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Señales de humo

Los piquetes en Argentina

Raúl Ismán
Miguel Mazzeo

Por Marcelo Luna


Los piquetes, espacios de conflictividad y construcción

“Día de piquetes” suelen titular los medios de comunicación masiva. En la pantalla y en los relatos de los cronistas se describe una imagen establecida: rutas y puentes de acceso a Buenos Aires cortados, neumáticos ardiendo, quejas de automovilistas y de comerciantes, cánticos de gente con el rostro cubierto con pañuelos. Señales de humo. El piquete como acontecer puramente fáctico genera una verdad como apariencia, una visión rígida que excluye matices intermedios. Sin embargo, a partir de la visibilidad pública que han sabido desarrollar los grupos de trabajadores desocupados de Argentina es posible acceder a otras miradas. En efecto, el piqueterismo como manifestación política específica viene siendo tema de interés y de análisis eruditos desde una perspectiva más profunda, tanto por lo inédito de esas prácticas societales como por sus propuestas contrahegemónicas, las solidaridades de nuevo tipo, y sus aportes a la construcción de un país posible. La cuestión de la verdad adquiere, entonces, riqueza y complejidad. Ciertamente, está la verdad como testimonio de quienes protagonizaron y protagonizan la experiencia piquetera. Y también está la verdad como interpretación del sentido del movimiento, como comprensión de su dirección global. Pasar de las crónicas periodísticas a la especulación crítica; he ahí el desafío.
Aquí, bajo estas líneas, contamos con dos entrevistas, dos miradas. Raúl Ismán y Miguel Mazzeo han realizado abordajes originales en torno a los grupos piqueteros del conurbano bonaerense. El primero en La Matanza, al oeste de Buenos Aires; el segundo hacia el sur de esa ciudad, en los distritos de Lanús, Almirante Brown y Florencio Varela. Si bien los tópicos tratados en las entrevistas son similares, no armamos una nota donde los investigadores “dialogaran”, dadas las visiones distinas - casi antitéticas - que tienen los mismos. Preferimos el desarrollo in extenso de las exposiciones de quienes han ensayado análisis de la problemática piquetera en forma independiente


Raúl Ismán: piquetes y construcción nacional posible

Raúl Ismán quiso sus clases no fuesen meras descripciones de la realidad. Dentro del conurbano bonaerense La Matanza es, acaso, el distrito más referencial del trauma que significó para nuestro país el neoliberalismo, esto es, un sitio arquelógico de lo que supo ser un emporio industrial. Con una densidad poblacional de la magnitud de un país y grandes distancias sociales, allí surgieron con fuerza los piquetes. “En el Oeste está el agite” cantan los Divididos. Y ahí se metió Ismán por pura vocación historiadora. El piquete era el aula del país.

El piquete como aula

¿Cómo fue su acceso al tema?

Trabajo como docente en La Matanza y mi vinculación a los piquetes provino desde ahí. Enseño en zonas muy carenciadas de ese distrito, donde - al igual que en nuestra sociedad - una minoría de estudiantes comparte la expresión de los piquetes, y una mayoría -en este caso, de pobres- los aborrece. Entiendo que es un fenómeno que se percibe a nivel social. Cuando me radiqué en escuelas secundarias de La Matanza, durante el año 2000, supe que había chicos que participaban de los piquetes. Era el momento más famoso del movimiento en Matanza. Fui a los piquetes por las mías, y tomé contacto con la Federación de Tierra y Vivienda (FTV) de Luis D'Elía y la Corriente Clasista y Combativa (CCC) de Juan Carlos Alderete, aliados en aquel momento. A partir de ahí empecé a integrar los piquetes, y a utilizar las clases para que los chicos percibieran otra mirada, distinta a la estereotipada que se iba formando sobre los piqueteros como vagos que cortan las calles porque no quieren trabajar, puesto que el fenómeno tiene que ver con una modificación muy profunda que hubo en la sociedad a partir de la ampliación del desempleo. Entonces acerqué a mis clases la problemática de los piquetes.

Me acuerdo de uno que duró como cuarenta días en el 2001, del cual los profesores parecían estar muy cansados por los problemas que ocasionaban para llegar a clase. Los chicos me preguntaron entonces qué pensaba yo de esa situación, si tenía que seguir o no el corte de rutas. Respondí que yo no tenía el problema de no tener trabajo, porque disponía de uno, pero que los ocupados de hoy son los desocupados de mañana, y que por eso había que ser solidarios con los hermanos que se habían quedado sin trabajo. Recuerdo que ese comentario provocó un quiebre en la clase; los que tenían una impresión contraria a los piquetes al tiempo modificaron su actitud.

Simultáneamente, por ese tiempo estaba recopilando artículos para un libro que finalmente se editó en España, donde incluí mi primer trabajo sobre este tema: El movimiento piquetero: o se corta la ruta o se corta la esperanza. Un trabajo de seis páginas. A finales de ese 2001 lo amplié para otro libro que se llamó La Argentina Fragmentada. Al año siguiente el desempleo apareció como una posibilidad inminente para mí: tuve un accidente cerebro-vascular, y me enteré que me querían echar de la UBA por ese problema de salud. De modo que empecé a vivir la cuestión del desempleo como algo muy concreto; felizmente no se dio lo peor, aunque estuve 3 años sin dar clases hasta principios de este 2005. Mientras tanto, actualizaba los contactos con Luis D'Elía: le había enviado mi artículo de La Argentina Fragmentada, lo leyó, hablamos sobre el tema y empezamos a vernos regularmente. De ese proceso resultó Los piquetes de La Matanza, que terminé en Julio de 2003 y fue publicado en Octubre de 2004. A pesar de las coyunturas, como la separación entre D'Elía y Alderete, el contenido guarda plena actualidad.

¿Es una escritura de urgencia la temática piquetera?

