¿Caballero errante? ¿Caballería errante? ¿Qué
importan hoy en día caballeros y caballerías? Si Don
Quijote fuese sólo la historia de un caballero, si Cervantes
hubiese tenido por única meta burlarse de los usos y
costumbres de la caballería medieval, y de la moda literaria
de la caballería, su libro no hubiese conservado, a
través de los siglos, tanta alegría y vivacidad. Nos
parecería obsoleto, como ciertas obras maestras, Roman
de la rose, o Chanson de Roland, condenadas
por la caducidad del tema. Pero Don Quijote, no. Aún
para los niños, mantiene una frescura incomparable.
Pocos textos pueden jactarse de ser cuatro veces centenarios,
guardando intacta su juventud. ¿A qué obedece ese milagro?
Al hecho de que el ingenioso hidalgo no es sólo caballero,
sino caballero errante. Errante, he aquí la palabra
clave, el pasaporte para la modernidad. ¿Existe acaso,
en este fin de siglo, época incierta entre todas, frágil
y precaria, una figura que nos toque más de cerca, que
despierte más resonancias en nosotros, que un hombre
poseído por el demonio de la errancia?
Cuidado, sin embargo. La palabra española es menos rica en connotaciones
que las sugeridas por su equivalente francés. Don Quijote
es un caballero andante, no errante. Andante, es decir
que anda, que va. Pertenece a la Orden de la Caballería
Andante. No forcemos pues la significación del término:
término concreto, como todo el lenguaje de Cervantes.
Si ese andar nos parece una errancia, si asimilamos
los viajes del caballero a una deriva, convengamos que
ello es posible gracias a Cervantes que nos incita a
creerlo por la fuerza sugestiva de su genio. Gran novelista,
se sujeta a un vocablo neutro: andar.
Por lo demás, ¿errar es recorrer tan cortos trayectos?
Primera sorpresa: el tiempo y el espacio,
que en la lectura de El Quijote nos parecían
tan vastos,
corresponden a una realidad
bastante modesta. El héroe, en busca de aventuras,
sale de su pueblo en tres ocasiones, pero ninguna de
ellas lo lleva muy lejos, ni por mucho tiempo. La primera
vez se ausenta sólo por dos días; se ha creído identificar
los sitios de su desplazamiento: Argamansilla de Alba,
punto de partida; llanura de Montiel, que atraviesa;
aledaños de la Sierra
Morena, y Puerto Lápice, donde duerme; regreso al día
siguiente por el Quintanar, sitio en que se sitúa el
episodio del mancebo apaleado y tan lamentablemente
“salvado”. En total, apenas cuarenta y nueve horas,
y de ninguna manera toda La Mancha: sólo algunas pocas
leguas cuadradas.
La segunda salida, en un territorio no menos
extendido, dura diecinueve días: Criptana, el villorrio
de los molinos de viento; otra vez Puerto Lápice y la
Sierra Morena, que Sancho quería atravesar para escapar
de los arqueros de la Santa Hermandad luego de la liberación
de los condenados a galera. Su amo prefiere detenerse
al pie de una roca y allí hacer penitencia. El cura
y el barbero de su pueblo lo llevan de vuelta, enjaulado.
Muy poco espacio, pero un paisaje inmenso; un tiempo
demasiado corto, pero la sensación de un largo transcurrir.
¿Cómo se las
ingenia Cervantes para darnos esa ilusión? Multiplicando
las peripecias y encuentros: comerciantes de Toledo
que van a comprar seda en Murcia; señores andaluces
que se dirigen hacia el norte; mujer de Vizcaya al reencuentro
de su marido que está en Sevilla; convoy de prisioneros;
canónigo de Toledo; cadáver de un gentilhombre transportado
de Baeza a Segovia. Una perpetua ronda, una abundancia
de idas y venidas. El único que permanece inmóvil, o
que apenas se mueve, es don Quijote, el andante, azorado
ante esas gentes que cruzan por su camino, corren a
sus asuntos en todas direcciones, recorren la península
sin cesar.
Evidentemente, la tercera salida es la más extendida
en el tiempo y tiene por meta Zaragoza donde el héroe
no llegará jamás. Cruza por las lagunas de Ruidera;
desciende en la caverna de Montesinos y bordea el Ebro.
Si el duque y la duquesa que lo albergan son los de
Villahermosa, su castillo sería entonces el de Buenvía, cerca del pueblo de Pedrola,
y Alcalá del Ebro, la gobernación imaginaria de Sancho.
De Aragón, los dos viajeros se desvían hacia Barcelona
y allí descubren el mar, que ninguno de los dos había
visto hasta entonces. Deslumbramiento, que compartimos.
Por esta metáfora del infinito, Cervantes dilata aquí
su España y la lleva a las dimensiones del universo.
Pero de cabalgata concreta, de errancia propiamente
dicha, muy poco. Si hay errancia, es totalmente
interior, de adentro. Esa
novela planetaria es, antes que nada, una novela
local, delimitada estrechamente por algunas provincias:
la Mancha, Aragón, Cataluña: No una novela de la inmensidad
vagabunda, sino de un terruño particular. Esperábamos
Julio Verne, o Conrad, y topamos con un autor regionalista.
Hispanidad también en la condición social de
los personajes, tratamiento de caracteres y piscología.
