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Novela

"Dónde estás con tus ojos celestes"

Capítulo 6

Autor: Daniel Moyano

Editorial: Gárgola


CAPITULO 6

     Iba yo subiendo por la Ribera de Curtidores una noche de llovizna y al acercarme a la Plaza de Cascorro siento que el guerrero que está allí en esa estatua gira la cabeza para atrás y me mira con desconfianza, justo cuando me rondaba por dentro una canción escolar que hablaba de guerras y de próceres. Soy bastante supersticioso y el asunto me dio miedo, no me gustó que la estatua del guerrero apareciera ante mi vista en el mismo momento que la canción en mi memoria, ni que volviera la cabeza justo cuando yo empezaba a tararear la melodía. De modo que me dirigí hacia la calle de la Ruda para no verlo, y cuando estaba entrando en ella volví, esta vez yo, la cabeza, a ver si la estatua continuaba mirándome, pero seguía inmutable mirando hacia adelante como siempre, menos mal que las realidades físicas lo mejor que tienen suele ser su congruencia.
     Pero bueno, en esa millonésima de segundo que capté casualmente, el héroe español podría haber girado la cabeza, atento a que la letra de la canción que yo le puse tan cerca bajo la llovizna contenía ofensas para su dignidad guerrera; reacción normal, me dije llevando adelante el asunto, para un hombre que estaba allí, solo en el tiempo y solo en la llovizna. Y lo identifiqué enseguida con el general Pezuela, tan maltratado por la Historia de un tal Grosso y por la revista Billiken que leíamos en los años tiernos.
     Después pensé que la realidad que se nos oculta a causa de la limitación de nuestros sentidos actúa precisamente así, por velocidades que se nos escapan, como las millonésimas de segundo que apenas había necesitado el alma errante del general Pezuela para habitar esa estatua y desde allí mirarme sin que yo pudiera verlo, ignorante de que yo, por tener agudizados mis sentidos a causa de mi búsqueda de Eugenia, había captado su casi imperceptible movimiento. Yo me movía en la realidad de todos los días como en la de la música, porque sólo así esperaba poder hallar, en la aburrida partitura de la vida organizada de los sentidos limitativos, objetos eternos y preciosos como Eugenia por ejemplo.
     Todas las veces que me acerqué a la estatua desde atrás, Pezuela volvió la cabeza y me miró unos segundos, pero no cuando lo hice con Mastropiero. Tampoco me miraba si yo no tarareaba la canción. Seguramente esa plaza era el lugar que el general, virrey del Perú y traductor de Dante Alighieri, había elegido, o le había tocado, para pasarse el tiempo de eternidad que le correspondiera. La estatua donde vivía era la cárcel que le tocaba por haber perdido batallas y países. Y allí había permanecido, aislado por olvidos y lluvias, hasta que yo, un instrumento del azar o de la improvisación, fui a tocar justamente esa cuerda, ese lugar oculto, con lo cual él volvía a tener alguna forma de presencia y a habitar otra vez el tiempo, aunque fuese en situaciones de relámpago. Yo pasaba a cada rato por allí para darle oportunidad a que se asomara otra vez a la vida, aunque fuera por millonésimas de segundo. Cuando le pregunté a Mastropiero si la cosa no le parecía demasiado forzada, me respondió que ojalá él tuviese también un juguete como ése. En una de ésas, dijo, Pezuela tenía la clave para encontrar a Eugenia. Entonces comencé a visitar la estatua regularmente, como quien va en busca de las llaves del tesoro. Desde un barcito próximo, especialmente en noches de llovizna y con una copa de coñac, de cara al quinto centenario y poniendo a las tres carabelas de por medio como seña común de identidad, le hablé de muchas cosas y le pedí disculpas por la ofensa de la canción que aquel día yo iba tarareando por casualidad, según la cual él, derrotado, huía del campo de batalla arriando "su rojo pabellón".
