ENSAYO DE ORQUESTA. Un viaje a través de las utopías
Primera Entrega

Federico Fellini

Ha sido una feliz idea de Canal 7, en su ciclo " El otro cine", desempolvar esa pequeña obra maestra que es "Ensayo de Orquesta" del director italiano Federico Fellini. Se dijo, en un primer momento, que se trataba de un film para la televisión, pero la fuerza de esas imágenes fellinescas la agigantaron e hizo, que al menos aquí, se diera en las salas de cine.
En ella, Fellini al tiempo que describe el típico ensayo de una orquesta cualquiera, va deslizando entre líneas el retrato de la sociedad moderna, en la que cada uno de sus miembros intenta alcanzar un logro personal uniéndose a otros que persiguen el mismo objetivo. Pero al procurar llevar a cabo la empresa, comienzan los inconvenientes que destruyen la armonía.
¿Cómo lograr la armonía en la sociedad?. He aquí el tema que serpentea a lo largo de toda la película. Es decir, en qué medida, un conjunto de seres humanos son capaces de reunirse para producir un objeto bello. Y esta idea se identifica con la finalidad social porque, pensándolo un momento, se puede afirmar que la meta de cualquier sociedad que se precie de normal, debe ser la armonía y la felicidad entre sus miembros, que muy bien pueden considerarse dos objetos bellos. Pero en el film como en la realidad, los egoísmos, las vanidades, los intereses contradictorios ( por ejemplo, el ensayo es observado por el empresario y por el sindicalista) hacen naufragar toda posibilidad de entendimiento.

No es la primera vez que la imaginación del hombre iguala sociedad y música, ya que la idea de la armonía que debe imperar en ambas las hace susceptibles de comparación. En efecto, la música para que cumpla con su objetivo de belleza requiere de los mismos elementos que la sociedad humana si desea vivir feliz y progresar. Y así, como muchos artistas imaginaron las composiciones que aún hoy nos deleitan, el pensamiento de muchos hombres concibió modos de organización humana perfectos.
Imaginar las reglas que debe cumplir un conjunto humano para organizarse constructivamente es proponer un futuro y es también detenerse siempre en una reflexión acerca de la naturaleza del hombre. Ese "cómo somos" para poder pensar en un "cómo vivir".
El objetivo de esta nota es precisamente dar un rápido paseo a través de las fórmulas creadas en occidente para protegernos del caos y facilitarnos la asombrosa tarea de vivir, hombres y mujeres, en esa tensa permanencia que nos ubica unos al lado de los otros.

I

En incontables oportunidades se consideró a los griegos como un pueblo frívolo u orgiástico, no obstante si echamos una mirada objetiva sobre ellos veremos que, pese a sus altibajos, fueron en todo momento virtuosos y religiosos. Y así como admiraron todo el universo bajo la cualidad de la belleza, opinaban que la conducta, o una vida humana también, podía exhibirse como una obra de arte. La Belleza era el bien supremo, y todo bien supremo implicaba la Razón. Racionalidad, Proporción y Armonía, en esto consistía la Belleza; y esto significaba, entonces, deponer la fuerza de los apetitos y de las pasiones para someterlos a las leyes del Justo Medio.

Platón (427-327 a.de C.)

Naturalmente, vamos a describir la República ideal de Platón, sin embargo este magnífico pensador no fue una mosca blanca en la reflexión de su ciudad, fue sólo su máxima expresión. Los griegos admitían la sexualidad entre varones, pero sólo sometida a una forma bella y siempre que observara una finalidad educativa. Esto significaba que el erasta ( u hombre adulto) debía intimar con su erómeno ( amante adolescente) con la intención implícita de apartarlo de la corrupción. En un viejo texto, el Eróticos, atribuido al Seudo- Demóstenes se elogia la homosexualidad del adolescente Epícrates, pero se le advierte de los peligros de perder su honor si no mantiene con sus amantes una actitud recatada. Vale decir, que en la ciudad griega más avanzada, todo era posible siempre que se sujetara a la Razón.
Platón también se halló inmerso en este espíritu general. Pero ¿cómo vio al hombre y qué sociedad propuso para él? Para Platón, el hombre era poseedor de un alma que era inmortal y también su bien más preciado.

El cuerpo envejecía y se corrompía, pero el alma permanecía eternamente joven y bella.

