Primera
relación: la pobreza y la muerte.
I.
Así como los muertos nos hablan de la muerte y ningún
muerto ni todos los muertos son la muerte, y menos aún
la eternidad, así también la pobreza.
Cada pobre vive la temporalidad
estricta de su pobreza, sin embargo no la agota ni confunde
su sustancia –propia e indeclinable por su sentido de
trascendencia– con esa pobreza que no es en su origen
naturaleza, menos aún designio de la divinidad. (Es
inconcebible una perfecta divinidad que haga “trampas”
a sus criaturas, pervirtiendo con la aparición de la
pobreza ese poder de acción en libertad que define lo
humano, que hace de lo humano el espejo donde la vida
se refleja como amor en los ojos del otro).
Atrapado
por la pobreza, despojado de su conciencia real, vaciados
los contenidos de su existencia, sin posibilidad de
tomar distancia de su permanencia en el dolor para
observarse, el pobre no puede alcanzar la verdad
de su real padecer, y hasta llega a sentir, desde una
resignación que lo involucra sin transito con la producción
alienada de la vida, que su pobreza particular le pertenece,
que es la herencia recibida y la que debe transmitir,
incluso como acto de fe, en tanto que bajo la mirada
del ayer existe la pobreza y su mirada del mañana no
deja de ser el recuerdo del hoy que revive en su condición
de pobre.
Entonces
la pobreza se convierte –he aquí la cruel paradoja-,
en el último, fugaz y agónico camino de salvación de
su extremo dolor. La angustia nace en el pobre porque
la conciencia de la pobreza lo enfrenta con la muerte.
Más aún, le han enseñado que la pobreza es un crimen
del pobre.
Inducido
día y noche al suicidio como sacrificio redentorio,
será preciso –desde la lógica que garantiza la pobreza–
que con su pasividad extrema el pobre pague sus culpas
y recupere la inocencia.
Lo
que se calla es que nadie puede ser inocente en la pobreza,
que su materia es la ignorancia y su producción masiva,
crónica e indiferenciada.
La
pobreza contiene al pobre en su vastedad como la mar
a sus olas, sin darle calidad de sujeto, jamás será
un rostro y un nombre, no tendrá historicidad ni conciencia
crítica, y obligado a sufrir el divorcio absoluto
de su cuerpo y su alma –destruidos en soledad– no podrá
devenir en espíritu de humanidad. No hay responsabilidad
por la pobreza del pobre. Tampoco se acepta la culpa,
en tanto el pobre está puesto por fuera del mundo humano,
ni siquiera es lo otro, pertenece a una categoría
abstracta y sin sentido, que se reproduce a sí misma:
la pobreza
Así
la pobreza no requiere sustancia primigenia de vida,
es un predicado de la muerte; será vista como la consecuencia
accidental –no previsible, tampoco deseada– de la riqueza.
O, si se prefiere, un derivado patológico (se piensa
en un delito aberrante, en una pústula, en un delirio)
de un proceso de legalidad, de salud y normalidad que
organiza el universo de los hombres “bien pensantes”,
quienes, imbuidos de fe santa, libran contra el “mal”
de los pobres la batalla por el paraíso perdido.
La
pobreza nace con cada pobre, que deberá andar con sus
pies sobre el mismo fuego original.
La
muerte de un pobre no es el fin de la pobreza, que desde
su ajenidad sigue regando las sombras como si fueran
rosas.
II
La
muerte ante la conciencia de la vida jamás será la nada
(que estremece pero también justifica); es un no
poder ser que nace cual detritus del amor sobre
la angustia de la existencia, una eternidad paralizada
en el instante que abrió sus alas y clavó sus garras
en la materialidad de un hombre desnudo y sin socorro
en el paroxismo de la desesperación.
La
muerte es un todo de sustancia no perfecta, que antecede
a la vida y se perpetúa en cada una de las vidas, tengan
o no tengan pasado.
El
discurso de la muerte recoge las palabras de la muerte
y el silencio de los muertos, fundidos en los bordes
del vacío.
La
muerte no es el pecado de la vida.
El
pecado de la vida es la pobreza, donde vuelven a escucharse,
sin respuestas, las palabras de la muerte y el silencio
de los muertos, en un desierto que desconoce la resurrección.
La
muerte es para los vivos que han tenido existencia y
en plenitud no forzada (se habla del ejercicio develado
de las contradicciones). Así los pobres, que son “numerosidad”
en la pobreza, pasan a la muerte desde una posición
que se inscribe como materia tanática, agonía de la
continuidad en una infinitud sin tránsitos.
