Amanecen nuevos días;
es una hermosa imagen una noche de luna nueva, y es placentero comprar
un auto moderno. Las ropas nuevas lucen más, se fabrican
diariamente productos nuevos, nos felicitan por el nuevo libro que
escribimos. ¿Qué niño no salta de alegría
con una bicicleta nueva? Nos entusiasman los preparativos de un
nuevo viaje, descubrimos paisajes nuevos y notamos brotes nuevos
en las plantas de la casa. Una nueva sorpresa aparece de pronto,
la nueva medicina nos protege, tenemos nuevos deseos, visitamos
el nuevo restaurante, adoptamos nuevas dietas alimenticias, asistimos
a una nueva muestra de pinturas, adherimos a nuevas modas... Más
lo nuevo en la mente no debe tener raíces en el pasado; si
lo nuevo nace de lo viejo no es tal, sino una continuación
del ayer transformado por las circunstancias actuales.
La Grieta - Hnos. Schutten -
1977
Los hábitos son repeticiones; la creatividad que se separa
del interés personal es movimiento que surge de la libertad.
La verdad es nueva cada vez que aparece pues, entre una y otra
aparición, debemos limpiar la mente de cualquier herida
o preocupación. Para que lo nuevo surja, lo viejo debe
morir; lo que es desconocido no puede ser una prolongación
de lo conocido pues esto no es movimiento, es estatismo.
Los cambios externos son nuevos en la superficie; el cambio humano
aflora desde el interior de la persona hacia el exterior en un
sólo movimiento indivisible. Los cambios que vulgarmente
hablamos de una persona, que se producen en una familia, en una
comunidad o en una civilización, tienen el mismo denominador
común: Son parches externos que afectan la superficie de
la conciencia. Cambiar una religión por otra no es cambio;
rebelarse contra las religiones no es cambio; ser creyente o no
creyente no es cambio; ser político o apolítico
no es cambio. Todo esto responde al molde de la sociedad. El cambio
está fuera de ese molde que es respetado pero que constituye
una inmoralidad; el cambio es, en este caso, ser libre de cualquier
división.
Si lo nuevo nace del esfuerzo, por un motivo, por una acción
volitiva, está naciendo de cenizas; cualquier polaridad
tiene sus semillas infectas en la otra. Lo nuevo no pertenece
nunca a los polos -sino no es nuevo, es lo viejo reestructurado-.
Lo nuevo no pertenece a la dualidad, no está atrapado en
los antagonismos: Blanco/negro, profesor/alumno, a favor/en contra,
rico/ pobre, sino que lo trasciende.
Un río renueva sus aguas en el fluir, no en sus obstáculos
o en sus diques de contención; el árbol pierde sus
hojas secas y las renueva por un trabajo interior y por la acción
de la naturaleza; la pureza del aire está en su renovación
constante (el aire encerrado se envicia rápidamente). Mientras
el hombre acumule en su mente aquello que no le hace falta (odios,
remordimientos, miedos, culpas, ansias, sentimientos inexpresados),
será como ese río con diques, como el aire enviciado,
como una habitación clausurada. La mente humana mientras
esté llena de juicios categóricos, de frases que
justifiquen la violencia psicológica, de conclusiones de
hierro, ideas u opiniones que defiende a ultranza, no conocerá
la fragancia de lo nuevo, el dinamismo que se logra con la fluidez,
el estallido de energía que produce la libertad interior.
Identificaciones
y verdad: El cine
Primero fue la aparición de ese
invento llamado cine; años más tarde al cine le salió
un fuerte competidor: La televisión. En la actualidad junto
a ambos y, advenido el color, el panorama audio-visual se amplió
con las videocasseteras, la televisión por cable y satelital
y, probablemente, en los años venideros haya nuevos inventos
al respecto. La influencia de todo ese arsenal es muy notoria, y
en cualquier lugar de la Tierra hay espectadores que igualan las
horas que duermen con las horas que están frente a la pantalla
de un televisor. No vamos a hacer un ensayo crítico, ni a
efectuar un pormenorizado análisis sociológico, o
a estar a favor o en contra de los mismos.
Estos medios audiovisuales están
instalados en las denominadas modernas sociedades y, creo más
pertinente descubrir cómo nos influencian, qué aspectos
personales explotan, qué pretendemos de ellos y si tal pretensión
es adecuada, qué actitud adoptamos frente a lo que está
a nuestra vista, qué podemos aprender, para qué nos
sirven tantas horas de ser espectadores fieles y, al final, qué
es la comunicación humana.
Generalmente asentimos o disentimos sin investigar, repetimos
conceptos vertidos, nos encandilamos con la palabra ajena, menoscabamos
la propia opinión, y ensalzamos la de los que se supone
que saben o viceversa. Pero pocas veces dudamos de lo que se nos
dice: Acatamos por miedo aunque nuestras ganas son otras; pocas
veces desconfiamos de lo que llega a nuestras manos, no por desconfiar
porque sí -y se irrite quien se irrite-, sino como la única
forma de comprobar lo falso como falso, lo que se dice verdadero
y es falso, o lo que se desprecia, se menoscaba, se suprime y
tiene que ver con la veracidad. Revisar adultamente las ortodoxias,
lo que está consagrado y no se cuestiona, lo que pasa inadvertido
-y no por casualidad-, y negar tradiciones o la palabra de la
autoridad, impiden caer en el adormecimiento mental. A nadie tenemos
que desafiar, con nadie tenemos que polemizar, ni con nadie tenemos
que discutir. Dejemos de lado aquello que conduce a debates y
a polémicas; nada de esto ha traído comprensión,
luz interior.
El testigo -
Federico Barrios - 1977
Si hay normas sociales inquebrantables, conceptos atesorados,
prejuicios hipócritas que se mantienen en el tiempo, lo
inteligente es dejar correr esas aguas impuras y no tomar de ellas.
Somos cuidadosamente «invitados» a participar de los
conflictos, o a convertirnos en descreídos de tanto desgaste
y roces a que estamos sometidos por el mundo exterior. Ser esclavos
con cadenas, o ser esclavos sin cadenas es lo mismo; ser libres
es sumamente complejo, pero vale la pena. Ser libres no significa
hacer lo que nos guste a toda hora y en todo lugar, practicar
conductas que perjudiquen a otros o decidir asuntos que requieren
del acuerdo conjunto. De todos modos, algo de esto sucede, y de
ahí la intolerancia, el desorden, la agresividad que nos
rodea. Ser interiormente libres implica que no hay opción
o elección con lo que nos topemos; significa no resistir
lo que es. Si aceptamos las risas y no nos aferramos, aceptemos
el llanto y tampoco nos aferraremos; si logramos fluir con las
aguas mentales tendremos cierta quietud y ya sabemos que una mente
agitada y confusa sólo trae más de lo mismo.
