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Horacio González - Parte II

El costoso trabajo del pensamiento Social

Por Conrado Yasenza

Fotografía: Efraín Dávila


En esta segunda entrega de la entrevista realizada a Horacio González, sociólogo, escritor y actual Vicedirector de la Biblioteca Nacional, la reflexión atraviesa tópicos como la compatibilidad entre el rol del intelectual y la función estatal, y la poderosa construcción de un lenguaje universal por parte de las grandes corporaciones comunicacionales.


- ¿Cómo se articula su función de intelectual crítico con el rol de funcionario estatal?

- Bueno, imaginé la figura de un funcionario libertario. Ahora, el Estado hoy no permite esa figura porque no se puede, frente a una norma, pretender un ejercicio libertario de aplicación. De todas maneras para mí es una búsqueda porque he descubierto el idioma de la normativa, el idioma de la preceptiva, el idioma de la prevención. Hay una palabra “ preventiva” que se usa y que es adelantarse al tiempo. El Estado es muy incauto respecto al tiempo, respecto a lo que es la historia. El Estado cree que puede tomar decisiones en un momento dado, en un corte realizado sobre la historia que después permite desarrollar su fuerza, presupuesto por ejemplo, a partir de un lapso de tiempo. Es decir, la categorización del tiempo es un poco la función del Estado. Crear categorías a priori de espacio y tiempo. Bueno, eso con el auxilio de la técnica lo puede hacer; con la informatización del Estado, la alianza con los poderes técnicos de la revolución informatizadora, es decir, la supuesta revolución democrática de la información, que lo sería si no generara otra capa de funcionarios expertos en el lenguaje de la revolución informática, que de hecho establecen una disparidad con el funcionario anterior.
En el Estado, en síntesis, se presentan todos los dilemas de la sociedad sobre como se crean jerarquías técnicas, jerarquías sobre saberes, jerarquías montadas en saberes que no tienen el resorte último de saberse preguntar sobre ellos mismos si son útiles, inútiles, humanos o inhumanos. Todo eso hace del Estado un terreno de disputa interesante, un territorio de batalla. Por mi parte la estoy dando en la Biblioteca Nacional, respecto a un equilibrio entre revolución técnica y los legados culturales más arcaicos. Entre arcaísmo y modernidad en la Biblioteca aún late esa disputa. Es una disputa muy interesante que debería saldarse con discusiones que no necesariamente hay; pero mi presencia ahí es esa discusión. Cuando perciba que voy a dejar de estar asociado a esa discusión, deberé hacer otros cálculos en mi vida.
Por un lado pienso que, al aceptar la invitación de estar ahí no debo arrepentirme. Hice cosas, aprendí cierto ejercicio de la decisión que siempre es un momento puro, que involucra la satisfacción de las personas, involucra necesariamente la imposibilidad de hacer feliz a muchos, involucra el desequilibrio y la desigualdad de una decisión y la futura promesa de una igualdad que puede no aparecer. Esos son aprendizajes para alguien que era un profesor que hablaba dando clases, y que de vez en cuando se pronunciaba sobre la vida pública. Eso lo sigo haciendo, la Biblioteca no me lo ha quitado.

- ¿Y cómo se traduce esto en el ejercicio práctico de la función?

- Me río un poco de las expresiones como preventivar, pero al mismo tiempo no puedo reírme demasiado porque todo sentimentalismo lo desprecio en público; reconozco ahí que son las formas más cristalizadas de la acción humana. Alguien inventó lo de preventivar, lo de inicializar, es decir, alguien inventó la firma. Yo firmo ahora. Estoy en la Biblioteca en una situación de vice-director y mantengo una lindísima discusión con mi amigo Leo Vitale, que lo veo también más proveniente de ese campo, pero con una gran sensibilidad y sutileza, y eso también me estimula a seguir debido, sin duda, a la presencia de él, que es una presencia para mí muy animadora y garantizadora de esta discusión. En ese sentido aunque yo enfatizo más la discusión, creo que lo hago con prudencia y pensando que todos los elementos de un saber escondido deben ser liberados de ciertas formas institucionales que lo atraparon, incluso aquellas que tengan la destreza técnica tan evidente, como son las formas de informatización; es decir, el dato, la acumulación de datos y la transmisión de órdenes, aparece ahora bajo una profunda forma democratizadora como son las formas vinculadas a la memoria técnica originada en la computación. Bueno, yo no soy de aquellos que creen que esto sea tan así; creo que se introducen nuevas formas de desigualdad en la experiencia humana. Eso me interesaría investigarlo también. La Biblioteca que, finalmente, no debe ser un catafalco sino un archivo vivo, presenta una contradicción interesante: archivo vivo. Es paradójico, un archivo en aptitud de ser revitalizado cotidianamente. Me parece interesante investigarlo ahí.
También la Biblioteca es un mundo de libros; yo vivo en un mundo de cartapacios, veo poco los libros, incluso los veo menos que antes, y eso también me parece interesante porque nunca tuve un distanciamiento tan brutal con el mundo de los libros como ahora que estoy en la Biblioteca. Los libros son lugares que nos llaman y a veces nos tomamos una prudente distancia.

