El Renacimiento: Tomás Moro - Las comunas norteamericanas del siglo XIX - Las comunidades contraculturales - El nuevo consumo de drogas - Las comunidades hippies - Las free clinics - Conclusiones

ENSAYO DE ORQUESTA.

Un viaje a través de las utopías
Segunda Entrega

El Renacimiento: Tomás Moro:

En las primeras décadas de la Era Cristiana era tan fuerte la creencia en la llegada de Cristo que los predicadores como San Pablo no dudaban en aconsejar a los fieles abandonar las tierras y familias para dirigirse al desierto y esperar allí el nuevo orden de Dios.

Pero pasaron los años, luego los siglos y el Mesías no apareció y la Ciudad de Dios se transformó, con el paso del tiempo, en una mera metáfora cristiana.
     Todo el medioevo fue un compás de espera, una mirada expectante hacia el Cielo. Finalmente, el llamado Renacimiento trajo otros pensamientos utópicos. El más prestigioso fue el de Tomás Moro ( 1478-1535), quién fuera el creador propiamente dicho de la palabra “utopía”, imaginó un nuevo proyecto de organización social.
     Moro consideraba que los males del hombre se originaban en su codicia y su envidia por tanto era preciso construir una sociedad en la que no hubiera cabida para estas dos debilidades. En su mundo cada individuo sería exactamente igual a su vecino, hasta el extremo de que su vestimenta, vivienda y utensillos serían exactamente iguales. Esto implicaba, naturalmente, la abolición de los títulos de nobleza y otras jerarquías sociales, ya que todos los habitantes iban a obtener la misma cantidad de dinero. Moro consideraba que garantizando el mismo ingreso para cada individuo o familia, y sin ninguna posibilidad de obtener un bien mejor que el de otro, no habría ninguna posibilidad de despertar la codicia o la envidia entre los hombres. Por su parte, resuelto estos conflictos se podría suprimir toda legislación penal, ya que en esta sociedad igualitaria no tendría sentido el delito ni el crimen.
     Tomás Moro murió ejecutado por orden de Enrique VIII sin que su teoría fuera considerada seriamente por nadie, pero cuatrocientos años después de su muerte, incluso quizás sin percatarse de esta coincidencia, el socialismo estalinista construía en sus ciudades las viviendas, una igual a la otra, y los chinos para la misma época se vestían exactamente igual en tiempos de Mao.
     Después de Tomás Moro habría que aguardar varios siglos para que surgieran nuevos pensamientos utópicos, porque ya a comienzos del siglo XIX se va a producir la experiencia de las comunidades en Estados Unidos, y que significó el primer intento por llevar las buenas ideas a la práctica.

Las comunas norteamericanas del siglo XIX.

Robert Owen 1771 - 1858
Filósofo - Inglaterra


Ya durante el siglo XVIII hubo experiencias de vida comunal: los labadistas de Bohemia Manor, Maryland, la colonia Ephrata de Pennsylvania y los Shakers. Pero la más famosa fue, indiscutiblemente, New Harmony fundada por Robert Owen en 1825.
  
A comienzos del siglo XIX, la vieja idea de que el hombre se corrompe por un defecto en su naturaleza deja paso a la convicción de que el mal se encuentra en las fuerzas sociales que lo atenazan. Pero la propuesta de una solución violenta era considerada temible. Por tanto fue creciendo el proyecto de ir fundando comunidades que encarnaran las nuevas ideas. 

  
   
Estas primeras comunidades norteamericanas reflejaron la amplia libertad que se permitía para imaginar el modo de convivencia más adecuado a la naturaleza humana: la abolición de la esclavitud, la reforma de la educación o la igualdad de sexos. Aunque del mismo modo se observó el surgimiento de la mentalidad retrógrada y fanática: curaciones por la fe, cultos gastronómicos, experimentos de eugenesia. O ideas extravagantes como las de Bronson Alcott que se negaba a hacer trabajar a los animales en su granja; o el episodio de dos muchachas shakers que fueron obligadas a azotarse por haber contemplado “los amores de dos moscas en la ventana”.  
  
