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La errancia del caballero

Por Dominique Fernandez

(Traducción de Juan José Hernández)


   ¿Caballero errante? ¿Caballería errante? ¿Qué importan hoy en día caballeros y caballerías? Si Don Quijote fuese sólo la historia de un caballero, si Cervantes hubiese tenido por única meta burlarse de los usos y costumbres de la caballería medieval, y de la moda literaria de la caballería, su libro no hubiese conservado, a través de los siglos, tanta alegría y vivacidad. Nos parecería obsoleto, como ciertas obras maestras, Roman de la rose, o Chanson de Roland, condenadas por la caducidad del tema. Pero Don Quijote, no. Aún para los niños, mantiene una frescura incomparable. Pocos textos pueden jactarse de ser cuatro veces centenarios, guardando intacta su juventud. ¿A qué obedece ese milagro? Al hecho de que el ingenioso hidalgo no es sólo caballero, sino caballero errante. Errante, he aquí la palabra clave, el pasaporte para la modernidad. ¿Existe acaso, en este fin de siglo, época incierta entre todas, frágil y precaria, una figura que nos toque más de cerca, que despierte más resonancias en nosotros, que un hombre poseído por el demonio de la errancia?
    Cuidado, sin embargo. La palabra española es menos rica en connotaciones que las sugeridas por su equivalente francés. Don Quijote es un caballero andante, no errante. Andante, es decir que anda, que va. Pertenece a la Orden de la Caballería Andante. No forcemos pues la significación del término: término concreto, como todo el lenguaje de Cervantes. Si ese andar nos parece una errancia, si asimilamos los viajes del caballero a una deriva, convengamos que ello es posible gracias a Cervantes que nos incita a creerlo por la fuerza sugestiva de su genio. Gran novelista, se sujeta a un vocablo neutro: andar.
   Por lo demás, ¿errar es recorrer tan cortos trayectos? Primera sorpresa: el tiempo y el espacio,  que en la lectura de El Quijote nos parecían tan  vastos, corresponden a una realidad  bastante modesta. El héroe, en busca de aventuras, sale de su pueblo en tres ocasiones, pero ninguna de ellas lo lleva muy lejos, ni por mucho tiempo. La primera vez se ausenta sólo por dos días; se ha creído identificar los sitios de su desplazamiento: Argamansilla de Alba, punto de partida; llanura de Montiel, que atraviesa; aledaños de la  Sierra Morena, y Puerto Lápice, donde duerme; regreso al día siguiente por el Quintanar, sitio en que se sitúa el episodio del mancebo apaleado y tan lamentablemente “salvado”. En total, apenas cuarenta y nueve horas, y de ninguna manera toda La Mancha: sólo algunas pocas leguas cuadradas.
  La segunda salida, en un territorio no menos extendido, dura diecinueve días: Criptana, el villorrio de los molinos de viento; otra vez Puerto Lápice y la Sierra Morena, que Sancho quería atravesar para escapar de los arqueros de la Santa Hermandad luego de la liberación de los condenados a galera. Su amo prefiere detenerse al pie de una roca y allí hacer penitencia. El cura y el barbero de su pueblo lo llevan de vuelta, enjaulado. Muy poco espacio, pero un paisaje inmenso; un tiempo demasiado corto, pero la sensación de un largo transcurrir. ¿Cómo se  las ingenia Cervantes para darnos esa ilusión? Multiplicando las peripecias y encuentros: comerciantes de Toledo que van a comprar seda en Murcia; señores andaluces que se dirigen hacia el norte; mujer de Vizcaya al reencuentro de su marido que está en Sevilla; convoy de prisioneros; canónigo de Toledo; cadáver de un gentilhombre transportado de Baeza a Segovia. Una perpetua ronda, una abundancia de idas y venidas. El único que permanece inmóvil, o que apenas se mueve, es don Quijote, el andante, azorado ante esas gentes que cruzan por su camino, corren a sus asuntos en todas direcciones, recorren la península sin  cesar.
  Evidentemente, la tercera salida es la más extendida en el tiempo y tiene por meta Zaragoza donde el héroe no llegará jamás. Cruza por las lagunas de Ruidera; desciende en la caverna de Montesinos y bordea el Ebro. Si el duque y la duquesa que lo albergan son los de Villahermosa,  su castillo sería entonces el de Buenvía, cerca del pueblo de Pedrola, y Alcalá del Ebro, la gobernación imaginaria de Sancho. De Aragón, los dos viajeros se desvían hacia Barcelona y allí descubren el mar, que ninguno de los dos había visto hasta entonces. Deslumbramiento, que compartimos. Por esta metáfora del infinito, Cervantes dilata aquí su España y la lleva a las dimensiones del universo.  Pero de cabalgata concreta, de errancia propiamente dicha, muy poco.  Si hay errancia, es  totalmente interior, de adentro. Esa  novela planetaria es, antes que nada, una novela local, delimitada estrechamente por algunas provincias: la Mancha, Aragón, Cataluña: No una novela de la inmensidad vagabunda, sino de un terruño particular. Esperábamos Julio Verne, o Conrad, y topamos con un autor regionalista.

