Iba yo subiendo por la Ribera de Curtidores una noche
de llovizna y al acercarme a la Plaza de Cascorro siento
que el guerrero que está allí en esa estatua gira
la cabeza para atrás y me mira con desconfianza,
justo cuando me rondaba por dentro una canción escolar
que hablaba de guerras y de próceres. Soy bastante supersticioso
y el asunto me dio miedo, no me gustó que la estatua
del guerrero apareciera ante mi vista en el mismo momento
que la canción en mi memoria, ni que volviera la cabeza
justo cuando yo empezaba a tararear la melodía. De modo
que me dirigí hacia la calle de la Ruda para no verlo,
y cuando estaba entrando en ella volví, esta vez yo,
la cabeza, a ver si la estatua continuaba
mirándome, pero seguía inmutable mirando hacia adelante
como siempre, menos mal que las realidades físicas lo
mejor que tienen suele ser su congruencia.
Pero bueno, en esa millonésima de segundo que capté
casualmente, el héroe español podría haber girado la
cabeza, atento a que la letra de la canción que yo le
puse tan cerca bajo la llovizna contenía ofensas para
su dignidad guerrera; reacción normal, me dije llevando
adelante el asunto, para un hombre que estaba allí,
solo en el tiempo y solo en la llovizna. Y lo identifiqué
enseguida con el general Pezuela, tan maltratado por
la Historia de un tal Grosso y por la revista Billiken
que leíamos en los años tiernos.
Después pensé que la realidad que se nos oculta a causa
de la limitación de nuestros sentidos actúa precisamente
así, por velocidades que se nos escapan, como las millonésimas
de segundo que apenas había necesitado el alma errante
del general Pezuela para habitar esa estatua y desde
allí mirarme sin que yo pudiera verlo, ignorante de
que yo, por tener agudizados mis sentidos a causa de
mi búsqueda de Eugenia, había captado su casi imperceptible
movimiento. Yo me movía en la realidad de todos los
días como en la de la música, porque sólo así esperaba
poder hallar, en la aburrida partitura de la vida organizada
de los sentidos limitativos, objetos eternos y preciosos
como Eugenia por ejemplo.
Todas las veces que me acerqué a la estatua desde atrás,
Pezuela volvió la cabeza y me miró unos segundos, pero
no cuando lo hice con Mastropiero. Tampoco me miraba
si yo no tarareaba la canción. Seguramente esa plaza
era el lugar que el general, virrey del Perú y traductor
de Dante Alighieri, había elegido, o le había tocado,
para pasarse el tiempo de eternidad que le correspondiera.
La estatua donde vivía era la cárcel que le tocaba por
haber perdido batallas y países. Y allí había permanecido,
aislado por olvidos y lluvias, hasta que yo, un instrumento
del azar o de la improvisación, fui a tocar justamente
esa cuerda, ese lugar oculto, con lo cual él volvía
a tener alguna forma de presencia y a habitar otra vez
el tiempo, aunque fuese en situaciones de relámpago.
Yo pasaba a cada rato por allí para darle oportunidad
a que se asomara otra vez a la vida, aunque fuera por
millonésimas de segundo. Cuando le pregunté a Mastropiero
si la cosa no le parecía demasiado forzada, me respondió
que ojalá él tuviese también un juguete como ése. En una de ésas, dijo, Pezuela
tenía la clave para encontrar a Eugenia. Entonces comencé
a visitar la estatua regularmente, como quien va en
busca de las llaves del tesoro. Desde un barcito próximo,
especialmente en noches de llovizna y con una copa de
coñac, de cara al quinto centenario y poniendo a las
tres carabelas de por medio como seña común de identidad,
le hablé de muchas cosas y le pedí disculpas por la
ofensa de la canción que aquel día yo iba tarareando
por casualidad, según la cual él, derrotado, huía del
campo de batalla arriando "su rojo pabellón".
