Introducción:
Cuenta
la leyenda que el cigarrillo se inventó en el siglo
XIX como un intento de hacer popular el tabaco, puesto
que, comercializado como puro o habano, dejaba fuera
del consumo a los sectores de menor poder adquisitivo
y que sin embargo era mayoritario en cuanto a mercado
potencial ( Siempre se abarata un producto cuando se
lo pica).
Naturalmente
que el cigarrillo fue creado para que se fumara más
rápido, se consumiera pronto y se tuviera la necesidad
de comprar otro atado, pero ninguna triquiñuela comercial
hubiera sido eficaz si el cigarrillo no hubiese significado
algo especial en la sociedad, y si no tuviera una función
muy clara para los potenciales consumidores.
No voy a menospreciar
la influencia de los capitalistas del tabaco interesados
en obtener ganancias con un producto que creaba cierta
dependencia, pero debemos contemplar el hecho de que
hubo muchos productos que la industria intentó imponer
en los mercados sin éxito. Si el consumo de cigarrillos
alcanzó a la gran mayoría de la población adulta, en
un momento dado, y aún hoy, que vuelven las restricciones,
es difícil erradicarlo, es porque debe prestar algún
servicio y, además, se ha constituido en un símbolo.
La difusión
del cigarrillo no se debe únicamente a una buena acción
de marketing. Cabe asignar un papel decisivo a la Legión
Extranjera y a las dos Guerras Mundiales por ser productoras
privilegiadas de estrés y de ansiedad y que el “tubito
para toser” mitigaba. La angustia y el aburrimiento,
he ahí dos de los principales factores para justificar
el tabaco. Pero hay otros, de muy diferente naturaleza.
Y es el objetivo de esta nota describir ciertos desarrollos
sociales que desembocaron, coincidentemente, en el hábito
de fumar.
Una víctima más de esa reina:
Al menos
durante aquellas décadas que se conocen como la Belle
Epoque, y en especial en el seno de las clases burguesas,
el hábito de fumar estaba tan encorsetado por prohibiciones
y recomendaciones que el fumador compulsivo era un personaje
solitario y aislado: No se podía fumar delante de las
damas, tampoco delante de los padres. No se podía fumar
cuando se caminaba por la calle o cuando se hallaban
niños cerca en la vía pública. Para las mujeres decentes
estaba vedado por completo (porque era un hábito de
hombres y de prostitutas), y hasta dentro de la casa,
el fumar quedaba confinado dentro de un cuarto especial,
en donde se reunían sólo los hombres. Se cuenta que
la misma reina Victoria, enemiga del tabaco, hizo cerrar
este cuarto en todos sus palacios, iniciando así la
era del “ prohibido fumar”. Pero esta fuerte sujeción
del hábito de fumar a las reglas del período victoriano
trajo una consecuencia inesperada: sigilosamente, imperceptiblemente,
fue siendo incluido en ese hatajo de pobres víctimas
de la desmesurada represión al placer y que desde fines
del siglo XIX y comienzos del XX acompañó el malestar,
el nerviosismo y la inquietud de los principales personajes
sociales ( la esposa insatisfecha, el marido neurótico,
el hijo célibe, la hija histérica).
Por tanto,
en la sociedad burguesa del ‘ 1900, un movimiento de
desentumecimiento fue ganando adeptos y, asociado a
él, el cigarrillo fue siendo considerado un símbolo
de alivio, de libertad y de reafirmación de la propia
identidad en desmedro de los prejuicios. Y es dentro
de este contexto de profunda incomodidad y de creciente
insatisfacción, que, principalmente desde los sectores
medios, se dio impulso a un movimiento de liberación
del estilo de vida tradicional, y entonces el cigarrillo,
hasta entonces obligado a las restricciones de las costumbres
conservadoras, se cargó del novedoso significado de
la libertad, el placer y el desprejuicio.
El cine
acompañó estos desarrollos, pero también los aceleró
y los consolidó creando personalidades prototípicas
que actuaron como modelos de los que, tanto hombres
como mujeres, se aferraron para orientarse en esta oscura
selva de la libertad.
Caramelos para el cine:
Hasta los
años ’40 del pasado siglo, la “muchachita buena” de
las películas todavía respetaba los mandatos de la decencia
victoriana: respetaba la voluntad de sus padres, contenía
sus impulsos y los del muchacho que la amaba y, sobre
todo, no fumaba. El cigarrillo aparecía invariablemente
entre los dedos de la “ vampiresa”, de la mala, de la
prostituta quien, aun erotizando a la platea masculina
con su humito embriagador, terminaba perdiendo al galán
que había flirteado un poco con ella. No es el caso
de abrumar al lector con ejemplos, pero recordemos el
argumento de la película argentina “Ayúdame a vivir”
con Libertad Lamarque en la que un hombre (Floren Delbene)
se enamora y más tarde se casa con una jovencita inocente
que contrae tuberculosis. El matrimonio debe trasladarse
a Córdoba como única chance para la curación de la muchacha,
pero la vida excesivamente tranquila de la provincia
aburre a su marido que decide abandonar a su esposa
y retornar a Buenos Aires. En esta ciudad, sin la compañía
de su tierna mujercita se da a la disipación de la vida
nocturna y se deja tentar por una mala mujer (que fuma).