Si no nos tapamos con voces que intentan sobresalir, si no luchamos
por establecer quién tiene razón sino por lo que
es razonable, si no nos interesamos por quién lo dice sino
por lo que decimos, habremos logrado el clima emocional adecuado
para respetarnos y aprender. El abanico de posibilidades de aprendizaje
es muy vasto: Podemos comprobar si lo que leímos es así,
podemos darnos cuenta de algo en la letra de una canción,
podemos aprender de una charla con una amiga o con un amigo, de
los pensamientos que escribimos, de una poesía que surje
naturalmente; podemos dejar llevar la imaginación y notar
en qué se asemeja esa experiencia con el presente -qué
hay allí que me falta aquí-, podemos aprender de
la naturaleza que nos rodea, de los sentidos que los tenemos casi
atrofiados, de prestar atención al cuerpo y qué
nos dice, de lo que nos gusta o disgusta de una persona, de una
país, de un lugar, de una circunstancia y notar qué
relación tiene con nosotros y, desde ya, el estudio de
nuestro psiquismo, en fin, el campo es amplio y depende de la
capacidad de relacionar, e involucrarnos en lo que nos damos cuenta.
Comencemos con el cine. Con un lenguaje sencillo intenaré
describir su mecanismo: Mediante un aparato llamado proyector,
se proyectan las imágenes de una película sobre
la pantalla blanca que conocemos y, al mismo tiempo, se reproduce
su banda sonora. En su momento -y mediante cámaras de filmación-
se efectuaron las numerosos tomas cuidando, en los buenos filmes,
los aspectos técnicos: Encuadre, iluminación, escenografía,
vestuario, maquillaje. Luego, el director -en un trabajo de montaje-
arma la película que luego veremos; esto último
se hace pues las tomas no siguen el tiempo cronológico
de la historia, sino que van saltando de acuerdo a conveniencias
en el presupuesto. Así, las tomas son en exteriores, o
en los estudios u otros detalles por el estilo. Una película
tiene los momentos de filmación que no vemos y que abarcan
las dificultades técnicas y humanas, y lo que en realidad
vemos como un producto elaborado. La película terminada
es envasada en rollos para su comercialización y consta
de innumerables fotos -llamadas fotograma-, que son pasadas a
razón de 24 por minuto, y es lo que crea la ilusión
de movimiento, pues entre foto y foto hay un espacio que el ojo
humanno no alcanza a percibir salvo que se recurra a la cámara
detenida, o a pasar cuadro por cuadro. Palabras más, palabras
menos, esto es lo que sucede en la parte técnica: Hay una
historia que como espectadores no vemos, y hay otra que, con retoques,
vemos, juzgamos, criticamos o nos entretiene.
Toda esta descripción es necesaria pues el cine se parece
mucho a la vida de cualquier persona o sociedad: Tomamos por real
lo que no lo es, y lo que es realidad queda tapada por las imágenes.
Hay un mundo ante las cámaras, y hay un mundo tras las
mismas que es bastante ignorado. ¿Cómo confundimos
ficción por realidad? Lo único real en el cine es
la pantalla blanca; el resto son imágenes, es ficción.
Lo que sucede es que nosotros prestamos colaboración para
completar lo que vemos, la mente tiende a cerrar secuencias incompletas
mediante sus mecanismos de fascinación e imaginación,
de suposición y proyección.
La Flora del Paraíso
- Moebius - 1977
El encanto, la magia y qué se yo cuántos adjetivos
más, pasan por esos mecanismos; las secuencias que se proyectan
en una sala vacía carecen de sentido: Es imprescindible
la complicidad del espectador.
Hay una forma tradicional de ver cine: La del espectador que
mira lo que ve y, en su intimidad, piensa que por suerte a él
no le pasa eso, que los dramas están lejos de él,
y pensamientos por el estilo que, en realidad, no le permiten
ver en silencio sino ver con el movimiento de sus pensamientos,
lo cual hace que la visión sea incompleta y nada o poco
tienen que ver -más allá de lo verbal-, con sus
problemas. En caso de secuencias que lo emocionen, que le queden
grabadas, o que le obliguen a un re-planteo, al tiempo que da
en el olvido pues no es su libreto, no es de su urgencia la solución,
es simplemente una influencia de momento o circunstancial. Hay
personas que lloran por lo que sucede en la pantalla, y la misma
esencia de la situación en la vida real pasa desapercibida
a sus sentimientos. Desde ya que cuanto más realismo tenga
el personaje, y bien lograda esté la secuencia, más
verosímil se vuelve, amén de otros fenómenos
un tanto escondidos que desde nuestro interior se movilizan. La
idea que amamos es una cosa; volcar en acciones tales sentimientos
es otra. Ninguna persona es indiferente todo el tiempo: Aún
un dictador acaricia la cabeza de su nieto cuando lo está
filmando, un torturador puede interesarse por el cuidado de su
jardín, o un delincuente puede ayudar a su vecino. Si tengo
la idea o imagen de que soy sensible -y en parte todos lo somos-,
y no manifiesto tal sensibilidad, la idea va por un lado y los
actos de vida por el otro. Expresar sentimientos, afectos o sensaciones
no es asunto de estudios, de conocimientos intelectuales o de
saber; es cuestión de aprender a expresarlos, y esto tienen
que ver con la madurez emocional, y aquí erramos y mucho.
La comodidad nos dice que es difícil, que no estamos capacitados
a esas cosas, pero la comodidad a nivel humano nada ha logrado.
Cuando hay urgencias, los pensamientos exigentes o de perfección
quedan de lado. Bien, mal o regular actuamos; y esto es lo que
nos produce alivio, no la especulación mental.
La otra forma de observar es mirar el film hasta su conclusión,
sin dividir «allá, los actores; aquí, yo»,
intentanto abordar el tema con un estilo medianamente creativo,
y percibir aquello que nos provoca no sólo en lo superficial
sino en lo oculto. De ahí la sugerencia de mirar en silencio
mental; lo oculto tiende a emerger a la superficie de la conciencia
pero, si no lo permitimos, pasa desapercibido en una repetición
constante.