Y bien, general Pezuela, hay que saber perder en la
vida, le digo. De alguna manera fuimos enemigos y hemos
peleado muchas veces (esas mañanas frías en la escuela
rural), usted desde los libros de historia y yo desde
mi infancia cruzábamos las espadas para herirnos, pero
creo que va siendo hora de hacer las paces, ahora que
van a cumplirse los quinientos, venga que le ayudo a
enrollar su rojo pabellón. Y lo más probable es que
usted, como general perdedor, no tenga aquí una estatua
como la gente y con su nombre, que lo eternice en el
frío del bronce que atraviesa las edades. A usted lo
mandaron para allá a liquidar a los revoltosos, especialmente
al indigno San Martín, quien, para los libros de la
historia futura, tenía un nombre más potable que el
suyo, francamente y dicho sin ánimo de ofensa. Fíjese,
Don José de San Martín,
todo un verso por sí mismo, en octosílabo de la más
pura estirpe hispánica. Y que rima con paladín, claro.
En cambio usted querido amigo, supuesto que se llamara
también José (no me acuerdo de su nombre), alcanzaría,
no lo niego, a llenar un octosílabo: Don
José de la Pezuela. Pero no suena muy bien,
¿verdad? Y cuáles son sus rimas: muela, suela, cazuela.
No, con ese nombre usted no podía llegar a ser un paladín,
su derrota estaba determinada de antemano por razones
eufónicas, palabra de músico. Lo suyo era, pues, enrollar
el rojo pabellón antes al viento desplegado. Por eso
usted no tiene una estatua aquí en Madrid, ni tampoco
en su aldea natal, seguramente. Porque usted fue perdedor
y los perdedores se olvidan. Usted, que era de este
bando, no tiene estatua y se ve obligado a arrimarse
a este mugriento bronce de la Plaza de Cascorro. San
Martín, que era del bando enemigo, la tiene aquí en
Madrid y hay otras por Cádiz o Sevilla. Porque era un
vencedor, y a los vencedores los respetan en este mundo
desacomplejado, le digo.
Le digo pero no comprende nada el general, sólo entiende
el castellano de sus pares o el de los gauchos y los
indios, amén del italiano medieval que traducía, nel
mezzo del cammin di nostra vita y demás endecasílabos.
Entonces:
No es sino con un noble sentimiento de reconciliación
que tengo la osadía de dirigirme a vos, ínclito general
y epónimo virrey, al socaire que el tiempo transcurrido
desde aquellos años de infelice memoria concedido me
ha, magüer la triste circunstancia de pertinaz llovizna
no sea asaz propicia para dalle el entorno necesario
que a mí y a vos, noble señor, pluguiere.
Por fin podemos entendernos al cabo de los años, puesto
que ambos a dos somos perdidosos, vos de un reino y
yo de un amor que no encuentro. Mi historia pues se
parece a la vuestra, y contárosla he brevemente para
no fatigar la paz señera de que gozáis en el olvido
de los justos, mezclando natura con bemol porque tanto
goce la ansiosa imaginación cuanto el sosegado entendimiento.
Mas heme aquí perdido en un parlar que no es el propio,
permitidme señor que me dirija a vos en la lengua fronteriza
que usaron mis ancestros.
Y güeno, general, soy gaucho, sí, pero es preciso saber
de ánde, porque no habla lo mesmo un nativo de Corrientes
que uno del Bragao o del norte. Y áura digamé, cuñao,
en lengua de qué gauchos prefiere que le cuente mis
cuitas pa poder entendernos después de tantos siglos.
Y no es, compadre, que ande faroliando, pero quiero
darle guasca a este asunto de entenderme con usté. Porque
si de los pagos de Corrientes se trata, yo vengo pá
del rancho e'la Cambicha, ¿sabe? Lindaza la moza revoliando
la pollera pa bailar la polca. ¿Qué tal chamigo Chiquizuela,
tan mentao en los libros? ¿Quién pá lo hizo juir de
la batalla montando un rosillo que de tanto galopar
p'alejarse 'e los criollos ya no le quedaba ni el resuello?
¿Y por qué pá no cambiaba de caballo? De Corrientes,
chamigo, tierra de lobizones.
