En las primeras décadas de la Era Cristiana era tan fuerte la
creencia en la llegada de Cristo que los predicadores como San
Pablo no dudaban en aconsejar a los fieles abandonar las tierras
y familias para dirigirse al desierto y esperar allí el nuevo
orden de Dios.
Pero pasaron los años, luego los siglos y el
Mesías no apareció y la Ciudad de Dios se transformó, con el paso
del tiempo, en una mera metáfora cristiana. Todo el medioevo fue un compás de espera,
una mirada expectante hacia el Cielo. Finalmente, el llamado Renacimiento
trajo otros pensamientos utópicos. El más prestigioso fue el de
Tomás Moro ( 1478-1535), quién fuera el creador propiamente dicho
de la palabra “utopía”, imaginó un nuevo proyecto de organización
social. Moro consideraba que los males del hombre
se originaban en su codicia y su envidia por tanto era preciso
construir una sociedad en la que no hubiera cabida para estas
dos debilidades. En su mundo cada individuo sería exactamente
igual a su vecino, hasta el extremo de que su vestimenta, vivienda
y utensillos serían exactamente iguales. Esto implicaba, naturalmente,
la abolición de los títulos de nobleza y otras jerarquías sociales,
ya que todos los habitantes iban a obtener la misma cantidad de
dinero. Moro consideraba que garantizando el mismo ingreso para
cada individuo o familia, y sin ninguna posibilidad de obtener
un bien mejor que el de otro, no habría ninguna posibilidad de
despertar la codicia o la envidia entre los hombres. Por su parte,
resuelto estos conflictos se podría suprimir toda legislación
penal, ya que en esta sociedad igualitaria no tendría sentido
el delito ni el crimen. Tomás Moro murió ejecutado por orden de
Enrique VIII sin que su teoría fuera considerada seriamente por
nadie, pero cuatrocientos años después de su muerte, incluso quizás
sin percatarse de esta coincidencia, el socialismo estalinista
construía en sus ciudades las viviendas, una igual a la otra,
y los chinos para la misma época se vestían exactamente igual
en tiempos de Mao. Después de Tomás Moro habría que aguardar
varios siglos para que surgieran nuevos pensamientos utópicos,
porque ya a comienzos del siglo XIX se va a producir la experiencia
de las comunidades en Estados Unidos, y que significó el primer
intento por llevar las buenas ideas a la práctica.
Las comunas norteamericanas
del siglo XIX.
Robert Owen 1771 - 1858
Filósofo - Inglaterra
Ya durante el siglo XVIII hubo experiencias de vida comunal: los
labadistas de Bohemia Manor, Maryland, la colonia Ephrata de Pennsylvania
y los Shakers. Pero la más famosa fue, indiscutiblemente, New
Harmony fundada por Robert Owen en 1825. A comienzos del siglo XIX, la vieja idea de
que el hombre se corrompe por un defecto en su naturaleza deja
paso a la convicción de que el mal se encuentra en las fuerzas
sociales que lo atenazan. Pero la propuesta de una solución violenta
era considerada temible. Por tanto fue creciendo el proyecto de
ir fundando comunidades que encarnaran las nuevas ideas.
