En
esta segunda entrega de la entrevista realizada a
Horacio González, sociólogo, escritor
y actual Vicedirector de la Biblioteca Nacional, la
reflexión atraviesa tópicos como la
compatibilidad entre el rol del intelectual y la función
estatal, y la poderosa construcción de un lenguaje
universal por parte de las grandes corporaciones comunicacionales.
- ¿Cómo
se articula su función de intelectual crítico
con el rol de funcionario estatal?
- Bueno, imaginé
la figura de un funcionario libertario. Ahora, el
Estado hoy no permite esa figura porque no se puede,
frente a una norma, pretender un ejercicio libertario
de aplicación. De todas maneras para mí
es una búsqueda porque he descubierto el idioma
de la normativa, el idioma de la preceptiva, el idioma
de la prevención. Hay una palabra “ preventiva”
que se usa y que es adelantarse al tiempo. El Estado
es muy incauto respecto al tiempo, respecto a lo que
es la historia. El Estado cree que puede tomar decisiones
en un momento dado, en un corte realizado sobre la
historia que después permite desarrollar su
fuerza, presupuesto por ejemplo, a partir de un lapso
de tiempo. Es decir, la categorización del
tiempo es un poco la función del Estado. Crear
categorías a priori de espacio y tiempo. Bueno,
eso con el auxilio de la técnica lo puede hacer;
con la informatización del Estado, la alianza
con los poderes técnicos de la revolución
informatizadora, es decir, la supuesta revolución
democrática de la información, que lo
sería si no generara otra capa de funcionarios
expertos en el lenguaje de la revolución informática,
que de hecho establecen una disparidad con el funcionario
anterior.
En el Estado, en síntesis, se presentan todos
los dilemas de la sociedad sobre como se crean jerarquías
técnicas, jerarquías sobre saberes,
jerarquías montadas en saberes que no tienen
el resorte último de saberse preguntar sobre
ellos mismos si son útiles, inútiles,
humanos o inhumanos. Todo eso hace del Estado un terreno
de disputa interesante, un territorio de batalla.
Por mi parte la estoy dando en la Biblioteca Nacional,
respecto a un equilibrio entre revolución técnica
y los legados culturales más arcaicos. Entre
arcaísmo y modernidad en la Biblioteca aún
late esa disputa. Es una disputa muy interesante que
debería saldarse con discusiones que no necesariamente
hay; pero mi presencia ahí es esa discusión.
Cuando perciba que voy a dejar de estar asociado a
esa discusión, deberé hacer otros cálculos
en mi vida.
Por un lado pienso que, al aceptar la invitación
de estar ahí no debo arrepentirme. Hice cosas,
aprendí cierto ejercicio de la decisión
que siempre es un momento puro, que involucra la satisfacción
de las personas, involucra necesariamente la imposibilidad
de hacer feliz a muchos, involucra el desequilibrio
y la desigualdad de una decisión y la futura
promesa de una igualdad que puede no aparecer. Esos
son aprendizajes para alguien que era un profesor
que hablaba dando clases, y que de vez en cuando se
pronunciaba sobre la vida pública. Eso lo sigo
haciendo, la Biblioteca no me lo ha quitado.
- ¿Y cómo
se traduce esto en el ejercicio práctico de
la función?
- Me río un poco
de las expresiones como preventivar, pero al mismo
tiempo no puedo reírme demasiado porque todo
sentimentalismo lo desprecio en público; reconozco
ahí que son las formas más cristalizadas
de la acción humana. Alguien inventó
lo de preventivar, lo de inicializar, es decir, alguien
inventó la firma. Yo firmo ahora. Estoy en
la Biblioteca en una situación de vice-director
y mantengo una lindísima discusión con
mi amigo Leo Vitale, que lo veo también más
proveniente de ese campo, pero con una gran sensibilidad
y sutileza, y eso también me estimula a seguir
debido, sin duda, a la presencia de él, que
es una presencia para mí muy animadora y garantizadora
de esta discusión. En ese sentido aunque yo
enfatizo más la discusión, creo que
lo hago con prudencia y pensando que todos los elementos
de un saber escondido deben ser liberados de ciertas
formas institucionales que lo atraparon, incluso aquellas
que tengan la destreza técnica tan evidente,
como son las formas de informatización; es
decir, el dato, la acumulación de datos y la
transmisión de órdenes, aparece ahora
bajo una profunda forma democratizadora como son las
formas vinculadas a la memoria técnica originada
en la computación. Bueno, yo no soy de aquellos
que creen que esto sea tan así; creo que se
introducen nuevas formas de desigualdad en la experiencia
humana. Eso me interesaría investigarlo también.
