Orieta, Séfora y Brusqueta
hincaban el diente en una misma baguette. “Todas o ninguna”,
se decían, masticando, tal como les había enseñado su
destino de trillizas.
De
noche jugaban a hacer sombras, hasta que se dormían, entrelazadas
y mirando el fuego. A la mañana buceaban, trayendo almejas
y pescados para vender. Juntas, una sola uña en un único
dedo, el invierno las guardaba dentro del pullover que,
estirado, las cubría por igual.
Los
problemas llegaron el día que apareció Nereo Gibraltar,
aquel guardavidas que se paseaba desparramando músculos
y bronceador. Orieta, Séfora y Brusqueta visitaron la
carpa del guardavidas, justo mientras se sacudía la arena
que lo paspaba. Sin anunciarse, plantaron una silla en
la entrada, trabando el acceso. A partir de ahí, Nereo
fue de las tres, pero prefería a Orieta. Las otras se
arrancaban el pelo, se mordían la lengua y, al final,
se iban.
Orieta
volvía llena de besos y cargada de pena. “Todas o ninguna”,
les prometió una vez. Y Nereo, caracol en mano, tuvo que
cantar sus serenatas al viento.
Ellas
siguieron entretejidas hasta la llegada de los gemelos,
Moro y Melanio. Brusqueta y Séfora quisieron ser las primeras
en presentarse: con un puñado de perlas, confeccionaron
una malla a medida. Las dos entraban apretadas y, de lejos,
parecían una sola. Moro y Melanio aceptaron la propuesta;
Orieta los descubrió así, en pleno jolgorio de blancas
y morenos. Quiso participar, pero fue imposible. Sobraban
manos o faltaba gente.
Orieta
desapareció. Séfora y Brusqueta la buscaron, para deshacerse
en perdones. Juntas, recobraron la armonía de una misma
baguette. Aunque, a pesar de las promesas, no estuvieron
conformes.
Fue
al amanecer que encontraron la solución. Las tres nadaban
hacia el fondo cuando lo vieron, acostado en las rocas,
ajeno a todo. La cabeza enorme no las desalentó, porque
lo más importante estaba: ocho brazos con dos filas de
ventosas y el tamaño suficiente para envolverlas, casi
igual que el único pullover compartido y gastado de tantos
inviernos.