Lejos del mito romántico del vagabundo, de
ideas libertarias o anarquistas, del ser libre que viaja en los vagones
de los trenes de carga, levantado la cosecha, durmiendo a la intemperie
y difundiendo su pensamiento; lejos del caminante austero que va imitando
el ciclo migratorio de las golondrinas, los linyeras o crotos han trastocado
su vuelo para convertirse en hombres y mujeres a los que, la feroz y
perversa maquinaria globalizadora, les ha ensombrecido el alma, quitándoles
de la mirada el brillo y arrojándolos al abismo de la precariedad
y la desnudez, al delirio de las bellezas y fealdades que derriban las
máscaras uniformes conque la memoria de una sociedad hecha para
triunfadores, pretende desesperadamente, lavarse una vez más,
las sucias manos de la indiferencia.
Introducción
Olvidados, estos seres envueltos en las mareas de sus
harapos, no figuran en las incontrastables y frías cifras de
las estadísticas y los censos - esas decisivas criaturas del
canibalismo justificacioncita -; tampoco importan sus nombres y mucho
menos si tienen o han tenido una historia, un relato que le dé
sentido a su existencia.
Las políticas y economías estructurales han suplantado
el maravilloso significado de las palabras, han removido su valor en
una insoslayable inversión de acepciones. Han acorralado la sensibilidad.
Se sugieren grandes campañas de solidaridad sólo cuando
el deterioro es inocultable e inapelable - el litoral de nuestro país
es un inmenso mar de techitos flotantes, por ejemplo -, pero se condena
anticipadamente, a muchos de los probables y futuros mendigos. Los ancianos
librados a las inclemencias del tiempo, los niños rasgando el
asfalto de una ciudad que los descubre en un semáforo, las mujeres
enloquecidas por los hedores de una naturaleza abierta a quien quiera
mirar, los hombres de vestimenta y juventud raídas, revolviendo
disimuladamente, un cesto de basura en plena calle Corrientes. Malversación
de las palabras: todos ellos son "pobres estructurales". Fatal
coincidencia con el susurro ciego y sordo de una época, cuyo
espíritu se sostiene en la sospecha de una abulia colectiva.
LINYERAS
: DEVENIR HISTÓRICO
¿Croto o Linyera?
Las tareas de la chacra, en la Argentina de principios
de siglo, eran totalmente manuales y las recolectoras necesitaban ocupar
temporariamente, numerosa mano de obra, y como nadie o muy pocos sabían
hacerla o aceptaban realizarla, hubo que reclutar braseros en Europa,
entre los paisanos de los mismos chacareros. Aquellos trabajadores estacionales
dejaban el invierno de su país - Italia y España - y en
condiciones precarias navegaban dos o tres semanas con pasaje de tercera
para realizar en la Argentina la cosecha. Los pasajes eran muy baratos,
ya que se los consideraba prácticamente lastre, carga bruta.
Llegaban como las aves migratorias en el verano y se iban en el otoño,
por lo que se les comenzó a llamar "golondrinas".
Como las golondrinas, procuraban regresar a sus países con la
paga casi intacta; aprendieron así a reducir al mínimo
sus gastos. Al principio hacían largas recorridas a pie, como
en su patria. Luego empezaron a tomar furtivamente los trenes de carga,
a dormir en los trayectos al aire libre, junto a las vías. Llevaban
sus pocas y livianas pertenencias en un atado que echaban al hombro.
Algunos italianos llamaban a ese atado de ropa " la linghera",
voz al parecer con significación de ropa blanca, " linghería".
La cosa terminó designando a quién la portaba y comenzó
a llamarse " linyeras" a los braseros caminantes, pasajeros
cada vez más frecuentes de los cargueros ferroviarios.
Alrededor de 1920, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, José
Camilo Crotto, dispuso que dos braseros viajaran gratuitamente en cada
vagón de los trenes de carga del ámbito provincial....
Al descubrir a uno o dos personajes en los vagones, les indicaban: "
seguí nomás, vos viajás por croto...".
Lo cierto es que desde entonces comenzó a llamárselos
indistintamente, crotos o linyeras... Muchos se iban y volvían,
al cabo del ciclo de changas y trabajos, a consumir lo penosamente ganado
afuera, a sostener con esas chirolas el hogar. Pero otros se acostumbraron
a vivir en la vía. Retornaban a ella no como a un camino sino
como a su hábitat...
Llamaban a los primeros linyes o crotos de juntada y su estadía
en la vía era temporaria. Los otros eran los linyes o crotos
propiamente dichos, de vía o permanente.
MONO Y BAGAYERA
Las mínimas pertenencias del linye cabían dentro de aquel
atado que los caminantes italianos denominaron " linghera"
y los crotos criollos comenzaron a llamar el " mono", quizá
por llevarlo sobre el hombro, como los gitanos a sus pequeños
simios.
La " bagayera", del italiano " bagaggio", equipaje,
era una bolsa más pequeña, generalmente de lona o arpillera,
y en ella se guardaban en éste orden, una ollita, en su fondo
un plato hondo de lata, sobre él la pava para el agua. Dentro
de la pava el jarrito o calabaza para el mate. Entre la olla y la pava,
el tenedor, la cuchara, la bombilla y un cucharón de mango recortado.
El cuchillo se llevaba en la cintura para tenerlo a mano en cualquier
emergencia, trabajo o defensa personal. Muchos linyeras completaban
sus enseres con una planchuela de hierro, con uno de sus extremos aguzados
y el otro doblado en forma de gancho. El " fierrito asador"
como le llamaban, servía para asar carne atravesándola
o colgar la pava del doblez y calentarla sobre el fuego.
"El último
Croto" (fragmento)
Un
vientito libertario
cruzaba por mi moyera
cuando "cuadré" la "linyera"
con todo lo necesario.
A rumbos imaginarios
trazados en mis desvelos,
por las hueyas de mi suelo
partí con el "mono" al hombro,
como pichón con asombro
intentando el primer vuelo. Felipe Olivera Moreno
LA RANCHADA
: FUEGO Y COMIDA
Cuando un linyera se apeaba de un tren de carga lo
hacía generalmente en las proximidades de las estaciones ferroviarias
de campaña, allí donde la población era escasa.
