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La felicidad del Descorchador

(una fábula)

Por Ricardo Romero

 

Hay quienes dicen que el universo tiene forma de sacacorchos, que la luz recorre el espacio, el vacío, el éter, enroscándose a diferentes velocidades, retorciéndose con variada intensidad, atravesando todo lo existente[1]. Marginada queda la pregunta poética inevitable, ¿qué es lo que se está destapando?, y la religiosa, ¿quién lo está haciendo? Prevalece la figura enroscada y fantasmal del sacacorchos y su desmesura, esa imagen familiar que nos produce una sonrisa un segundo antes de revelarnos su vertiginosa desproporción. Inevitablemente y por asociación libre, para enfrentar tamaña idea, como tantas otras que apuntan directo a nuestra insignificancia, lo primero que se nos vendrá a la mente será descorchar un vino. Sin embargo, una vez abierta la botella nuestras intenciones se verán desviadas. En una mano nos quedará el corcho herido de muerte, en la otra el instrumento que ha producido esa herida, límpido e inocente, casi risueño. Y de pronto se nos hará visible que las metáforas no son metáforas, sino verdades imposibles de decir de la manera en que deberían se dichas, porque nadie las creería. Entonces, simetrías mediante, descorchar un vino es descorchar un universo literalmente. Las personas capaces de enfrentar estas verdades con naturalidad, suelen sufrir los rigores de nuestra mediocre percepción. Suelen ser lisa y llanamente tratado de locos.

En la historia del hombre predominan las vidas anónimas, la numerología caprichosa de la multitud, y como Julio Cortázar bien lo dice en El diario de Andrés Fava, a través de los tiempos nos hemos hecho merecedores de las guías telefónicas, todos amontonados y alineados ahí. Pero así como hay seres que se destacan por el brillo de sus pensamientos o sus actuaciones (aunque hoy en día predomina el brillo del mero estar, la figura desmantelada de otro sentido que no sea su contundencia carnal: esto, aunque no parezca, es una consecuencia inmediata de las vanguardias artísticas, oh, ironía), también hay quienes brillan por su inmaculada trivialidad. Seres grises, dueños de una monocromía que es el reflejo de sus obsesiones. Porque si bien las obsesiones suelen ser estruendosas, no necesariamente revisten importancia. Obsesivos hay para todos los gustos, y quién más, quién menos, no lo ha sido alguna vez para serlo toda la vida. Y de éstos los más son los coleccionistas. ¿Quién no coleccionó etiquetas de cigarrillo, bolitas, latas de cerveza o figuritas cuando era chico, con un fervor de desvelo? Ese afán en un chico es una muestra de nuestra inocente monstruosidad. Pero cuando uno ya es un adulto hecho y derecho, las cosas cambian. O no. En el parque Rivadavia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se venden viejos muñequitos de Jack, Titantes en el Ring mutilados y despintados, por 80 pesos. Plazas, ferias y galerías de antigüedades se encuentran en todas las ciudades del mundo, y en el caserío más aislado del norte de nuestro país, una anciana guarda en un arcón las herraduras de la pata izquierda trasera de cada uno de los caballos de sus antiguos pretendientes y amantes ocasionales. Por eso no es de extrañar que existan seres triviales y grises, que por obra y magia de una obsesión, estallan frente a nuestros ojos convirtiéndose en monstruos de horror o de belleza. Hombres y mujeres intoxicados por una idea que deforma la trampa de los días, y los vuelve eternos y efímeros al mismo tiempo, los solidifica en la insignificancia esplendente de sus locuras. Este es el caso de V. (español, 1897-2001), dueño de una de las colecciones de sacacorchos más completas e increíbles, alguien que comprendió la verdad oculta en el descorche de un vino, y dejó de comprender todo lo demás.