Es una escritura de urgencia si se maneja con lo aleatorio, lo circunstancial y las alianzas de momento, es decir, con las respuestas políticas a problemas puntuales. Hay cuestiones más de fondo: en primer lugar, la causa de los piquetes es el desempleo, y en términos generales, los derechos sociales no resueltos como el acceso a la vivienda, la salud; derechos fundamentales aún pendientes para la masa del pueblo. La distribución de la riqueza -convengamos- marcha muy lentamente, con lo cual tenemos problema para rato con el desempleo y las dificultades al acceso de tales derechos sociales.

Hay también cuestiones estratégicas sobre la sociedad y sus problemas. Primera cuestión: me parece imposible en lo inmediato pelear por una revolución socialista. Por las condiciones actuales en el mundo, en Latinoamérica y en nuestro país, ello significa pelear por “el sexo de los ángeles”. Un amigo médico me decía que los problemas de salud sólo se pueden resolver en el socialismo porque bajo el capitalismo son inviables. No es cuestión de decirles a los enfermos “que se mueran, listo, no tienen ninguna posibilidad, están liquidados”. Creo que se pueden atender problemas puntuales peleando por una sociedad más justa, más integrada, con una reconstitución de la nación que cuente con una fuerte presencia del Estado social. Incluyendo también el rechazo a teorías provenientes de los países centrales como las de Toni Negri. Discrepo particularmente con dos puntos básicos de sus planteos: que no se puede esperar nada de un estado nacional: Mi tesis se basa en que sin un estado nacional con fuerte intervención social no se puede resolver nada. Segundo, que la ruptura con el orden social globalizado lo haría la “multitud”, un sujeto muy general que son todos los sectores afectados, ofendidos, agredidos, oprimidos y explotados por el capital. Lo que no aclara Negri es cómo se articularían esos sectores. Yo creo que desde lo nacional se puede articular, sabiendo que es difícil esa tarea, pero estimando también que el ámbito de la lucha es ése, a fin de armar una resistencia que el futuro dirá si puede globalizarse o no. Lo contrario sería caer en internacionalismos abstractos y vacíos de contenido, como los partidos trozkistas que siempre tienen respuestas para todo el mundo, sin siquiera conocer el lugar del cual hablan, ni qué está pasando en política. Me parece que cualquier construcción debe basarse en la realidad concreta de cada país, lo cual no significa negar futuras solidaridades internacionales. Debemos partir de lo nacional para marchar hacia una alianza estratégica con varios países de Latinomérica, en especial el Venezuela de Chávez, las masas brasileñas desencantadas hoy con el gobierno de Lula, con los compañeros uruguayos y bolivianos, es decir, una posible alianza de pueblos y gobiernos para repudiar la deuda externa. Suena lindo “no pagar la deuda externa”, pero un país sólo no puede hacerlo, a menos que desee ganarse el ejército de Bush invadiendo su territorio.

Una sociedad que se niega a desaparecer

Raúl Ismán es historiador y en la Universidad de Buenos Aires está al frente de las cátedras de Introducción al conocimiento de la Sociedad y el Estado e Introducción a la Sociología. Ha integrado varios publicaciones colectivas y otras en colaboración, donde ha ensayado sobre temas de economía (La evolución del pensamiento económico y Cómo estudiar economía y desfallecer en el intento, dos títulos de 1999 en colaboración con Marcelo Di Ciano), la etapa menemista (Menemismo y oposición y Menemismo y oposición II, son los trabajos que integran dos compilaciones de Alicia Iriarte de los años 1998 y 2000) y el fenómeno piquetero. Sobre este tema Los piquetes de La Matanza. De la aparición del movimiento social a la construcción de la unidad popular fue editado en 2003 por Ediciones Nuevos Tiempos, y allí expone una visión de proceso, con críticas y propuestas hacia un proyecto de nación.

¿Qué prácticas alternativas pudo registrar en su investigación?

Las clases medias están ganadas por el lobby contra los piquetes. Porque los medios del poder económico han logrado instalar que los piquetes sean solamente corte de rutas para joder a "los buenos ciudadanos". Falacia terrible de Canal 9 y también de Clarín. Pero los piquetes son mucho más que eso, puesto que no solamente surgen como respuesta al desempleo, sino que tienen iniciativas para gestionar formas nuevas de trabajos dentro de lo que se llama la "economía social", esto es, formas cooperativistas que permiten obtener empleos a sus miembros, y mecanismos de contención que los piquetes han desarrollado y que ahora han disminuido en su importancia, pero que durante lo peor de la crisis, mantenían repletos los comedores de los piquetes. Cuando en el 2001 y 2002, bajo la acuciante situación económica y social del país, la organización de Castells- que políticamente me parece de una línea insoportable - contaba con 500 comedores. En un país donde la gente moría de hambre, y donde todavía hay quienes buscan qué comer entre los tachos de basura, hay que reconocer esa capacidad de gestión. También hay organizaciones piqueteras que tienen salas de primeros auxilios y laboratorios. Y otra práctica inédita: el piquete funciona como obra social de los desocupados. Así que no es solamente cortar las rutas, es también cobertura de salud a ese sector de la población, los desocupados. Y es de notar que el sindicalismo tradicional carece de política alguna hacia los desempleados, no tiene nada que ofrecerles. Sólo a partir de los '90 la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) comenzó a darles un espacio de reconocimiento. ¡La Confederación General del Trabajo (CGT) no tiene nada! Ni cobertura, ni dependencia especial, ni siquiera un taller para congregar a los desocupados. Eso habla que las prácticas societales piqueteras han hecho la autocrítica que el movimiento obrero organizado aún no ha realizado, a causa de cincuenta años de prácticas corporativas. Vos sos joven, pero preguntále a alguien como yo o con más edad, si hace 30 años se podía emitir quejas porque los hospitales no funcionaban. "No importa" te decían "somos metalúrgicos y tenemos nuestros hospitales". Era un práctica corporativa que se desentendía de la defensa del espacio público de la salud. Los piquetes han reconstituido ese espacio, limitadamente y dentro de sus posibilidades, convengamos. La sala de primeros de auxilios de los barrios reaparece legitimada por los piqueteros, y obligan al estado a abonar las remuneraciones de los profesionales. Pero el espacio físico de la sala lo brindaron los piqueteros, al igual que las iniciativas en educación. También se dice que los piquetes implican clientelismo, lo que no es del todo descartable, porque las organizaciones piqueteras más importantes se han estructurado en base a los planes sociales del gobierno nacional, lo que les dio mayor solidez organizativa. Pero lo esencial es que la visibilidad pública del movimiento piquetero obligó al estado al reconocimiento de su condición como actor social.