De inmediato buscaba con la vista donde se hallaba el embarcadero de
hacienda. Allí o en la cabecera de uno de los galpones ferroviarios
acamparía. Con la primera ubicación buscaban la proximidad
del agua. Con la segunda, reparo de los vientos. Elegido el lugar, con
ramas, bosta seca de vaca, tronlinyeras/fondocroto.jpgco de cardo o
cualquier yuyo capaz de arder, iniciaba el primer fuego. Junto a la
hoguera, clavaba el fierrito asador y colgaba de su extremo doblado,
la pava o una lata con agua para tomar sus primeros mates. Ese sitio
fundado y nucleado por las llamas sería su " ranchada".
Allí permanecería mientras no tomase otro carguero, haría
su comida y tendería las mantas para dormir.
Si posteriormente llegaba otro linyera, el nuevo nunca acamparía
junto a su mismo fuego, sino separado por unos cuantos metros, aunque
invariablemente recibiría del ya instalado la invitación:
" Aquí tiene fuego, compañero"... .Ofrecer fuego
y agua caliente al recién llegado era la primera ley de la ética
linye.
Al
divisar un molino,
y si leña había cercón,
solía parar tranquilón
sin cuerpiarle al "guardahilos".
Después ganaba el camino
y en tiempos de deschalada
dejé la espiga pelada.
por muy poquito dinero
y algún guiso chacarero
que me comí en la ranchada. Felipe Olivera Moreno
EL CÓDIGO
DE HONOR Y LA ÉTICA DEL LINYE.
Los crotos de juntada y los crotos de vía o permanentes, no
se diferenciaban unos de otros sino en el nivel cultural o en los intereses.
En las conversaciones era posible descubrir su naturaleza. El Linye
de juntada tocaba pocos temas, volaba bajo, hablaba de maizales y bolsas
recogidas. Si en cambio hablaba de teatro o poesía, de sindicatos,
si dejaba de comer por leer un diario, si llevaba libros o papeles en
su mono, seguramente era un croto de vía.
El primer territorio que para cada linye resultaba inviolable era la
intimidad del otro.
La influencia de la ideología anarquista fue notoria. Así,
muchos linyeras se convirtieron en difusores de la propaganda libertaria,
distribuían entre una provincia y otra, libros, panfletos y folletos.
A veces llegaba a una estación donde otros linyeras se hallaban
entrando bolsas en los galpones. El croto recién llegado necesitaba
unos centavos para comer ese día y no los tenía. Entonces,
se le acercaba para preguntarle: - ¿me prestaría el sombrero,
compañero?... .Pedir el" sombrero" o el " pañuelo"
a otro, en la jerga linye era solicitarle el favor de un barato o sea
trabajar algunas horas de esa jornada por aquél para ganarse
los centavos que correspondieran.
"Rostro de mi país" - Fotografía
de Carlos Alegretta
EPÍLOGO : DEL
SER LIBRE A LA MASIFICACIÓN.
Fue un modo de vivir, un sentido de ser, una propuesta de sobrevivir.
Fue una evasión de la agria realidad que lo circundaba.
Y por sobre todo, fue el único fenómeno socio-cultural
individualista, fundado en la solidaridad y el respeto a la libertad
en intimidad de sus iguales. Esto, en un tiempo histórico en
que las tendencias colectivizantes desde la ideología o desde
el consumo, todo lo masifican y despersonalizan.
De esta vida podría decirse lo que Karl Jaspers afirmó
de la de Goethe: " no puede tomarse como modelo, pero sí
como ejemplo".
EXTRACCIONES REALIZADAS DE "LOS
CROTOS" DE NARIO HUGO, REVISTA "TODO ES HISTORIA" Nº.158
(JULIO 1980.)
LINYERAS : DEL DEVENIR
HISTÓRICO A LA ACTUALIDAD.
Para el psicólogo Alfredo Moffatt el linyera
era antiguamente un personaje rural, un andarín de las vías
del tren. En general tenía una concepción anarquista,
y eran, en muchos casos, componentes del viejo anarco-sindicalismo que
proclamaba ideales de libertad. Eran respetados en el ambiente rural
porque transmitían información y además se caracterizaban
por su independencia. No mendigaban y hacían sus ranchaditas
en las estaciones. Ese personaje fue muriendo: Sin las vías del
tren y sin la solidaridad de las campiñas rupestres, se ha convertido
en mendigo, lo cual representa una figura análoga. El viejo linyera
no era alcohólico, en cambio, en la actualidad, el croto sí
lo es. Sería como la sombra de un gaucho que queda atrapado bajo
el puente de una ciudad.
Según Moffatt, otro factor de creación de nuevos mendigos
es el empobrecimiento de la clase trabajadora - diría la desarticulación
del movimiento obrero -, que junto a importantes pérdidas afectivas
o carencia de un grupo familiar, ha empujado al mendigo a convertirse
en un detrito social, fuera del circuito público.
Los primeros linyeras - afirma el psicólogo Alfredo Moffatt -
estaban emparentados con los peones golondrina, que eran braseros. Lo
que nunca formaban era una familia. En ese sentido hoy vislumbramos
un personaje diferente, que es el cartonero, que sería algo así
como un empresario familiar, el cual con un pequeño carrito,
tirado a mano y con la ayuda de mujer e hijos, junta los cartones para
luego venderlos.
Por otra parte, Moffatt, describe la figura tradicional del mendigo
urbano, que surge en tiempos de la colonia y que ya en aquella época
tenía patente de mendigo, con lugares fijos para mendigar, que
generalmente estaban constituidos por las iglesias. Estos eran una pieza
clave de la caridad cristiana, en el sentido de que cada Iglesia tenía
su propio mendigo para que los feligreses pudieran convertirse en almas
caritativas, dándoles una limosna.
A partir de los cambios sociales y las variaciones de las condiciones
económico-políticas, estos personajes conservan algunas
características propias de su origen, pero a su vez han sufrido
una transformación, aunque estructuralmente continúan
en el mismo lugar, es decir se convierte en un ser excluido de la rueda
productiva, que queda enclavado en la calle.
MARCELO REBÓN Y CONRADO YASENZA.
"Amanece en el parque"
Fotografía de Carlos Alegretta
TESTIMONIOS
ALFREDO : EL HOMBRE DEL SOL Y LA HOJA DEL
TÁRTAGO.
Hace unas horas el sol se ha levantado, redondo y brillante como una
gran bola de fuego. Es un día muy frío de junio y la estación
de Avellaneda está, como ocurre a diario, plagada de personas
que apuran el paso para llegar a sus trabajos cotidianos. Mis tareas
también han comenzado y es por ello que me dirijo hacia las vías
muertas que, en otros tiempos, antes de que las mismas se vieran obligadas
a abrirse al " gran capital", supieron conducir trenes, chanchitas
y obreros, hasta la fábrica de la empresa SIAM. SA. Argentina.
