El diario La Nación (en las
ediciones del 14 y 15 de septiembre último), pone en primera
plana lo que llama una polémica, que ha decir verdad no
lo es; y pretende adelantar así, en consonancia con cierta
ideología que empuja por imponerse como única, una vez más,
la muerte del Sujeto. Sin duda no lo dice así, desvelada,
sino bajo el gesto disimulado de anticipar en boca de un
tal Borch-Jacobsen, la desaparición del Psicoanálisis. ¿En
nombre de qué? En nombre de la eficacia, el apuro, y una
supuesta Verdad, connotada de científica. No es el único
medio que introduce públicamente lo que sería una verdad
a voces, la revista Noticias ya lo había hecho un poco antes,
con la misma astucia.
Se
debe leer muerte del sujeto en el entre-línea
de lo que se anuncia en esa nota, pues a título de responder
a las nuevas tecnologías aplicadas a los males del alma,
el mencionado Jacobsen, apela por la racionalidad, la prueba
de laboratorio y la vigilancia del ojo controlador, para
desacreditar lo que a todas luces, por sus dichos, es palmario
que desconoce, es decir, el Psicoanálisis mismo. A poco
de leer sus argumentos uno se percata que si ha leído la
obra de Freud o la de Lacan, lo ha hecho con anteojeras
equinas, las que hacen que el animal sólo avance por el
sendero que le marca el Amo, aunque el mismo animal no sepa
ni perciba en su realidad, que las riendas las lleva el
Otro. Así Jacobsen, como le sucede al neurótico, pone en
acto lo que niegan sus dichos.
Sus dichos arrean
el campo de la verdad y la mentira. Nos dice que en la teoría
freudiana, ahí en donde busca la verdad, se encuentra con
lo inaccesible, con lo imposible de demostrar, y que el
Psicoanálisis se parece más a una invención literaria que
a una teoría científica. El tal Jacobsen se sorprende de
lo huidiza que es la verdad del alma, habría que
agregar para el sujeto, y para él esto no es otra cosa que
el anverso de personalidades psicopáticas: el tal Freud
sería un embaucador y el tal Lacan un cínico y un manipulador.
Para acreditar que no exagero basta con remitirse a la nota
del 14 de septiembre en donde puede leerse: Lacan es
un ejemplo de camaleonismo. Tenía una audacia a toda prueba,
decía cosas sorprendentes y era cínico y manipulador;
o bien: La teorías freudianas son construcciones hipotéticas,
no tienen ninguna base científica. Es decir, en aras
del positivismo empirista, recurre a la dimensión del sujeto
para darle cimiento a su buena nueva: ¿se habrá preguntado
Jacobsen, por qué él, que se dice filósofo e historiador,
se ha tomado tanto trabajo en recorrer las periferias del
Psicoanálisis? Debemos presumir que no. Nos trae viejos
argumentos como remozada novedad. Desde que el Psicoanálisis
fue anunciado por boca de su creador, no han dejado de aparecer
las mismas críticas, el mismo argumento, incluso la misma
malicia.
Es decir: no es
novedad. En la Era del ascenso de la máquina y la abolición
del sujeto, no faltan aquellos, advertidos o no, que abogan
en su ignorancia pasional, su propia muerte. Sin embargo,
la verdad freudiana resiste; y la emergencia del
Sujeto se abre paso en el decir que trastabilla, o en el
arte en donde hace mostración de su enigma y de su evanescencia.
Aunque acorralado por el discurso de la ideología de mercado
y su justificación tecno-científica, el sujeto actualiza
la impostura del Amo moderno y demuestra su impotencia.
El psicoanálisis
apela a la libertad de la palabra del sujeto, para que el
sujeto sepa reconocer allí mismo las limitaciones de esa
libertad. La indicación es precisa: asumir esa libertad
hasta donde el sujeto se responsabiliza de ella. Esta es
la ética del Psicoanálisis. ¿Qué propone, en el discurso
opuesto, el buen Amo de Jacobsen? Para decirlo parafraseando
a Lacan: Dormir en la realidad y acallar el síntoma en el
sueño. Lo que es significante de lo que no marcha bien en
la vida, el síntoma, acallarlo para seguir durmiendo en
la fantasía. Ser cada vez más el sujeto abolido de la Epoca:
el sujeto adicto a la ignorancia, apasionado en no saber.
Si se cree haber
avanzado tanto en las neurociencias sobre ese síntoma que
es la depresión, es porque se necesita algo adecuado para
esa denuncia del sujeto, que se presenta bajo los signos
de una apatía pertinaz. La geografía del mundo se tiñe de
hombres abatidos, quemados se dice, que renuncian
a las exigencias de un amo globalizado. Estos van a dar
al casillero de una nosografía difusa, que los encasilla
en un déficit de la voluntad. La nueva patología, dice la
Organización Mundial de la Salud, ya es pandemia.
Este abatimiento
que es queja silenciosa, cifra en el padecimiento un decir
que no puede verbalizarse; y si tiene un valor calificarlo
de pandemia, es porque el fenómeno debe tomarse como signo
de la época. Como señala C. Soler: un síntoma costoso que
dificulta el buen funcionamiento, que grava la sociedad
y desafía las políticas de salud.
La pose de desafío
que adquiere entonces ese ser enfermo de abatimiento, es
rechazado por el discurso capitalista. En una civilización
que privilegia el exitismo no hay lugar para el deprimido.
Rechazo del ser abatido que ha bajado los brazos
y rechazo además de que es el mismo discurso capitalista
actual, el que engendra a sus enfermos. Por otro lado –agrega
C. Soler-, el sujeto que no cede a su depresión irrita,
no solamente porque hace fracasar los esfuerzos más abnegados.
Es que se transforma en prueba de otra cosa: que más allá
de la impotencia de los argumentos, así como de la inadecuación
de las tentativas de persuasión, mal que le pese al cognitivista,
devela lateralmente el sin razón del apego al mundo. Al
modo del joven Bartleby de H. Melville, repite I prefer
not to, y se hace signo de ese poco de voluntad que
cobra la forma de un evadirse del mundo.
Para acallar el
síntoma de la época un batallón de psicofármacos para seguir
durmiendo. Y por qué no, anunciar la muerte del Psiconálisis,
en cuya insidiosa persistencia, demuestra como enseñara
J. Lacan «las consecuencias éticas que entraña la relación
con el inconsciente tal como lo descubrió Freud». La voluntad
del Amo es silenciar aquello que denuncia su impostura;
el Psicoanálisis retoma al sujeto en su dimensión ética,
para devolverle su libertad que no es sin la responsabilidad
sobre las consecuencias de sus actos; mínima condición que
el Amo brega por desconocer.
Por Claudio Barbará