Palabras cogidas sin azar

Tres historias de amor


Antoine de Saint Exupery

El principito y la flor

El principito no pudo contener su admiración: ¡Qué hermosa eres!

¿Verdad? contestó la flor dulcemente. Nací al mismo tiempo que el sol.

El principito comprendió que no era muy modesta, pero en cambio ¡se veía tan conmovedora!

Me parece que es hora del desayuno, añadió ella. ¿Tendrías la bondad de atenderme un poco...? El principito, muy confuso, buscó una regadera y roció la flor.

De este modo, desde el comienzo, lo atormentó con su vanidad un poco recelosa.

Un día, por ejemplo, hablando de sus cuatro espinas dijo al principito:

-¡Ya pueden venir los tigres con sus garras!

-No hay tigres en mi planeta, objetó el principito, y además, los tigres no comen vegetales.

-Yo no soy un vegetal, respondió la flor con suavidad.

-Discúlpame.

-No les tengo ningún miedo a los tigres; en cambio, tengo horror de las corrientes de aire ¿No tienes acaso un biombo?

-Horror a las corrientes de aire... No es mucha suerte para una planta, observó el principito. Esta flor es muy complicada...

-Por la noche me pondrás bajo un fanal. Aquí hace mucho frío, no me encuentro muy a gusto. De donde vengo...

Se interrumpió. Había llegado en forma de semilla y no podía conocer otros mundos. Humillada por haber sido sorprendida por tratar de inventar una mentira tan ingenua, tosió dos o tres veces para complicar al principito.

-¿Y ese biombo?

-Iba a buscarlo, pero como me estabas hablando... Entonces ella se esforzó en toser para hacerle sentir remordimientos.

Fue así como el principito, a pesar de su amor lleno de buena voluntad, empezó a dudar de ella. Tomó en serio palabras sin importancia y se sintió muy desdichado.

-No debí escucharla, no hay que escuchar a las flores, me confió un día. Sólo hay que mirarlas y olerlas. La mía embalsamaba mi planeta, pero no supe apreciarlo. Esa historia de las garras que tanto me irritó, más bien debió enternecerme.

Y me hizo otra confidencia: no supe entender nada entoces. Debí juzgarla por sus actos, no por sus palabras. Me daba su aroma y me iluminaba ¡Jamás debí huir! Tendría que haber adivinado la ternura que escondía detrás de sus ingenuas astucias ¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era muy joven para saber amarla.


Jesús y los niños

Texto bíblico

Le presentaron unos niños para que los tocase, y los discípulos reñían a quienes venían a presentárselos. Cuando advirtió esto Jesús, lo llevó muy a mal, y les dijo: dejad que vengan a mí los niños, y no se lo estorbeis; porque de los que se semejan a ellos es el reino de Dios.

En verdad os digo que quien no recibiese como niño el reino de Dios, no entrará en él.

Y, estrechándolos entre sus brazos, y poniendo sobre ellos las manos, los bendecía.


Biscuit

Alexander Sutherland Neill

Mi perro Biscuit, un terranova dorado, se encuentra a punto de morir. Es tan viejo que ha perdido todo el dominio de sus funciones y debo matarlo. Era un perro ideal para una escuela. No mordía a nadie, y permitía a los niños acariciarlo y jugar con él. Lo hecharé de menos.

Cuando hace poco estuve en el hospital, Biscuit se puso tristísimo. Pasaba casi todo el tiempo al lado de mi cama, esperando que me levantara. Los perros adulan, los gatos no. Los perros aman y no pueden condenar a quienes aman. Estoy seguro de que el perro de Goering lo quería como si él hubiese sido un Gandhi.

Como muestran su afecto, los perros agradan a la mayoría de la gente. Este don se debe a que son animales gregarios. Los caballos y las vacas son gregarios, pero demuestran poco o ningún amor a sus dueños. Quizás este es un instinto de las especies. El perro es un lobo (un animal de manada) y en su estado salvaje los perros no pueden mostrar su amor, salvo al jefe de manada. Como no son gregarios, los gatos no tienen jefe. En cierto modo pueden catalogarse por encima de los perros, porque tienen una independencia natural. No procuran el favor del amo. En cambio, el viejo Biscuit siempre olfatea mi mano en busca de una caricia amistosa.

Millares de propietarios de perros han afirmado que prefieren sus animales a los seres humanos, y yo los comprendo: la fidelidad sin límites y el amor que se recibe de un perro no pueden obtenerse de una relación humana. Una esposa, un hermano pueden criticar, pero un perro no critica ni duda. Al perro se le puede denominar animal superior, porque no engaña, ni calumnia, ni hace la guerra, ni odia. Si se muestra agresivo es por un hueso o una perra. Por decirlo así, mucho depende de si su amo le ofrece independencia. Creo que si hubiera encadenado a Biscuit, en seis semanas habría mordido a la gente.

He ido retrasando llamar por teléfono al veterinario, así como suelo retrasar el despido de un maestro. Mi perro es demasiado viejo: tiene catorce años.

Soy demasiado viejo para tener otro perro; pero aunque fuera más jóven, no tendría un perro, porque su vida es demasiado corta y la despedida demasiado triste.

Selección: Rubén Fernández Lisso

mail@icarodigital.com.ar

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