Lo cotidiano se dirime
entre música y ruido, entre metáfora y ritmo vacío de
sentido. Notas y palabras fueron, para Daniel Moyano,
elementos para imaginar las significaciones de una realidad
provinciana y económicamente pobre. En su última novela,
Dónde estás con tus ojos celestes, Moyano retoma
metáforas. El devenir del protagonista se asemeja a
una mágica crónica de su vida real, esta vez conciliatoria
con su padre, (Cayetano Moyano, quien dejó a su hijo
sin madre desde chiquitito) y a la búsqueda de una “patria
metafísica” donde descansar de la búsqueda, de tanto
exilio y de ese nunca llegado desexilio. Esa patria
la rastrareá en Europa, de donde había partido su madre:
es en y desde la madre que puede existir conciliación
y conversión del ruido paterno en música. Su novela
es una melodía. Así, Daniel resiste –escribiendo, es
decir, buscando- a la penetración del ruido en su propio
cuerpo, nacido de madre transmitidora de dulces latidos.
Una melodía escondida dentro del ruido y dentro del
esfuerzo del pueblo por salvaguardarse del dolor que
sufre en los oídos, ya sea a través de la negación o
supervivencia. Su hijo, Ricardo Moyano, tuvo el privilengio
de nacer de dos músicos que se han querido toda la vida,
tanto en Córdoba como en la Rioja –cuna de Ricardo-
o en Madrid –donde se exiliaron luego de que un comando
de la última dictadura secuestrara y liberara a Daniel-.
Aparte de sangre y vida, Daniel y Ricardo compartían
sentido, complementándose. Cartas entre padre e hijo
–quienes, además, compartían profesión musical- desembocaron
en cuentos o –imagino- suites para guitarra en algún
suburbio de Estambul. Daniel era violinista aunque
su modo de colmar lo elemental fue a través de las palabras,
que no se desligaban de la música nunca. Ricardo es
el reverso de su padre. Quizo ser escritor pero acabó
eximio guitarrista. Buscando en Estambul su patria metafísica,
su Rioja europea. Todo en ambos se parece a la metáfora
de lo real soñado. Haber sido tan padre fue el legado
que recibió el hijo.
Amalia Gieschen
Tal
cual el pá
Desde que aprendí
a agarrar un lapiz (y a caminar) todas las paredes de
la casa y los muebles de madera con puertitas al alcance
de mi mano estaban pintados con rayas hasta una altura
de cincuenta centímetros, al igual que en una de las
tiras de Guille y Mafalda. Mi padre me dejaba hacer,
pensando que algún día me daría por ser escritor.
Pero hete aquí que en la cocina, debajo de
una mesada con puertitas de madera, mi madre guardaba
todas las cacerolas y sartenes, ah, y un tacho de metal
para meter el pan. Al llegar a esa pieza, los garabatos
se acababan. Es que yo ahí dejaba el lápiz y agarraba
dos tapas de olla, que hacía sonar durante horas y horas, cosa
que mi padre también me dejaba hacer pensando que algun
día me daría por ser músico.
Entonces no
había televisión ni computadoras, así que los chicos
disponíamos de todo el tiempo del mundo para entretenernos.
En vez de jugar a la pelota, siendo ya más grandecito,
con un amigo tan patadura como yo (José Adolfo Paredes)
escribimos una novela de piratas, hicimos teatro y,
claro, estudiamos música. Mi madre había decidido mandarme
al conservatorio cuando cumpliera los 8 años
Moyano, el contador.
Al mediodía
yo esperaba ansioso la hora de comer. Era el momento
en que mi padre contaba alguna historia, siempre la
misma y siempre con variaciones. Me embobaba tanto,
me embelesaba tanto, al escucharlo durante la hora entera,
que directamente me olvidaba de comer. Esto traía aparejado
las consiguientes disputas de mis padres. Que este chico
no come y que blá blá ...
Después, cansados
de discutir, se iban a hacer las paces y la siesta.
A hurtadillas, yo abría la lata y me comía un enorme
pan, la comida más rica del mundo.
En conclusión,
durante los almuerzos mi padre hablaba y yo escuchaba.
Inventamos unos cuantos personajes a los que le sucedian
chiquicientas peripecias. Por mi parte, tenía mi propio
auditorio entre los otros chicos del barrio a quienes
también les entretenía escucharme. Casi a cambio, me
permitían participar en sus partidos de fútbol, aunque
sólo me la pasase corriendo de un lado a otro sin llegar
casi jamás a rozar la pelota. Si, por piedad alguna,
alguno me daba un pase seguro, seguro era que al patear
la sacaba afuera de la cancha, y eso en el
caso de que acertase a dar en la pelota. Al atardecer,
nos juntábamos a descansar bajo un terebinto, en
la esquina. Alguno traía una guitarra, a la que indefectiblemente
le faltaba alguna cuerda, alguno de los más mayores sabía
algunos acordes y los demás cantábamos.
