Un ruido, sobre cómo hablar
de los ferrocarriles, empezó a zumbar.
Fotografía: Lila María Quiroz
Se oyeron esas palabras de
Pablo Alabarces, en su artículo la bengala perdida, el
aguante y la academia: “es difícil desprenderse del
dolor y la indignación para hablar de ese 30 de diciembre.
Aunque sea un requisito elemental para analizar cualquier
cosa, es difícil recuperar la distancia y la crítica para
hablar de esto. Antes que sociólogo o analista, soy padre,
padre de dos roqueros… (sin embargo) cada escena
y cada dato me regresan al dolor y a la bronca…pero se
me pide que opine como crítico, y no como víctima”.
Me esforcé por escuchar que
antes venía primero para hablar del ferrocarril: si el
de socióloga o analista, si ese segundo siglístico de
silencio que dejó la opción de mi viejo, de despedida
de la vida luego del despido laboral ferroviario, si
el de usuaria de un tren decadente, si el cúmulo de imágenes
y sensaciones ante cada foto real, si el ser una “ciudadana”
de una nación a la mitad, y la verdad… era todo a la vez.
Me pregunté entonces, si debía desprenderme de algo, para
ver la realidad objetivamente, es decir, para verla, pero
me pareció una exquisitez que no daba con el sabor de
las palabras enredadas en un pogo de voces en el intento
justamente, de hablar, de tomar la palabra.
¿Qué palabras? Porque, si lo real de una situación andrajosa,
se vislumbra mejor en los estudios a distancia que apelan
a los nomencladores de las palabras científicas, o con
la voz interna y por eso legítima, que viene desde las
distintas jergas, puede ser insoportable que los “soportes
reales de la historia” se hablen con estilos aligerados,
es decir, alegorizados y con la fuerza de las reflexiones
místicas. Para algunos, especie de foto movida que nos
devuelve una imagen poco certera de “la cosa”.
Así que, las palabras, como junta que va mas allá de la materia,
asaltan “las razones”, en un mismo parto de opresión,
la personal que se debate entre diferentes sutilezas y
evidencias y “la real” que deja ver un país a medias.
En los textos de Raúl Scalabrini Ortiz, de minucioso trabajo
sobre la malla ferroviaria, se vislumbra también, la palabra
de un agrimensor, tal vez un poco ¿abrumado? por “la
metafísica de la consubstanciación con la tierra”
lo que por momentos provoca para algunas de las voces
críticas de su momento, la inscripción de la molesta palabra
movida. Esa que, inquieta por la idea de volver a la realidad,
camina sigilosa y cronométrica por el trazado colonial
de la red ferroviaria y todas sus matufias, en una misma
perspectiva que a la vez que ausculta a los pueblos desde
el suelo y los balances con el detalle de los números
que pesan, miden y tasan también se desboca en la escucha
de un espíritu nacional, de una “casi inasible pulsación
que los pueblos tienen en su esperanza” en el decir
de una inclinación casi mística trenzada a la posibilidad
de la configuración de los lazos económicos en un destino
común, en un proyecto de emancipación nacional.
Talleres
Liniers y Laguna Paiva
¿Qué pueden tener en común una abeja migratoria y un gusano
de ciudad? Mas precisamente, una abeja venida desde Laguna
Paiva y un gusano reptante entre el óxido viejo de los
talleres ferroviarios linierenses.
Una abeja se encuentra con un gusano de ciudad.
¿Por qué gusanos?