Al margen de los vicios, como el clientelismo...

El vicio viene por los cortes de ruta. Hay que decirles a los compañeros de la clase media que si los desocupados se hubieran quedado haciendo la lucha en los barrios nadie se hubiera enterado que existía la desocupación. Todo va más allá a la situación del clientelismo. El clientelismo consiste en un puntero que ofrece un favor a alguien a cambio del pago de un apoyo  político, y se queda en su casa tomando mate. Te cuento una experiencia propia: hay un barrio en La Matanza, quizá el más pobre, llamado Nuestro Futuro, a 40 cuadras del asfalto. Vaya nombre, verdad? Me enteré de su existencia porque tenía como alumnos a dos hermanos que vivían ahí. Armé un artículo de esa experiencia en un libro que fue publicado en España. Tiempo después me encuentro con uno de ellos, que estaba estudiando en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Me comenta que cobra un plan y que milita con los piqueteros del Movimiento Territorial de Liberación (MTL). Ese grupo posee comedores abiertos para todo el barrio, y como la garrafa es muy cara, ¿sabés que cruza a pie el Riachuelo, se interna en los bosques de Ezeiza a buscar leña, para así hacer funcionar la cocina? Entonces, ¿eso es clientelismo? No. Es trabajo de creación de una sociedad que se niega a desaparecer, y a quedar subordinada al designio de los punteros. Cito este ejemplo para balancear la cosa. Si bien es cierto que existen formas de clientelismo, también son ciertas dos cosas: que los piqueteros que no usan los planes son 40 en el MTL de La Matanza, y que no sólo utilizan los planes como mecanismos de articulación sino que se generan otras prácticas. Hay decenas de cooperativas que gestionan actividades de todo tipo en relación a los piqueteros, que no son temas de interés de los medios de comunicación

¿Son de izquierda los piqueteros? ¿Buscan formar el socialismo en los barrios?

Depende cuáles. No hay ninguna duda que son fenómenos de izquierda porque la derecha les pega con todo. Como decía Perón: "donde esté 'La Nación' , yo estoy del otro lado". Si los piqueteros están en el centro del blanco al que apuntan las clases dominantes, son expresiones de izquierda. Además, yo tengo una lectura y una definición propias: entiendo que Néstor Kirchner es la izquierda posible en este país. Y para mí ser de izquierda es ponerle límites al poder económico. Los piquetes, con quienes podemos o no estar de acuerdo con una u otra organización son un límite. El poder económico quiere masacrarlos, porque son "prescindibles” para el mercado (laboral). Otro aspecto que aporta para hacer comprensible la interna piquetera consiste en que hay un sector que busca reconstruir la nación y crear un estado social; concretamente, Luis D'Elía junto con Juan Carlos Alderete, quien no disiente en este punto central aunque sí en la política de alianzas. Hay otro sector vinculado a los partidos de izquierda, bajo la lectura de que los piquetes van a hacer el socialismo cuando las masas hagan la revolución. Y hay un tercer sector que les cabe la definición que vos decís, que son los sectores seguidores de John Holloway:  para hacer una revolución no hay que tomar el poder del estado. Son la mayor parte de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD). Ellos plantean eso, y que hay que hacer redes de contrapoder. Es una idea que combato, porque en una relación social tan impuesta en la conciencia de las masas como es el capitalismo, pretender que el capital se muera de aburrimiento porque no tiene a quién explotar es una tontería. Es una estrategia sin duda inofensiva para el capital. Ese tipo de organizaciones sirven para contener a sectores, pero no para generar una transformación de fondo. Mi posición es discutible, pero estimo que la única posición concreta y posible en la Argentina actual es crear un estado social que permita marchar hacia una nación lo más integrada posible. Tengo una definición de nación que puede ser compartida o no: nación es la casa común de todos. Y no hay casa común si todos no tienen trabajo, o si no pueden dar de comer a sus hijos en sus casas. Después se discutirá si es socialismo o no, pero no hay posibilidad real de pelear contra la explotación capitalista si la mayor parte de los trabajadores tiene que pelear para conseguir trabajo, o sea, "pelear" para que el capitalismo los explote. Hay una cuestión prioritaria que es terminar con la disgregación impuesta por el neoliberalismo. En el futuro se verá si lograremos esto.

Visiones deformes, sujetos en devenir

“No estoy acostumbrado a las citas a ciegas” me escribe Ismán por correo electrónico, el medio por el que iniciamos vínculo. Con puntualidad de docente, ingresa al Bar Británico de San Telmo, donde hay una pareja de turistas que saca fotografías. En un costado, una persona duerme mansamente sobre la mesa vaya a saberse desde cuándo, inerte a los flashes de la máquina de fotos. Instantáneas. Raúl Ismán también se esfuerza por precisar los sujetos sociales. A diferencia de la pareja de turistas, Ismán busca captarlos en su devenir, sacándolo de las casillas que algunas visiones dogmáticas pretendan asignarles.

