La poesía, ese estremecimiento
ante el mundo, en sus comienzos de lector. De la mano de
su madre leerá a Baudelaire y Rimbaud, directamente en lengua
francesa. Son los años de la infancia en las sierras de
Alta Gracia, en donde se instala la familia buscando un
clima benigno ante el asma aguda de Ernesto. Después vendrán
los largos viajes por América Latina, fiel a esa herencia
de aventuras. ¿ No ha sido acaso su tío abuelo empedernido
buscador de oro?. El médico recién recibido busca algo más
valioso: su identidad. La encuentra, poco a poco,
entre piedras, árboles, cielos que guardan en sus espejos
de luz las antiguas culturas de los antiguos hombres. Ante
sus ojos ya no hay esplendor; miseria y silencio es la única
música. Llegan las nuevas lecturas de poesía. En especial
Neruda y Vallejos. Ve como la sensibilidad se convierte
en armonía estética que registra la realidad, la impreca
por injusta. Sus ojos se abren más. Su alma también. De
tanto estímulo nace su necesidad de ser creador. Crearse
a sí mismo con palabras para la inédita historia de hombres
y paisajes que le duelen y lo arroban, y de los que anhela
ser parte.
Habrá
que hacer posible una nueva legalidad, descubrir lo que
estaba oculto, inventar lo que se hallaba ausente.
Son
poemas de un hombre que se sabe del Sur y se declama sin
raíces; que siente su asma como su cruz; que ante el llamado
de Europa (carne rubia, objetos de museos) elige la vieja
América de la esclavitud; ella podrá renacerse en la lucha,
se exalta. Son poemas de quien se escandaliza frente a la
majestuosidad de las tumbas reales en el Macchu Pichu y
tiembla de gozo ante una naturaleza de selvas y ríos sin
tumbas y tan real en su belleza que se convierte en delirio.
Son poemas para escuchar las campanas que avisan del perseguido
y del peregrino, y del mestizo, víctima de la paleta encendida
de un dios sin tiempo, y que hoy pone, con su silencio,
voces de rebeldía en la boca del poeta que lo ve pasar sin
entender por qué se obstina en bajar la cabeza hacia el
suelo. Son poemas para la despedida del amigo que declina
mansamente en la ciudad sureña, al que invita, mueve y
desafía a participar de los “rojos colores palpitantes”.
Son poemas para todas las despedidas, porque el poeta se
lanza con fervor en la aventura de alamedas sin principio
ni fin. Son poemas para saludar a quien reconoce como profeta
en el combate, transito hacia los cuatro vientos donde nace
la mañana. Son poemas para un juramento. Ante la tumba de
la humilde lavandera que el poeta cuidara en el hospital,
las palabras serán un hierro: “descansa en paz/ tus nietos
vivirán la aurora”
Una
conducta poética se preparaba para anticipar la historia.
¿O acaso la emotividad que dinamiza el imaginario de un
artista no puede también dinamizar una realidad siempre
hostil para los sueños?.
Palenque
Algo
queda vivo en tu piedra
hermana
de las verdes alboradas
tu
silencio de manos
escandaliza
las tumbas reales.
Te
hiere el corazón la piqueta indiferente
de
un sabor de gafas abigarradas
y
te golpea el rostro la procaz ofensa
del
estúpido “¡oh!” de un gringo turista.
Pero
tiene algo vivo.
Yo
no sé qué es.
La
selva te ofrenda un abrazo de troncos
y
aún la misericordia de sus raíces.
Un
zoólogo enorme muestra el alfiler
donde
prenderá tus templos para el trono.
Y
tú no mueres todavía.
¿qué
fuerza te mantiene
más
allá de los siglos
viva
y palpitante como en la juventud?
¿qué
dios sopla, al final de la jornada
el
hálito vital en tus estelas?
¿Será
el sol jocundo delos trópicos?
¿por
qué no lo hace en Chechén-Itzá?
¿Será
el abrazo jovial de la floresta
o
el canto melodioso de los pájaros?
¿Y
por qué duerme más hondo a “Quiriguá”?
¿Será
el tañir del manantial sonoro
golpeando
entre los riscos de las sierras?
Los
incas han muerto, sin embargo.
Y
Aquí
“Soy
mestizo”, grita un pintor de paleta encendida,
“soy
mestizo”, me gritan los animales perseguidos,
“soy
mestizo”, claman los poetas peregrinos,
“soy
mestizo”, resume el hombre que me encuentra
en
el diario dolor de cada esquina,
y
hasta el enigma pétreo de la raza muerta
acariciando
una virgen de madera dorada:
“es
mestizo este grotesco hijo de mis entrañas”.