Zapatos agujereados, medias tizadas, cuellos postizos plisados como achicoria en vez
de estar planchados y almidonados, jumentos miserables,
hambre en el vientre, casa vacía, pero orgullo, conciencia de su
propio valer, satisfacción de vivir de acuerdo con la
idea que se hace de sí mismo: ¿ En qué se diferencia el Quijote de un hidalgo corriente? Con su rostro macilento
y su cuerpo descarnado
parecería salido de un cuadro del Greco. El Greco, contemporáneo
de Cervantes, evoca con imágenes a esos gentilhombres
esqueléticos y venidos a menos, como éste lo hace con palabras. Otro tipo específicamente
español es la
dueña: pacata, pérfida, maledicente, vengándose con
sus calumnias de la edad que le ha despojado de
atractivos y de la servidumbre a la que su condición
la tiene reducida. Una peste dulzona, tal es dueña Rodríguez,
que persigue a Sancho. Sancho mismo responde por completo al tipo de campesino, como el
cura al tipo de cura y el barbero al del barbero. El
barbero internacional, del cual olvidaremos su ciudad
de origen e incluso el país del que proviene, será Fígaro,
andaluz de nacimiento, pero naturalizado francés por Beaumarchais, alemán por Mozart, italiano por
Rossini. Ciudadano
del mundo, no más peluquero trabajando en
la calle.
Aunque rotundamente español por su carácter, su comportamiento,
su apego a su aldea, a su casa ( de la que no se aleja
demasiado a pesar de su deseo de andar); aunque contrasta
poco con el modelo de los hidalgos de su época, no por
ello Don Quijote deja de provocar estupor por los lugares
en que pasa. La gente arde de ganas de saber quien es
ese hombre de apariencia nada común. (II, 19). Literalmente:
tan fuera del uso de los otros hombres...
He aquí donde comienza a revelarse la errancia.
Es semejante a la gente de su país y de su condición
y, al mismo tiempo, radicalmente distinto. Doble. Por
un lado, sabio, es decir una copia conforme al tipo
corriente, y por el otro, loco, es decir, ab-errante.
Cervantes insiste en esa dualidad. Fuera de las necedades
y simplezas que ese pobre gentilhombre muestra al hablar
sobre caballería, en otros temas evidencia un sano entendimiento,
opina el cura. El canónigo de Toledo se maravilla al
comprobar que don Quijote
pierde los estribos sólo en lo que concierne
a su locura. Don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, se pregunta si
se trata de un loco
o de un sabio. Pues lo que hablaba era concertado,
elegante y bien dicho, y lo que hacía disparatado, temerario
y tonto (II,17).
El propio Quijote se encarga de decírselo a Don Diego:
No soy tan loco ni estúpido como parezco. El narrador
confirma ese juicio: ¿Quién no oyera el pasado razonamiento
que no lo tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada?
Pero como muchas veces, en el progreso de esta grande historia queda dicho, solamente disparaba
en tocándole a la caballería, y en los demás discursos
mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de
manera que a cada paso desacreditaba sus obra su juicio,
y su juicio sus obras. ¿Por qué se esmera en repetir
tantas veces que Don Quijote no es tan loco como aparenta
serlo? Porque el personaje de Cervantes no es un caso
patológico, lo cual disminuiría bastante el nivel de
la novela. Clínicamente, él no es loco; su singularidad
es específica, reducida a un solo rubro. Sólo en un
punto difiere de sus semejantes. Se separa de ellos
por una anomalía que lo aísla, es verdad, pero confiriéndole
a su personalidad un valor ejemplar, sin que pudiera
decirse que estaba separado de la humanidad por una
invalidez muy particular, o una enfermad demasiado fuera
de lo común. Su singularidad, de alguna manera, subsiste
universal. La fijación que tiene por la caballería no
es más que la metáfora de alguna otra cosa que nos queda
por descubrir. Daniel Defoe, cien años después, elegirá
también un hombre solitario para convertirlo en un mito:
Robinson, prisionero en una isla geográfica, héroe de
una insularidad material. Otros grandes novelistas,
posteriormente, han tomado el aislamiento como revelador
de una condición, de un carácter. Emma Bovary, el príncipe
Muchkine ilustran, con títulos diversos, pero bajo la
misma enseña de la singularidad profunda, la aventura
de un individuo cuya locura, volviéndolo a la vez inferior
y superior a su entorno, lo expone a la admiración de
algunos, a los insultos y al desprecio de otros. La provinciana adúltera y el idiota
epiléptico comparten con el caballero errante el privilegio
ambiguo de la marginalidad. ¿Privilegio? ¿Maldición?
Tanto Flaubert como Dostoiewsky se inspiraron expresamente
en Cervantes, trasponiendo en una novela costumbrista
el primero, y en una epopeya espiritual el otro, la
bendita dificultad, o la peligrosa prerrogativa de encontrarse
diferente de los demás.
¿Dónde situar la diferencia de Don Quijote? ¿Cuál es el
punto más visible de su locura?
¿Cuándo se muestra más absurdo, o para decirlo
con lenguaje de hoy, más irrecuperable? ¿Cuando toma
los molinos de viento por gigantes? ¿Cuándo arremete
una manada de corderos, confundiéndola con una tropa
de soldados enemigos? Por espectaculares que sean esos
episodios, ocultan lo esencial. No hay necesidad de buscarla en casos de tan extrema fantasía. La singularidad
absoluta del ingenioso hidalgo se manifiesta allí donde
no pensamos en descubrirla, distraídos por sus proezas
rocambolescas: en sus relaciones con el sexo femenino.
