Alguna vez León Rozitchner
me dijo que el Poder siempre intenta hacernos pensar con
y desde sus categorías. Bien, he escuchado y visto
los tan promocionados debates televisivos sobre las elecciones
legislativas, las cuales se celebraron en el presente mes
de Octubre, y me he encontrado con la más ramplona
y vulgar imitación del arte de simular. He sentido
cómo los discursos clausuran, en la parodización
de la parodia, la posibilidad de darle sentido a la palabra
y a la representación de la realidad a través
de ella; he vuelto a encontrarme con los mismos recursos
y chicaneos del vetusto modo de emprender el acto político,
agotado ya en la más misérrima y asfixiante
picardía: la ausente de astucia e inteligencia, la
que apela a los internismos que arrasan el campo de la esperanza
mediante electrodomésticos y cheques.
He visto que el debate hace tiempo que ha dejado de ser
políticamente ideológico para convertirse
en un debate políticamente demagogo. Invasión
discursiva sobre tópicos de campaña: la educación,
el trabajo, la seguridad / inseguridad. Elementos esenciales
para la organización social cancelados en su posibilidad
de representación simbólica por el pícaro
vaciamiento de sus potencialidades de realidad. Esto se
sabe: nuestra sociedad es la hija engendrada desde un profundo
deseo de desigualdad. Desigualdad, madre de todos nuestros
pesares, desnuda razón de ser de nuestro trágico
chiste político: la demagogia. Y este ha sido y es
el anuncio más importante del mes: El gran debate
televisivo sobre las elecciones. Gran debate que se ha convertido
en una especie de Gran Hermano televisado por el Gran Multimedio
auspiciante.
El Poder se ha hermanado definitivamente con los demagogos
de la política. Juntos han logrado crearnos, a través
del miedo al abismo, la necesidad de votar sabiendo que
la pantomima de la elección mantiene el status quo
del mismo poder. Han creado esta especie de jaula de metal
de la que nos resulta totalmente improbable escapar aún
sabiendo que la puerta está abierta. Y quizá
esta inutilidad de las propuestas, de los discursos y hasta
de la votación, es lo que nos arroja a pensar si
no es hora de experimentar y desarrollar cuerpos políticos
autónomos de esta vieja / nueva manera de hacer política.
Es un desafío complejo y que para colmo ya cuenta
con el antecedente no muy promisorio de las asambleas del
2001. Pero algo de aquella experiencia hay que recuperar.
Un cuerpo que invierta el temor al abismo y lo conmute en
un nuevo Poder que genere en la burocracia demagógica
de la política la sensación de que el aturdimiento
ha comenzado a cesar. Un canto paralelo que no sucumba ante
el actual reinado de la desesperanza y la cruel utilización
de la desigualdad.
Conrado Yasenza
Octubre de 2005