Estas primeras comunidades norteamericanas reflejaron
la amplia libertad que se permitía para imaginar el modo de
convivencia más adecuado a la naturaleza humana: la abolición
de la esclavitud, la reforma de la educación o la igualdad de
sexos. Aunque del mismo modo se observó el surgimiento de la
mentalidad retrógrada y fanática: curaciones por la fe, cultos
gastronómicos, experimentos de eugenesia. O ideas extravagantes
como las de Bronson Alcott que se negaba a hacer trabajar a
los animales en su granja; o el episodio de dos muchachas shakers
que fueron obligadas a azotarse por haber contemplado “los amores
de dos moscas en la ventana”. La experiencia comunitaria más influyente fue la de
los Shakers, ya desde los primeros años del 1800. Fueron desplazando
la atención de la teología a la reforma social, limando así
muchas asperezas entre el socialismo religioso y el socialismo
secular de sus contemporáneos. De estas primeras experiencias se desprenden los
dos grandes movimientos del siglo XIX: el que va a seguir el
pensamiento de Robert Owen y el inspirado en las ideas de Charles
Fourier.Robert Owen (1771-1858) fue un exitoso industrial
británico. En sus molinos New Lanark, Owen no sólo era responsable
de la fábrica sino también de los habitantes de una aldea que
rodeaba al establecimiento. Con el tiempo, Owen se transformó
en un bondadoso propietario que consideraba al crimen, la ebriedad
o la improductividad como una falla colectiva, es decir, que
era necesario corregir las instituciones de New Lanark en lugar
de apelar a los castigos usuales en la época. Su administración
se basaba en una reforma educativa, haciendo hincapié más en
lo preventivo que en lo punitivo. Hacia 1820, Owen yadisfrutaba de prestigio internacional gracias
a su esfuerzo proselitista a favor de pequeñas comunidades.
En 1824 viaja a Estados Unidos y allí funda, en la colonia Rapita,
a orillas del río Wabash, al sur de Indiana, una población llamada
New Harmony.Ahora bien, los éxitos económicos de Owen
contrastan sobremanera con la barranca bajo del francés Charles
Fourier. Nacido en el seno de una familia acaudalada, la revolución
de 1789 lo privó de su herencia y pasó el resto de su vida imaginando
un mundo mejor. Incluso sus escritos jamás fueron traducidos,
pero supo conquistar a intelectuales activos como el norteamericano
Albert Brisbane que en 1840 escribió “Destino social del hombre”
inspirado en Fourier y su impacto en el país del norte fue mucho
más intenso que la predica de Owen en 1820.Pese a todo, las ideas de estos dos pensadores
eran muy similares. Ambos consideraban que las grandes ciudades
que crecían merced al impulso industrial eran insalubres para
el ser humano. Owen propiciaba una comunidad pequeña, de entre
800 ó 1000 habitantes y Fourier sugería entre 1600 y 1800 habitantes.
Pero ambos pensaban que el carácter del hombre se formaba según
su entorno. Por lo tanto, dentro de estas pequeñas comunidades,
cuidadosamente planificadas, el hombre podría convertirse en
una criatura más perfecta. Owen imaginó un gran modelo arquitectónico
de su comunidad ideal. Consistía en un cuadrado de mil pies
de lado que contendría una academia, una capilla, salas de baile
y viviendas provistas de todas las comodidades modernas. En el curso de sus conferencias públicas
en Norteamérica, Owen invitó “ a los hombres trabajadores de
buena voluntad “ a integrarse a New Harmony y a las seis semanas
de su fundación ya contaba con ochocientas personas. Como era
de esperar, no todos eran hombres trabajadores e incluso muchos
de sus integrantes no poseían precisamente “buena voluntad”.
El hijo de Owen describió más tarde esa comunidad como una “colección
heterogénea de radicales, devotos entusiastas de los principios
comunitarios, pensadores honrados, teóricos perezosos y un puñado
de aventureros sin escrúpulos”. Sin embargo, considerando la
totalidad de los factores, la comunidad New Harmony tenía muchas
posibilidades de éxito. Además de la personalidad atrayente
de Owen y su respaldo financiero, esta comunidad poseía una
aldea bien instalada, rodeada de veinte acres de tierra que
ya había sido cultivada por sus antiguos propietarios, la secta
de los Rapitas. Cabe señalar que esta experiencia concreta de
Owen fue presentando complicaciones ya desde los primeros meses
de fundada: las ausencias periódicas de Owen sumadas a las diferencias
entre los miembros de la comunidad la fueron desestabilizando. Sin embargo, este hecho no hizo decrecer el entusiasmo
por la experiencia comunitaria. Después de 1840 se fundaron
más de cincuenta falansterios furieristas y por lo menos ocho
comunidades más como la Hermandad de la Vida Nueva o la Sociedad
Armónica Vegetariana de Harmony Spring, en Arkansas. Una de las experiencias más interesantes fue la
comunidad Perfeccionista de Oneida, fundada por iniciativa del
que sería su líder durante treinta años, John Humprey Noyes.