   Hispanidad también en la condición social de los personajes, tratamiento de caracteres y piscología. Zapatos agujereados,  medias tizadas, cuellos postizos plisados como achicoria en vez de estar planchados y almidonados, jumentos miserables, hambre en el vientre,  casa vacía, pero orgullo, conciencia de su propio valer, satisfacción de vivir de acuerdo con la idea que  se hace de sí  mismo: ¿ En qué se diferencia el Quijote de un  hidalgo corriente? Con su rostro macilento y su cuerpo  descarnado parecería salido de un cuadro del Greco. El Greco, contemporáneo de Cervantes, evoca con imágenes a esos gentilhombres esqueléticos y venidos a menos, como éste  lo hace con palabras. Otro tipo específicamente español es  la dueña: pacata, pérfida, maledicente, vengándose con sus calumnias de la edad que le ha despojado de  atractivos y de la servidumbre a la que su condición la tiene reducida. Una peste dulzona, tal es dueña Rodríguez, que persigue a Sancho. Sancho mismo responde  por completo al tipo de campesino, como el cura al tipo de cura y el barbero al del barbero. El barbero internacional, del cual olvidaremos su ciudad de origen e incluso el país del que proviene, será Fígaro, andaluz de nacimiento, pero naturalizado francés por  Beaumarchais, alemán por Mozart, italiano por Rossini. Ciudadano  del mundo, no más peluquero trabajando en  la calle.
    Aunque rotundamente español por su carácter, su comportamiento, su apego a su aldea, a su casa ( de la que no se aleja demasiado a pesar de su deseo de andar); aunque contrasta poco con el modelo de los hidalgos de su época, no por ello Don Quijote deja de provocar estupor por los lugares en que pasa. La gente arde de ganas de saber quien es ese hombre de apariencia nada común. (II, 19). Literalmente: tan fuera del uso de los otros hombres...  He aquí donde comienza a revelarse la errancia. Es semejante a la gente de su país y de su condición y, al mismo tiempo, radicalmente distinto. Doble. Por un lado, sabio, es decir una copia conforme al tipo corriente, y por el otro, loco, es decir, ab-errante. Cervantes insiste en esa dualidad. Fuera de las necedades y simplezas que ese pobre gentilhombre muestra al hablar sobre caballería, en otros temas evidencia un sano entendimiento, opina el cura. El canónigo de Toledo se maravilla al comprobar que don Quijote  pierde los estribos sólo en lo que concierne a su locura. Don Diego de Miranda, el   Caballero del Verde Gabán, se pregunta si se trata de un  loco o de un sabio. Pues lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía disparatado, temerario y tonto  (II,17). El propio Quijote se encarga de decírselo a Don Diego: No soy tan loco ni estúpido como parezco. El narrador confirma ese juicio: ¿Quién no oyera el pasado razonamiento que no lo tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero como muchas veces, en el progreso de esta  grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole a la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaba sus obra su juicio, y su juicio sus obras. ¿Por qué se esmera en repetir tantas veces que Don Quijote no es tan loco como aparenta serlo? Porque el personaje de Cervantes no es un caso patológico, lo cual disminuiría bastante el nivel de la novela. Clínicamente, él no es loco; su singularidad es específica, reducida a un solo rubro. Sólo en un punto difiere de sus semejantes. Se separa de ellos por una anomalía que lo aísla, es verdad, pero confiriéndole a su personalidad un valor ejemplar, sin que pudiera decirse que estaba separado de la humanidad por una invalidez muy particular, o una enfermad demasiado fuera de lo común. Su singularidad, de alguna manera, subsiste universal. La fijación que tiene por la caballería no es más que la metáfora de alguna otra cosa que nos queda por descubrir. Daniel Defoe, cien años después, elegirá también un hombre solitario para convertirlo en un mito: Robinson, prisionero en una isla geográfica, héroe de una insularidad material. Otros grandes novelistas, posteriormente, han tomado el aislamiento como revelador de una condición, de un carácter. Emma Bovary, el príncipe Muchkine ilustran, con títulos diversos, pero bajo la misma enseña de la singularidad profunda, la aventura de un individuo cuya locura, volviéndolo a la vez inferior y superior a su entorno, lo expone a la admiración de algunos, a los insultos y al desprecio de  otros. La provinciana adúltera y el idiota epiléptico comparten con el caballero errante el privilegio ambiguo de la marginalidad. ¿Privilegio? ¿Maldición? Tanto Flaubert como Dostoiewsky se inspiraron expresamente en Cervantes, trasponiendo en una novela costumbrista el primero, y en una epopeya espiritual el otro, la bendita dificultad, o la peligrosa prerrogativa de encontrarse diferente de los demás.  
    ¿Dónde situar la diferencia de Don Quijote? ¿Cuál es el punto más visible de su locura?  ¿Cuándo se muestra más absurdo, o para decirlo con lenguaje de hoy, más irrecuperable? ¿Cuando toma los molinos de viento por gigantes? ¿Cuándo arremete una manada de corderos, confundiéndola con una tropa de soldados enemigos? Por espectaculares que sean esos episodios, ocultan lo esencial. No hay  necesidad de buscarla en casos de tan extrema fantasía. La singularidad absoluta del ingenioso hidalgo se manifiesta allí donde no pensamos en descubrirla, distraídos por sus proezas rocambolescas: en sus relaciones con el sexo femenino.