Del Bragao, aparcero, dejuramente de un pueblito q'uestaba
a tiro de jusil del lugar ande usté perdía las batallas
y juía al galope enrollando su bandera colorada según
mentan las crónicas. A lonjazos iba usté mi general
cuando lo redotaron los criollos. Usté iba montao a
medio bozal, yo lo estaba bichando dende la altura de
un mangrullo, usté llevaba una chapona llena 'e lunarejos
cuando lo redotaron, y juía tan juerte y fiero que mesmo
parecía llevar enancada una luz mala.
Soy del norte, cumpa, donde está la flor del coplerío.
Donde los changuitos ioran descalzos por esos cerros
donde ia no crecen ni los iuios. No hay ni chancua pa
darle a los changuitos, ni charqui ni guaschalocro ni
mistol ni algarroba, ay juayputa q'hemos hecho señora
magre de dios pa que andemos tan pobres.
Y güeno, amigo Pezuela, aunque la cosa vaya mesturada,
qué lindura ¿no le parece? poder hablar en cristiano
con usté. Me vine a estos pagos madrileños medio engolosinao,
y ando por aquí de puro bagual. Campeando un cariño
maver si nos acollaramos. Se llama Eugenia la chiruza.
Lindazo el nombre, ¿no? Vea, soy un foráneo, amigazo,
pero de buena laya. Un gaucho de los de endenantes,
de los que pelearon contra usté. De ésos que llevaban
en sus venas la sangre que el presidente Sarmiento quería
pa regar las pampas, porque él nos odeaba, como odeaba
también a los españoles y a todo lo que no juera alemán
o inglés, él quería poblar las pampas con ingleses y
alemanes pero le falló la cosa, porque al final el país
se le enllenó de italianos, turcos y judíos. Gaucho
de los de endenantes, mi nombre es Juan, de apelativo
Bravo, pero no se me asuste ni recule, ando desmontao,
no tengo ni caballo ni facón, apenas un cuchillito moto
pa cortar el naco de los vicios. Viera el cebruno que
montaba allá en mi tierra, al galopar era una luz prendida.
Aquí uno anda pobre y de sotreta, sin jergas ni pellones,
sin taculona p'hablar con naides, mesmo que de la cuarta
al pértigo, como tristón y envaretao por no poder hallar
a la chinita Eugenia.
Pero tengo un entripao con usté mi general Pezuela,
y se me hace que usté también lo tiene conmigo. Dende
chiquito me enseñaron a dispreciarlo, porque usté era
de la laya de los enemigos que llamábamos godos. Usté
no nos quería libres y tuvimos que correrlo del pago
a chuzazo limpio, y aúra que la lluvia y el tiempo nos
han acollarao no sé cómo pedirle las disculpas, seguro
que usté durante todo el tiempo que pasó dende entonces
anda juntando herrumbre, no como estatua, claro, le
estoy hablando al hombre. Soy persona pacífica, como
endenantes le dije, ando por estos pagos desmontao y
sin facón. Pero si a usté no se le ha ido entoavía la
rabia, si quiere peliar, peliemos. Si la ocasión no
es güena y le hace frío yo le empriesto mi poncho y
no se aflija, que hasta al cuchillito moto se lo empriesto.
Yo, amigazo, pa cobrarme tengo de sobra con el cabo
'e mi rebenque.
De no, podemos hablar de pingos. El caballo, compadre,
es la única patria de verdá que tuvo el gaucho, porque
tuito lo demás ha sido siempre de los que vinieron quién
sabe de ánde. En un caballo uno podía ir cambiando de
sitio, asigún molestara a los demás con su presencia.
Irse campo ajuera, ande lo llevara el viento. ¿Compriende,
aparcero? A caballo, uno siente que es alguien, dueño
de la tierra que pisa y de los ríos que atraviesa. De
a pie, todo resulta ajeno o emprestao. Afiguresé entonces
la situación de su amigo, en Madrid y a pie y sin poder
hallar a la chinita.