Dulcinea: la hija de un labriego de los alrededores,
su verdadero nombre, Aldonza Lorenzo transfigurado por
don Quijote en Dulcinea del Toboso. ¿La ama él con pasión?
¿Ardientemente? No: antes de precipitarse en busca de
batallas y hazañas, él se dice que su montura y su armadura
no son suficientes para ser un caballero. Falta una
pieza capital en el conjunto: una dama a quien amar.
Porque el caballero
andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y
cuerpo sin alma. Espontánea y bella reflexión, a decir verdad.
De esa joven campesina, comenta
el narrador,
había estado él enamorado antes, sin que la bella
lo percibiera en ningún momento. Mucho después el caballero le confiesa a Sancho
que sus amores, siempre platónicos, jamás pasaron los
límites de una modesta mirada de soslayo. Al cabo de
doce años de amarla como a las pupilas de sus ojos,
sólo la ha visto cuatro veces. En el momento de su tercera
salida le confiesa la verdad a su escudero: ¿No te
he dicho mil veces que en todos los días de mi vida
no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé
los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado
de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?
¿Cuántas veces te he repetido, especie de herético,
que en toda mi vida jamás he visto a la incomparable
Dulcinea, ni atravesado el umbral de su palacio?
Los comentadores atribuyen estas contradicciones
a la precipitación improvisadora en la redacción de
la obra, que le juega otras malas pasadas a Cervantes,
culpable de algunas inadvertencias. Creo que se podría
arriesgar una explicación más satisfactoria. ¿Cómo hacerle
admitir al lector, desde el primer capítulo, que el
héroe ama a una mujer que jamás ha visto? Al principio
se lo muestra como vagamente enamorado de una vecina,
antes de limitar a tres o cuatro los reencuentros con
Aldonza, detalle destinado a volver verosímil una devoción,
a tal punto absoluta, que inspira
al hidalgo inflamados discursos. En fin, la verdad estalla:
ese entusiasmo no tiene ninguna base física, don Quijote
no ha estado nunca en presencia de Dulcinea. Dante sí
había visto dos veces a Beatriz, antes de levantarle
el monumento idólatra de la Divina Comedia. Sin objeto
queda la exaltación desencarnada de don Quijote, un
culto radicalmente privado de soporte carnal, un amor
totalmente eximido de sensualidad. Disociación tan improbable
que a menudo es adjudicada al idealismo neo-platónico
en boga entonces en España. De allí que persiste, creo
yo, ese error y pereza de interpretar por la literatura, por la historia
de las ideas, un rasgo revelador de la personalidad
profunda del héroe.

Don Quijote no ha visto nunca a Dulcinea, ni siquiera
en un retrato. No sabe a qué se asemeja. Si le consagra
un culto es por imitación de otros caballeros y por
ninguna otra razón. En la soledad de su retiro en Sierra Morena, no se pregunta
qué sentimiento alberga por Dulcinea, ni de qué naturaleza es su pasión; se pregunta en cambio sobre cuál sería
el mejor modelo a seguir para volverse digno del ídolo
y expone a Sancho el resultado de sus reflexiones.
Ese pasaje es capital: Quiero imitar a Amadís,
haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso,
por imitar justamente al valiente don Roldán, cuando
halló en una fuente las señales de que Angélica, la
bella, había cometido vileza con Medoro, de cuya pesadumbre
se volvió loco y arrancó los árboles, enturbió las
aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó
ganados, abrasó chozas, arrastró yeguas, y hizo otras
cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura.
Y puesto que yo no pienso imitar a Roldán, o Orlando,
o Rotolando (que todos estos tres nombres tenía) parte
por parte, en todas las locuras que hizo, dijo y pensó,
haré el bosquejo, como mejor pudiere, en lo que me pareciera ser más esencial. Y podrá
ser que viniese a contentarme con sola la imitación
de Amadís, que sin hacer locuras de daños, sino
de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como
el más. (I, 25). Y como Sancho le hubiera objetado
que Rolando y Amadís tenían sus motivos para llevar a cabo todas esas locuras y penitencias,
él le ordena a su escudero dejar de oponerse a su
proyecto. No gastes tiempo en aconsejarme que deje
tan rara, tan felice y tan no vista imitación
(I, 25).
Todo ello es comprensible: no es el amor quien
gobierna al ingenioso hidalgo sino el propósito de igualarse
a sus antecesores, a quienes desea emular. O mejor,
se tiene la impresión de que el código de caballería
que él enarbola sin cesar, no es más que una estratagema
que le permite mantener distante a Dulcinea, a mantenerse
él mismo a distancia de la mujer. Oh princesa Dulcinea,
exclama él al comienzo de la novela, señora de
este cautivo corazón. Mucho agravio me habedes fecho
n despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento
de mandarme no aparecer ante la vuestra fermosura.
(I,2) Apartamiento, orden y ofensa puramente imaginarias,
que el héroe traga como un calmante. El se fija un programa de altas empresas tan extraordinarias y pone
tan alto las condiciones a cumplir para tener el derecho
de mostrarse ante Dulcinea, que uno no puede menos de
sospechar que en el fondo quiere sustraerse a ese encuentro.
Reparar las injusticias,
proteger a los huérfanos, socorrer a las viudas, liberar
a los oprimidos, intervenir en todos los lugares de
la tierra donde se comete una injusticia, ese noble
proyecto es también una estrategia para retrasar indefinidamente
el momento de enfrentar, ya no enemigos fantasmáticos,
sino la simple realidad de una mujer.