Para Platón existía un isomorfismo entre el alma, el Estado y el Universo. Estos tres aspectos de la existencia se dividían en tres partes: la más elevada era la Razón que en el hombre se ubicaba en la cabeza, luego se encontraba el lugar de los sentimientos elevados ( el amor a la Patria, el sentido del Honor, pero también el justo enojo) cuya residencia era el pecho. Y finalmente los bajos apetitos que albergaba el vientre. Y estas tres partes mantenían relaciones dinámicas entre sí, influenciándose unas a otras. Esto significaba que, si se permanecía en una actitud de desidia, los bajos apetitos podían llegar a dominar el alma. Por ello, era preciso que la razón, apoyada por los sentimientos nobles, mantuviera en su sitio a los impulsos anormales, que por otra parte podían ser útiles ( el hambre, el sexo, contribuían a la preservación del género humano), pero descontrolados conducían al caos, al Hybris. Para Platón, al igual que para todo el pensamiento griego, el hombre estaba capacitado para dominar sus pasiones, tenía la fuerza suficiente para, ejerciendo una vigilancia constante sobre los propios actos, dominarse a sí mismo y tener así el camino despejado para cumplir la meta de alcanzar la sabiduría, que en términos platónicos consistía en lograr recordar, luego de una arduo esfuerzo, todo aquel mundo eterno donde moran las Formas y las Ideas Puras de las cuales aquí abajo, en la Tierra, todas las cosas son meras copias.

"Jerarquía de los Dioses en Grecia"

Entonces, ¿cómo imaginó Platón la ciudad ideal para que el alma de este hombre particular pueda recorrer ese camino individual de la Verdad? Platón jamás imaginó a ese hombre que busca la verdad como un ser aislado, apartado de sus semejantes y lejos de su ciudad. Por el contrario, si había alguna posibilidad de recorrer ese camino era como hombre político, o sea dentro de la comunidad política y a través de ella. Este Estado ideal asimismo se parece al alma en su equivalencia con las tres partes que lo componen. En la cúspide gobiernan él o los gobernantes- filósofos. En la parte media y para apuntalar a los gobernantes están los guerreros o guardianes que equivalen a los sentimientos nobles. Y, finalmente, la gran masa del pueblo preocupada por sus necesidades materiales. A fin de que no se deteriore esta relación entre los gobernantes- filósofos y los guerreros, es preciso que los primeros no tengan propiedades de ningún tipo y se les prohíbe toda vida familiar para evitar la desunión de las familias poderosas, que es el comienzo de toda decadencia. Por su parte, los guerreros deben permanecer solteros y sujetos a fantásticas reglas de procreación (las ocasiones para tener actividad sexual, pensaba Platón, debía hallarse sujeta a ciertos cálculos matemáticos.)

 

Es más, Platón elogiaba la abstinencia sexual de los atletas que triunfaban en los juegos anuales.

En la ciudad perfecta de Platón, todas las riquezas se poseen en común y también en común se educa a los niños quienes deben ignorar la identidad de sus padres biológicos. La propiedad privada sólo se les permite a aquellos que carecen de poder político, ya que de otro modo las ambiciones bajas dominarían al alma del gobernante. o del guerrero, y los alejaría del camino de la Justicia.

 

Respecto al sistema educativo, hay numerosas alusiones a las relaciones sexuales entre los varones adultos con los muchachos libres y los insta a que aprovechen esta intimidad para desarrollar en los jóvenes el control sobre sí mismos y el amor por la Verdad. Por otra parte y en un orden general, uno de los principales objetivos de la educación es, para Platón, enseñar el correcto adiestramiento y dirección del deseo. Para ello se debía acostumbrar al niño a dar las respuestas emocionales correctas desarrollando en él el placer ante la belleza, el amor al bien, la aversión a lo feo, el odio a la maldad para que, cuando llegue a la edad de razonar acepte gustoso la conducción de la Razón y ésta a su vez encuentre un adecuado apoyo emocional. Para este fin es esencial el cultivo de la poesía, la música, y el arte en general. Pero debía ser un arte severamente vigilado por el Estado. Por otra parte, y por el temor que Platón sentía ante los cambios ( que inevitablemente asociaba a la decadencia), era preciso preservar al niño de todo cambio, hasta el extremo de que los juguetes infantiles no debían sufrir modificación alguna de generación en generación. Pero, amén de esta educación totalitaria, omnímoda y dirigida a la belleza, era preciso ejercer coacción (incluso bajo amenaza de prisión o de muerte) para preservar la ortodoxia religiosa, pero interpretando lo religioso como fe en la Divina Providencia que todo lo gobierna y a la que no se debe comprar con sacrificios