No digo usted pero sí sus soldados, general, violaban
a las indias y luego las dejaban, sin querer enterarse
de que quedaban empreñadas. Ahijuna los trompetas. Y
las indias parían bajo los árboles, al frío y al calor,
sin un trapo siquiera pa limpiar a los huaschitos que
nacían. Esos changuitos huaschos éramos nosotros, y
crecíamos entre indios, dispreciaos por ustedes y por
ellos, porque teníamos la piel medio vareteada y con
olor a cristiano. Los indios pa vengarse formaban un
malón, invadían las poblaciones, robaban hembras blancas
y las empreñaban. Y de ahí también nacíamos nosotros,
con la piel vareteada esta vez al revés pero igualmente
dispreciaos por ustedes y por ellos. Y ansí no teníamos
ni padre ni patria ni cosa alguna que se les pareciera.
Ser gaucho era un delito, como decía el compadre Martín
Fierro. Pisando siempre tierra ajena y de carta de más
en todas partes dende chiquitos nos íbamos aficionando
al caballo pa ser libres, y a la vihuela pa cantar las
desdichas.
Usté y yo, compadre, somos casi astillas del mesmo palo
en sangre y en desdichas, y perdone si lo ofiendo. Si
por esto quiere que peliemos, cite nomás que en la cancha
que usté diga lo esperaré pa que arreglemos las diferencias.
Y áura que le he mentao las afrentas ya podemos ser
amigos pa toda la vida y hablar un poco de caballos
si ansina lo desea. Por allá se comenta que usté montaba
un mancarrón, un malacara medio tuerto. De lo cual colijo,
general, que usté era un chambón pa los caballos. Mucha
montura, güenas caronas y pellones, uniforme lleno de
chafalonías, lloronas en las tabas, rebenque con mango
'e plata q'era un primor, pero, de montar bien, nada.
Y ansina no se gana una guerra, don Pezuela. Según las
mentas, usté en vez de peliar como se debe se pasaba
el día leyendo en italiano, vea qué afán curioso. Por
eso perdió países enteritos, y las tierras no jueron
ni suyas ni de los gauchos ni de los indios, finalmente
los italianos y los turcos se han quedao con todo, y
aúra tanto usté como yo andamos en pelotas.
¿Cosa diche lo gaucho fanfarrone? Osté pensa que l'hemo
rubato la terra. Cayate gaucho, vo no comprendé niente.
Ma vea un poco yeneral Beyola lo disparate d'este disgraziato
maledeto. ¿E pe qué? Peque lo gaucho é pelandrún. Se
non foera per noi que laboramo la terra, lo gaucho morívano
di fame. Lo gaucho sábeno soltanto preñare a la moglie,
e per dare di manyare a lo bambini pídeno plata a noi,
non págano e doppo dícheno que siamo osoreri. Cuando
noi arriviamo a Bono Saria non avévamo pane per metere
in buca. Manyábamo pacarito tutti yorni. Ma doppo laborando,
arrubando a la terra, diventiamo riqui.¡Co il sudore
de la nostra fronta! E doppo dícheno qui siamo osoreri.
Fermá la buca, vos che, gaucho iñorante, e vate a limpiá
il corrale de lo chancho.
Y güeno, amigo Pezuela, pa muestra basta un botón, si
es que ha óido y entendido lo que ha dicho el gringo.
Tuitas las tierras de la indiada no jueron ni pa usté
ni pa mí. Peliábamos pa los otros sin saberlo, y áura
tuito se ha perdío. ¿Le va viendo las patas a la sota,
compañero? ¿No le decía yo que éramos astillas del mesmo
palo? Es al ñudo compadre, parece que nos hubieran meao
los perros.
Sentite un poco osté, yenerale Boyuela, e non creda
una parola de lu que diche il mascalzone. Lo gaucho
érano póveri peque andávano sempre sul cavalo pizzicando
la mandola e cantando vidalita. Erano tutti musichi
iñoranti e non sapévano laborare la terra, matávano
la vaca soltanto per manyare la lingua. ¿Sabe osté che
Boyela pe qué lo gaucho sono póveri? Peque disprézzano
il dennaro. ¡Mamma mia! Ma pianta lí, gaucho stúpito,
senza plata non si manya, e se non si manya non se lavora
e se non se lavora non si manya, ecco la vera sapienza.
