a Manuel Penelas, in memoriam
Recuerdo que en mi ya lejana infancia (parece ayer) mi padre me hablaba
de Coirós, del río Mandeo, de las aldeas cercanas a la
suya. Pero también del lago Mascardi, del cerro Tronador,
del Smith&Wesson que escondía arriba del ropero envuelto
en una gamuza. De la mitología celta y de aves como el
huala. De Espenuca y de Barracas al Sur, de Amor Ruibal
– el gran humanista gallego – y de tal vez el mejor estratega
que dio esta patria: el manco Paz. Al mismo tiempo me
señalaba la condición humana: la demencia, el populismo,
la injusticia social, la hipocresía, la perversidad, el
amor, la solidaridad, lo incognoscible del ser. En esas
caminatas por los barrios porteños, por las plazas o las
calles del centro, me iba educando como lo hacía Sócrates.
Estos recuerdos, cargados de afecto y de melancolía, engendran
otros. La literatura entre ellos.
Cuando hablamos de autores clásicos todos sabemos a quienes nos referimos.
Homero, Virgilio, Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Dante,
Goethe, Pirandello, Dostoievsky... son nombres que viven
en nosotros, en nuestra memoria afectiva. Son mis autores
estudiados y leídos durante el profesorado en Letras.
Y releídos de adulto, para descubrir su real dimensión.
Son nuestro canon íntimo.
Pero hoy vamos a analizar brevemente a otros clásicos, autores que generaron
personajes vivientes, mitos literarios que tocan la realidad,
olvidados o rezagados, menospreciados las mas de las veces.
Cabe señalar que forman parte de otro estrato del hecho
literario pero no por ello carecen de plenitud, de cierta
elegía, de ensueño.
El escritor inglés Samuel Richardson (1689-1761) autor de Pamela
o la virtud recompensada y de Clarisa o
la historia de una joven señora, esta última con elementos
que sacudieron a la sociedad europea. Recomiendo la lectura
del ensayo que realizó el crítico y novelista sudafricano,
J.M.Coetzee, sobre Clarisa. La primera novela de
Richardson, Pamela, fue traducida por el abate
Prevost, autor del Manon Lescaut; Rosseau imitó
a Clarisa en La nueva Eloísa. Por su parte
Diderot, en su Elogio a Richardson presentó
al autor como una gran inteligencia creadora. En Alemania,
el influjo se dejó sentir indirectamente en el Werther
de Goethe. En Italia provocaron gran revuelo dos adaptaciones
teatrales de Pamela hechas, nada menos, que por
Goldoni. Estas líneas que acabo de escribir corren el
albur de parecer superfluas. No lo son, Pamela
es el primer ejemplo de lo que se ha dado en llamar “novela
inglesa de costumbres.”
Los juicios que siguen pueden llevar a la polémica y no a la convicción.
Con Robinson Crusoe, Defoe abrió el camino a los
grandes novelistas del siglo XIX. Y desde su prosa descarnada
y realista también lo hizo a partir de Historia de
la peste en Londres, publicada en 1722. Tiempo después
Robert Louis Stevenson – al decir de Jorge Luis Borges
– “inventó moralidades y tramas”. “Stevenson no fue un
hombre religioso. Fue algo mejor, fue un hombre ético”,
nos revela Borges.
Robinson Crusoe, con su loro y su sombrilla, se ha convertido
en uno de los grandes personajes de la conciencia colectiva
del mundo occidental, que trasciende el libro, está en
la esfera del mito. ¿De cuántos personajes podemos afirmar
lo mismo? Defoe es un pionero de realismo literario junto
a Richardson y Fielding, pero éste, en su maravilloso
Tom Jones, intenta conciliar el género elevado
y el vulgar, el habla culta y la popular. Esta novela
la descubrí gracias a la lectura que hice a los veinte
años de la correspondencia entre Marx y Engels, donde
el primero de los nombrados, no se cansa de alabarlo.
Recordemos que ambos eran lectores de los clásicos griegos
y latinos, igual que Freud.
Daniel Defoe es, de hecho mucho más sencillo. ¿Y qué decir, entre la
gratitud y la perplejidad, de Edgar Rice Burroughs y de
su mítico héroe Tarzán, en un permanente enfrentamiento
de lo prosaico y lo quimérico? Su primera novela, Tarzán
de los monos, lleva una simbología digna de analizar
y profundizar. Lo demás sabemos que es fruto de la industria
cultural, fatalmente maligna En esta línea daré ejemplos
confesionales: Alejandro Dumas - padre e hijo -Julio Verne,
Emilio Salgari, Conan Doyle. Schopenhauer aconsejaba,
igual que Horacio, que para no exponernos al azar, sólo
leyéramos los libros que ya hubieran cumplido cien años.
Según Wells, una historia fantástica debe admitir un sólo
hecho fantástico.
No podemos dejar de mencionar al comic, vale la pena detenernos
en Superman, una lectura de historieta pero con
una abrumadora simbología. Más allá de la lectura política
que de él hagamos, es interesante indagar su comportamiento,
el planeta Krypton, pues plantea inconvenientes muy sutiles
e interesantes. Por supuesto es otro tema, otro contexto,
pero no tan distante en cuanto a la fantasía interior.
Si bien en los superhéroes lo que predomina es la fuerza
– Asterix y Obelix, Hulk Paturuzú, Spiderman –
y ciertos ideales reaccionarios tienen una cuota de fantasía,
producto de la cultura popular. Pero reactivan relatos
del patrimonio colectivo que tienen detrás mitos escandinavos,
egipcios o griegos. Y cierta mirada cientificista aunque
esta caiga muchas veces en el ridículo.
En los “otros clásicos” de juventud perenne y maliciosa inocencia -
Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo,
La dama de las camelias, Sandokan, 20.000 leguas de viaje
en submarino - por citar algunos, sus páginas
están aún vivas pues hay delito, ambición, soledad, romanticismo
o venganza. Creo que existen varias razones para aceptar
estas conjeturas. No tienen el lenguaje vasto ni el talento
de Góngora o de Thomas Mann, carecen de la dramaticidad
de Esquilo o de Chejov o del refinamiento estilístico
de Pessoa. Sin duda, jamás adquieren el nivel filosófico
de Nietzsche, ni la desbordante sensualidad y melancolía
de D.H.Lawrence ni la angustia y el mundo fantástico de
Kafka. Pero en aquellos libros sentimos la cercanía de
personajes inolvidables que nos hicieron soñar y nos permitieron
acercarnos al milagro de la esencia y la probidad.
Ahora comprendo más aquellas caminatas de la mano de mi padre. Envuelto
en los fantasmas del pasado emprendo viajes de intensa
nostalgia, de verdadera belleza inspiradora, recuperando
voces, recuerdos perdidos, historias de amor. Y su biblioteca
con libros encuadernados e iniciales en oro, clásicos
castellanos, novelistas rusos, teatro francés, una enciclopedia
gallega, diccionarios, volúmenes sociales e insurrectos.
Y otra, pequeña, al alcance de mi mano, donde ejemplares
forrados en “papel araña azul” me convocaban a la libertad,
a la ilusión, a la felicidad.
Carlos Penelas*
Buenos Aires, septiembre de 2005
*Escritor, ensayista y poeta (Buenos Aires, 1946). Es autor, de entre
otros libros, de Diario Interior de René Favaloro
(Sudamericana, 2003).