El
funcionario que funciona
No hay mucho que agregar a
los textos [1][2]
que a continuación se publican. Pero la ética del honor
vuelven estas líneas necesarias.
Horacio González es un intelectual
que siempre ha querido promover el debate en torno a la
cultura por fuera de los encumbrados y crípticos lugares
del saber, y en ese sentido a deseado volver más dinámica
la relación, por ejemplo, entre Universidad, docentes
y alumnos. Ha tratado que “la clase” no se convierta
en ese tiempo-lugar que transcurre hacia el interior de
las panópticas aulas de las facultades. Ha intentado mediante
un rico y poético – diría casi romántico – lenguaje, hacer
de la reflexión y el pensamiento una experiencia todavía
invalorable. De hecho durante este año en que la Biblioteca
fue dirigida por Elvio Vitali y Horacio González, se llevaron
a cabo charlas, debates, manifestaciones artísticas que
sin duda acercaron al público a la Biblioteca por primera
vez.
Pero claro, Horacio González
no es un bibliotecario pulcro. Es un funcionario que funciona.
Es quien recoge el linaje de Mariano Moreno, Paul Grousacc
y Borges. Es quien ha intentado, desde la Vicedirección,
y ahora, desde la Dirección de la Biblioteca Nacional,
transformar a ésta en un lugar de encuentro con la pasión,
la reflexión y el debate. Es decir, ha desterritorializado
la función de mausoleo silencioso y solemne de la Biblioteca
para devolver el pensamiento al lugar al que pertenece:
el de las preguntas y las incertezas. Ha logrado, por
fin, lo que yo llamo la inversión del vértigo.
Conrado Yasenza
Octubre de 2005.
PALABRAS ANTERIORES
A “MENSAJE A LOS AMIGOS” <inicio>
POR HORACIO GONZÁLEZ
Cuando se me ocurrió escribir
esta carta fue porque consideré que era objeto de una acción
totalmente injustificada para que no asumiera la dirección
de la Biblioteca Nacional. Por supuesto, para ese futuro
cargo, estoy indicado por el actual director, Elvio Vitali,
y por el secretario de Cultura, José Nun. Y debo recordar
que cuando comencé mi tarea en ella, fue por una sugestión,
entre otros varios nombres considerados, del propio presidente.
Ahora bien, hice un trabajo cultural importante, aunque
me mantuve relativamente ajeno a las tareas relativas al
ordenamiento administrativo, técnico y catalográfico de
la Biblioteca. No eran de mi competencia, aunque las apoyé
constantemente. Efectivamente, intenté varias discusiones
que me parecieron pertinentes sobre el modo en que deben
incorporarse las tecnologías informáticas, adoptándolas
sin crear nuevos poderes disciplinarios, sino con un estilo
de aclimatación que las haga tan necesarias como operativas
en una escala de democracia laboral y lenguaje tecnológico
ajeno a usos crípticos. Queda pendiente relacionar creativamente
los trabajos de actualización técnica, de gestión de las
relaciones interpersonales, de construcción cultural y de
difusión sensible del rico patrimonio acumulado. ¿Hay algún
misterio aquí? Ninguno. Solo que por creérseme una persona
ajena al mundo bibliotecológo, una nota periodística que
no pasa de una jugada de oportunidad, me indica como no
preparado para este desafío y sin averiguaciones adecuadas
arroja la idea de que soy incierto, que abro interrogantes,
que no se me apoya. Prosas sibilinas, amigo Conrado. Te
escribo esto porque han tocado esa cuerda indefinible que
Hegel llamó "la quintaesencia de la vulnerabilidad".
El honor. Así que estoy reaccionando. Si releyese lo que
te escribo, parecería un texto absurdo. Un carrerista. Quiere
un cargo. No amigo Conrado, como siempre, no hay nada de
eso. Salgo en "mi defensa" y pongo esta situación
también en manos de mis amigos, porque lo considero un relevante
tema político. Sin embargo: ¿Seré un vanidoso más, y mis
ámbitos de fraternidad y actuación común no lo sabían? ¿Me
estoy autopostulando como héroe civil? ¿Hago la crónica
de los dimes y diretes de las operaciones políticas de recambio,
siempre acompañadas de atmósferas de cierta intriga? ¿Me
gusta dar órdenes desde una poltrona y jactarme de que soy
funcionario? Nada de eso. ¡Si en vista de que estoy indicado
para esa silla que parece que es legenadaria -claro, lo
es-, sería más cómodo no decir nada y apenas aguantar hasta
el final que hagan su tarea el modesto coro de conspiradores!