Mediante la identificación, o la re-identificación,
con lo que nos llama enérgicamente la atención,
podemos notar que tiene que ver con nosotros, y esto es tan válido
para lo que admiremos como para lo que rechacemos. Podemos admirar
la cualidad de hacer reír, y -mediante el mecanismo descripto-
percibamos que nosostros sin comparación también
tenemos esa capacidad, que cedemos a otros; o puede que nos resulte
difícil admitir la crueldad de un personaje por el rechazo
a nuestros momentos de crueldad. No es asunto de decir «no
debo ser cruel», «a veces se me escapa pero yo no
quiero serlo», o escapar a las justificaciones: «Los
demás provocan mi reacción cuando ...» lo
que sea. Esas manifestaciones son en parte ciertas, pero también
es cierto que somos parte responsable en el asunto. De chicos,
de adolescentes, nos empujaron a ser como somos los padres, la
sociedad, las circunstancias, los desengaños sufridos;
pero si vemos sin emocionalismos, sin rencores, de adultos somos
nosotros quienes repetimos el libreto inculcado. Si investigamos
sin ruborizarnos, sin avergonzarnos, sin ser despiadados sino
simplemente notando el hecho, es seguro que podremos solucionar
esta o cualquier situación. Las identificaciones que tan
resaltadas están, tienen que ver con los propios aspectos
agradable y/o desagradables que agregamos a los demás.
Las identidades son un tanto inconcientes y producen innumerables
conflictos: Me identifico con lo «mío» y doy
lugar a lo «tuyo», y esto es un campo de batalla que
no tiene fin. La re-identificación permite sensibilizarnos
con esas divisiones y, si el trabajo está bien realizado,
seremos libres de los polos. La verdad no es identificación,
ni re-identificación. Decimos que el mundo necesita de
cambios urgentes: ¿Desde dónde lo decimos?, ¿desde
el espectador que nada tiene que ver, u observando -como un sólo
movimiento indivisible- que lo mismo que tenemos que solucionar
es lo mismo que proyectamos afuera? ¿Desde la comodidad
de inculpar, de criticar, de acusar o de juzgar severamente sin
involucrarnos? Si somos parte responsables de lo que nos pasa
individual y colectivamentemte, y ahondamos al respecto, nos libraremos
de todas las identificaciones y re-identificaciones, es decir,
de la estructura psicológica que nos ahoga, fastidia y
aburre.
La necesidad de cerrar lo abierto:
Realidad y ficción
Puede ser un desafío válido el querer comprender
lo que entiendo con mi intelecto. Entender es el plano superficial:
Digo que soy muy afectuoso, que soy cariñoso y no percibo
si mis actos cotidianos así lo demuestran. Comprender es
más complejo: Tenemos que alejar los supuestos, los deseos,
las ilusiones de lado. Comprender es la armonía entre lo
que digo, siento y pienso. Si esta armonía se produce en
los hechos es porque de veras comprendo, sino es un juego de palabras;
es preferible decir: «no comprendí» -que, por
otro lado, no es ningún pecado-, a decir que sí
y al momento hacer lo contrario. Es aconsejable con miedos, con
vacilaciones, con inseguridades, enfrentar los conflictos irresueltos
que posponerlos en forma indefinida; se gasta menos energía
aceptándolos que desperdiciando la tan valiosa energía
manipulando el medio familiar en entretenernos, en evadirnos,
en enfermarnos, en calmantes y sedativos, o adaptándose
a lo que se nos inculca. La energía es sumamente necesaria
para cambiar, y aseguro que se precisa menos energía en
solucionar un enigma que en dilatarlo hasta la muerte y, encima,
cargar con ello; creo que esto es claro si lo vemos en nuestras
vidas.
Si se produce identificación con el personaje o con la
historia es porque mi problemática es parecida: De ahí
que «me toque», o «me llegue». Si lo que
vemos está resuelto, nada emocional va a ser perturbado.
La película es eso: Algo que nos podrá entretener
o no, gustar o no, que nos puede dejar una lección o una
enseñanza, que puede ser considerada un arte o una industria,
pero su importancia es relativa: Ninguna película cambió
la historia del mundo Vimos escenas de las guerras mundiales y
aquí estamos, luchando unos contra otros ¿Cómo
va a alterarnos si seguimos pensando que nada tenemos que ver?
¿Cómo notamos que lo real del cine es la pantalla
y el resto es ficción? Todo depende del grado de familiaridad
que tengamos con los procesos anímicos, si conocemos apenas
o los desconocemos es muy poco lo que rescataremos. Salvo que
otorguemos las posibilidad que se nos guíe en forma momentánea,
no habrá comunicación posible entre nosotros. La
prueba más simple de ver que es ficción y no realidad,
y que en forma constante confundimos no sólo en el cine
sino en la vida diaria, es que la pantalla no queda afectada por
el fuego, por las balas, o por el agua; el personaje habla por
boca del autor y puede o no sentir eso que está diciendo,
y de todos modos no nos consta que sea así; el que trabaja
en el rol de malo, es eso: Un rol. Y lo mismo sucede con el que
trabaja de bueno. Nosostros hacemos una linda mezcla con las imágenes
que el cine nos da de los artistas, y con nuestra imaginación
o ensoñación creemos que en la vida real también
son así. Por otro lado, tenemos roles que cumplimos, hay
algunos que predominan pero tienen matices, las ideas son fijas,
lo que creemos que somos es estático pero lo que hacemos
no. Al profesional le cuesta salir de su estudio, al ama de casa
le cuesta dejar su responsabilidad de compras y crianzas, al obrero
le cuesta abandonar su oficio, al político el hecho que
tiene que convencer y ganar votos a cada minuto, y al actor le
cuesta salir del set de filmación o bajar del escenario.
Externamente nos diferenciamos, internamente tenemos parecidas
dificultades en especial cuando de sentir, de expresar emociones,
de hablar del aislamiento que padecemos se trata. Así como
la pantalla no es afectada por lo que en ella se proyecta, de
igual modo la mente no es afectada si aprendemos a abandonar la
carga psicológica que pesa en nuestros hombros.
Tomamos muy en serio la ficción y por ende la realidad
no tiene espacios para ser concientizada: Estamos preocupados
por la educación de los hijos pero, a la vez, dejamos en
manos del estado o en particulares el hacerlo; decimos que nos
preocupan los pobres y la miseria pero las acciones van en otro
sentido, ocupan -por supuesto- lugar con el pensamiento y entonces
no se produce la acción. ¿Cómo deben sentirse
los pobres económicamente hablando, los necesitados de
bienes imprescindibles cuando escucha que se habla y se sigue
hablando?, ¿nos gustarían palabras cuando tenemos
hambre? Seguramente no, pero igual seguimos preocupados...
No salimos de la ficción pues encaramos la vida real como
una ficción. Decimos lo que no sentimos, falseamos las
opiniones según con quien estemos, mostramos la imagen
de lo que nos gustaría ser -no como nos vemos cuando estamos
deprimidos-; somos sumamente cuidadosos en el ordenamiento de
los escritorios y en la limpieza de la casa pero descuidamos el
orden interior y la limpieza mental, que nos hace acarrear temas
pendientes desde la niñez; estamos atentos a nuestros pequeños
logros y nos ofendemos si pasan desapercibidos, mientras los que
hacen anónimamente por sí y por los demás,
son olvidados; y de modo fundamental desconocemos lo que hay detrás
de las pantalla o más allá de la misma. ¿Cómo
enterarnos si estamos tras la carrera del dinero, del prestigio,
de los objetivos, de escalar posiciones a costa de lo que sea?