De alguna u otra forma, hablar del ferrocarril es hablar de
basura, sí, de chatarra, máquinas abandonadas, y todo
lo que sobrevivió al despojo, que aflora como mina de
hierro por todo el terreno. Si hoy hiciéramos un inventario
contable -el que no se hizo al entregarles semejante material
a las empresas concesionarias- creo que terminaríamos
haciendo una especie de genealogía de descomposición de
la materia, desde aquel tren de trazo primero hasta
sus capas presentes, deglutido como chatarra, lingote
de acero. Al “primitivismo agropecuario” de “trafico
descendente de materia prima hacia los puertos y trafico
ascendente de manufactura desde los puertos hacia el interior”
del que hablara Raúl Scalabrini Ortiz, vino a sumarse
el primitivismo metálico:
“Después
del robo de cables de teléfono, de postes de luz, de placas
de bronce y de tapas para las bocas de tormenta llega
una nueva estrella: el robo de kilómetros de vías. Lo
insólito es que, si se comprueba una acusación del Estado,
el robo fue cometido por concesionarios que debían explotar
el ferrocarril en lugar de desguazarlo… los rieles que
llegaron a las chatarrerías no estaban en desuso. Se trata
de rieles de última generación, de acero, colocados hace
alrededor de 20 años y, según los técnicos, con poco más
de un año de uso real porque el ramal dejó de funcionar…la
Justicia busca determinar ahora si de las chatarrerías
el material, como casi no tenía uso, seguía su marcha
hacia alguna de las grandes acerías, de donde a su vez
podía ser reciclado o revendido a un concesionario de
otra región del país.
(Martín Granovsky: “Denuncia penal contra concesionarios de
trenes por robar vías”. En Diario Página/ 12. 29/08/2003
).
“Porque
todas columnas, rieles muertos, esos residuos son acero.
Y acero bueno, porque es acero alemán de comienzo de siglo.
Por eso se los roban. Y por eso el ejército levantó los
ramales como el de Paiva a Córdoba, para hacer con esos
rieles el TAM, el famoso tanque mediano argentino. Que
fabricaciones militares hacía con acero ferroviario.
Estoy
hablando de hechos vandálicos que hicieron argentinos,
y gobiernos argentinos y funcionarios argentinos”.
(Héctor,
jubilado ferroviario de Laguna Paiva).
Sólo que, en el presente, el ferrocarril, se ha vuelto un tanto
prescindible para “mantenernos en la rutina sin salida
del primitivismo agropecuario”. Prescindible, transmutable
y negociable su acero y prescindible sus manos.
(en) Pampa y la vía
Hablábamos de un encuentro…abejas, gusanos, primitivismo agropecuario
y metálico.
El primitivismo agropecuario que mencionara Scalabrini comparado
a éste, es un poroto en los daños y reveces que causa.
Aunque paradójicamente, éste, se sostiene en el avance
técnico de un poroto, un monocultivo, el de soja. Y es
que:
“Hoy
al campo, lo están volviendo loco… a la tierra ya no le
quedan mas los microorganismos que la trabajaban, ya no
quedan insectos, lombrices… ya no queda nada. Hoy se siembra
sin arar, los campos no se roturan, se hace siembra directa.
Ahí le ponen: fertilizantes, insecticidas, herbicidas…
cosas que antes no se utilizaban, era todo natural…hoy
no sé que va a pasar, se están eliminando hasta las capas
de agua con los tóxicos que están apareciendo… calcula
todo el lavado de los campos donde fumigan, todo eso va
para los bajos, llega a los ríos, en el río contamina
todo el agua, mata los pescados, mata cualquier cosa.
…
Y la tierra… al no tener ese cultivo natural de las raíces,
pastos que se van descomponiendo y van quedando… con lo
que va reponiendo la energía gastada por las cosechas,
va a llegar un momento en que va a quedar la tierra colorada,
tierra greda. Ya hay algunos lugares que asoma la tierra
colorada, que ahí, no viene nada.
...Hablando
de lo que ya no queda. No quedan más: palomas, no quedan
morajus, no quedan lechuzas, había mucha variedad de especies,
de pájaros, que ya hoy no se ven más.
(Eusebio,
apicultor de Laguna Paiva).