Su ideología se originaba en el perfeccionismo, creencia cristiana
según la cual la segunda venida de Cristo había tenido lugar
en el año 70 y desde ese momento todo estaba preparado para
la perfección del hombre; así, los perfeccionistas podían escapar
del pesado pesimismo de Owen para anclar su espíritu en la esperanza.
Creían en la posibilidad de que el hombre realizara su propia
divinidad a través de un esfuerzo personal y guiado por los
ideales cristianos. Noyes proponía un cristianismo de izquierda
y en carta a William Lloyd Garrison acusaba de opresión al gobierno
de E.E.U.U. Como muchas otras comunidades, los perfeccionistas
practicaban una forma de comunismo, aspirando a disolver la
familia nuclear a favor de una solución más amplia aunque unida
por los mismos sentimientos de un matrimonio. Abolieron la propiedad
privada, distribuyendo igualitariamente los bienes y riquezas.
Reemplazaron el matrimonio tradicional por otro comunitario.
Esta particular legislación permitía que cualquier hombre podía
cohabitar libremente con una mujer luego de expresar el mutuo
consentimiento a través de un tercero. Sin embargo, existía
una firme distinción entre el placer que se obtenía en el coito
casual y sin compromiso y las responsabilidades de la relación
sexual “propagadora”. Las parejas destinadas a una relación
sexual propagadora eran escogidas para producir niños dotados
de condiciones superiores espiritual y físicamente. Como era
de suponer, estas ideas tan cercanas a las del “ amor libre”
del siglo XX provocaron la indignación de muchos contemporáneos.
Los perfeccionistas llegaron a Oneida después de haber sido
expulsados de Putney, Bournemouth. Los integrantes de la comunidad
Oneida eran miembros de la clase media, algunos habían sido
granjeros, otros profesionales, pero casi todos contaban con
una buena educación. Pero, aunque Noyes contaba con 25 años
cuando la fundó, en Oneida la edad promedio de sus miembros
no bajaba de los 45 años, y en ningún momento congregó a personas
jóvenes. Una de las razones del éxito de Oneida fue
el cuidado con que seleccionó a sus miembros: gran número de
ellos ya se conocían íntimamente antes de integrarse a la comunidad,
y conservaron un sentido de unidad mucho más fuerte que en New
Harmony. Esto pudo deberse a que practicaban la crítica mutua,
mostrando mucha preocupación por la auto- superación. En otras
agrupaciones esto se convirtió en un verdadero ritual, por ejemplo
en la colonia Ephrata se le pedía a cada miembro un informe
semanal sobre su condición espiritual. En Oneida, la crítica
mutua era además una técnica disciplinaria, tal vez una forma
primitiva de lo que en el siglo XX se conocería como “ grupos
de autoayuda”. Pocas comunidades aunaron los ideales con
el éxito económico como lo hicieron los Perfeccionistas, y esto
se debió a que supieron alejarse de la agricultura (la “tierramanía”
como la llamaba Noyes) para acercarse a diversas formas de industria:
comenzaron con un aserradero y un molino harinero. Luego probaron
suerte con la industria del hilado de seda y las maletas de
viaje, hasta que por fin acertaron con la fabricación de trampas
para animales, cosa que le valió más de una crítica. Años después
ya era una corporación de sólidos recursos financieros, la Oneida
Limited. Algo parecido sucedió con la comunidad Amana de
Iowa que sobrevivió fabricando refrigeradores y la de los Shakers
que inventó la escoba plana que aún se utiliza en todo el mundo
y la percha de madera para colgar la ropa. En general, todas estas experiencias comunitarias
no duraron más de dos o tres años. Las más longevas fueron las
que se unían por creencias religiosas: la comunidad Oneida,