Lo que creemos que somos es un conjunto de palabras, de ideas
sin mayor importancia; es la ficción que confundimos con
la realidad. Lo que actuamos desde nuestro centro egoísta
conduce inexorablemente a rivalidades, a que las diferencias se
hagan más grandes, a que la brutalidad continúe,
a que la concentración nos tensione, a que la infelicidad
esté en los corazones, a que los hijos, el sexo, la naturaleza
sean un estorbo en la vida. Con el abandono de las actitudes egoístass
percibiremos que somos nada, y no obstante somos, lo cual es la
belleza de la vida que el «yo» jamás podrá
percibir, y que no se adquiere, que no está encerrada en
ningún templo, y que la limitación de los sistemas
no la alcanza. Desarrollamos lo que creemos que nos hará
libres, seguros, felices; así luchamos por los primeros
planos, por la figuración, por parecer respetable, por
el peldaño más alto y todo ese conjunto conduce
a una vida que resulta un fiasco, un fraude en el que hemos caído
pues somos esclavos de muchas cosas, y la felicidad -no los placeres-
están muy ausentes. Las luchas están aseguradas
por los que realmente tienen poderes, y mientras entre todos alimentemos
las diferencias, de este modo no accedemos a la pantalla blanca
que significa la quietud de una mente, la calma interior que es
un movimiento que trasciende lo conocido, lo finito, lo que es
mensurable.
Con la pantalla chica acontece algo similar, pero vamos a ampliar
el concepto de que la mente tiende a cerrar lo que queda abierto,
a completar lo que se nos presenta incompleto. En primer lugar,
es preciso negar creencias que convalidamos: Es incorrecto decir
que los medios de difusión forman opinión; las cadenas
televisivas, las principales agencias de noticias muestran lo
que queremos, lo que somos, lo que nos excita, lo que nos entretiene
o lo que nos depierta furia. Quien se siente identificado o representado
mira, o lee diarios, sin masticar por sí lo que le presentan;
quien tiene interés en aspectos que en los medios gráficos
y visuales no se hallan presentes, espacía la lectura de
diarios y sus horas de espectador, a favor de desarrollar calidad,
ingenio y un poco de creatividad. Ningún sabio, ninguna
persona medianamente talentosa se basan en ellos, del mismo modo
que para quien quiere libertad interna total -y no las migajas
de ella-, la escuela se parece más a un encierrro carcelario
que a un mundo sin fronteras. Es una ilusión que se nos
informa, o que estamos bien informados. ¿Quién pone
las manos en el fuego por lo que se nos dice? Salvo algunas noticias
como el pronóstico del tiempo, los resultados deportivos,
un feliz nacimiento, la inauguración de un festival de
cine, la aparición de una nueva vacuna, alguna tragedia;
el resto no ofrece garantías ciertas que realmente sea
así. El político oficialista dice lo que le conviene
y oculta el resto; el opositor se ensaña con el gobierno
de turno y olvida que en su mandato tampoco se solucionó
lo que hoy defenestra, y eso nos gusta: La polémica, la
rivalidad, la discusión. Quien no se interesa por esto
no demora ni un instante en hacer otra cosa. Esa rivalidad es
aparente, en las trastienda defienden su negocio, cada cual responde
a las expectativas de los ciudadanos que los eligen, y se ponen
de acuerdo si les conviene. En política nadie da nada si
no consigue algo a cambio.
De las notas policiales podemos tomar el hecho en sí, pero
no conocemos la historia del personaje, no somos testigos de lo
sucedido, y a partir de conjeturas, análisis sesudos, entendidos
que nunca faltan, por suposiciones o directamente por prejuicios,
imaginamos cómo sucedieron las cosas -la necesidad de completar
de que hablamos-. Y esto es grave: Si estuviésemos involucrados
en cualquier tipo de noticias, seguramente pediremos «objetividad»,
y no guiarse por falsas premisas. Creemos que conocemos a los
artistas, y el mismo desconocimiento que tenemos de nosostros,
lo tenemos de ellos. La única forma de conocernos es la
convivencia, mas no en la imagen que mostramos. La convivencia
es una cosa - el trabajo de actor, el de actriz, cantante-, y
hacer declaraciones es otra. Las parejitas se adoran y se quieren
hasta que a la semana siguiente o un poco más se separan,
y enseguida aman y se encariñan como nunca, y repiten las
mismas declaraciones con su nuevo matrimonio. Ayer vimos la sonrisa
de oreja a oreja de un comediante y hoy nos enteramos que es drogadicto,
que sus males los cura con alcohol, o que hoy se suicidó,
y esto también sucede en la vida real: La falta de vínculos
en serio hace estragos en la vida anímica de una persona,
y las consecuencias son fatales.
Madurez y valores
No hace falta detallar mucho
más: En la pantalla se refleja lo que somos, aunque la parte
desagradable la mantengamos en la sombra de la conciencia, y -lo
que es peor aún- desde el interior de la pantalla hay profesionales
encargados de fomentar estos absurdos. La necedad de la gente deshonesta
es creer que es honesta porque no mató a nadie, ni consume
drogas, o no le levanta la mano a sus seres queridos. Lucrar con
el dolor ajeno, explotar la insensatez, tener espectadores a cualquier
costo, crear falsas expectativas con los necesitados es, en este
medio que alimentamos, una virtud, y no algo abyecto y deplorable,
digno de figurar en la galería de bajezas humanas. Aunque
parezca que no es así, no es esta una actitud crítica;
particularmente comprendo por qué se lo hace. Me interesa
señalar y describir a través de la televisión
lo que también somos. Si nos sentimos afectados, habrá
algo que tenemos que averiguar que nos relaciona; sino, notaremos
si lo expuesto es mentira o verdad.
Retroblues - Jean Vern - 1977
Las alternativas no son verla, apagarla, venderla o romperla,
sino notar que a más horas de mecanización, de apatatos
audiovisuales, se corresponde con una vida similar. ¿Creemos
en serio que la realidad es lo que aparece en su programación?