Pero la buena de su esposa milagrosamente se cura y
regresa con su marido. Decide esperarlo en lo que considera
como la sagrada capilla de su matrimonio: el dormitorio.
Pero el hombre corrompido por la mujer que fuma, justamente
esa noche, decidió traer a ese templo a la mala. El
choque dramático es inevitable. Ante el espanto, la
desazón y el dolor, la esposa inocente, ¿qué hace?,
canta. (así se popularizó el tema Ayúdame a vivir) y,
naturalmente, la mala muere y el marido vuelve con su
esposa (que no fuma).
La muchacha
buena era el prototipo, en el cine de las primeras décadas
del siglo XX, no sólo de la mujer decente, sino de la
persona fuerte, que sabía sujetar sus impulsos, que
podía postergar la satisfacción del deseo (que experimentaba
tanto como el hombre, pero del que no era esclava) y
que siempre cumplía con su deber más que con su placer.
Este modelo de mujer aún reflejaba aquellas costumbres
decimonónicas que se arrastraban penosamente durante
las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, fue
el cine quien puso de manifiesto también los primeros
alivios a esa contención de las pasiones, en especial
cuando empezó a mostrar el glamour de la protagonista
( que seguía siendo la buena) haciéndole encender un
cigarrillo, pero sólo uno, en ciertas escenas claves.
Se trataba, en este caso, de tomar un gesto típico de
la prostituta para dotar a la imagen de la nueva mujer
del cine, de un delicado erotismo. Probablemente se
habría observado que el cigarrillo volvía más atractiva
a la mala de la película que a la protagonista y fue
necesario dotar de cierto interés sensual también a
la muchachita buena. Así hacen su aparición las grandes
divas de los años ’40 como Rita Hayworth, Lana Turner,
y en nuestro medio Mirtha Legrand, Mecha Ortiz o Laura
Hidalgo, exhibiendo esa nueva belleza de una mujer más
segura de sí, ahora envuelta en las sugestivas espirales
del humo. La mujer moderna que populariza el cine, entonces,
es ahora una mujer sensual, y lo que la torna atractiva
ya no es la decencia sino la capacidad de excitar al
hombre. El cigarrillo, pues, fue el elemento silencioso
pero eficaz para lograr las revulsiones del deseo.
Pero lo
importante es que esta evolución que sufre el cigarrillo
en el cine está en diálogo constante (porque refleja
y además provoca) con la misma evolución del público.
De la mujer victoriana que no fumaba, ni se maquillaba,
ni bebía, se llega a una mujer diferente, que expresa
su libertad y su proceso de individuación precisamente
encendiendo un cigarrillo; primero en los lugares adecuados,
después casi en cualquier parte. El cigarrillo le sirve
a la mujer moderna para dirigirse a los demás y decirles:
“yo soy yo y hago lo que quiero”. Por eso ese cigarrillo
importa si es exhibido, sólo si alguien lo ve. De nada
sirve fumar a oscuras.
Precisamente,
esto es lo que se refleja en el filme “La extraña pasajera”,
en el que Bette Davis encarna a una joven agobiada por
el despotismo de su madre, que la convierte en una mujer
fea, asustadiza y nerviosa. Se le aconseja hacer un
viaje sola, para el cual esta mujer inhibida se transforma,
con un nuevo maquillaje y un estilo diferente en el
atuendo, en una mujer hermosa. Durante ese viaje iniciático
conoce a un hombre casado, es decir, experimenta por
primera vez el deseo. Ambos se enamoran. Con este hombre
comprometido tendrá encuentros y desencuentros, pero
cada vez que el destino los junta, este hombre invariablemente
le ofrece un cigarrillo que va a simbolizar durante
toda la película la libertad y la confianza en sí misma
que ha ganado esa mujer. Esto es tan así que cuando
Bette Davis regresa a su hogar, junto a esa madre que
sigue siendo tiránica y castradora, la enfrenta encendiendo
un cigarrillo en su presencia, ahora vestida con un
atuendo elegante y sensual. Entonces, la libertad y
el erotismo pasaron a ser constitutivos de la nueva
mujer. La popularidad del tango “Fumando espero” cantado
por Sarita Montiel hasta el cansancio durante los años’50
precisamente asociaba el fumar con ese momento de excitación
sexual de la mujer que esperaba, recostada en el sofá,
la llegada del amante.
