Seguramente cualquiera que hubiera nacido en Arezzo en 1492 para dedicarse
al ambiente intelectual del momento habría llegado a las mismas
conclusiones que Pietro Aretino: todas las mujeres son iguales.Esta,
que parece una generalización también compatible con el
educado varón moderno, es sin embargo el pensamiento de un hombre
que vivió en Roma y escribió a la sombra de grandes señores
como León X o el cardenal Julio de Médicis.
En su obra "Diálogos de cortesanas" las protagonistas
son dos mujeres de vida licenciosa, la Enana y Antonia, que están
preocupadas acerca del futuro que puede tener una hija mujer. Aretino
pone en boca de estas damas su propia idea del asunto, haciéndolas
discurrir por los tres estados femeninos imaginables: monja, esposa
o prostituta. Con un lenguaje plagado de metáforas sensuales
describe con imaginación y gracia todos los caminos del deseo
humano, haciendo un valioso aporte al mundo de la literatura erótica
(que el lector atesora agradecido).
La conclusión no es difícil de adelantar, ya que las anécdotas
que refieren ambas mujeres hablan de casadas más impuras que
la peor de las trabajadoras del sexo, de monjas que rompen todas sus
promesas con el mayor de los placeres y de prostitutas que se comportan
según lo estipulado, o incluso con más decoro.
Cuando toca el turno de analizar a los hombres, tampoco su fidelidad
y buenas intenciones quedan bien paradas: no nació aquel que
sea digno de confianza para una mujer enamorada.
Aretino logra así una aguda crítica social con una visión
risueña de las miserias humanas, sobre todo a la hora de enfrentarse
con la propia lujuria.
¿Es aconsejable leerlo? Sí, porque además de abrir
una puerta a la sensualidad del Renacimiento, es una buena oportunidad
para reemplazar por un rato revistas reprochables, videos de escasa
calidad o fotos de anatomías inexplicables. Incluso a costa de
conservar las manos pilosas o las espaldas corvas que parecen perseguir
a la humanidad desde sus comienzos. Por Carola Chaparro