Lo atinado es esclarecer qué actitud asumimos. No es asunto
parcial a lo cual estamos tan impulsados a hacer, sino que es
la misma actitud total que asumimos en la vida: Si creemos que
mediante un aparato nos podemos comunicar; si creemos que en la
pantalla parece mucho de lo que nos sirve; si buscamos escape
del diario vivir, o estamos convencidos que la televisión
es uno de los grandes inventos del siglo pasado, si sus programas
nos gustan o disgustan pero igual está encendido, si es
saludable que a la hora de comer tapemos las dificultades con
su encendido, si cuando nos sentimos aislados, él es la
mejor compañía, si resulta más cómodo
ver deportes que ser partícipe de algún juego, si
nos creemos que somos protagonistas de las fiestas, de los diálogos,
de los acontecimientos que se proyectan, entonces, el televisor
es una muy grata compañía.
Si creemos que en sus pantallas aparece mucho de la estupidez
humana y poco de la inteligencia, sino cambiamos la naturaleza
viva por las imágenes de un paisaje que se nos muestra;
si notamos que nuestro camino se ve más complicado que
facilitado, si observamos que los que pueblan sus imágenes
tienen una postura un tanto superficial, o exhiben su bienestar,
su sapiencia, y se muestran dichosos pero que es muy distinto
lo que sucede fuera de sus luces y aplausos; si nos damos cuenta
que interesa más el negocio que la calidad de lo que se
emite; si percibimos que estamos sentados por inercia, por costumbre
más que por un real gusto,
Retroblues - Jean Vern - 1977
si no nos satisface la mediocridad, la falta de ingenio, la falta
de variación, si nos descontenta el hecho que pasen por
su vidriera sólo unos pocos y no aquellos que no son consagrados
o muy notorios, pero que merecerían alguna oportunidad;
si no la soportamos por mucho tiempo, si tenemos en claro que
la belleza de la vida pasa por otro lado, que la solidaridad que
se muestra es la hipocresía en colores, que la humildad
que se pregona es una farsa hábilmente estimulada, y si
pivilegiamos el vínculo con una persona en un diálogo
de ida y vuelta, si valoramos que lo importante no es lo que se
dice sino los hechos de la vida que una persona produce, entonces,
la televisión no es ni la mejor compañía
ni la peor, sino un aparato que cuenta con pocos programos buenos
y mucha medianía -esté al gobierno que esté-,
y que lo mejor es no albergar esperanza alguna de que cambie sustancialmente.
No le achaquemos a la t.v. nuestros males; sus programas, sus
directores, sus protagonistas muestran como un espejo lo que somos,
sino no habría tantos espectadores
Cuando de medición de audiencias se trata, la pregunta
básica es qué canal estamos mirando. También
sería interesante que nosotros nos cuestionemos para qué
apretamos el botón. Sin ironías, podemos ver televisión
para saber lo que tenemos que hacer, para saber que la creatividad
no pasa por allí, para saber a qué conduce conseguir
un fin sin importarnos los medios, para estar al tanto de cómo
se nos influye por medio de la publicidad, para notar la hipnotización
que tenemos ante sus personajes, para comprobar qué se
nos quiere hacer sentir con los gestos, los tonos de voz o los
rostros que simulan lo que sea.
La honestidad, la responsabilidad, la bondad tienen muchos
más adeptos de lo que se cree: Simplemente se propala,
no hace falta publicidad alguna. Quien tiene bienestar y lo comparte
con sus pares ¿para qué va a mostralo? Quien se
hace responsable de sus aciertos y de sus errores, y en su vida
total el balance lo satisface, ¿a qué exhibirlo?
Quien precisa usar a los demás en nombre de lo que fuere
es porque carece de afectos, de sentimientos, de amor y por eso
resaltan el esfuerzo, el sacrificio, las heridas que sufrieron
por el bien de todos. Quien realmente quiere el bien de todos
no lo menciona, no tiene deudas con la sociedad ni la sociedad
tiene deudas con él; podemos, sí, reconocer acciones
pero es muy distino que atrapar a las personas con culpa, o atemorizándolas
por lo que se les da.
Está bien que los niños precisen reconocimiento,
atención, cuidados, que se los estimule pero el éxito,
la fama, el poder, la ambición son esos mismos sentimientos
inmaduros que no se han solucionado. La maduración nada
tiene que ver con todo eso. Madurar es dejar atrás cualquier
dependencia emocional; los demás no nos tienen que amar,
valorar, reconocer méritos, dar afectos -si los recibimos,
¡bárbaro!-, pero no están obligados. Es precisamente
porque no somos maduros que vamos desesperados tras ellos.
Vimos en esencia adónde apuntan los medios audiovisuales
y la publicidad que agobia con tantos adjetivos calificativos.
Señores, no es para tanto. ¡Qué tendría
que decir la naturaleza...!
La Paz - Caza - 1977
La distancia emocional y la comunicación
Antiguamente se tiranizaba a las clases bajas, a los que no tenían
conocimientos, dineros, a los faltos de influencias: Se explotaba
a los indios, se vendían negros como una mercancía
más ante la mirada pasiva de los intitulados «civilizados»,
hombres blancos u hombres religiosos. Hoy todo aquello sigue,
pero en forma encubierta: Los manejos, la manipulación
también han sido mejoradas, es mucho más fina y
sutil que las cadenas, y los medios masivos de transmisión
de imágenes son muy eficaces al respecto, unido a que el
subdesarrollo mental nos alcanza en el mundo a todos sin distinciones.
El parámetro de igualdad es lamentable en lo que hace a
la decadencia, a valorar la hipocresía, la simulación
y a que pasen desapercibidas las acciones humanitarias de los
seres anónimos, camino de la elevación para lo cual
hay que apartarse de la competencia, el poder, la ambición.
Como cualquier cosa es llamada «comunicación humana»,
sugiero que investiguemos no conforme a la definición de
palabras, ni como sociólogos, especialistas o entendidos,
sino de un modo transparente y sencillo: Cuando sentimos que nos
comunicamos con una persona. Si estamos atentos a los pensamientos,
a las experiencias acumuladas, seguramente habrá algo que
se asemeja a lo que vamos a expresar; luego, cada uno verá
qué es razonable en este tema, y actuará como crea
conveniente.
Cuando hablamos de comunicación no nos estamos refiriendo
a una forma en particular, sino a su esencia. Es la misma situación
si la referencia es el matrimonio, una familia, una institución
o una sociedad; unos, pocos o muchos no cambia lo fundamental.
Prensa canallesca - Moebius
1977
¿Cuándo nos estamos comunicando y cuándo
nos incomunicamos? Hay una distancia física y también
existe una distancia emocional que, como la mayoría de
las cosas que nos hacen bien, pasan desapercibidas. En las escuelas
o universidades se la desconoce, la educación de los padres
no la tiene en cuenta y, análogamente, sucede con el resto:
Repetimos e imitamos hasta el cansancio, por ende los descubrimientos
interiores son escasos. La distancia física no merece mayores
comentarios, son los centímetros o metros que median entre
una persona y otra. ¿Qué es la distancia emocional?