     Y bien, general Pezuela, hay que saber perder en la vida, le digo. De alguna manera fuimos enemigos y hemos peleado muchas veces (esas mañanas frías en la escuela rural), usted desde los libros de historia y yo desde mi infancia cruzábamos las espadas para herirnos, pero creo que va siendo hora de hacer las paces, ahora que van a cumplirse los quinientos, venga que le ayudo a enrollar su rojo pabellón. Y lo más probable es que usted, como general perdedor, no tenga aquí una estatua como la gente y con su nombre, que lo eternice en el frío del bronce que atraviesa las edades. A usted lo mandaron para allá a liquidar a los revoltosos, especialmente al indigno San Martín, quien, para los libros de la historia futura, tenía un nombre más potable que el suyo, francamente y dicho sin ánimo de ofensa. Fíjese, Don José de San Martín, todo un verso por sí mismo, en octosílabo de la más pura estirpe hispánica. Y que rima con paladín, claro. En cambio usted querido amigo, supuesto que se llamara también José (no me acuerdo de su nombre), alcanzaría, no lo niego, a llenar un octosílabo: Don José de la Pezuela. Pero no suena muy bien, ¿verdad? Y cuáles son sus rimas: muela, suela, cazuela. No, con ese nombre usted no podía llegar a ser un paladín, su derrota estaba determinada de antemano por razones eufónicas, palabra de músico. Lo suyo era, pues, enrollar el rojo pabellón antes al viento desplegado. Por eso usted no tiene una estatua aquí en Madrid, ni tampoco en su aldea natal, seguramente. Porque usted fue perdedor y los perdedores se olvidan. Usted, que era de este bando, no tiene estatua y se ve obligado a arrimarse a este mugriento bronce de la Plaza de Cascorro. San Martín, que era del bando enemigo, la tiene aquí en Madrid y hay otras por Cádiz o Sevilla. Porque era un vencedor, y a los vencedores los respetan en este mundo desacomplejado, le digo.
     Le digo pero no comprende nada el general, sólo entiende el castellano de sus pares o el de los gauchos y los indios, amén del italiano medieval que traducía, nel mezzo del cammin di nostra vita y demás endecasílabos. Entonces:
     No es sino con un noble sentimiento de reconciliación que tengo la osadía de dirigirme a vos, ínclito general y epónimo virrey, al socaire que el tiempo transcurrido desde aquellos años de infelice memoria concedido me ha, magüer la triste circunstancia de pertinaz llovizna no sea asaz propicia para dalle el entorno necesario que a mí y a vos, noble señor, pluguiere.
     Por fin podemos entendernos al cabo de los años, puesto que ambos a dos somos perdidosos, vos de un reino y yo de un amor que no encuentro. Mi historia pues se parece a la vuestra, y contárosla he brevemente para no fatigar la paz señera de que gozáis en el olvido de los justos, mezclando natura con bemol porque tanto goce la ansiosa imaginación cuanto el sosegado entendimiento. Mas heme aquí perdido en un parlar que no es el propio, permitidme señor que me dirija a vos en la lengua fronteriza que usaron mis ancestros.
     Y güeno, general, soy gaucho, sí, pero es preciso saber de ánde, porque no habla lo mesmo un nativo de Corrientes que uno del Bragao o del norte. Y áura digamé, cuñao, en lengua de qué gauchos prefiere que le cuente mis cuitas pa poder entendernos después de tantos siglos. Y no es, compadre, que ande faroliando, pero quiero darle guasca a este asunto de entenderme con usté. Porque si de los pagos de Corrientes se trata, yo vengo pá del rancho e'la Cambicha, ¿sabe? Lindaza la moza revoliando la pollera pa bailar la polca. ¿Qué tal chamigo Chiquizuela, tan mentao en los libros? ¿Quién pá lo hizo juir de la batalla montando un rosillo que de tanto galopar p'alejarse 'e los criollos ya no le quedaba ni el resuello? ¿Y por qué pá no cambiaba de caballo? De Corrientes, chamigo, tierra de lobizones.