   Dulcinea: la hija de un labriego de los alrededores, su verdadero nombre, Aldonza Lorenzo transfigurado por don Quijote en Dulcinea del Toboso. ¿La ama él con pasión? ¿Ardientemente? No: antes de precipitarse en busca de batallas y hazañas, él se dice que su montura y su armadura no son suficientes para ser un caballero. Falta una pieza capital en el conjunto: una dama a quien amar. Porque el  caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma.   Espontánea y bella reflexión, a decir verdad. De esa joven campesina, comenta  el narrador,  había estado él enamorado antes, sin que la bella lo percibiera  en ningún momento. Mucho después el caballero le confiesa a Sancho que sus amores, siempre platónicos, jamás pasaron los límites de una modesta mirada de soslayo. Al cabo de doce años de amarla como a las pupilas de sus ojos, sólo la ha visto cuatro veces. En el momento de su tercera salida le confiesa la verdad a su escudero: ¿No te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta? ¿Cuántas veces te he repetido, especie de herético,  que en toda mi vida jamás he visto a la incomparable Dulcinea, ni atravesado el umbral de su palacio?
   Los comentadores atribuyen estas contradicciones a la precipitación improvisadora en la redacción de la obra, que le juega otras malas pasadas a Cervantes, culpable de algunas inadvertencias. Creo que se podría arriesgar una explicación más satisfactoria. ¿Cómo hacerle admitir al lector, desde el primer capítulo, que el héroe ama a una mujer que jamás ha visto? Al principio se lo muestra como vagamente enamorado de una vecina, antes de limitar a tres o cuatro los reencuentros con Aldonza, detalle destinado a volver verosímil una devoción, a tal punto  absoluta,  que  inspira al hidalgo inflamados discursos. En fin, la verdad estalla: ese entusiasmo no tiene ninguna base física, don Quijote no ha estado nunca en presencia de Dulcinea. Dante sí había visto dos veces a Beatriz, antes de levantarle el monumento idólatra de la Divina Comedia. Sin objeto queda la exaltación desencarnada de don Quijote, un culto radicalmente privado de soporte carnal, un amor totalmente eximido de sensualidad. Disociación tan improbable que a menudo es adjudicada al idealismo neo-platónico en boga entonces en España. De allí que persiste, creo yo, ese error y pereza  de interpretar por la literatura, por la historia de las ideas, un rasgo revelador de la personalidad profunda del héroe.

 

Don Quijote no ha visto nunca a Dulcinea, ni siquiera en un retrato. No sabe a qué se asemeja. Si le consagra un culto es por imitación de otros caballeros y por ninguna otra razón. En la soledad de  su retiro en Sierra Morena, no se pregunta qué sentimiento alberga por Dulcinea, ni de qué  naturaleza es su pasión; se pregunta en cambio sobre cuál sería el mejor modelo a seguir para volverse digno del ídolo y expone a Sancho el resultado de sus reflexiones. Ese pasaje es capital: Quiero imitar a Amadís, haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar justamente al valiente don Roldán, cuando halló en una fuente las señales de que Angélica, la bella, había cometido vileza con Medoro, de cuya pesadumbre se volvió loco y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, arrastró yeguas, y hizo otras cien mil  insolencias dignas de eterno nombre y escritura. Y puesto que yo no pienso imitar a Roldán, o Orlando, o Rotolando (que todos estos tres nombres tenía) parte por parte, en todas las locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo, como mejor pudiere, en  lo que me pareciera ser más esencial. Y podrá ser que viniese a contentarme con sola la imitación de  Amadís, que sin hacer locuras de daños, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el más. (I, 25). Y como Sancho le hubiera objetado que Rolando y Amadís tenían sus motivos para  llevar a cabo todas esas locuras y penitencias, él le ordena a su escudero dejar de oponerse a su proyecto. No gastes tiempo en aconsejarme que deje tan rara, tan felice y tan no vista imitación (I, 25).

   Todo ello es comprensible: no es el amor quien gobierna al ingenioso hidalgo sino el propósito de igualarse a sus antecesores, a quienes desea emular. O mejor, se tiene la impresión de que el código de caballería que él enarbola sin cesar, no es más que una estratagema que le permite  mantener distante a Dulcinea, a mantenerse él mismo a distancia de la mujer. Oh princesa Dulcinea, exclama él al comienzo de la novela, señora de este cautivo corazón. Mucho agravio me habedes fecho n despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no aparecer ante la vuestra fermosura. (I,2)  Apartamiento, orden y ofensa puramente imaginarias, que el héroe traga como un calmante.  El se fija un programa de altas empresas tan extraordinarias y pone tan alto las condiciones a cumplir para tener el derecho de mostrarse ante Dulcinea, que uno no puede menos de sospechar que en el fondo quiere sustraerse a ese encuentro. Reparar las  injusticias, proteger a los huérfanos, socorrer a las viudas, liberar a los oprimidos, intervenir en todos los lugares de la tierra donde se comete una injusticia, ese noble proyecto es también una estrategia para retrasar indefinidamente el momento de enfrentar, ya no enemigos fantasmáticos, sino la simple realidad de una mujer.