Tampoco ya se ve muy seguido, al pequeño agricultor. Y es que
los cambios producidos en el campo, narrados por nuestro
interlocutor, pueden también traducirse en la destrucción
de esos “modos nativos” de producción, en los que sobrevivían
procesos artesanales y semiartesanales de elaboración
y en la agudización de los problemas estructurales de
los pequeños y medianos productores y trabajadores rurales,
que la expansión sin fronteras del avance del capital
sobre el trabajo trazó y traza de continuo en nuestro
país.
Las texturas de este avance, se fueron condensando con el nuevo
régimen de acumulación iniciado a los mediados de los
70, en el que se primó el desarrollo de los sectores y
actividades financieras por sobre los productivos, y con
el Ajuste Estructural expresado en el plan de Convertibilidad,
las privatizaciones, la desregulación de la economía y
su apertura sin limites al comercio exterior.
Específicamente en el sector agrario, la variabilidad de los
precios internacionales en combinación a la apertura externa
y la desregulación, vulnerabilizaron aceleradamente la
situación de los pequeños productores, situación que se
vio potenciada con el alza de los precios de insumos y
servicios internos trasladados desde la fuerte concentración
y escasa competencia del conjunto de las empresas privatizadas.
El impacto entonces, no fue homogéneo, por el contrario,
el aumento de la producción y la productividad, favorecieron
la concentración y centralización de la producción en
unidades de mayor tamaño, mejor preparadas para obtener
financiamiento y en mejores condiciones para incorporar
tecnología. Se consolidó en este sentido, la expansión
de áreas cultivadas por grandes empresas que mecanizaron
las plantaciones y las cosechas, en el desarrollo de
una practica agraria: la siembra directa, en combinación
de un “paquete tecnológico” compuesto por semillas transgénicas
y agroquímicos, de cuestionada incidencia en la sustentabilidad
ambiental.
Así que, entre los estrambólicos anuncios mediáticos de cosechas
y exportaciones record de soja, escoltados por una política
agropecuaria reducida al cómputo de la cantidad de divisas
externas o a los recursos fiscales que el sector pueda
aportar, se entreteje la concentración de estas agroindustrias
que al ritmo de los agrios negocios, perfilan una agricultura
sin agricultores, con pérdida de la diversidad productiva
y comercial, en el que las cooperativas quiebran, los
pequeños productores se quedan sin mercado para sus productos
y los cosechadores o empleados rurales se quedan sin trabajo.
La migración se vierte, las chacras se vacían y las comunidades
rurales van muriendo junto a un modo de vida y producción
en un deterioro manifiesto de las economías regionales.
Y paradójicamente se emplaza una irritante coexistencia
entre una vasta extensión territorial y una enorme población
que no puede acceder a ningún lugar.
Escuchábamos anteriormente, que ya hay algunos lugares en los
que asoma y se amasa la tierra colorada, la tierra greda,
en la que no viene nada. En palabras de John Berger, la
tierra del “Ningún Lugar... la que perdió su
territorio de experiencia”. Lugares rurales, de vida
y entramados de lazo, en los que se anuncia no solo la
desertificación del suelo, sino, la partida del quehacer
diario de sus manos. Y agrega: “el desmembramiento
inicial, sin embargo, siempre procede de algún lugar y
de intereses empresarios a los que guía el apetito de
una acumulación cada vez mayor, lo que significa apoderarse
de recursos naturales sin importar a quien pertenecen
la tierra o el agua”.
De esa red panalica, de donde viene nuestra abeja ¿fordista?
tampoco se succiona ya, la misma miel ni de la misma forma:
“Yo soy medio antiguo en la apicultura, mantengo las líneas
que me formé. Les dejo en la ultima cosecha que hago en
el año, para que pasen el invierno, una reserva de miel,
total si le sobra, la saco en noviembre, y se le falta,
le doy jarabe de miel. Pero, nos cuenta nuestro apicultor:
es un sistema de vida que le quieran cambiar a la abeja…
la quieren llegar a explotar en un sistema malo, malo,
malo, para después darle alimento... una abeja no toma
leche, ¿no cierto? Bueno, ahí viene una formula –que la
tengo en los libros, en las revistas- le aconsejan al
apicultor que le saque hasta el máximo la cosecha para
que se la alimente con harina de soja, leche descremada
en polvo, o jarabe de azúcar.