Busco encontrarme con lo que comúnmente se llama linyera. Camino
durante un buen rato, entre piedras, durmientes y vías herrumbrosas,
que se esconden bajo el pastizal silvestre. Tras haber recorrido un
largo tramo, durante el cual el paisaje alterna casitas con descampados,
un paredón de viejos ladrillos color naranja, se erige hacia
el costado del terraplén. Allí lo veo, sereno, recostado
contra el muro, dormitando mientras cuatro perros lo custodian. He dado
con él. Sus guardianes comienzan a ladrar y él, todavía
emborrachado por el sueño, se despierta y se incorpora con cautela.
Intento destrabar mi lengua luego del susto causado por el acoso de
los perros; propongo algún saludo amigable con el propósito
de que el hombre me vea o escuche, y tranquilice de mi irrupción
en su territorio, a la jauría protectora. Nos separa un terraplén
en forma de hondonada y casi tres metros de distancia. Él se
acerca lenta y cuidadosamente. Es un auténtico linyera, similar
a aquellos a los que tanto temía de chico. Ya nos encontramos
más cerca y gracias a esto, para hablarle, dejo de lado el grito.
Tiene una barba profusa y muy blanca, una gorra que esconde su lacia
y larga cabellera, también blanca, y se apoya en un palo que
le sirve de bastón. Está abrigado; lleva un sobretodo
que oculta sacos y pulóveres harapientos. Los zapatos son una
suerte de borceguíes rotosos, con cordones desprendidos.
Los perros ya se han tranquilizado y andan por ahí jugueteando
entre ellos, pero sin dejar de observarnos de refilón. El hombre
ya esta casi frente a mí. Le comento que hace frío, que
menos mal que el sol ha salido fuerte y que quisiera hablar con él
de algunas cositas de esta vida. Acepta mientras mantiene su recelo.
Me pregunta qué es lo que hago y algunas otras cuestiones.
La charla se desliza entre preguntas y breves comentarios, hasta que
que me dice su nombre: " Yo soy Alfredo y Ud. cómo se llama".
Le digo mi nombre y ya a esta altura la confianza se ha instalado entre
nosotros. Saco la grabadora y se la muestro: " Es para guardar
aquí lo que usted me cuente, si no le molesta". Accede,
sin dejar de mirar ese pequeño y desconocido aparato, que es
el grabador, y calor de la intimidad mediante, la charla se adueña
de la mañana y de nosotros también.
-¿Cuántos años tiene Alfredo?
-65 años.
-¿Cómo vive Ud.?
-Abajo de una hoja vivo... de esa planta, del tártago. Adónde
me agarra la noche duermo, gracias a Dios. Cuando cae el día
uno come algo y descansa, va al sobre. Hay que hacerle un poquito de
comida para los perros, porque ellos comen también y me cuidan
a mí de noche.
-¿La gente lo agrede?
-Hay gente que, bueno más o menos, hay pibes sobre todo, que
sí
Digo la palabra... andan tomando esa porquería ¿me explico?
-¿Drogas?
-Sí, drogas exactamente. Esos a veces te tiran piedras, están
perdidos en la vida, no tienen nada y entonces se la agarran con uno.
¿Y de dónde sale todo eso?
Yo al mediodía gracias a Dios, y a la noche me tomo mi litro
de vino, mirá que compré mi litrito y todavía tengo.
Hoy hice un poquito de asado acá, con la compañía
de siempre, que son mis perros, y después una siestita. Es eso
nomás, yo no molesto a nadie.
-¿Es complicado conseguir la comida?
-Y más o menos. Junto botellas, junto cartón, un poquito
que me da la calle y Dios y entonces vendo y con eso me las rebusco.
Durante el día salgo a caminar y junto un poco más de
botellas para ganarme el peso. ¡Qué va a hacer!.
-¿Ud. se considera linyera?
-No, linyera no. Un linyera, linyerita quiere decir que anda ya muy...
¿me explico?, anda volando muy bajo.
Linyerita tiene muchos significados; un dedo vale por los diez, y es
mucho ya.
-¿Eligió, Alfredo, vivir a la intemperie o fue por
otras razones, como por ejemplo, la falta de trabajo?
-No, no, yo ya tengo mi ciclo, hombre, 65 años que tengo ¡qué
va a hacer!, mi batalla ya está lista.
-¿Pero, en otros años, trabajó en algún
lugar?
-Trabajé en Mundita, un aserradero que queda acá en Valentín
Alsina.
-¿Tiene familia?
-No sé, la verdad?...Mi padre falleció, Nicanor Romero,
mi madre Rosal todos fallecieron.
-¿Desde cuándo vive al costado de la vía?
-Y hará más de seis años. Sí ,más.
-¿Y qué lo llevó a vivir al lado de la vía?
-Si vos me lo preguntas tranquilo, te voy a decir que ya falleció
mamá, terminó todo, todo se terminó y que va hacer.
¿qué querés que haga?
-¿Ud. nunca pensó en tener su propia familia?
- No. Mujer sí, pero a la pasada, una buena compañera
y libertad. Por eso nunca tuve hijos.
-¿Se siente libre?
-La verdad es que, como el pájaro me siento libre, yo no estoy
enjaulado. La libertad no tiene plata para pagarse.
-¿Tiene amigos?
-Si, en la calle lógico, hay amigos que van para allá,
vienen para acá, tienen la misma rutina, juntan papeles, botellas,
lo que da la calle de Dios.
-¿Existen códigos en común para comunicarse?
-No, en ese sentido no. Cuando el tiempo está malo, de lluvia,
nos ayuda el depositero con unos pesos.
-¿Cuándo llueve, dónde duermen?
-Paro en la bajada de allá, dónde está el puente.
Ahí me tiro, ahí me cobijo.
-¿Qué importancia tiene el vino entre ustedes?
-El vino es relativo, hay que saberlo tomar. Es necesario de tomar el
vino, comiendo lo lógico.
-¿Lo comparte?
-Lo comparto yo solo. A veces cuando estoy con mi amigo hago un bocadito,
tomo un trago, y yo me voy después. Chau, listo.
-¿Cómo se llama su amigo?
-¿Cuál ?
-El que nombró recién.
-¡Ah ¡, José se llama, es un viejo como yo. Él
para en la calle Chile
justo dónde está Sobral, y duerme ahí cómo
duermo yo, con mis mantas, mi abrigo de noche.
-¿A Ud. le gusta compartir su lugar, con otra persona que
esté en la calle también?
