La historia de la humanidad
es la historia de una casi permanente enemistad entre
los humanos. Y toda época tiene y ha tenido sus propios
enemigos. Y ha sido durante la
modernidad cuando este espectro ha crecido y ha tomado
diferentes matices; en su momento se trato del fascismo,
durante la guerra fría fueron los comunistas. Ahora,
los terroristas son los nuevos enemigos.
Actualmente se
habla de terrorismo en cualquier reglamentación legal
que pretenda darse en algún país. Lo acontecido en Londres
en julio, los permanentes ataques en la ocupada Irak,
ha de ser, se nos dice, la muestra más reciente de que
estos personajes siniestros detentan la categoría de dueños
del mal. Si no fuera por la evidencia de que lo sucedido
a New Orleáns fue por causas inevitables (aunque obviamente
muchas de sus consecuencias pudieron preverse) de la madre
naturaleza, se sumaria a esta ya larga lista.
Toda esta situación
nos remite a preguntarnos insistentemente quiénes son
“ellos”. Y eso es precisamente lo difícil de establecer.
El que a ciertas organizaciones se las determine o no
como terroristas suele ser casi siempre una decisión motivada
por la política. Las mismas Naciones Unidas, a pesar de
sus condenas al terrorismo, no logran ponerse de acuerdo
para definir el término.
Las “definiciones
oficiales” del terrorismo han terminado siendo poco persuasivas.
Según la definición del Congreso de los Estados Unidos,
el terrorismo ha de incluir como motivación, la intención
de coaccionar o intimidar a una población o influir en
un gobierno. Pero si nos atenemos a eso, no necesariamente
estarían contemplados los ataques terroristas de septiembre
de 2001. Si los secuestradores hubieran estado motivados
por el hecho de matar infieles, sus actos no entrarían
en la definición del Congreso.
Es obvio además
el error de definir el terrorismo de la misma forma en
que se define el robo o el asesinato. Son muchos los puntos
de controversia. Una mejor perspectiva podría ser la de
identificar los temas que surgen cuando se piensa en el
terrorismo y explicar por qué la gente experimenta miedo
a partir de ciertos actos de violencia. Entonces se puede
definir el terrorismo con referencia a todas esas variables,
sin que sea una de ellas la irrefutable.
La controversia
se suscita cuando hablamos de la identidad de las víctimas,
los autores y la relevancia de la causa. ¿Necesariamente
han de ser civiles las víctimas del terrorismo? Algunos
lo creen así, pero Al Qaeda voló el USS Cole, y el conjunto
de la gente termino considerando el asesinato de los marinos
como un ataque terrorista. Tal lógica se aplica a las
directrices para los tribunales militares del presidente
Bush, los cuales dan el mismo trato a quienes atacan a
militares o a civiles.
La misma pregunta
surge cuando hablamos sobre los autores. ¿Pueden ser los
terroristas soldados o agentes de un Estado? Los Estados
islámicos representados en la ONU están en favor de esta
postura, y uno tendería a darles la razón. La Corte Penal
Internacional enjuicia a jefes de Estado por crímenes
de guerra. Siguiendo esa lógica, los funcionarios de un
Estado deben cargar con la responsabilidad por actos de
terrorismo realizados durante su administración.
El asunto más
polémico para puntualizar qué es el terrorismo se manifiesta
en la consigna: "terrorista para unos, luchador por
la libertad para otros". La dificultad es tener claro
si una buena causa justifica medios aterradores. Algunos
estados islámicos defienden que así es, lo que los enfrenta
a la opinión de Occidente.
Tengamos en claro
que quienes se deciden por hacer uso del terrorismo siempre
creen que su causa lo justifica, ya que el fin es justo.
A veces lo es, y a veces no. Esa visión será siempre relativa.
De seguro que a los estadounidenses no les le gustaría
que se tachara de acto de agresión terrorista en contra
de bienes británicos, al Motín del Té de Boston. Ni los
franceses admitirían que se describiera a los maquisards
de la Resistencia como terroristas. Sin embargo, en ambas
situaciones se cometieron actos de violencia en contra
de bienes y personas, y por lo mismo entran dentro de
las características convencionales con las cuales se busca
definir el terrorismo.
Surge entonces
la pregunta: ¿Hablamos entonces de la existencia de buen
terrorismo y mal terrorismo? Para algunos, el origen y
la finalidad política cuenta mucho, pero como hemos visto,
en apenas unos cuantos casos históricos la mayoría de
la gente no logra ponerse de acuerdo.
En este fenómeno,
quedan claras incomodas preguntas: ¿por qué ha de ser
diferente el terrorismo? ¿Por qué demanda una definición
especial? ¿Por qué esta forma de violencia nos asusta
más que otros actos delictivos? Una de las razones es
que el terrorismo se caracteriza por ser una actividad
organizada. En julio de 2002, cuando un egipcio abrió
fuego y mató a dos personas que esperaban en el mostrador
de El Al en el aeropuerto internacional de Los Angeles,
el FBI determinó que el sospechoso no era terrorista porque
actuó solo. Los terroristas están organizados, y la organización
o grupo puede continuar después de la captura de un individuo.
Eso suele hacerlos más aterradores que los delincuentes
ordinarios.
Otra razón que
explica nuestro mayor miedo al terrorismo es que, mientras
que los delincuentes ordinarios prefieren la reserva,
los terroristas anhelan la publicidad. El terrorismo para
cumplir con su cuota de eficiencia siempre acapara los
titulares. Es imprevisto, y tiene una gran capacidad para
generar conmoción. Como en una buena obra de teatro, el
terrorismo siempre representa algún drama moral, y para
infundir terror en la mentalidad pública, los terroristas
tienen que actuar en público, sin culpas y sin remordimientos.
Pero tratemos
de definir los ataques del 11 de septiembre de 2001 como
terrorismo utilizando la fórmula siguiente: un ataque
público, violento y organizado, por entidades privadas,
contra otros civiles, sin remordimientos, sin importar
la justicia de la causa. Sigue habiendo problemas, porque
hay ejemplos que van en contra de cada una de esas seis
dimensiones.
A veces las víctimas
son militares y los autores son Estados; a veces la causa
parece justa, y a veces una persona con suficientes armas
pero sin organización puede desencadenar el terror. Después
del 11 de septiembre, se propago que existían unas supuestas
conspiraciones para enviar cartas con ántrax, y eso logro
provocar un terror individual en algunas ciudades. Además
encontramos casos de algunos terroristas que sienten culpa
y remordimiento por sus actos.
Esos ejemplos
no deben sorprender. Muchas definiciones se enfrentan
a este problema. Tal vez nos sirva un poco acercarnos
a lo que el gran filósofo del siglo XX, Ludwig Wittgenstein
propuso, al buscar un enfoque diferente para las definiciones
problemáticas: explicar los conceptos mediante una analogía
con "parecidos familiares". Los miembros de
una familia pueden compartir muchas características físicas,
como la estatura, el color de la piel o del cabello. Cada
uno puede compartir con otros miembros algunos de los
rasgos comunes, pero no todos. Puede no haber una característica
común, pero a todos se les identifica fácilmente como
miembros de la misma familia.
Lo mismo podemos
decir del terrorismo. Al menos seis características son
relevantes, pero hay excepciones para cada una. Las definiciones
complejas con excepciones incluidas pueden hacer que los
abogados se sientan incómodos, pero en el mundo real,
éste de ahora, tal vez son lo mejor que podemos idear.
Por Mery
Castillo-Amigo *
* Filósofa y analista
socia