  Don Quijote tiene tanto miedo a ese enfrentamiento, tanto miedo a todo contacto femenino, que a la primera tentación que se le presenta se refugia tras el compromiso de no servir sino a Dulcinea. A la Maritorne, en la penumbra del dormitorio de la venta, le explica que él está demasiado golpeado y vejado ( la tanda de bastonazos recibidos en Yangua) para rendirle homenaje. Y más que se añade a esta imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos, que si ésto no hubiera  de por medio, no fuere yo tan sandio caballero que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad me ha puesto.( I,30) El  mismo argumento le sirve, en otra ocasión, para apartar la idea de un casamiento, por seductor que le parezca el proyecto. No es posible que yo arrostre, ni por pienso, el casarme aunque fuese con el ave fénix.. Así elude los avances de la bella Dorotea ante el escándalo de Sancho, que no comprende que su amo no se precipite sobre la ocasión de esposar a una princesa tan famosa.
    Más tarde, cuando don Quijote es huésped del duque y la duquesa, ese tema da lugar a una variante cómica: una noche, al oír girar la llave de la puerta de su cuarto, se imagina que es Altisodora, la joven sirvienta que viene para atentar contra su virtud e incitarlo a traicionar la fidelidad que le debe a su dama Dulcinea del Toboso. No, dijo, creyendo a su imaginación, y esto con voz que pudiera ser oída-, no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar a la que tengo grabada y estampada en la  mitad de mi corazón. Por el contrario, es la anciana dueña, no otra, la que ha forzado su puerta: doña Rodríguez, provista de todos sus dientes, amén de unos pocos que me han usurpado unos catarros, que en estas tierras de Aragón son tan ordinarios. La conversación se establece, y nada es más divertido que observar la prudencia y el temor del héroe: Don Quijote se acurrucó y se cubrió todo, no dejando mas que el rostro descubierto. (II,48)
   Toda mujer lo asusta. Para no confesárselo, se ampara detrás de los juramentos que ha hecho de permanecer fiel a Dulcinea. Ha forjado, incluso, todo un sistema para mantenerla a distancia. Otra particularidad especial de la novela es que ninguna mujer verdaderamente deseable aparezca en ella. ¿La duquesa? Un espíritu burlón, una mujer de cabeza, no de cuerpo. A menudo, en los personajes femeninos hay inteligencia, carácter, voluntad,  pero escasos atractivos físicos. Cuando no una fealdad chocante y un aliento fétido para hacer vomitar a un arriero: así, Maritorne, cuyo nombre se ha vuelto proverbial. Hay, por supuesto, excepciones: ellas son en extremo reveladoras.  Las mujeres agraciadas, las que gustan desde el primer momento, son todas travestís, tomadas al principio por muchachos. Cardenio, el cura y el barbero descubren en la montaña a un efebo vestido de paisano, de una belleza incomparable, al punto de considerarlo una criatura no humana,  sino divina. Cuando el jovenzuelo se quita su gorra, y esparce su larga cabellera sobre sus hombros, ellos comprueban que el que parecía ser un labriego es una mujer. Es la bella Dorotea. Igual sorpresa para el lector cuando aparece ante sus ojos el comandante de un bergantín  anclado frente al puerto de Barcelona: Y le mostró uno de los más  bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la humana imaginación. La edad, al parecer, no llegaba a veinte años. ¿Un muchacho? No, la joven y atractiva Ana Félix, disfrazada de capitán. En la mascarada que el duque y la duquesa ofrecen a su huésped, un paje es quien tiene el papel de Dulcinea.  Levantándose en pie la argentada ninfa que junto  espíritu de Merlin, venía, quitándose el sutil  velo del rostro, lo descubrió tal que a tos pareció más que  demasiadamente hermoso.  (II, 35).