-Bueno, yo te digo mi rutina. Mañana yo me levanto a las 5 de
la mañana y encuentro gente, gente y gente, pero si nos dedicamos
toda la vida a buscar las personas ¿qué hacemos?.
-¿La gente les tiene miedo?
-¿A nosotros? No, gracias a Dios no, pero que son malos sí,
en el sentido de que a veces te tiran cascotes y te lastiman pero ¿porque?
Si yo no los molesto a ellos, ni les pido un pedazo de pan. Ellos a
veces vienen se sientan un rato acá, y no se que toman, toman
esa porquería ellos.
-¿Lo lastimaron alguna vez Alfredo?
-Claro que me pegaron, me tiraron una vez ladrillazos en la cabeza.
Yo estaba comiendo, gracias a Dios, estaba haciendo un poco de comida
en una ollita y justamente vinieron cinco, cinco vinieron y me tiraron
el ladrillazo en la cabeza y toda la comida me tiraron ¿y yo
que puedo hacer? Es mala gente. Yo no sé para que toman eso,
carajo. Eso vale plata.
-El fuego ¿Qué importancia tiene?
-Y mucho, calienta las tabas. Eso es verdad y se puede cocinar. El fuego
es lindo yo me lo resguardo para calentar de noche el agua y tomar mate.
Siempre hay que tener un tizón y fuego.
-Cuénteme algo más.
-Puedo hablar toda la noche. Lo que te digo es que la gente que anda
así como yo, es buena gente, no te va a molestar, al contrario
puede pedirte, algo te va a pedir, pero molestarte eso no.
-¿Qué lleva en la bolsita, Alfredo?
-Llevo ropa, todo el equipo llevo; tenedor, cucharita, cuchillito para
cortar la carne, para pelar una papa; el equipo de mate, bombilla, un
poco de yerba, a veces una facturita que me dan para el desayuno a la
mañana.
-¿Tiene algún estudio?
-Tengo sexto grado. Estuve en Infantería de Marina dos años.
-¿Le tiene miedo a la muerte?
-No, no hay que tenerle miedo a la muerte, cuando el Señor dice
hasta acá llegaste, bueno hasta acá llegaste. Si me agarra
el frío puedo quedar duro. Yo creo en Dios y en la virgen también.
-¿Ud. piensa que vivió mucho y bien?
-Mirá, cuando yo tenía 20 años anduve muy bien,
gracias a Dios, ahora ya. En salud ando bien .Cuando se murieron los
dos seres más queridos, yo tuve que salir, se acabó todo.
-¿Vivía en una casa, antes?
-Claro, acá en Castellino. Mi hermano Nito era el mayor y yo
el menor. El se llevó su pluma, la de escritor, y no sé
que hizo. Yo dije, me voy, y me fui, entonces listo a otra cosa.
-¿Siempre está con los perros?
-Si, ando siempre con los cuatro perros. Uno es Corchito, el otro el
Orejón, aquél Chucarón y el otro no sé,
el Cabezón le ponemos.
Esta es una vía muerta, no sé si la van a sacar, habrá
que ver que quiere hacer el señor Méndez.
-¿Qué piensa del presidente?
-Ah... no sé, prometió tantas cosas. Él lo que
tiene que fijarse es en el pueblo. Yo si agarro el mando no me voy a
poner a jugar a la rasqueta y a la pelota. En el pueblo hay que fijarse.
¿Porqué no abre las fuentes de trabajo y las fábricas
que están paradas?.Yo me voy a fijar en el pueblo primero, para
que el pueblo no pase hambre, para que la gente no sufra. Yo veo en
el mercado mujeres con criaturas juntando un tomate como lo hago yo,
pero yo soy hombre, una mujer no puede hacer eso.
-¿Cómo es la relación que tiene con el barrio
y con los vecinos?
-A mí me respetan todos, yo gracias a Dios no me meto con nadie,
al contrario me alcanzan a veces un poco de comida, es gente buena.
Hablando bien se entiende.
-¿Qué le gusta hacer a Ud.?
-Cuando está el solcito así, me pongo a leer unos libros,
es importante eso. Hay muchas cosas escritas. En francés no sé
leer, en americano tampoco, brasilero portugués más o
menos se entiende, como gato entre la leña ¿viste?.
-¿Ud. viajó mucho?
-Sí, a la provincia de Santa Fe. Sí, viajé mucho
en carguero. Pucha si viajé, mientras que no se vaya el poncho
de nosotros que es el sol. Yo viajaba cuando estaba la de vapor, La
Porteña, no era como ahora que son diesel, estas vuelan. Sabés
que lindo que es eso, con el fueguito, ahí al lado de la máquina
con carbón de piedra, tomando mate, ah.. Ponía un pedacito
de churrasco al costado, solo se iba haciendo con los mismos fierros
de la caldera, Ja. ! ¿sabés lo que es eso?. Anduve mucho
por mi provincia, Santa Fe, por Misiones también estuve, pero
ya fui de acompañante de un camionero que iba para entregar fuel-oil.
CARLOS VICENTE FREDES
DE LAS REVOLUCIONES AL CANTO Y LOS CONSEJOS.
Otra estación, Remedios de Escalada, y una nueva mañana,
para mi suerte también de sol, aunque por momentos éste
remolonea y amaga con ocultarse. El frío le dice nuevamente a
los transeúntes, buenos días y se ríe de las siempre
repetidas quejas por las temperaturas otoñales. El otoño
tiene esa rara mezcla de timidez y melancolía, que a algunos
seres parece incomodar como una espina. Quizás sea su filo tentador
e incisivo, el que moleste.
Salgo de la estación y camino por la plaza. La situación
me sorprende, dejándome entumecido. No muy lejos de mí,
un hombre largo y flaco, de bigotes finos y grisáceos, revuelve
con paciencia y técnicas casi científicas, un tacho de
basura. Él no mira a nadie y nadie lo mira. Tampoco sospecha
de mi mirada camuflada de distancia. Luego de husmear entre la basura
se dirige hacia un banco de la plaza. Lleva en su mano derecha un bolso
de tela de avión raída. Y aquí la gran sorpresa:
se sienta, abre el bolso con lentitud, saca de él un zapato blanco
de taco aguja, y con suma elegancia, comienza a comer, extrayéndolos
del calzado, unos fideos manchados por algo que se parece a un tuco.
Trato de salir del asombro y me dirijo hacia él. Me divisa y
rápidamente guarda todo en el bolso y se levanta para tratar
de alejarse, antes de que llegue yo a su sitio. Mi arribo se produce
justo cuando está por irse mientras yo, totalmente intrigado,
lanzo frases tontas como " buen día", " cómo
le va", " ¿puedo hablar con Ud. un minutito?".
