“Día de piquetes”
suelen titular los medios de comunicación masiva.
En la pantalla y en los relatos de los cronistas se describe
una imagen establecida: rutas y puentes de acceso a Buenos
Aires cortados, neumáticos ardiendo, quejas de automovilistas
y de comerciantes, cánticos de gente con el rostro
cubierto con pañuelos. Señales de humo. El
piquete como acontecer puramente fáctico genera una
verdad como apariencia, una visión rígida
que excluye matices intermedios. Sin embargo, a partir de
la visibilidad pública que han sabido desarrollar
los grupos de trabajadores desocupados de Argentina es posible
acceder a otras miradas. En efecto, el piqueterismo como
manifestación política específica viene
siendo tema de interés y de análisis eruditos
desde una perspectiva más profunda, tanto por lo
inédito de esas prácticas societales como
por sus propuestas contrahegemónicas, las solidaridades
de nuevo tipo, y sus aportes a la construcción de
un país posible. La cuestión de la verdad
adquiere, entonces, riqueza y complejidad. Ciertamente,
está la verdad como testimonio de quienes protagonizaron
y protagonizan la experiencia piquetera. Y también
está la verdad como interpretación del sentido
del movimiento, como comprensión de su dirección
global. Pasar de las crónicas periodísticas
a la especulación crítica; he ahí el
desafío.
Aquí, bajo estas líneas, contamos con dos
entrevistas, dos miradas. Raúl Ismán y Miguel
Mazzeo han realizado abordajes originales en torno a los
grupos piqueteros del conurbano bonaerense. El primero en
La Matanza, al oeste de Buenos Aires; el segundo hacia el
sur de esa ciudad, en los distritos de Lanús, Almirante
Brown y Florencio Varela. Si bien los tópicos tratados
en las entrevistas son similares, no armamos una nota donde
los investigadores “dialogaran”, dadas las visiones
distinas - casi antitéticas - que tienen los mismos.
Preferimos el desarrollo in extenso de las exposiciones
de quienes han ensayado análisis de la problemática
piquetera en forma independiente
Raúl
Ismán: piquetes y construcción nacional posible
Raúl
Ismán quiso sus clases no fuesen meras descripciones de la
realidad. Dentro del conurbano bonaerense La Matanza es,
acaso, el distrito más referencial del trauma que significó
para nuestro país el neoliberalismo, esto es, un sitio
arquelógico de lo que supo ser un emporio industrial.
Con una densidad poblacional de la magnitud de un país
y grandes distancias sociales, allí surgieron con fuerza
los piquetes. “En el Oeste está el agite” cantan
los Divididos. Y ahí se metió Ismán por pura vocación
historiadora. El piquete era el aula del país.
El
piquete como aula
¿Cómo
fue su acceso al tema?
Trabajo como docente
en La Matanza y mi vinculación a los piquetes provino
desde ahí. Enseño en zonas muy carenciadas de ese distrito,
donde - al igual que en nuestra sociedad - una minoría
de estudiantes comparte la expresión de los piquetes,
y una mayoría -en este caso, de pobres- los aborrece.
Entiendo que es un fenómeno que se percibe a nivel social.
Cuando me radiqué en escuelas secundarias de La Matanza,
durante el año 2000, supe que había chicos que participaban
de los piquetes. Era el momento más famoso del movimiento
en Matanza. Fui a los piquetes por las mías, y tomé contacto
con la Federación de Tierra y Vivienda (FTV) de Luis D'Elía
y la Corriente Clasista y Combativa (CCC) de Juan Carlos
Alderete, aliados en aquel momento. A partir de ahí empecé
a integrar los piquetes, y a utilizar las clases para
que los chicos percibieran otra mirada, distinta a la
estereotipada que se iba formando sobre los piqueteros
como vagos que cortan las calles porque no quieren trabajar,
puesto que el fenómeno tiene que ver con una modificación
muy profunda que hubo en la sociedad a partir de la ampliación
del desempleo. Entonces acerqué a mis clases la problemática
de los piquetes.
Me acuerdo de
uno que duró como cuarenta días en el 2001, del cual los
profesores parecían estar muy cansados por los problemas
que ocasionaban para llegar a clase. Los chicos me preguntaron
entonces qué pensaba yo de esa situación, si tenía que
seguir o no el corte de rutas. Respondí que yo no tenía
el problema de no tener trabajo, porque disponía de uno,
pero que los ocupados de hoy son los desocupados de mañana,
y que por eso había que ser solidarios con los hermanos
que se habían quedado sin trabajo. Recuerdo que ese comentario
provocó un quiebre en la clase; los que tenían una impresión
contraria a los piquetes al tiempo modificaron su actitud.
Simultáneamente,
por ese tiempo estaba recopilando artículos para un libro
que finalmente se editó en España, donde incluí mi primer
trabajo sobre este tema: El movimiento piquetero: o
se corta la ruta o se corta la esperanza. Un trabajo
de seis páginas. A finales de ese 2001 lo amplié para
otro libro que se llamó La Argentina Fragmentada.
Al año siguiente el desempleo apareció como una posibilidad
inminente para mí: tuve un accidente cerebro-vascular,
y me enteré que me querían echar de la UBA por ese problema
de salud. De modo que empecé a vivir la cuestión del desempleo
como algo muy concreto; felizmente no se dio lo peor,
aunque estuve 3 años sin dar clases hasta principios de
este 2005. Mientras tanto, actualizaba los contactos con
Luis D'Elía: le había enviado mi artículo de La
Argentina Fragmentada, lo leyó, hablamos sobre
el tema y empezamos a vernos regularmente. De ese proceso
resultó Los piquetes de La Matanza, que
terminé en Julio de 2003 y fue publicado en Octubre de
2004. A pesar de las coyunturas, como la separación entre
D'Elía y Alderete, el contenido guarda plena actualidad.
¿Es
una escritura de urgencia la temática piquetera?