     Del Bragao, aparcero, dejuramente de un pueblito q'uestaba a tiro de jusil del lugar ande usté perdía las batallas y juía al galope enrollando su bandera colorada según mentan las crónicas. A lonjazos iba usté mi general cuando lo redotaron los criollos. Usté iba montao a medio bozal, yo lo estaba bichando dende la altura de un mangrullo, usté llevaba una chapona llena 'e lunarejos cuando lo redotaron, y juía tan juerte y fiero que mesmo parecía llevar enancada una luz mala.
     Soy del norte, cumpa, donde está la flor del coplerío. Donde los changuitos ioran descalzos por esos cerros donde ia no crecen ni los iuios. No hay ni chancua pa darle a los changuitos, ni charqui ni guaschalocro ni mistol ni algarroba, ay juayputa q'hemos hecho señora magre de dios pa que andemos tan pobres.
     Y güeno, amigo Pezuela, aunque la cosa vaya mesturada, qué lindura ¿no le parece? poder hablar en cristiano con usté. Me vine a estos pagos madrileños medio engolosinao, y ando por aquí de puro bagual. Campeando un cariño maver si nos acollaramos. Se llama Eugenia la chiruza. Lindazo el nombre, ¿no? Vea, soy un foráneo, amigazo, pero de buena laya. Un gaucho de los de endenantes, de los que pelearon contra usté. De ésos que llevaban en sus venas la sangre que el presidente Sarmiento quería pa regar las pampas, porque él nos odeaba, como odeaba también a los españoles y a todo lo que no juera alemán o inglés, él quería poblar las pampas con ingleses y alemanes pero le falló la cosa, porque al final el país se le enllenó de italianos, turcos y judíos. Gaucho de los de endenantes, mi nombre es Juan, de apelativo Bravo, pero no se me asuste ni recule, ando desmontao, no tengo ni caballo ni facón, apenas un cuchillito moto pa cortar el naco de los vicios. Viera el cebruno que montaba allá en mi tierra, al galopar era una luz prendida. Aquí uno anda pobre y de sotreta, sin jergas ni pellones, sin taculona p'hablar con naides, mesmo que de la cuarta al pértigo, como tristón y envaretao por no poder hallar a la chinita Eugenia.
     Pero tengo un entripao con usté mi general Pezuela, y se me hace que usté también lo tiene conmigo. Dende chiquito me enseñaron a dispreciarlo, porque usté era de la laya de los enemigos que llamábamos godos. Usté no nos quería libres y tuvimos que correrlo del pago a chuzazo limpio, y aúra que la lluvia y el tiempo nos han acollarao no sé cómo pedirle las disculpas, seguro que usté durante todo el tiempo que pasó dende entonces anda juntando herrumbre, no como estatua, claro, le estoy hablando al hombre. Soy persona pacífica, como endenantes le dije, ando por estos pagos desmontao y sin facón. Pero si a usté no se le ha ido entoavía la rabia, si quiere peliar, peliemos. Si la ocasión no es güena y le hace frío yo le empriesto mi poncho y no se aflija, que hasta al cuchillito moto se lo empriesto. Yo, amigazo, pa cobrarme tengo de sobra con el cabo 'e mi rebenque.
     De no, podemos hablar de pingos. El caballo, compadre, es la única patria de verdá que tuvo el gaucho, porque tuito lo demás ha sido siempre de los que vinieron quién sabe de ánde. En un caballo uno podía ir cambiando de sitio, asigún molestara a los demás con su presencia. Irse campo ajuera, ande lo llevara el viento. ¿Compriende, aparcero? A caballo, uno siente que es alguien, dueño de la tierra que pisa y de los ríos que atraviesa. De a pie, todo resulta ajeno o emprestao. Afiguresé entonces la situación de su amigo, en Madrid y a pie y sin poder hallar a la chinita.