Don Quijote tiene tanto miedo a ese enfrentamiento,
tanto miedo a todo contacto femenino, que a la primera
tentación que se le presenta se refugia tras el compromiso
de no servir sino a Dulcinea. A la Maritorne, en la
penumbra del dormitorio de la venta, le explica que
él está demasiado golpeado y vejado ( la tanda de bastonazos
recibidos en Yangua) para rendirle homenaje. Y más
que se añade a esta imposibilidad otra mayor, que es
la prometida fe que tengo dada a la sin par Dulcinea
del Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos,
que si ésto no hubiera
de por medio, no fuere yo tan sandio caballero
que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que
vuestra gran bondad me ha puesto.( I,30) El mismo argumento le sirve, en otra ocasión,
para apartar la idea de un casamiento, por seductor
que le parezca el proyecto. No es posible que yo
arrostre, ni por pienso, el casarme aunque fuese con
el ave fénix.. Así elude los avances de la bella
Dorotea ante el escándalo de Sancho, que no comprende
que su amo no se precipite sobre la ocasión de esposar
a una princesa tan famosa.
Más tarde, cuando don Quijote es huésped del duque y la duquesa,
ese tema da lugar a una variante cómica: una noche,
al oír girar la llave de la puerta de su cuarto, se
imagina que es Altisodora, la joven sirvienta que viene
para atentar contra su virtud e incitarlo a traicionar
la fidelidad que le debe a su dama Dulcinea del Toboso.
No, dijo, creyendo a su imaginación, y esto con voz
que pudiera ser oída-, no ha de ser parte la mayor hermosura
de la tierra para que yo deje de adorar a la que tengo
grabada y estampada en la
mitad de mi corazón. Por el contrario, es
la anciana dueña, no otra, la que ha forzado su puerta:
doña Rodríguez, provista de todos sus dientes, amén
de unos pocos que me han usurpado unos catarros, que
en estas tierras de Aragón son tan ordinarios. La
conversación se establece, y nada es más divertido que
observar la prudencia y el temor del héroe: Don Quijote
se acurrucó y se cubrió todo, no dejando mas que el
rostro descubierto. (II,48)
Toda mujer lo asusta. Para no confesárselo, se ampara detrás
de los juramentos que ha hecho de permanecer fiel a
Dulcinea. Ha forjado, incluso, todo un sistema para
mantenerla a distancia. Otra particularidad especial
de la novela es que ninguna mujer verdaderamente deseable
aparezca en ella. ¿La duquesa? Un espíritu burlón, una
mujer de cabeza, no de cuerpo. A menudo, en los personajes
femeninos hay inteligencia, carácter, voluntad, pero escasos atractivos físicos. Cuando no
una fealdad chocante y un aliento fétido para hacer
vomitar a un arriero: así, Maritorne, cuyo nombre se
ha vuelto proverbial. Hay, por supuesto, excepciones:
ellas son en extremo reveladoras.
Las mujeres agraciadas, las que gustan desde
el primer momento, son todas travestís, tomadas al principio
por muchachos. Cardenio, el cura y el barbero descubren
en la montaña a un efebo vestido de paisano, de una
belleza incomparable, al punto de considerarlo una criatura
no humana, sino divina. Cuando el jovenzuelo se quita
su gorra, y esparce su larga cabellera sobre sus hombros,
ellos comprueban que el que parecía ser un labriego
es una mujer. Es la bella Dorotea. Igual sorpresa para
el lector cuando aparece ante sus ojos el comandante
de un bergantín anclado
frente al puerto de Barcelona: Y le mostró uno de
los más bellos
y gallardos mozos que pudiera pintar la humana imaginación.
La edad, al parecer, no llegaba a veinte años. ¿Un
muchacho? No, la joven y atractiva Ana Félix, disfrazada
de capitán. En la mascarada que el duque y la duquesa
ofrecen a su huésped, un paje es quien tiene el papel
de Dulcinea. Levantándose en pie la argentada ninfa que junto
espíritu de Merlin, venía, quitándose el sutil
velo del rostro, lo descubrió tal que a tos pareció
más que demasiadamente
hermoso. (II,
35).
Se dirá, para eludir el verdadero problema, que
el travestí era un ingrediente habitual en la literatura
de la época. ¿Que en Ariosto (leído por
Cervantes antes) no faltan los cambios de sexo?
¿Que Tasso había vestido de hombre a Clorinda? La diferencia
está en que, en Cervantes, para extasiarse frente a
una mujer, es preciso que ella tenga apariencia de varón.
No hay otro libro, como en el Quijote, donde el encanto
físico sea tan exclusivamente masculino. Masculina,
la seducción sexual; masculino el objeto del deseo.
Contraprueba: el famoso “encantamiento” de Dulcinea.
Recordemos el episodio. Don Quijote ha enviado a Sancho
como embajador ante
la dama de Toboso, y Sancho, en vez de cumplir
con su misión, inventa su encuentro con ella, haciendo
una descripción imaginaria de la bella. Cuál no fue
su embarazo cuando, mientras volvían juntos al Toboso,
Don Quijote, le ordena mostrarle a Dulcinea. Al igual
que Don Quijote. Sancho no la ha visto nunca. Para no
confesar que ha mentido, señala a tres campesinas que
pasan en ese momento. Confiando en la credulidad de
Don Quijote, afirma que un mago ha transformado a las
muy encumbradas doncellas en esas dos toscas campesinas,
y sus jacas en borricos. A esta sazón ya se había puesto
Don Quijote de hinojos, y miraba con ojos desencantados
y vista turbada a la que Sancho llamaba reina, y como
no descubría en ella sino una moza aldeana y no de muy
buen rostro porque era carirredonda y chata estaba suspenso
y admirado, sin osar despegar los labios. (II,10).
