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¿Cómo definir a los nuevos enemigos

Por Mery Castillo-Amigo *

*Filósofa Social


La historia de la humanidad es la historia de una casi permanente enemistad entre los humanos. Y toda época tiene y ha tenido sus propios enemigos. Y ha sido durante la modernidad cuando este espectro ha crecido y ha tomado diferentes matices; en su momento se trato del fascismo, durante la guerra fría fueron los comunistas. Ahora, los terroristas son los nuevos enemigos.

Actualmente se habla de terrorismo en cualquier reglamentación legal que pretenda darse en algún país. Lo acontecido en Londres en julio, los permanentes ataques en la ocupada Irak, ha de ser, se nos dice, la muestra más reciente de que estos personajes siniestros detentan la categoría de dueños del mal. Si no fuera por la evidencia de que lo sucedido a New Orleáns fue por causas inevitables (aunque obviamente muchas de sus consecuencias pudieron preverse) de la madre naturaleza, se sumaria a esta ya larga lista.

Toda esta situación nos remite a preguntarnos insistentemente quiénes son “ellos”. Y eso es precisamente lo difícil de establecer. El que a ciertas organizaciones se las determine o no como terroristas suele ser casi siempre una decisión motivada por la política. Las mismas Naciones Unidas, a pesar de sus condenas al terrorismo, no logran ponerse de acuerdo para definir el término.

Las “definiciones oficiales” del terrorismo han terminado siendo poco persuasivas. Según la definición del Congreso de los Estados Unidos, el terrorismo ha de incluir como motivación, la intención de coaccionar o intimidar a una población o influir en un gobierno. Pero si nos atenemos a eso, no necesariamente estarían contemplados los ataques terroristas de septiembre de  2001. Si los secuestradores hubieran estado motivados por el hecho de matar infieles, sus actos no entrarían en la definición del Congreso.   

Es obvio además el error de definir el terrorismo de la misma forma en que se define el robo o el asesinato. Son muchos los puntos de controversia. Una mejor perspectiva podría ser la de identificar los temas que surgen cuando se piensa en el terrorismo y explicar por qué la gente experimenta miedo a partir de ciertos actos de violencia. Entonces se puede definir el terrorismo con referencia a todas esas variables, sin que sea una de ellas la irrefutable.

La controversia se suscita cuando hablamos de la identidad de las víctimas, los autores y la relevancia de la causa. ¿Necesariamente han de ser civiles las víctimas del terrorismo? Algunos lo creen así, pero Al Qaeda voló el USS Cole, y el conjunto de la gente termino considerando el asesinato de los marinos como un ataque terrorista. Tal lógica se aplica a las directrices para los tribunales militares del presidente Bush, los cuales dan el mismo trato a quienes atacan a militares o a civiles.

La misma pregunta surge cuando hablamos sobre los autores. ¿Pueden ser los terroristas soldados o agentes de un Estado? Los Estados islámicos representados en la ONU están en favor de esta postura, y uno tendería a darles la razón. La Corte Penal Internacional enjuicia a jefes de Estado por crímenes de guerra. Siguiendo esa lógica, los funcionarios de un Estado deben cargar con la responsabilidad por actos de terrorismo realizados durante su administración.

El asunto más polémico para puntualizar qué es el terrorismo se manifiesta en la consigna: "terrorista para unos, luchador por la libertad para otros". La dificultad es tener claro si una buena causa justifica medios aterradores. Algunos estados islámicos defienden que así es, lo que los enfrenta a la opinión de Occidente.

Tengamos en claro que quienes se deciden por hacer uso del terrorismo siempre creen que su causa lo justifica, ya que el fin es justo. A veces lo es, y a veces no. Esa visión será siempre relativa. De seguro que a los estadounidenses no les le gustaría que se tachara de acto de agresión terrorista en contra de bienes británicos, al Motín del Té de Boston. Ni los franceses admitirían que se describiera a los maquisards de la Resistencia como terroristas. Sin embargo, en ambas situaciones se cometieron actos de violencia en contra de bienes y personas, y por lo mismo entran dentro de las características convencionales con las cuales se busca definir el terrorismo.

Surge entonces la pregunta: ¿Hablamos entonces de la existencia de buen terrorismo y mal terrorismo? Para algunos, el origen y la finalidad política cuenta mucho, pero como hemos visto, en apenas unos cuantos casos históricos la mayoría de la gente no logra ponerse de acuerdo.

En este fenómeno, quedan claras incomodas preguntas: ¿por qué ha de ser diferente el terrorismo? ¿Por qué demanda una definición especial? ¿Por qué esta forma de violencia nos asusta más que otros actos delictivos? Una de las razones es que el terrorismo se caracteriza por ser una actividad organizada. En julio de 2002, cuando un egipcio abrió fuego y mató a dos personas que esperaban en el mostrador de El Al en el aeropuerto internacional de Los Angeles, el FBI determinó que el sospechoso no era terrorista porque actuó solo. Los terroristas están organizados, y la organización o grupo puede continuar después de la captura de un individuo. Eso suele hacerlos más aterradores que los delincuentes ordinarios.

Otra razón que explica nuestro mayor miedo al terrorismo es que, mientras que los delincuentes ordinarios prefieren la reserva, los terroristas anhelan la publicidad. El terrorismo para cumplir con su cuota de eficiencia siempre acapara los titulares. Es imprevisto, y tiene una gran capacidad para generar conmoción. Como en una buena obra de teatro, el terrorismo siempre representa algún drama moral, y para infundir terror en la mentalidad pública, los terroristas tienen que actuar en público, sin culpas y sin remordimientos.

Pero tratemos de definir los ataques del 11 de septiembre de 2001 como terrorismo utilizando la fórmula siguiente: un ataque público, violento y organizado, por entidades privadas, contra otros civiles, sin remordimientos, sin importar la justicia de la causa. Sigue habiendo problemas, porque hay ejemplos que van en contra de cada una de esas seis dimensiones.

A veces las víctimas son militares y los autores son Estados; a veces la causa parece justa, y a veces una persona con suficientes armas pero sin organización puede desencadenar el terror. Después del 11 de septiembre, se propago que existían unas supuestas conspiraciones para enviar cartas con ántrax, y eso logro provocar un terror individual en algunas ciudades. Además encontramos casos de algunos terroristas que sienten culpa y remordimiento por sus actos.

Esos ejemplos no deben sorprender. Muchas definiciones se enfrentan a este problema. Tal vez nos sirva un poco acercarnos a lo que el gran filósofo del siglo XX, Ludwig Wittgenstein propuso, al buscar un enfoque diferente para las definiciones problemáticas: explicar los conceptos mediante una analogía con "parecidos familiares". Los miembros de una familia pueden compartir muchas características físicas, como la estatura, el color de la piel o del cabello. Cada uno puede compartir con otros miembros algunos de los rasgos comunes, pero no todos. Puede no haber una característica común, pero a todos se les identifica fácilmente como miembros de la misma familia.

Lo mismo podemos decir del terrorismo. Al menos seis características son relevantes, pero hay excepciones para cada una. Las definiciones complejas con excepciones incluidas pueden hacer que los abogados se sientan incómodos, pero en el mundo real, éste de ahora, tal vez son lo mejor que podemos idear.

Por Mery Castillo-Amigo *

* Filósofa y analista socia


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