Su negativa es rotunda y se aleja hasta el próximo banco. Lo
sigo e intento nuevamente: " discúlpeme, no quiero molestarlo,
es para charlar un rato, nada más". El longilíneo
hombre se distiende y recomienza su extraño desayuno. Insisto
: " ¿puedo hablarle, charlar con Ud. ?". Acepta con
muchísima desconfianza e imponiéndome un metro que lo
separa de algún posible peligro y lo tiene preparado para la
defensa. Pienso : " es obvio, no nos conocemos". Cuando quiero
sacar la grabadora se ofusca y acentúa la distancia, alertándose
por la rareza vista. Le explico de qué se trata y se calma. "
Para guardar lo que digo es eso?", me dice.
Nos presentamos y entonces el hombre del cuerpo y los bigotes finos,
se torna amigable. Sus formas de gesticular también son elegantes,
y su proceder es el de alguien bien educado. Ya el diálogo es
fluido, mas allá de que por momentos - quién sabe, a ciencia
cierta, más allá de dónde - su discurso es poéticamente
delirante o incoherente. Vuelvo a pensar: " quién no dirá,
sin darse cuenta y más de una vez, incoherencias, aunque muchas
de ellas no sean para nada, poéticas o fantásticas".
-Dígame, cómo se llama?
-Carlos Vicente Fredes, con ese al final.
-¿Ud. vive por acá?
-Sí, siempre por acá, en Remedios de Escalada ¿conoce
Remedios de Escalada?.
-¿Cómo lleva adelante su vida?
-Yo soy retirado... de comercio. Ahora lo único que hago, para
ayudarme un poco, son algunos jardines por ahí; tengo unos buenos
clientes ¿sabe quién es Sánchez?. El cantor que
vive por aquí; a veces voy a lo del gobernador, que es Duhalde,
y otros clientitos más para ganarme el día.
-¿Vive con alguien?
-Vivo bien. Soy solo. Tengo hermanos ¿conoce Remedios de Escalada?
Bueno, vio que hay un bar en la esquina, allá dónde está
el local de compra-venta, bueno ahora no está más, pero
en fin yo vivo en una pensión. Mi hermano tiene un bar a la vuelta,
que antes se llamaba "El 14", enfrente al almacén de
Pepe.
-¿Y cómo paga la vivienda?
-Es una pensión que pertenece al ferrocarril y ahí no
paga nadie, basta pagar la luz y tenerlo limpio
-¿Vive con otras personas que, como Ud., están solas?
-No, hay matrimonios. Yo estoy solo actualmente pero tengo mi familia,
mi madre, que están por ahí. Yo soy nacido en un pueblo
que se llama Laprida, provincia de Buenos Aires. Mi madre también
nació ahí, y tiene 95 años, se llama Eugenia Prátola.
De diez hermanos quedamos siete vivos, no sé si vivos, ¡bah!.
-¿Qué sabe de los linyeras?
-Linyera es una palabra que se creó para el hombre que sale con
la bolsita a la calle o camina por ahí, o va en trenes de carga.
Pero ese no roba, ese es el verdadero linyera. Antes, en una época
se permitía en los trenes, que toda esa gente que iba con el
monito al hombro viajara en el tren de carga, no de pasajeros ¿eh?
-¿Se refiere a la ley de Crotto?
-¿Sabe porque se llamaba Crotto?. Porque en esa época
el gobernador era Agustín Crotto. Debe haber sido en el ´20,
más o menos, y él permitía a todos los que iban
con el cosito al hombro, su ropita y esas cosas, viajar gratis en el
tren.
-¿Es lo mismo un croto que un linyera?
-No, porque el croto es en general el que va a buscar trabajo, el linyera
no. ¿Me entendió?. El linyera es el que va por la calle,
duerme por allá, en cualquier parte y pide para comer.
-Carlos, ¿sabe qué es la linya?
-El linye le decimos nosotros, es el linyera. El linye era una palabra
que en castellano no iba y por eso le pusieron linyera.
-¿Cuántos años tiene?
-Nací un 28 de enero de 1920. Soy signo acuario. Estamos en el
´96... ¿97?
-No, ´98.
-Entonces tengo 78 años.
-¿Qué cosas o acontecimientos importantes recuerda
haber vivido?
-Y, hay muchos, empezando cuando vine acá en el ´43, vi
la revolución del 4 de junio del ´43, vi las otras revoluciones
también, porque no me fui más de acá. Vi también
cosas lindas, me ha gustado ir al hipódromo, no soy jugador ¿eh?
, pero como soy del campo, me gusta ver los caballos He ido a los bailes,
todas esas cosas, los circos de los hermanos Ribero, que ahora no existen
más. También llegué a trabajar un tiempo en el
Bazar Dos Mundos, Florida 101, ¿conoce la Capital? Acá
hay una sucursal.
-¿Sabe si los linyeras viven en comunidades, si viven solos,
si comparten el fuego, los lugares?
-El linyera no roba, si no tiene para comer pide, y si va otro por la
calle que él ve que anda mal, lo va a llamar para invitarlo a
comer. Si tiene un pancito lo van a compartir entre los dos. El fuego
lo hacen en cualquier lado y también lo comparten. El linyera,
en general, va por la costa de la vía, no se retira para los
campos, va por la vía ¿sabe que es la vía?. Ahí
los peones siempre le dan algo para comer, y ellos bajan o suben a un
tren de carga ¿eh?
-¿Es importante compartir el vino, Carlos?
-Compartir el vino entre dos personas que se entiendan es lindo, porque
pueden conversar un poco. Tomarlo solo no tiene ningún sabor,
bueno, tiene sabor a vino ¿no?. Pero conversando con otro, tomá
una copita vos otra yo y así van charlando de fútbol o
de lo que le guste, y usted en ese momento se olvidó de todos
sus problemas. En cambio cuando uno está solo, los problemas
los agranda.
-¿Se siente solo?
-No.
-¿Tiene amigos linyeras?
-Sí. Dos o tres. Ya no existen más los linyeras, hoy estamos
en otra época, m´hijo, no necesita ser linyera, hoy mal
que mal trabaja. Aquello del linye se terminó. Y ya ve, m´hijo,
una muestra cabal es que ya no existen tampoco los trenes de carga.
-Cuándo intenté acercarme, Ud. me pidió distancia,
¿tenía miedo?.