¿Cómo evalúa el análisis que hace la izquierda sobre los piqueteros?

El problema que tiene la izquierda es que en el siglo XXI entiende al mundo como en el XIX, o a lo sumo hasta 1930. El lumpen, que era la masa de maniobra de la burguesía para romper las huelgas, hoy es un desocupado estructural, y existen generaciones que nunca accedieron al trabajo formal. Siguiendo a James Petras, defino como "pueblo trabajador" a la masa indiferenciada en principio de trabajadores informales, cuentapropistas, luchadores sociales por la vivienda y la tierra. El sujeto ya no es el proletariado industrial común. Mario Roberto Santucho definió muy bien en su momento este problema que tiene la izquierda: "el marxismo en Argentina nació imbécil y tuvo hijos idiotas". Y ya vamos por los nietos más deformes... Si se pretende responder a problemas muy concretos del siglo XXI con ideas del XIX, no se va a acertar. Así se tiene, entonces, al Partido Obrero (PO) que define al desocupado como un trabajador común sin empleo -"pequeño" detalle -, y a los MTD que lo califican de un "nuevo" sujeto social. Son distintas versiones, a mi modo de ver, equivocadas. Entiendo que los piqueteros serán nuevos sujetos sociales en la medida en que contribuyan con otros sujetos a la transformación necesaria del país. Si no serán un nada. Una nueva Argentina que incluya a los piqueteros, los obreros, los pequeños empresarios. De todos ellos es de esperar este nuevo sujeto para Argentina. En lo concreto hay una cuestión fundamental: aceptar que para ganar, en la perspectiva que sea, hay que juntar consensos. Las masas no se pueden enterar que querés el socialismo una vez que tomaron el poder. Tienen que sentirlo como propio. Hoy el piquete tiene un nivel de desprestigio fenomenal, real. El movimiento piquetero tiene que asumir que debe ganarse por lo menos la mirada de simpatía de la clase media. No se puede sitiar Buenos Aires y esperar que la gente aplauda. Hay algunos dirigentes piqueteros que parecen estar en la Luna de Valencia. No sé si han agotado definitivamente algunas prácticas, pero sí entiendo que los métodos de lucha se tienen que dar mientras se demuestren eficaces. Hoy es contraproducente para el movimientos de desocupados, porque se gana el odio de las clases medias. Es que hay asuntos que ninguna organización de izquierda admite: la gran mayoría de la gente pobre odia a los piqueteros; ni hablemos de las clases altas. Si no se percata de que se está perdiendo la lucha por el consenso, se cometerán locuras como las del reciente acampe piquetero en Plaza de Mayo [agosto 2005]

¿Qué sector piquetero considera que mejor lee la realidad?

El de Luis D'Elía. Claramente, porque hace más de dos años que no corta rutas, sino que se dedica a construir desde el proyecto que dirige Néstor Kirchner, un proyecto concreto y viable. No estoy en contra del socialismo, pero que me digan quién lo va a hacer. Me parece más posible que en tres o cuatro años haya un capitalismo con mayor nivel de ocupación, educación, vivienda, salud para amplios sectores de las masas a que haya una revolución socialista. Luis D'Elía es el que lee con más claridad. Recuerdo que en abril 2002 yo tildaba a Kirchner como un tipo clonado por las petroleras, y Luis D'Elía me decía que no, que era un tipo muy valioso... Salvo que seas un delirante del PO, que tilda a Kirchner de ser como Bush, hay que reconocer que, guste o no, enfrentó al poder económico con la sola fuerza de su voluntad política. Ha instalado los derechos humanos como nadie lo hizo antes. Su audacia política es un soplo de aire fresco, sin duda.

Los jornadas del 19 y 20 Diciembre, ¿siguen generando hechos?

El gobierno de KIrchner es la continuidad más importante del 19 y 20 de Diciembre. Coincide en algunas de las aspiraciones de aquellas jornadas, donde tan erróneamente se difundió el "que se vayan todos". Participé en las asambleas barriales de ese entonces y combatía esa consigna absurda, que no fue ni tan espontánea y para nada correcta. Lo primero, porque esa consigna la repetía Bernardo Neustadt antes del estallido. Fijáte que hubo una maniobra del poder económico tendiente a considerar que "el problema es la corrupción de la política". Una falacia. Estamos mal a causa de un sistema socioeconómico que asegura que una pequeña minoría de la población, que no son los políticos sino los empresarios, se quede con la mayor parte de la Argentina. Esa idea de luchar contra la corrupción es de factura derechista. El movimiento del 20 de Diciembre en parte tomó esa idea, y así le fue. Si la gente hubiese echado a todos los políticos, ¿qué hubiera pasado? ¿Se resolvía algo? ¡Un carajo, en términos de eliminar la pobreza o resolver las urgencias sociales! La gente misma se hubiese desesperado por quién se haría cargo el gobierno. Fueron consignas absurdas, irrealizables e impolíticas. La asamblea de mi barrio, por ejemplo, llegó a votar que se cerrara el Senado de la Nación...Medida pelotuda fue elevada a la asamblea de Parque Centernario, ¡y la votaron otra vez a favor...! No quiero entrar en la discusión de si la gente sólo se movió por lo del "corralito". Fue más que eso. La clase media cuando recuperó el dinero del "corralito" y su capacidad de consumir, se cagó en la lucha. "¡Piquetes y cacerolas, la lucha es una sola!". No quedó nada de aquella consigna cantada desde el barrio de Liniers por toda la Capital Federal en febrero de 2002.

Para definir bien el estallido, hay que hablar de las cuatro movimientos que hubo durante aquellas jornadas: la del corralito, la movida de los intedentes, el cercenamiento de la libertades y la revuelta de la juventud del día 20. Y no sólo hablar de los que nos gusta a nosotros, como hace la izquerda, que "se comieron" que los intendentes del P.J. ayudaron a voltear a De la Rúa.

