Palabras
que al azar coinciden
El 3 de
agosto, Alafia regresó al papel. Pero no como escritura
dibujada, tal como había comenzado su historia, más de
cuarenta años antes. Regresó como forma, como entrelazamiento
de líneas en las que, por primera vez, pudimos ver la
imagen de sus enrulados recorridos.
Los primeros relatos la ubican
como protagonista de Cuadro escrito,[1]
esa narración en la que el artista imaginaba cómo la dibujaría
si supiese pintar, “si Dios en su apuro y turbado por
error confuso” lo hubiera “tocado”. Entonces, decía, “agarraría
los vellos de la marta en la punta de una rama de fresno
flexible empapados sumergidos en óleo bermejo y precisamente
en este lugar iniciaría una línea delgada flaca ya con
la intención de cubrirla después maniobrando con la transparencia”.
Por si aquel momento anticipado pudiese llegar a suceder,
es que Ferrari tenía “clarividentemente” preparado el
pincel, fabricado con “los rulos oscuros de Alafia”. Ese
cuadro imaginado sería “una forma de recordarla con sus
huellas para la eternidad”, de no olvidar como eran sus
“pómulos bajo los ojos”, de “utilizar sus jugos para hacer
la superficie, la piel transparente de un nuevo cuadro
encima del otro”. Pero en ese momento nada de eso sucedió.
Es que, como él mismo explica en el texto en el que anticipa
ese acto creador, cuando pasó al lado de Dios “con su
alma extendida”, éste “tenía su mano entretenida
haciendo los valles y nalgas de Alafia y no quiso sacarla
ensimismado en Alafia aunque era mi turno y no quiso sacarla
y no quiso tocarme.” (Cuadro escrito, 17/12/64)
Alafía aparece en un vocabulario de palabras incomprensibles
mecanografiadas por Ferrari en 1964. Términos que comenzó
a utilizar sin saber cuál era su sentido, porque lo único
que importaba para que entraran en el relato, era el rumoroso
poder de evocación de su sonido, la reverberación de asociaciones
imprecisas que produjese su ritmo interno, la percusión
de sus letras. Así es como Alafia pudo llegar a hacer
las cosas más extrañas sin que nadie pudiese explicarlas
con palabras conocidas. Y así la encontró, para su sorpresa,
el día en el que entró y vio como “Alafia estaba jabalconeándose
al impiedoso gazafatón añojada envedijada entre la estornija
y la jámila que se avezó en mis abriles; atragantándome
con el primer vaso miré... Me quedé latebroso: la corcusida
me gustaba, con ella me había ido a los sauces años atrás
antes de conocerla a Alafia y fue con ella que aprendí
todo el alfabeto y la sintaxis” (Cuando entré en la
casa, 1964).
El
diccionario explica que Alafia es una planta apocinácea
de Madagascar, con tallos volubles y lactescentes. Hoy
el google nos dice que es una figura del azar:
si partimos un coco con un hacha pequeña,
lanzamos al aire cuatro de sus trozos, y todos
caen con el blanco para arriba, la suerte está de nuestra
parte y la llamamos Alafia.[2] Una figura de la mezcla cultural,
un estado de magnificencia que nos regala la suerte, y
que, por azar, tuvo el nombre de esa mujer anticipada
en tantos textos.
Aunque
el nombre sea otro, no hay por que no pensar que Alafia
también es Eva, para quien el artista propuso tantos homenajes,
por ser ella, esa muchacha curiosa, ávida de conocimiento,
quien con su “inquietud transgresora” provocó tantas cosas:
su desobediencia llevó a que dios suprimiera la inmortalidad
y legó a la humanidad el sexo y el goce de los orgasmos
prohibidos.
En su
regreso al papel, Alafia no aparece con el cuerpo de Cicciolina
o de Madonna, como legítimamente podríamos sostener ante
los collages que provocaron tan grandes controversias.[3] Alafia es, ahora, superposición de líneas, recorridos
paralelos, experimentos con el color y con la materia.
Es como si volvieran aquellos cuadernos de notas en los
que Ferrari anotaba los pigmentos, el tamaño del pincel
o de la pluma, convertidos ahora en Alafia, para quien
encontró tintas antes desconocidas.[4]
Translúcidos pigmentos exaltados por los brillos; recorridos
en los que se funden los recuerdos, el color de las plumas,
el centelleo de la brillantina.
En las primeras descripciones, Alafia no tenía un rostro,
ni rasgos, ni medidas. Y aunque ahora los recorridos de
la línea sobre el papel se presenten con el nombre de
aquel misterioso personaje, éste sigue siendo tan extraño
como entonces. Sus formas no hacen más que confirmar aquello
que nos permitían imaginar las primeras descripciones.
Inasible, sigue jabalconeándose en el papel.
Por
Andrea Giunta