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Colombia

Nuevos términos para la guerra

Por Mery Castillo-Amigo*

Detalle de imágen de la nota: Gráfica que ilustra la portada del libro: Colombia: conflicto armado, perspectivas de paz y democracia
Edited by Carl A. Cira and Eduardo A. Gamarra
Summit of the Americas Center, 2001 Obtenida en http://lacc.fiu.edu/images/b-colombia.jpg

En la temporalidad actual de Colombia, la palabra “guerra” ya no es suficiente para expresar el estado real de cosas. “Horror” parece ser el término más adecuado para reemplazarla. “Conflicto” y “confrontación” se usan mucho en los medios y en los escritos académicos, pero vivo con la impresión de que “horror” es la palabra preferida para reemplazar “guerra”.

Tal vez se deba a que la Segunda Guerra Mundial se convirtió en la guerra de todas las guerras, en su paradigma. Y no únicamente por la extensión del conflicto o por la cantidad de víctimas [1] , sino por la ironía, tan lucidamente señalada por Arendt [2] , de que el perfeccionamiento logrado por quienes se dedicaron a desarrollar los medios de destrucción, prácticamente hizo desaparecer la posibilidad de otra guerra a gran escala.

En Latinoamérica sufrimos, además, la “guerra sucia”, que llevó la palabra a su escalón más bajo y la despojó para siempre del honor que pudiera tener. Que nos dejo en herencia la palabra “desaparecido”, de la que aún no hemos podido recuperarnos. Tal vez por eso en Colombia no hay una guerra sino un horror.

Aquí resulta curioso que la palabra “horror” casi siempre venga acompañada del adjetivo”inefable”. Y es curioso porque “inefable”, en este caso, nunca quiere decir que no podamos expresarlo con palabras. Quiere decir, más bien, que tenemos que llamar las cosas por su nombre y que preferiríamos no hacerlo, porque la repulsión nos empuja a los brazos acogedores del impulso de negar lo que vemos y lo que oímos. Pero “el asco es un pobre sustituto del pensamiento” [3] , y el lenguaje –que es quizás la actividad que más nos diferencia de los animales, junto con la practica de “matar a sus congéneres de forma sistemática, a gran escala y con entusiasmo” [4] - está ahí para recordárnoslo, con palabras que deberían impedir el sueño como gotas insistentes sobre la roca.

Sin duda hubo una época en la que “bomba atómica” debió ser una expresión tan curiosa como “agujero negro”. Hoy no sólo hablamos de bombas atómicas, sino de misiles “inteligentes”. Y las armas nucleares y las biológicas son tan comunes para los niños televidentes de hoy como era la dinamita para los fanáticos del correcaminos. La Tercera Guerra Mundial, que inundó las mentes y caracterizó la imaginería de la generación de la postguerra, es material para los juegos de video de la actualidad.

Con razón. Porque la fantasía de la devastación mundial ha sido reemplazada por la salvaje realidad de los conflictos civiles, y las palabras que éstos han generado reflejan el abominable proceso de deshumanización de los contendientes. Reflejan también nuestro renovado deseo (y por nosotros me refiero a las mayorías silenciosas y, por lo tanto, cómplices) de no hablar de ese proceso. De allí que los nuevos términos de la violencia no sean de cuño reciente, sino más bien palabras inocuas de la cotidianidad a la que se les ha dado un giro perverso. Es el caso de “limpieza”, como en “limpieza étnica” o en “limpieza social”. Al respecto, dice Ignatieff: “El vocabulario de la limpieza... es probablemente el más peligroso de los lenguajes narcisistas, porque separar lo limpio de lo sucio se convierte en una distinción entre lo humano y lo inhumano, entre el valor y el desprecio” [5] .

Ahora bien, los santones locales que miraron escandalizados en su momento a África, como ahora a Irak o Irán, harían bien en recordar que nosotros los latinoamericanos inventamos una nueva acepción de “desaparecido”. “Desaparecido” solía ser un adjetivo aplicable a un conejo en un sombrero de copa. Ahora es materia de legislación, para ignominia eterna de quienes idearon una angustia peor que la muerte de los seres queridos.

Aquí se ha innovado en otras cosas. Mientras que en África o en Asia hay refugiados – palabra que reemplazó a inmigrantes”, pero que de todas maneras supone, así sea simbólicamente, que al final del desplazamiento hay un lugar dónde refugiarse-, en Colombia hay desplazados (y el verbo no es pronominal –ellos no se desplazaron-, sino transitivo: los desplazaron, los movieron, los sacaron de sus casas y de sus pueblos, la mayoría de las veces contra su voluntad). Los desplazados colombianos no van a dar a los campamentos de la Cruz Roja. Van a dar a las ciudades, a las calles de las ciudades, a los semáforos de las ciudades, donde los ciudadanos los miran como si no los vieran, con la esperanza de que de tanto no mirarlos quizás se vuelvan desaparecidos o, si no hay más remedio, pasen a engrosar las filas de los “desechables”.

La vida moral es una lucha por ver, puntualiza Ignatieff, y dice también: “No es que los intolerantes únicamente se desinteresen por los individuos que componen los grupos despreciados, es que, literalmente, no los ven como individuos.” [6] .

Me parece que no hay palabra más emblemática de la intolerancia que el adjetivo “desechable” aplicado a una persona. Me parece que una sociedad en la que unos consideran a otros “desechables” es una sociedad que se ha liberado de las cargas de la civilización. Superado ese escollo, podría decirse oficialmente que vivimos en el horror. O que estamos en guerra.

Por Mery Castillo-Amigo

*Filósofa y analista social. Asesora para Amnistía Internacional en Colombia


[1] Cincuenta y cinco millones de muertos, 35 millones de heridos y 3 millones de desaparecidos, según The Penguin Atlas of World History, Vol. 2

[2] Hannah Arendt, On Violence. Nueva York: Harcourt, Brace & World, Inc., 1969.

[3] Michel Ignatieff, El honor del guerrero. Guerra étnica y conciencia moderna. Madrid; Taurus, 1999.

[4] Hans Magnus Enzensberger, Perspectiva de guerra civil. Barcelona: Editorial Anagrama, 1994.

[5] Ignatieff, op. cit., p. 64

[6] Ignatieff, op.cit., p. 65.


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