Saturnino Acidia, con los
músculos flojos como fideos demasiado hervidos,
seguía con los ojos a un caracol trepando por
la cortina de baño, resbalosa de hongos. Sintió
los calambres que subían por las piernas, adormeciéndole,
con dulzura, cada parte del cuerpo. “Nada más
placentero que no hacer nada”, pensó, abandonándose
en lo blando.
En el perchero, justo atrás de la puerta, estaban
el gorro inmaculado y el guardapolvo blanco, con el
cartelito de “Empleado Estelar”, otorgado
por Empresas Cuiqli. Llevar carpetas, apilar hojas,
escribir la misma carta, caminar la alfombra diaria
tenían, por fin, su reconocimiento. Siendo el
mejor, se podía perfeccionar la capacidad de
no hacer. Y Saturnino, en eso, era un experto.
Nunca descubrieron sus descansos de seis horas, cada
ocho. Saturnino parecía eficiente. “Lo
que importa es lo de afuera”, se repetía,
sonriendo, mientras le abrochaban su premio en la solapa.
Cuando lo pusieron en Control de Calidad, supo que era
feliz. Cinco compañeros envidiosos tenían
que obedecerle y él, con oficina propia, cerraba
la puerta, dejaba los zapatos abajo del escritorio y
reclinaba el asiento, siguiendo el rastro de un caracol
imaginario. Muy pronto empezaron a apreciarlo: Saturnino
no mandaba ni exigía; ofrecía más
días de vacaciones, inventaba feriados, otorgaba
licencias y ampliaba el horario de almuerzo.
El directorio de Empresas Cuiqli no se quejaba: en la
sección de Saturnino jamás faltó
nadie.
- ¿No tienen conciencia, no les importa nada?-
apremiaron un día los del sindicato.
- Tenemos a Saturnino- respondían, con una sola
voz, los empleados.
Empujaron a Saturnino Acidia
justo durante su momento preferido del día: músculos
flojos como fideos demasiado hervidos, ojos entrecerrados
delante de la ventana abierta. Con la placidez del sol
todavía en la cara, no llegó a saber cuántos
pisos separaban a Empresas Cuiqli de la vereda.
Por Carola Chaparro
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