(Eusebio,
apicultor de Laguna Paiva).
Claro, que la vida de nuestra abeja dentro de ese panal, no
va a la deriva asumiendo la moderna cultura laboral del
riesgo presente, los nomencladores diarios del que hacer
grillan su trabajo e imantan su vida a esa rutina. Pero
de alguna forma la muerte se come la miel, el ser:
“medio
antiguo en la apicultura” no alcanza: “siembran
soja sobre la superficie donde yo tengo las colmenas.
Cuando hay viento y si no hay viento es lo mismo, esa
atmósfera contaminante, a la abeja la mata”.
(Eusebio,
vecino de Laguna Paiva).
Es ahí entonces, que se encuentra con el gusano, en su partida.
Pasado y presente del panal
Pero antes, quisiéramos rondar un poco las voces de Paiva.
Acaso, de la panalica red ferroviaria y su comunidad.
Y es que en los talleres de Paiva, como espacios habitables
y en algún momento de esplendor productivo, se fueron
condensando las voces de un saber hacer ferroviario enhebrado
a la vida comunitaria. Una cultura laboral, con disciplinas,
jerarquías y sostenes de vida diarios, que hicieron a
la experiencia individual y colectiva del lugar y a una
acumulación de saberes ferroviarios hoy casi inexistentes,
en un taller “cooperativizado” de forma polémica, a la
intemperie del desguace y los saqueos varios.
Ante las ruinas del taller, las vacas caminando y las locomotoras
detenidas en el tiempo. No así algunos pocos galpones
en los que todavía queda algo del bullicio fabril. Se
desgajan algunas voces de lo que fue aquel otro panal
y la miel se entrecorta amarga:
“Yo
ingresé a los 18 años como aprendiz, trabajaba sólo tres
horas”, te van contando hasta que llegan al lugar donde
trabajaban, cuando empiezan a ver cómo está eso, ya ahí
es todo lágrimas. Empiezan a llorar, a acariciar la máquina
con orgullo “con esto hice que mi hija se recibiera de
maestra”...
...Eso
tiene una usina propia, que ahora es obsoleto completamente.
Pero uno entró y no entendía que esas máquinas, sus máquinas
estuvieran paradas. Uno no puede decirle: esto no funciona,
como hay poca gente trabajando conviene comprar la energía
afuera...
...Todo
lo que vivieron y todo lo que perdieron. Todos pensaban
que les iban a dejar el lugarcito. Era un honor ser ferroviario.
En el año 30, 40, ser ferroviario era un honor...
...En
esos años todos los que estaban bajo la órbita estatal,
en las empresas públicas estaban bien. Me contaba mi viejo
que iban a los bailes afuera, mientras cruzaban la pista
o estaban bailando se hacían los estúpidos y dejaban caer
el carnet de ferroviario al suelo. Entonces el speaker,
el animador del baile, agarraba el carnet y decía: “se
ha encontrado un carnet de ferroviario a nombre de Juan
Pérez”. Entonces Juan Pérez se cruzaba toda la pista para
que lo vieran las chicas que era ferroviario. Los viejos
tenían ese honor: mis hijos van a seguir en el ferrocarril
y si lo mando a estudiar va a estar allá arriba, en la
oficina. Era una tradición familiar.
(Juan
Carlos, vecino de Laguna Paiva).
Panal que por cierto, en la rutina de sus compartimentos convivía
con las tensiones circulantes tanto laborales, como político
y familiares:
Mis
raíces son comunistas. Porque yo salí de la Escuela Fábrica
a los 16 años, y un día llegó a mi casa y me encuentro
con que mi viejo me había afiliado al Partido Justicialista.
Tenía una libretita marrón que decía Partido Justicialista,
socio adherente, porque era menor.