-No, no. Es la forma de ser mía, y es mejor así, porque
usted no sabe quién soy yo, ni yo quien es usted. Es una manera
de resguardarme. No le voy a hablar de acá a aquella pared que
está lejos, pero a dos metros podemos hablar.
Yo le diría a usted que tenga suerte; más le voy a decir,
que cuide ese trabajito, que no tenga rencor ni ataque a nadie, y que
trate a toda la gente por igual, que no porque alguno tenga un anillo
y otro no tenga nada, lo achique o lo desmerezca.
-¿Sufre agresiones en la calle?
-Rara vez. Hay linyeras que van a pedir para comer, ese es el bueno,
pero hay linyeras que van a sacar lo que no les corresponde. Ese no
vale. Las agresiones son una brutalidad, golpear o matar no entra en
mis cálculos como ser humano
-¿Lo molesta la policía?
-No. Nos piden los documentos y esas cosas. Nos dicen: Señor
tiene que ir con documentos.
-Carlos, ¿existen códigos de entendimiento o códigos
para comunicarse entre linyeras?
-Si, los hay. El linyera, uno con otro hasta se silban, y también
se comunican con los dedos si hay peligro. Si levanto un dedo, todo
bien; si levanto dos regular, y si levanto tres hay que andar con cuidado.
Si extiendo el brazo hacia adelante, atento, puede haber un peligro
mayor. Otros no me acuerdo. Sé que tienen palabras para usar
entre ellos medios raras.
-Por ejemplo, le dicen a un policía, Juan Figura?
-Sí, también le pueden decir cabezón, es como sea
la persona, es un apelativo, no es la forma de llamarse de él.
Pero el tema pasa por un vocabulario propio, que no me acuerdo.
-¿Los linyeras, conocen el pasado, la vida de otro linyera?
-Sí, sí. El linyera tiene mucho tacto, mucho olfato y
absorbe el aliento de otra persona. Por ejemplo, si se fue hace dos
horas de su lugar, cuando vuelve sabe que otro tipo estuvo ahí.
-¿Hay algún requisito para que un linyera se acerque
a otro, cómo es la aceptación?
-No, ninguno. Puede ser si llueve, vamos a ver el caso, que tenga la
amabilidad de ir al encargado de la estación a pedir permiso
para cobijarse debajo del corralón. Pero, por lo general, el
linyera busca los galpones ¿sabe lo qué es un galpón?,
para resguardarse del agua, del viento o para dormir. Pero hoy casi
no existen los linyeras. Las cosas cambiaron, la juventud es distinta.
Yo tengo hasta 5º grado primario, no estudié más
porque en mi pueblo no había. En el quinto año falté
5 días. Yo vivía en un pueblo Laprida, al sur de Buenos
Aires. Antes está Olavarría, Laprida, Pringles, y después
Bahía Blanca. Pero hoy, el chico tiene más facilidad para
estudiar, hay más medios. Yo tenía que caminar 15 o 20
cuadras en el barro para ir a la escuela; y había dos o tres
libros para un montón de chicos, así que lo leía
un rato yo y otro rato mis compañeros. ¿Entiende como
es el asunto?. A uno le daban un cuaderno blanco tapa dura por año
y lo tenía que cuidar.
-¿Cree que ser linyera es una cuestión de pocos recursos
o es una elección de vida?
-Para mí es una elección de vida, porque al linyera le
gusta andar. Ud. va en tren ¿y que ve?, nada. Viaja en avión
¿ y que ve?, nada. Anda en auto ¿y que ve?, nada otra
vez. En cambio usted camina y ve, observa todo lo que lo rodea. Los
linyeras han salido hasta en una canción que dice: (canta)
"Linyera soy,
voy por el mundo
y no sé dónde voy
no tengo punto,
no tengo día
para eso estoy,
no sé dónde voy"
-¿Es libre?
-Sí, soy libre. Hoy ya no existen. El linyera no roba, si tiene
hambre va y pide, una galleta, un pedazo de carne, algo le dan y con
eso se arregla. El linyera tiene que caminar, esa es una regla fundamental
para la vida.
-¿El mendigo de ciudad se diferencia del linyera porque no
viaja y vive en ella?
-No, para mí el mendigo es una mala cosa, porque hay mendigos
que son jóvenes, que tienen medios acá, en la Capital,
por lo menos para vender un diario o lustrar un zapato. Acá hay
medios, no es como allá en el campo que si no sabés algo
del tema estás listo. Ese que mendiga para no trabajar a mi no
me gusta. El linyera es alguien noble, decente, no roba.
-¿Es difícil que una persona que no sea linyera, pueda
hablar un rato con alguno de ellos?
-¡Ah!, eso es más difícil. Pero el hombre que anda
por la calle enseguida entiende, se da cuenta más o menos, quién
es uno y quién es otro ¿no?, ¿me entendió?.
Ellos también se entienden por eso. En una época se decía:
" hay que tener más olfato que un linyera", ¿sabe
que es olfato?¿No?. Pero eso ya ha terminado. ¿Usted ha
leído algo?. Lea "Los miserables".
-¿Hay alguna cosa más que quiera decir, Carlos?
-Sí señor. Voy a empezar: "Para abuelas y abuelos,
padres y madres, novias y novios, los niños, todos, si han escuchado
o leído reciban algo, un aliento, una escuela de dos amigos que
estamos acá, que sirva para bien, que saquen buenas conclusiones
de lo que han oído. La escuela más grande que hay en el
mundo es la calle, que hay que saberla andar sin robar y sin matar.
Nunca nadie rechace las palabras de los mayores o de los que han caminado,
si disienten con él, digan por lo menos "vamos a ver",
pero nunca las rechacen, porque de cinco o seis palabras pueden salir
dos que valen. Las montañas no se encuentran, pero los hombres
sí."
HISTORIAS DE VIDA I
GERMÁN : EL BOTELLERO COMUNITARIO
Germán junta botellas en villa Castellino, Avellaneda,
y las vende para subsistir. Ocasionalmente comparte ranchadas, comida
y vino, junto a otros compañeros. Su deambular tiene como escenografía
las vías muertas de un antiguo y desaparecido ramal de la zona,
por el que en otros tiempos, una locomotora de un carguero rugía
y a su paso hacía temblar la tierra. Este hombre evoca, en sus
facciones y en la fisonomía de su cuerpo, al actor que en el
film " La Patagonia Rebelde", interpreta al compañero
de " Facón Grande". Es un ser simpático y, al
margen del tono umbrío de su voz, es cordial en su forma de hablar.
Se sienta en un tacho de pintura oxidado y, simplemente, cuenta.