Aurora, Bethel, y el movimiento Zoarita, duraron más de veinticinco
años. Los Rapitas, los Shakers y la colonia Ephrata sobrevivieron
más de un siglo. De las comunidades no religiosas la más duradera
fue el Falansterio Norteamericano que se mantuvo trece años. La gran mayoría de los líderes de las comunidades
terminaron muy desilusionados y exponían como causa la infiltración
de sujetos con malas intenciones. Horace Greeley parece resumir
el sentir de estos hombres amargados cuando escribe: “Existe un serio obstáculo insoslayable
que se opone al éxito de cualquier experimento socialista. Me
refiero a la clase de personas que se siente naturalmente atraída
por dicho movimiento. Junto con las almas nobles y generosas
de impulsos filantrópicos, que están dispuestas a trabajar y
a sufrir toda clase de penurias en bien de la humanidad. Hay
un grupo muy numeroso integrado por los desplazados, holgazanes,
incapaces e inútiles en general.” Con todo, cabe señalar que hacia 1820, cuando se
inicia este movimiento de comunidades, EE.UU. estaba formada
de hecho por infinidad de pequeñas ciudades, de costumbres y
tradiciones sencillas, por lo que este proyecto de las comunidades
no resultaba descabellado; pero hacia el final del siglo XIX,
el progreso y empuje de las principales ciudades como New York,
Boston o Filadelfia ejercía una influencia aplastante y definía
una mentalidad anticomunal. Sin embargo, a partir de 1968 este
movimiento hacia las comunidades pequeñas va a resurgir en la
experiencia hippie.
Las comunidades contraculturales:
Jack Kerouac (1922-1969)
Allen Ginsberg (1926-1997)
Aún hoy resulta paradójico que en el seno del país más poderoso
del mundo y durante una etapa histórica llena de prosperidad
como fueron los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial
se produjeran los mayores cuestionamientos, las más firmes protestas,
en especial por parte de la juventudde clase media. Si bien muchos señalan como comienzo
de este movimiento contracultural los últimos años de la década
del ’50, de la mano de intelectuales como Allen Ginsberg o Jack
Kerouac, la mayoría de los autores reconocen como origen los
movimientos de lucha por los derechos civiles de los negros.
Este despertar de una nueva juventud harta de la abundancia
se fue manifestando en tres etapas:
1)
Entre 1960 y 1964 se desarrolla la era idealista de la lucha
por los derechos civiles de los negros.
2)
Entre 1964 y 1968 resurge la crítica de izquierda y se manifiestan
los primeros hippies.
3)
A partir de 1968 la aparición del movimiento Hippie, la represión
estatal y el repliegue de los hippies que comienzan a fundar
comunidades tanto urbanas como rurales.
Hacia
1960, pues, comienzan tímidos cuestionamientos al racismo y
a la pobreza. Precisamente ese año se produce la sentada de
cuatro estudiantes negros en una tienda Woolworth de Greensborn,
en Carolina del Norte, hartos de que a los negros se les prohibiera
usar los baños y bares para blancos. Seis semanas después la
protesta se extendía a toda la Nación.
Y
a partir de la publicación de “La otra América” de Michael Harrington
(1962), el tema de la pobreza empieza a preocupar a todos los
norteamericanos. Síntomas todos de un malestar que se va a ahondar
rápidamente luego de 1964. Tras una exitosa elección, las críticas
al gobierno del presidente Jonson, lo deciden a resignar su
candidatura a la re-elección ese año. Comienzan así los disturbios
en muchas ciudades como por ejemplo Detroit, que siempre se
había jactado de ser una comunidad sin tensiones. Ese mismo
año, 1964, la policía solicitó ametralladoras Stoner, carros
de asalto y dispersadores químicos Mace.