La experiencia comunitaria más influyente fue la de los Shakers, ya desde los primeros años del 1800. Fueron desplazando la atención de la teología a la reforma social, limando así muchas asperezas entre el socialismo religioso y el socialismo secular de sus contemporáneos.
    
De estas primeras experiencias se desprenden los dos grandes movimientos del siglo XIX: el que va a seguir el pensamiento de Robert Owen y el inspirado en las ideas de Charles Fourier.     Robert Owen (1771-1858) fue un exitoso industrial británico. En sus molinos New Lanark, Owen no sólo era responsable de la fábrica sino también de los habitantes de una aldea que rodeaba al establecimiento. Con el tiempo, Owen se transformó en un bondadoso propietario que consideraba al crimen, la ebriedad o la improductividad como una falla colectiva, es decir, que era necesario corregir las instituciones de New Lanark en lugar de apelar a los castigos usuales en la época. Su administración se basaba en una reforma educativa, haciendo hincapié más en lo preventivo que en lo punitivo.
   
Hacia 1820, Owen ya  disfrutaba de prestigio internacional gracias a su esfuerzo proselitista a favor de pequeñas comunidades. En 1824 viaja a Estados Unidos y allí funda, en la colonia Rapita, a orillas del río Wabash, al sur de Indiana, una población llamada New Harmony.     Ahora bien, los éxitos económicos de Owen contrastan sobremanera con la barranca bajo del francés Charles Fourier. Nacido en el seno de una familia acaudalada, la revolución de 1789 lo privó de su herencia y pasó el resto de su vida imaginando un mundo mejor. Incluso sus escritos jamás fueron traducidos, pero supo conquistar a intelectuales activos como el norteamericano Albert Brisbane que en 1840 escribió “Destino social del hombre” inspirado en Fourier y su impacto en el país del norte fue mucho más intenso que la predica de Owen en 1820.     Pese a todo, las ideas de estos dos pensadores eran muy similares. Ambos consideraban que las grandes ciudades que crecían merced al impulso industrial eran insalubres para el ser humano. Owen propiciaba una comunidad pequeña, de entre 800 ó 1000 habitantes y Fourier sugería entre 1600 y 1800 habitantes. Pero ambos pensaban que el carácter del hombre se formaba según su entorno. Por lo tanto, dentro de estas pequeñas comunidades, cuidadosamente planificadas, el hombre podría convertirse en una criatura más perfecta. Owen imaginó un gran modelo arquitectónico de su comunidad ideal. Consistía en un cuadrado de mil pies de lado que contendría una academia, una capilla, salas de baile y viviendas provistas de todas las comodidades modernas.
     En el curso de sus conferencias públicas en Norteamérica, Owen invitó “ a los hombres trabajadores de buena voluntad “ a integrarse a New Harmony y a las seis semanas de su fundación ya contaba con ochocientas personas. Como era de esperar, no todos eran hombres trabajadores e incluso muchos de sus integrantes no poseían precisamente “buena voluntad”. El hijo de Owen describió más tarde esa comunidad como una “colección heterogénea de radicales, devotos entusiastas de los principios comunitarios, pensadores honrados, teóricos perezosos y un puñado de aventureros sin escrúpulos”. Sin embargo, considerando la totalidad de los factores, la comunidad New Harmony tenía muchas posibilidades de éxito. Además de la personalidad atrayente de Owen y su respaldo financiero, esta comunidad poseía una aldea bien instalada, rodeada de veinte acres de tierra que ya había sido cultivada por sus antiguos propietarios, la secta de los Rapitas. Cabe señalar que esta experiencia concreta de Owen fue presentando complicaciones ya desde los primeros meses de fundada: las ausencias periódicas de Owen sumadas a las diferencias entre los miembros de la comunidad la fueron desestabilizando.
    
