Prólogo
Oficio de soledad
La verdad poética en todos los tiempos recoge una
misma tradición, o mandato: reinventarse a sí
misma.
Es un arduo proceso donde el
creador de poesía se instala desnudo ante el mundo
con el pavor y la inocencia del primer día. Oficio
de soledad donde nunca estará solo. Momento de extrema
privacidad que será consumado ante los ojos de todos
los vivos y la memoria de todos los muertos.
Tradición de infinito
que se renace una y otra vez desde el punto cero; allí
donde el vacío anuncia con su grito la garganta del
deseo.
Mandato de una verdad entendida
como palabra para la carnadura del alma. Silencio de luz
que nace en el devenir de un atroz silencio.
Con su obra Diario del Etíope
el poeta Claudio Barbará se inscribe legítimamente
en la tradición “maldita”, en tanto maldice
la muerte y resucita el mandato del sacrificio: un cuerpo
cae sin paracaídas desde las montañas del
rito.
Arrojarse sin meditación
al vacío,
Morderse y estar vivos,
Ser humo sin vacilación,
Brillar fugaz, extenuado y fugaz.
(Poema XVII)
Como en toda urdimbre dialéctica Diario
del Etíope convoca desde la vida a la muerte, precipita
la moral del crimen y exalta la locura desde los bordes
de una razón poética.
Más que un mundo de paradojas virtuosas
o de apelaciones al estereotipo “denunciativo”,
Claudio Barbará bebe de las aguas donde conocieron
la sed Arthur Rimbaud y Jacobo Fijman – por nombrar
dos poetas de la gran tradición del dolor que engendra
belleza, aquí convocados – y se lanza a “descorrer
un gran velo”, y entonces, decidido, “mira por
el agujero de la oscuridad”.
Son sus palabras. Brillan en la gran noche,
sentencian, o mejor: anuncian con el rigor alusivo de una
auténtica poética.
Buenos Aires, mayo del 2004
Vicente Zito Lema
III
Y busqué,
en salones dorados la nube suave del misterio.
¡Fui feliz! Aprendí todo lo que debí
olvidar. Viajes malditos. ¡El día en la noche!
¡La noche en el día! Cuernos, escarabajos,
fugas, tu rostro divino, huidizo. Viajes con ellos, divinos,
huidizos.
Y busqué,
descanso; la orilla más despiadada que
pesadilla. Bote hecho para mares anchos, encallé.
¡El día en la noche! ¡La noche en el
día! Vampiros de lengua dulce cantan al amanecer;
también es Ley. Vampiros cantan dulce, al amanecer.
En gris andanada los perfumes de la infancia.
¿Por cuáles magros estrechos nos llegan las
voces roncas de ayer? Tengo los ojos de mis antepasados
conquistadores, los labios en llagas del Mediterráneo.
Hay otros mares que esperan el sable filoso. De mi estirpe
me viene la voracidad.
Y busqué,
el silencio amargo del despertar, el filo azulado
y sin sol, el instante mínimo que emprende su camino
triunfal, la hora en que el silencio duerme. Las siestas
lluviosas de abril o de octubre, memorables. Fulgurante
un haz de luz cruza el cuerpo. Flecha de Norte a Sur, retoño
de tardes grises y de lluvia. Hijos de una siesta eterna,
plácida. Grand-mère y soplidos que llegan
con la espuma de la vejez. Entonces el estruendo y la timidez,
el cielo rojo y el alma inquieta, las pesadillas a la hora
de la siesta y el mármol árido del tiempo.
Y busqué,
los perfumes, inefables talcos húmedos.
Y las tardes tempranas. Y cuando llueve el vapor. Y en el
campo a escondidas la luz, la humedad y el sopor: los aromas
desconocidos. De mi estirpe heredo sobre todo, la ignorancia
que aquellas humedades.
XVII
Es decir,
construirse una frase nunca construida,
caminar hacia una resistencia,
balancear el cuerpo en las olas agitadas,
establecer una imagen percibida.
Es decir,
agotarse en una pequeña gota de lluvia,
serse en lo efímero,
inventarse un breve susurro,
adecuarse en un gesto leve.
¡Utilizar las únicas armas
verdaderas!
¡La palabra, el cartílago
inquietante!
Es decir,
convertirse en lobos hambrientos,
desgarrarse la carne bien adherida,
hacerse polvo del polvo,
estrellarse en el muro del deseo.
Es decir,
retirarse imprevisible de la mente,
ser el recuerdo y la historia,
ser el trofeo y la garantía,
ser el fuego y el desierto.
¡Construir el prójimo deseado!
¡La retórica, el sentido,
el significado!
Es decir,
hacerse a la muerte como al mar,
amarse en siglos irreconciliables,
ahuecarse en el estómago,
huirse en los corazones.
Es decir,
arrojarse sin meditación al vacío,
morderse y estar vivos,
ser humo sin vacilación,
brillar fugaz, extenuado y fugaz.
XIX
¡La hora del té -se dice- ha llegado
al fin!
Los restos secos de ayer
promisorios, amarillentos,
han sido servidos en la mesa de hoy.
Nadie se queja...
Se oye un lamento -sólo uno-, y
los hombres siguen en el sendero
cambiando espíritu por veneno.
¡La Guerra -se asegura- ha llegado a
su fin!
Las balas de los muertos
deshechas, sanguinolentas,
han visto el escarpelo de los vivos.
Todos fruncen el ceño...
Se escucha un llanto mudo -sólo uno-,
y
las mujeres permanecen blancas
trocando pudor por un mundo.
¡Hay en la cumbre brillos dorados
y en el estepa calor y cansancio!
¡Hay en los huesos tumores hirvientes
y en la piel úlceras de estaño!
¡La Paz -se nos ha dicho- anida aquí!
Los hijos en brazos han sido invitados,
austeros, sumisos
a flamear futuros esclavos.
Nadie interrumpe...
Sólo un murmullo –sólo
uno-, y
los padres se esmeran en paz
escapando al filo del verdugo.
¡La cena -convenimos- ha sido servida!
Los platillos están en la mesa,
nauseabundos, incoloros
no hay quién no los quiera probar.
Nadie piensa...
Sólo una glándula hierve –sólo
una-, y
el inocente vigila impávido
las dotes de su raza.
XXVI
Los niños jugando o no,
en las calles desiertas, en las calles
en donde desaparecen niños,
en donde se pueblan los pueblos.
Los niños sin palabra o no,
los niños hombres, en soledad
en donde se crían solos,
en donde avanza el desierto sin piedad.
Los niños que no lloran o sí,
en el mundo grande, en el mundo
en el que no hay niños
ni calles, ni juegos, ni mundo,
aquellos que dejarán, los niños,
de serlo y morirán.