Entre
tanto, los planes oficiales para combatir la pobreza y para
terminarcon la violencia de la guerra de Vietnam provocaron
la radicalización del pueblo norteamericano. Los padres de los
jóvenes de izquierda adoptaron las ideas renovadoras de sus
hijos.
El nuevo consumo de drogas:
La difusión de las drogas alucinógenas como la mezcalina
o el LSD ( que se conocerían como drogas psicodélicas) ocurre
hacia 1965. El enero de 1966 se inaugura la primera tienda para
“la cabeza” en Haight- Ashbury, ofreciendo al mismo tiempo manuales
alucinógenos y utensillos psicodélicos. Por su parte en San
Francisco surgen grupos folk-rock de inspiración psicodélica
como los Greateful Dead o Jefferson Airplane. Este nuevo estilo
de vida expresaba una modalidad no competitiva, pacifista y
comunitaria casi desde el vamos, pero la mezcalina y el LSD
fueron los agentes de cambio más importantes.
Las comunidades Hippies:
Tras el fracaso de la lucha política de izquierda,
amplios sectores de la juventud universitaria se volcaron al movimiento
hippie que ya comenzaba a reunirse en comunidades. Una de las
primeras experiencias de este tipo se debió a la iniciativa de
un músico de rock, Lou Gottlieb, perteneciente al grupo por The
Limelighters, quién luego de ganar mucho dinero con la música
fundó en 1966 el Lou Gottlieb’s Morningstar Ranch, en lo que había
sido una plantación de manzanas de 32 acres en Sonoma Country,
al norte de San Francisco
Gottlieb pensaba que en un ámbito liberado de normas y organizaciones,
cada persona podía renacer para vivir en armonía con la tierra.
“La idea de Morningstar- escribió Gottlieb- es nueva, se trata
de una comunidad abierta. El acceso a esta tierra es libre.
Es una tierra donde no se expulsa a nadie, la propia naturaleza
selecciona a la gente. Los que no trabajan duro no pueden sobrevivir,
las vibraciones de la tierra protegen siempre a la comunidad.”
Los primeros habitantes de la plantación de Gottlieb fueron
personas de la ciudad, cansados del cemento y la humareda de
la gasolina. Al comienzo fueron unas pocas docenas, construyeron
cabañas sencillas de madera entre los árboles. Cuidaban los
huertos y recogían los frutos. Sin embargo, mes tras mes, el
lugar se fue llenando de visitantes molestos, motociclistas
ruidosos y no siempre bien intencionados. Hacia 1967 los visitantes
ya superaban a los residentes, y un sábado a la noche a fines
de julio, trescientas personas se presentaron para cenar. Los
problemas que suscitó esta invasión hizo que muchos miembros
genuinos de la comunidad se refugiaran en el rancho de Bill
Wheeler, no muy lejos de allí, porque ofrecía más espacio y
mayor aislamiento de la civilización. La mayoría de las comunidades formadas luego
de Morningstar comenzaron con los mismos planteos contraculturales
y terminaron tomando las mismas medidas contra la superpoblación,
la violencia de ciertos visitantes y los conflictos con vecinos
y autoridades locales. Muchos comprendieron ya desde el comienzo
que sólo era posible trabajar en común, compartir los recursos
económicos, comida y ceremonias sólo cuando cada miembro tenía
un sitio propio adonde refugiarse. Por ejemplo, un grupo resolvió
el tema de las responsabilidades designando el “dictador de
la semana”. A Morningstar pronto le siguieron las fundaciones
de Drop City, Clan Pack, Heathoot Community, Hog Farm o Georgeville
Trading Post, entre las más famosas comunidades rurales. Las primeras comunidades hippies florecieron
en California, al norte de San Francisco, en los condados de
Mendocino y Sonoma, y al sur de la carretera de la costa que
va hacia Big Sur. Más tarde, una parte de estos jóvenes se desplazaron
hacia el norte de Nuevo México y al sur de Colorado. Hacia 1969,
Vermont y el Valle de Hudson, cerca de Woodstock se convirtieron
en los centros comunales del este. Las tierras se obtuvieron de diferentes
maneras: alguien las compraba, como hizo Lou Gottlieb e invitaba
a otros a ocuparlas. Varios benefactores adquirían las tierras
(a veces los mismos padres de los hippies), o varias personas
juntaban todos sus ahorros para comprar o alquilar el lugar.