Es una escritura
de urgencia si se maneja con lo aleatorio, lo circunstancial
y las alianzas de momento, es decir, con las respuestas
políticas a problemas puntuales. Hay cuestiones más de
fondo: en primer lugar, la causa de los piquetes es el
desempleo, y en términos generales, los derechos sociales
no resueltos como el acceso a la vivienda, la salud; derechos
fundamentales aún pendientes para la masa del pueblo.
La distribución de la riqueza -convengamos- marcha muy
lentamente, con lo cual tenemos problema para rato con
el desempleo y las dificultades al acceso de tales derechos
sociales.
Hay también cuestiones
estratégicas sobre la sociedad y sus problemas. Primera
cuestión: me parece imposible en lo inmediato pelear por
una revolución socialista. Por las condiciones actuales
en el mundo, en Latinoamérica y en nuestro país, ello
significa pelear por “el sexo de los ángeles”. Un amigo
médico me decía que los problemas de salud sólo se pueden
resolver en el socialismo porque bajo el capitalismo son
inviables. No es cuestión de decirles a los enfermos “que
se mueran, listo, no tienen ninguna posibilidad, están
liquidados”. Creo que se pueden atender problemas puntuales
peleando por una sociedad más justa, más integrada, con
una reconstitución de la nación que cuente con una fuerte
presencia del Estado social. Incluyendo también el rechazo
a teorías provenientes de los países centrales como las
de Toni Negri. Discrepo particularmente con dos puntos
básicos de sus planteos: que no se puede esperar nada
de un estado nacional: Mi tesis se basa en que sin un
estado nacional con fuerte intervención social no se puede
resolver nada. Segundo, que la ruptura con el orden social
globalizado lo haría la “multitud”, un sujeto muy general
que son todos los sectores afectados, ofendidos, agredidos,
oprimidos y explotados por el capital. Lo que no aclara
Negri es cómo se articularían esos sectores. Yo creo que
desde lo nacional se puede articular, sabiendo que es
difícil esa tarea, pero estimando también que el ámbito
de la lucha es ése, a fin de armar una resistencia que
el futuro dirá si puede globalizarse o no. Lo contrario
sería caer en internacionalismos abstractos y vacíos de
contenido, como los partidos trozkistas que siempre tienen
respuestas para todo el mundo, sin siquiera conocer el
lugar del cual hablan, ni qué está pasando en política.
Me parece que cualquier construcción debe basarse en la
realidad concreta de cada país, lo cual no significa negar
futuras solidaridades internacionales. Debemos partir
de lo nacional para marchar hacia una alianza estratégica
con varios países de Latinomérica, en especial el Venezuela
de Chávez, las masas brasileñas desencantadas hoy con
el gobierno de Lula, con los compañeros uruguayos y bolivianos,
es decir, una posible alianza de pueblos y gobiernos para
repudiar la deuda externa. Suena lindo “no pagar la deuda
externa”, pero un país sólo no puede hacerlo, a menos
que desee ganarse el ejército de Bush invadiendo su territorio.
Una sociedad
que se niega a desaparecer
Raúl Ismán es historiador y en la Universidad de Buenos Aires
está al frente de las cátedras de Introducción al conocimiento
de la Sociedad y el Estado e Introducción a la Sociología.
Ha integrado varios publicaciones colectivas y otras en
colaboración, donde ha ensayado sobre temas de economía
(La evolución del pensamiento económico y
Cómo estudiar economía y desfallecer en el intento,
dos títulos de 1999 en colaboración con Marcelo Di Ciano),
la etapa menemista (Menemismo y oposición
y Menemismo y oposición II,
son los trabajos que integran dos compilaciones de Alicia
Iriarte de los años 1998 y 2000) y el fenómeno piquetero.
Sobre este tema Los piquetes de La Matanza. De la
aparición del movimiento social a la construcción de la
unidad popular fue editado en 2003 por Ediciones
Nuevos Tiempos, y allí expone una visión de proceso, con
críticas y propuestas hacia un proyecto de nación.
¿Qué
prácticas alternativas pudo registrar en su investigación?
Las clases medias
están ganadas por el lobby contra los piquetes.
Porque los medios del poder económico han logrado instalar
que los piquetes sean solamente corte de rutas para joder
a "los buenos ciudadanos". Falacia terrible
de Canal 9 y también de Clarín. Pero los
piquetes son mucho más que eso, puesto que no solamente
surgen como respuesta al desempleo, sino que tienen iniciativas
para gestionar formas nuevas de trabajos dentro de lo
que se llama la "economía social", esto es,
formas cooperativistas que permiten obtener empleos a
sus miembros, y mecanismos de contención que los piquetes
han desarrollado y que ahora han disminuido en su importancia,
pero que durante lo peor de la crisis, mantenían repletos
los comedores de los piquetes. Cuando en el 2001 y 2002,
bajo la acuciante situación económica y social del país,
la organización de Castells- que políticamente me parece
de una línea insoportable - contaba con 500 comedores.
En un país donde la gente moría de hambre, y donde todavía
hay quienes buscan qué comer entre los tachos de basura,
hay que reconocer esa capacidad de gestión. También hay
organizaciones piqueteras que tienen salas de primeros
auxilios y laboratorios. Y otra práctica inédita: el piquete
funciona como obra social de los desocupados. Así que
no es solamente cortar las rutas, es también cobertura
de salud a ese sector de la población, los desocupados.
Y es de notar que el sindicalismo tradicional carece de
política alguna hacia los desempleados, no tiene nada
que ofrecerles. Sólo a partir de los '90 la Central de
Trabajadores Argentinos (CTA) comenzó a darles un espacio
de reconocimiento. ¡La Confederación General del Trabajo
(CGT) no tiene nada! Ni cobertura, ni dependencia especial,
ni siquiera un taller para congregar a los desocupados.
Eso habla que las prácticas societales piqueteras han
hecho la autocrítica que el movimiento obrero organizado
aún no ha realizado, a causa de cincuenta años de prácticas
corporativas. Vos sos joven, pero preguntále a alguien
como yo o con más edad, si hace 30 años se podía emitir
quejas porque los hospitales no funcionaban. "No
importa" te decían "somos metalúrgicos y tenemos
nuestros hospitales". Era un práctica corporativa
que se desentendía de la defensa del espacio público de
la salud. Los piquetes han reconstituido ese espacio,
limitadamente y dentro de sus posibilidades, convengamos.