Sin embargo, este hecho no hizo decrecer el entusiasmo por la experiencia comunitaria. Después de 1840 se fundaron más de cincuenta falansterios furieristas y por lo menos ocho comunidades más como la Hermandad de la Vida Nueva o la Sociedad Armónica Vegetariana de Harmony Spring, en Arkansas.
    
Una de las experiencias más interesantes fue la comunidad Perfeccionista de Oneida, fundada por iniciativa del que sería su líder durante treinta años, John Humprey Noyes. Su ideología se originaba en el perfeccionismo, creencia cristiana según la cual la segunda venida de Cristo había tenido lugar en el año 70 y desde ese momento todo estaba preparado para la perfección del hombre; así, los perfeccionistas podían escapar del pesado pesimismo de Owen para anclar su espíritu en la esperanza. Creían en la posibilidad de que el hombre realizara su propia divinidad a través de un esfuerzo personal y guiado por los ideales cristianos. Noyes proponía un cristianismo de izquierda y en carta a William Lloyd Garrison acusaba de opresión al gobierno de E.E.U.U. Como muchas otras comunidades, los perfeccionistas practicaban una forma de comunismo, aspirando a disolver la familia nuclear a favor de una solución más amplia aunque unida por los mismos sentimientos de un matrimonio. Abolieron la propiedad privada, distribuyendo igualitariamente los bienes y riquezas. Reemplazaron el matrimonio tradicional por otro comunitario. Esta particular legislación permitía que cualquier hombre podía cohabitar libremente con una mujer luego de expresar el mutuo consentimiento a través de un tercero. Sin embargo, existía una firme distinción entre el placer que se obtenía en el coito casual y sin compromiso y las responsabilidades de la relación sexual “propagadora”. Las parejas destinadas a una relación sexual propagadora eran escogidas para producir niños dotados de condiciones superiores espiritual y físicamente. Como era de suponer, estas ideas tan cercanas a las del “ amor libre” del siglo XX provocaron la indignación de muchos contemporáneos. Los perfeccionistas llegaron a Oneida después de haber sido expulsados de Putney, Bournemouth. Los integrantes de la comunidad Oneida eran miembros de la clase media, algunos habían sido granjeros, otros profesionales, pero casi todos contaban con una buena educación. Pero, aunque Noyes contaba con 25 años cuando la fundó, en Oneida la edad promedio de sus miembros no bajaba de los 45 años, y en ningún momento congregó a personas jóvenes.
    Una de las razones del éxito de Oneida fue el cuidado con que seleccionó a sus miembros: gran número de ellos ya se conocían íntimamente antes de integrarse a la comunidad, y conservaron un sentido de unidad mucho más fuerte que en New Harmony. Esto pudo deberse a que practicaban la crítica mutua, mostrando mucha preocupación por la auto- superación. En otras agrupaciones esto se convirtió en un verdadero ritual, por ejemplo en la colonia Ephrata se le pedía a cada miembro un informe semanal sobre su condición espiritual. En Oneida, la crítica mutua era además una técnica disciplinaria, tal vez una forma primitiva de lo que en el siglo XX se conocería como “ grupos de autoayuda”.
     Pocas comunidades aunaron los ideales con el éxito económico como lo hicieron los Perfeccionistas, y esto se debió a que supieron alejarse de la agricultura (la “tierramanía” como la llamaba Noyes) para acercarse a diversas formas de industria: comenzaron con un aserradero y un molino harinero. Luego probaron suerte con la industria del hilado de seda y las maletas de viaje, hasta que por fin acertaron con la fabricación de trampas para animales, cosa que le valió más de una crítica. Años después ya era una corporación de sólidos recursos financieros, la Oneida Limited.
    