La
pobreza es una acción antes que un estado. Al igual
que el lenguaje sólo se entiende como un todo. Se da
de una vez y para siempre. (Salvo que la oscuridad
de origen que la estructura y resguarda, se ilumine
con su propia muerte).
La
pobreza es más que una cantidad de privaciones,
humillaciones y estadísticas: es una calidad
morbígena, nefanda.
La
pobreza priva de la conciencia profunda de la vida,
ya no hay una anterioridad a la vida como pobre, ni
una posterioridad a la muerte en la pobreza.
La
pobreza a lo sumo permite navegar por los márgenes del
saber de la pobreza; llegar a la verdad que
escandaliza la realidad desde el interior de la pobreza,
exige una experiencia que abreva en los rituales del
sacrificio, y provoca, desde la excepción individual,
la aparición del héroe, el genio o el mártir. Vista
la pobreza como totalidad, su saber absoluto solo puede
lograrse desde otra totalidad: su no existencia.
Es
que la pobreza ya no necesita vincularse con la muerte.
Existe en ella y por ella.
III
El
ser sin existencia ocurre en los sueños.
El
sueño es una eternidad que se produce en la vida.
La
muerte no sueña la vida, la espanta, tras el pavor agudo
de la pobreza.
La
vida es anterior a la pobreza, pero la pobreza no reconoce
el pasado de la vida, el tiempo lo conjuga en continuidad
del presente.
La
pobreza se mueve sin memoria y sin remordimiento. La
memoria necesita de lo humano; tampoco es posible el
remordimiento sin una divinidad que pida cuentas sobre
el amor. El olmo nunca se planteó dar peras: en el espacio
de la pobreza no hay lugar para lo humano y la divinidad
sólo se recibe en tanto contribuya a la reproducción
de la pobreza, convertida perversamente en principio
de la realidad. Limosnas y resignación, perdón o consuelo
son máscaras múltiples de un mismo crimen.
La
pobreza es aquí un fantasma que abre los espejos del
horror. Detrás de las máscaras absurdas, el horror es
la muerte. La pobreza tiene el rostro definitivo de
ningún rostro, un vacío sin humanidad, anonimidad pura.
En
la pobreza la muerte no será el recuerdo crítico y consciente
de la vida. El “bien” y el “mal” resaltan las opciones
estereotipadas de una misma tragedia. La justicia o
la piedad apenas sirven de alegorías macabras.
El
pobre que muere con los zapatos de pobre sin haber soñado
la muerte de la pobreza
–se
habla aquí del sueño que saca a flote el deseo y anticipa
la realidad–, no muere para la vida: despojado y expulsado
de su existencia (su mismidad será un fantasma), muere
sin clausurar el proceso de muerte, es apenas un fugaz
suceso de la pobreza.
El
pecado originario de la vida es la pobreza y no tiene
absolución en el reino de los cielos. La “condena” al
trabajo para modificar la naturaleza y reproducir la
vida es el precio de la libertad, y hace de la pobreza
una cuestión absolutamente humana, un litigio histórico
y social.
La
pobreza es cantidad que prosigue en cantidad sobre la
tierra hasta que la muerte extinga el sentido de la
vida.
La
lectura individual de la pobreza responde a las reglas
del azar. Páginas abiertas por el viento, a veces socorrido
por las diosas del destino.
En
la pobreza hay una garganta común que se oprime hasta
que cada pobre, uno a uno, se cubre con las cenizas
de la noche.
Cubiertos
por esas cenizas de la noche no tendrán los pobres en
la pobreza otra resurrección que la conciencia.
Los
sueños de los pobres no son “un accidente maléfico”;
tampoco responden al “espíritu de la inocencia”, nacen
como un estertor desde la materialidad atroz de la pobreza,
allí donde la muerte sueña la muerte de los pobres con
los ojos bien abiertos.
Los
pobres sueñan con los ojos dormidos para no ver la pobreza,
pero ven la muerte, que jamás fue un pasajero de sus
días, siempre estuvo en el final del camino. (¿Qué
ven en la muerte los pobres...? ¿La vida que no dejó
ver la pobreza...? )
La
vida de los pobres se inicia con la muerte de la pobreza.
En ese instante, abre sus aguas el río de la pureza,
para que el sueño de la vida sea la propia vida, y la
pobreza, ajena al poder de la muerte, sea apenas memoria
del espíritu humano, cuando fue humillado, en nombre
de la ley, sin que “clamara el cielo”, sin que se detuvieran
las honras a la razón con que el poder instituye y
vigila este mundo...
Vicente
Zito Lema
2005
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