La sala de primeros de auxilios de los barrios reaparece
legitimada por los piqueteros, y obligan al estado a abonar
las remuneraciones de los profesionales. Pero el espacio
físico de la sala lo brindaron los piqueteros, al igual
que las iniciativas en educación. También se dice que
los piquetes implican clientelismo, lo que no es del todo
descartable, porque las organizaciones piqueteras más
importantes se han estructurado en base a los planes sociales
del gobierno nacional, lo que les dio mayor solidez organizativa.
Pero lo esencial es que la visibilidad pública del movimiento
piquetero obligó al estado al reconocimiento de su condición
como actor social.
Al
margen de los vicios, como el clientelismo...
El vicio viene
por los cortes de ruta. Hay que decirles a los compañeros
de la clase media que si los desocupados se hubieran quedado
haciendo la lucha en los barrios nadie se hubiera enterado
que existía la desocupación. Todo va más allá a la situación
del clientelismo. El clientelismo consiste en un puntero
que ofrece un favor a alguien a cambio del pago de un
apoyo político, y se queda en su casa tomando mate. Te
cuento una experiencia propia: hay un barrio en La Matanza,
quizá el más pobre, llamado Nuestro Futuro, a 40 cuadras
del asfalto. Vaya nombre, verdad? Me enteré de su existencia
porque tenía como alumnos a dos hermanos que vivían ahí.
Armé un artículo de esa experiencia en un libro que fue
publicado en España. Tiempo después me encuentro con uno
de ellos, que estaba estudiando en la Universidad Nacional
de Lomas de Zamora. Me comenta que cobra un plan y que
milita con los piqueteros del Movimiento Territorial de
Liberación (MTL). Ese grupo posee comedores abiertos para
todo el barrio, y como la garrafa es muy cara, ¿sabés
que cruza a pie el Riachuelo, se interna en los bosques
de Ezeiza a buscar leña, para así hacer funcionar la cocina?
Entonces, ¿eso es clientelismo? No. Es trabajo de creación
de una sociedad que se niega a desaparecer, y a quedar
subordinada al designio de los punteros. Cito este ejemplo
para balancear la cosa. Si bien es cierto que existen
formas de clientelismo, también son ciertas dos cosas:
que los piqueteros que no usan los planes son 40 en el
MTL de La Matanza, y que no sólo utilizan los planes como
mecanismos de articulación sino que se generan otras prácticas.
Hay decenas de cooperativas que gestionan actividades
de todo tipo en relación a los piqueteros, que no son
temas de interés de los medios de comunicación
¿Son
de izquierda los piqueteros? ¿Buscan formar el socialismo
en los barrios?
Depende cuáles.
No hay ninguna duda que son fenómenos de izquierda porque
la derecha les pega con todo. Como decía Perón: "donde
esté 'La Nación' , yo estoy del otro lado". Si los
piqueteros están en el centro del blanco al que apuntan
las clases dominantes, son expresiones de izquierda. Además,
yo tengo una lectura y una definición propias: entiendo
que Néstor Kirchner es la izquierda posible en este país.
Y para mí ser de izquierda es ponerle límites al poder
económico. Los piquetes, con quienes podemos o no estar
de acuerdo con una u otra organización son un límite.
El poder económico quiere masacrarlos, porque son "prescindibles”
para el mercado (laboral). Otro aspecto que aporta para
hacer comprensible la interna piquetera consiste en que
hay un sector que busca reconstruir la nación y crear
un estado social; concretamente, Luis D'Elía junto con
Juan Carlos Alderete, quien no disiente en este punto
central aunque sí en la política de alianzas. Hay otro
sector vinculado a los partidos de izquierda, bajo la
lectura de que los piquetes van a hacer el socialismo
cuando las masas hagan la revolución. Y hay un tercer
sector que les cabe la definición que vos decís, que son
los sectores seguidores de John Holloway: para hacer
una revolución no hay que tomar el poder del estado. Son
la mayor parte de los Movimientos de Trabajadores Desocupados
(MTD). Ellos plantean eso, y que hay que hacer redes de
contrapoder. Es una idea que combato, porque en una relación
social tan impuesta en la conciencia de las masas como
es el capitalismo, pretender que el capital se muera de
aburrimiento porque no tiene a quién explotar es una tontería.
Es una estrategia sin duda inofensiva para el capital.
Ese tipo de organizaciones sirven para contener a sectores,
pero no para generar una transformación de fondo. Mi posición
es discutible, pero estimo que la única posición concreta
y posible en la Argentina actual es crear un estado social
que permita marchar hacia una nación lo más integrada
posible. Tengo una definición de nación que puede ser
compartida o no: nación es la casa común de todos. Y no
hay casa común si todos no tienen trabajo, o si no pueden
dar de comer a sus hijos en sus casas. Después se discutirá
si es socialismo o no, pero no hay posibilidad real de
pelear contra la explotación capitalista si la mayor parte
de los trabajadores tiene que pelear para conseguir trabajo,
o sea, "pelear" para que el capitalismo los
explote. Hay una cuestión prioritaria que es terminar
con la disgregación impuesta por el neoliberalismo. En
el futuro se verá si lograremos esto.
Visiones deformes, sujetos en devenir
“No estoy acostumbrado
a las citas a ciegas” me escribe Ismán por correo
electrónico, el medio por el que iniciamos vínculo. Con
puntualidad de docente, ingresa al Bar Británico de San
Telmo, donde hay una pareja de turistas que saca fotografías.
En un costado, una persona duerme mansamente sobre la
mesa vaya a saberse desde cuándo, inerte a los flashes
de la máquina de fotos. Instantáneas. Raúl Ismán
también se esfuerza por precisar los sujetos sociales.
A diferencia de la pareja de turistas, Ismán busca
captarlos en su devenir, sacándolo de las casillas que
algunas visiones dogmáticas pretendan asignarles.
¿Cómo
evalúa el análisis que hace la izquierda sobre los piqueteros?