El clima afectivo que predomina en la conversación; a mayor
distancia, mayor también va a ser el clima de incomunicación:
Frases impersonales, hablar sobre el pasado o sobre el futuro,
juzgar lo que debería ser, estar absolutamente convencidos
que el mundo es como lo vemos nosotros... Todo es cuestión
de opiniones, de ideas que luego generan las réplicas;
sólo palabras para cubrir un espacio por que sí.
Si logramos acortar esa distancia afectiva, no habrá separaciones
-unos contra otros-, sino un diálogo amistoso y así
la comprensión no será un deseo sino una realidad.
Si hay alguien geográficamente lejos y no tenemos conexión
afectiva, el pesamiento dice: "Pobre gente; lo que está
sufriendo". Pero en el fondo de los sentimientos no nos preocupa
demasiado, hay mucha distancia; si, en cambio, ante cualquier
suceso nos enteramos que entre los afectados hay un ser cercano
a nuestra estima, entonces, la distancia física y emocional
están cercanas.
Notemos qué hacemos para entorpecer el clima y, comprendida
la pregunta, la respuesta la descubriremos en forma instantánea.
Es correcto buscar respuesta a ciertas preguntas en lo que es
materia técnica; en los aspectos anímicos no sucede
de igual manera. Si soy autoritario, buscar la respuesta me lleva
a depender de otros, de consejos, de teorías, de causas,
de sistemas lo cual me da un bagaje verbal ponderable, pero el
hecho en sí no se modifica, pues sigo sintiendo lo mismo.
Reconocer que soy autoritario es un plano superficial, puedo reconocer
algo que es pasado, no lo que desconozco. No es asunto de diagnosticarme
-esto lo hace cualquiera y sin cobrarme-, sino en observar en
silencio y hacia dentro lo que hay detrás de esta o cualquier
sensación; empezando por lo simple, lo complejo viene sólo.
Indagar cómo es mi tono de voz, mi postura física,
en qué termino las veces que discuto, qué gestos
empleo, cómo soy autoritario, qué hacen los demás
para que siga siendo autoritario, en qué momentos "entro"
en el rol, qué emoción legítima escondo,
impido o me impiden manifestar; qué me falta, qué
no aparece, en qué me estoy justificando para no asumir
la parte de responsabilidad que me corresponde, a qué autoengaños
recurro para no mirarme cómo soy, sino cómo debería
ser; y cualquier dato que puedo percibir, sin importar si es relevante
o no: Todo es relevante cuando de aprender de nosotros mismos
se trata. No podemos aprender a comer si no tenemos alimentos,
no podemos aprender acerca de sexo si no tenemos experiencia al
respecto, no podemos notar la caída de las hojas en otoño
si estamos aturdidos en nuestros pequeños mundos, entonces,
¿cómo aprender si no nos observamos tal cual somos,
sin conectarnos con lo que es actual?
Si aprendemos acerca de la intranquilidad, no existirá
la pregunta «¿qué hago para calmarme?».
Si nos damos cuenta cómo alimentamos la tristeza, no existirá:
«dígame, ¿cómo salgo de esta situación?».
Si exploramos, si averiguamos de primera mano -y nadie mejor que
nosotros para saberlo-, no aparecerá en los labios: «¿qué
tengo que hacer?». Podemos acudir en una crisis a una ayuda
momentánea y necesaria, pero si no se nos dan las herramientas
que nos hagan recuperar la confianza perdida, la energía
que malgastamos en inculpar a propios y a extraños, de
poco nos va a servir. Explorar aún a costa de no saber
-que es el mejor punto de partida-, de temer, de no estar seguros:
¿Por qué no? Si dudamos cuando aprendemos un oficio,
un idioma o a manejar un auto, sin estar familiarizados con los
complejos mecanismos mentales es muy esperable el desconcierto
inicial.
La
comunicación como trascendencia
¿Qué entorpece el diálogo, la comunicación
entre personas? Empecemos por el lenguaje. Si éste no es
claro, preciso, honesto, sin maniupaciones, igual será
lo que cosechemos. Somos muy poco propensos a hablar en primera
persona como si esto fuese una falta grande: «Yo digo»,
«me gustaría que sepas», «mi necesidad
es ...», son casi olvidados. Nada de esto tiene que ver
con el egoísmo -ésa es otra historia-, y es el riesgo
de repetir interpretaciones erradas, en este caso «yo siento
...» afirma. y me pongo en contacto con un sentimiento actual;
al interlocutor no le caben dudas al respecto, ni albergará
supuestos; por lo menos el incio es sincero y honesto, lo que
sigue si se respeta lo esencial continuará. Sino será
cuestión de retomar cuantas veces sea preciso. Profusamente
empleamos «nosotros», «ustedes», «estamos»,
«porque me sucede», o entre tantas otras preguntamos
lo obvio: «¿Estás irritado?», cuando
hay alguien rojo como un tomate. Estas frases dan lugar a una
comunicación «sucia», monocorde, aburrida.
Hablamos por horas, semanas, o años pero no sabemos qué
sentimos, qué pensamos uno del otro, cuáles son
nuestras frustraciones y dolores, qué cosas de la vida
nos reconfortan, qué fantasías silenciamos, qué
tenemos ganas de decir que nos cuesta, qué sueños
no nos atrevemos a confesar, qué nos alegra en la actualidad,
cuáles son las ganas de hoy. No partamos que conocemos
a nuestra esposa, esposo o tío, pues lo que conocemos pertenece
al pasado; no partamos de la imagen, el rol o el recuerdo que
atesoramos pues también es pasado. Partamos del desconocimiento
y sin contaminaciones. Hablar por hablar no es comunicación;
aprendemos a comunicarnos si nos damos los silencios mentales
precisos y -dicho sin sorna-, si nos otorgamos las pausas entre
pensamientos, o entre sensaciones; sino, la continuidad seguirá
su cómoda trayectoria. El mundo cambia en el aspecto técnico,
en la superficie de las relaciones puede ser; fuera de esto, los
cambios que se pregonan no son tales, es el ayer que disfraza
al hoy. El cambio surge cuando el contenido de la concienca se
vacía; si seguimos acumulando conceptos, ideas, informaciones,
dudo que de esta forma podamos llegar lejos.
Otro paso casi simultáneo es saber escuchar en forma correcta
¿Podemos escucharnos si tenemos conclusiones? ¿Podemos
comprender si cuando tenemos un problema buscamos culpables externos,
y no la parte de responsabilidad que nos toca? ¿Podemos
dialogar si estamos interesados por ver quién tiene razón?