-entonces
le digo: ‘por qué me afiliaste al PJ, si yo no me quiero
afiliar’.
-‘no,
boludo’, me dijo, ‘sin esto no vas a entrar nunca al FFCC’.
Son
obviedades que en la Argentina no se tienen en cuenta.
El hecho de que tenés que estar afiliado a un partido
político para poder trabajar.
(Héctor,
jubilado ferroviario de Laguna Paiva).
La sensación, hoy de vuelta a ese panal, es como que hubiera
estallado en una incertidumbre aniquiladora. En donde
ese modo de hacer y ser ferroviario pareciera que se lo
hubiera exiliado a la tierra de los trastos viejos o dejado
a la deriva en la tierra del “ningún lugar”.
Las voces sobre el cierre y la forma en que fueron “coperativizados”
los talleres algo nos narran:
En
Buenos Aires el cierre de una fábrica te afecta, pero
acá, nosotros metidos en el medio del monte, iba a ser
un problema muy grave. Hay gente que se murió. Hubo tres
clases de personas que se fueron: el joven, que si bien
era joven no tenía a dónde ir, porque en esos años no
había trabajo en ningún lado, y con dos pesos en el bolsillo;
estaba el no tan joven y no tan viejo, hoy vemos suicidios,
enfermedades del corazón, no se podían jubilar; el que
tenía muchos años, agarró mucho dinero y si le faltaban
algunos años para jubilarse, podía aportar de golpe, llegaron
a zafar, tienen una magra jubilación...
...Se
sabía antes, en Paiva no, en Buenos Aires, Pedraza tuvo
el gran convenio con Menem y arregló por el Belgrano Cargas.
Y así bajó la línea. Vino a Paiva: Muchachos, ojito con
hacer quilombo que vamos a ser los dueños, armamos la
cooperativa, vos vas a ser presidente, vos tesorero, y
pa pa pa… Pero hay que dejar 650 tipos afuera. Los vamos
a indemnizar. Elijan entre ustedes los 150 que quedan.
(Juan
Carlos, vecino de Laguna Paiva).
…Y
se forma la cooperativa que nunca fue cooperativa fue
una empresa del estado, subvencionada por el estado, descentralizada
en manos de tres dirigentes que la devastaron…fue una
mentira que duró pero generó desconfianza entre pares
y eso se ve hoy en día, el que tiene una idea para reactivar
se lo ve automáticamente con desconfianza…
…Acá
hay dos mutuales grandes ferroviarias y una mutual captó
todos los depósitos que salían de las indemnizaciones
y terminó cerrando y dejando a la gente angustiada viviendo
con gran malestar…
(Miembro
de la administración pública de Laguna Paiva).
Hasta
le quitaron eso al padre, ahora dice trata de no ser ferroviario
mira lo que me hicieron a mí, 35 años en la empresa a
ver si te pasa lo mismo, buscá otra cosa. Hasta eso rompieron,
porque el mismo gremio entregó políticamente. Desde ahí
en adelante… acá hubo rupturas entre hermanos que no se
hablaron más, porque uno quedó adentro y el otro afuera.
Tipos especialistas, que no entendían por qué quedaron
otros y no ellos. Torneros, carpinteros, mano de obra
especializada que no se consigue.
(Juan
Carlos, vecino de Laguna Paiva).
El llano de la reestructuración de los noventa, con el imperativo
de privatizar o cooperativizar el taller, perforó el panal
de nuevos conceptos: fluidez y flexibilidad. Paradójicamente
esto no hizo de él, un molde de orificios ventilables,
sino un espacio aniquilador o del “ningún lugar” ferroviario.
Berger menciona estas relocalizaciones o prescindibilidades
que trae aparejada la acumulación actual: “no solo
remiten a la practica de trasladar la producción dondequiera
sea más barata la mano de obra y menores las regulaciones.