El problema que
tiene la izquierda es que en el siglo XXI entiende al
mundo como en el XIX, o a lo sumo hasta 1930. El lumpen,
que era la masa de maniobra de la burguesía para romper
las huelgas, hoy es un desocupado estructural,
y existen generaciones que nunca accedieron al trabajo
formal. Siguiendo a James Petras, defino como "pueblo
trabajador" a la masa indiferenciada en principio
de trabajadores informales, cuentapropistas, luchadores
sociales por la vivienda y la tierra. El sujeto ya no
es el proletariado industrial común. Mario Roberto Santucho
definió muy bien en su momento este problema que tiene
la izquierda: "el marxismo en Argentina nació imbécil
y tuvo hijos idiotas". Y ya vamos por los nietos
más deformes... Si se pretende responder a problemas muy
concretos del siglo XXI con ideas del XIX, no se va a
acertar. Así se tiene, entonces, al Partido Obrero (PO)
que define al desocupado como un trabajador común sin
empleo -"pequeño" detalle -, y a los MTD
que lo califican de un "nuevo" sujeto social.
Son distintas versiones, a mi modo de ver, equivocadas.
Entiendo que los piqueteros serán nuevos sujetos sociales
en la medida en que contribuyan con otros sujetos a la
transformación necesaria del país. Si no serán un nada.
Una nueva Argentina que incluya a los piqueteros, los
obreros, los pequeños empresarios. De todos ellos es de
esperar este nuevo sujeto para Argentina. En lo concreto
hay una cuestión fundamental: aceptar que para ganar,
en la perspectiva que sea, hay que juntar consensos. Las
masas no se pueden enterar que querés el socialismo una
vez que tomaron el poder. Tienen que sentirlo como propio.
Hoy el piquete tiene un nivel de desprestigio fenomenal,
real. El movimiento piquetero tiene que asumir que debe
ganarse por lo menos la mirada de simpatía de la clase
media. No se puede sitiar Buenos Aires y esperar que la
gente aplauda. Hay algunos dirigentes piqueteros que parecen
estar en la Luna de Valencia. No sé si han agotado definitivamente
algunas prácticas, pero sí entiendo que los métodos de
lucha se tienen que dar mientras se demuestren eficaces.
Hoy es contraproducente para el movimientos de desocupados,
porque se gana el odio de las clases medias. Es que hay
asuntos que ninguna organización de izquierda admite:
la gran mayoría de la gente pobre odia a los piqueteros;
ni hablemos de las clases altas. Si no se percata de que
se está perdiendo la lucha por el consenso, se cometerán
locuras como las del reciente acampe piquetero en Plaza
de Mayo [agosto 2005]
¿Qué
sector piquetero considera que mejor lee la realidad?
El de Luis D'Elía.
Claramente, porque hace más de dos años que no corta rutas,
sino que se dedica a construir desde el proyecto que dirige
Néstor Kirchner, un proyecto concreto y viable. No estoy
en contra del socialismo, pero que me digan quién lo va
a hacer. Me parece más posible que en tres o cuatro años
haya un capitalismo con mayor nivel de ocupación, educación,
vivienda, salud para amplios sectores de las masas a que
haya una revolución socialista. Luis D'Elía es el que
lee con más claridad. Recuerdo que en abril 2002 yo tildaba
a Kirchner como un tipo clonado por las petroleras, y
Luis D'Elía me decía que no, que era un tipo muy valioso...
Salvo que seas un delirante del PO, que tilda a Kirchner
de ser como Bush, hay que reconocer que, guste o no, enfrentó
al poder económico con la sola fuerza de su voluntad política.
Ha instalado los derechos humanos como nadie lo hizo antes.
Su audacia política es un soplo de aire fresco, sin duda.
Los
jornadas del 19 y 20 Diciembre, ¿siguen generando hechos?
El gobierno de
KIrchner es la continuidad más importante del 19 y 20
de Diciembre. Coincide en algunas de las aspiraciones
de aquellas jornadas, donde tan erróneamente se difundió
el "que se vayan todos". Participé en las asambleas
barriales de ese entonces y combatía esa consigna absurda,
que no fue ni tan espontánea y para nada correcta. Lo
primero, porque esa consigna la repetía Bernardo Neustadt
antes del estallido. Fijáte que hubo una maniobra del
poder económico tendiente a considerar que "el problema
es la corrupción de la política". Una falacia. Estamos
mal a causa de un sistema socioeconómico que asegura que
una pequeña minoría de la población, que no son los políticos
sino los empresarios, se quede con la mayor parte de la
Argentina. Esa idea de luchar contra la corrupción es
de factura derechista. El movimiento del 20 de Diciembre
en parte tomó esa idea, y así le fue. Si la gente hubiese
echado a todos los políticos, ¿qué hubiera pasado? ¿Se
resolvía algo? ¡Un carajo, en términos de eliminar la
pobreza o resolver las urgencias sociales! La gente misma
se hubiese desesperado por quién se haría cargo el gobierno.
Fueron consignas absurdas, irrealizables e impolíticas.
La asamblea de mi barrio, por ejemplo, llegó a votar que
se cerrara el Senado de la Nación...Medida pelotuda fue
elevada a la asamblea de Parque Centernario, ¡y la votaron
otra vez a favor...! No quiero entrar en la discusión
de si la gente sólo se movió por lo del "corralito".
Fue más que eso. La clase media cuando recuperó el dinero
del "corralito" y su capacidad de consumir,
se cagó en la lucha. "¡Piquetes y cacerolas, la lucha
es una sola!". No quedó nada de aquella consigna
cantada desde el barrio de Liniers por toda la Capital
Federal en febrero de 2002.
Para definir bien
el estallido, hay que hablar de las cuatro movimientos
que hubo durante aquellas jornadas: la del corralito,
la movida de los intedentes, el cercenamiento de la libertades
y la revuelta de la juventud del día 20. Y no sólo hablar
de los que nos gusta a nosotros, como hace la izquerda,
que "se comieron" que los intendentes del P.J.
ayudaron a voltear a De la Rúa.
¿Qué
riesgos considera para el movimiento piquetero el acercarse
a la clase media?