- ¿Eso no es justamente una metáfora de la contradicción que implica la Biblioteca Nacional?

- Sí. Pero el archivo vivo es una contradicción interesante. Desde el punto de vista de la retórica pertenece a la figura del oxímoron. De por sí, para mí, todo oxímoron es interesante porque presenta un campo de enunciados que se combaten en sí mismos, a través de sus términos, el archivo vivo, por ejemplo, pero que sin embargo nos iluminan y nos ilustran sobre un problema que puede ser resuelto. Es decir, que podemos acompañar con nuestra vida de modo tal que sea resuelto. A mí me interesa mantener ese tipo de dilema. El idioma informático no puede pensar la paradoja. El idioma informático piensa el régimen binario de aseveración, en cambio el régimen paradojal, al que yo pertenezco y que es vecino de la dialéctica, está acostumbrado sin rechazar ninguno de los frutos de la revolución técnica, a poner por encima de ellos no un bien humanístico abstracto sino la forma de pensamiento de la humanidad, que es finalmente la dialéctica, la paradoja, la ironía y también la astucia, sólo que ésta última debe tener un cierto llamado a la prudencia por parte de ella misma, es decir, no debe ocupar el lugar de la razón. Debe ser uno de los flujos posibles de la razón.

- Desde el inicio de la revista estamos trabajando sobre la reflexión de intelectuales acerca de distintos temas como los que venimos tratando. Hasta el 2001 noté que los grandes medios de comunicación social no apelaban a la figura de los intelectuales. En este momento empiezo a percibir que los grandes medios apelan a la figura del intelectual para tratar de discernir, interpretar, analizar los fenómenos sociales que se van dando. De hecho a Eduardo Grüner le han realizado hace unos meses una entrevista en el diario La Nación. ¿A qué se debe esta apelación repentina, cuando en años anteriores casi se despreció desde los medios de comunicación, el saber intelectual?