   Se dirá, para eludir el verdadero problema, que el travestí era un ingrediente habitual en la literatura de la época. ¿Que en Ariosto (leído por  Cervantes antes) no faltan los cambios de sexo? ¿Que Tasso había vestido de hombre a Clorinda? La diferencia está en que, en Cervantes, para extasiarse frente a una mujer, es preciso que ella tenga apariencia de varón. No hay otro libro, como en el Quijote, donde el encanto físico sea tan exclusivamente masculino. Masculina, la seducción sexual; masculino el objeto del deseo. Contraprueba: el famoso “encantamiento” de Dulcinea. Recordemos el episodio. Don Quijote ha enviado a Sancho como embajador ante  la dama de Toboso, y Sancho, en vez de cumplir con su misión, inventa su encuentro con ella, haciendo una descripción imaginaria de la bella. Cuál no fue su embarazo cuando, mientras volvían juntos al Toboso, Don Quijote, le ordena mostrarle a Dulcinea. Al igual que Don Quijote. Sancho no la ha visto nunca. Para no confesar que ha mentido, señala a tres campesinas que pasan en ese momento. Confiando en la credulidad de Don Quijote, afirma que un mago ha transformado a las muy encumbradas doncellas en esas dos toscas campesinas, y sus jacas en  borricos. A esta sazón ya se había puesto Don Quijote de hinojos, y miraba con ojos desencantados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina, y como no descubría en ella sino una moza aldeana y no de muy buen rostro porque era carirredonda y chata estaba suspenso y admirado, sin osar despegar los labios. (II,10). Después, cuando las campesinas partieron: Sancho, ¿qué te parece cuán mal quisto soy de encantadores? Y mira hasta dónde se estiende su malicia y ojeriza que me tienen, pues me han  querido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a  mi señora. En efecto, yo nací para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero donde tomen la  mira y asienten las flechas de la mala fortuna. Y has de advertir, Sancho, que no se contentaron esos traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y volvieron en una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana, y justamente le quitaron lo que es tan suyo y de las  principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y entre flores. Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea, según tú dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma. 
  El pasaje es tan gracioso, respira  una comicidad de una frescura tan natural que no se piensa para nada en su significación oculta. ¿Por qué Don Quijote se estima nacido para servir de modelo a los desdichados?. ¿Cuál es la desgracia por la cual se siente abatido?¿Será, justamente, porque toda mujer no puede mostrarse a él sino desfigurada, horrible. Aun en las que pasan, a los ojos de los demás hombres, por bellas y seductoras, él sólo encuentra en ellas sudores, mal olor, frivolidad. Frente a una persona del otro sexo, tiene el corazón asqueado  y corrompido, en vez de sentirse transportado por las alas del deseo. El encantamiento, aquí contra-encantamiento,  verdadera maldición, trasforma el objeto de deseo en objeto de repulsión. Cervantes, con este hallazgo de la reina metamorfoseada en labriega, aclara magistralmente el mecanismo psicológico del ginófobo. Es sabido que Tchaikovsky, la noche de sus bodas, puesto en situación de cumplir con  su deber conyugal, vomita involuntariamente y no puede ejecutarlo. La primera desgracia para un hombre que no ama a las mujeres es no sentir su atracción, verlas bajo una luz repulsiva y  soportarlas sólo en la lejanía, idealizadas, inaccesibles. El terror lo invade cuando una de ellas se le acerca, lo toca, establece un contacto físico. No hay una metáfora más sutil de este terror, bajo  una apariencia farsesca, que el  tufo de ajo crudo.
   
     Ginofobia, el término merece aclaración. Más que de una trivial misoginia, se trata, en el Quijote, de una total, definitiva inhibición delante del otro sexo. De allí a formular la hipótesis que el andar del caballero es una busca fuera de las normas admitidas, que su errancia es sexual, el paso a dar ¿es demasiado grande?. Tomemos las acostumbradas precauciones. Para sugerir que la novela de Cervantes pudiera ser leída como una parábola gigantesca de la homosexualidad no me apoyaré, por cierto, en el demasiado ligero, para semejante tema, y demasiado provocador libro de Arrabal ( Fernando Arrabal, Un  esclavo llamado Cervantes, Plon, 1996). El turbulento dramaturgo da por sentado, pero sin aportar pruebas, ni citar fuente alguna, que Cervantes había sido iniciado en el amor de los muchachos por su maestro López de Hoyos, y más adelante, ya al servicio del cardenal Aquaviva en Roma, ser el amante de ese prelado mundano, antes de compartir, en su cautiverio en Argel, la cama y los placeres del bey. Poco importa la biografía del autor. Sólo cuentan las pruebas interiores, aquellas que la obra contiene. Antes de recapitular sobre las que han sido vistas y de añadir otras, oigamos lo que dice en un sólido, honesto y excelente estudio, un universitario serio: Paul Hazard, académico exento de ideas abusivas: A menudo la lectura de Don Quijote da al lector la impresión de que escucha varias voces en un solo y mismo pasaje; una fácil de advertir, alegre, rica, irónica, y otra, o bien otras, de resonancias más veladas. Ese sentimiento que se experimenta con mayor frecuencia en la compañía de seres humanos que en los libros - cómo una frase está cargada a menudo de todo eso que ella no expresa - es cada vez más fuerte a medida que aumenta nuestra familiaridad con el ingenioso hidalgo, y quizá ciertas interpretaciones esotéricas que se han dado de sus aventuras provienen de esas ideas subyacentes de las cuales adivinamos sus existencias sin de hecho poder traerlas a la luz.