Tiene la ventaja
de que la causa de los desocupados tenga un canal adecuado.
La desventaja es el aislamiento. La política se hace con
lo que existe, no con lo que a uno le gustaría. Y la izquierda
sale a hacer políticas sin tener en cuenta el consenso.
Fijáte si no es importante el consenso, que cuatro de
cada diez votaron en el 2003 por Menem y López Murphy,
es decir, el 45 %. ¿Se pueden hacer transformaciones profundas
con masas que tienen ilusiones en sus verdugos?
Miguel Mazzeo:
piquetes y construcción nacional alternativa
La escritura de urgencia
Miguel Mazzeo
es un investigador cercano a la llamada “corriente autónoma”
del movimiento piquetero, enrolada entre distintos grupos
del Movimiento de Trabajadores Desocupados (en adelante,
MTD). Se acercó a esas organizaciones establecidas en
Lanús, Alte. Brown y Florencio Varela, atendientdo en
especial a los signos prefigurativos alternativos al
modelo capitalista que se construían en algunas de ellas.
Así, entre el ensayo académico y la escritura militante,
nos cuenta primeramente de las tensiones que adquieren
los géneros literarios a la hora de estudiar el fenómeno
vivo de los piquetes.
¿Qué aproximaciones se han realizado
para estudiar el movimiento piquetero?
Desde el campo
estrictamente académico el trabajo más importante quizá
sea el de Maristella Svampa y Sebastián Pereyra. En
una línea similar está también el trabajo de Astor Massetti.
Podríamos incluir otros trabajos que si bien no analizan
el fenómeno piquetero en particular, en algún punto
remiten a él. Son trabajos sobre el clientelismo político
y el asistencialisimo principalmente. Luego hubo otros
trabajos que no me atrevería a ubicar dentro del campo
académico.
¿Qué enfoques
tienen?
Por ejemplo
hay enfoques más político-partidarios como el de Luis
Oviedo - militante del Partido Obrero - quien escribió
el primer libro sobre el movimiento piquetero. Está
también el trabajo de Mariano Pacheco, centrado en la
corriente autónoma; un texto de enorme valor político
y testimonial, puesto que el autor, militante del Movimiento
de Trabajadores Desocupados (MTD) «Aníbal Verón», fue
protagonista directo de los hechos que narra. Asimismo
está el trabajo de Raúl Isman, en torno a la experiencia
de la Federación de Tierra y Vivienda de la Central
de Trabajadores Argentinos (CTA). Después hubo trabajos
periodísticos como el de Rodrigo Conti e Iván Schneider
Mansilla y el del uruguayo Raúl Zibechi; en este último
caso, un punto altísimo del género periodístico. También
tenemos un libro de Francisco “Pancho” Ferrara con un
enfoque que parte de la psicología social y “militante”
-si cabe el término-, a partir de una experiencia de
trabajo con el MTD de la localidad de San Francisco
Solano (Provincia de Buenos Aires). Igualmente podríamos
agregar algunos trabajos muy importantes del Colectivo
Situaciones. Después, bueno, está mi trabajo Piqueteros.
Notas para una tipología, que no es un libro
enteramente académico aunque de su lectura puede deducirse
mi pasaje por la universidad. Obviamente esto no constituye
ningún mérito. Incluso, a veces pienso que para entender
esta realidad (y sobre todo para cambiarla) puede llegar
a ser un demérito. Yo aspiro a una escritura militante.
Considero que mis únicos tasadores son los luchadores
populares. De hecho, mi posición es bien explícita.
En realidad, en mi trabajo hay una mezcla de géneros
que no es casual, ya que considero que una literatura
militante tiene que ser ecléctica en cuanto a
los géneros; es decir, puede tomar elementos de la investigación
académica como así también del ensayo. Pienso que las
cosas nuevas, por lo general, se expresan a través del
ensayo y no de una investigación formal. O sea, no creo
que el monografismo académico argentino sea el género
más adecuado para decir palabras fundamentales. En contraposición,
un género más “militante” está obligado a la normativa,
al experimento y a la búsqueda, tiene que tomar necesariamente
elementos testimoniales que exponen siempre a vínculos
afectivos y obligan a poner el cuerpo. Por lo general
se trata de una escritura “al pie del cañón”; lo cual
condiciona el estilo y lo hace más fragmentario ya que
impulsa la nota, el apunte. A fin de cuentas, un movimiento
como el piquetero tenía que generar una escritura de
urgencia.
¿Y cuál fue
su punto de partida?
Básicamente
la militancia, gracias al vínculo que establecí con
un sector del movimiento piquetero desde una época muy
temprana. Estoy hablando del año ‘99. Ahora veo que,
gracias a militancias anteriores (que valoro enormemente
como ineludible punto de partida), pude conocer a un
grupo de jóvenes compañeros, entre quienes estaba Darío
Santillán, y que luego serían organizadores y referentes
del «MTD Aníbal Verón» en los barrios de Lanús, Almirante
Brown y de otros sitios del conurbano bonaerense. A
partir de conocer a estos compañeros, me vinculé a esa
experiencia que por entonces daba sus primeros pasos,
mientras que otros movimientos ya tenían una historia
previa. Este sector comienza a consolidarse hacia el
2000 y 2001, en un momento en que los piqueteros todavía
no tenían visibilidad pública. Posteriormente irá conformándose
como la “Corriente Autónoma”, esto es, la vía piquetera
no vinculada a los partidos políticos ni a las centrales
sindicales, aunque bajo el rótulo de “autonomista” se
desarrollaron después distintas tendencias.
El devenir del piquete: contradicción
y dialéctica
Miguel Mazzeo
es historiador y vive en Lanús desde que nació en 1966.
Como docente ha dictado diversas cátedras en la Universidad
de Buenos Aires, y en centros de formación de distintas
organizaciones populares, como la Escuela de Capacitación
del Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba. También es
partícipe de Cátedras Libres, desarrolladas en Buenos
Aires y en el interior del país, relativas a los derechos
humanos, a Ernesto Che Guevara y John William
Cooke, entre otros referentes del pensamiento político
latinoamericano. Precisamente, Cooke, José Carlos Mariátegui
y Osvaldo Bayer han sido figuras que merecieron la preocupación
investigativa de Mazzeo, al igual que la temática
de los movimientos de trabajadores desocupados con Piqueteros.