Después, cuando las campesinas partieron: Sancho,
¿qué te parece cuán mal quisto soy de encantadores?
Y mira hasta dónde se estiende su malicia y ojeriza
que me tienen, pues me han
querido privar del contento que pudiera darme
ver en su ser a mi
señora. En efecto, yo nací para ejemplo de desdichados,
y para ser blanco y terrero donde tomen la
mira y asienten las flechas de la mala fortuna.
Y has de advertir, Sancho, que no se contentaron esos
traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea,
sino que la transformaron y volvieron en una figura
tan baja y tan fea como la de aquella aldeana, y justamente
le quitaron lo que es tan suyo y de las principales señoras, que es el buen olor, por
andar siempre entre ámbares y entre flores. Porque te
hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea
sobre su hacanea, según tú dices, que a mí me pareció
borrica, me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó
y atosigó el alma.
El pasaje es tan gracioso, respira
una comicidad de una frescura tan natural que
no se piensa para nada en su significación oculta. ¿Por
qué Don Quijote se estima nacido para servir de modelo
a los desdichados?. ¿Cuál es la desgracia por la cual
se siente abatido?¿Será, justamente, porque toda mujer
no puede mostrarse a él sino desfigurada, horrible.
Aun en las que pasan, a los ojos de los demás hombres,
por bellas y seductoras, él sólo encuentra en ellas
sudores, mal olor, frivolidad. Frente a una persona
del otro sexo, tiene el corazón asqueado y corrompido, en vez de sentirse transportado
por las alas del deseo. El encantamiento, aquí contra-encantamiento,
verdadera maldición, trasforma el objeto de deseo
en objeto de repulsión. Cervantes, con este hallazgo
de la reina metamorfoseada en labriega, aclara magistralmente
el mecanismo psicológico del ginófobo. Es sabido que
Tchaikovsky, la noche de sus bodas, puesto en situación
de cumplir con su
deber conyugal, vomita involuntariamente y no puede
ejecutarlo. La primera desgracia para un hombre que
no ama a las mujeres es no sentir su atracción, verlas
bajo una luz repulsiva y
soportarlas sólo en la lejanía, idealizadas,
inaccesibles. El terror lo invade cuando una de ellas
se le acerca, lo toca, establece un contacto físico.
No hay una metáfora más sutil de este terror, bajo una apariencia farsesca, que el
tufo de ajo crudo.

Ginofobia, el término merece aclaración. Más que de una trivial
misoginia, se trata, en el Quijote, de una total, definitiva
inhibición delante del otro sexo. De allí a formular
la hipótesis que el andar del caballero es una busca
fuera de las normas admitidas, que su errancia es sexual,
el paso a dar ¿es demasiado grande?. Tomemos las acostumbradas
precauciones. Para sugerir que la novela de Cervantes
pudiera ser leída como una parábola gigantesca de la
homosexualidad no me apoyaré, por cierto, en el demasiado
ligero, para semejante tema, y demasiado provocador
libro de Arrabal ( Fernando Arrabal, Un
esclavo llamado Cervantes, Plon, 1996). El turbulento
dramaturgo da por sentado, pero sin aportar pruebas,
ni citar fuente alguna, que Cervantes había sido iniciado
en el amor de los muchachos por su maestro López de
Hoyos, y más adelante, ya al servicio del cardenal Aquaviva
en Roma, ser el amante de ese prelado mundano, antes
de compartir, en su cautiverio en Argel, la cama y los
placeres del bey. Poco importa la biografía del autor.
Sólo cuentan las pruebas interiores, aquellas que la
obra contiene. Antes de recapitular sobre las que han
sido vistas y de añadir otras, oigamos lo que dice en
un sólido, honesto y excelente estudio, un universitario
serio: Paul Hazard, académico exento de ideas abusivas:
A menudo la lectura de Don Quijote da al lector la
impresión de que escucha varias voces en un solo y mismo
pasaje; una fácil de advertir, alegre, rica, irónica,
y otra, o bien otras, de resonancias más veladas. Ese
sentimiento que se experimenta con mayor frecuencia
en la compañía de seres humanos que en los libros -
cómo una frase está cargada a menudo de todo eso que
ella no expresa - es cada vez más fuerte a medida que
aumenta nuestra familiaridad con el ingenioso hidalgo,
y quizá ciertas interpretaciones esotéricas que se han
dado de sus aventuras provienen de esas ideas subyacentes
de las cuales adivinamos sus existencias sin de hecho
poder traerlas a la luz.
Mencionaré en un instante esas interpretaciones
esotéricas. Adelanto aquí que la hipótesis homosexual,
redobla la dificultad de ser desentrañada, dada la absoluta
imposibilidad, bajo los reinados de Felipe II y Felipe
III, de poner en el tapete un tema considerado como
tabú. España había sido uno de los primeros países en
tomar medidas rigurosas contra los invertidos, menos
por convicciones religiosas que por cálculo político:
se trataba de eliminar una categoría de individuos juzgados
subversivos, peligrosos para el orden y la coherencia
de un Estado poderoso, centralizado y uniforme. Desde
el siglo XII se los condenaba a la horca. El tribunal
de la Inquisición, creado en 1480, los arrojaba a la
hoguera, mezclados con las
brujas, los bígamos, los curas libertinos, los
blasfemos, todos aquellos cuya conducta provocaba grietas
en la solidez del cuerpo social. Una misteriosa orden
de arresto fue lanzada contra Cervantes en 1569. Al
joven, que contaba entonces 22 años, debía cortársele
la mano derecha y sufrir diez años de exilio; es por
un asunto de costumbres que se lo habría perseguido.