Mi vida es sencilla: a los 48 años vivo en la calle y trabajo
de botellero. Por las mañanas, luego de prender un buen fuego
y calentar el agua para unos mates, con el sol ya alto, empiezo mi recorrida
en busca de algunas botellas que luego vendo, y con esos pesos que saco,
compro la comida para el mediodía. Después de comer algo
que preparo en una olla o algún tacho, descanso un rato aprovechando
la hora en que el sol - si es un día abierto - calienta más
fuerte. Lo que se dice comúnmente "hacer la mona un ratito".
Cuando me despierto, salgo a dar unas vueltas más, junto cartón,
botellas y así saco unos mangos para la noche y vuelta a dormir
contra alguna pared, en algún descampado o en un galpón
vacío que uno pueda encontrar.
En Tucumán tengo mi familia, pero desde hace mucho tiempo, estoy
en Buenos Aires. En mi provincia tengo un chico de doce años.
Por suerte la criatura está muy bien, porque está viviendo
en la casa de la hermana de mi ex-mujer. Cuando tengo la posibilidad
de algún peso, yo aporto, y cuando no, no lo hago. Es así.
Ya hacen más de cinco años que vivo en la calle. El comienzo
de esta vida fue, para mí, lo siguiente: yo manejaba un camión,
con el que hacía grandes tramos, cientos de kilómetros
de recorrido. Tuve un choque en la ruta y una operación muy grande
en la espalda a raíz del accidente. Luego de la operación
ya no pude volver a manejar más esos camiones, porque por ejemplo,
en los momentos difíciles, cuando hay que dominar el camión,
a mí se me hacía muy complicado, porque en mi brazo derecho
no tengo fuerza a raíz de que me faltan dos costillas. Ahí
se me fue cortando la línea de trabajo y ahora me encuentro acá
haciendo lo que puedo para subsistir. Al principio y como la gente del
barrio me conoce bastante, algunos trabajos que hice fueron lavarle
el auto a algunas personas o acompañar en el reparto de la panadería.
Pero qué pasó, y bueno, la gente de acá empezó
a no necesitar gente y así es como comencé a vivir de
la calle. Pienso que mayormente, lo que me ocurrió a mí,
se da porque no hay posibilidades de trabajo.
En algunas ocasiones convivo con otros muchachos que están en
las mismas condiciones que yo, que hacen el mismo trabajo. Pero no vivo
fijamente con nadie. Un día nos encontramos en un lado y otro
día en otro. Es decir, no hay lugar fijo. Y la gente, por suerte,
nos ayuda un poco, nos dan a veces comida o una ropa usada y así
nos vamos arreglando dentro de nuestras posibilidades. En los tiempos
en que se convive, siempre alguien se encarga de cocinar, ordenar un
poco el lugar, tener listo el fuego, para poder comer y descansar luego
de la jornada de trabajo. No tenemos, salvo esto, ninguna regla ni código.
Si estamos haciendo fuego y viene algún muchacho con su carrito,
si quiere tomar un mate lo toma, y si se quiere quedar a dormir, tira
una bolsa o unos cartones y ahí ya está lista la cama.
Entonces listo y a otra cosa. Eso sí, siempre está el
fuego con una olla por si alguien quiere un té o un mate. Esto
se comparte totalmente. El único código que pude existir
entre nosotros es, y tampoco es un código, el lugar de entrega
de los cartones, botellas, trapos y lo que uno traiga. Después
nada más. Normalmente nos movemos en el sector en el que estamos.
Por ejemplo hacemos una semana Avellaneda, otros días nos vamos
para el lado de Lanús o Pompeya.
No somos linyeras, porque en nuestro caso hay una variante. Todos nosotros
trabajamos, acá no hay nadie que no lo haga. Que estemos desaliñados,
sucios; que no nos podamos afeitar bien ni tener lugares donde lavar
la ropa, es un tema. Pero no nos consideramos linyeras.
HISTORIAS DE VIDA II. JUAN : EL OCASO DE UN GALÁN DE CINE.
Éste es un personaje particular. Bajo, flaco, muy movedizo y
saltarín como una langosta sorprendida, entre los resquicios
de sus recuerdos, nostalgias y delirios. Tiene en una de sus manos un
cartón de vino y con la otra tira, enloquecidamente, de un changuito
en el que deposita las botellas que recoge en su ágil periplo
itinerante. Está en la calle, vive en y de ella. Es jocoso, ríe
y salta todo el tiempo, y saluda a la gente que pasa. Le gusta mucho
hablar y frente a quien quiera oírlo, él reconstruye su
pasado de intentos y fracasos, delineándolos como tras un cristal
esfumado. En el barrio todos lo conocen: es Juan, el frustrado galán
de cine de Valentín Alsina.
Nunca se elige ser linyera, no señor.
Cuando uno se enfrenta a la miseria, cuando ella se viene encima y le
muestra a uno el rostro, no hay salida y la calle se vuelve el obligado
hogar. Así comienza la vida del linyera. Se aspira, más
bien, a ser bacán. Pero cuando uno no llega a serlo, el fracaso
es demoledor, como un terrible knot-out. Yo quise ser cantor de tangos
y fracasé. Después intente brillar en el fútbol
y tampoco lo logré. El boxeo, otra de mis pasiones, lo único
que me dejó es esta nariz aplastada. Si las peleas no las ganaba
en el 3º o 4º round, me tiraba antes de que me estropearan
totalmente. Pasé por muchos clubes: " El Porvenir",
" Pompeya". Me probaron en muchas partes y siempre lo mismo,
me tenía que tirar para que no me arruinaran.
Todo fracaso. Para mal de males, un trabajo malo y aburrido, y en el
que encima se ganaba muy poco: una oficina de comercio llena de caras
pálidas. Entonces tuve el deseo de intentar otro sueño
de los míos: ser " galán de cine". La estatura
y mi cara de boxeador desalentado, hicieron que volviera a fracasar.
Y esta vez fue la última. Me cansé, me harté de
tanta mala suerte, y me volqué a la calle y a la bebida. Sin
darme cuenta me fui acostumbrando a este nuevo tipo de vida, hasta llegar
al extremo en el que me encuentro hoy. Para colmo estaba esperando la
jubilación y no me llegó nunca más. A los 66 años
vivo en la calle, trato de trabajar en algo, lo que se pueda y tratar
de vivir. Durante el verano la cosa no es tan brava, pero en el invierno
la calle es muy dura y el frío puede ser como el mismísimo
demonio, sólo que en lugar de calentarte, te deja duro en cualquier
lugar. Por eso el vino, porque uno lo toma y se siente más aliviado,
se olvida de tanto fracaso y miseria soportada. Y además, cuando
uno tomó bastante, siente menos el frío y así se
puede dormir mejor. Si se puede conseguir unos diarios o cartones, mejor
todavía.