   Mencionaré en un instante esas interpretaciones esotéricas. Adelanto aquí que la hipótesis homosexual, redobla la dificultad de ser desentrañada, dada la absoluta imposibilidad, bajo los reinados de Felipe II y Felipe III, de poner en el tapete un tema considerado como tabú. España había sido uno de los primeros países en tomar medidas rigurosas contra los invertidos, menos por convicciones religiosas que por cálculo político: se trataba de eliminar una categoría de individuos juzgados subversivos, peligrosos para el orden y la coherencia de un Estado poderoso, centralizado y uniforme. Desde el siglo XII se los condenaba a la horca. El tribunal de la Inquisición, creado en 1480, los arrojaba a la hoguera, mezclados con las  brujas, los bígamos, los curas libertinos, los blasfemos, todos aquellos cuya conducta provocaba grietas en la solidez del cuerpo social. Una misteriosa orden de arresto fue lanzada contra Cervantes en 1569. Al joven,  que contaba entonces 22 años, debía cortársele la mano derecha y sufrir diez años de exilio; es por un asunto de costumbres que se lo habría perseguido. Episodio oscuro, que sin duda lo será  para siempre.
   Pruebas interiores. Las hay importantísimas: el culto de la mujer ideal junto al menosprecio por la mujer real; la estrategia del alejamiento; el amor por imitación; el código de caballería que sirve de sustituto a la parálisis del deseo. Algún episodio curioso, alguna frase que parece lanzada al azar, parecería aportar un apoyo convincente. Cuando Don Quijote recuerda: El voto que yo he hecho de defender a los débiles y protegerlos contra la opresión del más fuerte (I,22), ¿es abusivo incluir, en el número de las víctimas de la opresión, a los homosexuales?
  Don Quijote se dirige aquí a los galeotes, antes de liberarlos de sus cadenas. Examinemos de nuevo el capítulo entero, pieza capital del conjunto. El hidalgo se acerca a cada uno de los forzados para preguntarle qué crimen ha cometido. Uno ha robado un canasto de telas; otro, animales; otro, en vez de arrepentirse por lo que fue condenado, lamenta no haber tenido bastante dinero para comprar a los jueces. Ese viejo es un rufián, intermediario de los cuerpos y Mercurio galante; ese sobornador ha seducido y preñado a cuatro jovencitas; ese estudiante no es otra cosa que un peligroso bandido. No hay duda de que merecen su suerte. ¿Qué argumento podría invocar Don Quijote para liberarlos? De todo eso que vosotros me habéis confiado, queridos hermanos,  les dijo él, he podido concluir que si bien vuestro castigo es el pago de vuestras faltas, no parecería ser de vuestro gusto y que vosotros  partís a remar en las galeras compungidos y forzados. (I.22) Tal razonamiento sería absurdo si se aplica a la única categoría de delitos reconocida entre los forzados. No es porque la prisión me disgusta por lo cual estoy dispensado de ir allí, si he cometido un crimen. Pero si ese crimen lo es sólo por la arbitrariedad de un código inicuo, si rehúso la ley  que declara criminal un acto que tengo por natural y legítimo, Don Quijote deja de parecerme un loco. Defiende, con bastante coraje, una moral de la naturaleza, los derechos del instinto, de la espontaneidad.  (II 19) Y cuando agrega: No es justo reducir al rango de esclavos a aquellos que Dios y la naturaleza hicieron libres, es imposible que tales palabras no apunten a trasgresiones de otro orden, mas allá de las representadas por ese montón de forajidos.  
  
  En lo que atañe al matrimonio, al lugar que es necesario acordar a la naturaleza en el matrimonio, Don Quijote, a decir verdad, vacila. Basilio ama a Quiteria, y es amado por ella. Pero Basilio es pobre y el padre de Quiteria decide casar a su hija con el rico Camacho. Compelido a dar su opinión, el caballero empieza por aprobar al padre: el matrimonio es, por principio, un contrato que tiene en cuenta el aspecto económico que los amantes no ven, cegados por los sentimientos. Es necesario, antes de establecer una relación destinada a durar toda la vida, fundarla sobre una base más sólida que los impulsos espontáneos. Sin embargo, Don Quijote no tarda en desdecirse. Y cuando Basilio ensaya  una estratagema para asegurarse la posesión de Quiteria, el caballero  se rebela contra los que intentan todavía ponerle trabas a esa unión. Tenéos, señores, tenéos, que no es razón toméis venganza de los agravios que el amor nos hace, y advertid que el amor y la guerra son una misma cosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias amorosas se tienen por bueno los embustes y marañas que se hacen para conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la cosa amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa y favorable disposición de los cielos. Camacho es rico, y podrá comprar su gusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene más desta oveja, y no se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a los dos que Dios junta no podrá separar el hombre; y el que lo  intentare, primero ha de pasar por la punta de esta lanza. ( II, 21) ¡Qué pronto han sido olvidadas las consideraciones pedestres sobre las bases sociales del matrimonio!  Dios mismo es llamado como auxilio para justificar la victoria del instinto, del amor natural. Si Pirandello debe algo a Cervantes es esta distinción entre el matrimonio, forma vacía, y el amor, corriente vital, que alimenta su teatro. ¿Y qué amor está más cerca de la vida que aquel que no tiene ni justificación social ni otra finalidad que su propia  realización?
