recordar no es quedarse
en el pasado. Es situarse en un presente: 20 años no es
todo, y por eso estamos invitados a compartirlo.
«Entonces no había legislación, no había
nada que pudiera amparar la situación para los veteranos
de guerra. Empezamos a juntarnos -no sólo en Lomas de Zamora,
sino en muchos lugares del país-, para tratar de lograr
e ir adquiriendo algo en favor de los veteranos de guerra, de
los caídos, de los familiares de los caídos, y de
las familias de los veteranos en general». Ricardo Lago integró
la Compañía de Ingenieros de Combate 601 durante
la contienda, y actualmente está a cargo de la Dirección
Municipal de Veteranos de Guerra en Lomas de Zamora, donde coordina
distintas actividades: desde buscar firmas de diputados y concejales
para juntar fondos por un monumento en la plaza municipal, hasta
crear inciativas para acceder a trabajo y vivienda, al tiempo
de ofrecer charlas a los alumnos de escuelas e institutos. Así
fue que formaron una entidad de bien público, sin fines
de lucro y con personería jurídica, integrada por
150 socios. A lo largo de estos veinte años los veteranos
de guerra alcanzaron algunas medidas favorables. «Una pensión
nacional, que es la que se cobra en todo el país, a través
de la cual tenemos una obra social que es PAMI; y los que vivíamos
en el 82 en la provincia de Buenos Aires, tenemos otra pensión,
a través de la cual tenemos IOMA», nos informa Lago, quien
cada mes recibe trescientos pesos de una pensión nacional
e igual monto de otra provincial.
Fusil en mano. El intenso
frío y la escasa alimentación fueron vivencias comunes
durante la guerra.
Así y todo el descuido institucional no es solamente económico,
sino también en cuanto al tratamiento especial para una
persona que vivió una guerra, vive para contarla y se atreve
a soñar. «Después de lo del atentado a las Torres
Gemelas, en algunos diarios salió que hablaban del síndrome
de stress pos-traumático. Este síndrome,
justamente, es una de las características principales de
las secuelas de haber vivido una guerra. Se sabe que es así
pero acá, bueno, lamentablemente no hay especialistas,
lo cual se hace más que complicado. Y sumándole
a que pasaron veinte años de la guerra, cada vez se hace
más difícil poder ver, controlar y, tal vez, mejorar
la calidad de vida de los que quedamos. Por eso tenemos una gran
secuela pos-Malvinas que son los más de doscientos suicidios
de veteranos de guerra, que no se sabe porque no hay estadísticas,
nadie controla- si es a consecuencia de Malvinas el tema de los
suicidios. Asimismo nadie puede decir que no lo sea porque tampoco
hay control.»
«¿Venís
a cobrarle a tu abuela?»
Gustavo Tellini también fue soldado en 1982 y hoy integra
la Comisión de Enlace de Veteranos de Lomas de Zamora.
Y sabe también que el reconocimiento social es algo parecido
a viajar en el mar de los olvidos. Pero él y sus compañeros
mantienen el rumbo hacia donde quieren llegar. «Nosotros volvimos
y la gran mayoría nos fuimos de baja; pasamos a ser otra
vez civiles. Y ahí desapareció el tema veteranos,
o sea que no existían en este país. La primer
ley de pensión nacional sale en el año 88,
y se reglamenta recién en el año 91. Casi
diez años después se nos reconoce una pensión
graciable, y recién en el año 96 se
pudo lograr que sea pensión de guerra. Nosotros
queríamos que se respete esta figura porque, por ejemplo,
te veían haciendo la cola en los bancos, la gente miraba
y decía ¿venís a cobrarle a tu mamá, a
tu abuela? No. Es una pensión de guerra, se llama así
porque estuvimos en una guerra. Y punto.»
Fotografía de Veteranos de Guerra de Mavinas
de Lomas de Zamora
«Yo
te avalo pero no te conozco»
Tellini estuvo en Inglaterra en 1993 como observador
de la primer olimpíada para discapacitados y víctimas
de guerra en sillas de ruedas, y tomó contacto con veteranos
ingleses. Allí soltó la idea que, para muchos, es
algo que se tienen prometido: volver a las islas.
