Hay quienes dicen
que el universo tiene forma de sacacorchos, que la luz
recorre el espacio, el vacío, el éter, enroscándose
a diferentes velocidades, retorciéndose con variada
intensidad, atravesando todo lo existente[1]. Marginada queda la pregunta poética inevitable, ¿qué es lo que
se está destapando?, y la religiosa, ¿quién lo está
haciendo? Prevalece la figura enroscada y fantasmal
del sacacorchos y su desmesura, esa imagen familiar
que nos produce una sonrisa un segundo antes de revelarnos
su vertiginosa desproporción. Inevitablemente y por
asociación libre, para enfrentar tamaña idea, como tantas
otras que apuntan directo a nuestra insignificancia,
lo primero que se nos vendrá a la mente será descorchar
un vino. Sin embargo, una vez abierta la botella nuestras
intenciones se verán desviadas. En una mano nos quedará
el corcho herido de muerte, en la otra el instrumento
que ha producido esa herida, límpido e inocente, casi
risueño. Y de pronto se nos hará visible que las metáforas
no son metáforas, sino verdades imposibles de decir
de la manera en que deberían se dichas, porque nadie
las creería. Entonces, simetrías mediante, descorchar
un vino es descorchar un universo literalmente. Las
personas capaces de enfrentar estas verdades con naturalidad,
suelen sufrir los rigores de nuestra mediocre percepción.
Suelen ser lisa y llanamente tratado de locos.
En la historia del
hombre predominan las vidas anónimas, la numerología
caprichosa de la multitud, y como Julio Cortázar bien
lo dice en El diario de Andrés Fava, a través
de los tiempos nos hemos hecho merecedores de las guías
telefónicas, todos amontonados y alineados ahí. Pero
así como hay seres que se destacan por el brillo de
sus pensamientos o sus actuaciones (aunque hoy en día
predomina el brillo del mero estar, la figura desmantelada
de otro sentido que no sea su contundencia carnal: esto,
aunque no parezca, es una consecuencia inmediata de
las vanguardias artísticas, oh, ironía), también hay
quienes brillan por su inmaculada trivialidad. Seres
grises, dueños de una monocromía que es el reflejo de
sus obsesiones. Porque si bien las obsesiones suelen
ser estruendosas, no necesariamente revisten importancia.
Obsesivos hay para todos los gustos, y quién más, quién
menos, no lo ha sido alguna vez para serlo toda la vida.
Y de éstos los más son los coleccionistas. ¿Quién no
coleccionó etiquetas de cigarrillo, bolitas, latas de
cerveza o figuritas cuando era chico, con un fervor
de desvelo? Ese afán en un chico es una muestra de nuestra
inocente monstruosidad. Pero cuando uno ya es un adulto
hecho y derecho, las cosas cambian. O no. En el parque
Rivadavia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se
venden viejos muñequitos de Jack, Titantes en el Ring
mutilados y despintados, por 80 pesos. Plazas, ferias
y galerías de antigüedades se encuentran en todas las
ciudades del mundo, y en el caserío más aislado del
norte de nuestro país, una anciana guarda en un arcón
las herraduras de la pata izquierda trasera de cada
uno de los caballos de sus antiguos pretendientes y
amantes ocasionales. Por eso no es de extrañar que existan
seres triviales y grises, que por obra y magia de una
obsesión, estallan frente a nuestros ojos convirtiéndose
en monstruos de horror o de belleza. Hombres y mujeres
intoxicados por una idea que deforma la trampa de los
días, y los vuelve eternos y efímeros al mismo tiempo,
los solidifica en la insignificancia esplendente de
sus locuras. Este es el caso de V. (español, 1897-2001),
dueño de una de las colecciones de sacacorchos más completas
e increíbles, alguien que comprendió la verdad oculta
en el descorche de un vino, y dejó de comprender todo
lo demás.
V., provenía de una
familia de enormes recursos, dueños de varios viñedos
riojanos españoles. Se crió entre cepas y ceños fruncidos
frente al delicado testavin que sus padres y abuelos
se empecinaban en usar. Pasó su infancia y su adolescencia
en oscuros y altos colegios religiosos y cuando tomó
posesión de los bienes familiares, oficializó su afán
coleccionista. Desde muy chico ya se había sentido atraído
por los innumerables sacacorchos que pululaban en su
casa, los cuales escondía sin saber muy bien por qué.