¿Puede haber una conversación honesta si nos consideramos
autoridades, o que ya sabemos todo, que nada internamente nos
queda por aprender? O, por el contrario, para escucharnos nada
de esto hace falta. Si la mente se cierra, los oídos también;
escuchar sin resistir, sin pensar en mañana o en pasado,
o sin querer oír la parte que más nos conviene sino
todo, es lo correcto. Esto no implica compromiso alguno o de por
vida, sino caminar uno al lado del otro, nadie adelante, nadie
atrás, sin ningún tipo de comparaciones o de diferenciaciones,
a un mismo nivel.. De tan mecanizados que estamos no reparamos
que deseamos la igualdad, pero constantemente establecemos diferencias
externas o de atributos personales, lo cual es una de las tantas
contradicciones que pasamos por alto.
Juntos no es unidos. Juntos significa que tropezamos con parecidas
dificultades, que observamos sin divisiones, que reímos
por circunstancias similares; los pares van unidos e indefectiblemente
dan lugar a malestares, servidumbres o rencores, pues son opuestos:
Maestros contra alumnos, políticos contra ciudadanos, religiosos
contra ateos, padres contra hijos, y en tal caso podemos hablar
de unión sólo cuando trascendemos estas polaridades,
no antes. Cada uno es maestro discípulo, profesor y alumno.
El lenguaje, el escuchar, el mismo nivel van parejos con la libertad
interior. Sin libertad desde el inicio, cualquier vínculo
entre humanos termina mal, o hay un deseo de separación
que no se cumple por temor pero que es la misma cosa. Si realmente
queremos que un ser querido esté cerca, permitamos que
se aleje cuando él considera conveniente y sin culpa. Expresar
lo que sentimos ante su alejamiento es una cosa; posesionarse
es otra. Cariño, afecto, no es que las personas hagan o
cumplan con nuestro parecer; esto es egoísmo disfrazado
de cariño, que son cosas muy distintas. Desde el malestar
queremos arrastrar a los demás sea como sea, sin amor que
es incondicional, no hay libertad. El término no sugiere
hacer lo que más nos place sin importarnos nada, sino que
implica no elección: Elegir entre normal y anormal, entre
sano y enfermo, entre agradable y desagradable conduce a la dualidad
mental, y la dualidad es división que luego genera confusión
y más conflictos. En un sentido práctico no podemos
desconocer que cada uno de esos términos existan; se trata
que la libertad la encontramos en lo que es, en lo que somos,
no en lo que fue, en lo que va a ser o en lo que nos gustaría
que pasara. Cualquier escape es alejarse de la libertad. Si alguien
se siente coaccionado, si hay una autoridad de por medio, la libertad
psicológica no es posible: Somos o queremos autoridad en
algunos momentos, y cuando no nos conviene queremos destruir la
autoridad... Con lo cual se cierra el círculo mental del
cual no aprendimos a solucionar. La correcta libertad carece de
dirección.
Esto nos acerca a la siguiente cuestión: seriedad, que
nada tiene que ver con inflexión, o con rostros tensos,
disciplinas rigurosas o respeto a convencionalismos, tradiciones
o creencias, que son -justa y precisamente- el escollo principal.
Sin duda, la mayoría de las personas son serias en lo que
hacen: El ingeniero en su labor profesional, el operario cuando
maneja el torno, el carpintero cuando trabaja la madera para una
artesanía, el deportista cuando se prepara para un evento
de importancia. Yo me refiero a otro ripo de seriedad, más
abarcativa. Todos esos trabajos u oficios parten de un centro:
Complacer al "yo". Cada uno de nosotros quiere destacarse,
lo cual no tiene nada de malo; sólo señalamos que
partiendo de mi interés voy a beneficiar un aspecto parcial
de la totalidad, es decir, que indirectamente hay exclusiones
y lo primero que se excluye es lo humano: Nos olvidamos que somos
humanos a favor del rol, de la labor que desempeñamos,
o de lo que fuese. Lo que nace de ese centro -el "yo"-
es limitado, no puede ir más allá de su encierro,
y no puede comprender más que algunas facetas ¿Puedo
comprender lo total desde una parcialidad, como son las divisiones
culturales, religiosas, económicas, o de la índole
que se trate? Puedo hablar, suponer, elaborar teorías pero
carentes de realidad. Sólo cuando la mente está
quieta, no agitada en pensamientos egocéntricos, la totalidad
puede ser registrada. Seriedad es precisamente observar todo el
panorama de la vida pero sin ese centro; yendo a la raíz
del conflicto. Por ejemplo, tenemos permitido enojarnos con el
índice de inflación, con el desorden en el tránsito,
o por los innumerables problemas sociales que cambian día
a día; estas son parcialidades que se las hace aparecer
aisladas unas de otras, y por eso no nos molestamos por lo que
engendra todo esto: El sistema que da lugar a lo descripto. Bueno,
para llegar a esta visión, para sentir que lo que falla
es el molde que también yo elegí, hay que trabajar
con fervor, con ahínco, sin la ayuda de nadie o con la
colaboración de unos pocos, siguiendo los hechos y no los
discursos engañosos, negando que sea imposible vivir sin
conflictos en la medida que intervengamos en los mismos, y no
seamos simples charlatanes para lo cual no hace falta tal seriedad.
Mientras seamos esclavos de las parcialidades no tendremos libertad
total.
Y nos queda finalmente intensidad: Si ambos estamos interesados
en el mismo momento, con el mismo interés, con el mismo
o parecido grado de atención, la energía sin fricciones
tiene posibilidades de aparecer y eso tiene que ver con la intensidad.
A simple vista, parece complicado; bueno, lo simple lo hace cualquiera.
Sin embargo, lo que describimos en palabras para verlo fuera nuestro,
lo vivimos espontáneamente cuando nos interesamos en solucionar
una complicación, cuando estamos atentos en un tema que
nos apasiona, cuando estamos urgidos ante lo que es impostergable,
o cuando amamos con intensidad. ¿Cómo sabemos, por
otro lado, que es complicado si no reparamos en el estilo de comunicación
que tenemos? La torre de Babel es una alegoría a la falta
de entendimiento: Miremos sin el efecto paralizante del miedo,
sin los emocionalismos que nos horrorizan, y con la realidad que
es a veces dura de soportar, y observaremos que la esencia de
esa alegoría aún permanece -y muy viva en estos
días-. Pareciera que los asuntos importantes los dejamos
hasta el momento que exploten, tanto en lo personal como en lo
social, y luego se hace muy difícil la resolución;
en la práctica vemos que los conflictos no quedan atrás
por haberlos solucionado: Se cambian por otros peores.