    Otro episodio revelador: cuando en la bufonada organizada por el duque y la duquesa uno de los burlistas, disfrazado de Merlin, anuncia en qué condición Dulcinea será desencantada y, de labriega volverá a ser reina: será necesario que tres mil trescientos azotes sean aplicados sobre la ’’carne desnuda´´ de Sancho (II, 35) . La carne desnuda: las nalgas. ¿Simple diversión? Estemos atentos por si una vez más, al amparo de un detalle chistoso, Cervantes nos haya dado una indicación precisa.  El suplicio prescrito a Sancho, del cual su amo naturalmente le recuerda la obligación,  tiene una franca connotación sexual, incluso homosexual. Adhiere a esas prácticas que llamamos, con la pedantería típica de nuestra época, sado-masoquista. Pues bien: ante la propuesta de desencantar a Dulcinea, es decir de devolverle su seducción femenina, por una especie de lógica inconsciente surgen de pronto fantasmas de sadomasoquismo masculino. Don Quijote interviene de nuevo en el asunto: insiste en que Sancho cumpla sin chistar la orden del  seudo Merlín. Se refugia en esa imagen de culo marcado por latigazos, herido, sangrante (pero no, no es forzar el texto destacar la consecuencia de una flagelación tan mórbidamente titánica y con un número tan preciso de golpes que Sade no inventará nada más meticuloso y perverso), cada vez que él se represente a Dulcinea desencantada, por lo tanto como mujer atrayente, amenaza sexual para el hombre sin deseo.
   En cuanto a la historia del Curioso impertinente, tomada de Ariosto y a la fuerza insertada en la novela, no es posible encontrar un ejemplo más claro de homosexualidad inconsciente. Anselmo y Lotario están unidos por tan estrecha relación que en la vecindad los apodan “los dos amigos”. Anselmo se casa. Camila es la más fiel y la mejor de las esposas. Pero la duda comienza a roer el corazón de su marido. ¿Qué  mérito  tiene una mujer de ser leal si nadie la induce a la tentación? Y urde una estratagema que él supone infalible. Le pide a Lotario seducir a su mujer. Sólo el fracaso  de esa tentativa, así lo afirma, lo hará definitivamente feliz. Lotario se aboca a la tarea lo mejor que puede y a disgusto. A fuerza de maquinaciones y apremios consigue su objetivo, o más bien el objetivo de  Anselmo, que muere de tristeza. (I, 33 a 35)
    Desentrañemos esa fábula. Anselmo no está satisfecho con su relación conyugal pues lo que lo atrae no es el cuerpo de Camila sino mas bien el de Lotario. Camila una coartada, una sustitución. Ya sea por hipocresía o porque el deseo homosexual en él está fuertemente reprimido, Anselmo no puede confesarse esa verdad escandalosa. La única manera de gozar del cuerpo de Lotario será compartiendo  con Lotario el cuerpo de Camila. Él pone a su amigo en la cama de su mujer, en su lecho nupcial para ser el tercero en sus transportes amorosos, y aprovecharse de sus abrazos para abrazar, con la imaginación, a quien no osa tocar directamente. Cree estar celoso de Camila, sufre al pensar que lo va a engañar. En realidad, sólo Lotario provoca su celo, y si sufre es porque ve a su amigo, hasta entonces casto y más inclinado a los placeres de la caza que a los del amor, dispuesto a acostarse con cualquiera, menos con él. Cuando el resultado es obtenido, se da cuenta de la verdadera naturaleza de sus sentimientos por Lotario. La desesperación que le provoca esa revelación, lo mata. Su muerte es presentada como misteriosa: se lo encuentra  recostado, el rostro vuelto hacia el suelo, la mitad del cuerpo en  la cama y la otra sobre la mesa, la pluma todavía en la mano y el papel delante de él, con una frase interrumpida a la mitad. Regreso de la represión, aparición de lo innombrable que no puede realizarse hasta lograr su fin. El homosexual que no se asume está condenado a morir, solo y disimulado, con su secreto que lleva a la tumba.
  Va de suyo que sería ridículo reducir Don Quijote a una parábola de la homosexualidad. Hace poco, un escritor Español, Antonio Muñoz Molina, advertía a los exégetas sobre la extrema plasticidad de la obra maestra de Cervantes que permite a cada cual apropiarse de ella, deformarla, adaptarla a sus propios fantasmas. Ni siquiera hay retratos auténticos de Cervantes, y se ignora lo que él pensaba, fuera de aquellos mensajes cifrados que se deslizan en su novela.  ¿Cómo osar ponerlo de un lado, o del otro? Lo único seguro es que el caballero andante es mas bien un caballero errante. Un solitario, un marginal que apunta siempre al sarcasmo o a la vejación de aquellos que no se desvían del camino y encarnan el buen sentido, sabiendo, algunas veces responder con valentía a las calumnias, pero la mayoría de las veces humillado, vencido e incluso, enjaulado. La mascarada en el castillo del duque y la duquesa nos parece demasiado insistente, demasiado larga; las bromas a expensas del hidalgo, bastante pesadas y crueles. ¿Error de composición? ¿Torpeza del escritor? O voluntad, por parte de Cervantes de trasmitirnos una impresión lamentable. El duque y la duquesa simbolizan a los grandes de este mundo; representan la autoridad, y su castillo, tan indefinido y lleno de misterio como el de Kafka, podría ser el emblema del poder y la persecución que acompaña a quien es fundamentalmente diferente.