¿Qué riesgos considera para el movimiento piquetero el acercarse a la clase media?

Tiene la ventaja de que la causa de los desocupados tenga un canal adecuado. La desventaja es el aislamiento. La política se hace con lo que existe, no con lo que a uno le gustaría. Y la izquierda sale a hacer políticas sin tener en cuenta el consenso. Fijáte si no es importante el consenso, que cuatro de cada diez votaron en el 2003 por Menem y López Murphy, es decir, el 45 %. ¿Se pueden hacer transformaciones profundas con masas que tienen ilusiones en sus verdugos?


Miguel Mazzeo: piquetes y construcción nacional alternativa

La escritura de urgencia

Miguel Mazzeo es un investigador cercano a la llamada “corriente autónoma” del movimiento piquetero, enrolada entre distintos grupos del Movimiento de Trabajadores Desocupados (en adelante, MTD). Se acercó a esas organizaciones establecidas en Lanús, Alte. Brown y Florencio Varela, atendientdo en especial a los signos prefigurativos alternativos al modelo capitalista que se construían en algunas de ellas. Así, entre el ensayo académico y la escritura militante, nos cuenta primeramente de las tensiones que adquieren los géneros literarios a la hora de estudiar el fenómeno vivo de los piquetes.

¿Qué aproximaciones se han realizado para estudiar el movimiento piquetero?

Desde el campo estrictamente académico el trabajo más importante quizá sea el de Maristella Svampa y Sebastián Pereyra. En una línea similar está también el trabajo de Astor Massetti. Podríamos incluir otros trabajos que si bien no analizan el fenómeno piquetero en particular, en algún punto remiten a él. Son trabajos sobre el clientelismo político y el asistencialisimo principalmente. Luego hubo otros trabajos que no me atrevería a ubicar dentro del campo académico.

¿Qué enfoques tienen?

Por ejemplo hay enfoques más político-partidarios como el de Luis Oviedo - militante del Partido Obrero - quien escribió el primer libro sobre el movimiento piquetero. Está también el trabajo de Mariano Pacheco, centrado en la corriente autónoma; un texto de enorme valor político y testimonial, puesto que el autor, militante del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) «Aníbal Verón», fue protagonista directo de los hechos que narra. Asimismo está el trabajo de Raúl Isman, en torno a la experiencia de la Federación de Tierra y Vivienda de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). Después hubo trabajos periodísticos como el de Rodrigo Conti e Iván Schneider Mansilla y el del uruguayo Raúl Zibechi; en este último caso, un punto altísimo del género periodístico. También tenemos un libro de Francisco “Pancho” Ferrara con un enfoque que parte de la psicología social y “militante” -si cabe el término-, a partir de una experiencia de trabajo con el MTD de la localidad de San Francisco Solano (Provincia de Buenos Aires). Igualmente podríamos agregar algunos trabajos muy importantes del Colectivo Situaciones. Después, bueno, está mi trabajo Piqueteros. Notas para una tipología, que no es un libro enteramente académico aunque de su lectura puede deducirse mi pasaje por la universidad. Obviamente esto no constituye ningún mérito. Incluso, a veces pienso que para entender esta realidad (y sobre todo para cambiarla) puede llegar a ser un demérito. Yo aspiro a una escritura militante. Considero que mis únicos tasadores son los luchadores populares. De hecho, mi posición es bien explícita. En realidad, en mi trabajo hay una mezcla de géneros que no es casual, ya que considero que una literatura militante tiene que ser ecléctica en cuanto a los géneros; es decir, puede tomar elementos de la investigación académica como así también del ensayo. Pienso que las cosas nuevas, por lo general, se expresan a través del ensayo y no de una investigación formal. O sea, no creo que el monografismo académico argentino sea el género más adecuado para decir palabras fundamentales. En contraposición, un género más “militante” está obligado a la normativa, al experimento y a la búsqueda, tiene que tomar necesariamente elementos testimoniales que exponen siempre a vínculos afectivos y obligan a poner el cuerpo. Por lo general se trata de una escritura “al pie del cañón”; lo cual condiciona el estilo y lo hace más fragmentario ya que impulsa la nota, el apunte. A fin de cuentas, un movimiento como el piquetero tenía que generar una escritura de urgencia.

¿Y cuál fue su punto de partida?

Básicamente la militancia, gracias al vínculo que establecí con un sector del movimiento piquetero desde una época muy temprana. Estoy hablando del año ‘99. Ahora veo que, gracias a militancias anteriores (que valoro enormemente como ineludible punto de partida), pude conocer a un grupo de jóvenes compañeros, entre quienes estaba Darío Santillán, y que luego serían organizadores y referentes del «MTD Aníbal Verón» en los barrios de Lanús, Almirante Brown y de otros sitios del conurbano bonaerense. A partir de conocer a estos compañeros, me vinculé a esa experiencia que por entonces daba sus primeros pasos, mientras que otros movimientos ya tenían una historia previa. Este sector comienza a consolidarse hacia el 2000 y 2001, en un momento en que los piqueteros todavía no tenían visibilidad pública. Posteriormente irá conformándose como la “Corriente Autónoma”, esto es, la vía piquetera no vinculada a los partidos políticos ni a las centrales sindicales, aunque bajo el rótulo de “autonomista” se desarrollaron después distintas tendencias.