«Porque nosotros decíamos cómo:
vos me contás que está todo cercado, que van en
cualquier momento del año y pueden recorrer los campos,
mientras yo no tengo ni la posibilidad de poner una flor en cualquier
tumba. Entonces los tipos nos dijeron que fuéramos a la
prensa, a la Cámara de los Comunes, y así. De hecho,
empezaron los viajes, al principio en carácter de humanitarios,
después por uno o dos días, y luego se extendió
a una semana. Imagínense los familiares con la suerte de
identificar algunas tumbas como en algunos casos. Pero hubo mucha
gente que se aferró a cualquier tumba pensando que estaba
su hijo, y ese momento es único en la vida.» Los trámites
no fueron sencillos, especialmente en la búsqueda de algún
apoyo oficial. Recueda Tellini: «Calculá que ahí
en el 93 recién empezaban las primeras relaciones
con Inglaterra. Entonces, el canciller Guido Di Tella firmó
diciendo yo lo avalo, pero no te conozco. Parecía
Misión Imposible: Si te toman prisionero, el país
no sabe que existís. Y por el lado de los ingleses, pensaban
que éramos algunas fuerza de tareas que iba a espiar. Nosotros
éramos simples veteranos de guerra.» Hoy en día
un viaje a Malvinas por una semana sale alrededor de tres mil
dólares, y deben justificarse previamente el lugar y la
razón del viaje. Sin embargo, el deseo de Tellini tiene
condiciones: «Yo creo que si a mí me llevaron con cero
pesos, volvería con cero pesos. Y además no me
dá presentarles a los kelpers el pasaporte y darles
tres mil mangos».
Fotografía de Veteranos de Guerra de Malvinas
de Lomas de Zamora
Los
tiempos de guerra
Crónica de un día
en las islas
Junto a Lago y Tellini también se integran
a la charla Jorge Bonelli, Walter García y Julio Piray,
todos veteranos y de Lomas. De a poco, las referencias a las situaciones
que atraviesan se diluyen. La memoria marcada a fuego en los tiempos
de la guerra hace aparecer en estos hombres de cuarenta años
sus testimonios. Sus voces han hablado hacia atrás durante
veinte años, buscando que el apagón del olvido no
llegue a borrarlas. Y han hablado hacia adelante desde hace veinte
años, cada vez con tonos más firmes, más
seguros, convencidos y para nada vencidos.
Bonelli y Lago cumplían el servicio militar
cuando se desató la guerra. Ambos se enteraron por la radio.
«Yo había ingresado con la clase 63 -recuerda Lago-,
en Febrero del 82. Había tenido los cuarenta y cinco
días de instrucción y, bueno, ya estaba ahí».
Fue ranchero y tuvo acceso a un sitio cálido y a
la poca comida que se disponía. «De entrada hacíamos
tres comidas por día, después se hicieron dos y
al final, una. Te levantabas a las cuatro de la mañana
y preparabas un matecocido; después ya entrabas con la
comida que se repartía a mediodía, otra más
que se repartía tipo cuatro, cinco de la tarde, y a preparar
todo para el otro día. Y así era continuamente.
El problema era que amanecía a las diez de la mañana
o a las nueve, y oscurecía a las tres y media. Con el toque
de queda no se podía circular de noche, o sea, no había
tiempo para andar repartiendo la comida».
Ante la escasez de alimento, surgieron las estrategias
de robar y carnear ovejas, o entrar a casas de kelpers buscando
algo para comer. El código de convivencia aceptado entre
los soldados era valerse por sí mismo. «Yo estuve en Malvinas
con un grupo que compartimos más de un año de colimba,
y nuestro contacto era muy fluído», recuerda Bonelli. «Cuando
se conseguía comida, si eran cuatro los que salieron, la
repartían entre ellos; si ibas solo, era para vos. Según
cómo viniera la mano. No era mal visto eso porque era un
tipo de supervivencia».
La otra supervivencia era al frío de aquellos
primeros meses del otoño, que sumados a la llovizna continua,
la humedad de las ropas, las trincheras que se inundaban, el hambre
y la falta de sueño por los bombardeos nocturnos, quitaban
fuerzas para el rendimiento en el frente. Tellini integró
la sección morteros del Regimiento 7, uno de los más
castigados durante los cañoneos ingleses. «No podíamos
tener una trinchera porque defendíamos la posición
con la gente que activaba el mortero. Salvo encontrar algún
hueco en las rocas, no había ningún tipo de resguardo.