En su diálogo "República" insiste en que el filósofo es el único preparado para descender de esa vida de contemplación y cuidado del alma para desempeñar un rol conductor en la vida de Estado porque conoce la Verdad. Ahora, este rol conductor no implica para Platón, en absoluto, la fuerza bruta, el arma esencial del gobernante debe ser la persuasión. En las "Leyes" explica que esta persuasión, y la explicación adecuada de las leyes es el principal deber del legislador y el gobernante. Porque persuasión es sinónimo de Razón.
Por su parte, el guerrero no escapaba a esta sujeción a la racionalidad. La guerra era entendida por los griegos, no como fuerza bruta que aplastaba al enemigo, sino como estrategia, como lucha guiada por la inteligencia que implicaba igualmente una contención de las pasiones. Hacía ya muchos siglos que los griegos habían modificado su forma de lucha, reemplazando la carga desenfrenada de los carros y los caballos sobre el enemigo, por la "falange", especie de triángulo compuesto por soldados quienes debían refrenar sus impulsos para no adelantarse ni retrasarse.
El orden cósmico, dice Platón, que es un eterno girar de los cuerpos celestes, en adecuada y armónica relación, a la vez entre sí y con el todo, es el ejemplo perfecto de cómo debe gobernar la Razón, tanto en cada persona como al Estado. El individuo es un pequeño reino o cosmos inmerso dentro de un estado que es una sociedad más amplia interesada en la vida humana como un todo más que en las necesidades materiales. Entonces las virtudes morales que deben regir para cada individuo ( la prudencia, la justicia, la templanza y el valor) rigen también para el Estado. Por otra parte, Platón considera a las personas que habitan una ciudad, por su función exclusivamente y lo hace para mantener ese rígido paralelismo entre la estructura del estado, la psicología tripartita y la justicia como virtud que mantiene a cada uno en su lugar. Pero esta misma consideración de la función en vez del sujeto, también lo lleva a promover la igualdad de los sexos. Sólo considera las cualidades de inteligencia y carácter que necesita el filósofo- gobernante. E incluso vislumbra la posibilidad de elevar de su clase social inferior a todos aquellos niños que demuestren ser idóneos para formarse como gobernantes, al mismo tiempo que se desciende a capas inferiores a aquellos niños ricos incapaces de asumir el rol elevado que se requiere.

Pero, además de todos estos aspectos morales, contribuye a la subsistencia de esta comunidad ideal, el escaso tamaño así como su aislamiento. En efecto, insiste mucho Platón en restringir el número de habitantes de la ciudad (primer propuesta quizá de control de la natalidad) y, a su vez, ve ese Estado ideal como una pequeña isla rodeada (pero por el momento a salvo) de la corrupción. Incluso contribuiría a esa preservación de la cuidad ideal el ubicarla geográficamente lejos del mar, alejándose así de la influencia extranjera que contiene todo puerto.
El gran objetivo de todo este complicado sistema ideado por Platón es la estabilidad social. Se apunta al establecimiento de un orden racional y justo que armonice los diversos elementos, muchas veces enfrentados, ya sea en el interior del alma de cada hombre o en el seno de la sociedad, nada más que para resguardar, en lo posible, la inevitable decadencia.
Sí, para Platón, aún su perfecta estructura imaginada estaba condenada a la corrupción. Para él, el proceso se iniciaría con el abandono de la forma comunitaria y con la aparición de la propiedad privada dentro de la clase de los gobernantes. Desaparecido, pues, el filósofo, todo el poder político pasaría a manos de los guerreros, quienes se alejan del estudio de la Verdad en beneficio de la cultura física y las prácticas bélicas. El Estado pasa a ser manejado por una aristocracia militar. Esto significa, para Platón, que el abandono de la Razón hace que los sentimientos nobles sucumban ante las pasiones más viles. Entre los guerreros nobles, ahora arrogantes y pendencieros, el amor a la riqueza se fortalece, y la aristocracia degenera en oligarquía o plutocracia, donde la riqueza es el único mérito que habilita para gobernar. Por tanto se ensancha el abismo entre pobres y ricos. Los pobres a la larga se sublevan e instauran una democracia, despreciada por Platón quién la entendía como libertinaje en el que cada uno hacía lo que quería avasallando los derechos de los demás. Finalmente esta democracia pronto se transformaría en tiranía, que es el gobierno de aquel que se halla a merced de sus pasiones. Es decir, el opuesto exacto a lo propuesto por Platón.

