Una voz y una guitarra. Una voz dulce y profunda, misteriosa y melancólica
que irrumpe en el universo musical como pidiendo permiso; casi una tímida
voz. Un instrumento: la guitarra; discreta y bien ejecutada, provista
de acordes armónicos y despojada de virtuosismos pomposos; casi
una guitarra clásica acariciada por manos de una filosa suavidad.
Melodías en las que prevalece la influencia de la canción
francesa (por ejemplo, Brel), y que atraviesan cierto aire folk alejadísimo
del arrollador espíritu hippie de las décadas sesenta
y setenta..
Murmullos que se combinan y potencian con líricos arreglos, los
cuales remiten a cierta invocación ancestral del desencanto.
Nick Drake es esto, y también mucho más. Un joven birmano
que vivió poco, muy poco, apenas veintiseis años (un probable
suicidio realizado con altas dosis de algún antidepresivo), con
una marcada inclinación, como letrista, a la poesía o
el relato de historias, y también, alguien que persiguió,
como un narciso enamorado de sí, la fama que nunca llegó
a ver realizada. (El productor de sus dos primeros discos, Joe Boyd,
afirma en el comentario que ilustra el disco recopilación Way
to Blue, que esta ilusión se ve expresada en el tema Fruit Tree.
Nick Drake, dejó grabados tres discos: Five Leaves Left (1969),
en el cual se aprecian arreglos de cuerdas y vientos (Cello Song es
un exquisito tema de este álbum, que sortea airadamente la tan
peligrosa relación entre la música contemporánea
y los arreglos líricos); Bryter Layter (1970), quizá,
el disco que intenta ser más comercial, más movedizo,
pero poderosamente inquietante, y Pink Moon en el cual se aprecia la
áspera belleza del desencanto.
Resumiendo, Nick Drake, es un arcano cantautor que cantó y vivió
en una época dentro de la cual pasó desapercibido, bebiendo
el agrio vino de la falta de reconocimiento. Un músico más
próximo a la quietud que al agitadísimo período
de sexo, drogas y rocanroll.