   Diferente, errante, fuera de lo que está prescrito ser, sí, pero ¿por qué esa errancia concierne  únicamente, o principalmente, a la norma sexual? Doy esta interpretación, sin  que pretenda ser la única verdadera, sino por parecerme la más verosímil; en la que convergen gran número de indicios. Sin desconocer las otras posibles, los comentarios esotéricos, que algunos exégetas han sostenido con buenos argumentos. Se ha visto en el caballero a un discípulo de Erasmo, y en Cervantes a un eramista oculto en la época en que las obras del filósofo de Rotterdam fueron prohibidas por el papa Pablo IV (1559), y después puestas en el índex del Santo Oficio (1583). El mismo Cristo, dice el autor del Elogio de la Locura, obra prohibida como las demás, por venir en ayuda de la locura humana, el Cristo, la sabiduría del Padre, se volvió un tanto loco al unirse a la naturaleza humana, del mismo modo que se hizo pecador para vencer al pecado. Para salvar al mundo no empleó otro método que el de la Locura de la  Cruz. La conducta de Don Quijote ¿no es el eco indiscutible de esas palabras?
   Para otros glosadores, detrás de las aventuras del hidalgo, es necesario leer en filigrana las tribulaciones de los judíos. El 31 de marzo de l492 los reyes católicos habían firmado el decreto de expulsión de los judíos. Quedaban los conversos, o nuevos cristianos. El tribunal de la Inquisición se ensañó con ellos, los acusaba de judaizar en secreto, pese a su aparente conversión. Estar convencido de tener un antepasado judío exponía a ser tachado de hereje, y Cervantes, según algunas conjeturas, no habría estado al abrigo de tal acusación. La pureza de sangre era un dogma de Estado. Manifestarse a favor de los judíos era tan imposible como tomar la defensa de los homosexuales; de allí la oscuridad de las alusiones, si las hay, y para nosotros la dificultad de formarnos una idea algo clara de las opiniones de Cervantes al respecto.
   La misma dificultad a propósito de los moriscos, sometidos también a la persecución. La primera parte de Don Quijote fue publicada en 1605; la segunda en 1615. Entre ese lapso había aparecido el edicto de expulsión de los moriscos, no obstante la conversión de esos musulmanes al cristianismo. En un capítulo de la segunda parte repercute la emoción provocada en el autor por esa medida tan feroz. Como los hechos eran recientes, debió rodearse de infinitas precauciones. Sin embargo, bajo la ambigüedad de las palabras, su pensamiento se adivina mejor. Dos peregrinos que se dicen alemanes encuentran a Sancho en el camino y lo invitan a compartir su   almuerzo. Uno de ellos resulta ser Ricote, vecino  de Sancho en la aldea, un  almacenero  echado recientemente de su negocio debido al edicto real contra la gente de su raza. Tendiéronse en el suelo, y haciendo manteles de las yerbas pusieron sobre ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón, que si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. ( II, 54). Intrigado por el lujo de detalles en torno o a los huesos de jamón, Américo Castro, el más conocido de los cervantistas españoles, les atribuye una argucia teológica: el mejor salvoconducto para un extranjero era mostrar un trozo de jamón, con o sin carne, para probar que él no era ni judío ni morisco. Fina ironía de Cervantes al no poder declarar abiertamente su simpatía. Irónica también las palabras de Ricote, que simula aprobar la decisión del rey: Me parece  que fue inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan gallarda resolución   (II, 54). Y más adelante: Con el gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas; porque es verdad que el mezcla la misericordia con la justicia, como  él vee que todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio que abrasa que del ungüento que molifica; y así, con prudencia, con sagacidad, con diligencia, y con miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecución el peso desta gran máquina, sin que  nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos, que continuo tiene alerta, porque no se le quede ni encumbra ninguno de los nuestros, que como raíz escondida, que con el tiempo vuelva después a brotar y a echar frutos venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la tenía.  ¡Heroica resolución del gran Filipo III, y inaudita prudencia en haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco! (II, 63) Más que ironía, un amargo sarcasmo trazuman estas interjecciones / imprecaciones. En términos conmovedores, Ricote evoca su desgracia y la de su raza, la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamos lloramos por España; que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural. Cervantes no habría prestado a su personaje semejante nostalgia si él mismo no se hubiese sentido solidario con los expulsados. La patria perdida, he aquí quizá el tema principal de esta novela, el objetivo secreto de la famosa errancia. Judío, homosexual o morisco ¿qué importa? Es un  exiliado de adentro el que va delante de nosotros por las rutas de España, disimulando bajo una apariencia exéntrica su íntima tragedia. Si lo juzgamos en su aspecto cómico, diremos que   desvaría; visto desde otro ángulo, se desvía. Y porque en la figura de aquel que se aparta de las normas y desafía a los poderes establecidos, reconocemos por excelencia al héroe de nuestro tiempo, ningún personaje de la literatura clásica  está más cerca de nosotros.

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