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Lógicas de la muerte III (*)

Por Claudio Barbará

"Tristeza" Óleo de Antonio Santos


Abajo, el asfalto azulado y brillante por la incesante humedad que lo cubre todo. Aquí arriba ni un vuelo de pájaro. Un irritante murmullo en lugar de silencio. Imposible acostumbrarse.

Un rectángulo grisáceo, viejo, lo rodea todo. Un breve agujero en la pared, y afuera la inamistosa humanidad. Desde aquí en donde no hay ni el vuelo de un pájaro, me asomo a espiar el circuito estrecho de la ciudad.

Luces rojas y luces blancas. El vértigo de una náusea antigua, al borde del estómago, un espectáculo demasiado conocido. Vapores de hastío que parten el cristal del alma. Y si tan sólo lloviera; si tan sólo un repiqueteo natural inundara el murmullo desbordante. Y nada de lluvia. Un cielo gris cerrado. Y más allá la ilusión de un horizonte partido. Y nada, digo, y nada de lluvia.

El viento sopla denso y cansado. Aquí, en donde ni el aleteo de un vuelo, el aire roza mi rostro como una sábana sucia, pesada. Y abajo, en dónde el latiguillo del tiempo parece haberse extinguido, languidecen pequeños bultitos negros.

En ese preciso instante el cielo relampaguea. Me digo: ¡Gloria! Y casi lloro de emoción. Y me digo: ¡Por fin! Y me siento avergonzado. ¿Acaso estoy loco? Me pregunto: ¿Cuánto tardará, cuánto tiempo llevará? Y vuelvo a mi silencio y a espiar desde acá, desde el rectángulo abierto en la pared. Queda retumbando como una sombra nocturna un llanto impreciso.

El cielo vuelve a relampaguear.

Me digo que sí: en efecto amo la noche y desprecio el día. Sobretodo desprecio ese sol verdugo del mediodía. El mediodía se ha hecho para cargar las espaldas de los puntitos negros. Se los ve más negros, y más puntitos. Se los ve apenas negros sobre un fondo gris. Saldría corriendo ya mismo; ya siento mis músculos sudorosos, vitales; ya siento la excitación profiláctica del movimiento. Ya sufro el agudo dolor de la carne; ya me imagino jadeante bajo una luna de color rojo. Pero ni siquiera he movido un miembro. Me apeo de eso y sigo aquí, en el cuadrante fresco de la noche relampagueante. ¡Y si tan solo lloviera! Con el alma como un globo. Si tan sólo unas gotas, como uvas maduras, se desplomaran desde el cielo gris; así me sentiría con el alma como un globo.

La luz colgada de la lámpara del techo. La única luz y el cielo, claro está. Ahora me digo: me muero por arrojarme por la ventana. Y si me dejara caer desde la ventana, me pregunto. ¿Acaso estoy loco?

Saber que volverá otra vez. Que nos ahogamos, que nos hundimos, y en el preciso momento en que nos ahogamos del todo, una bocanada más nos devuelve la vida, infla los pulmones, y volvemos a flotar. ¡Ya! Ahora mismo una onza de aliento. Para decir, porque se necesita decir.

¿Qué decir? Entonces vuelvo a encender un cigarrillo. Un cigarrillo barato, de una marca de segunda. Fumo. El placer del humo violáceo arrancándole estelas al silencio; vibraciones hendidas en algún lugar del cuerpo real. Sí, la vida, en algún lugar de un cuerpo real. Acá arriba, en dónde no se anima ni el aleteo de los ángeles, la noche está más cerca de la noche, y más lejos de cualquier otro lugar. La noche es un universo completo. La noche es una luna menos todo lo demás. Y acá, en donde la noche está más cerca de la noche, mi rostro se parece más a mí.

La noche es donde la vida se divorcia del sudor: Un universo, me digo, en el cual nada se justifica y es porque es, y nada más. Entonces fumo y observo cómo el humo violáceo, en contraste con los reflejos, teje una red lenta, huidiza como una bailarina ebria. ¡Y si tan sólo un gotear del cielo! Y la luna redonda, llorona, salida de un lago espeso.

El cielo vuelve a relampaguear.

Y si razono se hunde mi alma en un laberinto. Sacudo la cabeza y miro en derredor. La luz leve, insuficiente de la única lámpara, cuelga recta del techo. Es el preciso instante en que siento el mareo, la náusea en el laberinto. Sacudo la cabeza. La luna llorona como la bailarina ebria, dando giros locos a mi alrededor. Luces blancas, luces rojas. Y abajo en donde habitan esos opacos puntitos negros, se atan nudos difíciles de resolver. Entonces vuelvo a mi naúsea, al cigarrillo, y fumo.

En el centro de la noche el silencio es un silbido agudo, imposible de acallar. Salpica el ser, salpica las cosas, salpica el tiempo. La noche es un silencio agudo difícil de silenciar. Entonces abrumado me pregunto: ¿cómo será la levedad? Me pregunto esto y tiemblo. La brisa oscura de la noche me golpea de lleno, fresca, insultante, provocadora. Me asalta el apuro: ¿cuánto queda, entonces? ¿Cuánto más llevará?

El cielo, como una serpiente, ilumina el horizonte.

Entonces doy un paso más. Ansío que cierta pregunta comience a surcar la oscuridad fresca; aunque se que es prudente que sepa esperar. El aire de la noche trae perfumes húmedos de tierras que no alcanzo a ver en mi angosto horizonte. Una mujer con un bastón cruza la calle con dificultad, sola, rengueando, en medio de la soledad. Las sombras se ocultan a su paso. Me pregunto si mi mirada es el único agente que la hace existir. ¿Habría una mujer con un bastón cruzando la calle rengueado, si yo no estuviera acá, espiando la noche, para hacerla existir? La mujer se pierde tras un murallón. El alumbrado sobre la calle, solitario, parece morir a cada instante. Me digo, es necesario que sepa esperar.

El último impulso, me digo, en la madrugada solitaria. Abajo la espesa humedad, y el silencio agudo de la noche cerrada. Doy un paso más. Otro. La baranda del balcón está húmeda y fría como un pez recién sacado del agua. Abajo palpitan las luces de la ciudad. Luces blancas, luces rojas. Tan próximas que no es necesario alargar la mano para tocarlas. Me dejo llevar, reflejos, moles de cemento, las luces mortecinas en su lugar. Miro hacia abajo, mido la distancia. Un plano tan lejano y tan cercano a la vez, se dibuja ante mí. Si razono me pierdo en un laberinto. Si trato de escuchar, el silencio agudo de la noche logra aturdirme, y me sofoca. Me pregunto, ¿qué será la levedad?

Una garra colosal abre el cielo en dos, y el aguacero cae como caerá en el juicio final. Un paso siempre se da al borde de un abismo. Tiemblo y me dejo adueñar por el impulso; sin embargo, antes de retornar al centro de la habitación, justo debajo de la única y leve lámpara que cuelga recta del techo, me asomo una vez más.

(*) Claudio Barbará.

Lógicas de la muerte III forma parte del libro inédito Escritos Mínimos (2005)


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