La Biblioteca que, finalmente, no debe ser un catafalco
sino un archivo vivo, presenta una contradicción
interesante: archivo vivo. Es paradójico, un
archivo en aptitud de ser revitalizado cotidianamente.
Me parece interesante investigarlo ahí.
También la Biblioteca es un mundo de libros;
yo vivo en un mundo de cartapacios, veo poco los libros,
incluso los veo menos que antes, y eso también
me parece interesante porque nunca tuve un distanciamiento
tan brutal con el mundo de los libros como ahora que
estoy en la Biblioteca. Los libros son lugares que
nos llaman y a veces nos tomamos una prudente distancia.
- ¿Eso
no es justamente una metáfora de la contradicción
que implica la Biblioteca Nacional?
- Sí. Pero el
archivo vivo es una contradicción interesante.
Desde el punto de vista de la retórica pertenece
a la figura del oxímoron. De por sí,
para mí, todo oxímoron es interesante
porque presenta un campo de enunciados que se combaten
en sí mismos, a través de sus términos,
el archivo vivo, por ejemplo, pero que sin embargo
nos iluminan y nos ilustran sobre un problema que
puede ser resuelto. Es decir, que podemos acompañar
con nuestra vida de modo tal que sea resuelto. A mí
me interesa mantener ese tipo de dilema. El idioma
informático no puede pensar la paradoja. El
idioma informático piensa el régimen
binario de aseveración, en cambio el régimen
paradojal, al que yo pertenezco y que es vecino de
la dialéctica, está acostumbrado sin
rechazar ninguno de los frutos de la revolución
técnica, a poner por encima de ellos no un
bien humanístico abstracto sino la forma de
pensamiento de la humanidad, que es finalmente la
dialéctica, la paradoja, la ironía y
también la astucia, sólo que ésta
última debe tener un cierto llamado a la prudencia
por parte de ella misma, es decir, no debe ocupar
el lugar de la razón. Debe ser uno de los flujos
posibles de la razón.
- Desde el inicio
de la revista estamos trabajando sobre la reflexión
de intelectuales acerca de distintos temas como los
que venimos tratando. Hasta el 2001 noté que
los grandes medios de comunicación social no
apelaban a la figura de los intelectuales. En este
momento empiezo a percibir que los grandes medios
apelan a la figura del intelectual para tratar de
discernir, interpretar, analizar los fenómenos
sociales que se van dando. De hecho a Eduardo Grüner
le han realizado hace unos meses una entrevista en
el diario La Nación. ¿A qué se
debe esta apelación repentina, cuando en años
anteriores casi se despreció desde los medios
de comunicación, el saber intelectual?
- Nunca se dejó
de convivir con la figura del intelectual. Yo no pienso
tanto en el hecho de que hay intelectuales, de que
hay una función intelectual, palabra que no
me gusta, sino en una especie de destello, una especie
de momento que puede ocurrir en cualquier situación,
lugar y persona. En ese sentido, sin duda, hay ciertos
hábitos intelectuales, ciertas modalidades
de expresión. A éstas se las consulta
sobre todo cuando articulan con cierta destreza con
la vida política. Por ello el mundo de asesores,
el de la discursividad política que se construyó
a través de los medios de comunicación;
la forma en que cambió el sujeto de la política,
es decir, la conciencia del político, que de
ser una conciencia dramática y muchas veces
ética, se convirtió en una conciencia
posicionada, es decir, dice lo que tiene que decir
a través de un juego de lecturas de los que
ya está dado en la sociedad. En síntesis,
triunfó una suerte de conciencia empírica
en la vida discursiva del político. Todo eso
porque ocurre porque la vida intelectual se convirtió
en una vida intelectual que frasea de una manera afín
a lo que piden los medios, en cuanto a la construcción
de su espacio, su tiempo. La temporalidad de la palabra,
la temporalidad de lo dicho, se construye en relación
a cómo lo reclaman los medios. El horizonte
de inteligibilidad también se construye según
lo reclaman los medios. Por eso buena parte de una
clase intelectual constituida se trasladó a
un lenguaje afín al modo en que hablan los
medios, afín al modo que habla la política,
incluso en casos notablemente excéntricos como
el de Elisa Carrió, quién a pesar que
tiene un juego metafórico mucho más
rico y un abanico de citas bibliográficas inesperadas,
también el fraseo obedece a ese pacto entre
sectores intelectuales y sectores políticos
que ella representa mejor que ninguno. Entonces la
verdadera vida intelectual se dirige críticamente
hacia ese pacto que no tuvo ninguna Moncloa, ni ninguna
Enciclopedia Francesa donde se haya firmado. Es un
pacto entre políticos e intelectuales que permite
las entrevistas en los diarios, no sólo en
La Nación, sino en Página 12. Es un
pacto de lengua, paradójicamente no escrito,
pero que funciona en la verba espontánea de
los usuarios intelectuales y políticos, y permite
las entrevistas. El hecho inesperado, la forma en
que se utilice la lengua verdaderamente inquietante,
es decir poseedora de una verdad única e irremplazable,
tiene que ser un modo que se dirija hacia un debate
contra ese modo de vinculación de la vida intelectual.
