El ojo de la tormenta:
Goya y la pincelada patética
Goya
Autorretrato 1794.
Óleo sobre tela.
Castres Musée
Cualquier reseña personal es insuficiente y, por eso mismo,
arbitraria. Pero no por eso menos infiel a la intencionalidad
del autor. Francisco de Goya y Lucientes (Aragón, España,
1746; Burdeos, Francia, 1828) trazó su obra madura hace
exactamente dos siglos. Y nosotros nos acercamos a ella junto
a una premisa fundamental de toda obra humana: Las personas no
somos; vamos siendo.
El Goya que dio la pincelada final a Los Fusilamientos
en la Montaña del Príncipe Pío, entre
los años 1812 y 1814, era hijo y, a la vez, padre de un
tiempo singular. Tenía más de sesenta años,
la mitad de los cuales los había dedicado como pintor cortesano
de la dinastía Borbón en España. Para ellos
había pintado temas costumbristas con majos y majas en
los cartones para tapices durante los últimos años
del siglo XVIII. El Siglo de Oro español había pasado;
Velázquez era el referente principal en pintura. Pero no
por ello Goya vivió tiempos grises.
El 3 de Mayo de 1808 en Madrid:
Los fusilamientos de la Montaña de Príncipe Pío
FRANCISCO DE GOYA Y LUCIENTES (1746-1828)
Lienzo (268x347 cm) - Escuela Española Siglo XIX Sala 39
- Museo del Prado
La historia fatal
Cuando a partir de 1792 comienza a padecer una sordera, su caracter
personal se altera al igual que su obra artística. Y también
el mundo se vuelve mudo ante la primer victoria militar de la
Revolución Francesa en Valmy. Las ideas liberales, anticlericales
y antiabsolutistas corrían por Europa desde Francia. Años
después, Napoleón Bonaparte, con su ejército,
inauguraba la época imperial. España fue invadida
por los franceses y Napoleón coronó rey a su hermano
José; el pueblo español resistió a sangre
y fuego. Se dio inicio a una época cruenta, a una guerra
por la independencia, que tuvo también rasgos de guerra
civil. En 1812 los españoles de Cádiz sancionaron
una constitución liberal el 19 de marzo, día de
San José, que se llamó popularmente "La Pepa". «¡Viva
La Pepa!» era el grito de los liberales; «¡Vivan
las cadenas!» la consigna de los conservadores y monárquicos.
El rey Fernando VII volvió al trono cuando Napoleón
fue derrotado en toda Europa. Derogó "La Pepa", persiguió
a los liberales españoles, y mandó castigar a los
criollos que habían establecido gobiernos por su cuenta
en América.
Goya, en tanto, daba la pincelada final a Los Fusilamientos
en la Montaña del Príncipe Pío, acaso
oyendo el sonido de la decadencia de su tiempo.
Goya retratándose mientras pinta. Nótense
algunos elementos de su quehacer: El sombrero con cirios para
las horas nocturnas, y la paleta con pocos colores, de los cuales
Goya extraía una amplia variedad.
El gusto sublime
La pintura de batallas como género tuvo un desarrollo
intenso a partir de la Revolución Francesa de 1789. Fueron
sus elementos recurrentes la violencia que daba nacimiento a la
nueva época, la valoración del individuo a través
de los derechos del hombre, y la voluntad racional elevada a la
condición de divinidad laica. La pintura revolucionaria
y napoleónica nos dan muestra de ello, bajo el rótulo
de lo que los especialistas llamaron gusto sublime,
esto es, que la violencia y la crueldad de los nuevos tiempos
debían contenerse en una razón fundante, que permitiera
explicar y legitimar la grandeza de la nación o del héroe.
Así, el arte francés se nutre de una especial atención
por el patetismo de los personajes, sus gestos y actitudes, antes
que por las situaciones representadas.
En Marat asesinado, J.L. David expone al jacobino
miembro de la Convención en un espacio abstracto, como
un mártir, cuya piedad se proyecta en la historia. La violencia
del asesinato se sublima en la figura del héroe que, de
esta manera, positiva el patetismo.
JACQUES-LOUIS DAVID, "Marat
asesinado", h. 1793. Óleo/tela
"La batalla de Eylau"
Óleo sobre lienzo 533x800 cm. Museo del Louvre, París.
1808.
Para la época napoleónica es destacable La
batalla de Eylau de A.J. Gros. En dicha obra -que representa
el combate que tuvieron franceses y rusos en 1807, y que causó
más de 20.000 muertos-, la composición contiene
tres planos: Un primer plano de muertos; de fondo, la batalla;
y como centro plástico la figura de Napoleón Bonaparte
con la actitud de un césar. Son el realismo de las víctimas
y del Emperador los que dan sublimidad a la obra, porque si es
verosímil el horror también lo es el gesto compasivo
y piadoso del héroe.
El carácter histórico de esas pinturas debía
tener un fin legitimador para la modernidad surgida del Antiguo
Régimen. Veremos de qué manera Gros y Goya (uno
francés y el otro español) plasmaron los sucesos
de la invasión de Napoleón a España desde
significaciones bien distintas y, dentro de ella, la contemporaneidad
del genio aragonés.