Algo parecido sucedió con la comunidad Amana de Iowa que sobrevivió fabricando refrigeradores y la de los Shakers que inventó la escoba plana que aún se utiliza en todo el mundo y la percha de madera para colgar la ropa.
    
En general, todas estas experiencias comunitarias no duraron más de dos o tres años. Las más longevas fueron las que se unían por creencias religiosas: la comunidad Oneida, Aurora, Bethel, y el movimiento Zoarita, duraron más de veinticinco años. Los Rapitas, los Shakers y la colonia Ephrata sobrevivieron más de un siglo. De las comunidades no religiosas la más duradera fue el Falansterio Norteamericano que se mantuvo trece años.
    
La gran mayoría de los líderes de las comunidades terminaron muy desilusionados y exponían como causa la infiltración de sujetos con malas intenciones. Horace Greeley parece resumir el sentir de estos hombres amargados cuando escribe:
     “Existe un serio obstáculo insoslayable que se opone al éxito de cualquier experimento socialista. Me refiero a la clase de personas que se siente naturalmente atraída por dicho movimiento. Junto con las almas nobles y generosas de impulsos filantrópicos, que están dispuestas a trabajar y a sufrir toda clase de penurias en bien de la humanidad. Hay un grupo muy numeroso integrado por los desplazados, holgazanes, incapaces e inútiles en general.”
   
Con todo, cabe señalar que hacia 1820, cuando se inicia este movimiento de comunidades, EE.UU. estaba formada de hecho por infinidad de pequeñas ciudades, de costumbres y tradiciones sencillas, por lo que este proyecto de las comunidades no resultaba descabellado; pero hacia el final del siglo XIX, el progreso y empuje de las principales ciudades como New York, Boston o Filadelfia ejercía una influencia aplastante y definía una mentalidad anticomunal. Sin embargo, a partir de 1968 este movimiento hacia las comunidades pequeñas va a resurgir en la experiencia hippie.


Las comunidades contraculturales:

Jack Kerouac (1922-1969)


Allen Ginsberg (1926-1997)

Aún hoy resulta paradójico que en el seno del país más poderoso del mundo y durante una etapa histórica llena de prosperidad como fueron los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial se produjeran los mayores cuestionamientos, las más firmes protestas, en especial por parte de la juventud  de clase media. Si bien muchos señalan como comienzo de este movimiento contracultural los últimos años de la década del ’50, de la mano de intelectuales como Allen Ginsberg o Jack Kerouac, la mayoría de los autores reconocen como origen los movimientos de lucha por los derechos civiles de los negros. Este despertar de una nueva juventud harta de la abundancia se fue manifestando en tres etapas:

1)      Entre 1960 y 1964 se desarrolla la era idealista de la lucha por los derechos civiles de los negros.

2)      Entre 1964 y 1968 resurge la crítica de izquierda y se manifiestan los primeros hippies.

3)      A partir de 1968 la aparición del movimiento Hippie, la represión estatal y el repliegue de los hippies que comienzan a fundar comunidades tanto urbanas como rurales.

      Hacia 1960, pues, comienzan tímidos cuestionamientos al racismo y a la pobreza. Precisamente ese año se produce la sentada de cuatro estudiantes negros en una tienda Woolworth de Greensborn, en Carolina del Norte, hartos de que a los negros se les prohibiera usar los baños y bares para blancos. Seis semanas después la protesta se extendía a toda la Nación.

     Y a partir de la publicación de “La otra América” de Michael Harrington (1962), el tema de la pobreza empieza a preocupar a todos los norteamericanos. Síntomas todos de un malestar que se va a ahondar rápidamente luego de 1964. Tras una exitosa elección, las críticas al gobierno del presidente Jonson, lo deciden a resignar su candidatura a la re-elección ese año. Comienzan así los disturbios en muchas ciudades como por ejemplo Detroit, que siempre se había jactado de ser una comunidad sin tensiones. Ese mismo año, 1964, la policía solicitó ametralladoras Stoner, carros de asalto y dispersadores químicos Mace.