Episodio oscuro, que sin duda lo será
para siempre.
Pruebas interiores. Las hay importantísimas:
el culto de la mujer ideal junto al menosprecio por
la mujer real; la estrategia del alejamiento; el amor
por imitación; el código de caballería que sirve de
sustituto a la parálisis del deseo. Algún episodio curioso,
alguna frase que parece lanzada al azar, parecería aportar
un apoyo convincente. Cuando Don Quijote recuerda: El
voto que yo he hecho de defender a los débiles y protegerlos
contra la opresión del más fuerte (I,22), ¿es abusivo
incluir, en el número de las víctimas de la opresión,
a los homosexuales?
Don Quijote se dirige aquí a los galeotes, antes
de liberarlos de sus cadenas. Examinemos de nuevo el
capítulo entero, pieza capital del conjunto. El hidalgo
se acerca a cada uno de los forzados para preguntarle
qué crimen ha cometido. Uno ha robado un canasto de
telas; otro, animales; otro, en vez de arrepentirse
por lo que fue condenado, lamenta no haber tenido bastante
dinero para comprar a los jueces. Ese viejo es un rufián,
intermediario de los cuerpos y Mercurio galante; ese
sobornador ha seducido y preñado a cuatro jovencitas;
ese estudiante no es otra cosa que un peligroso bandido.
No hay duda de que merecen su suerte. ¿Qué argumento
podría invocar Don Quijote para liberarlos? De todo
eso que vosotros me habéis confiado, queridos hermanos, les dijo él, he podido concluir que si bien
vuestro castigo es el pago de vuestras faltas, no parecería
ser de vuestro gusto y que vosotros
partís a remar en las galeras compungidos y forzados.
(I.22) Tal razonamiento sería absurdo si se aplica a
la única categoría de delitos reconocida entre los forzados.
No es porque la prisión me disgusta por lo cual estoy
dispensado de ir allí, si he cometido un crimen. Pero
si ese crimen lo es sólo por la arbitrariedad de un
código inicuo, si rehúso la ley
que declara criminal un acto que tengo por natural
y legítimo, Don Quijote deja de parecerme un loco. Defiende,
con bastante coraje, una moral de la naturaleza, los
derechos del instinto, de la espontaneidad. (II 19) Y cuando agrega: No es justo reducir al rango de esclavos
a aquellos que Dios y la naturaleza hicieron libres,
es imposible que tales palabras no apunten a trasgresiones
de otro orden, mas allá de las representadas por ese
montón de forajidos.
En lo que atañe al matrimonio, al lugar que es
necesario acordar a la naturaleza en el matrimonio,
Don Quijote, a decir verdad, vacila. Basilio ama a Quiteria,
y es amado por ella. Pero Basilio es pobre y el padre
de Quiteria decide casar a su hija con el rico Camacho.
Compelido a dar su opinión, el caballero empieza por
aprobar al padre: el matrimonio es, por principio, un
contrato que tiene en cuenta el aspecto económico que
los amantes no ven, cegados por los sentimientos. Es
necesario, antes de establecer una relación destinada
a durar toda la vida, fundarla sobre una base más sólida
que los impulsos espontáneos. Sin embargo, Don Quijote
no tarda en desdecirse. Y cuando Basilio ensaya
una estratagema para asegurarse la posesión de
Quiteria, el caballero se rebela contra los que intentan todavía ponerle trabas a esa
unión. Tenéos, señores, tenéos, que no es razón toméis
venganza de los agravios que el amor nos hace, y advertid
que el amor y la guerra son una misma cosa, y así como
en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides
y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas
y competencias amorosas se tienen por bueno los embustes
y marañas que se hacen para conseguir el fin que se
desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la cosa
amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria,
por justa y favorable disposición de los cielos. Camacho
es rico, y podrá comprar su gusto cuando, donde y como
quisiere. Basilio no tiene más desta oveja, y no se
la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a
los dos que Dios junta no podrá separar el hombre; y
el que lo intentare,
primero ha de pasar por la punta de esta lanza. (
II, 21) ¡Qué pronto han sido olvidadas las consideraciones
pedestres sobre las bases sociales del matrimonio!
Dios mismo es llamado como auxilio para justificar
la victoria del instinto, del amor natural. Si Pirandello
debe algo a Cervantes es esta distinción entre el matrimonio,
forma vacía, y el amor, corriente vital, que alimenta
su teatro. ¿Y qué amor está más cerca de la vida que
aquel que no tiene ni justificación social ni otra finalidad
que su propia realización?
Otro episodio revelador: cuando en la bufonada organizada por
el duque y la duquesa uno de los burlistas, disfrazado
de Merlin, anuncia en qué condición Dulcinea será desencantada
y, de labriega volverá a ser reina: será necesario que
tres mil trescientos azotes sean aplicados sobre la
’’carne desnuda´´ de Sancho (II, 35) . La carne desnuda:
las nalgas. ¿Simple diversión? Estemos atentos por si
una vez más, al amparo de un detalle chistoso, Cervantes
nos haya dado una indicación precisa.