El juego de los
opuestos
Cuando Goya dio la pincelada final a Los fusilamientos
en la Montaña del Príncipe Pío inició
un diálogo. Aunque mucho se ha escrito, no hay pruebas
de que dicha obra fuera una respuesta a La rendición
de Madrid de Gros. Pero podemos pensarlo así.
Es notoria la contraposición de imágenes y significados.
Cabe aclarar que, si hubo influencia, fue la obra del francés
la que actuó sobre la de Goya, debido a las fechas de ambas
creaciones (1810 y 1814 respectivamente). Ahora bien, observémoslas
detenidamente.
"La
rendición de Madrid" -Diciembre, 1808. Antoine-Jean
Gros.
Gros ha representado la entrega y la humillación de los
madrileños, que se arrodillan y bajan la cabeza ante un
Napoleón sereno, firme, secundado por sus hombres, uno
de los cuales sostiene en una mano el decreto de amnistía
para los rendidos. Otra vez aquí los elementos sublimes
del poder y la piedad.
Goya, en cambio, corrige el «modelo» francés del gusto
sublime. Reemplaza al héroe legitimador por los madrileños
que mueren, singularizados en sus distintas actitudes: Desde los
que rezan, los que no quieren ver la matanza, y el que hace frente
a la descarga ofreciendo su pecho. A su vez, deshumaniza al pelotón
de fusilamiento al hacerlo anónimo y sin rostro.
Las figuras que inclinan la
cabeza y unen sus manos en la pintura de Gros se corresponden
a las que Goya hizo, pero en forma invertida, porque allí
levantan los brazos y la cabeza (Aunque uno parece rezar, como
si fuera un «guiño» a Gros). Es decir, lo que en Gros significa
aire victorioso y de misericordia, en Goya es de resistencia y
represión.
Plasticidad y
patetismo
Y destaquemos algunos aspectos fundamentales del artista español.
Primero, la plasticidad lograda a partir del color.
Goya dibuja desde el color. La transparencia lograda en la camisa
del patriota que alza sus brazos, son pinceladas sueltas sobre
un fondo de color tierra. No «endurece» el trazo, sino que pinta
en verdaderas manchas, logrando una plasticidad única.
Esta cuestión del color ha sido sugerida como un toque
«impresionista» en Goya, a manera de ser el mentor de un movimiento
que recién varias décadas después aparecería
en la pintura. En realidad, no es así, y aclaremos por
qué.
Las obras de Goya son fulgurantes explosiones de color que surgen
de las negras cavernas de su alma atormentada, es decir, que son
el resultado de una experimentación emocional.
En los impresionistas, en cambio, los ensayos en torno al color
son puramente racionales, pues cuentan con un análisis
minucioso sobre los efectos de la luz y los acomodamientos de
la retina ocular.
"La lechera de Burdeost"
Goya 1827, Óleo sobre tela Museo del Prado
"Impression, soleil levant"
Claude MONET 1873
Musée Marmottan, París
Esta obra llamó la atención a los impresionistas
por la soltura de la pincelada, hecha de «trazos». Sin embargo,
el uso del color en Goya le otorga máxima plasticidad:
Vemos que pone cerulios en el cielo, y naranja en el rostro de
la joven, pasados apenas por amarillo. Una unión violenta
del color, rasgo de su genialidad.
Este cuadro de Monet dio origen al "impresionismo". Él
fue quien analizó un sutil fenómeno óptico
: En la naturaleza los diferentes colores guardan distintos grados
de luminosidad, según sean las zonas expuestas al sol.
Así, Monet renució a pintar lo que sabíamos
de las cosas, para hacerlo sobre lo que vemos de ellas, su «impresión»
al ojo observador.
Es difícil encasillar la obra global de Goya, pero anotemos
dos pilares de ella. Hay un mensaje estético, que vuela
hasta el cielo, y es determinante sobre el otro mensaje: El humano,
aferrado fuertemente a la tierra. En relación a ambos tiene
que ver la eliminación del espectáculo heroico -apreciable
en La batalla de Eylau de Gros- por un fondo de
tinieblas en los "Fusilamientos...". Aquí
la luz nos aproxima al drama: La noche, la fila de condenados
que suben un pequeño montículo de tierra, contra
un paredón -y fuertemente iluminados-, los muertos, y los
gestos de los madrileños a punto de ser pasados por las
armas, por un pelotón que está a poca distancia
de sus víctimas, casi como la que puede tener el espectador
a la obra.
De esta manera la proximidad alcanzada por Goya suprime la contemplación
imparcial; busca hacer partícipe al observador.
Porque si la de Gros es una obra de gusto sublime, la de Goya
plasma una pincelada de un patetismo negativo y absoluto: La
guerra no tiene nada de heroica, ni siquiera aire de gesta o de
gloria; no hay valores patrióticos explícitos, sólo
la muerte.
Esta visión de la guerra es contraria a la que forjó
la modernidad -y el genio aragonés continuó esa
línea en la serie conocida como «Los Desastres de la
Guerra», en donde proyecta un mundo negativo y trágico-.
Por eso Francisco de Goya es nuestro contemporáneo, a pesar
que desde aquella pincelada final hayan pasado dos siglos.
Agradecemos la generosa colaboración de Jorge Manuel Varela
en la crítica y correción de esta nota.