 

 II

Resulta difícil precisar la fecha exacta en que murió el pensamiento pagano y nació el cristianismo. El cristianismo, estudiado en sus comienzos, parece ser una continuación de las preocupaciones griegas y romanas de los primeros siglos de nuestra era. Sin embargo, un concepto esencial marca, sí, la diferencia: en tanto que para los griegos el hombre, aunque acosado por sus pasiones, era alguien capaz de mantenerlas a raya. El hombre era considerado, pues una persona fuerte. A partir del cristianismo, en cambio, el hombre es un ser caído, es alguien que posee un alma enferma, y que, si quiere sobrevivir, va a necesitar la asistencia divina.

También constituye tema de debate las causas que hicieron triunfar a este movimiento espiritual que empezó apenas con doce pescadores y un líder al que no todo el mundo escuchaba. Muchas fueron las razones, pero sin duda entre las más importantes está el hecho de que el cristianismo fue el conjunto de ideas que mejor consoló al hombre atormentado de la era imperial. Séneca, por ejemplo, quién en su juventud decidió escribir consuelos a todo el mundo, representa como ningún otro los argumentos que procuraban mitigar la angustia por aquel entonces. Si, por ejemplo, se nos había muerto un hijo ( como le ocurrió a su amiga Marcia), él decía: " Deja de llorar, mujer, La Naturaleza, que es nuestra gran proveedora de felicidad, te dio un hijo lleno de virtudes. Pero ella también te lo quita. La Naturaleza, en posesión de un supremo poder, siempre nos da y nos quita según su capricho." Pero, por el contrario, ¿ qué contestaba el cristianismo a este mismo problema humano? : " Deja de llorar, mujer, porque tu hijo ahora es verdaderamente feliz ya que pudo abandonar este valle de lágrimas y se encuentra eternamente dichoso junto a Dios. Entonces tu hijo, ahora está mejor que antes." Así mismo, el cristianismo pasó a resolver como nadie la mayoría de los problemas cotidianos de los sectores más afectados por las injusticias de una administración romana en lenta decadencia ( no olvidemos que los primeros obispos cristianos pronto se constituyeron en líderes populares para la gran masa de pobres que engendraba la crisis de la sociedad esclavista). Por último, cabe agregar que el cristianismo intentó la supresión de las clases sociales. Como todos los hombres eran iguales ante Dios, el obispo era quién ubicaba a los fieles dentro del templo, y lo hacía, no según su jerarquía social, sino según sus obras. Así, se popularizó el caso de un obispo que expulsó a un emperador de la iglesia por haber iniciado una guerra.

Por tanto, el cristianismo no comenzó proponiendo una sociedad ideal, sino más bien resolviendo los problemas prácticos del hombre común. Pero, ya con san Agustín (356-430 d. de C.) y su "Ciudad de Dios", el cristianismo propone un futuro para ese hombre al que quiere salvar.
Ahora bien, ¿ cómo entendía a ese hombre San Agustín?. Compartía, con el conjunto de sus hermanos, la idea de que el hombre, desde el pecado original, era un ser caído, por tanto débil y envenenado. Pero poseía, por un lado un alma y, muy separado de ella, un cuerpo. El alma era una sustancia espiritual que, si bien se mantenía independiente del cuerpo, por gracia divina se hallaba adaptada a la función de gobernarlo. Con todo, siempre este alma pertenece a un ser caído, por tanto no puede actuar si no cuenta con la asistencia de Dios.
Ahora, el hombre tiene un conocimiento directo e inmediato de sí mismo como sujeto pensante. Para éste padre de la iglesia, el hombre posee libertad y albedrío, sin embargo, la voluntad de un hombre o de la humanidad toda, castigada con el deseo, está condenada a obrar mal sino cuenta con la asistencia de Dios.