     No digo usted pero sí sus soldados, general, violaban a las indias y luego las dejaban, sin querer enterarse de que quedaban empreñadas. Ahijuna los trompetas. Y las indias parían bajo los árboles, al frío y al calor, sin un trapo siquiera pa limpiar a los huaschitos que nacían. Esos changuitos huaschos éramos nosotros, y crecíamos entre indios, dispreciaos por ustedes y por ellos, porque teníamos la piel medio vareteada y con olor a cristiano. Los indios pa vengarse formaban un malón, invadían las poblaciones, robaban hembras blancas y las empreñaban. Y de ahí también nacíamos nosotros, con la piel vareteada esta vez al revés pero igualmente dispreciaos por ustedes y por ellos. Y ansí no teníamos ni padre ni patria ni cosa alguna que se les pareciera. Ser gaucho era un delito, como decía el compadre Martín Fierro. Pisando siempre tierra ajena y de carta de más en todas partes dende chiquitos nos íbamos aficionando al caballo pa ser libres, y a la vihuela pa cantar las desdichas.
     Usté y yo, compadre, somos casi astillas del mesmo palo en sangre y en desdichas, y perdone si lo ofiendo. Si por esto quiere que peliemos, cite nomás que en la cancha que usté diga lo esperaré pa que arreglemos las diferencias.
     Y áura que le he mentao las afrentas ya podemos ser amigos pa toda la vida y hablar un poco de caballos si ansina lo desea. Por allá se comenta que usté montaba un mancarrón, un malacara medio tuerto. De lo cual colijo, general, que usté era un chambón pa los caballos. Mucha montura, güenas caronas y pellones, uniforme lleno de chafalonías, lloronas en las tabas, rebenque con mango 'e plata q'era un primor, pero, de montar bien, nada. Y ansina no se gana una guerra, don Pezuela. Según las mentas, usté en vez de peliar como se debe se pasaba el día leyendo en italiano, vea qué afán curioso. Por eso perdió países enteritos, y las tierras no jueron ni suyas ni de los gauchos ni de los indios, finalmente los italianos y los turcos se han quedao con todo, y aúra tanto usté como yo andamos en pelotas.
     ¿Cosa diche lo gaucho fanfarrone? Osté pensa que l'hemo rubato la terra. Cayate gaucho, vo no comprendé niente. Ma vea un poco yeneral Beyola lo disparate d'este disgraziato maledeto. ¿E pe qué? Peque lo gaucho é pelandrún. Se non foera per noi que laboramo la terra, lo gaucho morívano di fame. Lo gaucho sábeno soltanto preñare a la moglie, e per dare di manyare a lo bambini pídeno plata a noi, non págano e doppo dícheno que siamo osoreri. Cuando noi arriviamo a Bono Saria non avévamo pane per metere in buca. Manyábamo pacarito tutti yorni. Ma doppo laborando, arrubando a la terra, diventiamo riqui.¡Co il sudore de la nostra fronta! E doppo dícheno qui siamo osoreri. Fermá la buca, vos che, gaucho iñorante, e vate a limpiá il corrale de lo chancho.
     Y güeno, amigo Pezuela, pa muestra basta un botón, si es que ha óido y entendido lo que ha dicho el gringo. Tuitas las tierras de la indiada no jueron ni pa usté ni pa mí. Peliábamos pa los otros sin saberlo, y áura tuito se ha perdío. ¿Le va viendo las patas a la sota, compañero? ¿No le decía yo que éramos astillas del mesmo palo? Es al ñudo compadre, parece que nos hubieran meao los perros.
