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La Argentina Demagoga

por Conrado Yasenza

 

Ilustración: Gentileza de León Ferrari


Alguna vez León Rozitchner me dijo que el Poder siempre intenta hacernos pensar con y desde sus categorías. Bien, he escuchado y visto los tan promocionados debates televisivos sobre las elecciones legislativas, las cuales se celebraron en el presente mes de Octubre, y me he encontrado con la más ramplona y vulgar imitación del arte de simular. He sentido cómo los discursos clausuran, en la parodización de la parodia, la posibilidad de darle sentido a la palabra y a la representación de la realidad a través de ella; he vuelto a encontrarme con los mismos recursos y chicaneos del vetusto modo de emprender el acto político, agotado ya en la más misérrima y asfixiante picardía: la ausente de astucia e inteligencia, la que apela a los internismos que arrasan el campo de la esperanza mediante electrodomésticos y cheques.
He visto que el debate hace tiempo que ha dejado de ser políticamente ideológico para convertirse en un debate políticamente demagogo. Invasión discursiva sobre tópicos de campaña: la educación, el trabajo, la seguridad / inseguridad. Elementos esenciales para la organización social cancelados en su posibilidad de representación simbólica por el pícaro vaciamiento de sus potencialidades de realidad. Esto se sabe: nuestra sociedad es la hija engendrada desde un profundo deseo de desigualdad. Desigualdad, madre de todos nuestros pesares, desnuda razón de ser de nuestro trágico chiste político: la demagogia. Y este ha sido y es el anuncio más importante del mes: El gran debate televisivo sobre las elecciones. Gran debate que se ha convertido en una especie de Gran Hermano televisado por el Gran Multimedio auspiciante.
El Poder se ha hermanado definitivamente con los demagogos de la política. Juntos han logrado crearnos, a través del miedo al abismo, la necesidad de votar sabiendo que la pantomima de la elección mantiene el status quo del mismo poder. Han creado esta especie de jaula de metal de la que nos resulta totalmente improbable escapar aún sabiendo que la puerta está abierta. Y quizá esta inutilidad de las propuestas, de los discursos y hasta de la votación, es lo que nos arroja a pensar si no es hora de experimentar y desarrollar cuerpos políticos autónomos de esta vieja / nueva manera de hacer política.
Es un desafío complejo y que para colmo ya cuenta con el antecedente no muy promisorio de las asambleas del 2001. Pero algo de aquella experiencia hay que recuperar. Un cuerpo que invierta el temor al abismo y lo conmute en un nuevo Poder que genere en la burocracia demagógica de la política la sensación de que el aturdimiento ha comenzado a cesar. Un canto paralelo que no sucumba ante el actual reinado de la desesperanza y la cruel utilización de la desigualdad.

Conrado Yasenza
Octubre de 2005



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