V., provenía de una familia de enormes recursos, dueños de varios viñedos riojanos españoles. Se crió entre cepas y ceños fruncidos frente al delicado testavin que sus padres y abuelos se empecinaban en usar. Pasó su infancia y su adolescencia en oscuros y altos colegios religiosos y cuando tomó posesión de los bienes familiares, oficializó su afán coleccionista. Desde muy chico ya se había sentido atraído por los innumerables sacacorchos que pululaban en su casa, los cuales escondía sin saber muy bien por qué. Pero en ese entonces era un niño y no necesitaba ninguna clase de motivaciones. Con los años, luego de una rigurosa educación religiosa, no pudo más que entender que detrás de esas pequeñas raterías había un designio. Le habían enseñado a despreciar el mundo terrenal y, por ende, él despreció al hombre. Encerrado en una de sus fincas, su colección creció con el transcurso del tiempo, mientras él esperaba comprenderlo. Hay que aclarar que por razones también inmotivadas, desde su infancia V. no bebía ninguna clase de alcohol, lo que no le impidió sostener su vida monacal y maníaca a expensas de los vinos familiares. Paredes y paredes fueron cubriéndose de vitrinas en donde se alineaban más de 9.000 sacacorchos. Finalmente, la metáfora develó su verdad trascendente, y al no ser un hombre de muchas luces, con el primer destello creyó ver la luz toda. Los años se sumaron a los años y V. supo que a su colección le faltaba la contra partida, esos trozos de alcornoques elásticos, longevos e impermeables, los corchos. No era una mera cuestión utilitaria, no pensaba en el destino truncado de los instrumentos que adornaban las habitaciones de su casa, poblándola de formas curvas y enroscadas. Era el cierre del círculo.

No sólo las mascotas se terminan pareciendo a sus dueños y los dueños a sus mascotas, también los coleccionistas adquieren ciertas atribuciones de los objetos que coleccionan y viceversa. V. de pronto obtuvo una lógica que se torcía sin desviar el rumbo. El vino era un producto de la naturaleza, algo maravilloso, perfumado, delicadamente sabroso. V. no bebía el vino pero sabía valorarlo. Porque, ya es hora de decirlo, más que un abstemio, era un hombre célibe en lucha eterna con la tentación. Un alcohólico que nunca se emborrachó. Lo valoraba, lo amaba más de lo que era capaz de aceptar. Y ese amor le mostró el camino. V. supo que el hombre no era merecedor de las delicias del vino.

Tenía sesenta años cuando hizo este descubrimiento, y hasta ese momento su entusiasmo de coleccionista jamás revistió alegría alguna. Pero esa noche fría de diciembre, V. sonrió en la oscuridad de su jardín. En una mano llevaba una de sus últimas adquisiciones, en la otra llevaba uno de los mejores vinos de sus viñedos. Con estilo y sapiencia destapó la botella. Desde lejos pudo sentir los tentadores efluvios con lágrimas en los ojos. Alzó la botella como si brindara, se arrodilló, y no hubo tormento. Con una paz infinita derramó todo su contenido sobre la tierra endurecida del sendero. Había descubierto el sentido de la oración y todo lo que antes no tenía sentido de pronto lo tuvo, su decisión de no beber, su dispersión frente a los infinitos murmullos de los monjes. Ahora, por fin, había aprendido a rezar.

Y en esta fábula algo incierta, esa noche y ese rezo se extendió por más de cuarenta años, mientras vinos propios y ajenos volvían a la tierra. El hombre sólo debía completar el circuito de la naturaleza. Hacer el vino y luego liberarlo, refinar y destilar las energías del mundo de esta manera y de muchas otras, pero no disfrutar de sus logros (el fruto prohibido no era ni para Adán ni para Eva). Porque no es el árbol el que goza la fruta que da, ni el mismo sol la melancolía del crepúsculo. V. no necesitó saber de las teorías que hacían del universo un inconmensurable sacacorchos de luz celestial. Él lo supo a su manera, y se murió centenario con una colección de 21.356 sacacorchos y 17.536 corchos con sus respectivas botellas vacías, apiladas en la oscuridad del sótano como restos vergonzantes de un exorcismo.

Sentado frente a la botella recién descorchada, el narrador cree en la improbable y gris existencia de V.. Lo cree necesario. Un ser apenas interesante, de una inteligencia media, un obsesivo más que envejeció con sus corchos ruborizados y vivió más de 100 años sólo para superponerse a las teorías científicas que desconoció. El narrador cree que tal vez haya habido en su delirio algo de verdad. La luz gira y se retuerce y el narrador sirve su copa, huele, saborea. El narrador sabe que es necesario que V. anule las metáforas, para que otros como él pequen e inauguren la historia una vez más.



[1] Esta teoría está sustentada por Nodlan y Rastlon, dos científicos estadounidenses de las universidades de Rochester y Kansas, respectivamente.

 


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