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Los otros clásicos

Por Carlos Penelas


a  Manuel Penelas, in memoriam

  Recuerdo que en mi ya lejana infancia (parece ayer) mi padre me hablaba de Coirós, del río Mandeo, de las aldeas cercanas a la suya. Pero también del lago Mascardi, del cerro Tronador, del Smith&Wesson que escondía arriba del ropero envuelto en una gamuza. De la  mitología celta y de aves como el huala. De Espenuca y de Barracas al Sur, de Amor Ruibal – el gran humanista gallego – y de tal vez el mejor estratega que dio esta patria: el manco Paz. Al mismo tiempo me señalaba la condición humana: la demencia, el populismo, la injusticia social, la hipocresía, la perversidad, el amor, la solidaridad, lo  incognoscible del ser. En esas caminatas por los barrios porteños, por las plazas o las calles del centro, me iba educando como lo hacía Sócrates. Estos recuerdos, cargados de afecto y de melancolía, engendran otros. La literatura entre ellos.

Cuando hablamos de autores clásicos todos sabemos a quienes nos referimos. Homero, Virgilio, Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Dante, Goethe, Pirandello, Dostoievsky... son  nombres que viven en nosotros, en nuestra  memoria afectiva. Son mis autores estudiados y leídos durante  el profesorado en Letras. Y releídos de adulto, para descubrir su  real dimensión. Son nuestro canon íntimo.

Pero hoy vamos a analizar brevemente a otros clásicos, autores que generaron personajes vivientes, mitos literarios que tocan la realidad, olvidados o rezagados, menospreciados las mas de las veces. Cabe señalar que forman parte de otro estrato del hecho literario pero no por ello carecen de plenitud, de cierta elegía, de ensueño.

El escritor inglés Samuel Richardson (1689-1761) autor de Pamela o la virtud recompensada y de Clarisa o la historia de una joven señora, esta última con elementos que sacudieron a la sociedad europea. Recomiendo la lectura del ensayo que realizó el crítico y novelista sudafricano, J.M.Coetzee, sobre Clarisa. La primera novela de Richardson, Pamela, fue traducida por el abate Prevost, autor del Manon Lescaut; Rosseau imitó a Clarisa en La nueva Eloísa. Por su parte Diderot, en su Elogio a Richardson presentó al autor como una gran inteligencia creadora. En Alemania, el influjo se dejó sentir indirectamente en el Werther de Goethe. En Italia provocaron gran revuelo dos adaptaciones teatrales de Pamela hechas, nada menos, que por Goldoni. Estas líneas que acabo de escribir corren el albur de parecer superfluas. No lo son, Pamela es el primer ejemplo de lo que se ha dado en llamar “novela inglesa de costumbres.”

Los juicios que siguen pueden llevar a la polémica y no a la convicción. Con Robinson Crusoe, Defoe abrió el camino a los grandes novelistas del siglo XIX. Y desde su prosa descarnada y realista también lo hizo a partir de Historia de la peste en Londres, publicada en 1722. Tiempo después Robert Louis Stevenson – al decir de Jorge Luis Borges – “inventó moralidades y tramas”. “Stevenson no fue un hombre religioso. Fue algo mejor, fue un hombre ético”, nos revela Borges.

Robinson Crusoe, con  su loro y su sombrilla, se ha convertido en uno de los grandes personajes de la conciencia colectiva del mundo occidental, que trasciende el libro, está en la esfera del mito. ¿De cuántos personajes podemos afirmar  lo mismo? Defoe es un pionero de realismo literario junto a Richardson y Fielding, pero éste, en su maravilloso Tom Jones, intenta conciliar el género elevado y el vulgar, el habla culta y la popular.  Esta novela la descubrí gracias a la lectura que hice a los veinte años de la correspondencia entre Marx y Engels, donde el primero de los nombrados,  no se cansa de alabarlo. Recordemos que ambos eran lectores de los clásicos griegos y latinos, igual que Freud.

Daniel Defoe es, de hecho mucho más sencillo. ¿Y qué decir, entre la gratitud y la perplejidad, de Edgar Rice Burroughs y de su mítico héroe Tarzán, en un  permanente enfrentamiento de lo prosaico y lo quimérico? Su primera novela, Tarzán de los monos, lleva una simbología digna de analizar y profundizar. Lo demás sabemos que es fruto de la industria cultural, fatalmente maligna En esta línea daré ejemplos confesionales: Alejandro Dumas - padre e hijo -Julio Verne, Emilio Salgari, Conan Doyle. Schopenhauer aconsejaba, igual que Horacio, que para no exponernos al azar, sólo leyéramos los libros que ya hubieran cumplido cien años. Según Wells, una historia fantástica debe admitir un sólo hecho fantástico.

No podemos dejar de mencionar al comic, vale la pena detenernos en Superman, una lectura de historieta pero con una abrumadora simbología. Más allá de la lectura política que de él hagamos, es interesante indagar su comportamiento, el planeta Krypton, pues plantea inconvenientes muy sutiles e interesantes. Por supuesto es otro tema, otro contexto, pero no tan distante en  cuanto a la fantasía interior. Si bien  en los superhéroes lo que predomina es la fuerza – Asterix  y Obelix, Hulk Paturuzú, Spiderman – y ciertos ideales reaccionarios tienen una cuota de fantasía, producto de la cultura popular. Pero reactivan  relatos del patrimonio colectivo que  tienen detrás mitos  escandinavos, egipcios o  griegos. Y cierta mirada cientificista  aunque esta caiga muchas veces en el ridículo.

En los “otros clásicos” de juventud perenne y maliciosa inocencia - Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, La dama de las camelias, Sandokan, 20.000 leguas de  viaje en submarino - por citar algunos, sus páginas están aún vivas pues hay delito, ambición, soledad, romanticismo o venganza. Creo que existen  varias razones para aceptar estas conjeturas. No tienen el lenguaje vasto  ni el talento de Góngora o de Thomas Mann, carecen de la dramaticidad de Esquilo o de Chejov o del refinamiento estilístico de Pessoa. Sin duda, jamás adquieren el nivel filosófico de Nietzsche, ni la desbordante sensualidad y melancolía de D.H.Lawrence ni la angustia y el mundo fantástico de Kafka. Pero en aquellos libros sentimos la cercanía de personajes inolvidables que nos hicieron soñar y nos permitieron acercarnos al milagro de la esencia y la probidad.

Ahora comprendo más aquellas caminatas de la mano de mi padre. Envuelto en los fantasmas del pasado emprendo viajes de intensa nostalgia, de verdadera belleza inspiradora, recuperando voces, recuerdos perdidos, historias de amor. Y su biblioteca con libros encuadernados e iniciales en oro, clásicos castellanos, novelistas rusos, teatro francés, una enciclopedia gallega, diccionarios, volúmenes sociales e insurrectos. Y otra, pequeña, al alcance de mi mano, donde ejemplares forrados en “papel araña azul” me convocaban a la libertad, a la ilusión, a la felicidad.

Carlos Penelas*

Buenos Aires, septiembre de 2005

*Escritor, ensayista y poeta (Buenos Aires, 1946). Es autor, de entre otros libros, de Diario Interior de René Favaloro (Sudamericana, 2003).


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