Yo
también soy mestizo en otro aspecto:
en
la lucha en que se unen y repelen
las
dos fuerzas que disputan mi intelecto,
las
fuerzas que me llaman sintiendo de mis vísceras
el
sabor extraño de fruto encajonado
antes
de lograr su madurez de árbol.
Me
vuelvo en el límite de la América hispana
a
saborear un pasado que engloba el continente.
El
recuerdo se desliza con suavidad indeleble
con
el lejano tañir de una campana.
Autorretrato oscuro
De
una joven nación de raíces de hierbas
raíces
que niegan la rabia de América
vengo
a ustedes, hermanos norteños.
Cargado
de gritos de desaliento y de fe
vengo
a ustedes, hermanos norteños,
vengo
de donde venimos los “homo sapiens”
devoré
kilómetros en ritos trashumantes
con
mi materia asmática que cargo como una cruz
y
en la extraña entrada de metáfora inconexa.
La
ruta fue muy larga y muy grande la carga,
persiste
en mí el aroma de los pasos vagabundos
y
aún en el naufragio de mi ser subterráneo,
a
pesar que se anuncia orillas salvadoras
nado
displicente contra la resaca
conservando
intacta la condición de náufrago.
Estoy
solo frente a la noche inexorable
y
a cierto dejo dulzón de los billetes
Europa
me llama con voz de vino añejo
aliento
de carne rubia, objetos de museo.
Y
en la clarinada de países nuevos
yo
recibo de frente el impacto difuso
de
la canción, de Marx y Engels
que
Lenin ejecuta y entonan los pueblos.
Vieja María
Vieja
María, vas a morir.
Quiero
hablarte en serio
Tu
vida fue un rosario de agonías completo
no
hubo un hombre amado, ni salud, ni dinero
apenas
el hambre para ser compartida,
quiero
hablar de tu esperanza,
de
las tres distintas esperanzas
que
tu hija fabricó sin saber cómo.
Toma
esta mano que parece de niño
en
las tuyas pulidas con el jabón amarillo
refriega
tus callos duros y los nudillos puros
en
la suave vergüenza de mi mano de médico.
Escucha,
abuela proletaria
cree
en el hombre que llega
cree
en el futuro que nunca verás.
Ni
reces al dios inclemente
que
toda una vida mintió tu esperanza
no
pidas clemencia a la muerte,
para
ver crecer a tus caricias pardas
los
cielos son sordos y en ti manda el oscuro,
sobre
todo tendrás una roja venganza
lo
juro por la exacta dimensión de mis ideas
tus
nietos, vivirán la aurora
muere
en paz, vieja luchadora.
Vas
a morir vieja María;
treinta
proyectos de mortaja
dirán
adiós con la mirada
el
día de estos que te vayas.
Vas
a morir vieja María,
quedarán
mudas las paredes de la sala
cuando
la muerte se conjugue con el asma
y
copulen su amor en tu garganta.
Esas
tres caricias construidas de bronce
la
única luz que alivia tu noche
esos
tres nietos vestidos de hambre
añorarán
los nudos de los dedos viejos
donde
siempre encontraban alguna sonrisa.
Eso
era todo, vieja María.
Tu
vida fue un rosario de flacas agonías
no
hubo un hombre amado, salud, alegría,
apenas
el hambre para ser compartida
tu
vida fue triste vieja María.
Cuando
el anuncio de descanso eterno
enturbia
el dolor de tus pupilas
cuando
tus manos de perpetua fregona
absorban
la última caricia,
piensa
en ellos... y lloras,
pobre
Vieja María.
No,
no lo hagas
no
ores al dios indolente
que
toda una vida mintió tu esperanza
ni
pidas clemencia a la muerte,
tu
vida fue horriblemente vestida de hambre
acaba
vestida de hambre
Pero
quiero anunciarte
en
voz baja y viril de las esperanzas
la
más roja y viril de las esperanzas
quiero
jurarlo por la exacta
dimensión
de mis ideales.
Toma
esta mano que parece de niño
entre
las tuyas pulidas por el jabón amarillo
refriegas
los callos duros y los nudillos puros
en
la suave vergüenza de mis manos de médico.
Descansa
en paz, Vieja María,
descansa
en paz, Vieja luchadora,
tus
nietos todos vivirán la aurora,
LO
JURO.
Texto
y poemas extraídos del libro de Vicente Zito Lema “La Palabra
en acción de Ernesto Che Guevara”, poemas, relatos y cartas.
Editorial El Tornillo y la Zorra, 1997.