Notas para una tipología. Actualmente coordina
el departamento de historia en el Centro Cultural de
la Cooperación, y ha publicado hace poco ¿Qué
(no) Hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes
emancipatorios, por la editorial Antropofagia.
¿Cómo fue
la génesis del piqueterismo en Argentina?
Si vamos a los
antecedentes más lejanos, el movimiento piquetero lleva
ya diez años. Se pueden tomar como referencia los primeros
piquetes del Interior: Cutral-Có, Plaza Huincul, Tartagal.
Son los antecedentes más remotos. Luego hubo un traslado
del piquete desde el Interior al conurbano bonaerense.
Aquí había organizaciones pequeñas, inicialmente autónomas
(esto quiere decir que a mediados de los ’90 ni los
partidos ni los sindicatos trabajaban con este “sujeto
social”), que tenían vínculos con ex-militantes de los
’70. Otras estaban relacionadas a la experiencia de
las comunidades eclesiales de base, muy activas en las
luchas de los ’80 en torno a los asentamientos. En algún
momento estos grupos entienden que replicar la estrategia
piquetera en el Gran Buenos Aires podía conducir a una
pequeña victoria: la obtención de un subsidio, un piso
para la lucha y la organización popular. Y efectivamente
así fue. Pero inicialmente los primeros grupos piqueteros
del Gran Buenos Aires eran autónomos. Cuando esta estrategia
comienza a obtener resultados, y a partir de que el
fenómeno piquetero adquiere visibilidad pública, los
partidos y algunos sindicatos comenzaron a organizar
al sector, lo que generó un crecimiento vertiginoso,
distinto al que venía teniendo la corriente autónoma
cuyo crecimiento era constante pero más lento. Se volcó
entonces el aparato político y sindical (recursos organizativos,
simbólicos, materiales) a la organización de este sujeto
social. Cabe acotar que la sociología, la historiografía
y la política de izquierda durante mucho tiempo consideraba
improbable la organización y movilización de los desocupados
en pos del objetivo de la transformación social. En
el marxismo ortodoxo el desocupado aparecía bajo la
figura del “lúmpen-proletariado”, o “lazzaroni” en el
lenguaje político italiano. El sujeto era la clase obrera;
el desocupado era un sector marginal y, por lo general,
carne de apoyo de la derecha. La sociología académica,
por su lado, llegó a hablar de un “milagro sociológico”
al plantearse la posibilidad de una organización de
desocupados con fines universalizables y “progresistas”.
Así, este “milagro” ocurrió y es tema de interés en
muchos países. Algunos investigadores del exterior incluso
ponen en un pie de igualdad al Movimiento Sin Tierra
(MST) de Brasil, el zapatismo mexicano y al movimiento
piquetero en Argentina. Los consideran como alternativas
políticas (de izquierda) a nivel continental.
¿Y fue, en
realidad, “un milagro sociológico”?
Ni tan “milagro”,
ni tan “sociológico”. En realidad, creo que el movimiento
piquetero surge de un desfasaje, de una contradicción
entre una vieja identidad y una nueva realidad. Es decir,
en el movimiento piquetero existe una identidad de clase
obrera -que puede estar deteriorada, convengamos-. Esa
vieja identidad se arrastra y no encaja bien en la nueva
realidad generada por las políticas neoliberales a partir
de la última dictadura militar, pero sobre todo en la
década del ‘90. De esa contradicción nace el movimiento
piquetero; quiero decir con esto que sin la experiencia
histórica de un movimiento popular activo e impugnador,
sin la experiencia de una organización sindical de fuerte
presencia en nuestro país, hubiera sido impensable el
movimiento piquetero en Argentina. La experiencia de
grandes sindicatos, de movilizaciones de masas y de
politización de la sociedad argentina desde los años
40-50 hasta 1976, están presentes en la génesis del
movimiento piquetero. La sociedad argentina supo ser
más “democrática”, no en el sentido de los procedimientos
políticos, sino desde el punto de vista del poder social.
Hubo tiempos, no muy lejanos, donde las distancias sociales
eran menos extensas. Por eso considero que no se trata
de un “milagro”; había una experiencia político - cultural
previa, que además fue masiva y muy “densa”. En el movimiento
piquetero se pueden encontrar a compañeros que fueron
obreros en los ‘60 y ‘70; trabajadores que conocieron
políticas menos regresivas en materia de distribución
del ingreso y un grado de fuerza social más alto, incluso
muchos con experiencia en las luchas políticas y sindicales
de los años previos a la Dictadura. Pero también hay
muchos casos de pibes que nunca se insertaron en el
mercado laboral. Allí lo que más pesa es esa cultura
que proviene de las familias y de los barrios, o de
la mismísima memoria colectiva, ¿por qué no? Justamente
los lugares de mayor desarrollo del movimiento piquetero
son las ex-zonas fabriles, y no es casualidad. En el
Norte y Oeste del Gran Buenos Aires tienen menos desarrollo;
es más intenso en la zona Sur, de Avellaneda a La Plata,
precisamente en los barrios industriales de esos sitios.
¿Qué diferencias
apreciables tiene el movimiento piquetero con los zapatistas
y el Movimiento de los Sin Tierra (MST) de Brasil?
El primer elemento
que salta a la vista es el carácter urbano del movimiento
piquetero, lo que presenta una serie de dificultades
en relación a los otros dos movimientos que vos tomás
como referencia para la comparación. Para un movimiento
como el MST en Brasil, o para una comunidad indígena
con un alto nivel de cohesión social y cultural, la
posibilidad de construir vínculos sociales alternativos
en un marco geográfico delimitado (que por supuesto
incluye una dimensión social) es una posibilidad concreta.
Eso es muy difícil para un movimiento de carácter urbano.