Vo gaucho no queré lavorare. Entonce morite di fame,
non te daró ne un peso. E se mi rubá la vaca per manyare
la lingua ti faró portare in cárchere. Peque non e sua
la mia vaca, ¿vero? Santa madona, non si puo vívere
piu in questa terra co lo gaucho ladro. ¿Pe qué non
viene a lavorare con noi di peone al nostro campo, che?
Nel chiquero, per cuidare lo chancho. Ti doy la comida
e un par di alpargata al mese se mi cuídano lo chancho.
E per dormire, un catre nel galpone. Ma peró esto no
ti gusta a osté. Osté ti gusta andare sul cavalo cantando
vidalita. E buono, se non ti piache lavorare, manya
vidalita.
Viven los cielos que no entiendo una palabra de lo que
este descastado ha proferido, dijérase que las ruines
ambiciones que le sustentan han podrido la lengua en
que maldice. Válame Dios, y cuánta mentecatez en sus
palabras, pesia tal. Los muy bellacos y alicortos que
fizieron de la tierra un estercolero y de la noble lengua
un muladar, que de tal manera hablas y pecas, so bellaco.
¿Qué vos fizieron noble América del Sur, qué mesnadas
con voraz rapacidad os arrojaron encima? Y tú, hijo
de la sapiente Italia, ¿así desdices el genio y la cultura
de los muy nobles y melodiosos caballeros de tu dulce
península? ¿Bastardeas así los signos que pasaron por
Vico y Bruneleschi, coronados por el divino Dante? ¿Destruyes
así los sonorosos ritmos de tu lengua natal convirtiéndola
en regüeldos de tus cerdos?
Non capisco niente. Io non ho facho niente. De qué te
preocúpese ahora, don Biyola, se l'América non é piu
di quelle bravi cavalieri, ne de indio ne de españole
ne de gaucho musicante. L'América é di qui tiéneno la
plata. E sa precisa avere lavorato molto per tenere
cuatromile chancho come io le ho. E vamo a vé: ¿qué
ha fatto vo per l'América, yenerale? Tú tambiene andávase
a cavalo tuto il yorno per la pampa, lo steso que lo
gaucho vidalita. Osté vos che, mecor nun diche parole;
vo no comprende niente; fermá la buca, yenerale d'opereta,
non fare piu il payaso su l'estatua. Ve a lo que habiamo
yegato per culpa del gaucho pelandrún. Tú e lo gaucho
lo que quiérenno é arrubarme lo chancho, ma se mi tócano
lo chancho te do así co un palo in te cuccuza.
Tranquilo patrón, que naides le va a tocar sus chanchos.
Y no se me sulfure, que ésa no es manera de aporriar
una lengua ni de hablar entre amigos hecho un basilisco.
Estoy oliendo enjuagues y ya sé que es duro de pelar
el pollo, pero aquí naides lo ha llamao a responder
de las resultas, así que guarde pa otra ocasión los
multiplicos de sus juerzas. De óirlo nada más me dentran
ganas de prender una fogata pa ahuyentar los pumas,
porque vea patrón que dende que me acristianaron nunca
vide un hombre como usté tan retobao y tan sobón. Y
usté mi general perdónele lo mal hablao, él es ansí
y más tiene de zonzo que de malo. Se encocora y se pone
mal agestao si le hablan de plata. Hay que tenerlo a
media rienda y seguirlo de atrasito, que en cuanto esté
seguro de que naide le ha de tocar sus chanchos, hái
lo veremos descaminar sus penas y ponerse más güeno
que una malva. Lo pior que tienen es que pa todo son
chapetones menos pa la plata, andan siempre como encelaos,
desconfiando del criollo, y son más asustadizos que
los chajases. Llegaron al país llenando barcos, medio
muertos de hambre, pa arrejuntar unos patacones y volver
enseguida al pago. Pero las leyes eran güenas (digo,
pa los extranjeros) y a las tierras medio se las regalaron,
endespués que los milicos entregaron al gobierno las
orejas de los últimos indios, y áhi nomás se prendieron
como güérfano a la teta y ansí se aquerenciaron, aunque
pensando siempre en volver. Se aquerenciaron con la
tierra, pero como propietarios, no con el paisaje. Más
allá del corral, el ojo del gringo no ve nada. Por eso,
lo mesmo que nosotros, ellos tampoco tienen patria.