Pero no soy así. Encaré el bravo mundo del "funcionario"
practicando temas de índole libertaria. Es así. Me gusta
el debate y las posiciones que se miden en términos de respeto,
a pesar de que deba llegarse al límite. Convoco a ese
debate. Llamo en verdad a que la Biblioteca Nacional readquiera
el prestigio de ser una experiencia de acopio técnico, moral
e intelectual no solo de todo lo que se edita en el país
y sobre el país, sino que sus depósitos bien cuidados hablen
nuevamente, y hagan escuchar en la penumbra bien temperada
la voz que llame a los lectores, y con los lectores, la
creación de espacios de cultura renovados, lúcidos, generosos,
inspiradores de textos e investigaciones. El rigor en la
preservación debe relacionarse con la vivacidad en la circulación.
Construir una hasta ahora faltante "bibliografía nacional"
debe ser una tarea urgente, a la cual llamamos a los especialistas
para que sea el próximo paso luego del inventario general
de las pertenencias. Bueno, Conrado: no quiero extenderme
más. No sé si en medio de los dilemas del país, la masacre
de presos o las vidas aún golpeadas y agrietadas por la
injusticia, si este es un dilema prioritario. Pero sospecho
que si esto no fuera importante, también importaría menos
introducir horizontes humanos renovados en todos los lugares
donde hay sufrimiento y pobreza. Querido amigo: un abrazo.
Horacio González.
"MENSAJE
A LOS AMIGOS"
(Carta abierta de Horacio González)<inicio>
Hace casi un año y medio,
se me pidió que me hiciera cargo de la subdirección de la
Biblioteca nacional, acompañando a Elvio Vitali, nombrado
director. Como es sabido Elvio se retirará en el mes de
diciembre de este año, por imperio de las funciones de legislador
que tomará próximamente. Por indicación de José Nun a partir
de una propuesta de Elvio, indicación ya hecha pública,
yo asumiría la dirección de la Biblioteca, acompañando por
Horacio Tarcus en la subdirección. Desde que se informó
de este anuncio, no han cesado de desencadenarse sobre
mí una serie de ataques oscuros e innominados, que en su
mayoría, por cobrar forma anónima y emanar de una sumidero
de incalificable miseria moral, no son dignos de respuesta.
Pero sí es posible
responder las opiniones muy parciales que provienen del
modo en que una periodista del diario La Nación –diario
con el que mantengo respetuosas diferencias- ha tratado
la situación. Me impongo entonces la tarea de aclararle
a mis amigos –y al mismo tiempo reclamarles intervención
activa en este asunto de profundo interés para la cultura
nacional-, cuales son mis concepciones y compromisos en
torno a la Biblioteca Nacional.
Concibo a la Biblioteca
Nacional como un complejo simbólico que contiene variadas
dimensiones técnicas, informáticas, culturales, lecturales
e incluso escénicas, pues hay dramas de lectura y de uso
de la palabra que en ella hay también que preservar. La
Biblioteca Nacional puede ser una usina, un monasterio,
una mina, una sala de lectura, una cinta de montaje catalográfica,
un tesoro de incunables universales y latinoamericanos,
un cenotafio donde descansan amarillos papeles que un lector
futuro consultará. Puede ser y todo eso es. Pero principalmente
es una deuda científico-técnica en torno a la preservación
bibliográfica y un compromiso inmediato de forjar tanto
una bibliografía nacional, como un cauce de nuevas investigaciones
y una profusión de lectores calificados nuevos.
¡Es el lugar donde
estuvieron Mariano Moreno, Borges y Groussac! ¿No dice nada
esto? Es decir, estamos ante la máxima expresión institucional
del compromiso intelectual argentino. El compromiso con
la tecnologías de acopio, difusión, conservación y reaglutinamiento
de sus tesoros, solo tiene todo por ganar si recuerda los
orígenes y pasado legendario de la Biblioteca Nacional.
¡Es también una colección de nombres venerables, no olvidados,
pero en verdad no solicitados ni frecuentados! Es absurdo
que se nos obligue a optar por “centro cultural” o “técnica
bibliotecaria”. Nunca reduje el problema a estos términos
simplistas, que solo sirven como excusa para a pequeños
juegos de posicionamiento. Esos juegos no los desconozco.
No me preocupan.
Pero debo aclararle
a mis amigos la incomprensible acción de desprestigio que
se desencadenó sobre mí por el único hecho de que quise
plantear una modernización bibliotecaria íntimamente relacionada
con los legados culturales fundamentales del país. Solo
pequeños intereses y entumecidas perspectivas podrían pensar
disociadamente el problema de la Biblioteca Nacional. Abramos
un gran debate sobre ella, entre bibliotecarios, investigadores,
técnicos, escritores, funcionarios, pues se juega el destino
de esta casa, que es testigo de testigos, lectora de lectores,
investigadora de investigadores.
