Abajo, el
asfalto azulado y brillante por la incesante humedad
que lo cubre todo. Aquí arriba ni un vuelo de pájaro.
Un irritante murmullo en lugar de silencio. Imposible
acostumbrarse.
Un rectángulo
grisáceo, viejo, lo rodea todo. Un breve agujero en
la pared, y afuera la inamistosa humanidad. Desde
aquí en donde no hay ni el vuelo de un pájaro, me
asomo a espiar el circuito estrecho de la ciudad.
Luces rojas
y luces blancas. El vértigo de una náusea antigua,
al borde del estómago, un espectáculo demasiado conocido.
Vapores de hastío que parten el cristal del alma.
Y si tan sólo lloviera; si tan sólo un repiqueteo
natural inundara el murmullo desbordante. Y nada de
lluvia. Un cielo gris cerrado. Y más allá la ilusión
de un horizonte partido. Y nada, digo, y nada de lluvia.
El viento
sopla denso y cansado. Aquí, en donde ni el aleteo
de un vuelo, el aire roza mi rostro como una sábana
sucia, pesada. Y abajo, en dónde el latiguillo del
tiempo parece haberse extinguido, languidecen pequeños
bultitos negros.
En ese preciso
instante el cielo relampaguea. Me digo: ¡Gloria! Y
casi lloro de emoción. Y me digo: ¡Por fin! Y me siento
avergonzado. ¿Acaso estoy loco? Me pregunto: ¿Cuánto
tardará, cuánto tiempo llevará? Y vuelvo a mi silencio
y a espiar desde acá, desde el rectángulo abierto
en la pared. Queda retumbando como una sombra nocturna
un llanto impreciso.
El cielo
vuelve a relampaguear.
Me digo que
sí: en efecto amo la noche y desprecio el día. Sobretodo
desprecio ese sol verdugo del mediodía. El mediodía
se ha hecho para cargar las espaldas de los puntitos
negros. Se los ve más negros, y más puntitos. Se los
ve apenas negros sobre un fondo gris. Saldría corriendo
ya mismo; ya siento mis músculos sudorosos, vitales;
ya siento la excitación profiláctica del movimiento.
Ya sufro el agudo dolor de la carne; ya me imagino
jadeante bajo una luna de color rojo. Pero ni siquiera
he movido un miembro. Me apeo de eso y sigo aquí,
en el cuadrante fresco de la noche relampagueante.
¡Y si tan solo lloviera! Con el alma como un globo.
Si tan sólo unas gotas, como uvas maduras, se desplomaran
desde el cielo gris; así me sentiría con el alma como
un globo.
La luz colgada
de la lámpara del techo. La única luz y el cielo,
claro está. Ahora me digo: me muero por arrojarme
por la ventana. Y si me dejara caer desde la ventana,
me pregunto. ¿Acaso estoy loco?
Saber que
volverá otra vez. Que nos ahogamos, que nos hundimos,
y en el preciso momento en que nos ahogamos del todo,
una bocanada más nos devuelve la vida, infla los pulmones,
y volvemos a flotar. ¡Ya! Ahora mismo una onza de
aliento. Para decir, porque se necesita decir.
¿Qué decir?
Entonces vuelvo a encender un cigarrillo. Un cigarrillo
barato, de una marca de segunda. Fumo. El placer del
humo violáceo arrancándole estelas al silencio; vibraciones
hendidas en algún lugar del cuerpo real. Sí, la vida,
en algún lugar de un cuerpo real. Acá arriba, en dónde
no se anima ni el aleteo de los ángeles, la noche
está más cerca de la noche, y más lejos de cualquier
otro lugar. La noche es un universo completo. La noche
es una luna menos todo lo demás. Y acá, en donde la
noche está más cerca de la noche, mi rostro se parece
más a mí.
La noche
es donde la vida se divorcia del sudor: Un universo,
me digo, en el cual nada se justifica y es porque
es, y nada más. Entonces fumo y observo cómo el humo
violáceo, en contraste con los reflejos, teje una
red lenta, huidiza como una bailarina ebria. ¡Y si
tan sólo un gotear del cielo! Y la luna redonda, llorona,
salida de un lago espeso.
El cielo
vuelve a relampaguear.
Y si razono
se hunde mi alma en un laberinto. Sacudo la cabeza
y miro en derredor. La luz leve, insuficiente de la
única lámpara, cuelga recta del techo. Es el preciso
instante en que siento el mareo, la náusea en el laberinto.
Sacudo la cabeza. La luna llorona como la bailarina
ebria, dando giros locos a mi alrededor. Luces blancas,
luces rojas. Y abajo en donde habitan esos opacos
puntitos negros, se atan nudos difíciles de resolver.
Entonces vuelvo a mi naúsea, al cigarrillo, y fumo.
En el centro
de la noche el silencio es un silbido agudo, imposible
de acallar. Salpica el ser, salpica las cosas, salpica
el tiempo. La noche es un silencio agudo difícil de
silenciar. Entonces abrumado me pregunto: ¿cómo será
la levedad? Me pregunto esto y tiemblo. La brisa oscura
de la noche me golpea de lleno, fresca, insultante,
provocadora. Me asalta el apuro: ¿cuánto queda, entonces?
¿Cuánto más llevará?
El cielo,
como una serpiente, ilumina el horizonte.
Entonces
doy un paso más. Ansío que cierta pregunta comience
a surcar la oscuridad fresca; aunque se que es prudente
que sepa esperar. El aire de la noche trae perfumes
húmedos de tierras que no alcanzo a ver en mi angosto
horizonte. Una mujer con un bastón cruza la calle
con dificultad, sola, rengueando, en medio de la soledad.
Las sombras se ocultan a su paso. Me pregunto si mi
mirada es el único agente que la hace existir. ¿Habría
una mujer con un bastón cruzando la calle rengueado,
si yo no estuviera acá, espiando la noche, para hacerla
existir? La mujer se pierde tras un murallón. El alumbrado
sobre la calle, solitario, parece morir a cada instante.
Me digo, es necesario que sepa esperar.
El último
impulso, me digo, en la madrugada solitaria. Abajo
la espesa humedad, y el silencio agudo de la noche
cerrada. Doy un paso más. Otro. La baranda del balcón
está húmeda y fría como un pez recién sacado del agua.
Abajo palpitan las luces de la ciudad. Luces blancas,
luces rojas. Tan próximas que no es necesario alargar
la mano para tocarlas. Me dejo llevar, reflejos, moles
de cemento, las luces mortecinas en su lugar. Miro
hacia abajo, mido la distancia. Un plano tan lejano
y tan cercano a la vez, se dibuja ante mí. Si razono
me pierdo en un laberinto. Si trato de escuchar, el
silencio agudo de la noche logra aturdirme, y me sofoca.
Me pregunto, ¿qué será la levedad?
Una garra colosal abre el cielo en dos,
y el aguacero cae como caerá en el juicio final. Un
paso siempre se da al borde de un abismo. Tiemblo
y me dejo adueñar por el impulso; sin embargo, antes
de retornar al centro de la habitación, justo debajo
de la única y leve lámpara que cuelga recta del techo,
me asomo una vez más.
(*) Claudio Barbará.
Lógicas de la muerte
III forma parte del libro inédito Escritos Mínimos
(2005)