Con todo, el costo de esas tierras obligaba a sus ocupantes
a llevar una vida, aunque voluntariamente, muy primitiva. Se
reducían al máximo las necesidades, la dieta era nutritiva pero
monótona y muy pobre en proteínas. La ropa era de segunda mano
o de confección casera. Cuando había que reparar o construir
algo, alguien debía aprender a hacerlo y el reciclar toda clase
de objetos era una obligación ( la comunidad Drop City, por
ejemplo, construyó una excelente cúpula geodésica con techos
de automóviles abandonados). Ya se aludió a que uno de los obstáculos
de las comunidades hippies fue, casi desde el comienzo, la superpoblación,
otro lo constituyó la convivencia, sobre todo durante los difíciles
meses del invierno. Cecil, miembro de la comunidad Grant’s Pass
describió el reducido espacio de las cabañas en estos términos:
“La cabaña es una sartén donde se fríen palomitas de maíz. Un
grupo discute en uno de los cubículos. En la habitación de al
lado, una pareja hace el amor, en la otra alguien medita, y
en otro cuarto se leen historias a los niños. Todas esas cosas
al mismo tiempo.” Otro de los problemas fue la visita de seres
indeseables que esperaban beneficiarse con la comida gratis
y el sexo fácil. Pero de todas, la dificultad mayor fue la
obtención de dinero para solventar las necesidades. Muy pocas
comunidades poseían industria artesanal. El huerto solía ser
el centro de la vida económica ( la tierramanía) y brindaba
buena parte del alimento cotidiano; pero, en definitiva, ninguna
comunidad logró la autosuficiencia. Paralelamente, a este movimiento de comunidades
rurales, los hippies aceptaron la idea de convivir aislados
de la civilización pero sin abandonar la ciudad. Casi siempre
invadían alguna casa abandonada y procuraban adaptarse a las
incomodidades de vivir sin luz o sin gas. Pero en la ciudad
de San Francisco se formaron barrios enteros de hippies. Los
problemas de hacinamiento, la falta de alimentos, y de higiene,
las enfermedades infecciosas y principalmente las venéreas,
y los accidentes que provocaba el consumo de drogas trajo la
necesidad de lo que luego se conoció como las Free Clinics.
Las
Free Clinics.
Jimi Hendrix - Festival de
Monterrey 1967
Por originarse en el seno del movimiento hippie
urbano, este particular servicio médico terminó siendo una alternativa
a la psiquiatría oficial. Si bien reconocen ideólogos como Tomás
Szasz, Erving Goffman, David Cooper o Ronald Laing, la mayoría
de los fundadores, así como su personal eran del propio movimiento
contracultural. Hacia 1970 ya existían unos trescientos establecimientos
y su éxito se explica por los tipos de servicios que brindaban:
las “Hot-Lines”, por ejemplo, eran redes telefónicas funcionando
las veinticuatro horas en las que se podía preguntar dónde se
podía dormir o como interrumpir un “mal trip” o sea un mal viaje.
A través de estas líneas telefónicas se aconsejaba acerca de los
efectos de tal o cual droga, también se daban consejos sexuales,
legales, etc. Aquel que llamaba en un momento difícil recibía un
asesoramiento de alguien cálido y que no juzgaba. Un segundo servicio
de estas Free Clinics fue proveer de lugares para dormir y que al
mismo tiempo servían de refugio de la calle para cualquiera que
estuviera huyendo de sus padres. La acogida se hacía sin preguntas
ni condiciones. Otro servicio, el counseling center, o centro de
consejos se dirigía tanto a individuos solos como a grupos de amigos.