El suplicio prescrito a Sancho, del cual su amo
naturalmente le recuerda la obligación,
tiene una franca connotación sexual, incluso
homosexual. Adhiere a esas prácticas que llamamos, con
la pedantería típica de nuestra época, sado-masoquista.
Pues bien: ante la propuesta de desencantar a Dulcinea,
es decir de devolverle su seducción femenina, por una
especie de lógica inconsciente surgen de pronto fantasmas
de sadomasoquismo masculino. Don Quijote interviene
de nuevo en el asunto: insiste en que Sancho cumpla
sin chistar la orden del
seudo Merlín. Se refugia en esa imagen de culo
marcado por latigazos, herido, sangrante (pero no, no
es forzar el texto destacar la consecuencia de una flagelación
tan mórbidamente titánica y con un número tan preciso
de golpes que Sade no inventará nada más meticuloso
y perverso), cada vez que él se represente a Dulcinea
desencantada, por lo tanto como mujer atrayente, amenaza
sexual para el hombre sin deseo.
En cuanto a la historia del Curioso impertinente,
tomada de Ariosto y a la fuerza insertada en la novela,
no es posible encontrar un ejemplo más claro de homosexualidad
inconsciente. Anselmo y Lotario están unidos por tan
estrecha relación que en la vecindad los apodan “los
dos amigos”. Anselmo se casa. Camila es la más fiel
y la mejor de las esposas. Pero la duda comienza a roer
el corazón de su marido. ¿Qué mérito tiene
una mujer de ser leal si nadie la induce a la tentación?
Y urde una estratagema que él supone infalible. Le pide
a Lotario seducir a su mujer. Sólo el fracaso
de esa tentativa, así lo afirma, lo hará definitivamente
feliz. Lotario se aboca a la tarea lo mejor que puede
y a disgusto. A fuerza de maquinaciones y apremios consigue
su objetivo, o más bien el objetivo de
Anselmo, que muere de tristeza. (I, 33 a 35)
Desentrañemos esa fábula. Anselmo no está satisfecho con su relación
conyugal pues lo que lo atrae no es el cuerpo de Camila
sino mas bien el de Lotario. Camila una coartada, una
sustitución. Ya sea por hipocresía o porque el deseo
homosexual en él está fuertemente reprimido, Anselmo
no puede confesarse esa verdad escandalosa. La única
manera de gozar del cuerpo de Lotario será compartiendo
con Lotario el cuerpo de Camila. Él pone a su
amigo en la cama de su mujer, en su lecho nupcial para
ser el tercero en sus transportes amorosos, y aprovecharse
de sus abrazos para abrazar, con la imaginación, a quien
no osa tocar directamente. Cree estar celoso de Camila,
sufre al pensar que lo va a engañar. En realidad, sólo
Lotario provoca su celo, y si sufre es porque ve a su
amigo, hasta entonces casto y más inclinado a los placeres
de la caza que a los del amor, dispuesto a acostarse
con cualquiera, menos con él. Cuando el resultado es
obtenido, se da cuenta de la verdadera naturaleza de
sus sentimientos por Lotario. La desesperación que le
provoca esa revelación, lo mata. Su muerte es presentada
como misteriosa: se lo encuentra
recostado, el rostro vuelto hacia el suelo, la
mitad del cuerpo en la cama y la otra sobre la mesa, la pluma todavía
en la mano y el papel delante de él, con una frase interrumpida
a la mitad. Regreso de la represión, aparición de lo
innombrable que no puede realizarse hasta lograr su
fin. El homosexual que no se asume está condenado a
morir, solo y disimulado, con su secreto que lleva a
la tumba.
Va de suyo que sería ridículo reducir Don Quijote
a una parábola de la homosexualidad. Hace poco, un escritor
Español, Antonio Muñoz Molina, advertía a los exégetas
sobre la extrema plasticidad de la obra maestra de Cervantes
que permite a cada cual apropiarse de ella, deformarla,
adaptarla a sus propios fantasmas. Ni siquiera hay retratos
auténticos de Cervantes, y se ignora lo que él pensaba,
fuera de aquellos mensajes cifrados que se deslizan
en su novela. ¿Cómo
osar ponerlo de un lado, o del otro? Lo único seguro
es que el caballero andante es mas bien un caballero
errante. Un solitario, un marginal que apunta siempre
al sarcasmo o a la vejación de aquellos que no se desvían
del camino y encarnan el buen sentido, sabiendo, algunas
veces responder con valentía a las calumnias, pero la
mayoría de las veces humillado, vencido e incluso, enjaulado.
La mascarada en el castillo del duque y la duquesa nos
parece demasiado insistente, demasiado larga; las bromas
a expensas del hidalgo, bastante pesadas y crueles.
¿Error de composición? ¿Torpeza del escritor? O voluntad,
por parte de Cervantes de trasmitirnos una impresión
lamentable. El duque y la duquesa simbolizan a los grandes
de este mundo; representan la autoridad, y su castillo,
tan indefinido y lleno de misterio como el de Kafka,
podría ser el emblema del poder y la persecución que
acompaña a quien es fundamentalmente diferente.
Diferente, errante, fuera de lo que está prescrito
ser, sí, pero ¿por qué esa errancia concierne únicamente, o principalmente, a la norma sexual?