Sé que muchas críticas
son sinceras, pero si previamente no se informan sobre mis
verdaderas convicciones corren el riesgo de crear un ambiente
de aprehensión sobre el destino de la principal biblioteca
argentina, y la más ligada a los compromisos intelectuales
que deben volcarse sobre el conjunto de la historia nacional
de la cultura, de la lectura y del contacto vivo con los
libros. Nunca dije que era más importante hacer un concierto
o una conferencia que volcar hacia los lectores reales y
los que debemos aún crear, el vasto patrimonio bibliotecario
disponible. Es tarea pendiente recrear un corazón bibliotecario
donde se integran coherentemente los acervos bibliográficos,
las publicaciones de las sagas bibliográficas y las actividades
culturales no abstractas ni ajenas, sino vinculadas a la
cultura del libro. ¡Por otra parte, construyamos la Bibliografía
Nacional, aún inexistente!
La periodista de
La Nación me imagina sin saberes administrativos
o enamorado de vagos centros culturales. No es así, y si
alguien vinculado a la Biblioteca supone que debe renunciar
porque yo mantengo lo que realmente no mantengo o que pienso
lo que realmente no pienso, no contribuye efectivamente
a la recreación de una gran Biblioteca Nacional, pública,
democrática, viva, que traiga y cree investigadores y lectores.
La tarea es larga y no es propicio renunciar ni crear escenas
de renuncia. Vengan y vuelvan todos. Me parece que un planteo
periodístico inadecuado supone no ver que no soy un “culturalista”
sin raíces en la vida real sino que defiendo una cultura
vital, que tenga bases técnicas adecuadas, formas de trabajo
creadoras, justicia en el reconocimiento de las tareas y
democracia en los tratos diarios sin antinomias antiguas
e infudamentadas (como la del “intelectual” sin “cultura
técnica”).
Demostré incansablemente
que no es así y solo menguados corporativismos podrían no
reconocerlo. Me preocupan menos estas pequeñas campañas
de módica denigración, que la posibilidad de que mis amigos
crean que me han desmoralizado. No. Hemos recreado una cultura
activa en la Biblioteca que muchos insisten en desconocer,
lo que implicó una movilización formidable en nueva circulación
de personas, de ideas, de publicaciones –el último número
de la última revista La Biblioteca incidirá notablemente
en el debate filosófico argentino-, y que no solo no es
incompatible con la cultura técnica sino que se alimenta
mutuamente con ella. ¿Cómo es posible estar tan desatento
a estas realidades intelectuales y cambiarlas por dos o
tres chicanas intrascendentes? Una Biblioteca no puede ser
un lugar disminuido de ideas. Ninguna puede serlo. Mucho
más la Biblioteca Nacional. ¡Que no falten ideas y que no
sobren crueles anónimos, torpes intrigas y pequeñas rencillas!
Ante cada manifestación
de éstas se aleja el proyecto de Biblioteca Nacional avanzada,
moderna, vital y en movimiento que deseamos. Querido amigos:
los llamo a defender, frente a opiniones de trastienda,
la enorme tarea cultural que se ha realizado y que no debemos
permitir que se la trate de enfrentar con la digna cultura
bibliotecaria argentina, cuya profesión bibliotecaria nos
parece fundamental en esta hora, y que debe manifestar
su valor cultural y sapiente a través de una gran discusión
sin minúsculos juego de oportunidad. Es posible decir que
nunca antes hubo una Biblioteca Nacional con tan calificadas
expresiones de la cultura contemporánea. ¡Pierde el país
si no se reconoce eso! Y con precupación, veo que se pasa
de lado la gran tarea realizada en ese campo, con el pretexto
de que “no es bibliotecaria”. Nadie gana con esta estrechez,
y el verdadero cuerpo de ideas sobre la tecnología eficiente
que recree nuestras Bibliotecas, es el primer interesado
para este reconocimiento se haga. Reclamo que cesen las
miradas pequeñas. Todo lo hecho es importante y no puede
enfrentárselo en nombre de comidillas y platos recalentados
de políticas avaras.
Llamo a los bibliotecarios
argentinos a tomar en sus manos este debate. Invito a mis
amigos a pronunciarse en torno a esta cuestión: una Biblioteca
Nacional autoreflexiva y no conspirativa, una Biblioteca
Nacional de trabajo creativo y memorable para la bibliotecología
argentina. Volvamos todos a la Biblioteca Nacional, a continuar
con las tareas ya realizadas de investigación técnica sobre
su patrimonio, para ofrecerlo en las condiciones más eximias
al pueblo lector y a los investigadores munidos de los más
eficientes instrumentos de trabajo que puedan concebirse:
una Biblioteca lúcida para responder por ella misma, para
ofrecer lo que de ella se necesita, para mostrar que sabe
lo que tiene y lo que ofrece, para enriquecernos entre todos
con fructíferos compromisos y discusiones, fuera de usos
vicarios y de infundadas interpretaciones.
Horacio González