     Entre tanto, los planes oficiales para combatir la pobreza y para terminar   con la violencia de la guerra de Vietnam provocaron la radicalización del pueblo norteamericano. Los padres de los jóvenes de izquierda adoptaron las ideas renovadoras de sus hijos.


El nuevo consumo de drogas:

 

     La difusión de las drogas alucinógenas como la mezcalina o el LSD ( que se conocerían como drogas psicodélicas) ocurre hacia 1965. El enero de 1966 se inaugura la primera tienda para “la cabeza” en Haight- Ashbury, ofreciendo al mismo tiempo manuales alucinógenos y utensillos psicodélicos. Por su parte en San Francisco surgen grupos folk-rock de inspiración psicodélica como los Greateful Dead o Jefferson Airplane. Este nuevo estilo de vida expresaba una modalidad no competitiva, pacifista y comunitaria casi desde el vamos, pero la mezcalina y el LSD fueron los agentes de cambio más importantes.


Las comunidades Hippies:

Tras el fracaso de la lucha política de izquierda, amplios sectores de la juventud universitaria se volcaron al movimiento hippie que ya comenzaba a reunirse en comunidades. Una de las primeras experiencias de este tipo se debió a la iniciativa de un músico de rock, Lou Gottlieb, perteneciente al grupo por The Limelighters, quién luego de ganar mucho dinero con la música fundó en 1966 el Lou Gottlieb’s Morningstar Ranch, en lo que había sido una plantación de manzanas de 32 acres en Sonoma Country, al norte de San Francisco

