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FUMAR

¿ES UN PLACER GENIAL Y SENSUAL?

Por Marcelo Manuel Benítez

Imágen: Óleo "El rostro de la maldad" Antonio Santos


Introducción:

     Cuenta la leyenda que el cigarrillo se inventó en el siglo XIX como un intento de hacer popular el tabaco, puesto que, comercializado como puro o habano, dejaba fuera del consumo a los sectores de menor poder adquisitivo y que sin embargo era mayoritario en cuanto a mercado potencial ( Siempre se abarata un producto cuando se lo pica).

     Naturalmente que el cigarrillo fue creado para que se fumara más rápido, se consumiera pronto y se tuviera la necesidad de comprar otro atado, pero ninguna triquiñuela comercial hubiera sido eficaz si el cigarrillo no hubiese significado algo especial en la sociedad, y si no tuviera una función muy clara para los potenciales consumidores.

No voy a menospreciar la influencia de los capitalistas del tabaco interesados en obtener ganancias con un producto que creaba cierta dependencia, pero debemos contemplar el hecho de que hubo  muchos productos que la industria intentó imponer en los mercados sin éxito. Si el consumo de cigarrillos alcanzó a la gran mayoría de la población adulta, en un momento dado, y aún hoy, que vuelven las restricciones, es difícil erradicarlo, es porque debe prestar algún servicio y, además, se ha constituido en un símbolo.

     La difusión del cigarrillo no se debe únicamente a una buena acción de marketing. Cabe asignar un papel decisivo a la Legión Extranjera y a las dos Guerras Mundiales por ser productoras privilegiadas de estrés y de ansiedad y que el “tubito para toser” mitigaba. La angustia y el aburrimiento, he ahí dos de los principales factores para justificar el tabaco. Pero hay otros, de muy diferente naturaleza. Y es el objetivo de esta nota describir ciertos desarrollos sociales que desembocaron, coincidentemente, en el hábito de fumar.

Una víctima más de esa reina:

     Al menos durante aquellas décadas que se conocen como la Belle Epoque, y en especial en el seno de las clases burguesas, el hábito de fumar estaba tan encorsetado por prohibiciones y recomendaciones que el fumador compulsivo era un personaje solitario y aislado: No se podía fumar delante de las damas, tampoco delante de los padres. No se podía fumar cuando se caminaba por la calle o cuando se hallaban  niños cerca en la vía pública. Para las mujeres decentes estaba vedado por completo (porque era un hábito de hombres y de prostitutas), y hasta dentro de la casa, el fumar quedaba confinado dentro de un cuarto especial, en donde se reunían sólo los hombres. Se cuenta que la misma reina Victoria, enemiga del tabaco, hizo cerrar este cuarto en todos sus palacios, iniciando así la era del “ prohibido fumar”. Pero esta fuerte sujeción del hábito de fumar a las reglas del período victoriano trajo una consecuencia inesperada: sigilosamente, imperceptiblemente, fue siendo incluido en ese hatajo de pobres víctimas de la desmesurada represión al placer y que desde fines del siglo XIX y comienzos del XX acompañó el malestar, el nerviosismo y la inquietud de los principales personajes sociales ( la esposa insatisfecha, el marido neurótico, el hijo célibe, la hija histérica).

     Por tanto, en la sociedad burguesa del ‘ 1900, un movimiento de desentumecimiento fue ganando adeptos y, asociado a él, el cigarrillo fue siendo considerado un símbolo de alivio, de libertad y de reafirmación de la propia identidad en desmedro de los prejuicios. Y es dentro de este contexto de profunda incomodidad y de creciente insatisfacción, que, principalmente desde los sectores medios, se dio impulso a un movimiento de liberación del estilo de vida tradicional, y entonces el cigarrillo, hasta entonces obligado a las restricciones de las costumbres conservadoras, se cargó del novedoso significado de la libertad, el placer y el desprejuicio.

     El cine acompañó estos desarrollos, pero también los aceleró y los consolidó creando personalidades prototípicas que actuaron como modelos de los que, tanto hombres como mujeres, se aferraron para orientarse en esta oscura selva de la libertad.