La posición era cielo abierto y dormíamos en una
carpita: dos cachos de trapo agarrados con piedras sobre
el suelo pelado. Y tenías que inventar cómo taparte
con la frazada: Mitad debajo tuyo y mitad arriba.»
La
hora de los bifes
El caso de Walter García es distinto:
estudiaba en la Escuela Mecánica de la Armada y el desembarco
en Malvinas alimentaba sus expectativas de ser marino. «Si te
preparaste varios años para un combate, llega un momento
que son tantas las ganas que tenés que, inconscientemente,
salís al frente. Vas como los caballos: te ponen la visera
y le dás para adelante. Después que te sacan la
visera y pasa el tiempo, tomás conciencia de lo que fue
realmente.» García dejó la marina después
de Malvinas, decepcionado por la mentira. «Me fuí porque
lo que yo había estudiado y lo que me había preparado,
cuando llegó el momento no fue la realidad. Entonces ¿para
qué? ¿Para que me sigan mintiendo?», argumenta.
El Informe Rattembach dio cuenta de las
desinteligencias de las fuerzas argentinas durante la guerra:
mala elección de la época del año para la
operación, poca preparación de los soldados, error
en cuanto a las relaciones con los kelpers -se los "dejó
hacer" y armaron una resistencia-, escasa organización
entre las fuerzas, entre otras. Algunas situaciones especiales
fueron registradas por los soldados ala hora de los
bifes: «A mi tocó el caso de capitanes de mi regimiento
que terminaron siendo rancheros, cuando su rol de combate
era dirigir la tropa», comenta Tellini, y concluye que «fue
falta de huevos, abiertamente».
En el otro extremo, Oscar Poltronieri fue condecorado
con la medalla "heroico valor en combate": defendió la
posición en el Monte Dos Hermanas solo frente a los ingleses,
mientras sus compañeros se replegaban (los apuntó
para que se fueran porque él no tenía familia como
ellos). Después de habéserlo dado por muerto, regresó
con su ametralladora. Es analfabeto y nunca había oído
de un lugar llamado Malvinas antes de la guerra.
Fotografia de Oscar Poltronieri
-Héroe en un país cuya sociedad suele ignorarlos-
Julio Piray también peleó en el
Monte Dos Hermanas en los últimos días del conflicto.
Ese recuerdo, con la voz curtida veinte años después,
lo hace pensar en aquel muchacho que fue, fusil en mano en las
islas: «En ese momento que estaba tirando yo no sentía
que peleaba por mi patria. Lo hacía por mí, nada
más: Era mi vida. Y no tengo vergüenza en decirlo».
«Por
Dios, ¿dónde estoy?»
Conocida la derrota, la Junta Militar inició
su retirada del poder. En las islas, los combatientes tuvieron
contacto con los ingleses siendo prisioneros, hasta regresar al
continente. (Fueron encerrados en Campo de Mayo para el «filtrado»
de la memoria: largos interrogatorios sobre lo que debían
decir -o mejor, no decir- sobre los días en Malvinas) Pero
previo a ese regreso sin gloria, la guerra todavía no dejaba
de sorprender a quienes la vivieron. «Cuando termina la guerra,
y como prisioneros, los mismos ingleses nos venían a buscar
para salir por comida. Y nos llevaron a los contenedores argentinos:
estaban llenos de comida» dice Lago, y Tellini nos detalla: «latas
de dulces, quesos en barra, latas de duraznos. Es más,
nos empachamos ahí. En un día comimos lo que, en
mi caso, no comí en cincuenta días».
Otras vivencias tuvieron un signo surrealista,
especialmente para los que volvieron al continente en el Canberra.
«Lo que tenía el Canberra era que se trataba de
un trasatlántico de lujo», nos informa Tellini. «Yo volví
ahí en camarote privado pero compartido con tres
flacos más, donde había música funcional,
alfombras, te cerraban la puerta y luego te golpeaban para desayunar
o almorzar, donde te daban fasos y nos podíamos
bañar las veces que queríamos después de
no bañarte setenta y pico de días, de no comer bien,
de cagarte de frío, estar mojado... No lo podíamos
creer». Un final de lucha colindante entre lo inesperado y lo
patético -como resultó ser la aventura militar de
Malvinas-: «Lo del Canberra era una onda crucero del
amor», «comías en sillas y mesas de pana y te decís:
por Dios, ¿dónde estoy?» recuerdan Tellini y Piray,
levantando las cejas y con una sonrisa en el aire.