Hay algunas cosas que me mantienen en contacto con la vida. No sé,
la gente del barrio, las otras personas que viven como yo, poder caminar
y también, cuando se presenta la oportunidad, hablar con alguien
de estas cosas y otras más. Además uno se porta bien y
parece que tuviera un Dios por delante, y uno entonces piensa en Dios,
que es el único salvador que una persona puede tener. Y teniéndolo
a él por qué uno va a pensar en el diablo. No señor,
hay que pensar en Dios.
Además tengo algunas cositas que me dan placer, como por ejemplo,
actualmente, poder comer y tomar un poco de bebida. Como uno no puede
ir a los teatros ni a los cines, se tiene que aguantar y no va. Por
eso el placer más grande que tengo en estos momentos es comer
y tomar. La vida para mí ya está resuelta y por eso trato
vivirla, dentro de lo que yo puedo hacer, de la mejor manera. La gente
del barrio me saluda y también me ayuda porque saben que siempre
estoy de buen humor, siempre riéndome, juntando algunas botellas
por ahí y tomándome las llenas. Creo que la gente que
tiene poco es la más buena y me parece que los que más
guita tienen andan siempre con cara de miedo, como cuando yo me tiraba
en el 3º o 4º round para que no me estropearan.
Testimonios recogidos y elaborados por Conrado
Yasenza y Marcelo Rebón.
CONCLUSIONES
Los linyeras, en la actualidad, pueden ser considerados
personajes urbanos o post-industriales, que por transformaciones histórico-socioeconómicas,
han quedado supeditados a llevar una vida cuyo escenario es la calle.
Los crotos o linyeras pueden clasificarse bajo dos modalidades posibles,
en cuanto al lugar que habitan: éstos pueden ser sedentarios
o nómades. Es decir pueden afincarse a un lugar o localidad y
no superar los límites de dicho territorio; o bien, pueden trasladarse,
a veces sin motivo alguno y otras, dependiendo de si desarrollan actividades
- como juntar cartón o botellas -, de localidad en localidad.
Desde el punto de vista lingüístico, y debido a las grandes
transformaciones sociales, el término " linyera", que
identificaba al trabajador rural golondrina de principios de siglo,
ha mutado hacia el concepto de " mendigo", relacionado con
el reordenamiento del ciclo productivo de un ser humano y con la carencia
de vínculos fuertes a nivel afectivo o familiar.
Por otra parte
el conjunto de las personas que puede ser considerado como " mendigos
urbanos", está compuesto por una población fluctuante,
conformada por hombres y mujeres provenientes desde todas las provincias
del país, los cuales ven en la ciudad mayores posibilidades de
progreso, convirtiéndose esta proyección en un deseo ilusorio
que los arroja a la desesperación y a la calle como escenario
real de la vida.
Algunos, sin estar nucleados bajo ninguna forma de organización,
juntan botellas, cartones y metales, a cambio de los cuales obtienen
algún dinero para la compra del vino cotidiano - " el diván
de los pobres" -, o para la obtención ( en pocos casos)
de algún alimento para la subsistencia. La forma más común
de obtener alimentos la constituye el acto de revolver en los tachos
de basura, donde encuentran lo que mercados y verdulerías arrojan
como sobrante. La Iglesia, donde confluyen por las mañanas en
busca de pan y mate cocido, configura otra forma de obtención
de alimentos, junto a lo que - ocasionalmente - algunas personas pueden
darles.
Algunos mendigos deambulan solos. Otros se juntan de manera circunstancial
junto al fuego. Puede ocurrir también que se reúnan en
grupos de dos o más, para tomar, dormir y por lo general, en
éstos casos, formar ranchadas y transformarse en compañeros,
recreando el lazo de solidaridad social perdido, producto de la desaparición
de las actividades que integran a un ser a la vida pública y
productiva.
Una de las situaciones que se da con mayor frecuencia, cuando se intenta
el abordaje de una charla con un linyera, es el hecho de que, por precaución,
siempre imponen distancia. Otra de las particularidades es que pocos
son los que en el inicio de una entrevista, se reconocen como mendigos
o linyeras. Finalmente el frío, las inclemencias del tiempo,
el alcoholismo y la vida en la calle ( en sí misma), producen
una pérdida en las personas de las nociones de tiempo y espacio.
En algunos casos extremos experimentan la pérdida del lenguaje,
en otros, el desembarco en el territorio sombrío de la locura.
Para darle cierre a estas conclusiones, puede afirmarse que en el proceso
de aislamiento social, se produce una suerte de combinatoria de variables,
una interrelación permanente entre ellas, que arroja como resultado
la imposibilidad de reinserción social.
Luego de los testimonios obtenidos, la referencia al marco conceptual
e histórico del linyera - que revela la transformación
sufrida en su constitución social -, y las conclusiones esbozadas
en este informe, los interrogantes que surgen son los siguientes:
-Uno: si bajo el imperio de este régimen económico y social
de libremercado, no nos cabe a todos aquellos que habitamos en la franja
media de la población, la posibilidad de pasar a engrosar la
ya espesa fracción de seres humanos que viven en la indigencia,
el olvido y la muerte social, mientras nuestro sistema democrático
y republicano, se dedica a fagocitar los engranajes de un esquema social
perverso que, desde hace muchísimo tiempo, abona el terreno de
la impunidad para que los ricos de siempre sean cada vez más
ricos, y los pobres ( antiguos y nuevos) se constituyan, indefectiblemente,
en la única variable de ajuste de un país cada vez más
oprimido en sus probabilidades de construir una sociedad más
humana y solidaria.
-Dos: Más allá del miedo, si se quiere de clase, que impone
el desamparo, la locura y la soledad, el segundo interrogante no es
más que una pregunta más, arrojada hacia todos los que
transitamos normalmente las calles de nuestra ciudad o de nuestros barrios:
Cómo evitar el incisivo avance de la voraz maquinaria que sistemáticamente
crea nuevos excluidos. Y lo que es más preocupante aún:
cuál es la actitud a adoptar frente a la desgarradora visión
de esos seres, casi espectrales, que alguna vez vibraron de deseos al
celebrar el mejor de los acontecimientos de este mundo: la vida. Una
sola certeza es posible: la imposibilidad de vendarse los ojos.