Caramelos para el cine:

     Hasta los años ’40 del pasado siglo, la “muchachita buena” de las películas todavía respetaba los mandatos de la decencia victoriana: respetaba la voluntad de sus padres, contenía sus impulsos y los del muchacho que la amaba y, sobre todo, no fumaba. El cigarrillo aparecía invariablemente entre los dedos de la “ vampiresa”, de la mala, de la prostituta quien, aun erotizando a la platea masculina con su humito embriagador, terminaba perdiendo al galán que había flirteado un poco con ella. No es el caso de abrumar al lector con ejemplos, pero recordemos el argumento de la película argentina “Ayúdame a vivir” con Libertad Lamarque en la que un hombre (Floren Delbene) se enamora y más tarde se casa con una jovencita inocente que contrae tuberculosis. El matrimonio debe trasladarse a Córdoba como única chance para la curación de la muchacha, pero la vida excesivamente tranquila de la provincia aburre a su marido que decide abandonar a su esposa y retornar a Buenos Aires. En esta ciudad, sin la compañía de su tierna mujercita se da a la disipación de la vida nocturna y se deja tentar por una mala mujer (que fuma). Pero la buena de su esposa milagrosamente se cura y regresa con su marido. Decide esperarlo en lo que considera como la sagrada capilla de su matrimonio: el dormitorio. Pero el hombre corrompido por la mujer que fuma, justamente esa noche, decidió traer a ese templo a la mala. El choque dramático es inevitable. Ante el espanto, la desazón y el dolor, la esposa inocente, ¿qué hace?, canta. (así se popularizó el tema Ayúdame a vivir) y, naturalmente, la mala muere y el marido vuelve con su esposa (que no fuma).

     La muchacha buena era el prototipo, en el cine de las primeras décadas del siglo XX, no sólo de la mujer decente, sino de la persona fuerte, que sabía sujetar sus impulsos, que podía postergar la satisfacción del deseo (que experimentaba tanto como el hombre, pero del que no era esclava) y que siempre cumplía con su deber más que con su placer. Este modelo de mujer aún reflejaba aquellas costumbres decimonónicas que se arrastraban penosamente durante las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, fue el cine quien puso de manifiesto también los primeros alivios a esa contención de las pasiones, en especial cuando empezó a mostrar el glamour de la protagonista ( que seguía siendo la buena) haciéndole encender un cigarrillo, pero sólo uno, en ciertas escenas claves. Se trataba, en este caso, de tomar un gesto típico de la prostituta para dotar a la imagen de la nueva mujer del cine, de un delicado erotismo. Probablemente se habría observado que el cigarrillo volvía más atractiva a la mala de la película que a la protagonista y fue necesario dotar de cierto interés sensual también a la muchachita buena. Así hacen su aparición las grandes divas de los años ’40 como Rita Hayworth, Lana Turner, y en nuestro medio Mirtha Legrand, Mecha Ortiz o Laura Hidalgo, exhibiendo esa nueva belleza de una mujer más segura de sí, ahora envuelta en las sugestivas espirales del humo. La mujer moderna que populariza el cine, entonces, es ahora una mujer sensual, y lo que la torna atractiva ya no es la decencia sino la capacidad de excitar al hombre. El cigarrillo, pues, fue el elemento silencioso pero eficaz para lograr las revulsiones del deseo.

     Pero lo importante es que esta evolución que sufre el cigarrillo en el cine está en diálogo constante (porque refleja y además provoca) con la misma evolución del público. De la mujer victoriana que no fumaba, ni se maquillaba, ni bebía, se llega a una mujer diferente, que expresa su libertad y su proceso de individuación precisamente encendiendo un cigarrillo; primero en los lugares adecuados, después casi en cualquier parte. El cigarrillo le sirve a la mujer moderna para dirigirse a los demás y decirles: “yo soy yo y hago lo que quiero”. Por eso ese cigarrillo importa si es exhibido, sólo si alguien lo ve. De nada sirve fumar a oscuras.

     Precisamente, esto es lo que se refleja en el filme “La extraña pasajera”, en el que Bette Davis encarna a una joven agobiada por el despotismo de su madre, que la convierte en una mujer fea, asustadiza y nerviosa. Se le aconseja hacer un viaje sola, para el cual esta mujer inhibida se transforma, con un nuevo maquillaje y un estilo diferente en el atuendo, en una mujer hermosa. Durante ese viaje iniciático conoce a un hombre casado, es decir, experimenta por primera vez el deseo. Ambos se enamoran. Con este hombre comprometido tendrá encuentros y desencuentros, pero cada vez que el destino los junta, este hombre invariablemente le ofrece un cigarrillo que va a simbolizar durante toda la película la libertad y la confianza en sí misma que ha ganado esa mujer. Esto es tan así que cuando Bette Davis regresa a su hogar, junto a esa madre que sigue siendo tiránica y castradora, la enfrenta encendiendo un cigarrillo en su presencia, ahora vestida con un atuendo elegante y sensual. Entonces, la libertad y el erotismo pasaron a ser constitutivos de la nueva mujer. La popularidad del tango “Fumando espero” cantado por Sarita Montiel hasta el cansancio durante los años’50 precisamente asociaba el fumar con ese momento de excitación sexual de la mujer que esperaba, recostada en el sofá, la llegada del amante.

