"Por eso, mis queridos orejones del tarro, no se descuiden,
no le den la espalda a nadie, ni se agachen si ven una moneda en el
suelo, porque estamos viviendo en una época en donde los rengos
le ganan a los avestruces. Así que a seguir laburando, atenta
la neurona, vermouth con papas fritas y ¡good show!"
Pequeño fragmento
biográfico de Tato que puede leerse en http://www.cipo.com.ar/humor/tato.htm
...Bracelli compartió una última entrevista con él,
en la que Tato iba en contra de la máxima del espectáculo
de que el show debe continuar y se arrepentía de haber dejado
pasar muchos momentos familiares por su carrera. Mirá,
voy a confesarte algo: yo en mi vida de actor hice grandes macanazos.
No flores de revoluciones sino flores de cagadas. No estoy nada orgulloso
de eso ¡y no me da la gana volver a repetirlo! Esto de que el
espectáculo debe continuar, ¿quién corno lo inventó?
Seguro que lo inventaron los patrones del espectáculo. Invento
macabro, sin duda.
Enrique
Raab - La Opinión, 7 de mayo de 1974
Las infinitas posibilidades de variar un esquema: así podría
definirse la reaparición de Tato Bores, el domingo 5 a la noche.
El rigor del diseño básico-llegada, alocución,
interludio, alocución, partida- tiene desde años la
multifacética posibilidad aleatoria de un tema de fuga de Bach.
No importa que el guionista se llame ahora Aldo Cammarota: cada vez
resulta más evidente que Tato Bores instrumente las ideas de
sus libretistas poniéndolas a su propio y exclusivo servicio.
Porque, ¿qué importa que Stan Laurel y Oliver Ardí
hayan tenido siete guionistas distintos a lo largo de su carrera,
si estos servían sólo para darle forma a una idea dramática?
¿ O que Chaplin haya recurrido siempre a guiones propios, excepto
en Monsieur Verdoux, donde se basó en un viejo vaudeville francés
y en la historia misma? Como la del Gordo y el Flaco, como la de Chaplin,
la dramaturgia de Tato no es dramaturgia de autor: es una aproximación
al arte popular, un arte que necesita, forzosamente, la rigidez de
una forma fija.
Las novedades son varias, sutilmente derivadas del esquema estable:
ha desaparecido el mozo brasileño y, ahora, Crespi y Ricutti
han pasado a ser maitre y sombelier, respectivamente. La oferta para
el gran banquete final es una perdiz de extravagante cuño francés,
pero la opción final de Tato - y la de toda su corte- son los
eternos ravioles. Marilú y Siv prosiguen con sus discursos
bilingües, enmarcando a un Tato inverosímilmente minúsculo
en medio de dos mujeronas. El cambio más espectacular está
en la nueva oficina: un suntuoso despacho de ejecutivo ha reemplazado
el ruinoso ámbito anterior, pero desde el acondicionador de
aire para abajo, ninguno de los adminículos funciona. Para
hablar con el presidente, tato debe levantar un auricular pesadísimo
colocado sobre un teléfono de proporciones expresionista: evidentemente,
este aparato tiene un porte mayestático que los anteriores
no tenían.
Está, como siempre, la alocución: pronunciada a la manera
torrencial de costumbre, con una cámara situada un poco más
lejos de tato que durante los últimos años, todo funciona
de modo más institucional, menos improvisado, más asentado
que antes. Es como si Tato, trasplantado a un nuevo ámbito
de apariencia más sólida, estuviese asombrado por esa
inesperada solidez.
Sólo que el despacho es lujoso, pero poco confortable; las
chicas lucen hermosas, pero son guardaespaldas; el colectivero (Luis
Capdevila) ya encontró trabajo y es feliz, porque puede fastidiar
a todo el mundo. "Darse cuenta", dice el único mandamiento,
estampado en un cartel que cuelga de la pared, como una invitación
a penetrar la superficie y entender el trasfondo.
Tato ha vuelto: ha pasado por el frondicismo, la peperina, el onganiato,
el lanussismo. Está tanteando, un poco perplejo, la Reconstrucción
Nacional.
El placer del monólogo
MONOLOGO DE TATO BORES
La culpa de todo la tiene el ministro de Economía dijo uno.
¡No señor! dijo el ministro de Economía mientras
buscaba un mango debajo del zócalo. La culpa de todo la tienen
los evasores.
¡Mentiras! dijeron los evasores mientras cobraban el 50 por
ciento en negro y el otro 50 por ciento también en negro. La
culpa de todo la tienen los que nos quieren matar con tanto impuesto.
¡Falso! dijeron los de la DGI mientras preparaban un nuevo impuesto
al estornudo. La culpa de todo la tiene la patria contratista; ellos
se llevaron toda la guita.
¡Pero, por favor...! dijo un empresario de la patria contratista
mientras cobraba peaje a la entrada de las escuelas públicas.
La culpa de todo la tienen los de la patria financiera.
¡Calumnias! dijo un banquero mientras depositaba a su madre
a siete días.
La culpa de todo la tienen los corruptos que no tienen moral.