Doy esta interpretación, sin
que pretenda ser la única verdadera, sino por
parecerme la más verosímil; en la que convergen gran
número de indicios. Sin desconocer las otras posibles,
los comentarios esotéricos, que algunos exégetas han
sostenido con buenos argumentos. Se ha visto en el caballero
a un discípulo de Erasmo, y en Cervantes a un eramista
oculto en la época en que las obras del filósofo de
Rotterdam fueron prohibidas por el papa Pablo IV (1559),
y después puestas en el índex del Santo Oficio (1583).
El mismo Cristo, dice el autor del Elogio de la Locura,
obra prohibida como las demás, por venir en ayuda de
la locura humana, el Cristo, la sabiduría del Padre,
se volvió un tanto loco al unirse a la naturaleza humana,
del mismo modo que se hizo pecador para vencer al pecado.
Para salvar al mundo no empleó otro método que el de
la Locura de la Cruz. La conducta de Don Quijote ¿no es el
eco indiscutible de esas palabras?
Para otros glosadores, detrás de las aventuras
del hidalgo, es necesario leer en filigrana las tribulaciones
de los judíos. El 31 de marzo de l492 los reyes católicos
habían firmado el decreto de expulsión de los judíos.
Quedaban los conversos, o nuevos cristianos. El tribunal
de la Inquisición se ensañó con ellos, los acusaba de
judaizar en secreto, pese a su aparente conversión.
Estar convencido de tener un antepasado judío exponía
a ser tachado de hereje, y Cervantes, según algunas
conjeturas, no habría estado al abrigo de tal acusación.
La pureza de sangre era un dogma de Estado. Manifestarse
a favor de los judíos era tan imposible como tomar la
defensa de los homosexuales; de allí la oscuridad de
las alusiones, si las hay, y para nosotros la dificultad
de formarnos una idea algo clara de las opiniones de
Cervantes al respecto.
La misma dificultad a propósito de los moriscos,
sometidos también a la persecución. La primera parte
de Don Quijote fue publicada en 1605; la segunda en
1615. Entre ese lapso había aparecido el edicto de expulsión
de los moriscos, no obstante la conversión de esos musulmanes
al cristianismo. En un capítulo de la segunda parte
repercute la emoción provocada en el autor por esa medida
tan feroz. Como los hechos eran recientes, debió rodearse
de infinitas precauciones. Sin embargo, bajo la ambigüedad
de las palabras, su pensamiento se adivina mejor. Dos
peregrinos que se dicen alemanes encuentran a Sancho
en el camino y lo invitan a compartir su
almuerzo. Uno de ellos resulta ser Ricote, vecino de Sancho en la aldea, un almacenero
echado recientemente de su negocio debido al
edicto real contra la gente de su raza. Tendiéronse
en el suelo, y haciendo manteles de las yerbas pusieron
sobre ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso,
huesos mondos de jamón, que si no se dejaban mascar,
no defendían el ser chupados. ( II, 54). Intrigado
por el lujo de detalles en torno o a los huesos de jamón,
Américo Castro, el más conocido de los cervantistas
españoles, les atribuye una argucia teológica: el mejor
salvoconducto para un extranjero era mostrar un trozo
de jamón, con o sin carne, para probar que él no era
ni judío ni morisco. Fina ironía de Cervantes al no
poder declarar abiertamente su simpatía. Irónica también
las palabras de Ricote, que simula aprobar la decisión
del rey: Me parece
que fue inspiración divina la que movió a Su
Majestad a poner en efecto tan gallarda resolución (II, 54). Y más adelante: Con el gran don Bernardino de Velasco,
conde de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra
expulsión, no valen ruegos, no promesas, no dádivas,
no lástimas; porque es verdad que el mezcla la misericordia
con la justicia, como
él vee que todo el cuerpo de nuestra nación está
contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio
que abrasa que del ungüento que molifica; y así, con
prudencia, con sagacidad, con diligencia, y con miedos
que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida
ejecución el peso desta gran máquina, sin que
nuestras industrias, estratagemas, solicitudes
y fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos,
que continuo tiene alerta, porque no se le quede ni
encumbra ninguno de los nuestros, que como raíz escondida,
que con el tiempo vuelva después a brotar y a echar
frutos venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada
de los temores en que nuestra muchedumbre la tenía.
¡Heroica resolución del gran Filipo III, y inaudita
prudencia en haberla encargado al tal don Bernardino
de Velasco! (II, 63) Más que ironía, un amargo sarcasmo
trazuman estas interjecciones / imprecaciones. En términos
conmovedores, Ricote evoca su desgracia y la de su raza,
la pena del destierro, blanda y suave al parecer
de algunos, pero la más terrible que se nos podía dar.
Doquiera que estamos lloramos por España; que, en
fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural.
Cervantes no habría prestado a su personaje semejante
nostalgia si él mismo no se hubiese sentido solidario
con los expulsados. La patria perdida, he aquí quizá
el tema principal de esta novela, el objetivo secreto
de la famosa errancia. Judío, homosexual o morisco ¿qué
importa? Es un exiliado
de adentro el que va delante de nosotros por las rutas
de España, disimulando bajo una apariencia exéntrica
su íntima tragedia. Si lo juzgamos en su aspecto cómico,
diremos que desvaría;
visto desde otro ángulo, se desvía. Y porque en la figura
de aquel que se aparta de las normas y desafía a los
poderes establecidos, reconocemos por excelencia al
héroe de nuestro tiempo, ningún personaje de la literatura
clásica está más cerca de nosotros.
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