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Palabras al azar que coinciden

León Ferrari

Muestra: "Plumas y Brillos"

Por Andrea Giunta


Palabras que al azar coinciden

El 3 de agosto, Alafia regresó al papel. Pero no como escritura dibujada, tal como había comenzado su historia, más de cuarenta años antes. Regresó como forma, como entrelazamiento de líneas en las que, por primera vez, pudimos ver la imagen de sus enrulados recorridos.

Los primeros relatos la ubican como protagonista de Cuadro escrito,[1] esa narración en la que el artista imaginaba cómo la dibujaría si supiese pintar, “si Dios en su apuro y turbado por error confuso” lo hubiera “tocado”. Entonces, decía, “agarraría los vellos de la marta en la punta de una rama de fresno flexible empapados sumergidos en óleo bermejo y precisamente en este lugar iniciaría una línea delgada flaca ya con la intención de cubrirla después maniobrando con la transparencia”. Por si aquel momento anticipado pudiese llegar a suceder, es que Ferrari tenía “clarividentemente” preparado el pincel, fabricado con “los rulos oscuros de Alafia”. Ese cuadro imaginado sería “una forma de recordarla con sus huellas para la eternidad”, de no olvidar como eran sus “pómulos bajo los ojos”, de “utilizar sus jugos para hacer la superficie, la piel transparente de un nuevo cuadro encima del otro”. Pero en ese momento nada de eso sucedió. Es que, como él mismo explica en el texto en el que anticipa ese acto creador, cuando pasó al lado de Dios “con su alma extendida”, éste “tenía su mano entretenida haciendo los valles y nalgas de Alafia y no quiso sacarla ensimismado en Alafia aunque era mi turno y no quiso sacarla y no quiso tocarme.” (Cuadro escrito, 17/12/64)

            Alafía aparece en un vocabulario de palabras incomprensibles mecanografiadas por Ferrari en 1964. Términos que comenzó a utilizar sin saber cuál era su sentido, porque lo único que importaba para que entraran en el relato, era el rumoroso poder de evocación de su sonido, la reverberación de asociaciones imprecisas que produjese su ritmo interno, la percusión de sus letras. Así es como Alafia pudo llegar a hacer las cosas más extrañas sin que nadie pudiese explicarlas con palabras conocidas. Y así la encontró, para su sorpresa, el día en el que entró y vio como “Alafia estaba jabalconeándose al impiedoso gazafatón añojada envedijada entre la estornija y la jámila que se avezó en mis abriles; atragantándome con el primer vaso miré...  Me quedé latebroso: la corcusida me gustaba, con ella me había ido a los sauces años atrás antes de conocerla a Alafia y fue con ella que aprendí todo el alfabeto y la sintaxis” (Cuando entré en la casa, 1964).

El diccionario explica que Alafia es una planta apocinácea de Madagascar, con tallos volubles y lactescentes. Hoy el google nos dice que es una figura del azar: si partimos un coco con un hacha pequeña, lanzamos al aire cuatro de sus trozos, y todos caen con el blanco para arriba, la suerte está de nuestra parte y la llamamos Alafia.[2] Una figura de la mezcla cultural, un estado de magnificencia que nos regala la suerte, y que, por azar, tuvo el nombre de esa mujer anticipada en tantos textos.

Aunque el nombre sea otro, no hay por que no pensar que Alafia también es Eva, para quien el artista propuso tantos homenajes, por ser ella, esa muchacha curiosa, ávida de conocimiento, quien con su “inquietud transgresora” provocó tantas cosas: su desobediencia llevó a que dios suprimiera la inmortalidad y legó a la humanidad el sexo y el goce de los orgasmos prohibidos.

            En su regreso al papel, Alafia no aparece con el cuerpo de Cicciolina o de Madonna, como legítimamente podríamos sostener ante los collages que provocaron tan grandes  controversias.[3] Alafia es, ahora, superposición de líneas, recorridos paralelos, experimentos con el color y con la materia. Es como si volvieran aquellos cuadernos de notas en los que Ferrari anotaba los pigmentos, el tamaño del pincel o de la pluma, convertidos ahora en Alafia, para quien encontró tintas antes desconocidas.[4] Translúcidos pigmentos exaltados por los brillos; recorridos en los que se funden los recuerdos, el color de las plumas, el centelleo de la brillantina.

            En las primeras descripciones, Alafia no tenía un rostro, ni rasgos, ni medidas. Y aunque ahora los recorridos de la línea sobre el papel se presenten con el nombre de aquel misterioso personaje, éste sigue siendo tan extraño como entonces. Sus formas no hacen más que confirmar aquello que nos permitían imaginar las primeras descripciones. Inasible, sigue jabalconeándose en el papel.

Por Andrea Giunta


[1] Cuadro escrito forma parte de la serie de Manuscritos que Ferrari comienza en noviembre de 1964 y continúa en 1965. Representan la culminación de un intenso desarrollo del dibujo que comienza en 1962, cuando por invitación de Arturo Schwarz realiza un aguafuerte para el libro L’avanguardia Internazionale (Milán, 1962). Los Manuscritos resultan de la fusión del dibujo con el relato. Según lo señaló Luis Camnitzer, Cuadro escrito, texto dibujado en el que Ferrari describe que haría si supiese pintar, precede propuestas conceptuales como las de Joseph Kosuth.

[2] Método de adivinación de la religión Lucumi o Yoruba de Cuba (en Haití, Vudú y en Brasil, Candomble), que resulta del sincretismo entre los cultos africanos y católicos.

[3] Me refiero a los debates que sus collages produjeron durante la exposición retrospectiva (León Ferrari. Retrospectiva, 1954-2004) realizada en el Centro Cultural Recoleta durante diciembre de 2004 y enero de 2005.

[4] Durante los últimos años, y particularmente en los dibujos más recientes, Ferrari utiliza pigmentos sintéticos de colores brillantes que le permiten que los dibujos y las escrituras tengan relieve. Los primeros dibujos con relieve los realiza entre 1998 y 1999, tanto sobre tela (en la serie de ropa escrita) como sobre chapadur y vidrio. En estos últimos explora la superposición de textos que resulta de las transparencias (por ejemplo, en Malditos bienaventurados, de 1998)

 


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