Dijimos
que la misma evolución de la diva del cine sufriría
la “muchachita buena” que en los barrios humildes del
suburbio iba al cine a mirar películas. Y en la agitación
social que trajo el capitalismo después de la Segunda
Guerra Mundial, esa molecularización que se produjo
tanto en el seno de la sociedad como en los impulsos
de hombres, mujeres, o en sus vínculos sociales, y esa
extenuante movilidad social hizo que la excitación y
el erotismo pronto se canalizaran hacia la actividad
sexual por un lado, y al nerviosismo del consumo por
el otro. Pero a esta altura, el cigarrillo ya era un
amigo que podía entrar en casa.
Los años locos de la permisividad. Los años ’60 y el
fumador compulsivo:
Los hombres, de los que todavía no
hemos hablado mucho, si bien siempre estuvieron autorizados
a fumar, también acompañaron las olas de este proceso
de desentumecimiento y también se liberaron de aquellos
mandatos victorianos. Se comenzó fumando tranquilamente
delante del padre para expresar independencia de hombre
adulto, luego se mostró el cigarrillo delante de las
mujeres e, incluso, en los años ’60 el cigarrillo alcanzará
asimismo a los adolescentes, también ávidos de libertades.
Y como sólo se les prohibía a los enfermos, el cigarrillo
también se asoció a la salud y a la energía de los nuevos
tiempos de posguerra.
En esta
nueva vibración en que se va a manifestar el capitalismo,
el consumo de cigarrillos se dará también para medir
el tiempo y el espacio. Ya autorizado el hábito de fumar
en cualquier parte, surge la costumbre de encender un
cigarrillo mientras se espera a alguien, o a algo, y
cuando se debe recorrer cierta distancia que aburre
por su extensión. Es típico todavía hoy ver bajar del
colectivo a alguien y verlo fumar hasta que llega a
destino.
Pero esa
autorización de fumar también parece haber tocado fondo.
El surgimiento del fumador compulsivo, del fumador fuerte,
que enciende un cigarrillo con lo que le queda del anterior,
ha tocado los límites de la paciencia y sus excesos
comienzan a ocasionar conflictos. Así va tomando cuerpo
un movimiento anti-tabaco cada vez más intolerante y
agresivo. Incluso cada vez más triunfante. Pero debemos
advertir que, aún teniendo mucha razón en sus planteos,
se ha asimilado a todo un ánimo proclive a las prohibiciones
por las prohibiciones mismas, en el que los ecologistas
y la llamada nueva izquierda progresista también se
incluyen.
No hay
que olvidar que todos los movimientos fascistas comenzaron
con argumentos razonables: Hitler denunciaba la realidad
de una Alemania abatida por la derrota de una guerra
y Mussolini trajo alivio a una situación social plena
de injusticias que los partidos socialdemócratas no
habían podido controlar. Pero del control razonable
de una barrancabajo al totalitarismo carnicero hay poca
distancia.
Ultimas palabras:
Nadie pone
en duda que el cigarrillo hace mal, tanto al que fuma
como al que se encuentra cerca. Pero la verdadera erradicación
del hábito, que aún sigue siendo mayoritario, no será
definitivo si no se llega a un acuerdo entre las partes.
Cuando
una sociedad prohíbe hábitos y necesidades firmemente
establecidas sólo consigue crear las zonas de la clandestinidad
y en este espacio mora de tal manera la libertad, y
pueden ser tan inmensas, que se vuelven con el tiempo,
además de incontrolables, atractivas. Es lo que sucedió
en los Estados Unidos cuando se prohibió el alcohol
(1919), sólo se logró que éste pasara a la clandestinidad
y, desde ahí, se volviera seductor e incontrolable.
Es más, hasta la calidad del producto se volvió imposible
de garantizar porque las destilerías se hallaban ocultas.
Y no nos cansaremos de recordar que la prohibición del
alcohol en Norteamérica fue el inicio de la mafia y
el negocio ilegal de todo tipo.
Naturalmente
que es cierto que el fumar se ha constituido en algo
genial y sensual, pero también al extenderse desmesuradamente
el consumo y al tornarse una necesidad compulsiva (con
la liberación de las prohibiciones que lo mantenían
sujeto), el hábito de fumar se volvió también letal.
La misma Sarita Montiel, ya anciana, pidió disculpa
por ese tango que popularizó, durante un reportaje en
televisión. Pero el cigarrillo es también la libertad
que tenemos de decidir cuándo nos alejamos de la enfermedad.
Ya no necesitamos
fumar para ser más sensuales y glamorosos (justamente
el cigarrillo cada vez está más asociado a los malos
olores y a la suciedad), ya no necesitamos el cigarrillo
para poner de manifiesto nuestra decisión de ser libres.
Es más, ahora el cigarrillo parece asociarse a otra
forma de esclavitud. Pero, pese a todas las críticas
válidas que podemos hacerle, el dejar de fumar no debe
tomarse como excusa para incluirse en un movimiento
de prohibir por prohibir todos los placeres. Debe resultar
de una decisión individual en la que habrá triunfado
sobre todo nuestra inclinación a sentirnos mejor, y
en este sentido será, sin lugar a dudas, un paso personal
hacia una nueva forma de libertad.
Marcelo Manuel Benítez.
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