La patria de ellos son los patacones, como la nuestra
son los pingos. Yo no le tengo inquina al gringo, el
país es grande y hay lugar pa tuitos. No me lo trate
mal, compadre, que al final lo único que él busca es
una seguridá que allá en su tierra no iba a tener nunca,
aunque tenga que mesturarse con los chanchos. Cuantimás
se julepea por cualquier cosa, por eso vive cauteloso
y recelando; jamás se aleja del poblao, y si por casualidá
lo pilla una lluvia ajuera, al primer rejucilo sale
disparando como perro con la cola entre las patas, buscando
el rancho y el apoyo del hembraje.
Sí, pero alejadle de mí, que no sólo de oille me desasosiego,
mas de miralle hábito y continente, e de olelle el tufillo
de marrano, que en soponcios me hunde la tufarada de
zahurda que trasiega. Llevadle lejos que no quiero que
ronden mis oídos filosofías de tocino e razones de cochitril
e porquerizo. ¿Pero es que los gauchos no tenéis sangre
en vuestras venas? ¿Ansí les toleráis magüer os priven
de vuestra legítima heredad? Vaya guisa de soportar
la sinrazón del mentecato e sus trapacerías e deliquios.
Y ansí se guisa de continuo la desventura del desventurado
mundo, ansí se tejen las sutiles redes de la mendacidad
y la estulticia. Aquí y acullá o donde fuéredes veréis
cabalgar la dicha sobre el dolor ajeno y la aquiescencia
sobre la injusticia. ¡Anciano mundo! ¡Qué desperdicio
del humano linaje! Y qué tristura ver que vosotros aceptáis
desaguisado tal como imposición del Hado y con una sonrisa
desdeñosa. Ea, sus, alzaos a luchar como otrora y levantad
el estandarte de vuestra antigua libertad y señorío.
Antes os rebelasteis contra la opresión, mas os dejasteis
aherrojar por los que medran. Vejez me postra para echaros
una mano amiga y noble, mas si este dolido cuerpo me
lo consintiera, juro a los güesos de mi linaje, ¡vive
Dios!, que de la tierra les arrojara cual si fuesen
moros.
Qué basa, no begue tan fuerte, no se base, baisano.
¿Qué le ha hecho la bobre turco al baisano Besuela?
La bobre turco vendiendo beines y beinetas, jabón y
jaboneta y beine ba los biojos. La bobre turco berdido
en la neblina, y si la traje que te vende no te gusta
dicen buta barió turco. La bobre turco regalando boncho
de brobaganda al gaucho, la bobre turco solo en medio
de la bamba sin batria ni berro que le ladre. Turco
llorón, dicen a la bobre turco, y siempre buta, buta
barió turco, berdé en el culo el beine y la beineta
el jabón la jaboneta y el beine ba los biojos. El baisano
Besuela quiere que el gaucho belee con el gringo, y
barece que va a ganar el gaucho, borque el gaucho no
tiene blata ni boncho que bonerse, bero el gringo no
tiene belotas. Já.
Vo cayate, turco farabute, que esto asunto non é con
vo. Vo sólo sabé ambulá en la neblina con lo sulki vendiendo
ropa vieca. E no sabé ne hablá. E osté vos che, yenerale
Piyuola, de qué te preocúpese ahora. De fastedearme
con vigliaquería. Io non tengo la vaca. Lo vasco tiéneno
la vaca. Io non tengo terra. La terra é de gente que
párlano inglese e anque franchese, tuta la Patagonia
é di essi. Io tengo soltanto lo chancho, en un grande
corrale. A osté le dispiache la puzza del chiquero ma
despoés a osté e a lo gaucho le gústano comé lo chancho
que cria lo gringo con le sue mani sporque. E doppo
me dispréziano. Lo gaucho pelandrún diche que la sua
patria é il cavalo. E io le dico a osté che Piyola que
l'América non esiste per me peque mi disprezia, e anque
l'Italia non esiste, peque mi faceva morire di fame;
cosí la vera patria mia stá nel corrale con lo chancho,
ecco il paese que mi ha dato la sorte. E non farmi parlare
piu di questa cosa per favore, ¡non farmi piányere peque
mi ammazzo e moro io con tuto lo chancho nel chiquero,
madona véryena putana troya vigliaca e putarrona véryena
squifuza, vaca empastada bestia véryena mannai!