Gottlieb pensaba que en un ámbito liberado de normas y organizaciones, cada persona podía renacer para vivir en armonía con la tierra. “La idea de Morningstar- escribió Gottlieb- es nueva, se trata de una comunidad abierta. El acceso a esta tierra es libre. Es una tierra donde no se expulsa a nadie, la propia naturaleza selecciona a la gente. Los que no trabajan duro no pueden sobrevivir, las vibraciones de la tierra protegen siempre a la comunidad.”
Los primeros habitantes de la plantación de Gottlieb fueron personas de la ciudad, cansados del cemento y la humareda de la gasolina. Al comienzo fueron unas pocas docenas, construyeron cabañas sencillas de madera entre los árboles. Cuidaban los huertos y recogían los frutos. Sin embargo, mes tras mes, el lugar se fue llenando de visitantes molestos, motociclistas ruidosos y no siempre bien intencionados. Hacia 1967 los visitantes ya superaban a los residentes, y un sábado a la noche a fines de julio, trescientas personas se presentaron para cenar. Los problemas que suscitó esta invasión hizo que muchos miembros genuinos de la comunidad se refugiaran en el rancho de Bill Wheeler, no muy lejos de allí, porque ofrecía más espacio y mayor aislamiento de la civilización.
     La mayoría de las comunidades formadas luego de Morningstar comenzaron con los mismos planteos contraculturales y terminaron tomando las mismas medidas contra la superpoblación, la violencia de ciertos visitantes y los conflictos con vecinos y autoridades locales. Muchos comprendieron ya desde el comienzo que sólo era posible trabajar en común, compartir los recursos económicos, comida y ceremonias sólo cuando cada miembro tenía un sitio propio adonde refugiarse. Por ejemplo, un grupo resolvió el tema de las responsabilidades designando el “dictador de la semana”.
     A Morningstar pronto le siguieron las fundaciones de Drop City, Clan Pack, Heathoot Community, Hog Farm o Georgeville Trading Post, entre las más famosas comunidades rurales.
     Las primeras comunidades hippies florecieron en California, al norte de San Francisco, en los condados de Mendocino y Sonoma, y al sur de la carretera de la costa que va hacia Big Sur. Más tarde, una parte de estos jóvenes se desplazaron hacia el norte de Nuevo México y al sur de Colorado. Hacia 1969, Vermont y el Valle de Hudson, cerca de Woodstock se convirtieron en los centros comunales del este.
     Las tierras se obtuvieron de diferentes maneras: alguien las compraba, como hizo Lou Gottlieb e invitaba a otros a ocuparlas. Varios benefactores adquirían las tierras (a veces los mismos padres de los hippies), o varias personas juntaban todos sus ahorros para comprar o alquilar el lugar. Con todo, el costo de esas tierras obligaba a sus ocupantes a llevar una vida, aunque voluntariamente, muy primitiva. Se reducían al máximo las necesidades, la dieta era nutritiva pero monótona y muy pobre en proteínas. La ropa era de segunda mano o de confección casera. Cuando había que reparar o construir algo, alguien debía aprender a hacerlo y el reciclar toda clase de objetos era una obligación ( la comunidad Drop City, por ejemplo, construyó una excelente cúpula geodésica con techos de automóviles abandonados).
     Ya se aludió a que uno de los obstáculos de las comunidades hippies fue, casi desde el comienzo, la superpoblación, otro lo constituyó la convivencia, sobre todo durante los difíciles meses del invierno. Cecil, miembro de la comunidad Grant’s Pass describió el reducido espacio de las cabañas en estos términos: “La cabaña es una sartén donde se fríen palomitas de maíz. Un grupo discute en uno de los cubículos. En la habitación de al lado, una pareja hace el amor, en la otra alguien medita, y en otro cuarto se leen historias a los niños. Todas esas cosas al mismo tiempo.” Otro de los problemas fue la visita de seres indeseables que esperaban beneficiarse con la comida gratis y el sexo fácil.
     Pero de todas, la dificultad mayor fue la obtención de dinero para solventar las necesidades. Muy pocas comunidades poseían industria artesanal. El huerto solía ser el centro de la vida económica ( la tierramanía) y brindaba buena parte del alimento cotidiano; pero, en definitiva, ninguna comunidad logró la autosuficiencia.
     Paralelamente, a este movimiento de comunidades rurales, los hippies aceptaron la idea de convivir aislados de la civilización pero sin abandonar la ciudad. Casi siempre invadían alguna casa abandonada y procuraban adaptarse a las incomodidades de vivir sin luz o sin gas. Pero en la ciudad de San Francisco se formaron barrios enteros de hippies. Los problemas de hacinamiento, la falta de alimentos, y de higiene, las enfermedades infecciosas y principalmente las venéreas, y los accidentes que provocaba el consumo de drogas trajo la necesidad de lo que luego se conoció como las Free Clinics.


Las Free Clinics.

Jimi Hendrix - Festival de Monterrey 1967
Por originarse en el seno del movimiento hippie urbano, este particular servicio médico terminó siendo una alternativa a la psiquiatría oficial. Si bien reconocen ideólogos como Tomás Szasz, Erving Goffman, David Cooper o Ronald Laing, la mayoría de los fundadores, así como su personal eran del propio movimiento contracultural. Hacia 1970 ya existían unos trescientos establecimientos y su éxito se explica por los tipos de servicios que brindaban: las “Hot-Lines”, por ejemplo, eran redes telefónicas funcionando las veinticuatro horas en las que se podía preguntar dónde se podía dormir o como interrumpir un “mal trip” o sea un mal viaje.