     Sentite un poco osté, yenerale Boyuela, e non creda una parola de lu que diche il mascalzone. Lo gaucho érano póveri peque andávano sempre sul cavalo pizzicando la mandola e cantando vidalita. Erano tutti musichi iñoranti e non sapévano laborare la terra, matávano la vaca soltanto per manyare la lingua. ¿Sabe osté che Boyela pe qué lo gaucho sono póveri? Peque disprézzano il dennaro. ¡Mamma mia! Ma pianta lí, gaucho stúpito, senza plata non si manya, e se non si manya non se lavora e se non se lavora non si manya, ecco la vera sapienza. Vo gaucho no queré lavorare. Entonce morite di fame, non te daró ne un peso. E se mi rubá la vaca per manyare la lingua ti faró portare in cárchere. Peque non e sua la mia vaca, ¿vero? Santa madona, non si puo vívere piu in questa terra co lo gaucho ladro. ¿Pe qué non viene a lavorare con noi di peone al nostro campo, che? Nel chiquero, per cuidare lo chancho. Ti doy la comida e un par di alpargata al mese se mi cuídano lo chancho. E per dormire, un catre nel galpone. Ma peró esto no ti gusta a osté. Osté ti gusta andare sul cavalo cantando vidalita. E buono, se non ti piache lavorare, manya vidalita.
     Viven los cielos que no entiendo una palabra de lo que este descastado ha proferido, dijérase que las ruines ambiciones que le sustentan han podrido la lengua en que maldice. Válame Dios, y cuánta mentecatez en sus palabras, pesia tal. Los muy bellacos y alicortos que fizieron de la tierra un estercolero y de la noble lengua un muladar, que de tal manera hablas y pecas, so bellaco. ¿Qué vos fizieron noble América del Sur, qué mesnadas con voraz rapacidad os arrojaron encima? Y tú, hijo de la sapiente Italia, ¿así desdices el genio y la cultura de los muy nobles y melodiosos caballeros de tu dulce península? ¿Bastardeas así los signos que pasaron por Vico y Bruneleschi, coronados por el divino Dante? ¿Destruyes así los sonorosos ritmos de tu lengua natal convirtiéndola en regüeldos de tus cerdos?
     Non capisco niente. Io non ho facho niente. De qué te preocúpese ahora, don Biyola, se l'América non é piu di quelle bravi cavalieri, ne de indio ne de españole ne de gaucho musicante. L'América é di qui tiéneno la plata. E sa precisa avere lavorato molto per tenere cuatromile chancho come io le ho. E vamo a vé: ¿qué ha fatto vo per l'América, yenerale? Tú tambiene andávase a cavalo tuto il yorno per la pampa, lo steso que lo gaucho vidalita. Osté vos che, mecor nun diche parole; vo no comprende niente; fermá la buca, yenerale d'opereta, non fare piu il payaso su l'estatua. Ve a lo que habiamo yegato per culpa del gaucho pelandrún. Tú e lo gaucho lo que quiérenno é arrubarme lo chancho, ma se mi tócano lo chancho te do así co un palo in te cuccuza.
     Tranquilo patrón, que naides le va a tocar sus chanchos. Y no se me sulfure, que ésa no es manera de aporriar una lengua ni de hablar entre amigos hecho un basilisco. Estoy oliendo enjuagues y ya sé que es duro de pelar el pollo, pero aquí naides lo ha llamao a responder de las resultas, así que guarde pa otra ocasión los multiplicos de sus juerzas. De óirlo nada más me dentran ganas de prender una fogata pa ahuyentar los pumas, porque vea patrón que dende que me acristianaron nunca vide un hombre como usté tan retobao y tan sobón. Y usté mi general perdónele lo mal hablao, él es ansí y más tiene de zonzo que de malo. Se encocora y se pone mal agestao si le hablan de plata. Hay que tenerlo a media rienda y seguirlo de atrasito, que en cuanto esté seguro de que naide le ha de tocar sus chanchos, hái lo veremos descaminar sus penas y ponerse más güeno que una malva. Lo pior que tienen es que pa todo son chapetones menos pa la plata, andan siempre como encelaos, desconfiando del criollo, y son más asustadizos que los chajases. Llegaron al país llenando barcos, medio muertos de hambre, pa arrejuntar unos patacones y volver enseguida al pago. Pero las leyes eran güenas (digo, pa los extranjeros) y a las tierras medio se las regalaron, endespués que los milicos entregaron al gobierno las orejas de los últimos indios, y áhi nomás se prendieron como güérfano a la teta y ansí se aquerenciaron, aunque pensando siempre en volver. Se aquerenciaron con la tierra, pero como propietarios, no con el paisaje. Más allá del corral, el ojo del gringo no ve nada. Por eso, lo mesmo que nosotros, ellos tampoco tienen patria. La patria de ellos son los patacones, como la nuestra son los pingos. Yo no le tengo inquina al gringo, el país es grande y hay lugar pa tuitos. No me lo trate mal, compadre, que al final lo único que él busca es una seguridá que allá en su tierra no iba a tener nunca, aunque tenga que mesturarse con los chanchos. Cuantimás se julepea por cualquier cosa, por eso vive cauteloso y recelando; jamás se aleja del poblao, y si por casualidá lo pilla una lluvia ajuera, al primer rejucilo sale disparando como perro con la cola entre las patas, buscando el rancho y el apoyo del hembraje.