Bronca veterana
La falta de control y de registros oficiales
sobre los veteranos acarreó situaciones casi inconcebibles
después de dos décadas de finalizada la contienda.
Cuenta Lago que «en el 82 éramos
14.000 veteranos de guerra, y hoy en día los registros
marcan que son 22.000. Así que evidentemente
no puede haber 8.000 tipos nuevos. Algún cero ahí
debe estar mal metido, algunos han anotado a quienes no correspondían».
Por eso es necesario, concluye, un criterio al respecto para
evitar estas irregularidades. «O sea: ¿qué es un veterano
de guerra? ¿El que entró activamente en combate? ¿El
que participó en la isla y no tiró ni un tiro?
¿El que estuvo afectado por el conflicto? Como hubo una gran
cantidad de movilizados al sur, es bastante complicado. Por
eso hace falta que haya un ente, en el cual participen tal vez
los militares, gente del gobierno, los veteranos, y entre todos
poder decir ésto se define como veterano, éstos
son veteranos y éstos no lo son ». Pero el desinterés
institucional se confunde con la negligencia e, internamente,
con la lisa ingratitud. «250 casos es un dato muy preocupante»,
dice Tellini acerca de los suicidios, y agrega: «a los 18 años
a mí nadie me preguntó si tenía que ir
o no. Me mandaron porque existía una ley del servicio
militar obligatorio. Cumplimos con lo que patria necesitaba
y después, bueno, fuimos librados así: Arréglense.
Les damos las pensiones.» La situación para Walter
García es difícil de revertir, pues el paso de
los años van consagrando esta tendencia: «Nosotros tuvimos
una sola guerra y no se siguen generando veteranos. Cada vez
se van muriendo, o se van matando. Ésto fue en el 82,
y cada vez vamos siendo menos. Entonces, ¿qué presión
podés generar, si dentro de unos años de los 14.000,
o de los 22.000, quedarán 10.000, dentro de otro tiempo
la mitad, y así hasta que no quedemos ni uno?»
Orgullo
veterano
Es difícil uniformar las vivencias de una guerra porque
no existe una verdad verdadera: cada protagonista es subjetivo,
tanto hace veinte años atrás como en la actualidad.
«Cada uno lo ve y recuerda de una manera -entiende García-.
Para mí fue una guerra entre dos países en unas
islas, y el mundo no se enteró. Lo vivió el que
tenía un familiar o un amigo. El resto estaba mirando un
partido de fútbol, seguían el mundial. Esto pasó
allá, se peleó allá: Para ellos
es hacer un acto, 10 minutos y chau. Yo creo que hay que seguir
haciendo memoria por los que quedaron ahí», destaca.
Para Tellini también es como una terapia «porque lo contamos
medio en chanza, nos cargamos entre nosotros, pero nos sirve para
ir menguando esta carga acumulada durante años. Hay que
defender lo de Malvinas porque hubo muchas vidas perdidas, y porque
soberanía es defender lo de acá» dice, llevándose
el puño al corazón. «Más allá de los
que les podamos decir -nos dice Lago-, de que no estamos a favor
de la guerra, ni nos gustó vivirla, ni queremos que la
vivan nuestros hijos, más allá de eso nos tocó
vivir un hecho histórico único. Y en el fondo, uno
se siente orgulloso. Porque las Malvinas, sí, son argentinas,
deben serlo y hay que recuperarlas. Porque vivimos la guerra,
sabemos que no conduce a nada. Pero nos queda eso: contarles lo
que nos pasó». Un veterano de guerra también lo
es de la paz: única manera de continuar para que «en algún
momento se haga justicia finalmente para Malvinas. Y no sólo
Malvinas. No seguir perdiendo muchos puntos de soberanía,
que no es sólo un pedazo de tierra. Soberanía es
tener trabajo digno, es poder ir a la escuela, ir a votar. Malvinas
es una partecita de toda esa lucha».
Los fragmentos citados corresponden a entrevistas realizadas por el
autor y una charla con los alumnos de 1º A del Instituto Modelo San
José, durante Agosto y Octubre de 2001 en Lomas de Zamora.