El
movimiento sin meta: Ser
En la publicitada era de la tecnología las crisis humanas
son cada vez más graves; en el siglo de los inventos en
comunicaciones o de aparatos que supuestamente nos informan para
estar enterados de todo, menos de los que nos hace falta: Qué
pasa en nuestro interior. Las comunicaciones humanas son más
bien superficiales. En la época en que más lujos,
sofisticaciones y comodidades se han fabricado, más se
ahondan las diferencias entre los poderosos en el sentido económico
y los carentes ¿Qué falla? El hombre, cada uno de
nosotros, o ¿quién manda y quién obedece
en este mundo?
Hay una estrecha relación entre el ser humano y el medio
tecnológico: No es el uno o el otro, sino se trata de establecer
cuándo uno cuándo otro, para qué uno y para
qué otro, uniendo e integrando y no separando. Las computadoras
hacen rápida y eficazmente operaciones que al hombre le
resulta complicado. La acumulación de datos en cifras billonarias
en las grandes computadoras son dadas casi al instante, cuestión
que el hombre no puede hacer; tener la cantidad de mercaderías
acumuladas en el archivo de una computadora es más ordenado
que lo que varios hombres podrían hacer. Pero no le pidamos
a la máquina cariño, creatividad, inteligencia humana,
trascender lo conocido, educar hijos, el aprender que está
mas allá de la acumulación de datos. A veces nos
asustamos de este mundo moderno en que las máquinas han
ganado tanto espacio; sin embargo, muchas veces procedemos como
máquinas y no nos damos cuenta, ¿o el hastío,
la rutina, los hábitos, las costumbres, el viejo ropaje
interior, no nos quitan la posibilidad de actuar conforme al momento?
La computadora responde si el dato está almacenado, sino
no; el hombre actúa desde sus pensamientos y estos también
son una acumulación de datos -de ese modelo se extrajeron
las bases fundamentales de cualquier computadora-. Lo cual lo
hace ir de un pasado a otro pasado modificado que es continuidad,
y la belleza de la vida está en el presente y éste
aparece si la carga pasada termina. La computaodra se desenchufa;
el hombre precisa realizar un trabajo más arduo: Vaciar
el contenido de la conciencia que le impide fluir con lo que es.
Mientras tenga acumulados odios, heridas, expresiones y sentimientos
reprimidos y todo el bagaje afectivo-emocional y asuntos que no
se resuelven, tal vacío será un deseo.
El hombre crea las sociedades en que vive y luego descansa creyendo
que primero tienen que haber cambios sociales para que él
sea feliz. En las ideas o intenciones puede ser así; en
los hechos no. La teoría se viene repitiendo desde hace
miles de años: Hay civilizaciones que desaparecieron, otras
que gozaron de esplendor están en decadencia o se quedaron
ancladas en la historia, como los árabes y griegos; hubo
imperios que sucumbieron y otros que siguen ejerciendo su despotismo
hoy, pero las revoluciones sociales sólo lograron escasos
momentos de tranquilidad y de paz, muy poco para el potencial
que sigue durmiendo. Tales concepciones -que primero plantean
un cambio externo para luego lograr el cambio interno- han fracasado
en forma estrepitosa, aunque la hipocresía y la irresponsabilidad
les sigan dando vida. No hay tal división entre interior
y exterior, eso es ficción. Cuando hablamos de problemas
humanos, es un sólo movimiento; lo que el hombre es, también
es su sociedad : Él y la sociedad son una misma cosa. Yo
inculpo al gobierno de mi malestar y el gobierno inculpa a la
banca internacional sus dificultades; sin comparaciones, grande
y chico es lo mismo. La culpa se expulsa; se crea la ilusión
que el enemigo es externo y, luego, esa parálisis se vuelve
en contra como es observable cotidianamente.
No hagamos lo mismo con las máquinas, el hombre las inventó
y empezaron o inician -según de dónde hablemos-,
a gravitar fuertemente. Conservemos lo humano que tenemos -pero
no de palabra, sino de veras-, y no seremos un robot más
o un engranaje más. La persona aislada no sirve, y esto
es lo que han logrado hacer los poderes de turno: Alimentar diferencias,
un poco de dinero, algo de sexo, comodidades, evasiones, mucha
información que lo aturda y... «¡se acabó
el problema!». Nadie está interesado más que
por su pequeño mundo; nadie que moleste demasiado por mucho
tiempo, sólo unas cuantas palabras revolucionarias, de
promesas de un futuro mejor, de convertirnos en un gran país
-que en la práctica son sólo unos parches que no
compliquen demasiado la existencia-, hasta que la indiferencia
hacia los que realmente sufren es tan grande, tan cruel, tan salvaje
que todo estalla en mil pedazos; y luego se comienza a escribir
otra historia que no es nueva sino es lo viejo remozado con su
estructura moral intacta. Hay un sólo problema a resolver:
la relación entre hombres y mujeres de cualquier lugar.
Pese a lo que se sostenga no hay -pasando la conciencia superficial-,
comprensión honda, ni convivencia amistosa defendible.
Si esto no es lo prioritario como realidad diaria -pues eso es
la convivencia-, como actividad sagrada, y sólo nos preocupan
los pequeños logros personales, no nos quejemos por la
brutalidad, la agresividad y por el saldo de las guerras, muertos,
heridos, mutilados, torturados física y espiritualmente.
La guerra es la locura terminal de las pequeñas rivalidades
y luchas diarias.
Las máquinas no pueden observar en calma: Las luces y
las sombras de los árboles, el brillo de los vegetales
luego de las lluvias, el rocío que apetece en tiempos húmedos,
los rayos solares cuando las nubes los ocultan temporariamente,
el crujir de los pasos sobre las hojas secas del otoño,
el fluir de las aguas de un arroyo, los campos sembrados, los
nudos de los troncos de los árboles, el vuelo zigzagueante
de las aves, la diversión de un chico que juega con su
perrito. Y lo triste es que el hombre de hoy tampoco nota que
esto existe, que está para él, y esto es muy grave.
A más mecanización, menos naturaleza; a más
pantallas que nos hipnotizan, menos visión descontaminada;
a más horas de sonidos estereofónicos, menos horas
de sonidos naturales; a más sacrificios, esfuerzos, y rigideces,
menos canto y baile; a más horas de contacto con imágenes,
menos horas de contacto con la realidad; a mayor cantidad de escapes,
menor armonía cuerpo-mente-alma.
El amor no es extrañar, no es sometimiento, es libertad;
el amor no es intolerancia, no es intransigencia, es respeto mutuo;
el amor no es imitación, no es falsificación de
estados afectivos, es naturalidad; el amor no conoce de divisiones
ni de separaciones, es igualdad entre humanos; el amor no es «mi»
mundo, ni «su» mundo, es mundo para todos; el amor
simplemente es.