     Sí, pero alejadle de mí, que no sólo de oille me desasosiego, mas de miralle hábito y continente, e de olelle el tufillo de marrano, que en soponcios me hunde la tufarada de zahurda que trasiega. Llevadle lejos que no quiero que ronden mis oídos filosofías de tocino e razones de cochitril e porquerizo. ¿Pero es que los gauchos no tenéis sangre en vuestras venas? ¿Ansí les toleráis magüer os priven de vuestra legítima heredad? Vaya guisa de soportar la sinrazón del mentecato e sus trapacerías e deliquios. Y ansí se guisa de continuo la desventura del desventurado mundo, ansí se tejen las sutiles redes de la mendacidad y la estulticia. Aquí y acullá o donde fuéredes veréis cabalgar la dicha sobre el dolor ajeno y la aquiescencia sobre la injusticia. ¡Anciano mundo! ¡Qué desperdicio del humano linaje! Y qué tristura ver que vosotros aceptáis desaguisado tal como imposición del Hado y con una sonrisa desdeñosa. Ea, sus, alzaos a luchar como otrora y levantad el estandarte de vuestra antigua libertad y señorío. Antes os rebelasteis contra la opresión, mas os dejasteis aherrojar por los que medran. Vejez me postra para echaros una mano amiga y noble, mas si este dolido cuerpo me lo consintiera, juro a los güesos de mi linaje, ¡vive Dios!, que de la tierra les arrojara cual si fuesen moros.
     Qué basa, no begue tan fuerte, no se base, baisano. ¿Qué le ha hecho la bobre turco al baisano Besuela? La bobre turco vendiendo beines y beinetas, jabón y jaboneta y beine ba los biojos. La bobre turco berdido en la neblina, y si la traje que te vende no te gusta dicen buta barió turco. La bobre turco regalando boncho de brobaganda al gaucho, la bobre turco solo en medio de la bamba sin batria ni berro que le ladre. Turco llorón, dicen a la bobre turco, y siempre buta, buta barió turco, berdé en el culo el beine y la beineta el jabón la jaboneta y el beine ba los biojos. El baisano Besuela quiere que el gaucho belee con el gringo, y barece que va a ganar el gaucho, borque el gaucho no tiene blata ni boncho que bonerse, bero el gringo no tiene belotas. Já.
     Vo cayate, turco farabute, que esto asunto non é con vo. Vo sólo sabé ambulá en la neblina con lo sulki vendiendo ropa vieca. E no sabé ne hablá. E osté vos che, yenerale Piyuola, de qué te preocúpese ahora. De fastedearme con vigliaquería. Io non tengo la vaca. Lo vasco tiéneno la vaca. Io non tengo terra. La terra é de gente que párlano inglese e anque franchese, tuta la Patagonia é di essi. Io tengo soltanto lo chancho, en un grande corrale. A osté le dispiache la puzza del chiquero ma despoés a osté e a lo gaucho le gústano comé lo chancho que cria lo gringo con le sue mani sporque. E doppo me dispréziano. Lo gaucho pelandrún diche que la sua patria é il cavalo. E io le dico a osté che Piyola que l'América non esiste per me peque mi disprezia, e anque l'Italia non esiste, peque mi faceva morire di fame; cosí la vera patria mia stá nel corrale con lo chancho, ecco il paese que mi ha dato la sorte. E non farmi parlare piu di questa cosa per favore, ¡non farmi piányere peque mi ammazzo e moro io con tuto lo chancho nel chiquero, madona véryena putana troya vigliaca e putarrona véryena squifuza, vaca empastada bestia véryena mannai!