En efecto, es problemático para grupos urbanos de desocupados
plantear una estrategia productiva que a la vez sea
reproductiva social y políticamente. En el caso del
movimiento piquetero, para cambiar la realidad sobre
alguna base más sólida (más sólida que la pelea por
los subsidios) se hace necesaria la acción política.
Es decir, no se puede crear un espacio aislado del conjunto
de la sociedad que te garantice la subsistencia (en
todos los planos), mientras se pelea para que esos cambios
se tornen masivos y abarquen a toda la sociedad. Eso
lo puede hacer el MST de Brasil, que tiene una organización
a nivel nacional y campamentos modelos que producen
y hasta exportan. En el caso del movimiento piquetero
esos espacios, si se construyen, tienen límites muy
definidos. El movimiento está obligado a modificar una
realidad que lo excede. La transformación de esa pequeña
realidad, que por lo general coincide con el barrio,
entonces tiene bordes muy precisos, y corre el riesgo
de lo efímero y lo transitorio. El zapatismo y el MST
tienen muchos más años que el movimiento piquetero,
el cual tiene “patas más cortas” por su propia situación
estructural. En ese sentido, no ha podido construir
el “socialismo en un sólo barrio”, aunque algunas organizaciones
pretendan hacerlo. En cambio, el MST sí puede garantizar
unos vínculos sociales alternativos mientras lucha por
extenderlos al conjunto de la sociedad. Pero incluso
en ese caso lo primero, en última instancia, depende
de lo segundo.
¿Cómo evalúa,
en este contexto, la experiencia de las fábricas recuperadas?
En realidad,
lo que ocurre en Argentina a partir del 2001 puede resumirse
en una cita de un marxista holandés, Antón Pannekoek,
quien decía que en épocas de crisis aumenta la autoactividad
de las masas, y dismimuye durante los momentos de recomposición
material y del comando político del sistema. Eso pasó
en Argentina en 2001 y en 2003: una crisis y una recomposición.
Algunos espacios, que aparecían como marginales y no
rentables, permitieron el desarrollo de la experiencia
de las empresas recuperadas. En rigor de verdad, se
trataba de empresas abandonadas por el capital en un
momento de crisis. Dentro de un marco de recomposición
del sistema, esas regiones anteriormente no redituables,
vuelven a serlo. Y ahí es donde comienza el reflujo.
Por eso la situación del movimiento de empresas recuperadas
es bastante complicada. Ese movimiento fue muy heterogéneo
también. Se trató, básicamente, de un movimiento de
respuesta a una situación crítica que tenía como principal
objetivo conservar la fuente de trabajo. A partir de
la crisis y de la experiencia de la recuperación y ocupación
de una empresa, se pusieron a jugar algunos valores
y discursos interesantes. Muchos empezaron a plantear
entonces la posibilidad de una gestión obrera de la
empresa, de la empresa social, del cooperativismo, es
decir, se empezó a discutir la posibilidad de organizar
de otro modo la producción y, por extensión, la sociedad.
Y con otros valores. El peso de algunas experiencias
fue más bien simbólico. En el marco de la estructura
económica argentina era escaso el peso material del
conjunto de esas empresas, pero desde el punto de vista
simbólico fue - y es - enorme porque de algún modo prefiguraba
la construcción de una sociedad alternativa. Creo que
tanto en el caso de las empresas recuperadas como en
el movimiento piquetero hubo mucho de esto: el planteo
de la posibilidad de prefigurar una sociedad distinta.
En el movimiento piquetero hubo un momento en que los
medios empezaron a descubrir qué había detrás de los
piquetes: experiencias productivas y comunitarias, vínculos
sociales distintos, lo que hace de algún modo “hermanar”
esas experiencias, en tanto son visualizadas como prefigurativas
de algo distinto por una parte de la sociedad en un
momento de crisis política y económica. Con la recomposición
del sistema, con el cambio en las relaciones de fuerza
en el plano político y simbólico, ya no se habla tanto
de las empresas recuperadas, ni del movimiento piquetero.
¿Qué prácticas
políticas registró en el movimiento piquetero?
Dentro de la
corriente autónoma -la que más conozco interiormente
y comparo con las otras-, hay dos términos fuertes:
horizontalidad y autonomía. La primera implica ausencia
de la representación o, si se quiere, una representación
muy difusa y muy controlada; y la noción de autonomía
remite a construcciones a distancia del Estado, de los
partidos políticos y de los sindicatos. Es decir, se
marca una diferencia importante respecto a la lógica
que tiene la política “oficial” de Argentina, incluyendo
la lógica de la izquierda. La originalidad del movimiento
piquetero pasa por allí. Por supuesto que hubo situaciones
donde se asumió la línea de la autonomía y la horizontalidad
de forma un tanto naïf, o con cierto principismo
abstracto, lo que contribuyó a que algunos movimientos
renegaran de la política, ya que la inspiración de esas
dos nociones fuertes terminaron subordinando la política
a las otras prácticas. Pensaban que al desarrollar un
proyecto productivo o cultural, por ejemplo, estaban
haciendo política. Y posiblemente lo hacían, pero en
una escala muy limitada y sin proyección ni perspectiva.
Sucede que la política es más que eso, puesto que no
se trata de una instancia que pueda subordinarse tan
fácilmente a la cultura, la producción o la comunicación.
Cuando hablo de política me refiero a disputa por el
poder para hacer posible el cambio social, lo que implica
construir poder popular y la hegemonía de las clases
subalternas. Algunos compañeros, al desarrollar determinas
prácticas “micropolíticas” en el movimiento piquetero,
negaban todo interés en disputar el poder, pero en realidad
pensaban que esa era una forma - “la forma” -, de disputar
el poder. Es decir, se confundía una estrategia de supervivencia
con la política. En otros casos se buscó conciliar el
discurso de la autonomía y la horizontalidad con la
política, pensando que ésta tenía una especificidad
propia que no podía ser subsumida en otra práctica;
es más, que las otras prácticas podían ser requisitos
indispensables para construir una política alternativa.