¡Se equivoca! dijo un corrupto mientras vendía a cien
dólares un libro que se llamaba "Haga su propio curro"
pero que, en realidad, sólo contenía páginas
en blanco. La culpa de todo la tiene la burocracia que hace aumentar
el gasto público.
¡No es cierto! dijo un empleado público mientas con una
mano se rascaba el pupo y con la otra el trasero. La culpa de todo
la tienen los políticos que prometen una cosa para nosotros
y hacen otra para ellos.
¡Eso es pura maldad! dijo un diputado mientras preguntaba dónde
quedaba el edificio del Congreso. La culpa de todo la tienen los dueños
de la tierra que no nos dejaron nada.
¡Patrañas! dijo un terrateniente mientras contaba hectáreas,
vacas, ovejas, peones y recordaba antiguos viajes a Francia y añoraba
el placer de tirar manteca al techo. La culpa de todo la tienen los
comunistas.
¡Perversos! dijeron los del politburó local mientras
bajaban línea para elaborar el duelo. La culpa de todo la tiene
la guerrilla trotskista.
¡Verso! dijo un guerrillero mientras armaba un coche-bomba para
salvar a la humanidad. La culpa de todo la tienen los fascistas.
¡Malvados! dijo un fascista mientras quemaba una parva de libros
juntamente con el librero. La culpa de todo la tienen los judíos.
¡Racistas! dijo un sionista mientras miraba torcido a un coreano
del Once. La culpa de todo la tienen los curas que siempre se meten
en lo que no les importa.
¡Blasfemia! dijo un obispo mientras fabricaba ojos de agujas
como para que pasaran diez camellos al trote. La culpa de todo la
tienen los científicos que creen en el Big Bang y no en Dios.
¡Error! dijo un científico mientras diseñaba una
bomba capaz de matar más gente en menos tiempo con menos ruido
y mucho más barata. La culpa de todo la tienen los padres que
no educan a sus hijos.
¡Infamia! dijo un padre mientras trataba de recordar cuántos
hijos tenía exactamente. La culpa de todo la tienen los ladrones
que no nos dejan vivir.
¡Me ofenden! dijo un ladrón mientras arrebataba una cadenita
a una jubilada y, de paso, la tiraba debajo del tren. La culpa de
todo la tienen los policías que tienen el gatillo fácil
y la pizza abundante.
¡Minga! dijo un policía mientras primero tiraba y después
preguntaba. La culpa de todo la tiene la Justicia que permite que
los delincuentes entren por una puerta y salgan por la otra.
¡Desacato! dijo un juez mientras cosía pacientemente
un expediente de más de quinientas fojas que luego, a la noche,
volvería a descoser.
La culpa de todo la tienen los militares que siempre se creyeron los
dueños de la verdad y los salvadores de la patria.
¡Negativo! dijo un coronel mientras ordenaba a su asistente
que fuera preparando buen tiempo para el fin de semana. La culpa de
todo la tienen los jóvenes de pelo largo.
¡Ustedes están del coco! dijo un joven mientras pedía
explicaciones de por qué para ingresar a la facultad había
que saber leer y escribir. La culpa de todo la tienen los ancianos
por dejarnos el país que nos dejaron.
¡Embusteros! dijo un señor mayor mientras pregonaba que
para volver a las viejas buenas épocas nada mejor que una buena
guerra mundial.
La culpa de todo la tienen los periodistas porque junto con la noticia
aprovechan para contrabandear ideas y negocios propios.
¡Censura! dijo un periodista mientras, con los dedos cruzados,
rezaba por la violación y el asesinato nuestro de cada día.
La culpa de todo la tiene el imperialismo.
Thats not true! (¡Eso no es cierto!) dijo un imperialista mientras
cargaba en su barco un trozo de territorio con su subsuelo, su espacio
aéreo y su gente incluida. The ones to blame are the sepoy,
that allowed us to take even the cat (la culpa la tienen los cipayos
que nos permitieron llevarnos hasta el gato).
¡Infundios! dijo un cipayo mientras marcaba en un plano las
provincias más rentables. La culpa de todo la tiene Magoya.
¡Ridículo! dijo Magoya acostumbrado a estas situaciones.
La culpa de todo la tiene Montoto.
¡Cobardes! dijo Montoto que de esto también sabía
un montón. La culpa de todo la tiene la gente como vos por
escribir boludeces.
¡Paren la mano! dije yo mientras me protegía detrás
de un buzón.
Yo sé quién tiene la culpa de todo. La culpa de todo
la tiene El Otro.
¡El Otro siempre tiene la culpa!
¡Eso, eso! exclamaron todos a coro. El señor tiene razón:
la culpa de todo la tiene El Otro.
Dicho lo cual, después de gritar un rato, romper algunas vidrieras
y/o pagar alguna solicitada, y/o concurrir a algún programa
de opinión en televisión (de acuerdo con cada estilo),
nos marchamos a nuestras casas por
ser ya la hora de cenar y porque el culpable ya había sido
descubierto.
Mientras nos íbamos no podíamos dejar de pensar: ¡Qué
flor de guacho que resultó ser El Otro...!

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