Por amor al arte
Mi madre era
(y es) una maravillosa maestra de música: hizo
cantar a media Rioja durante los 17 años que vivió allá
con mi padre. Fue ella quien me enseñó desde chico a
cantar una segunda voz y a hacer un canon,
es decir, a cantar lo mismo cada uno comenzando en un
momento diferente; a veces sonaba más o menos lindo,
sobre todo cuando salían a pasear las chicas
del barrio y pasaban delante de nuestra ventana. Eran
ellas quienes nos incitaban a mejorar nuestro coro.
En casa se escuchaba
música, tanto en vivo como en discos, ya que la emisora
de radio local -que transmitía principalmente música
comercial- era destestada en mi casa.
A veces mi pade
me llevaba hacia el interior de la provincia.
Siempre fui curioso de lo que escribía y él me hizo
siempre sentir su cómplice y su amigo, sobre todo en
los duros años de exilio en Madrid. Una novela la escribió
en mi casa (Libro de Navíos y Borrascas) . Siempre,
desde chico, me orientó en mis lecturas. Recuerdo que
más de una vez, cuando recibía algún cheque por alguna
colaboracion bien pagada, me decia: "no le digas
nada a tu madre, vamos a comprar discos y libros". Generalmente
teníamos que ir a Córdoba. Una vez, incluso, nos fuimos
todos en la renoleta para ver Fantasía, la
pelicula de Disney. Luego, tomamos un helado, compramos
un montón de discos y libros, y nos volvimos ese mismo
día a la Rioja.
Música para soñar
Mi padre Daniel
era músico, claro, pero sus sonidos, armonías y ritmos
más propios eran, efectivamente, los de las palabras.
Sus amigos fueron siempre gente de la calle, casi ningún
intelectual, escasos sus amigos artistas, a excepción
de Roa Bastos, Onetti, Rulfo, Cortázar. Con
todos ellos se escribía y, cuando coincidían en algún
lugar, por supuesto que se visitaban. Muchos amigos,
en España se daba con Herbert Francias (su traductor
al inglés), el Teuco Castilla. Entre los amigos de su
generación se cuentan al menos a Juan José Hernández,
Haroldo Conti, Antonio di Benedetto y un montón de
riojanos... Imposible nombrarlos a todos. Los más intimos
fueron Olga y José Paredes, junto con Lita y Juan
Viñals.
Con los Paredes,
como vivíamos a dos cuadras de distancia, estábamos
literalmente y absolutamente todos los fines de semana, siempre,
juntos; los chicos subíamos al cerro, andábamos en burro,
nos bañábamos y nadábamos cuando había agua acumulada
en la acequia, hacíamos música; los grandes jugaban
a las bochas y al truco, así días enteros, y tomaban
litros y litros de mate cocido. Por las noches, cuando
refrescaba un poco, grandes y chicos jugábamos al "dígalo
con mímica" o a la búsqueda del tesoro. También,
por supuesto, hacíamos música juntos, cantando y tocando.
Lo demás es silencio
En la casa no había piano, mi madre aprendió un poco de violonchelo, mi
padre tocaba la viola o la mandolina. Yo, ejem,
la guitarra. Mi hermana era entonces muy pequeña. Sólo
escuchaba.
En Madrid mi
padre y yo fuimos muy compinches. Cuando me mudé a París
nos escribíamos siempre. En sus cartas me enviaba muchas
primeras versiones de muchos cuentos. De su última novela,
cada capítulo apenas lo terminaba.
Cierta vez ganó
un premio en Francia, no recuerdo cuál. Debía ir a
una recepcion oficial y recibir una medalla que le daba
Chirac, el entonces intendente de París. Llegó
con anticipación y nos la pasamos "festejando"
: paseando de día y tomando whisky de noche, en
casa. La mañana de la entrega de premios salimos temprano
rumbo a la Mairie de París, junto al Sena, y a eso de
las diez (la cita era a las once) me dice, repentinamente:
"¿Y para que quiero yo esa medalla de
Chirac? Mejor no voy ..." . No retiró el
premio ni nada.
Sentía un total
y profundo desprecio por los políticos, excepto por
los nicas (Sergio Ramírez era también amigo suyo), a
los que siempre apoyó. Pensaba que no se debía confundir
a Fidel Castro con Augusto Pinochet, Videla, Stroessner
y etcétera. No dio su respaldo a los disidentes cubanos,
lo que le valió el ninguneo de la cultura oficial de
Madrid, por entonces y por siempre anti-cubana.

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