Que, por ejemplo, una práctica social, cultural o productiva
genera un lugar de enunciación legítimo, y que desde
allí se pueden decir cosas con impacto social, universalizables,
con una carga fuerte de verdad. Entonces, una cosa es
reconocer eso como precondición para la política, y
otra distinta es considerar que la política tenga que
estar subordinada a esas prácticas. El desafío es articular
las lógicas de las construcciones más cotidianas, en
el plano micro, con una instancia política.
Relecturas, desafíos y preguntas
El estudio donde
Mazzeo nos recibe es un ambiente pequeño de su
casa de Lanús. El bunker de un intelectual siempre
está atiborrado de libros, carpetas y papeles. En este
caso, un aparente orden prevalece sobre anaqueles, mesas
y cualquier otro espacio físico repleto de objetos.
Una PC, un cuerno en una de las paredes cuelga inmutable
cerca de un televisor antiguo en desuso. Sobre la puerta,
una imagen adhesiva de Lucca Prodan. También hay dibujos
hechos por niños, fijados con chinches en los bordes
de los estantes, entre lomos desparejos de libros antiguos
y recientes. Mazzeo tiene un aire sereno y reflexivo,
con la calidez de quien guarda una gran verdad. Es un
pensador que sueña. Un soñador que piensa. “Mixtura
de alta combustión”, como canta Bersuit Vergarabat
en “Argentinidad al palo”.
¿Qué perspectivas
tiene el piqueterismo argentino desde su interpretación?
En el sector
que más conozco creo que se percataron del cambio de
etapa. Han percibido que con la repetición mecánica
de las formas que les permitieron crecer, hoy ya no
crecen más. Han registrado que el sistema se recompone
y se dan cuenta de los límites de las acciones corporativas.
Empiezan a plantear entonces la necesidad de generar
otro tipo de espacios. Creo que el sector que mejor
lee la realidad, y el que instrumenta las acciones más
adecuadas, es el grupo de organizaciones piqueteras
que confluye en lo que hoy se llama «Frente Popular
Darío Santillán», que pasa de una construcción centrada
en los movimientos de desocupados a una construcción
político – social más amplia. Se empieza a construir
con estudiantes, con organizaciones de vecinos, con
trabajadores, es decir, el eje ya no gira en torno a
los desocupados sino a lo “terriotorial” si se quiere,
articulando un conjunto de reivindicaciones. Creo que
esa es una línea que puede permitirle a este sector
acumular, crecer y convertirse en algún momento en alternativa
con posibilidades de ser visualizada y reconocida por
otros sectores del campo popular. Se empieza a ver la
necesidad de articular con el movimiento obrero, un
actor casi ausente de la conflictividad en tiempos de
la crisis de 2001-2002. Tendencia reforzada por el hecho
de que, hoy por hoy, y posiblemente como contraparte
de la recomposición del sistema, vuelven a aparecer
algunos sectores del movimiento obrero que están planteando
algún nivel de confrontación con las políticas del gobierno
y con sus propias burocracias sindicales. Es decir,
se sale de la lógica corporativa y se plantea una más
política que estimo más adecuada.
¿Qué impresión
le causan los otros sectores piqueteros?
Un sector del
piqueterismo se ha sumado al gobierno, incluso algunos
sectores que formaron parte del «MTD Aníbal Verón» hoy
están cercanos a éste. Otro sigue respondiendo a los
partidos políticos, y su suerte está vinculada a la
línea que tengan dichas entidades. Es decir, si ese
partido decide volcar todos sus recursos en, pongamos
por caso, la reorganización del movimiento obrero, puede
abandonar y abjurar de la construcción en el campo de
los desocupados. Eso está ocurriendo. Otras organizaciones
autónomas han optado por el encierro y por el culto
a las “prácticas puras”. Hay un problema más de fondo
también, que tiene que ver con algunos casos de organizaciones
piqueteras que reproducen las prácticas políticas tradicionales:
hay una escisión muy fuerte entre bases y dirigentes,
prácticas clientelares, etc. Eso es muy difícil de erradicar
porque la propia condición del sujeto alimenta esas
prácticas. Son culturas políticas muy arraigadas pero
también la propia situación del sujeto social con el
que se construye lo refuerza, puesto que viene desarmado
y disciplinado por la práctica clientelar y el patronazgo
estatal. Para mí es un elemento central de la política
argentina y de la reproducción del sistema. Creo que
la corriente autónoma tiene más en claro esto, y trata
de revertir el clientelismo, trabajando fuertemente
en la educación popular y en la formación de las bases,
creando los pilares que hagan factibles mediaciones
sanas, no opresivas ni alienantes, entre la sociedad
civil y la política. Es una tarea de largo plazo que
no tiene réditos inmediatos. Pero es esencial.
¿Cuál es
la pregunta que busca responder con sus reflexiones?
Si las clases
subalternas pueden cambiar el mundo y cómo. Pensar el
cambio desde la pauperización, desde la fragmentación,
desde la condición serial del sujeto popular es lo realmente
difícil, aunque no imposible. Creo que las jornadas
del 19 y 20 de Diciembre de 2001 todavía siguen produciendo
hechos, pero ahora en forma subterránea. Por otro lado,
estimo que tanto el Estado Benefactor, la democracia
y el nacionalismo en un país periférico son herramientas
de doble filo, armas contradictorias. Pueden significar
la cooptación y la asimilación de alguna demanda de
las clases subalternas, y por lo tanto su neutralización,
pero también son un terreno de disputa. La idea de Nación
puede servir para que la clase dominante contenga e
integre subordinadamente a las clases subalternas; lo
mismo una política redistributiva del ingreso; lo mismo
la democracia, como forma de organizar el consenso manteniendo
el dominio de los que dominan. Pero también pueden ser
la base para otra cosa. Son entonces campos de disputa
de proyectos, de sentidos. Simplificadamente se ha pensado
que esos elementos “retrasaban” la lucha de clases,
junto a una concepción “espectacular” de la revolución
como un acto único y magno. No: hay que pensar en los
saltos, en muchos pequeños saltos, combinados con los
cambios graduales en múltiples planos. Hay quienes piensan
que éstas son cuestiones anacrónicas; yo calculo, sin
embargo, que tienen una vigencia renovada en la periferia.