El devenir del piquete: contradicción y dialéctica

Miguel Mazzeo es historiador y vive en Lanús desde que nació en 1966. Como docente ha dictado diversas cátedras en la Universidad de Buenos Aires, y en centros de formación de distintas organizaciones populares, como la Escuela de Capacitación del Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba. También es partícipe de Cátedras Libres, desarrolladas en Buenos Aires y en el interior del país, relativas a los derechos humanos, a Ernesto Che Guevara y John William Cooke, entre otros referentes del pensamiento político latinoamericano. Precisamente, Cooke, José Carlos Mariátegui y Osvaldo Bayer han sido figuras que merecieron la preocupación investigativa de Mazzeo, al igual que la temática de los movimientos de trabajadores desocupados con Piqueteros. Notas para una tipología. Actualmente coordina el departamento de historia en el Centro Cultural de la Cooperación, y ha publicado hace poco ¿Qué (no) Hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios, por la editorial Antropofagia.

¿Cómo fue la génesis del piqueterismo en Argentina?

Si vamos a los antecedentes más lejanos, el movimiento piquetero lleva ya diez años. Se pueden tomar como referencia los primeros piquetes del Interior: Cutral-Có, Plaza Huincul, Tartagal. Son los antecedentes más remotos. Luego hubo un traslado del piquete desde el Interior al conurbano bonaerense. Aquí había organizaciones pequeñas, inicialmente autónomas (esto quiere decir que a mediados de los ’90 ni los partidos ni los sindicatos trabajaban con este “sujeto social”), que tenían vínculos con ex-militantes de los ’70. Otras estaban relacionadas a la experiencia de las comunidades eclesiales de base, muy activas en las luchas de los ’80 en torno a los asentamientos. En algún momento estos grupos entienden que replicar la estrategia piquetera en el Gran Buenos Aires podía conducir a una pequeña victoria: la obtención de un subsidio, un piso para la lucha y la organización popular. Y efectivamente así fue. Pero inicialmente los primeros grupos piqueteros del Gran Buenos Aires eran autónomos. Cuando esta estrategia comienza a obtener resultados, y a partir de que el fenómeno piquetero adquiere visibilidad pública, los partidos y algunos sindicatos comenzaron a organizar al sector, lo que generó un crecimiento vertiginoso, distinto al que venía teniendo la corriente autónoma cuyo crecimiento era constante pero más lento. Se volcó entonces el aparato político y sindical (recursos organizativos, simbólicos, materiales) a la organización de este sujeto social. Cabe acotar que la sociología, la historiografía y la política de izquierda durante mucho tiempo consideraba improbable la organización y movilización de los desocupados en pos del objetivo de la transformación social. En el marxismo ortodoxo el desocupado aparecía bajo la figura del “lúmpen-proletariado”, o “lazzaroni” en el lenguaje político italiano. El sujeto era la clase obrera; el desocupado era un sector marginal y, por lo general, carne de apoyo de la derecha. La sociología académica, por su lado, llegó a hablar de un “milagro sociológico” al plantearse la posibilidad de una organización de desocupados con fines universalizables y “progresistas”. Así, este “milagro” ocurrió y es tema de interés en muchos países. Algunos investigadores del exterior incluso ponen en un pie de igualdad al Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil, el zapatismo mexicano y al movimiento piquetero en Argentina. Los consideran como alternativas políticas (de izquierda) a nivel continental.

¿Y fue, en realidad, un milagro sociológico?

Ni tan “milagro”, ni tan “sociológico”. En realidad, creo que el movimiento piquetero surge de un desfasaje, de una contradicción entre una vieja identidad y una nueva realidad. Es decir, en el movimiento piquetero existe una identidad de clase obrera -que puede estar deteriorada, convengamos-. Esa vieja identidad se arrastra y no encaja bien en la nueva realidad generada por las políticas neoliberales a partir de la última dictadura militar, pero sobre todo en la década del ‘90. De esa contradicción nace el movimiento piquetero; quiero decir con esto que sin la experiencia histórica de un movimiento popular activo e impugnador, sin la experiencia de una organización sindical de fuerte presencia en nuestro país, hubiera sido impensable el movimiento piquetero en Argentina. La experiencia de grandes sindicatos, de movilizaciones de masas y de politización de la sociedad argentina desde los años 40-50 hasta 1976, están presentes en la génesis del movimiento piquetero. La sociedad argentina supo ser más “democrática”, no en el sentido de los procedimientos políticos, sino desde el punto de vista del poder social. Hubo tiempos, no muy lejanos, donde las distancias sociales eran menos extensas. Por eso considero que no se trata de un “milagro”; había una experiencia político - cultural previa, que además fue masiva y muy “densa”. En el movimiento piquetero se pueden encontrar a compañeros que fueron obreros en los ‘60 y ‘70; trabajadores que conocieron políticas menos regresivas en materia de distribución del ingreso y un grado de fuerza social más alto, incluso muchos con experiencia en las luchas políticas y sindicales de los años previos a la Dictadura. Pero también hay muchos casos de pibes que nunca se insertaron en el mercado laboral. Allí lo que más pesa es esa cultura que proviene de las familias y de los barrios, o de la mismísima memoria colectiva, ¿por qué no? Justamente los lugares de mayor desarrollo del movimiento piquetero son las ex-zonas fabriles, y no es casualidad. En el Norte y Oeste del Gran Buenos Aires tienen menos desarrollo; es más intenso en la zona Sur, de Avellaneda a La Plata, precisamente en los barrios industriales de esos sitios.

¿Qué diferencias apreciables tiene el movimiento piquetero con los zapatistas y el Movimiento de los Sin Tierra (MST) de Brasil?