También contiene el sueño demente del nuevo poder actual:
el sueño de socavar la condición y la confianza de todos
los lugares estables anteriores, de modo tal que el mundo
entero se convierta en un solo mercado fluido”.
Por eso la paradoja de un panal carcomido en la fluidez de
un capitalismo que pone el acento en la flexibilidad y
en el ataque –a veces sólo discursivo - de las formas
rígidas de la burocracia estatal, ya que en nuestro país,
la “nueva economía” que saltó de las viejas cintas transportadoras
fordistas a la experiencia laboral de manos prescindibles
o a la deriva de un lugar a otro, se sostuvo y hasta hoy
en día se entreteje con una sólida intervención estatal.
Este andar fluido que socava lugares, también hace mella
en sus personas y aniquila de forma silenciosa: “lo
que hoy tiene de particular la incertidumbre es que existe
sin la amenaza de un desastre histórico y en cambio, está
integrada en las prácticas cotidianas de un capitalismo
vigoroso” escribe Sennett, que en las necesarias,
eficientes y dinámicas reestructuraciones de la economía,
nos vuelve innecesarios u obsoletos ante los imperativos
de “comportamientos ágiles o abiertos al cambio, que
dependan cada vez menos de los reglamentos y procedimientos
formales”. Pensemos sino, en el tendal de antiguos
convenios colectivos de trabajo y beneficios sociales
sepultados en la flexibilidad de los “contratos basura”,
los despidos o retiros voluntarios.
Lo habitable del panal se torna entonces, de una inhospitabilidad
elástica para el cuerpo humano, al ritmo de una rentabilidad
al infinito y de un tiempo instantáneo y fragmentado en
la permanencia laboral, que recorta las antigüedades
otorgadas por la experiencia a través del tiempo, las
mismas que suman a los ingresos mensuales de los trabajadores
y le tiende a una persona: saberes, dignidades, posiciones
y derechos. Perduraciones históricas, arrojadas al lugar
de lo obsoleto: “torneros, carpinteros, mano de obra
especializada que (hoy) no se consigue” o
conquistas laborales, entendidas en el presente, como
obstáculos de un viejo sistema burocrático que dificultan
la racionalidad depredatoria de los llamados sectores
más dinámicos de la economía.
No es la intención hacer de nuestro panal, un fuerte sólido,
forjado en la copia exacta de un retorno, pero sí entender,
que “la rutina puede degradar, pero también puede proteger;
puede descomponer el trabajo, pero también puede componer
una vida”, composiciones que tienen que ver con algunas
de las voces que escuchamos. Y a la vez pensar: ¿Qué panales?
¿Qué texturas? ¿Qué diagramas? ¿Qué lazos? Nos pueden
sostener en el ahogo de esta racionalidad de lo fluido.
Porque si lo deseable es una “fiesta” [1] laboral en una comunidad con posibilidades e
iniciativa de proyectarse, que se amalgame en torno a
una organización del trabajo en red y cooperación, la
sutura en Laguna Paiva parece ser un taller “cooperativizado”
y la espera de industrias que vengan de afuera.
Pero, puede un “afuera”, por sí, restaurar una experiencia
perdida en las hendiduras de la tierra del ningún lugar?
O acaso, ese “afuera”, con una mirada que sólo se detenga
en la valorización del capital y sobre una amortiguación
sostenida en los cuerpos a la deriva y en actitud de espera,
no puede diluirnos aún más?
En este sentido, y en diálogo con otras voces, también nos
preguntamos que: sino es, tomando exactamente el mismo
tren como se restaura una experiencia perdida, ¿puede
entonces el exilio de la “iniciativa” a lo privado,
garantizarnos la sutura de una situación?