También poseían un servicio de urgencia con un vehículo equipado
para actuar donde fuera. Se hacían exámenes médicos y de laboratorio,
así como la prescripción y distribución de medicamentos. La labor
principal de estas clínicas fue enfrentar las consecuencias del
consumo de drogas, pero en lugar de condenar al visitante, sólo
se le ponía en guardia, se le ayudaba a controlar su viaje o se
le advertía cuando en el mercado aparecían malas drogas. Tal actitud
contrastaba con las de las instituciones médicas oficiales que difundían
información falsa y terrorista como por ejemplo que el LSD traía
ceguera. Brindaban asimismo orientación feminista y favorable a
la práctica homosexual, o relativos a la contracepción y al aborto.
Las Free Clinics supieron volcar sobre los pacientes todo un saber
que procuraba cuidar más que reprimir, facilitar la autorregulación
más que adoctrinar.
Para Robert Castel, en el año 1971 se da el primer síntoma del
fin del movimiento de la contracultura. La derrota de Mc. Govern,
que representaba el idealismo de los jóvenes, ante Richard Nixon,
advierte acerca del cambio que había sufrido la sociedad norteamericana
que pronto se poblaría de veteranos de la guerra de Vietnam irremediablemente
esclavos de las drogas pesadas. Aumenta la represión policial hacia
todo ser diferente e, irónicamente, las calles se llenarán de delincuentes.
Junkies y politoxicómanos sustituirán a los jóvenes idealistas del
Viaje y del Verano de Amor que ya, por esos años, se encontraba
muy lejos.
Conclusiones
Me vuelven las imágenes de Ensayo de Orquesta,
sobre todo la última escena cuando, rodeados por los escombros
en que quedó reducido el salón de ensayo, los músicos intentan
dar forma a una melodía sublime. Porque en realidad, en la actualidad
asistimos incrédulos a la gran siesta de las utopías. Incluso
hasta la misma palabra se ha cargado de significados peyorativos.
Parece haberse hecho carne en nosotros aquel pensamiento de Maquiavelo
cuando escribe: “Los hombres cometen el error de ignorar el punto
donde deben poner límite a sus esperanzas.”
Se escuchan, no obstante, algunas propuestas
como las de los ecologistas que si bien se muestran tímidos a
la hora de imaginar la ciudad del futuro, procuran con sus planteos
darle forma, abogando por un mundo en el que el hombre y la naturaleza
convivan y se respeten. Ahí está, por otra parte, la última generación
de liberales europeos, en el otro extremo del espectro ideológico,
impulsando la idea de crear ciudades totalmente nuevas en las
que todos los negocios estén en manos privadas, pero bregando
por el respeto de todas las minorías. Causa sorpresa pues, escuchar
a esa nueva derecha hablar, por ejemplo, del respeto por los homosexuales
o el combatir toda forma de censura en el arte.
Comprendo que hasta resulte irritante el
tema de un mundo perfecto en los momentos que atraviesa la Argentina,
en donde las disonancias ponen los pelos de punta. Sin embargo,
nos haría bien reflexionar acerca de la posibilidad de nuevas
leyes de convivencia en estos tiempos en que, sin lugar a dudas,
debemos fundar nuevamente esta Nación.
Quizás no sea tan difícil, quizás no resulte
tan oneroso, tal vez ni siquiera nos demande un gran esfuerzo
comenzar a contemplarnos entre nosotros como a seres nuevos, como
a trabajadores de un arte de transformar la realidad no a los
empujones sino en función de las necesidades y los estilos. Quizás
no sea complicado armar una gran composición y deleitarnos con
una nueva armonía tan sutil y exquisita como si se tratara, en
su dulzura, de una sinfonía de Mozart.