El primer elemento que salta a la vista es el carácter urbano del movimiento piquetero, lo que presenta una serie de dificultades en relación a los otros dos movimientos que vos tomás como referencia para la comparación. Para un movimiento como el MST en Brasil, o para una comunidad indígena con un alto nivel de cohesión social y cultural, la posibilidad de construir vínculos sociales alternativos en un marco geográfico delimitado (que por supuesto incluye una dimensión social) es una posibilidad concreta. Eso es muy difícil para un movimiento de carácter urbano. En efecto, es problemático para grupos urbanos de desocupados plantear una estrategia productiva que a la vez sea reproductiva social y políticamente. En el caso del movimiento piquetero, para cambiar la realidad sobre alguna base más sólida (más sólida que la pelea por los subsidios) se hace necesaria la acción política. Es decir, no se puede crear un espacio aislado del conjunto de la sociedad que te garantice la subsistencia (en todos los planos), mientras se pelea para que esos cambios se tornen masivos y abarquen a toda la sociedad. Eso lo puede hacer el MST de Brasil, que tiene una organización a nivel nacional y campamentos modelos que producen y hasta exportan. En el caso del movimiento piquetero esos espacios, si se construyen, tienen límites muy definidos. El movimiento está obligado a modificar una realidad que lo excede. La transformación de esa pequeña realidad, que por lo general coincide con el barrio, entonces tiene bordes muy precisos, y corre el riesgo de lo efímero y lo transitorio. El zapatismo y el MST tienen muchos más años que el movimiento piquetero, el cual tiene “patas más cortas” por su propia situación estructural. En ese sentido, no ha podido construir el “socialismo en un sólo barrio”, aunque algunas organizaciones pretendan hacerlo. En cambio, el MST sí puede garantizar unos vínculos sociales alternativos mientras lucha por extenderlos al conjunto de la sociedad. Pero incluso en ese caso lo primero, en última instancia, depende de lo segundo.

¿Cómo evalúa, en este contexto, la experiencia de las fábricas recuperadas?

En realidad, lo que ocurre en Argentina a partir del 2001 puede resumirse en una cita de un marxista holandés, Antón Pannekoek, quien decía que en épocas de crisis aumenta la autoactividad de las masas, y dismimuye durante los momentos de recomposición material y del comando político del sistema. Eso pasó en Argentina en 2001 y en 2003: una crisis y una recomposición. Algunos espacios, que aparecían como marginales y no rentables, permitieron el desarrollo de la experiencia de las empresas recuperadas. En rigor de verdad, se trataba de empresas abandonadas por el capital en un momento de crisis. Dentro de un marco de recomposición del sistema, esas regiones anteriormente no redituables, vuelven a serlo. Y ahí es donde comienza el reflujo. Por eso la situación del movimiento de empresas recuperadas es bastante complicada. Ese movimiento fue muy heterogéneo también. Se trató, básicamente, de un movimiento de respuesta a una situación crítica que tenía como principal objetivo conservar la fuente de trabajo. A partir de la crisis y de la experiencia de la recuperación y ocupación de una empresa, se pusieron a jugar algunos valores y discursos interesantes. Muchos empezaron a plantear entonces la posibilidad de una gestión obrera de la empresa, de la empresa social, del cooperativismo, es decir, se empezó a discutir la posibilidad de organizar de otro modo la producción y, por extensión, la sociedad. Y con otros valores. El peso de algunas experiencias fue más bien simbólico. En el marco de la estructura económica argentina era escaso el peso material del conjunto de esas empresas, pero desde el punto de vista simbólico fue - y es - enorme porque de algún modo prefiguraba la construcción de una sociedad alternativa. Creo que tanto en el caso de las empresas recuperadas como en el movimiento piquetero hubo mucho de esto: el planteo de la posibilidad de prefigurar una sociedad distinta. En el movimiento piquetero hubo un momento en que los medios empezaron a descubrir qué había detrás de los piquetes: experiencias productivas y comunitarias, vínculos sociales distintos, lo que hace de algún modo “hermanar” esas experiencias, en tanto son visualizadas como prefigurativas de algo distinto por una parte de la sociedad en un momento de crisis política y económica. Con la recomposición del sistema, con el cambio en las relaciones de fuerza en el plano político y simbólico, ya no se habla tanto de las empresas recuperadas, ni del movimiento piquetero.

¿Qué prácticas políticas registró en el movimiento piquetero?

Dentro de la corriente autónoma -la que más conozco interiormente y comparo con las otras-, hay dos términos fuertes: horizontalidad y autonomía. La primera implica ausencia de la representación o, si se quiere, una representación muy difusa y muy controlada; y la noción de autonomía remite a construcciones a distancia del Estado, de los partidos políticos y de los sindicatos. Es decir, se marca una diferencia importante respecto a la lógica que tiene la política “oficial” de Argentina, incluyendo la lógica de la izquierda. La originalidad del movimiento piquetero pasa por allí. Por supuesto que hubo situaciones donde se asumió la línea de la autonomía y la horizontalidad de forma un tanto naïf, o con cierto principismo abstracto, lo que contribuyó a que algunos movimientos renegaran de la política, ya que la inspiración de esas dos nociones fuertes terminaron subordinando la política a las otras prácticas. Pensaban que al desarrollar un proyecto productivo o cultural, por ejemplo, estaban haciendo política. Y posiblemente lo hacían, pero en una escala muy limitada y sin proyección ni perspectiva. Sucede que la política es más que eso, puesto que no se trata de una instancia que pueda subordinarse tan fácilmente a la cultura, la producción o la comunicación. Cuando hablo de política me refiero a disputa por el poder para hacer posible el cambio social, lo que implica construir poder popular y la hegemonía de las clases subalternas. Algunos compañeros, al desarrollar determinas prácticas “micropolíticas” en el movimiento piquetero, negaban todo interés en disputar el poder, pero en realidad pensaban que esa era una forma - “la forma” -, de disputar el poder. Es decir, se confundía una estrategia de supervivencia con la política. En otros casos se buscó conciliar el discurso de la autonomía y la horizontalidad con la política, pensando que ésta tenía una especificidad propia que no podía ser subsumida en otra práctica; es más, que las otras prácticas podían ser requisitos indispensables para construir una política alternativa. Que, por ejemplo, una práctica social, cultural o productiva genera un lugar de enunciación legítimo, y que desde allí se pueden decir cosas con impacto social, universalizables, con una carga fuerte de verdad. Entonces, una cosa es reconocer eso como precondición para la política, y otra distinta es considerar que la política tenga que estar subordinada a esas prácticas. El desafío es articular las lógicas de las construcciones más cotidianas, en el plano micro, con una instancia política.