- Nunca se dejó de convivir con la figura del intelectual. Yo no pienso tanto en el hecho de que hay intelectuales, de que hay una función intelectual, palabra que no me gusta, sino en una especie de destello, una especie de momento que puede ocurrir en cualquier situación, lugar y persona. En ese sentido, sin duda, hay ciertos hábitos intelectuales, ciertas modalidades de expresión. A éstas se las consulta sobre todo cuando articulan con cierta destreza con la vida política. Por ello el mundo de asesores, el de la discursividad política que se construyó a través de los medios de comunicación; la forma en que cambió el sujeto de la política, es decir, la conciencia del político, que de ser una conciencia dramática y muchas veces ética, se convirtió en una conciencia posicionada, es decir, dice lo que tiene que decir a través de un juego de lecturas de los que ya está dado en la sociedad. En síntesis, triunfó una suerte de conciencia empírica en la vida discursiva del político. Todo eso porque ocurre porque la vida intelectual se convirtió en una vida intelectual que frasea de una manera afín a lo que piden los medios, en cuanto a la construcción de su espacio, su tiempo. La temporalidad de la palabra, la temporalidad de lo dicho, se construye en relación a cómo lo reclaman los medios. El horizonte de inteligibilidad también se construye según lo reclaman los medios. Por eso buena parte de una clase intelectual constituida se trasladó a un lenguaje afín al modo en que hablan los medios, afín al modo que habla la política, incluso en casos notablemente excéntricos como el de Elisa Carrió, quién a pesar que tiene un juego metafórico mucho más rico y un abanico de citas bibliográficas inesperadas, también el fraseo obedece a ese pacto entre sectores intelectuales y sectores políticos que ella representa mejor que ninguno. Entonces la verdadera vida intelectual se dirige críticamente hacia ese pacto que no tuvo ninguna Moncloa, ni ninguna Enciclopedia Francesa donde se haya firmado. Es un pacto entre políticos e intelectuales que permite las entrevistas en los diarios, no sólo en La Nación, sino en Página 12. Es un pacto de lengua, paradójicamente no escrito, pero que funciona en la verba espontánea de los usuarios intelectuales y políticos, y permite las entrevistas. El hecho inesperado, la forma en que se utilice la lengua verdaderamente inquietante, es decir poseedora de una verdad única e irremplazable, tiene que ser un modo que se dirija hacia un debate contra ese modo de vinculación de la vida intelectual.
En lo personal, en cómo estoy yo en la Biblioteca Nacional, un poco en nombre de los viejos pactos de la vida intelectual con la clase política, donde hay superposiciones muy fuertes, y un poco en nombre de la esperanza, que quizás ocurra, no sé si me ocurrirá a mí, que la vida intelectual sea la discusión con la propia vida intelectual que ha entrado en esta esfera de dominio en la vida política y viceversa. Eso precisa una forma de excepcionalidad que implique rupturas con el modo en que se usa en las grandes categorías del tiempo y en las grandes categorías de la comprensión la palabra política. De alguna manera es llegar al cimiento del uso de la temporalidad instituida y de la inteligibilidad instituida y mover algunas piezas internas, de modo que el conocimiento vuelva a ser otra vez algo relacionado a lo desconocido, y de modo que el tiempo vuelva a ser otra vez algo relacionado a lo inesperado.

- Hay una idea que implica que ante el retiro del Estado de la elaboración de políticas culturales y de prácticas culturales efectivas, son los medios de comunicación los que desghetizan la cultura y abren nuevos campos culturales de devolución hacia el público.

- No estoy de acuerdo con eso. Creo que los medios se convirtieron en jueces últimos del uso de la palabra de toda una comunidad, entonces ese mundo de los medios debe también ser puesto a prueba con la construcción de otro tipo de palabra que también tenga capacidad de juicio sobre los medios. Porque los medios actúan como la última estribación del juicio, como la Corte Suprema, que de una manera rápida y jocosamente improvisada colocan un enjuiciamiento final sobre las cosas. Yo creo que la política hoy tiene el deber, y más que la política la literatura, tiene el deber de intervenir en esa actuación de los medios en cuanto que se han arrogado el uso de la última palabra. Ahí, hay mucho para hacer, porque los propios medios deben de estar interesados en construirse como una palabra que no usufructúe mal el campo de la última observación sobre un tema, y por lo tanto el derecho a abandonarlo o el derecho a glosarlo tiempo después. Son mecanismos retóricos: el abandono del tema, la glosa, la proposición, la refutación y el juicio sobre el tema deben ser ámbitos compartidos por toda una sociedad y ahí tienen que intervenir en pie de igualdad los medios de comunicación con la Universidad, con el viejo aparato jurídico reformulado y con la vida intelectual que sí tiene sentido si no reclama ser ella la poseedora del juicio final, pero sí la que alerte sobre las dificultades de su empleo, ya sea por el ejercicio de cualquier sacerdocio, ya sea por el ejercicio de cualquier forma improvisada de la ética en los medios de comunicación. Por eso creo que la vida intelectual es la que está destinada a establecer la democracia más profunda en el campo del uso de los valores y las decisiones vinculadas a la trama ética, porque es la que alerta a los demás de que no deben desequilibrar el juicio a su favor, sobre todo cuando se poseen medios técnicos de alcance prácticamente ilimitados en cuanto al uso de la palabra, es decir, la capacidad de difusión y difuminación de la palabra televisada no debe utilizar a su favor esa enorme fuerza disponible. La justicia como ética de la palabra lo será en la medida en que no llame a su favor ningún poder técnico que cree la ilusión de que contiene la posibilidad del enjuiciamiento más efectivo, simplemente por tener la capacidad de universalización inmediata. Ninguna universalización va a ser inmediata, es un costoso trabajo del pensamiento social.

- ¿Es optimista?

- Ahora que pude hablar soy optimista.


Conrado Yasenza


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