Acá
hay una identidad ferroviaria, es como un espíritu sin
cuerpo…está en el aire y hay una sensación en los jóvenes
que si seguimos pensando en el ferrocarril no vamos a
salir nunca de esa encrucijada…hay que borrar, no negar
la historia, simplemente encontrar un cambio, otras expectativas,
que surjan otros sectores, buscar una identidad distinta
y que dejen de decir: “Paiva la ciudad del riel, la ciudad
ferroviaria…que no sea un museo…” no van a volver los
ferrocarriles que sueñan los viejos ferroviarios de los
años 40…
...Falla
el gerenciamiento, porque sigue con la misma mentalidad
del ferroviario y hoy ya no va más, hoy existen los ferrocarriles
en todo el mundo pero de otra forma, no estoy en contra
del empleado público, pero a pesar que hace un año que
estoy en el gobierno siempre critiqué los beneficios del
empleado público porque no saben valorar y les pasan estas
cosas...
Hay
que mejorar, pasaron catorce años y no han registrado
ni un producto. Yo vengo de una empresa privada y todos
intentamos registrar una marca. Con esos talleres hagan
una fábrica de carretillas, de tinglados, registrar un
producto y salir a vender…y eso no logra levantarse…es
“mente ferroviaria”, por eso el gerenciamiento falla es
siempre: “Dame, dame, dame”
(miembro
de la administración pública de Laguna Paiva).
Nosotros
hicimos la mea culpa: nacimos estatalmente, vivíamos
del Estado, cosa que nunca se nos ocurrió decir: che,
por qué no empezamos a hacer alguna cosa que no tenga
nada que ver con el Estado por las dudas.
(Juan
Carlos, vecino de Laguna Paiva)
Creemos que, si hoy la “identidad ferroviaria, es como un
espíritu sin cuerpo” es necesario pensar la historia
de mutilación y apatía de ese cuerpo, en la complejidad
de un trazo que involucre las diferentes responsabilidades
pasadas y presentes en todos los sentidos -trabajadores,
comunidad, Estado y privados- si la intención es volver
a poner un cuerpo activo, deliberativo, y con soberanía
decisoria a nuevas experiencias y no privatizar o privar
a las mismas ya sea con la actitud univoca y mesiánica
de lo privado -que fuera en los años noventa el discurso
de antesala de las privatizaciones- o con ese ejercicio
de domesticación desde lo público que ejercita la pasividad
y la espera en continuado, y que entretejen tanto la
acción como la omisión [2].
No se trata entonces, de la salvación de un privado, o de la
sepulturera “mente ferroviaria” como condensación
de los males de Laguna Paiva, o de la destrucción de lo
público para liberar ya sea a las personas de la dependencia
o a la economía flexible de “los parásitos sociales” supuestos
entorpecedores de los sectores más dinámicos.
Como lo narran las experiencias, son pasajes complejos en los
que pareciera que ninguna autoridad por sí misma –ya sea
pública o privada- en un contexto de desertificación política
de los cuerpos, es suficiente para garantizarnos un lugar
al resguardo de la museificación -que se teme en algunas
de las voces de los entrevistados- la tierra greda depredada
que nos empuja al exilio o como sigue a continuación,
la corrosión de nuestras dignidades:
Como
consigna que se puede levantar, sí queremos el ferrocarril
estatal, pero yo te tengo que decir que a mí la empresa
estado, también me maltrato, me cesanteo, me persiguió,
a mí y a miles. O sea, el patrón estado, actuó igual que
una empresa privada. Lo que nosotros conseguimos fue gracias
a una lucha constante por nuestros derechos, porque cuando
el ferrocarril paraba, paraba todo, y lo que conseguimos
fue obra nuestra. No solo un buen salario, sino, la provisión
de elementos para los compañeros que estaban en trabajos
pesados, horarios, determinados beneficios, pero eso lo
conseguimos nosotros, nadie nos regalo nada.
(Beatriz, ferroviaria de Talleres Liniers).
Liniers. Hablábamos de un encuentro, entre un gusano y una
abeja, ambos abisagrados en un primitivismo, uno metálico
el otro agropecuario. El reptante que asoma entre los
escombros de la chatarra y la voladora que de la tierra
sólo conserva sus alas para escaparle al desierto que
deja la acumulación.