En lo personal, en cómo estoy yo en la Biblioteca
Nacional, un poco en nombre de los viejos pactos de
la vida intelectual con la clase política,
donde hay superposiciones muy fuertes, y un poco en
nombre de la esperanza, que quizás ocurra,
no sé si me ocurrirá a mí, que
la vida intelectual sea la discusión con la
propia vida intelectual que ha entrado en esta esfera
de dominio en la vida política y viceversa.
Eso precisa una forma de excepcionalidad que implique
rupturas con el modo en que se usa en las grandes
categorías del tiempo y en las grandes categorías
de la comprensión la palabra política.
De alguna manera es llegar al cimiento del uso de
la temporalidad instituida y de la inteligibilidad
instituida y mover algunas piezas internas, de modo
que el conocimiento vuelva a ser otra vez algo relacionado
a lo desconocido, y de modo que el tiempo vuelva a
ser otra vez algo relacionado a lo inesperado.
- Hay una idea
que implica que ante el retiro del Estado de la elaboración
de políticas culturales y de prácticas
culturales efectivas, son los medios de comunicación
los que desghetizan la cultura y abren nuevos campos
culturales de devolución hacia el público.
- No estoy de acuerdo
con eso. Creo que los medios se convirtieron en jueces
últimos del uso de la palabra de toda una comunidad,
entonces ese mundo de los medios debe también
ser puesto a prueba con la construcción de
otro tipo de palabra que también tenga capacidad
de juicio sobre los medios. Porque los medios actúan
como la última estribación del juicio,
como la Corte Suprema, que de una manera rápida
y jocosamente improvisada colocan un enjuiciamiento
final sobre las cosas. Yo creo que la política
hoy tiene el deber, y más que la política
la literatura, tiene el deber de intervenir en esa
actuación de los medios en cuanto que se han
arrogado el uso de la última palabra. Ahí,
hay mucho para hacer, porque los propios medios deben
de estar interesados en construirse como una palabra
que no usufructúe mal el campo de la última
observación sobre un tema, y por lo tanto el
derecho a abandonarlo o el derecho a glosarlo tiempo
después. Son mecanismos retóricos: el
abandono del tema, la glosa, la proposición,
la refutación y el juicio sobre el tema deben
ser ámbitos compartidos por toda una sociedad
y ahí tienen que intervenir en pie de igualdad
los medios de comunicación con la Universidad,
con el viejo aparato jurídico reformulado y
con la vida intelectual que sí tiene sentido
si no reclama ser ella la poseedora del juicio final,
pero sí la que alerte sobre las dificultades
de su empleo, ya sea por el ejercicio de cualquier
sacerdocio, ya sea por el ejercicio de cualquier forma
improvisada de la ética en los medios de comunicación.
Por eso creo que la vida intelectual es la que está
destinada a establecer la democracia más profunda
en el campo del uso de los valores y las decisiones
vinculadas a la trama ética, porque es la que
alerta a los demás de que no deben desequilibrar
el juicio a su favor, sobre todo cuando se poseen
medios técnicos de alcance prácticamente
ilimitados en cuanto al uso de la palabra, es decir,
la capacidad de difusión y difuminación
de la palabra televisada no debe utilizar a su favor
esa enorme fuerza disponible. La justicia como ética
de la palabra lo será en la medida en que no
llame a su favor ningún poder técnico
que cree la ilusión de que contiene la posibilidad
del enjuiciamiento más efectivo, simplemente
por tener la capacidad de universalización
inmediata. Ninguna universalización va a ser
inmediata, es un costoso trabajo del pensamiento social.
- ¿Es
optimista?
- Ahora que pude hablar
soy optimista.
Conrado
Yasenza