A través de estas líneas telefónicas se aconsejaba acerca de los efectos de tal o cual droga, también se daban consejos sexuales, legales, etc. Aquel que llamaba en un momento difícil recibía un asesoramiento de alguien cálido y que no juzgaba. Un segundo servicio de estas Free Clinics fue proveer de lugares para dormir y que al mismo tiempo servían de refugio de la calle para cualquiera que estuviera huyendo de sus padres. La acogida se hacía sin preguntas ni condiciones. Otro servicio, el counseling center, o centro de consejos se dirigía tanto a individuos solos como a grupos de amigos. También poseían un servicio de urgencia con un vehículo equipado para actuar donde fuera. Se hacían exámenes médicos y de laboratorio, así como la prescripción y distribución de medicamentos. La labor principal de estas clínicas fue enfrentar las consecuencias del consumo de drogas, pero en lugar de condenar al visitante, sólo se le ponía en guardia, se le ayudaba a controlar su viaje o se le advertía cuando en el mercado aparecían malas drogas. Tal actitud contrastaba con las de las instituciones médicas oficiales que difundían información falsa y terrorista como por ejemplo que el LSD traía ceguera. Brindaban asimismo orientación feminista y favorable a la práctica homosexual, o relativos a la contracepción y al aborto. Las Free Clinics supieron volcar sobre los pacientes todo un saber que procuraba cuidar más que reprimir, facilitar la autorregulación más que adoctrinar.
 Para Robert Castel, en el año 1971 se da el primer síntoma del fin del movimiento de la contracultura. La derrota de Mc. Govern, que representaba el idealismo de los jóvenes, ante Richard Nixon, advierte acerca del cambio que había sufrido la sociedad norteamericana que pronto se poblaría de veteranos de la guerra de Vietnam irremediablemente esclavos de las drogas pesadas. Aumenta la represión policial hacia todo ser diferente e, irónicamente, las calles se llenarán de delincuentes. Junkies y politoxicómanos sustituirán a los jóvenes idealistas del Viaje y del Verano de Amor que ya, por esos años, se encontraba muy lejos.

Conclusiones

     Me vuelven las imágenes de Ensayo de Orquesta, sobre todo la última escena cuando, rodeados por los escombros en que quedó reducido el salón de ensayo, los músicos intentan dar forma a una melodía sublime. Porque en realidad, en la actualidad asistimos incrédulos a la gran siesta de las utopías. Incluso hasta la misma palabra se ha cargado de significados peyorativos. Parece haberse hecho carne en nosotros aquel pensamiento de Maquiavelo cuando escribe: “Los hombres cometen el error de ignorar el punto donde deben poner límite a sus esperanzas.”

    Se escuchan, no obstante, algunas propuestas como las de los ecologistas que si bien se muestran tímidos a la hora de imaginar la ciudad del futuro, procuran con sus planteos darle forma, abogando por un mundo en el que el hombre y la naturaleza convivan y se respeten. Ahí está, por otra parte, la última generación de liberales europeos, en el otro extremo del espectro ideológico, impulsando la idea de crear ciudades totalmente nuevas en las que todos los negocios estén en manos privadas, pero bregando por el respeto de todas las minorías. Causa sorpresa pues, escuchar a esa nueva derecha hablar, por ejemplo, del respeto por los homosexuales o el combatir toda forma de censura en el arte.

     Comprendo que hasta resulte irritante el tema de un mundo perfecto en los momentos que atraviesa la Argentina, en donde las disonancias ponen los pelos de punta. Sin embargo, nos haría bien reflexionar acerca de la posibilidad de nuevas leyes de convivencia en estos tiempos en que, sin lugar a dudas, debemos fundar nuevamente esta Nación.

     Quizás no sea tan difícil, quizás no resulte tan oneroso, tal vez ni siquiera nos demande un gran esfuerzo comenzar a contemplarnos entre nosotros como a seres nuevos, como a trabajadores de un arte de transformar la realidad no a los empujones sino en función de las necesidades y los estilos. Quizás no sea complicado armar una gran composición y deleitarnos con una nueva armonía tan sutil y exquisita como si se tratara, en su dulzura, de una sinfonía de Mozart.

Por Marcelo Manuel Benítez

mail@icarodigital.com.ar


Su opinión sobre esta nota
........................................
E-mail .............................
Nombre y Apellido...........
Ciudad ............................



Bannerlandia