La Ciudad de Dios:


Para San Agustín, el amor es la fuerza impulsora, no sólo de la vida de un individuo sino de la sociedad toda. Para él, los hombres se agrupan en comunidades para alcanzar el bien común, pero es la naturaleza de ese fin lo que define el carácter de la sociedad. Entonces, la gran división de la humanidad consiste en, por un lado, quienes desean el fin que les es propio (o sea Dios) y, por el otro, quienes persiguen sólo los bienes terrenales porque su deseo está pervertido. De aquí, se desprende la existencia de las dos ciudades: la Ciudad Terrenal, o del Demonio, y la Ciudad de Dios. Ambas ciudades coexisten al mismo tiempo y un individuo hoy pertenece a una de ellas y mañana es habitante de la otra. La Ciudad de Dios se encuentra en el Cielo y sus ciudadanos son tanto hombres como ángeles, e incluye a todos los redimidos. La Iglesia, como institución, reside en la tierra y es la única representante de la Ciudad de Dios en esta vida transitoria e imperfecta.

 

La Ciudad de Dios es sabiduría creada, perdurable y perteneciente al orden sobrenatural. Influenciado por Platón, sostiene que allí moran todas las Formas e Ideas perfectas que habitan en la mente de Dios. Por su parte, la Iglesia, aunque muchos de sus miembros no vivan en la ciudad de Dios, es la entidad a través de la cual ese orden sobrenatural se nos hace presente de manera adecuada.
La Ciudad Terrenal o del Demonio, en cambio, no tiene una institución que la represente, pero todas las sociedades, los Estados temporales y naciones la constituyen en tanto todas persiguen un mismo fin de poder, de gloria y de riqueza; y no reconocen al verdadero Dios. Sin embargo, en su naturaleza siempre existe la posibilidad de abandonar la Ciudad terrenal, deponiendo la ambición malsana y acercándose a Dios.
Si los apologistas del siglo II como San Justino limaron asperezas entre cristianismo y paganismo absorbiendo el pensamiento griego y romano e incorporando el pensamiento de los que se llamaron " cristianos antes de Cristo", San Agustín fue realmente el primer intelectual cristiano con trascendencia política. Su pensamiento, si bien hoy puede usarse para oprimir y esclavizar, en su momento liberó a la Iglesia, oxigenó sus ideas y su proceder; porque, si sabemos que el hombre fue castigado con una inclinación a pecar, es preciso que sea la Iglesia quien precisamente lo comprenda y lo reciba con tolerancia.
Todo el cristianismo reconoció que su rol era la transformación del hombre en función de aquella finalidad suprema que fue la santidad. Para ello crearon infinidad de caminos, posibilidades, métodos, que condujeran a ello. Vale decir, "Técnicas del Yo" para transformar a ese hombre caído en el morador de una Cuidad de Dios. Ya en tiempos de San Agustín, preocuparon las experiencias anacoretas. Ese huir de la ciudad pecadora para, en la soledad del desierto, ensayar una purificación. Los casos de San Antonio y de Montano ( quien luego de castrarse moraba en una cueva junto a dos mujeres vírgenes) actuaban como poderosos ejemplos. Los innumerables métodos de ascetismo apuntaban a instalar la Ciudad de Dios luego de crear en el hombre cierta perfección. Como en su momento lo intentaron los griegos, siempre se trata de la lucha entre el alma y sus pasiones pero ahora entendiendo que esa lucha es despareja. Ya no se considera al joven y robusto auriga dominando la furia de los caballos; en el cristianismo, se trata de un hombre débil con un alma emponzoñada que nada puede lograr sin la ayuda de Dios.
Naturalmente no podemos hallar muchas semejanzas con el pensamiento moral de los pensadores griegos y romanos de los primeros siglos de nuestra era y que nada supieron jamás de este movimiento religioso que fue el cristianismo y que por entonces era muy pequeño. Pero es el Cristianismo quien va a establecer una relación nueva en esa dinámica del alma y del cuerpo, y va a establecer nuevas tecnologías que, como la confesión individual y el manejo apropiado de la culpa, significará un recurso más eficaz contra las pasiones. Se trata pues de imaginar un mundo fuera de la naturaleza, lejos de los peligros que siempre el hombre ha reconocido en sí mismo. Y se trata siempre, en definitiva, de crear un mundo ideal pero resguardado de nosotros mismos.

 

Por Marcelo Manuel Benítez

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