Fierazo, amigo, oír llorar a un gringo. ¿Sabe que se
nos ha ido un poco la mano, compañero? Vea cómo se tira
de los pelos y se muerde los pulgares. Cuando ellos
llegaron, la gran repartija de las tierras de los indios
ya estaba hecha, apenas jueron segundones. Capujaron
lo que pudieron. Y güeno, dejémolos estar, mesmamente
los turcos, los judíos, los rusitos, los españoles que
vinieron endespués, dejemos que correteen a su gusto
por la pampa y se mesturen entre ellos y se acriollen,
que pa eso jué pensao ese país.
Pues siendo ansí, pluguiera a Dios que os reportéis
y teniendo por norma la justicia viváis en equidad.
Y puesto que tantico de moros e de judíos, de indios
e de italianos e de muchas otras sangres tenéis, forzoso
es que no riñáis entre vosotros por cuestiones de sangre
o de linaje e tratéis de descubrir cuál es el verdadero
enemigo que se emboza entre vosotros, tan cuidadoso
de su felonía que no se le ha oído porque siempre calla.
A ése sí buscadle y arrojadle al proceloso ponto. Mas
¿qué faze agora el desdichado itálico?
Y, ya le dije, el gringo es muy arrebatao pero tiene
un corazón muy blando. Está corriendo tras los chanchos,
buscando alguno pa ofrecérselo.
Eh, compá Buyola, eh, paisá, aspetate un poco. Toma
esto chanchito, é para osté. Ténnero como una manteca.
Manyátelo vo, Biyola, a la salute de lo gringo chanchero.
Si quiama Mimí, como quello de la ópera. La mascota
del chiquero, veramente un ángelo il poverino. E anque
vo, gaucho vidalita, toma, acá tiene otro chanchito
para osté. Peque despoés nun dica que lo gringo é osorero.
A vo, turco farabute, non te do niente, peque otra volta
nun dica que lo gringo non tiéneno pelota. E vate a
vendé ropa vieca na neblina.
Ya se me alcanza, oh porquerizo, que un noble corazón
albergas aunque oscuras razones masculles en la insólita
lengua que barbullas. Cojo este cochinillo en prenda
de paz, y porque siempre valgan en ti más tus sentimientos
que tus aturullantes palabrejas. Item más, porque descubras
que tu verdadera patria no es una zahurda ni la ya irrecuperable
península, sino que está dentro de ti. Otrosí digo a
vos, aindiado e de la mesma guisa españolizado gaucho,
forzoso es que aquellas sangres que otrora mezcláramos
en sangrientas lides o mutuas violaciones, sean finalmente
consentidas e prendas de comprensión e unión ante el
azaroso devenir que nos espera en este demencial cuanto
acuciante siglo que termina y en el no menos demencial
que en el horizonte asoma. Entrad pues, señor mío, en
esta legendaria e castigada España, e no curéis de viejas
historias de conquista ni de antiguos agravios. Y borrad
de vuestra mente al desdichado general y traductor Pezuela,
ansí como a su perdidoso pabellón. Dejadme estar en
el piadoso olvido, que he de matizar bien luego con
este apetitoso cochinillo. Aderezarle y adobarle he
con las más nobles especies traídas de Molucas, regarle
he con generosos vinos de la tierra, porque un buen
yantar selle este encuentro y a la vera de generosa
lumbre atemperemos la persistencia de esta isócrona
llovizna hecha de tiempo y de memoria cuidadosa. Vale.
Daniel Moyano
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