Relecturas, desafíos y preguntas

El estudio donde Mazzeo nos recibe es un ambiente pequeño de su casa de Lanús. El bunker de un intelectual siempre está atiborrado de libros, carpetas y papeles. En este caso, un aparente orden prevalece sobre anaqueles, mesas y cualquier otro espacio físico repleto de objetos. Una PC, un cuerno en una de las paredes cuelga inmutable cerca de un televisor antiguo en desuso. Sobre la puerta, una imagen adhesiva de Lucca Prodan. También hay dibujos hechos por niños, fijados con chinches en los bordes de los estantes, entre lomos desparejos de libros antiguos y recientes. Mazzeo tiene un aire sereno y reflexivo, con la calidez de quien guarda una gran verdad. Es un pensador que sueña. Un soñador que piensa. “Mixtura de alta combustión”, como canta Bersuit Vergarabat en “Argentinidad al palo”.

¿Qué perspectivas tiene el piqueterismo argentino desde su interpretación?

En el sector que más conozco creo que se percataron del cambio de etapa. Han percibido que con la repetición mecánica de las formas que les permitieron crecer, hoy ya no crecen más. Han registrado que el sistema se recompone y se dan cuenta de los límites de las acciones corporativas. Empiezan a plantear entonces la necesidad de generar otro tipo de espacios. Creo que el sector que mejor lee la realidad, y el que instrumenta las acciones más adecuadas, es el grupo de organizaciones piqueteras que confluye en lo que hoy se llama «Frente Popular Darío Santillán», que pasa de una construcción centrada en los movimientos de desocupados a una construcción político – social  más amplia. Se empieza a construir con estudiantes, con organizaciones de vecinos, con trabajadores, es decir, el eje ya no gira en torno a los desocupados sino a lo “terriotorial” si se quiere, articulando un conjunto de reivindicaciones. Creo que esa es una línea que puede permitirle a este sector acumular, crecer y convertirse en algún momento en alternativa con posibilidades de ser visualizada y reconocida por otros sectores del campo popular. Se empieza a ver la necesidad de articular con el movimiento obrero, un actor casi ausente de la conflictividad en tiempos de la crisis de 2001-2002. Tendencia reforzada por el hecho de que, hoy por hoy, y posiblemente como contraparte de la recomposición del sistema, vuelven a aparecer algunos sectores del movimiento obrero que están planteando algún nivel de confrontación con las políticas del gobierno y con sus propias burocracias sindicales. Es decir, se sale de la lógica corporativa y se plantea una más política que estimo más adecuada.

¿Qué impresión le causan los otros sectores piqueteros?

Un sector del piqueterismo se ha sumado al gobierno, incluso algunos sectores que formaron parte del «MTD Aníbal Verón» hoy están cercanos a éste. Otro sigue respondiendo a los partidos políticos, y su suerte está vinculada a la línea que tengan dichas entidades. Es decir, si ese partido decide volcar todos sus recursos en, pongamos por caso, la reorganización del movimiento obrero, puede abandonar y abjurar de la construcción en el campo de los desocupados. Eso está ocurriendo. Otras organizaciones autónomas han optado por el encierro y por el culto a las “prácticas puras”. Hay un problema más de fondo también, que tiene que ver con algunos casos de organizaciones piqueteras que reproducen las prácticas políticas tradicionales: hay una escisión muy fuerte entre bases y dirigentes, prácticas clientelares, etc. Eso es muy difícil de erradicar porque la propia condición del sujeto alimenta esas prácticas. Son culturas políticas muy arraigadas pero también la propia situación del sujeto social con el que se construye lo refuerza, puesto que viene desarmado y disciplinado por la práctica clientelar y el patronazgo estatal. Para mí es un elemento central de la política argentina y de la reproducción del sistema. Creo que la corriente autónoma tiene más en claro esto, y trata de revertir el clientelismo, trabajando fuertemente en la educación popular y en la formación de las bases, creando los pilares que hagan factibles mediaciones sanas, no opresivas ni alienantes, entre la sociedad civil y la política. Es una tarea de largo plazo que no tiene réditos inmediatos. Pero es esencial.

¿Cuál es la pregunta que busca responder con sus reflexiones?

Si las clases subalternas pueden cambiar el mundo y cómo. Pensar el cambio desde la pauperización, desde la fragmentación, desde la condición serial del sujeto popular es lo realmente difícil, aunque no imposible. Creo que las jornadas del 19 y 20 de Diciembre de 2001 todavía siguen produciendo hechos, pero ahora en forma subterránea. Por otro lado, estimo que tanto el Estado Benefactor, la democracia y el nacionalismo en un país periférico son herramientas de doble filo, armas contradictorias. Pueden significar la cooptación y la asimilación de alguna demanda de las clases subalternas, y por lo tanto su neutralización, pero también son un terreno de disputa. La idea de Nación puede servir para que la clase dominante contenga e integre subordinadamente a las clases subalternas; lo mismo una política redistributiva del ingreso; lo mismo la democracia, como forma de organizar el consenso manteniendo el dominio de los que dominan. Pero también pueden ser la base para otra cosa. Son entonces campos de disputa de proyectos, de sentidos. Simplificadamente se ha pensado que esos elementos “retrasaban” la lucha de clases, junto a una concepción “espectacular” de la revolución como un acto único y magno. No: hay que pensar en los saltos, en muchos pequeños saltos, combinados con los cambios graduales en múltiples planos. Hay quienes piensan que éstas son cuestiones anacrónicas; yo calculo, sin embargo, que tienen una vigencia renovada en la periferia.


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