     Fierazo, amigo, oír llorar a un gringo. ¿Sabe que se nos ha ido un poco la mano, compañero? Vea cómo se tira de los pelos y se muerde los pulgares. Cuando ellos llegaron, la gran repartija de las tierras de los indios ya estaba hecha, apenas jueron segundones. Capujaron lo que pudieron. Y güeno, dejémolos estar, mesmamente los turcos, los judíos, los rusitos, los españoles que vinieron endespués, dejemos que correteen a su gusto por la pampa y se mesturen entre ellos y se acriollen, que pa eso jué pensao ese país.
     Pues siendo ansí, pluguiera a Dios que os reportéis y teniendo por norma la justicia viváis en equidad. Y puesto que tantico de moros e de judíos, de indios e de italianos e de muchas otras sangres tenéis, forzoso es que no riñáis entre vosotros por cuestiones de sangre o de linaje e tratéis de descubrir cuál es el verdadero enemigo que se emboza entre vosotros, tan cuidadoso de su felonía que no se le ha oído porque siempre calla. A ése sí buscadle y arrojadle al proceloso ponto. Mas ¿qué faze agora el desdichado itálico?
     Y, ya le dije, el gringo es muy arrebatao pero tiene un corazón muy blando. Está corriendo tras los chanchos, buscando alguno pa ofrecérselo.
     Eh, compá Buyola, eh, paisá, aspetate un poco. Toma esto chanchito, é para osté. Ténnero como una manteca. Manyátelo vo, Biyola, a la salute de lo gringo chanchero. Si quiama Mimí, como quello de la ópera. La mascota del chiquero, veramente un ángelo il poverino. E anque vo, gaucho vidalita, toma, acá tiene otro chanchito para osté. Peque despoés nun dica que lo gringo é osorero. A vo, turco farabute, non te do niente, peque otra volta nun dica que lo gringo non tiéneno pelota. E vate a vendé ropa vieca na neblina.
     Ya se me alcanza, oh porquerizo, que un noble corazón albergas aunque oscuras razones masculles en la insólita lengua que barbullas. Cojo este cochinillo en prenda de paz, y porque siempre valgan en ti más tus sentimientos que tus aturullantes palabrejas. Item más, porque descubras que tu verdadera patria no es una zahurda ni la ya irrecuperable península, sino que está dentro de ti. Otrosí digo a vos, aindiado e de la mesma guisa españolizado gaucho, forzoso es que aquellas sangres que otrora mezcláramos en sangrientas lides o mutuas violaciones, sean finalmente consentidas e prendas de comprensión e unión ante el azaroso devenir que nos espera en este demencial cuanto acuciante siglo que termina y en el no menos demencial que en el horizonte asoma. Entrad pues, señor mío, en esta legendaria e castigada España, e no curéis de viejas historias de conquista ni de antiguos agravios. Y borrad de vuestra mente al desdichado general y traductor Pezuela, ansí como a su perdidoso pabellón. Dejadme estar en el piadoso olvido, que he de matizar bien luego con este apetitoso cochinillo. Aderezarle y adobarle he con las más nobles especies traídas de Molucas, regarle he con generosos vinos de la tierra, porque un buen yantar selle este encuentro y a la vera de generosa lumbre atemperemos la persistencia de esta isócrona llovizna hecha de tiempo y de memoria cuidadosa. Vale.

Daniel Moyano 


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