     Dijimos que la misma evolución de la diva del cine sufriría la “muchachita buena” que en los barrios humildes del suburbio iba al cine a mirar películas. Y en la agitación social que trajo el capitalismo después de la Segunda Guerra Mundial, esa molecularización que se produjo tanto en el seno de la sociedad como en los impulsos de hombres, mujeres, o en sus vínculos sociales, y esa extenuante movilidad social hizo que la excitación y el erotismo pronto se canalizaran hacia la actividad sexual por un lado, y al nerviosismo del consumo por el otro. Pero a esta altura, el cigarrillo ya era un amigo que podía entrar en casa.

Los años locos de la permisividad. Los años ’60 y el fumador compulsivo:

     Los hombres, de los que todavía no hemos hablado mucho, si bien siempre estuvieron autorizados a fumar, también acompañaron las olas de este proceso de desentumecimiento y también se liberaron de aquellos mandatos victorianos. Se comenzó fumando tranquilamente delante del padre para expresar independencia de hombre adulto, luego se mostró el cigarrillo delante de las mujeres e, incluso, en los años ’60 el cigarrillo alcanzará asimismo a los adolescentes, también ávidos de libertades. Y como sólo se les prohibía a los enfermos, el cigarrillo también se asoció a la salud y a la energía de los nuevos tiempos de posguerra.

     En esta nueva vibración en que se va a manifestar el capitalismo, el consumo de cigarrillos se dará también para medir el tiempo y el espacio. Ya autorizado el hábito de fumar en cualquier parte, surge la costumbre de encender un cigarrillo mientras se espera a alguien, o a algo, y cuando se debe recorrer cierta distancia que aburre por su extensión. Es típico todavía hoy ver bajar del colectivo a alguien y verlo fumar hasta que llega a destino.

     Pero esa autorización de fumar también parece haber tocado fondo. El surgimiento del fumador compulsivo, del fumador fuerte, que enciende un cigarrillo con lo que le queda del anterior, ha tocado los límites de la paciencia y sus excesos comienzan a ocasionar conflictos. Así va tomando cuerpo un movimiento anti-tabaco cada vez más intolerante y agresivo. Incluso cada vez más triunfante. Pero debemos advertir que, aún teniendo mucha razón en sus planteos, se ha asimilado a todo un ánimo proclive a las prohibiciones por las prohibiciones mismas, en el que los ecologistas y la llamada nueva izquierda progresista también se incluyen.

     No hay que olvidar que todos los movimientos fascistas comenzaron con argumentos razonables: Hitler denunciaba la realidad de una Alemania abatida por la derrota de una guerra y Mussolini trajo alivio a una situación social plena de injusticias que los partidos socialdemócratas no habían podido controlar. Pero del control razonable de una barrancabajo al totalitarismo carnicero hay poca distancia.

Ultimas palabras:

     Nadie pone en duda que el cigarrillo hace mal, tanto al que fuma como al que se encuentra cerca. Pero la verdadera erradicación del hábito, que aún sigue siendo mayoritario, no será definitivo si no se llega a un acuerdo entre las partes.

     Cuando una sociedad prohíbe hábitos y necesidades firmemente establecidas sólo consigue crear las zonas de la clandestinidad y en este espacio mora de tal manera la libertad, y pueden ser tan inmensas, que se vuelven con el tiempo, además de incontrolables, atractivas. Es lo que sucedió en los Estados Unidos cuando se prohibió el alcohol (1919), sólo se logró que éste pasara a la clandestinidad y, desde ahí, se volviera seductor e incontrolable. Es más, hasta la calidad del producto se volvió imposible de garantizar porque las destilerías se hallaban ocultas. Y no nos cansaremos de recordar que la prohibición del alcohol en Norteamérica fue el inicio de la mafia y el negocio ilegal de todo tipo.

     Naturalmente que es cierto que el fumar se ha constituido en algo genial y sensual, pero también al extenderse desmesuradamente el consumo y al tornarse una necesidad compulsiva (con la liberación de las prohibiciones que lo mantenían sujeto), el hábito de fumar se volvió también letal. La misma Sarita Montiel, ya anciana, pidió disculpa por ese tango que popularizó, durante un reportaje en televisión. Pero el cigarrillo es también la libertad que tenemos de decidir cuándo nos alejamos de la enfermedad.

     Ya no necesitamos fumar para ser más sensuales y glamorosos (justamente el cigarrillo cada vez está más asociado a los malos olores y a la suciedad), ya no necesitamos el cigarrillo para poner de manifiesto nuestra decisión de ser libres. Es más, ahora el cigarrillo parece asociarse a otra forma de esclavitud. Pero, pese a todas las críticas válidas que podemos hacerle, el dejar de fumar no debe tomarse como excusa para incluirse en un movimiento de prohibir por prohibir todos los placeres. Debe resultar de una decisión individual en la que habrá triunfado sobre todo nuestra inclinación a sentirnos mejor, y en este sentido será, sin lugar a dudas, un paso personal hacia una nueva forma de libertad.

                                                      Marcelo Manuel Benítez.


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