Pero en ese entonces era un niño y no necesitaba ninguna
clase de motivaciones. Con los años, luego de una rigurosa
educación religiosa, no pudo más que entender que detrás
de esas pequeñas raterías había un designio. Le habían
enseñado a despreciar el mundo terrenal y, por ende,
él despreció al hombre. Encerrado en una de sus fincas,
su colección creció con el transcurso del tiempo, mientras
él esperaba comprenderlo. Hay que aclarar que por razones
también inmotivadas, desde su infancia V. no bebía ninguna
clase de alcohol, lo que no le impidió sostener su vida
monacal y maníaca a expensas de los vinos familiares.
Paredes y paredes fueron cubriéndose de vitrinas en
donde se alineaban más de 9.000 sacacorchos. Finalmente,
la metáfora develó su verdad trascendente, y al no ser
un hombre de muchas luces, con el primer destello creyó
ver la luz toda. Los años se sumaron a los años y V.
supo que a su colección le faltaba la contra partida,
esos trozos de alcornoques elásticos, longevos e impermeables,
los corchos. No era una mera cuestión utilitaria, no
pensaba en el destino truncado de los instrumentos que
adornaban las habitaciones de su casa, poblándola de
formas curvas y enroscadas. Era el cierre del círculo.
No sólo las mascotas
se terminan pareciendo a sus dueños y los dueños a sus
mascotas, también los coleccionistas adquieren ciertas
atribuciones de los objetos que coleccionan y viceversa.
V. de pronto obtuvo una lógica que se torcía sin desviar
el rumbo. El vino era un producto de la naturaleza,
algo maravilloso, perfumado, delicadamente sabroso.
V. no bebía el vino pero sabía valorarlo. Porque, ya
es hora de decirlo, más que un abstemio, era un hombre
célibe en lucha eterna con la tentación. Un alcohólico
que nunca se emborrachó. Lo valoraba, lo amaba más de
lo que era capaz de aceptar. Y ese amor le mostró el
camino. V. supo que el hombre no era merecedor de las
delicias del vino.
Tenía sesenta años
cuando hizo este descubrimiento, y hasta ese momento
su entusiasmo de coleccionista jamás revistió alegría
alguna. Pero esa noche fría de diciembre, V. sonrió
en la oscuridad de su jardín. En una mano llevaba una
de sus últimas adquisiciones, en la otra llevaba uno
de los mejores vinos de sus viñedos. Con estilo y sapiencia
destapó la botella. Desde lejos pudo sentir los tentadores
efluvios con lágrimas en los ojos. Alzó la botella como
si brindara, se arrodilló, y no hubo tormento. Con una
paz infinita derramó todo su contenido sobre la tierra
endurecida del sendero. Había descubierto el sentido
de la oración y todo lo que antes no tenía sentido de
pronto lo tuvo, su decisión de no beber, su dispersión
frente a los infinitos murmullos de los monjes. Ahora,
por fin, había aprendido a rezar.
Y en esta fábula
algo incierta, esa noche y ese rezo se extendió por
más de cuarenta años, mientras vinos propios y ajenos
volvían a la tierra. El hombre sólo debía completar
el circuito de la naturaleza. Hacer el vino y luego
liberarlo, refinar y destilar las energías del mundo
de esta manera y de muchas otras, pero no disfrutar
de sus logros (el fruto prohibido no era ni para Adán
ni para Eva). Porque no es el árbol el que goza la fruta
que da, ni el mismo sol la melancolía del crepúsculo.
V. no necesitó saber de las teorías que hacían del universo
un inconmensurable sacacorchos de luz celestial. Él
lo supo a su manera, y se murió centenario con una colección
de 21.356 sacacorchos y 17.536 corchos con sus respectivas
botellas vacías, apiladas en la oscuridad del sótano
como restos vergonzantes de un exorcismo.
Sentado frente a
la botella recién descorchada, el narrador cree en la
improbable y gris existencia de V.. Lo cree necesario.
Un ser apenas interesante, de una inteligencia media,
un obsesivo más que envejeció con sus corchos ruborizados
y vivió más de 100 años sólo para superponerse a las
teorías científicas que desconoció. El narrador cree
que tal vez haya habido en su delirio algo de verdad.
La luz gira y se retuerce y el narrador sirve su copa,
huele, saborea. El narrador sabe que es necesario que
V. anule las metáforas, para que otros como él pequen
e inauguren la historia una vez más.