El paisaje en los talleres, está desperdigado y uno se pregunta
cómo soldar tanto metal. Uno se pregunta y ya hay propuestas
y debates con respecto al tema, en este cuadernillo algunas
se expresan.
La
recuperación de la memoria de aquel bullicio fabril que
fueran los talleres y la posibilidad de reinscribir el
espacio como apuestas culturales en el barrio hacen eco
y se abren como propuesta ante el avance con sordina de
los emprendimientos inmobiliarios y sus complicidades
desde escritorios públicos. En este sentido, es destacable
el esfuerzo de muchos vecinos, ferroviarios o afectos
al espacio, que vienen peleando para que la grilla mercantil
no siga avanzando sobre las tierras y su memoria.
De todas formas algo me zumba y me incomoda. Creo que tiene
que ver con ese dolor que a veces se vuelve constitutivo,
que recuerda y que de alguna manera nos mantiene despiertos,
en palabras de Héctor Schmucler -y no sólo desde el vértice
del dolor- “memoria como metáfora de insomnio que nos
conduce por la ciudad”.
En este sentido quiero tomar dos fragmentos de Laguna Paiva:
No
hay un lugar donde decís: mirá voy al museo, mirá todo
esto, o viene algún amigo o pariente que te viene a visitar…
mirá te llevo al museo… o sea, nosotros también tendríamos
que hacer un poquito mas de esfuerzo como para que la gente no se olvide, yo
creo que no, olvidarse no se olvida, a lo mejor está un
poco quieto, un poco estancado digamos, pero el tema no
se olvida, Laguna Paiva era ferroviario, si o si. Por
eso seria bueno, a mi parecer, rescatar nuestras raíces
culturales, hacer un buen museo ferroviario… Y que la
misma gente lo vuelva a vivir otra vez.
(Rosalía,
mujer de ferroviario de Laguna Paiva).
Hay
una sensación en los jóvenes que si seguimos pensando
en el ferrocarril no vamos a salir nunca de esa encrucijada…hay
que borrar, no negar la historia, simplemente encontrar
un cambio, otras expectativas, que surjan otros sectores,
buscar una identidad distinta y que dejen de decir: “Paiva
la ciudad del riel, la ciudad ferroviaria…que no sea un
museo…”
(Miembro
de la administración pública de Laguna Paiva)
En estas palabras, creo que subyace una tensión que mantiene
en vilo al museo como posibilidad vital, como proyecto
de vida de esa comunidad, y es con esa idea que me quiero
quedar que en estos fragmentos se presenta con la necesidad
por recordar y alimentar la memoria pero que se tensa
con la intención de que la ciudad no se vuelva un museo,
de resplandecientes paredes a la cal y vaporosos parquizados
de material rodante.
Una idea que le escapa al olvido de la museificación, en donde
“la misma gente (no) lo vuelva a vivir otra
vez” como repetición de diapositiva del pasado, sino
como un pasado vivido pero desde las experiencias, necesidades
y proyectos presentes.
En este sentido, el insomnio con el cual recorremos las territorialidades
actuales de los talleres de Liniers, no quiere dejar afuera,
la palabra que nos habla sobre un terreno a construirse,
paradójicamente, en la capa de un vacío productivo. Sobre
la implosión productiva ferroviaria. Y estoy segura que
esto no dice nada nuevo, pero será quizás la intención
de que ese pasado no deje de ser vivido también, desde
estas palabras presentes. Porque rellenamos y reconfiguramos
sobre un pedacito de suelo de la nación, sobre terrenos
que alguna vez condensaron modos de vida, existencias
y producción. Vitalidades tumultuosas, de experiencias
y saberes, amputadas dentro de una exacta racionalidad.
La misma quizá, que hoy se trasmuta e intenta perpetuarse
con el avance de la grilla de los negocios inmobiliarios.
Cecilia Aramendy
Septiembre 2005